LA CRONOLOGÍA
PROFÉTICA MÁS EXTRAORDINARIA
70 semanas y 2300 días
Dr. Alberto R. Treiyer
Hace unos años estaba dando conferencias en Ucrania
durante las noches sobre los eventos finales, y durante el día un seminario
sobre el evangelio del santuario a pastores y laicos líderes. En la última
etapa de mi gira estuve en la capital, Kiev, sin sospechar la sorpresa que iba
a tener. El presidente de la Asociación me preguntó si iba a incluir en mis
exposiciones a los pastores el tema de la fecha inicial de los 2.300 días. Le
dije que no había traído material sobre ese punto porque nunca me pedían que
tocase el tema. Lo más que pude prometerle fue tocar al final, en forma
general, algunos de los problemas de los calendarios diferentes que se usaban
entonces.
Cuando llegó el último día, al
concluir dije que, a pedido del presidente de la Asociación de Kiev podía
tocarles algunos problemas en el uso de los calendarios, pero que no iba a
tocar el tema de la fecha en sí del año 457 AC porque no había traído material.
Luego de una corta exposición les referí la respuesta de nuestra iglesia a
través del Biblical Research
Institute, en especial el trabajo del Dr. William Shea en el último número de la serie sobre Daniel y
Apocalipsis, además del primero que fue escrito enteramente por él.
El presidente de esa
Asociación pasó entonces para cerrar el seminario y, en lugar de agradecerme
los servicios que habían alegrado en gran manera a los pastores y laicos
prominentes al enseñarles los rituales hebreos, se puso a explicar con una
energía y convicción impresionantes cómo nuestra iglesia se había equivocado y
estaba enseñando el error con respecto al inicio de los 2300 días. Cuando
terminó me paré y le dije que si tenía problemas con la fecha de partida,
estaba el cumplimiento en la época de Cristo que había sellado la profecía de
las 70 semanas, así como la de los 2300 días como terminando en 1844. Me
respondió categóricamente que no se puede arreglar un error de partida por un
acierto de llegada. Le pedí entonces la fuente de su exposición. Se negó a
dármela. Entonces me enojé, siempre en público, y le dije que si no había leído
la respuesta de nuestra iglesia, era un irresponsable al presentar la crítica
como si fuera verdad. Prometí entonces que al regresar a los EE.UU. iba a
buscar la documentación que había leído someramente en su momento, e iba a
resumirla y enviársela.
Al día siguiente me llevaron a
conocer el nuevo colegio que estaban levantando a unos 30 kms.
de Kiev, en una zona boscosa. De la noche a la mañana nuestra iglesia se quedó
con una propiedad de grandes edificios que había pertenecido al ejército y que
había servido por años para la instrucción comunista. Guardaban una pared
cubierta por una cortina con las insignias del comunismo, un valor histórico sin
duda, ahora sirviendo para instruir a muchos en el evangelio de Cristo.
Sorpresivamente vi de nuevo al presidente de esa Asociación quien se acercaba
donde estaba y sonreía, algo nervioso e incómodo. Pensé que le había afectado
algo la confrontación del día anterior por lo que amigablemente volví a
preguntarle: “¿De dónde obtuvo la información que usó ayer para atacar la fecha
inicial de las 70 semanas y los 2300 días?” Me contestó cualquier cosa menos lo
que le pregunté, por lo que el traductor no quiso traducirme la misma pregunta
otra vez, haciéndome una seña de no darle importancia.
Se me informó después que
había un grupo de ucranianos en los EE.UU. que mandaba información y propaganda
disidente a Ucrania, y que eso estaba confundiendo a muchos, inclusive a ese
presidente. Me sentí en parte responsable de la situación del día anterior por
no haberme preocupado antes por dominar a fondo el tema. En todos lados a donde
había ido se había dado por sentado la exactitud de la fecha, y no sentí la
necesidad de llevar material extra para tratar ese punto allí.
Al volver a los EE.UU. leí el
artículo de William Shea, lo resumí y agregué algunos
datos adicionales que había recogido mientras enseñaba en Francia. Luego lo
mandé a ese presidente, a la traductora (una gorda rusa maciza que hizo creer a
mi hija, cuando la abrazó, que abrazaba un colchón: habrá sido sin duda de
tanto comer papa con tanto almidón, como los rusos), y a un pastor que hablaba
inglés pidiéndole también que lo tradujera. Cuando cuatro años más tarde fui
otra vez a Kiev, lo vi a ese presidente flaco con una barbita en el mentón y le
pregunté si había recibido el material. Ya no era presidente, tenía otro cargo.
Me dijo que no, que nunca lo había recibido (al recibirlo en inglés tal vez ni
se enteró de qué se trataba, ni se preocupó porque alguien se lo tradujera).
Otra
confrontación
Aunque entendí los argumentos
principales de William Shea, basados en gran parte en
el arqueólogo adventista ya fallecido, Siegfried Horn, había algunas preguntas que me quedaban y para las
que no había encontrado una respuesta satisfactoria. Al verlo poco después en
la Asoc. Gral. en un pasillo, aproveché para preguntarle una de ellas. A pesar
de que había salido de su oficina para ir al baño, se detuvo a explicármela y
me hizo un gráfico pequeño, sin dar apariencias de apuro. Le agradecí la
atención y le pedí que no se detuviera más conmigo. Mi pregunta tuvo que ver en
esa oportunidad con la sincronización de la profecía de los 2300 días con la de
los 1335 días. Otra pregunta crucial me quedaba sobre la razón por la que los
milleritas escogieron el Día de la Expiación de 1844 y no el de 1843, dado que
el año civil hebreo expiraba el día anterior al primero de Tishri
(Fiesta de las Trompetas), y no el décimo (Día de la Expiación).
Poco tiempo después me
encontré con un hermano brasileño a quien había conocido cierto tiempo atrás,
entusiasmado al extremo según había yo interpretado, con la fecha de los 2300
días. Criticaba a muerte a todos los teólogos adventistas. En una reunión que
pidió en la Asoc. Gral. con el Dr. William Shea y
otros dirigentes, incluyendo del Centro White, terminó diciéndole que iba a
llegar el día en que iba a tener que pedirle perdón a la Iglesia Adventista por
haberla engañado. Me interesé en su material, aunque para mis adentros pensé,
“¿de Brasil podrá salir un teólogo, tan luego uno que ni siquiera hizo los
primeros cuatro años elementales de teología?” No obstante, dejé la puerta
abierta por ver si alguien que se expresaba tan decididamente tendría algo que
ofrecerme. Esta vez, la crítica provenía de alguien que presumía defender el
enfoque tradicional sostenido por los milleritas y los pioneros de la Iglesia
Adventista, y acusaba a los dirigentes actuales de haber descarriado a la
iglesia en ese tema tan importante.
Un
tercer y cuarto empujón para estudiar el tema
Mi correspondencia con ese
hermano laico brasileño no me sirvió demasiado. El material que me envió me
pareció confuso por falta de metodología. De una cosa saltaba a la otra y no
entendía la razón de sus reacciones contra la posición de nuestros teólogos
actuales. Por esa época leí una breve declaración de un profesor de Andrews, adonde ese hermano brasileño había ido a pelear
también, diciendo que la posición de William Shea y de
otros teólogos adventistas era sólida y no débil como nuestro hermano del país
del fútbol y de las bananas arguía. Enterado de que
una comisión en Brasil, dirigida por el Dr. Alberto Timm
(medio pariente mío por parte de mi abuela brasileña, y único teólogo brasileño
elocuente que conozca junto con Siegfried Shwantes ya jubilado hace tiempo), le había prometido a ese
hermano estudiar su material, decidí esperar. Le prometí entonces estudiar su
material cuando dispusiera de más tiempo, más definidamente, para cuando
preparase mi tercer seminario sobre el santuario (pienso incluirlo porque se
trata de un problema que explotan algunos para confundir y hacer perder la fe
de nuestro mensaje profético a muchos hermanos).
Ese día llegó el año pasado, y
se incrementó con el folleto de la lección del último trimestre que se basó en
el libro de Daniel. Estaba contento de haber comprado una tesis doctoral sobre
el tema preparado en la Universidad de Andrews.
Basado en esa tesis y en otros documentos adicionales que había estado juntando
con el tiempo, preparé un comentario sobre las 70 semanas. Confiadamente di la
fundamentación bíblica y extrabíblica allí expuesta.
Pero ya casi el último día de mis vacaciones ví por
casualidad en la biblioteca de la Universidad Adventista del Plata un libro
sobre esa cronología editado en Brasil. Vi que se trataba de ese hermano, y la
recomendación decidida del doctor tocayo mío del Brasil me interesó más. Con el
perdón de todos los que tienen posiciones ya tomadas sobre el tema, creo que el
material del hermano Juárez Rodríguez de Oliveira es el mejor que se haya
escrito hasta ahora sobre la cronología de las 70 semanas y de los 2300 días
(salvando su estilo polémico que no lograron quitarle del todo hasta ahora).
De esta introducción se
desprende que no soy especialista en cronología bíblica. Mi especialidad tuvo y
tiene que ver con la teología del santuario de Israel y, debido a su relación
especial con los eventos finales, extendí esa especialización hacia los libros
de Daniel y Apocalipsis. Poco a poco, sin embargo, voy avanzando en el
conocimiento y profundización de la cronología bíblica que requiere el concurso
de varias ciencias como la arqueología, la historia, la astronomía, las
matemáticas y la teología. Esta serie que estoy compartiendo con Uds. por Internet
es una manera también de obligarme a meterme más en el tema, para organizar
mejor los conocimientos que ya adquirí. Por lo cual, si alguien se siente
inclinado a criticar alguna posición asumida, tal crítica será bienvenida y
servirá para enriquecer más su comprensión. Soy conciente que se requiere un
esfuerzo de simplificación como el que se verá aquí, pero a su vez, tal
esfuerzo puede dejar aspectos de lado que son necesarios para satisfacer a
mentes más inquisitivas. Por lo que si en este foro se puede contar con
observaciones críticas de quienes también pusieron su cabeza en el tema,
alabado sea el Señor por ello.
Origen
de los calendarios
Antes de entrar en el tema
mismo de la cronología de las 70 semanas y los 2300 días, será útil dar una
mirada rápida a la historia de algunos calendarios. El tema de los calendarios
me había interesado ya mientras preparaba mi tesis doctoral sobre el Día de la
Expiación en la Universidad Protestante de Estrasburgo, Francia. Ezequiel
recibió su visión del Nuevo Templo en un Día de la Expiación (Eze 40:1)—mi tesis versó sobre ese día especial—y el hecho
no parece ser fortuito. El significado de ese día proyectado en la visión que
Dios le dio a Ezequiel debía, sin duda, arrojar luz sobre el mensaje que Dios
quiso dar a su pueblo entonces. Lo llamativo en Ezequiel es que se refirió a
ese día diez como dándose “al principio del año”, en referencia probable al año
otoñal (véase A. R. Treiyer, The Day of Atonement
and the Heavenly Judgment, 124ss, 318ss).
