¿A quién debería orar la iglesia?

 

Al llevar este estudio bíblico, histórico y teológico a una conclusión, vienen al caso algunas
Consideraciones  prácticas. Ciertamente, si una doctrina es tan importante teológicamente como inferimos que es la de la Trinidad, debe tener algunas implicancias prácticas para nuestra vida cristiana diaria.
Ya hemos sugerido algunas ideas reveladoras, prácticas y correspondientes a la salvación, las cuales residen en la misma naturaleza de la naturaleza trinitaria de Dios y en su autorrevelación. Pero ¿qué podemos decir acerca de asuntos tales como la oración, la alabanza y la adoración?

¿A quién debería orar la iglesia?
La unicidad en naturaleza y carácter de las tres personas de la Deidad plantea la pregunta muy útil acerca de la oración, la alabanza y la adoración. ¿A quién deberíamos dirigir nuestras peticiones y nuestra adoración en las devociones personales y en el servicio de adoración?
Con toda seguridad, el método común de orar es seguir el ejemplo de nuestro Señor en su gran oración y en su práctica de dirigirse reverentemente al Padre (ver Mat. 6:9-13 y Luc. 11:2-4). Es nuestro gran privilegio dirigir nuestra adoración, peticiones y alabanzas al Padre en el nombre del Hijo, siempre conscientes de que el Espíritu Santo transmite nuestros comunicados terrenales con "gemidos indecibles" (Rom. 8:26).
Sin embargo, tenemos ejemplos en la Escritura en los cuales los siervos de Dios han dirigido piadosas súplicas al Hijo de Dios.
Esteban, en sus hálitos finales, oró directamente a Jesús: "Señor Jesús, recibe mi espíritu" (Hechos 7:59). Pablo también se dirigió al "Señor Jesucristo", declarando "El Señor viene" (usando el término arameo "Maran-ata", 1 Cor. 16:22). Juan el Revelador terminó su libro con una oración: "Sí, ven, Señor Jesús" (Apoc. 22:20).
Pero, ¿qué diremos acerca de orar directamente al Espíritu Santo? Aunque no tenemos en la Escritura un claro ejemplo o una orden directa de orar al Espíritu, el hacerlo así tiene, en principio, algún apoyo bíblico implícito. Si el Espíritu es en verdad divino y personal e interactúa en toda clase de formas personales directas (produciendo convicción, sanando, trayendo la gracia transformadora, concediendo dones, etc.), pues parece lógico que el pueblo de Dios pueda orar directamente al Espíritu Santo y también pueda adorarlo.
Vamos a expresar el asunto de esta forma: El modelo normal de oración es al Padre, en el nombre del Hijo, con el conocimiento de que los "gemidos" del Espíritu Santo dan curso a nuestras oraciones. Sin embargo, en las ocasiones en que oramos personal y corporativamente, parece mejor orar a la persona más pertinente de la Deidad. Por ejemplo, al suplicar dones espirituales y poder para que la iglesia testifique, parecería ser lo más apropiado orar directamente al Espíritu Santo. Oraciones a Jesús incluirían aquellas de confesión, arrepentimiento y perdón, y ruegos por su pronto regreso.
En suma, si las personas de la Deidad son verdaderamente una en naturaleza, carácter y propósito, entonces parece lógico y práctico dirigir las peticiones y alabanzas apropiadas a cualquier persona del Trío celestial en cualquier momento y situación dados.

Consecuencias éticas.-
Aunque las limitaciones de espacio no nos permiten una discusión amplia acerca de las consecuencias éticas de la enseñanza trinitaria, indicamos algunos de los principios más importantes para las actitudes, acciones y relaciones cristianas.
Antes demostramos que si la esencia de la naturaleza trina de Dios es amor eterno, infinito y relacional (social), y que fuimos hechos a su imagen, entonces el mismo corazón de lo que significa vivir es ¡hacerlo por medio de relaciones amantes! En otras palabras, si la esencia de la naturaleza de Dios es amor relacional, entonces la misma naturaleza de la existencia humana también debería reflejar tales relaciones amantes y satisfactorias.