Posteriormente me interesé
algo más en el tema debido a que un alumno de teología en Francia, Francois DuMesgnil D’Engente, llegó a convencerse al leer a Siegfried Horn que se había
equivocado en un artículo de Ministry recién aparecido en esa época. Una mejor
comprensión sobre los distintos calendarios y la manera de contar de los judíos
los años de los reyes, fue suficiente entonces (tal vez en parte), para
resolver el problema que suscitó en una de mis clases.
En tiempos modernos surgió la
teoría promovida por teólogos liberales, de que los israelitas copiaron el
calendario solar de los egipcios que comenzaba en el mes Toth (diciembre), y
posteriormente, bajo la influencia babilónica, adoptaron su calendario lunar
que comenzaba en el mes Abib
(marzo-abril). Esta teoría ha sido fuertemente rechazada por muchos teólogos,
inclusive judíos, que argumentan que el calendario hebreo fue siempre lunisolar ya que fue instituido en el día mismo de la
creación (Gén 1:14; Sal 104:19). Lo que es motivo
real de discusión, sin embargo, es determinar cómo se las arreglaban al
principio para sincronizar el calendario lunar con el solar que medían por las
cosechas. Dos autores judíos, S. Safrai y M. Stern, llegaron a afirmar en 1976 que “el contraste entre
la pobreza de nuestras fuentes y la abundancia y riqueza de detalles de las
teorías” es sorprendente.
¿En qué época o estación debía
comenzar el año solar que, quiéranlo o no, estaba presente regularmente con la
maduración de las cosechas y el movimiento del sol? Pareciera ser en la época
en que el sol llegaba a su período más débil o corto del año o, por decirlo de otra
manera, cuando el sol comenzaba a permanecer más tiempo a la vista de los
antiguos. En otras palabras, el año debía comenzar cuando los días comenzasen a
extenderse. De allí que los Egipcios lo hiciesen comenzar en nuestro diciembre,
una práctica que siguieron los romanos al llamar al primer mes Jano (de allí January, Enero). Ese mes estaba representado por un dios,
Jano, que tenía dos caras pegadas por la nuca, mirando una hacia el pasado y la
otra hacia el futuro. Por eso, en torno al 25 de diciembre, los romanos hacían
fogatas anunciando el nacimiento del dios sol, ya que en torno a esa fecha el
sol comenzaba a extenderse durante el día en el hemisferio norte.
Los cristianos de Roma, por su
parte, decidieron más tarde festejar en esa fecha la Natividad, el natalicio
del Sol de Justicia, Cristo Jesús, aunque ese día no hubiese tenido nada que
ver con la fecha real en que nació Jesús (en Navidad los pastores de Belén no
hubieran pasado toda la noche en el campo con los animales porque era
invierno). Esa misma práctica de encender fogatas se perpetúa en las luces
artificiales que se prenden en tantas ciudades cristianas para las fiestas de Navidad
y Año Nuevo que comienzan también en el mes de diciembre y se apagan luego del
primero de enero.
La
sincronización de los calendarios lunisolares
Los israelitas también
hicieron comenzar los meses con la luna creciente, y hubiera sido de esperarse
que comenzasen el año de una manera semejante, con el mes en el que supuestamente el sol comenzaba
a alargarse. Sorprendentemente, el calendario civil o solar lo hicieron
comenzar en el otoño, en la época en que expiraba el año religioso y lunar, y
en ocasión de la cosecha final del año. Fue en la declinación del sol, y no en
su nacimiento, que hicieron comenzar el año civil. ¿Habrá tenido ese hecho como
propósito evitar que se tentasen a honrar al sol como lo hacían los demás
paganos, festejando su natalicio el día en que presumían comenzaba a resurgir?
Tampoco tenían fiestas de germinación, sino sólo de cosecha, en reconocimiento
a Dios por sus dones, algo contrastante con las fiestas de la fertilidad que
tenían los paganos con diosas como Astarté que contenía siete senos.
[Un estudio que no he podido
hacer y sería positivo hacerlo un día es comparar la ubicación de los días
festivos anuales de los pueblos paganos en contraste con la ubicación de los
días festivos en Israel, sus motivaciones y teología especial. Hasta ahora sólo
expuse en mi tesis doctoral tales contrastes en relación con el Día de la
Expiación y la purificación del templo del dios Nebo
en la antigua Babilona. A lo que me refiero es a hacer una comparación de los
calendarios festivos religiosos entre los pueblos antiguos y el de Israel].
El calendario hebreo puede
definírselo fácilmente como agropecuario porque se festejaban las fiestas en
determinados días del mes ligados a las cosechas, y se los celebraba en el
templo junto con ciertos sacrificios de animales definidos (Lev 23; Núm 28-29). Ahora bien, las cosechas no se ajustan a la
luna, sino al sol. ¿Cómo podían determinar, entonces, el día exacto del mes en
que debían traer las gavillas o los frutos al templo, en gratitud a Dios por sus
bendiciones materiales y espirituales? Más aún, ¿cómo podían llamar a esos
meses de fiesta “primer mes”, o “séptimo mes”, en referencia a los meses más
cargados de fiesta, si los doce cambios de luna del año no coincidían con los
cambios anuales de rotación de la tierra en torno al sol?
Se sabe que los pueblos
antiguos, incluyendo el pueblo de Israel, tenían un año solar de 360 días, lo
que corresponde a 12 meses de 30 días cada uno. Eso se ve confirmado por la
profecía de los 1260 días de Daniel, y su definición más clara del Apocalipsis
como 42 meses (Apoc 11:2; 13:5), 1260 días (Apoc 11:3; 12:6) o “tiempo (1), tiempos (2), y la mitad de
un tiempo” (1/2 año) (Dan 7:25; 12:7; Apoc 12:14).
¿Qué pasaba con los cinco días y algo restantes que no se computaban? Se sabe
también que algunos pueblos tenían algunos días extras que entre los romanos
llevó a ciertos emperadores a competir entre sí para que el mes que honraba su
memoria se quedase con mayor número de días. Entre los israelitas es probable
que cada seis años arreglasen su calendario solar con un mes extra que hiciesen
coincidir con la víspera del año sabático. El año sabático mismo podría haber
servido como medio regulador de todo desajuste que se hubiese dado hasta esa
fecha, permitiendo recomenzar el primer año del nuevo ciclo en armonía con la
cosecha, correspondiente también a la rotación de la tierra en torno al sol.
Una prueba indirecta de un mes
extra se percibe, por ejemplo, en la profecía de los 1290 días de Dan 12:11.
Tal vez con el propósito de evitar cualquier especulación, Dios previó dos
hechos históricos remarcables sobre el levantamiento del anticristo romano
futuro, que permitirían reconocerlo de manera doble, reforzada, y nadie
sintiese la necesidad de discutir si esos tres años y medio anticipados en Dan
7:25 tendrían en cuenta un mes adicional o no.
Si nos quedamos aquí, todo
parecería fácil. Pero debemos recordar que el calendario de Israel no fue
únicamente solar, sino también lunar, esto es, lunisolar.
[Los esenios tuvieron un calendario puramente solar, pero no he tenido la
oportunidad de estudiarlo todavía]. Más definidamente, Dios indicó que debían
ofrecer sacrificios especiales cada cambio de luna equivalentes a los del
sábado semanal y los de las otras fiestas anuales (Núm
28:11-15). El séptimo mes debía considerárselo, además, como un sábado anual,
festejándolo con sonido especial de trompetas que anunciaban la inminencia del
juicio diez días más tarde, en el Día de la Expiación (Lev 23:23-32). ¿Cómo
hacían los hebreos para sincronizar esos cambios de luna con el año solar de
360 días y aún, con el año astronómico que según sabemos, duraba algo más de
365 días?
Para ser más precisos, el mes
lunar dura entre 29 y 30 días, y 12 meses estrictamente lunares dan 354 días y
8 hs., no 360 ni 365 días. Esto requería que cada tres años se diesen trece
cambios de luna en el año, en lugar de doce, y en algunas ocasiones cada dos
años. De lo contrario, la fiesta de las primicias de la cebada iban a tener que
celebrarla con el correr del tiempo en pleno invierno, cuando ni siquiera había
plantas y era la época de la siembra. ¿Cómo podrían en tal caso llamar a ese
primer mes Abib, esto es, “cebada”, si ese mes
terminaba cayendo en cualquier época del año sin tener nada que ver con la
cebada? Y si se partía mal, un problema semejante lo hubieran tenido con la
fiesta de las primicias del trigo cincuenta días más tarde. También la fiesta
final de la cosecha hubiera caído en el tiempo cuando las frutas estaban demasiado
verdes, y las vides estuviesen muy lejos de colorear.
Una
suposición basada en los años sabáticos
Así como había un séptimo día
especial y sagrado, y un séptimo cambio de luna también especial y sagrado que
los israelitas festejaban con sonido de trompetas, también había un séptimo año
sabático y un año 49 más especial aún que completaba el período de siete años
sabáticos (Lev 25). Luego de la sexta cosecha, los israelitas habrían comenzado
a festejar el año sabático que, antes de comenzar la primavera, en el caso de
un calendario anual de 360 días, requería un mes adicional o intercalario o décimotercer mes.
El año sabático, según esta teoría, podría haberse encargado de arreglar los
problemas de sincronización del calendario lunar con el solar. Como podemos
recordar, el año sabático comenzaba en el Día de la Expiación (Lev 25:9-10),
luego de lo cual todos los israelitas debían comparecer en el templo para
agradecer a Dios por la cosecha final en la Fiesta de las Cabañas o
Tabernáculos (Deut 31:11; cf. Lev 23:33ss).
Llama la atención también el
hecho de que el mes intercalario lunar (el décimo
tercero), lo agregaron los israelitas en tiempos posteriores al concluir el
calendario litúrgico-religioso, después del mes de Adar
(el doce), y lo llamaban Ve-Adar o “segundo Adar” (el trece). Esto coincide con la orden indicada por
Dios para iniciar los años sabáticos luego que se había juntado la cosecha
final, en el séptimo mes. En este contexto, debemos recordar también que durante
los años sabáticos los israelitas no cosechaban sus mieses,
ni recogían sus frutos (Ex 23:10-11; Lev 25:2-7,20-22). ¿Qué pasaba entonces
con sus fiestas de cosecha en tales ocasiones? ¿Las celebraban? ¿Usaban ese año
para recompensar la inexactitud de su calendario anual, como ocurría con todos
los otros desajustes sociales que en ese año debían recomponerse? (Ex 21:2-6; Deut 15:1-18).
El primer año del nuevo ciclo
del calendario solar, luego del año sabático, podían comenzar a contarlo de
nuevo eligiendo como primer cambio de luna el que anunciaba la maduración de la
cebada, como lo hacían siempre con el calendario lunar. De esa forma podían
arreglar la diferencia de días de su calendario solare, regulándolo cada siete
años con su calendario lunar. Como dato adicional podemos traer a colación que
al cabo de 19 años, los cambios de luna volvían a cuadrar otra vez con la
posición de la tierra en torno al sol que habían tenido al principio (es decir,
con las estaciones del año solar), completando un ciclo metónico,
nombre éste dado al griego Metón que descubrió el hecho
(la diferencia es de alrededor de hora y media). [Se me ocurre una pregunta. Siendo
que los datos astronómicos hoy son exactos aún en retrospectiva, ¿no podría
este hecho ayudar a reforzar la fecha aproximada en que los israelitas
comenzaron a cumplir con las leyes mosaicas que fueron establecidas específicamente
para cuando entrasen en la tierra prometida? (Lev 25:2). ¿Qué ciclo metónico habría cuadrado mejor con el calendario solar y el
comienzo de la implementación de tales leyes en Palestina que pudiese ser
ideal?]
Un
calendario de cosecha
Es en las leyes bíblicas sobre
los años sabáticos y de jubileo que podemos encontrar la primera mención a un
doble calendario en el antiguo Israel, uno de primavera y otro de otoño. Había
un calendario lunilitúrgico o religioso cuyo comienzo
era a su vez histórico porque recordaba la liberación divina de Egipto (Ex
12-13), y otro que comenzaba medio año después. Mientras que el primero
comenzaba en la primavera marcando el comienzo de la cosecha, el segundo comenzaba
en el otoño marcando el final de la cosecha (Lev 23; 25). En otras palabras,
mientras que un calendario iba de comienzo a comienzo, el otro iba de fin a
fin. Al segundo se lo conoce hoy también como calendario civil porque
posteriormente contaron el comienzo del reinado de los reyes a partir de ese
calendario otoñal.
Es evidente que la cosecha iba
a ser el mejor medio para determinar el cambio de época ya que, por más
conocimientos que tuviesen de astronomía, la medición exacta de rotación en
torno al sol en una época en que la hora era el período de tiempo más corto iba
a ser más difícil de determinar. La cosecha era, en esencia, el principio
regulador por excelencia del calendario lunisolar.
Aunque los cambios del sol y de la luna se tenían en cuenta, la cosecha era el
centro de la atención a la hora de determinar el comienzo y el final, como
motivo de agradecer a Dios por la vida, los dones y toda bendición que les
otorgaba.
Los registros históricos
bíblicos acerca de las fechas de los años sabáticos son magros y difíciles de
determinar (2 Rey 19:29; Isa 37:30). Supuestamente, la destrucción de Jerusalén
por los babilonios habría tenido lugar durante un año sabático (véase 2 Crón 36:21). Cierta discusión puede darse a la hora de
determinar si esa destrucción se dio al comienzo o al final del año sabático. La
cuenta posterior de los rabinos de tales años sabáticos es cuestionada aún hoy
inclusive dentro del judaísmo. Su celebración tuvo que ver sólo con la shemittah o
abandono agrario de la tierra, ya que en muchos respectos el contexto social
había cambiado (véase A. R. Treiyer, Jubileo y Globalización. La Intención Oculta,
cap 13).
No se
sabe “ni el día ni la hora”
Aquí cabe hacerse algunas
preguntas. Si la destrucción de Jerusalén por los babilonios tuvo lugar en un
año sabático en cumplimiento a las advertencias divinas por no haberlos
guardado como Dios lo había indicado (Lev 26:34-35: 2 Crón
36:21), y si el cumplimiento de las fiestas debía darse no sólo en cuanto al
acontecimiento sino también en cuanto al tiempo (CS, 450-451), ¿no habría de suceder lo mismo con la venida de
Cristo para venir a destruir a este mundo por sus seis mil años de pecado?
Siendo que el día exacto en que caía esa fecha otoñal dependía de la luna que
variaba de año en año, nadie podría saber “ni el día ni la hora” hasta que Dios
mismo indicase desde el cielo que ése iba a ser el año en que iba a tener
lugar.
La oración del pueblo de Dios,
como la de los cristianos judíos que estuviesen en Jerusalén poco antes de su
segunda destrucción, debía tener en cuenta la importancia de que ese día no
cayese ni en sábado, ni en invierno (Mat 24:20), algo que de no cumplirse ese
ruego, afectaría la huída del pueblo de Dios de las ciudades poco antes de su
destrucción final, en el hemisferio que para esa época del año se viese más
desfavorecido. El otoño del norte correspondiente a la primavera del sur, no es
tan inclemente como el invierno [Véase A. Lista Hugo, El Retorno de Jesús y el Ritual Judío (Bs.As.,
1999)]. [En este respecto debo ser claro en que es imposible determinar
cualquier año de jubileo, ya que no se lo celebró en Israel desde la primera
destrucción de Jerusalén, ni se sabe si llegó a celebrárselo antes ni en qué
momento se habría comenzado a celebrárselo, por lo cual es inútil tratar de
imaginarse cuál podría ser el año: véase A. R. Treiyer,
Jubileo y Globalización. La Intención
Oculta (1999), cap 13].
El cómputo de los meses buscó
enmarcárselo en tiempos post-bíblicos y cristianos en forma más rígida y
astronómica, creando otro conflicto dentro del judaísmo debido a que en algunos
años esos cómputos no coincidían adecuadamente con la cosecha. Debido a esto se
veían a veces confrontados al problema de tener que celebrar las fiestas cuando
los granos no estaban suficientemente maduros. Por tal razón, una rama del
judaísmo (los caraítas), mantuvo su propio calendario que no coincidía en todo con
el de Palestina. Sobre esto volveremos al discutir la fecha del 22 de octubre
de 1844, lo que a su vez nos permitirá ver cómo hacían entonces para determinar
el día exacto en que debían comenzar el primero de los meses y, desde allí,
determinar los demás días y meses de fiesta anual.
La respuesta de Jesús a sus
discípulos sobre si iba a restaurar “el reino a Israel” en sus días fue que no
les tocaba a ellos “saber los tiempos o las épocas [estaciones] que el Padre
puso en su sola potestad”. Con esto Jesús parece haberse referido a que ellos,
tanto como Daniel, debían guardar su mensaje sellado hasta el “tiempo del fin”
cuando Dios aclararía ese punto (Dan 12:4). Por otro lado, la referencia de
Jesús a “estaciones” podría tener que ver con los calendarios y sus variaciones
que se daban cada año, y que no permitirían conocer en forma exacta ni el día
ni la hora en que ese evento tendría lugar. Al no conocerse en qué día preciso
debían comenzar las estaciones de la cosecha en el año de la venida del Señor,
tampoco podría conocerse en forma exacta en qué día ni en qué hora definidos
volvería a vérselo.
Más
sobre la profecía de los 1290 días
Las únicas referencias que
conozca a un calendario solar de 30 días rígidos cada mes, y 12 meses dando un
total de 360 días, se encuentran en el libro de Daniel y el Apocalipsis. Ese
calendario solar de 360 días podía servirles, tal vez, como un punto adicional
de referencia que les permitiese regular, de tanto en tanto, el calendario
lunar con el movimiento de la tierra en torno al sol. Que los israelitas medían
también el movimiento del sol, y no solamente el de la luna, se puede ver en la
mención al reloj de Acaz que su hijo Ezequías
continuaba utilizando, y al que Dios mismo recurrió para permitirle a Ezequías
ver la señal que pedía (2 Rey 20:8-11). El año sabático basado en las cosechas
se encargaba de por sí en poner en regla ese calendario solar también con el
astronómico de 365 días, con un décimotercer mes que,
como el lunar, correspondía intercalárselo al concluir el invierno, antes de
comenzar la cosecha en el primer mes de primavera.
En efecto, el cómputo de 1290
días que nos ofrece Daniel está teniendo en mente un calendario solar que
incluía un décimotercer mes adicional al cabo de seis
años, tal como solía hacérselo con el calendario lunar cada tres años, y a
veces cada dos años. Recordemos que los cómputos de los años se los hacía
partir del calendario otoñal, esto es, en el séptimo mes del calendario
religioso que comenzaba en primavera. Era entonces, en ese séptimo mes, que
concluía la cosecha (Lev 25:3-12). Pues bien, el décimotercer
mes que solía agregarse al tercer año para no alejarse demasiado del calendario
solar, caía en el mes de Adar. Ese mes de Adar se daba después que había concluido el año litúrgico y
con él las cosechas del año, y era más específicamente el mes doce de ese año lunilitúrgico. En otras palabras, el “segundo Adar” o décimotercer cambio de
luna precedía al mes de Abib con el que comenzaba la
primavera y se daban, en la segunda mitad de ese primer mes primaveral, las
primicias de la cosecha del año con el ofrecimiento en el templo de las
primeras gavillas de cebada.
Resulta obvio que los
israelitas escogieron ese último mes lunar para agregar un décimotercero
porque ese mes terminaba el invierno, y para entonces podían ver si las plantas
de cebada iban a poder madurar a tiempo o no para el primer mes de primavera. Cuando
les resultaba obvio que eso no iba a ser posible, agregaban ese “segundo Adar”. Los 1290 días de Daniel abarcan, por consiguiente,
esos tres años y medio de un año otoñal (tres septiembres/octubres más un
cuarto Adar [febrero/marzo] doble, haciendo que el
nuevo año lunilitúrgico comenzase en abril (abib) y terminase
en octubre (etanim
o tishri)).
¿Qué nos dice esto con
respecto a la profecía de los 1260 ó 1290 días o, más simple, 3 años y 1/2? Que
ese período de dominio del anticristo romano anunciado por Daniel en esa
profecía, iba a abarcar un período completo, luego de lo cual comenzaría una
nueva época, una nueva primavera donde todo comenzaría a brotar otra vez (Dan
7:25; 12:7,9,11).