Pero, ¿qué queremos decir por "relaciones de amor"? Si la realidad está definida verdaderamente por la naturaleza de la Trinidad, entonces podemos arribar sólo a una conclusión: Existir realmente es vivir en amor orientado-al-exterior, no dirigido-al-interior, en una satisfacción centrada en el yo. Pablo describió esto cuando declaró, "Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia, completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa. Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien, con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros" (Fil. 2:1-4).
Con toda seguridad este principio, tan poderosamente patente en la misma naturaleza y acciones de la Trinidad, excluiría todos los afanes destructivos de rango o satisfacción del apetito, posición, fama y poder.
No vemos ninguna de estas características perniciosas en las manifestaciones de la Santa Trinidad. En vez de eso, encontramos constante sumisión propia, y amor que fluye hacia el exterior, del uno al otro. El Hijo se somete a sí mismo al señorío del Padre en la encarnación, y el Espíritu se somete (aún hasta el punto de eliminar su identidad personal) a ambos, al Padre y al Hijo, realizando sus mandatos de una manera abnegada.
Sin embargo, el lector puede preguntar: ¿Qué podemos decir acerca del Padre? ¿Lo encontramos manifestando semejante sumisión abnegada y mutua? ¿Qué hay de abnegado en dirigir?
Quizá la única forma en que podamos responder esta pregunta es haciéndosela a los líderes y padres cristianos. He aquí lo que dirían: "Uno de los privilegios más imponentes, y que sin embargo impone cargas pesadas en el mundo, es el liderazgo social y familiar. Sí, tal liderazgo le da a uno cierta prominencia, pero también conlleva una carga poderosa de cuidado y responsabilidad". Esto es ciertamente lo que el Padre soportó al asumir su papel como el líder principal del gran plan de creación y redención.
Sin duda, los que son enviados a hacer los mandatos de sus líderes llevan cargas especiales, únicas; pero quienes los envían también sobrellevan gran agonía al sentir preocupación por los que fueron enviados. Cada dolor de cabeza y pesar que afligió a nuestro Señor en su experiencia en la encarnación, golpeó el corazón del Padre amante. El gran Padre Dios se sacrificó a sí mismo en un sentido asombroso mientras "estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo" (2 Cor. 5:19). Sólo en esta clase de amor abnegado podemos tener alguna sensación de la armonía y el gozo comunitario.

El hogar y la iglesia.-
Este último punto nos conduce a algunas consideraciones esenciales para las dos instituciones sociales claves de Dios: la familia y la iglesia. Ambas están bajo severos ataques, especialmente en tiempos recientes. ¿Tiene la Trinidad algo que contribuya a nuestra comprensión de la importancia y del funcionamiento adecuado de estas dos unidades fundamentales de la sociedad?
Si la misma naturaleza de Dios de amor mutuo y dócil se despliega en el campo familiar del "trío celestial', entonces tenemos la esencia de lo que hace que funcione la institución matrimonial. Si nosotros, al igual que la "Trinidad, estudiáramos abnegadamente primero los intereses de nuestro cónyuge matrimonial, cuánto más feliz sería el mundo. Porque cuanto más estudiemos la felicidad de los demás, seríamos capaces de descubrir más plenamente la verdad, y encontraríamos en verdad los gozos más profundos y más satisfactorios de la vida.
Pero ¿qué decir acerca de la iglesia? Una vez más si la misma naturaleza de la existencia fluye de la naturaleza social de Dios, entonces podemos comenzar a vislumbrar más de los privilegios de ser miembro de iglesia. La iglesia, junto con la familia, provee el campo de interés más importante para el ejercicio y la manifestación del amor mutuo y edificante. Aquí tenemos dos ambientes maravillosos en los que aprender y experimentar las bendiciones del estímulo mutuo, el servicio reflexivo, la experiencia de compartir, el adorar y la lección vital de la paciencia.