No podemos detenernos a
considerar aquí los otros detalles dados por la profecía, por lo que inferimos
que el lector sabe ya que históricamente, fue en 1798 que concluyeron los 1260
y 1290 días (símbolo de años), con la herida mortal que recibió el papado
romano a su autoridad y despotismo políticos. Para entonces se levantaron dos
movimientos de liberación que fueron el secularismo ateo y el protestantismo
norteamericano. Una nueva era de libertad brotaba entonces que permitiría
levantar un pueblo que con su mensaje, madurase al mundo para la última gran
cosecha. Esa era había sido anunciada como siendo la del “tiempo del fin” (Dan
7:25; 12:4,7,9), y culminaría al final con la destrucción del mundo y la
segunda venida de Cristo. El movimiento adventista nació con ese “tiempo del
fin” y es inseparable de él. Surgió repentinamente por toda la tierra señalando
ese cambio de era y anunciando el pronto regreso del Señor.
Llama la atención en este
contexto, la interpretación de E. de White con respecto al nuevo poder que
surgiría de la tierra con rasgos de nobleza que al principio se compararían a
los de un cordero (Apoc 13:11). Esos rasgos tienen
que ver con la libertad emanada de la Biblia que asumió especialmente el
protestantismo norteamericano.
“¿Cuál era en 1798 la nación
del nuevo mundo cuyo poder estuviera entonces desarrollándose, de modo que se
anunciara como nación fuerte y grande, capaz de llamar la atención del mundo?
La aplicación del símbolo no admite duda alguna. Una nación, y sólo una,
responde a los datos y rasgos característicos de esta profecía; no hay duda de que se trata aquí de los
Estados Unidos de Norteamérica. Una y otra vez el pensamiento y los términos
del autor sagrado han sido empleados inconscientemente por los oradores e
historiadores al describir el nacimiento y crecimiento de esta nación. El
profeta vio que la bestia “subía de la tierra” y, según los traductores, la
palabra dada aquí por ‘subía’ significa literalmente ‘crecía o brotaba como una
planta’... Un escritor notable, al describir el desarrollo de los Estados
Unidos... dice: ‘Como silenciosa semilla crecimos hasta llegar a ser un
imperio’... Un periódico europeo habló en 1850 de los Estados Unidos como de un
imperio maravilloso, que surgía y que ‘en el silencio de la tierra crecía
constantemente en poder y gloria” (CS,
493).
Más
sobre los calendarios sabáticos
Cierta vez mientras vivía en
California me paró la policía por ir más rápido de lo permitido. Para evitar
tener que pagar la multa y quedar manchado el registro del seguro del auto, se
daba entonces la oportunidad de asistir a un curso de conducir que duraba un
día, todo de una vez, durante ocho horas. Se comenzaba ese curso con un
testimonio que pedía el que lo dictaba a cada uno de los presentes sobre qué
les había pasado para tener que hacer ese curso. Con casi cada testimonio todos
reían porque allí no había ningún fariseo, todos éramos pecadores.
Me llamó la atención la
filosofía que se buscaba inculcar en esas clases. El pueblo no es el dueño de
las rutas y calles del país, sino el gobierno federal. Al pueblo se le da una concesión,
un permiso, para poder transitar por ellas, por lo que si no cumple con las
condiciones que se le dan del Estado para conducir, se le puede quitar ese
privilegio.
Algo semejante buscó inculcar
el Señor con el calendario sabático, el semanal, el de las fiestas anuales y el
de los años sabáticos (Lev 23; 25; Núm 28-29). En ese
calendario temporal el Creador de este planeta marcó su autoridad. Por no
haberlo respetado se le quitó al pueblo de Israel la concesión o privilegio
divinos de vivir en la tierra que les otorgó para llenarlos de bendición (Lev
26:34-35; 2 Crón 36:21; Eze
20:12,20; cf. v. 1-4,36; Jer 17:21-23,27; 34:8-16;
Isa 58). “La tierra es mía, y para mí vosotros sois peregrinos y huéspedes”,
dijo el Señor (Lev 25:23-34).
La marca del anticristo romano
y papal que por 1260 y 1290 días-años iba a procurar establecer durante todo el
medioevo sobre el mundo, tendría que ver con un cambio en “los tiempos y la
ley” (Dan 7:25). Mediante la imposición de un calendario diferente que se
enmarcase en su propia autoridad en contraposición con la del Creador, el
papado romano se erigió a sí mismo como el anticristo perfecto anunciado por
los profetas Daniel y Juan en el Apocalipsis. No sólo cambió el sábado semanal
que reconoce la autoridad del Creador sobre esta creación, sino que también
impuso un calendario anual que sepultaba el calendario profético del Señor. En
lugar de conducir a todos, en esta época, a mirar hacia la consumación final
representada por las fiestas de cosecha final del séptimo mes, el papado impuso
sobre el mundo un calendario basado únicamente en el pasado, culminando,
incluso, con el nacimiento del Hijo de Dios al concluir el calendario
juliano-gregoriano que lleva su nombre en honor al papa Gregorio.
Al hacer caer la pascua en
domingo siempre, en forma artificial, el papa Gregorio buscó además imponer y
honrar el domingo por encima de toda otra fiesta. Los papas de hoy están
procurando restablecer esa marca de autoridad no sólo con respecto al domingo,
sino también con respecto a las demás fiestas de la Iglesia Católica Romana y a
la imposición de un jubileo que obligue a las naciones más ricas a perdonar la
deuda a las más pobres (véase A. Lista Hugo, El Retorno de Jesús y el Ritual Judío, y mi libro Jubileo y Globalización).
Mediante semejante engaño,
¿qué pasará con tanta gente que no podrá conocer los tiempos ni las estaciones
que marcarían la época de la venida del Señor? (Mat 24:32-33). En otras
palabras, ¿qué pasará con tanta gente que no reconoce ni reconocerá las señales
que el Señor dejó aún en el sol y la luna para indicar la llegada del “tiempo
del fin”? Lo que el antiguo profeta declaró. Terminarán diciendo con tristeza y
dolor, “pasó la siega, se acabó el verano, y nosotros no hemos sido salvados” (Jer 8:20).
“La siega es el fin del mundo”
(Mat 13:39). “El que duerme en el tiempo de la siega es indigno” (Prov 10:5). El Señor no les permitirá más transitar en la
tierra de su Creación, el día en que venga para limpiarla y transformar aún sus
cielos atmosféricos en una nueva creación. Establecerá sobre ella únicamente a
los que miraban por fe hacia adelante, reconociendo que “eran peregrinos y
forasteros en la tierra”, y reconocían también la autoridad de Aquel que por su
sola majestad puede conceder el privilegio de morar a quien quiere en su
posesión (Heb 11:13-16). Aunque el anticristo hubiese
intentado apoderarse de ellos y de la tierra del Señor haciéndolos andar
errantes por la tierra, la patria que el cielo les prometió les sería concedida
para que pudiesen transitar sobre ella libres, y para siempre (Heb 11:36-40).
Preguntas
y reflexiones adicionales sobre los tres calendarios
A esta altura uno puede
preguntarse si los judíos se habrán referido a menudo a años por el término día
debido a la confusión que se podía presentar a la hora de determinar lo que
implicaba el año, si un año lunar de doce o trece meses como el que tenían en
relación con sus cosechas, un año solar de 360 días como el que existía tal vez
ya desde la época del rey Acaz, quien poseía un reloj
solar (2 Rey 20:10-11), o un año solar astronómico como el que conocemos hoy
con mayor precisión. El término día por año podría referirse en un lenguaje aún
no profético, a una manera implícita de referirse al año sin entrar en la
discusión (Núm 14:34; Eze 4:5-6).
De allí que fuese fácil aún para los judíos medievales entender que las
profecías de Daniel en términos de días se refiriesen a años. Estaban
acostumbrados a referirse a los años por el término “días”.
También podríamos preguntarnos
si Daniel no recurrió al término “tiempo” para referirse a un año, como otra
manera de evitar discutir la cantidad de días de un año y qué clase de años
debían tenerse en cuenta para su definición. “Tiempo, tiempos y la mitad de un
tiempo” fueron definidos al final como 1290 días, lo que incluye medio año
luego de tres, con un mes adicional. De todas maneras, tanto Daniel y más tarde
Juan en el Apocalipsis, fueron suficientemente claros como para dar al año
profético un valor fijo de 360 días. El año no debía computárselo como
refiriéndose a 354 días más 8 hs. (según un calendario estrictamente lunar y
sin un mes intercalario adicional), ni a 365 días más
5 hs. (según un calendario astronómico solar), sino a 360 días (según el
calendario solar usado entonces). Aunque ambos profetas no usaron el término
años en esos casos, sino “tiempo”, “meses” y “días”, los dos se refirieron a un
año de 360 días. Pero al darle un sentido profético de día por año, debía
entenderse por año un ciclo solar completo.
Calendario
solar astronómico: seis años (365 días y 5 hs. c/año) = 2.191 días y
fracción.
Calendario
solar vigente: 6 años de 12 meses (30 días c/u)
suman 2.160 días (360 días c/año) + un décimotercer
mes de 30 días = 2.190 días.
Calendario
lunar: 6 años de 12 meses lunares suman alrededor de 2.126 días (354 días y 8
hs. c/año) + dos décimotercer meses de 30 días
agregados c/tres años = 2.186 días.
La diferencia de alrededor de
cuatro días entre el calendario lunar y el calendario solar judío de 360 días,
podía ser fácilmente regulada cada seis años en el séptimo año sabático, lo
mismo que los cinco días adicionales del año astronómico que correspondía a ese
año sabático, así como la fracción de cinco horas astronómicas solares
adicionales que se acumulaban cada año, toda vez que su acumulación lo hiciese
necesario. El primer año que seguía al año sabático habrían hecho comenzar el
nuevo año otoñal y solar judío de 360 días en correspondencia con el calendario
lunar de primavera de 354 días y fracción.
Recordemos que la luna y la
cosecha (esta última al compás del sol), eran el principio regulador mayor de
los años lunares, solares y astronómicos. Puede traerse a colación que Moisés
fue educado en Egipto en donde se desarrolló un calendario solar. Inspirado por
Dios habría tenido en cuenta de esta forma, la dificultad que su pueblo hebreo
esclavizado y privado de educación por tanto tiempo, hubiera tenido para
sincronizar el movimiento de la luna con el sol. De una manera sencilla,
regulada finalmente por las cosechas y los años sabáticos y de jubileo, podían
cumplir con un calendario religioso agropecuario-lunar y ofrecer a las
generaciones futuras una proyección profética del plan de Dios para salvar al
mundo.