En realidad, las bendiciones y los desafíos de participar en ambas instituciones —el matrimonio y el compañerismo de la iglesia— son tan cruciales para aprender y ejercitar el amor de Dios que con frecuencia me he preguntado si podría posiblemente ir al cielo sin los beneficios de estar en ellas. Con toda seguridad entrará en el ciclo una gran cantidad de personas solteras, y algunas personas, debido a circunstancias extremas, tendrán que ir al cielo sin haber tenido el beneficio de la participación en la iglesia. Pero serán la excepción, no la regla.
¿Dónde, sino en la iglesia y en la familia, estaremos más directamente invitados a expresar nuestras prácticas y actitudes cristianas en acciones concretas? Con toda seguridad el lugar de trabajo y otras situaciones sociales nos desafiara. Pero mi experiencia ha sido que la iglesia y el hogar son los lugares que esperan lo máximo de nosotros. Si usted puede triunfar verdaderamente como un cristiano abnegado, amante en el hogar y en la iglesia, usted puede muy bien triunfar así en cualquier lugar. Su familia y sus compañeros miembros de iglesia generalmente conocen lo auténtico que es usted. Y la clave para un éxito cristiano vibrante en ambas campos es el poder predominante del flujo exterior del amor que "estima a los demás como superiores" a nosotros mismos.
Sé que lo que hemos bosquejado aquí desafía las actitudes altamente individualistas tan predominantes en la cultura occidental. Pero si la naturaleza profundamente amante establecida en la misma naturaleza social del mismo Dios significa algo, indica que la vida encuentra sus niveles más profundos de satisfacción sólo cuando vivimos como seres en unidades sociales. Sólo en tales situaciones sociales impregnadas con el amor del Dios trino podemos experimentar las porciones más satisfactorias de la vida. El individualismo radical no está donde se desarrolla la acción en un universo creado para relaciones amantes.

Género y liderazgo.-
Muchos se han preguntado si la doctrina de la Trinidad tiene algo para contribuir a los más recientes debates acerca del papel de las mujeres en el ministerio. Algunos han sostenido que la subordinación de Cristo al Padre proporciona un ejemplo del papel menor que las mujeres deberían desempeñar tanto en el matrimonio como en las relaciones de la iglesia. Más específicamente, otros han sostenido que la subordinación de Cristo al Padre es eterna, y por eso afirman enfáticamente que las mujeres siempre deberían estar en todas las jurisdicciones o puntos de reunión bajo el liderazgo de los varones.
Es completamente posible que el hecho de la subordinación de Cristo al liderazgo del Padre pueda sugerir algunas claves acerca del papel de liderazgo en la iglesia y en la familia. Perola Biblia compara sólo el papel de liderazgo del esposo al de Cristo en la iglesia, no al del Padre sobre el Hijo durante la encarnación (Efe. 5:22-29). Y aun con el modelo de Cristo, el novio líder de la iglesia que es su novia, cada esposo debe recordar que este papel de liderazgo en la familia es uno de servicio profundamente abnegado. Cualquier esposo que desee exigir cualquier clase de papel dominante de liderazgo sobre su esposa, debe considerar el pensamiento del apóstol Pablo: "Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella" (v. 25).
¿Pero que podemos decir acerca de las mujeres y los puestos de liderazgo en la iglesia? Si alguno desea argumentar sobre la base de la supuesta subordinación eterna de Cristo al Padre en la experiencia de la Trinidad, no encontramos evidencia bíblica convincente de que la subordinación de Cristo haya sido desde toda la eternidad. Su subordinación fue sólo temporaria. Además, la evidencia de la Escritura es que la subordinación de Cristo al Padre y la del Espíritu Santo al Padre y al Hijo es tan sólo para los propósitos prácticos de creación y redención entre aquellos que por otra parte son iguales en su naturaleza divina común. Y, finalmente, Apocalipsis 22:1 habla del trono de Dios como el "trono de Dios y del Cordero'. La poderosa inferencia es que compartirán el trono del universo como asociados completamente iguales.
Por tanto, sugerimos que la Trinidad no proporciona ninguna clave precisa de una manera o de otra, cuando llegamos al asunto de qué clases de puesto de liderazgo debe recibir cada género en la iglesia. Debemos decidir el asunto sobre otros principios bíblicos.
Muchos otros asuntos éticos también piden a gritos un análisis trinitario. Por ejemplo, ¿cómo encaja la satisfacción de la realización sexual en el ideal de amor de Dios como una sumisión mutua? Si el amor sexual encuentra su significado central en la experiencia de la Trinidad, de un amor expresado mutuamente por los respectivos miembros de la Deidad y sus criaturas, ¿tienen tales consideraciones algo que decirnos acerca de ciertas formas de perversión sexual (tales como la masturbación)? ¿Qué tiene que enseñarnos el amor trinitario cuando vamos a la educación curativa, especialmente en la práctica médica moderna que ha llegado a ser demasiado técnica e impersonal?
Estas y muchas otras cuestiones deben esperar posiblemente por otro libro, pero no por la reflexión seria y piadosa de usted.

Conclusiones y llamamiento.-
Habiendo compartido las evidencias más atrayentes y convincentes de la Biblia para apoyar el concepto trinitario de Dios, ahora indicamos enfáticamente que aunque la Biblia no usa el término exacto "Trinidad" para describir a la Deidad, el significado esencial de la terminología y los conceptos trinitarios reflejan el básico concepto bíblico de Dios. El Dios revelado en la Escritura consiste en tres personas divinas que han existido por toda la eternidad en una profunda unidad, o unicidad esencial de naturaleza, propósito y carácter. Las inferencias más resaltantes de esta unidad divina han surgido de la afirmación de que Cristo es sencillamente tan pleno Dios como es el Padre, y que el Espíritu Santo comparte la misma naturaleza y es una persona.
Además, hemos descubierto que la naturaleza esencial de su unidad divina es una de amor dinámico, creador, desbordante y abnegado. Este amor se ha revelado a sí mismo de la manera más conmovedora y ardiente en la encarnación de Cristo Jesús, el eterno Hijo de Dios. En esta asombrosa demostración de amor abnegado, las buenas nuevas de la misericordia y justicia de Dios se revelaron en la victoria sobre la tentación, en la muerte que proveyó perdón por medio de la satisfacción de la justicia divina, en la resurrección que lleva a la vida eterna, y en la intercesión celestial que hace que todas las realizaciones del amor encarnado estén siempre disponibles para todo el mundo en forma directa.
Sin embargo, la encarnación del Hijo no terminó la comunicación del amor de Dios al mundo. En la ascensión de Cristo, el Padre y el Hijo enviaron a la tercera persona de la Divinidad, el Espíritu Santo, para ser su agente único, divino y, sin embargo, terrenal de convicción, conversión, consuelo y capacitación para quienes respondan a la iniciativa salvadora de Dios en Cristo.
Después ofrecimos un panorama histórico de cómo el pueblo de Dios ha desarrollado su pensamiento acerca de Dios y cómo ha llegado reiteradamente a las convicciones trinitarias. Estas convicciones se desarrollaron a partir de un profundo estudio de la Biblia, de la experiencia del amor de Dios en la salvación, de la reflexión piadosa, de la adoración, y del conocimiento del poder de Dios experimentado en el testimonio y servicio cristianos.
Finalmente hemos tratado de diseñar los aspectos teológicos y prácticos convincentes de implicancias éticas seleccionadas de la autorrevelación trinitaria de Dios. Indicamos que la doctrina de la Trinidad contiene principios absolutamente esenciales para la mayoría de las doctrinas fundamentales y para los principios éticos del evangelio.