Testimonio
millerita
Los milleritas escribieron lo
siguiente en Signs of the Times
(Señales de los Tiempos, 26 de abril de 1843, 58-61): “Doquiera los hombres han
computado el tiempo, los años de Dios fueron siempre los mismos. Sin embargo,
ha sido obra de los astrónomos, matemáticos, cronólogos e historiadores, desde
que los hombres estuvieron sobre la tierra, la de procurar compatibilizar sus
cómputos defectuosos con el verdadero año natural—el tiempo requerido por la
tierra para pasar desde un punto particular en su órbita redonda por el mismo
punto, usualmente comenzando en los equinoccios...
“Fue por tomar como referencia
ese modelo regular sin variación que se descubrió el año bisiesto... Así
sucedió con los antiguos y sus maneras de reconocer el año. Hay buena evidencia
que permite saber que conocían suficiente sobre astronomía como para conocer
cuándo el sol brillaba, y distinguir entre el día y la noche, entre el invierno
y el verano; y conocían suficiente como
para poder arreglar la deficiencia en sus años corrientes mediante meses intercalarios o días, según el caso lo requería... Ellos
siempre tuvieron los verdaderos años solares como los tenemos nosotros,
independientemente de si sus años corrientes incluían un año entero o no; y siempre se las arreglaron de alguna manera
para mantener en armonía sus cómputos de años corrientes con los naturales...
“Aunque todas las naciones
puedan no haber estado de acuerdo en la manera de determinar sus años—algunas
los regulaban por el movimiento del sol, y otras por el de la luna—todas ellas,
sin embargo, usaban generalmente el año solar en su cronología... Las naciones
que usaban años lunares agregaban cierto número de días intercalarios
para hacerlos concordar con el año solar... Con tal propósito los judíos
agregaban un mes entero al año, tan a menudo como fuese necesario; el que ocurría comúnmente una vez cada tres o
dos años...”
“Si entonces el año judío
antiguo consistía en no más de 360 días, y si tampoco se alargaba aumentándole
cinco días, ni se lo regulaba en ocasiones con meses intercalarios,”
se hubiera dado un descalabro en relación con las cosechas. “Igualmente claro
resulta que los antiguos judíos no podían haber contado con años de 360 días
sin algún expediente para hacer coincidir esos años otoñales con los años
solares”.
Convendrá mantener fresca en la memoria la ilustración que trajeron los
milleritas del año bisiesto con un día extra que debió integrarse cada cuatro
años al calendario actual que tenemos, una vez que se descubrió con mayor
precisión astronómica su necesidad. Nos ayudará a entender más fácilmente que
los antiguos, con calendarios más primitivos, debieron hacer algo semejante no
sólo con ciertos días, sino también con los meses, en el caso de los que
contaban los meses lunares naturales.
La sincronización de los tres
calendarios (lunar, solar corriente y solar astronómico)
Jesús dijo a los que lo acusaron de violar el sábado por sanar a un
hombre, que su Padre y él mismo siempre trabajan, aún en sábado, especialmente
en obras de redención (Juan 5:17). Así como ni el mundo, ni el sol, ni la luna,
ni el universo dejan de moverse el día sábado, sino que Dios los sostiene para
que la vida pueda continuar, así también durante los años sabáticos ni la luna
ni el sol se detenían. Lo que se detenía era la siembra y la cosecha. En el
sábado semanal, además, el cese tenía que ver con el trabajo diario que para un
pueblo agropecuario, estaba relacionado también con la siembra y la cosecha (Ex
20:8-11). Pero ningún sábado debía en principio detenerse a la hora de comer
(Lev 25:6; Mat 12:1-4), de librar un animal que había caído en un poso, o de
sanar a una persona cuando eso podía hacerse, librándolo así de su miseria (Mat
12:10-13). El sábado tanto semanal como el anual tenía en cuenta, así, también
a los animales (Ex 20:10; 23:10-11; Lev 25:7).
Si el sol y la luna no iban a detenerse en el año sabático, ¿cómo
entonces, podía el año sabático ayudar a sincronizar los tres calendarios, de
tal manera que el nuevo ciclo semanal de años no les quedase torcido de
entrada? Ajustando el calendario lunar cada tres años y a veces cada dos años
en relación con la cosecha; también ajustando el calendario solar cada seis
años con el calendario lunar, luego de concluir el año sabático, en el primer
año del nuevo ciclo de siete años.
Tenemos datos bastante claros con respecto a cómo computaban el
calendario lunar, lo que nos permite deducir cómo habrán tenido que hacer para
sincronizar ese calendario con el año solar astronómico que dura, según podemos
saber con presión hoy, 365 días y fracción. Mientras que hoy, con un calendario
solar astronómico, tenemos que usar meses artificiales de 30 ó 31 días,
antiguamente los que usaban como Israel un calendario lunar natural de
aproximadamente 29 ½ días, debían usar años de cómputo artificial de 360 días.
Tal vez les resultaba más fácil redondearlo así ya que ni aún agregando cinco
años les iba a cuadrar siempre bien la geometría. Y así como febrero se quedó
con menos días porque no tuvo ningún emperador romano con ese nombre, así
también los antiguos años solares corrientes de 360 días podían modificarse más
fácilmente en algunos años sin exigirle ni a la luna ni al sol que se detengan
por unos días, porque su cómputo debe haber sido tan artificial como nuestro
cómputo mensual de 31 días.
El calendario lunar primaveral
En la antigüedad no había almanaques como los que hoy todos tenemos en
nuestras casas. No existía el papel ni la imprenta. No obstante, todos sabían
contar ya que, de otra manera, no hubieran podido hacer negocios, es decir, no
hubieran podido ser judíos. De hecho, conocían la regla de tres simple porque
podían deducir el diezmo, el segundo diezmo y hasta un tercer diezmo. De manera
que cada familia en su casa podía llevar también la cuenta de los días, los
meses y los años, sin importar si se hacían sus propios almanaques (su propia
cuenta) sobre madera, piedra, papiro o cuero.
Así, entre unos y otros solían comentar cuántos meses faltaban para el
comienzo de la siega o la cosecha final. Además, esas cuentas caseras tenían
una confirmación oficial en el templo que llamaba al son de trompetas a
participar de las fiestas (Núm 10:10). A tal cuenta
que todos llevaban se refirió Jesús cuando dijo: “¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses hasta la siega?”
(Juan 4:35). Refiriéndose a una cosecha prematura, algo anticipada tal vez
porque en ese año o a lo sumo, en el año anterior, habían tenido un segundo Adar o décimotercer mes
adicional, Jesús se refirió a las primicias de la cosecha espiritual que en ese
momento estaba lista para darse entre los samaritanos y que debía ser mayor
para cuando llegase el Pentecostés (v. 30).
El calendario solar otoñal
corriente de 360 días
Los antiguos no tenían un
punto fijo como un año antes de Cristo y un año después de Cristo. Pero no por
eso estaban desprovistos de otras referencias estables y fijas para contar los
años. En sus referencias más cortas, solían contar los años teniendo como punto
de partida el comienzo del reinado de los reyes extranjeros y de Israel mismo. También
parecen haber llevado una computación fija en años solares corrientes de 360
días más 30 adicionales al concluir el período de 6 años en un año sabático,
según ya vimos. El reloj de sol que tenían y que marcaba la diferencia en la
sombra (2 Rey 20:11) no les dio, se ve, como para medir en forma exacta 365 días
y fracción. En el caso del calendario solar corriente de 360 días debían ajustarlo
de nuevo en el otoño de la cosecha que seguía al año sabático. Eso les
permitiría referirse en forma equivalente al segundo o tercer año, o quinto,
etc., en referencia al año sabático (véase Lev 25:9-10,20-22; 2 Rey 19:29).
Algunas referencias fijas de
mayor extensión que las que se daban en un período corto y regular de siete
años, o en el período de determinado rey, las encontramos en ocasiones muy
especiales en relación con épocas anteriores a las del reinado. Se las
arreglaron, por ejemplo, de alguna manera para contar 480 años desde la salida
de Egipto hasta el comienzo de la edificación del templo de Salomón (1 Rey 6:1).
Anteriormente, Moisés registró los cuatrocientos años de cautividad de Israel
que Dios había anticipado a Abraham varios siglos antes (Gén
15:13,16; Ex 12:40-41). Y entre la inauguración del templo de Salomón y su
destrucción se sumaron, según la profecía retrospectiva de Ezequiel, 390 años (Eze 4:4-5). Los otros cuarenta años parecen haberse
referido al tiempo de reinado de Salomón cuya responsabilidad en la apostasía
de Israel y su destrucción posterior fue mayor (Eze
4:6; véase A. R. Treiyer, The Day of Atonement
and the Heavenly Judgment, cap 6). 70 años de
abandono de Tiro y de Jerusalén formaron parte de las profecías de Isaías
(23:15-18) y de Jeremías (2 Crón 36:21; Jer 25:11; 29:10).
Para computar otras profecías más extensas Dios le dio a Daniel como
referencia un calendario fijo de 360 días con 12 meses regulares de 30 días
cada uno (Dan 7:25; 12:7; Apoc 11:2-5; 12:6,14;
13:5). ¿Cómo habrán hecho para coordinar el calendario solar corriente de 360
días con la luna y el sol? Eso puede ser materia de discusión. Aquí sugerimos
algunas pautas que podrán servir, a la hora de tener que explicarle la
cronología bíblica y profética a alguien que está confundido porque no sabe qué
hacer con esas cifras proféticas que dan al año un valor de 360 días, ante un
calendario lunisolar como era el de los israelitas
(354 días y fracción), y ante el año solar astronómico y determinado
científicamente de 365 días y 5 hs. por el que se iban a regir las cosechas.
Ya en la época del rey Acaz llevaban la
cuenta, según se ve, del movimiento del sol con un reloj que medía el recorrido
de la sombra durante los días (2 Rey 20:11). Por Daniel y Juan sabemos que el
año solar vigente (o corriente entre los judíos) duraba 360 días. Si iban a
querer ajustar esos 360 días al año solar astronómico dentro del período de 6
años, les iban a faltar 31 días y fracción. ¿Cuál año elegir para agregarle un
mes más? Indudablemente el año sabático, luego de concluida la sexta cosecha,
más definidamente en relación con el mes lunar de Adar
(el doce), antes del comienzo de la séptima cosecha que en ese año no tenía
lugar porque era el año sabático (no se sembraba ni se cosechaba). La profecía
de los 1290 días de Daniel parece confirmar ese agregado de un mes adicional,
porque es paralela a la de tres años y medio que debían comenzar en el otoño y
desembocar en la primavera, según ya vimos (Dan 12:11).
Calendario solar corriente
Por O
entiéndase Otoño. Por CAS entiéndase Comienzo Año Sabático. Por FAS Fin Año
Sabático.
360 I O
360 II O 360 III
O 360 IV O 360 V O
360 VI CAS
390 VII
FAS
El año sabático revolucionaba el ciclo de la cosecha no sólo durante el
séptimo año, sino también durante todo el octavo año de tal manera que sólo en
el comienzo del noveno año se disponía en pleno de la primera cosecha del nuevo
ciclo (Lev 25:20-22). Por tal razón, era más apropiado reajustar el año solar
vigente o corriente de 360 días en esa época. Esto es lo que sugiere la
profecía de Daniel cuando menciona un período de 3 años y medio de 390 días, es
decir, con un mes adicional (tres otoños más un cuarto invierno alargado por un
mes adicional). Esos tres años y medio debían corresponder a la segunda mitad
del ciclo sabático de siete años.
En la época de los reyes, los años de reinado los computaban haciéndolos
partir, como veremos más tarde, en el comienzo del otoño del calendario lunar
que caía en el séptimo mes. ¿Para qué servía, entonces, ese calendario solar corriente
de 360 días rígidos? Para referencia adicional que pudiera ayudarles en
cómputos que requerían cifras más estables ya sea para los negocios o para
poder computar mejor ciertos hechos históricos (sin necesidad de tener que
sacar tantas cuentas). Así como a la hora de computar proféticamente los
tiempos indicados por el Señor se requerían cifras fijas y estables para evitar
la especulación y caer en la anarquía interpretativa, así también para otros
menesteres tales cifras les permitirían a los antiguos contabilizar o
regularizar mejor ciertas actividades anuales.
La mitad o el número 3
Daniel anticipa en su profecía un período de tres años y medio de un
calendario solar más un mes intercalario adicional.
Esto significa la mitad de una semana de años, que puede explicarse fácilmente
por un comienzo otoñal con un mes bisiesto en la cuarta primavera. Llama la
atención que el Pentateuco asigna al número 3 también un valor significativo. Así
como Dios puso en la mente del pueblo la noción de un séptimo día, de un
séptimo mes, de un séptimo año, de un séptimo año sabático (el 49 ó 50 del
jubileo: Lev 25), lo que reforzó con tantas prescripciones de sacrificios que
incluían siete corderos, amén de siete fiestas anuales festejadas en siete
meses (Lev 23; Núm 28-29); así también, aunque con menos énfasis,
involucró el número tres (la mitad) en ciertas actividades.
¿Hay pruebas bíblicas de un énfasis también en la mitad, esto es, en el
número 3? Sí, las hay, y bien definidas. Tal vez inconcientemente heredamos el
mismo principio al tener los cultos de mitad de semana, los martes o miércoles,
para buscar al Señor en un punto intermedio también.
a) La
purificación del impuro. En Núm 19:12, por ejemplo,
se requiere que el impuro se purifique al tercer y séptimo días de la semana de
purificación (véase v. 11). De no purificarse en el tercer día tampoco quedaría
limpio en el séptimo. En otras palabras, no alcanzaba con purificarse en el
séptimo día. Se requería el ajuste en ambos períodos, al tercer y al séptimo
días.
b) En
las fiestas israelitas. También en las fiestas judías el Señor requería que
al tercer mes se celebrase la fiesta de las semanas o primicias del trigo (49 ó
50, de allí Pentecostés: Ex 23:16a;
34:22a-b; Lev 23:15-22; Núm 28:26-31; Deut 16:9-12,16-17), y en el séptimo mes de otoño la fiesta
de los tabernáculos o cabañas, concluyendo el calendario de cosecha (Ex 23:16b;
34:22c; Lev 23:34-43; Núm 29:12-38; Deut 16:13-17). Vemos así que otra vez, en el tercer mes,
debía participarse de una fiesta de primicias de la cosecha del año que no se
completaría hasta llegar la fiesta de las cabañas en el séptimo mes. Así
también, al concluir tres inviernos y luego al final de otros tres inviernos (en
el sexto invierno que caía en la mitad del año sabático), se recomponía el
calendario solar vigente con el astronómico también.
c) El
año del diezmo u ofrenda especial. Esto no es todo. Al cabo del
tercer año Dios había ordenado un diezmo adicional especial que no era el
diezmo regular ni un segundo diezmo que solían dar como ofrenda, sino otro que
tenía en cuenta a los que no tenían herencia como los levitas y huéspedes
extranjeros, así como a las viudas, a los huérfanos y a los pobres (Deut 14:28-29; 26:12). Se lo llamaba “el año del diezmo”
porque los israelitas debían dar un diezmo especial, tal vez en gratitud a Dios
por darles un mes más de vida en ese año (Deut 14:28-29;
26:12). Para todo aquel que para esa época podía estar al borde de sucumbir
bajo una deuda y llegar al punto de tener que venderse a sí mismo hasta el año
sabático, esta era una medida anticipada que Dios requería para evitar tal medida
extrema.
Así como nuestro cuerpo fue hecho aún antes de la entrada del pecado con
tantos recursos para hacer frente a la tremenda emergencia que iba a darse con
sus secuelas de enfermedad y muerte, evitando que sucumbiésemos antes de la
cuenta; así también vemos el mismo
principio divino en relación con la vida social, de ayudar a evitar lo peor a
la mitad de la semana. Aún así, iban a contar en el año sabático con una
liberación no sólo de deudas, sino también de la esclavitud en el caso en que
la bendición del tercer año no hubiera sido suficiente.
Llama la atención que el año sabático, al completarse los siguientes
tres años, iba a tener en cuenta también a los pobres y esclavos, con una
liberación mayor (Deut 15); y el año del jubileo luego de siete años sabáticos
seguidos, con una liberación completa mediante la devolución de la herencia que
hubiesen perdido durante ese período jubilatorio (Lev 25). El tercer año era,
así, la medida más pequeña que anticipaba la liberación más grande del año
sabático, el que a su vez anticipaba la liberación final cuando no sólo se
obtenía la libertad, sino también la herencia. Así, vemos de nuevo que el segundo
tercer año caía en el año sabático cuando debían dejarse los productos del
campo para los pobres, de una manera más completa que lo que se lo había hecho
en el primer tercero según Deut 26:12-13.
¿Por qué elegir el año
sabático como referencia básica de regulación?
Porque en esa dirección apuntaban las leyes que dictó el Señor a su
pueblo. Fue con el propósito de recomponer no sólo el deterioro de la sociedad
en el tiempo de intervalo, sino también la desproporción de los diferentes
calendarios, que se dio la ley del año sabático y del jubileo. Durante los años
sabáticos los israelitas debían comer lo que encontrasen para cada día sin
almacenar lo que la tierra diese de por sí (Lev 25:5-7). A su pueblo en un
mundo turbulento en donde tendría que vagar como extranjero y peregrino (Lev
25:23; Heb 11:13), Jesús también le refirió la
necesidad de depender de Dios día a día, confiando en que así como Dios
alimenta a los pájaros que ni plantan ni siegan, también cuidará de sus hijos
como en la antiguedad lo hacía también en cada año
sabático cuando, como los pájaros, su pueblo tampoco plantaba ni segaba (Mat
6:25-34).
La
ley del año sabático y del jubileo
Consideremos ahora más de cerca la manera en que la ley levítica se
refiere al calendario del año sabático. Ha habido mucha confusión con respecto
a la fecha indicada para el año sabático y de jubileo en Lev 25:9-10, y en los
v. 20-22. Eso se ve aún en muchas biblias comentadas, entre ellas la Católica
de Jerusalén. La exégesis moderna ha concluido, sin embargo, que los tres años
referidos en esos pasajes son, traducidos a nuestro cómputo moderno, el 6/7/8 y
el 48/49/50.
La sexta cosecha iba a dar para comer durante todo el año sabático (el
séptimo), hasta que viniese la cosecha del octavo año en primavera (el primero
del nuevo ciclo) y en verano (Lev 25:20-22). Siendo que en el otoño de ese
octavo (o primer) año comenzaba el noveno (o segundo año), y era en ese momento
que se completaba la recolección de los frutos (en especial de las vides), la
sexta recolección de frutos iba a alcanzar para mantenerse hasta que llegase la
recolección final de ese octavo/noveno año (la cosecha terminaba en el séptimo
mes que iniciaba el noveno año, unos días después de completarse el octavo año
en el sexto mes: Lev 23:39).
Otra posibilidad es que el 49 fuese también el 50, si el 50 lo
computamos desde el punto de partida del año, no desde su cumplimiento. A esta
segunda manera de computar se la conoce hoy como “cómputo inclusivo”. [Hoy un
niño cumple un año después de haberlo vivido. El “cómputo inclusivo” comenzaría
a computarle ese año desde el momento en que nació. Pero, ¿cómo haríamos, en
ese caso, con la explicación de Lev 25:21-22? La única alternativa para una
posibilidad tal sería que el profeta estuviese yuxtaponiendo un calendario
lunar de primavera con el que comenzaba en otoño. Si esta fue la intención del
escritor bíblico, el octavo año sería el de la siembra que seguía al séptimo
año sabático, y el noveno una referencia al calendario de primavera que
iniciaba la cosecha con las primicias de la cebada, en este caso, la primera
después del año sabático (Lev 25:21-22). En este contexto, el pasaje de Lev
25:9-10 implicaría que el año 49 y el año 50 se yuxtapondrían en la mitad.
Mientras que el año 49 sería completo, de otoño a otoño; el año 50 tendría que ver con la
quincuagésima primavera de un calendario lunar.
Los 1290
días y el año sabático
Bajo este enfoque que tiene
tanto soporte bíblico y astronómico en su favor, los 1290 días de la profecía
de Daniel debían concluir en la mitad de un año sabático. ¿Qué implicaciones
implícitas tendría este hecho? Que en 1798, cuando la autoridad política del
gran impostor romano que en el año 508 impuso la “abominación” o idolatría
detestable del papado en medio de la iglesia (Dan 12:11; cf. 8:11; 2 Tes 2:3-4), se consumaría una liberación como la que se
daba de los deudores y de los esclavos en cada año sabático (Ex 21:2; Deut 15).
El año sabático comenzaba seis
meses antes del segundo Adar o décimotercer
mes, fecha en que debían concluir los 1290 días en su proyección simbólica. Así
también, la liberación que trajo la Biblia mediante el protestantismo comenzó a
mediados del S. XVI, tres siglos antes del golpe decisivo de 1798 que produjo
la liberación secular. Por eso anticipó Jesús que ese tiempo profético de gran
tribulación para el pueblo de Dios (1260 y 1290 años) sería acortado (Mat 24:21-22).