La contribución extraordinaria y vital de la Trinidad a las enseñanzas del evangelio nos han llevado finalmente a terminar la presentación de nuestro alegato. Hay ciertamente más cosas que podríamos decir, pero deseamos terminar con esto:
Estamos convencidos de que la doctrina de la Trinidad no es simplemente una sutileza menor sobre alguna doctrina periférica o algún asunto moral dudoso. La verdad contenida en esta doctrina profunda forma la base esencial para el mismo fondo de lo que es único al cristianismo. De nuestras percepciones de la Trinidad surge nuestro propio entendimiento de la mayor de todas las nociones bíblicas: que Dios es amor.
Tal amor no se define sencillamente por sentimiento o experiencia humana, sino por ningún otro más que por el mismo Dios, el Creador y Redentor del universo. Y las definiciones de amor que cuentan realmente son las que residen en la misma esencia o sustancia de la naturaleza trina y eterna de Dios.
Sin embargo, un amor así no estuvo simplemente en estado latente en el ser interior de Dios. Por el contrario, se ha revelado a sí mismo en las formas como ha creado el mundo, lo ha redimido del pecado y ha buscado continuamente restablecer su gobierno moral sobre el universo. Si el gobierno moral del universo no está basado en la justicia de su amor, entonces toda la creación se encuentra en un profundo problema.
Sin las iniciativas creadoras y redentoras que tienen su origen en el amor de Dios manifestado y concedido libremente, el universo se hundiría finalmente en una anarquía moral, social y física. Por tanto, sólo el amor que abunda en la naturaleza trina de Dios puede establecer los principios morales que hacen que la vida sea ordenada y significativa. No sólo le debemos nuestra existencia y salvación a Dios, sino que somos enteramente dependientes de él para cualquier semejanza de orden moral (ya sea ahora o en el mundo del porvenir).
Pero su amor no es más o menos un sentimiento tierno, misericordioso y de orden moral. La manifestación trina de amor tiene un lado inflexible junto a él: la justicia. El pecado ha forzado al aspecto de justicia que tiene el amor a hacer frente al inenarrable horror de la invasión del mal en un universo creado por el expansivo amor divino. Y la pregunta persiste: ¿Hay alguna solución para este terror indescriptible?
Contestamos con la afirmativa: el amor de Dios no sólo es tierno, relacional y personal, sino que también es justo y soberano. Los últimos conceptos nos consuelan con el hecho de que Dios no permitirá que el pecado y su horrible fruto de mal y sufrimiento aflijan para siempre al universo.
Aunque las ruedas del molino de su justicia han molido lentamente, finalmente molerán hasta una finalidad satisfactoria. Dios venció los terrores del mal encargándose él mismo finalmente de la emergencia. En la persona de su amado Hijo Dios descendió y fue al encuentro del pecado y sus terrores concomitantes de una manera frontal. Dios no delegó la solución del problema del pecado y todo su sufrimiento resultante en algún sustituto creado.
El concepto de la Trinidad es simplemente demasiado fundamental, demasiado esencial, demasiado bíblico y, finalmente, demasiado precioso para la misma naturaleza de nuestro entendimiento de Dios como para relegarlo a un asunto colateral. Exhortamos a un compromiso renovado a la verdad de la Trina Deidad y a la visión imponente del "trío celestial", visión de una existencia humana amante y bondadosa.
En una palabra, la interpretación trinitaria de Dios nos señala la excelsa experiencia de hacerlo a él central en toda nuestra adoración, formación moral, servicio y testimonio al mundo. Nuestra oración es que un día, muy pronto, podamos ser capaces de estar en pie ante el trono eterno y aclamar: " 'Dadle gloria', 'porque la hora de su juicio' ha pasado y todo está bien con el universo. ¡Amén, Maranata!"