Así como durante el año sabático el pueblo de Dios debía dirigirse al santuario
de Jerusalén (en su cumplimiento ahora al santuario celestial de la Nueva
Jerusalén, en un acercamiento espiritual de fe: Ef
2:6,18; Heb 12:22-24; Apoc
11:1-2), para leer la Biblia en plena libertad y reposo espiritual (Deut 31:9-13), así también una liberación equivalente a la
que se dió en los tiempos evangélicos tendría lugar
en relación con la época del “tiempo del fin” (Dan 7:25; 12:4,7,9).
[La liberación de los esclavos
negros en los EE.UU. y otros lugares del mundo no serían sino un reflejo de la
verdadera liberación producida por la Palabra de Dios. La esclavitud racial fue
introducida por España luego que los sacerdotes teólogos de Valladolid en el S.
XVI, llegasen a la conclusión que el indígena era un ser humano y, por tanto, cristianizable. Para la labor de esclavitud que los nuevos
propietarios de grandes extensiones de tierra en el Nuevo Mundo necesitaban,
decidieron entonces traer negros del Africa que estaban,
según el criterio de entonces, en un nivel inferior. No debemos olvidar que el
papado heredó de la antigua Roma la trata de esclavos, y mantuvo la esclavitud
durante la mayor parte de la Edad Media].
“Los ‘cuarenta y dos meses’ y
los ‘mil doscientos sesenta días’ designan el mismo plazo, o sea el tiempo
durante el cual la iglesia de Cristo iba a sufrir bajo la opresión de Roma...
La persecución contra la iglesia no continuó durante todos los 1260 años. Dios,
usando de misericordia con su pueblo, acortó el tiempo de tan horribles
pruebas... (Mat 24:22). Debido a la influencia de los acontecimientos
relacionados con la Reforma, las persecuciones cesaron antes del año 1798” (CS, 309-310; véase también 351).
“Valiéndose Roma de la
ambición de los reyes y de las clases dominantes, había ejercido su influencia
para sujetar al pueblo en la esclavitud, pues comprendía que de ese modo el
estado se debilitaría y ella podría dominar completamente gobiernos y súbditos.
Por su previsora política advirtió que para esclavizar eficazmente a los
hombres necesitaba subyugar sus almas y que el medio más seguro para evitar que
escapasen de su dominio era convertirlos en seres impropios para la libertad...
Despojado el pueblo de la Biblia y sin más enseñanzas que la del fanatismo y la
del egoísmo, quedó sumido en la ignorancia y en la superstición y tan degradado
por los vicios que resultaba incapaz de gobernarse por sí solo” (CS, 324-325).
“El espíritu de libertad
acompañaba a la Biblia. Doquiera se le recibiese, el evangelio despertaba la
inteligencia de los hombres. Estos empezaban por arrojar las cadenas que por
tanto tiempo los habían tenido sujetos a la ignorancia, al vicio y a la
superstición. Empezaban a pensar y a obrar como hombres” (CS, 320). “Dios había permitido que viniesen pruebas sobre su
pueblo con el fin de habilitarlo para la realización de los planes
misericordiosos que él tenía preparados para ellos. La iglesia había sido
humillada para ser después ensalzada. Dios iba a manifestar su poder en ella e
iba a dar al mundo otra prueba de que él no abandona a los que en él confían.
El había predominado sobre los acontecimientos para conseguir que la ira de
Satanás y la conspiración de los malvados redundasen para su gloria y llevaran
a su pueblo a un lugar seguro. La persecución y el destierro abrieron el camino
de la libertad” (CS, 335).
“El Evangelio hubiera dado a
Francia la solución de estos problemas políticos y sociales que frustraron los
propósitos de su clero, de su rey y de sus gobernantes... Los ricos no tenían
quien los reprendiera por la opresión con que trataban a los pobres, y a éstos
nadie los aliviaba de su degradación y servidumbre... La carga del
sostenimiento de la iglesia y del estado pesaba sobre los hombros de las clases
media y baja del pueblo, las cuales eran recargadas con tributos por las
autoridades civiles y por el clero” (CS,
322-323). La liberación de 1793 y 1798 liberaron al pueblo de las deudas y
esclavitud ejercidas durante tanto tiempo por la opresión del clero y de la
nobleza (véase Deut 15:1ss).
Con la liberación protestante
norteamericana por esa misma época se estableció un principio de libertad en
donde todos son iguales ante la ley, y en donde la libertad de conciencia
estuvo completamente asegurada (CS,
337-8). “Su principio fundamental—la libertad civil y religiosa—llegó a ser la
piedra angular de la república americana de los Estados Unidos” (CS, 339). “La Biblia era considerada
como la base de la fe, la fuente de la sabiduría y la carta magna de la
libertad. Sus principios se enseñaban cuidadosamente en los hogares, en las
escuelas y en las iglesias...” (CS,
341).
Seis
años microsabáticos concluían en el año macrosabático del jubileo
Pero, ¿no representaba acaso
el año sabático a la ocasión en que los redimidos se encontrarán en la patria
celestial, para juzgar al mundo de acuerdo con la Palabra de Dios, la Biblia? (PE, 52; véase más citas en A. R. Treiyer, La Crisis
Final en Apoc 4-5 [1998], 100-101; y más aún en Jubileo y Globalización. La Intención Oculta
[1999], cap 13). ¡Por favor, no tan rápido!
Los antiguos años sabáticos no
producían una liberación completa porque no restituían al esclavo sus antiguas
propiedades. El esclavo liberado entonces seguía hasta cierto punto
dependiente, trabajando como asalariado, y en algunos casos se veía compelido a
someterse de nuevo a la esclavitud (Ex 21; Deut 15).
La liberación total caía en el año del jubileo, en el séptimo año sabático,
cuando los esclavos recobraban, además, la herencia que una vez les había
pertenecido. Podemos definir, de esta manera, a los primeros seis años
sabáticos precedentes como microsabáticos, y al
séptimo del jubileo como macrosabático porque incluía
la restitución de las antiguas propiedades que, por el deterioro social
intermedio, los pobres y esclavos habían perdido (Lev 25:8ss).
El cumplimiento tipológico o
simbólico del primer año microsabático comenzó en el
S. I con la primera venida de Cristo, tal como lo había profetizado Isaías
(61:1-3; Luc 4:16-22; Juan 8:31-33,36). Esa
restauración proyectaba para adelante, además, el retorno final de los cautivos
y la restauración de su patria prometida, algo que se ajusta más a un jubileo
que a un año sabático intermedio (Isa 61:4ss; Rom
6:22). La liberación y reposos típicos del año sabático que nos trajo el Señor
entonces fue inicial y limitada a nuestra naturaleza espiritual (2 Cor 3:17; Mat 11:28-30). Nuestras tendencias heredadas y
adquiridas hacia el mal no son aniquiladas con su liberación espiritual inicial
ni suprimidas, sino puestas bajo control hasta el día de la redención final en
la que aún nuestra propiedad, la nueva tierra prometida y el nuevo Edén, nos
serán restituidos (Rom 7:15-8:4,21-23; Apoc 21-22). Hoy el Señor nos libra de la penalidad y poder
del pecado. En el gran jubileo nos librará de la presencia misma del pecado que
intenta, a través de las naciones, someternos de nuevo a esclavitud. Será
entonces que entraremos en “su reposo” final (Heb
4:6-11).
No hay necesidad de buscar
seis momentos de liberación intermedios en la historia del cristianismo, para
que se ajusten a los seis años sabáticos que precedían al gran jubileo. Como
tampoco es necesario determinar cuáles son las siete cabezas de Apoc 17:9, ya que Juan se interesa únicamente en la quinta,
la sexta y la séptima (cuyo octavo está incluido entre los siete). Así también
la profecía de Daniel y de Juan sobre los 1260 y 1290 días nos anticipan una
liberación que se daría en torno a una nueva época, la del “tiempo del fin”,
producida más que nada por un levantamiento y ensalzamiento de la Palabra de
Dios (los “dos testigos”: Apoc 11:3,11-12).
Por tal razón, el intento
actual del papado romano de suplantar el verdadero día de liberación (Deut 5:15), aún mediante el almanaque juliano-gregoriano
que hace que la Pascua caiga siempre en domingo, tiene como propósito imponer
un falso día de reposo (el domingo), y que honra la institución romana como su
autora. El intento papal, además, de imponer su propio jubileo que desvirtúa y
aparta la mirada del pueblo de Dios del verdadero jubileo que está por venir,
tiene que ver con el intento final del diablo, en esta era del fin, de
apoderarse de la creación del Señor.
El
año sabático del gran jubileo
En referencia a la Segunda
Venida de Cristo, E. de White escribió: “Entonces comenzó el jubileo, durante
el cual la tierra debía descansar. Vi al piadoso esclavo levantarse en triunfal
victoria, y desligarse de las cadenas que lo ataban, mientras que su malvado
dueño quedaba confuso sin saber qué hacer...” (PE, 34-35,286). “El gran plan de la redención dará por resultado el completo restablecimiento del favor
de Dios para el mundo. Será restaurado todo lo que se perdió a causa del
pecado. No sólo el hombre, sino también la tierra será redimida, para que sea
la morada eterna de los obedientes. Durante 6000 años, Satanás luchó por
mantener la posesión de la tierra. Pero se cumplirá el propósito original de
Dios al crearla” (PP, 335; véase Rom 8:21-23).
“El gran conflicto entre el
bien y el mal aumentará en intensidad hasta la consumación de los tiempos...
Pero a medida que la iglesia se va a cercando a su liberación final, Satanás obrará con mayor poder... Por espacio
de seis mil años esa inteligencia maestra... no ha servido más que para el
engaño y la ruina” (CS, 12). “Cuando
la voz de Dios ponga fin al cautiverio de su pueblo...” se oirá “un inmenso
grito de victoria” (CS, 711,698).
“Durante seis mil años, la obra de rebelión de Satanás ‘hizo temblar la
tierra’. El ‘convirtió el mundo en un desierto, y destruyó sus ciudades; y a
sus prisioneros nunca los soltaba para que volviesen a casa’. Durante seis mil
años, su prisión [la tumba] ha recibido al pueblo de Dios, y lo habría tenido
cautivo para siempre, si Cristo no hubiese roto sus cadenas y libertado a los
que tenía presos” (CS, 717-718; véase
Heb 2:14-15).
A esta liberación final
representada por el séptimo año sabático (el del jubileo), se refirió también
el apóstol Pedro cuando exhortó a sus compatriotas a arrepentirse y
convertirse, en vísperas de “los tiempos del refrigerio de la presencia del
Señor”. En esa ocasión, el Dios del cielo enviará “a Jesucristo, designado de
antemano; a quien es necesario que el
cielo retenga hasta el tiempo de la restauración de todas las cosas, que desde
la antiguedad Dios prometió por medio de sus santos
profetas” (Hech 3:19-21). “Pero todo en su debido
orden: Cristo la primicia; después los que son de Cristo, cuando el venga.
Entonces vendrá el fin, y Cristo entregará el reino a Dios y Padre, cuando haya
quitado todo dominio, toda autoridad y potencia. Porque él debe reinar hasta
poner a todos sus enemigos bajo sus pies. Y el último enemigo que será
destruido es la muerte” (1 Cor 15:23-26; Apoc 20:14; 21:4).
¿Por
qué también 1260?
Es claro que Daniel interpretó
los tres años y medio como teniendo que ver con un décimotercer
mes en su cómputo del tiempo de opresión y blasfemia del anticristo romano (Dan
12:11). Como trasfondo este hecho nos permite percibir, como ya vimos, un año
de liberación hacia el final de ese período donde la Palabra de Dios iba a
tener una relevancia especial. Pero, ¿por qué Juan se refirió siempre a 1260
días?
Una deducción que ya sugerimos
es que Dios quiso reforzar el cumplimiento de ese período con dos hechos de
enorme trascendencia para el levantamiento del papado romano. Dos hechos significativos
reforzarían el cumplimiento histórico de lo anunciado. Pero hay también otro
propósito velado en la insistencia del Apocalipsis en 1260 días, y no en 1290
días como en Daniel. Tal vez—podemos interpretarlo—se esconde en ese hecho un
intento de la Providencia divina de evitar que se exagere demasiado una
proyección simbólica y tipológica a tal punto que su cumplimiento real e
histórico en años precisos quedase de lado.
En las profecías apocalípticas
pueden apreciarse, de tanto en tanto, proyecciones simbólicas adicionales que
se esconden detrás de las cifras dadas y de sus imágenes. Por ejemplo, el
número 666 aplicado al anticristo, podría proyectar al mismo tiempo un cuadro
de imperfección, teniendo en cuenta que el siete representa un número completo
(Apoc 13:17-18). La marca de la bestia, representada
en ese número imperfecto, le sería aplicada finalmente al mundo que se
sometería, de buena o mala gana a la autoridad del anticristo romano.
Lamentablemente, la tendencia a buscar simbolismos adyacentes o adicionales en
las profecías apocalípticas, ha llevado a algunos, inclusive adventistas, a
desestimar la gematría proyectada por ese número y
tan conocida en los días de Juan. De todos los nombres que han buscado
atribuirse al anticristo predicho, uno solo responde a todas las
características de la profecía que incluyen el recuento del valor de sus
letras. Es VICARIVS FILII DEI, porque cumple con las características indicadas
en forma definida de un poder blasfemo (Apoc 13:1;
véase Juan 5:18; Mat 9:2-6: pretende perdonar pecados como el Hijo de Dios).
En otras palabras, todo
simbolismo adicional que se pueda apreciar como trasfondo de determinada
visión, no debe ignorar la proyección real que, en el caso de la profecía del
número 666, debe involucrar como punto fundamental el recuento de los números
de un título blasfemo del anticristo. Así también, la profecía de los 1290
días, símbolo de años, debe vérsela en una proyección concreta de años y
enmarcada en hechos históricos definidos.
En relación con las profecías
fechadas, hay una tendencia moderna que ha tocado también a algunos teólogos
adventistas de tendencia liberal, de negar su cumplimiento histórico definido
por sus posibles vínculos con un simbolismo adyacente. Aunque no pueden encontrar
ningún símbolo en el número dado para algunas fechas proféticas como las de los
2300 días y los 1335 días, parecieran tener una fe increíble en que algún día
lo encontrarán. En ellos toda búsqueda histórica enmarcada en datos precisos
por esos números de días debe desestimarse. Usan un trasfondo simbólico
adicional como excusa para ignorar la verdadera proyección histórica de la
profecía.
En este contexto, el hecho de
que a través de Juan Dios haya decidido proyectar 1260 días y no enfatizar la
proyección de Daniel en 1290 días con un décimotercer
mes y su vínculo escondido con la liberación que antiguamente se daba en los
años sabáticos, pareciera tener como propósito el evitar que pueda ponerse
tanto énfasis en ese trasfondo tipológico escondido como para que su real
cumplimiento histórico en fechas definidas quedase diluido. Un principio
conductor claro para no caer en la trampa de debilitar o desvirtuar la
proyección histórica definida por modelos o símbolos escondidos debe llevarnos,
en primer lugar, a buscar comprender lo que el profeta proyectó en forma
definida, sus especificaciones históricas concretas y en el orden que su
cumplimiento histórico confirma.
En segundo lugar, si aparece
en escena un marco tipológico escondido y adicional, podemos destacarlo pero
sin extremar ese marco como para obliterar o disminuir los límites impuestos
por la profecía misma. No es el marco o modelo o trasfondo tipológico el que
debe poner límites a los detalles dados por la profecía, sino que tal trasfondo
debe sujetarse y limitarse a lo proyectado por el profeta. Para los que
revelasen una tendencia a ignorar la realidad histórica usando como excusa
símbolos escondidos en la profecía de los 1290 días, la especificación divina
dada a Juan de 1260 días debía servir como una nota de advertencia. Es como si
Dios dijera: “Hay un símbolo escondido
de liberación en los 1290 días, sí, pero no muevan ni quiten las
especificaciones concretas de la profecía por ese hecho, porque en lugar de
afirmar la fe de esa manera, podrán terminar debilitándola”. El propósito de la
profecía de los 1290 días es confirmar que habría una liberación significativa
a la impostura oficial papal, equiparable a la que se daba en los años
sabáticos, y nada más.
Registros
históricos
Es lamentable que no tengamos
registros históricos que nos muestren cómo los israelitas guardaron los años
sabáticos antes de la primera destrucción de Jerusalén en el año 586 AC. Los
únicos registros que nos llegan son básicamente las declaraciones de los
profetas condenando el reinado por no cumplirlos (Isa 58:6ss; 2 Rey 19:29; Isa
37:30; Jer 34:8-22; Eze
7:13), y revelando el castigo divino que haría descansar la tierra por todos
los años que no le permitieron descansar conforme a lo predicho (2 Crón 36:21). Tampoco conozco ningún dato histórico preciso
sobre la manera en que intercalaron los décimotercer
meses extras durante la vida del segundo templo, el de Zorobabel
que más tarde llegó a ser identificado también con Herodes y que fue destruido
en el año 70 DC. La manera de contar luego los meses y los años alteró la
práctica antigua y original, según puede verse en las discusiones rabínicas
posteriores. Esto lo consideraremos al discutir la experiencia millerita que
descubrió que en 1844, el verdadero Día de la Expiación caía el 22 de Octubre.
Otro de los problemas que
tenemos para comenzar a contar se da con nuestra imposibilidad para determinar
el año en que los israelitas comenzaron a contar su calendario de cosecha. Es
probable que al haber entrado en la tierra prometida en la primavera, cuando
comenzaba la siega y el Jordán desbordaba por el deshielo de las montañas (Jos 3:15; PP,
517), hubiesen comenzado a computar ese año como el primero en la serie de
siete. La ley levítica era clara para decir que “cuando entréis en la tierra
que os doy, y cosechéis [la cebada], traeréis al sacerdote la primera gavilla,
primicia del primer fruto de vuestra cosecha” (Lev 23:10). Siendo que en la
creación Dios no comenzó descansando, sino que el descanso se dio en el séptimo
día, es lógico suponer que la primera cosecha al entrar en la tierra prometida
hubiese correspondido al primer año. Aunque los israelitas no sembraron, otros
lo hicieron y ellos entraron en sus labores para la cosecha, y lo recibieron
como un don de Dios.
En tal contexto histórico que
marcó la entrada del pueblo de Dios a la tierra prometida, es de suponer que
para cuando comenzaron a celebrar la pascua en su primer mes de primavera, y a
comer los panes sin levadura, hubiesen contado con una buena cantidad de días
en su favor en relación con la cosecha (Jos 5:10-12).
De lo contrario hubieran podido encontrar muy pocos granos maduros para todo un
pueblo recién llegado del desierto. No ignoremos que, a diferencia del año que
seguía al sabático, los israelitas no contaron para entonces con el producto superbendecido y almacenado de un sexto año (Lev 25:20-22).
[No descarto la posibilidad de que Dios hubiese hecho un milagro con la cosecha
semejante al del maná, y al que Jesús hizo luego al alimentar a los 5000 hombres
que fueron a escucharlo, con cinco panes y dos peces].
En la actualidad, los cálculos
históricos que se hacen con respecto al calendario hebreo y los décimotercer meses ofrecidos, se basan en los informes
babilónicos y los papiros de Elefantina que documentaron la costumbre de
algunos judíos que vivieron en esa colonia egipcia. Aunque la manera en que lo
hacían no garantiza que los judíos de Jerusalén habrían comenzado el año en el
mismo momento que en la Mesopotamia y en el delta del Nilo, sirve como referencia
adicional útil ya que todos ellos desarrollaron un calendario lunar semejante.
Lamentablemente, los judíos
que volvieron del cautiverio babilónico reiniciaron los años sabáticos, pero su
implementación encontró grandes obstáculos porque las circunstancias y
condiciones eran diferentes. Nunca se pusieron de acuerdo sobre cuándo debían
comenzar los años sabáticos, ni tampoco en su interpretación de cuándo habría
comenzado antes del cautiverio. Al no descender la gloria de Dios sobre el
nuevo templo ni estar en posesión de toda la tierra ni existir todas las tribus
de Israel, sintieron muy probablemente que la imposición de un año sabático era
arbitraria. Por tal razón tampoco festejaron jubileos, con la restitución de la
propiedad inmueble al dueño original. La tierra no había sido repartida después
del cautiverio por Dios, como lo hizo a través de Josué, en forma ideal, por lo
cual nadie sentía que debía devolver ninguna propiedad al primero que habría
tomado posesión de la tierra al regresar del cautiverio, ni a su familia
posteriormente. Para evitar tener que cancelar las deudas en el año sabático,
los judíos inventaron además el prosbul, que
consistía en un documento en donde el deudor renunciaba a la liberación de su
deuda en el año de la libertad. Tampoco cumplieron con la liberación de los
esclavos.
La
septuagésima semana
Algunos han querido sugerir
que en la última semana profética de años, en cuya mitad murió el Señor según
lo profetizado por Daniel (9:27), debe encontrarse una proyección tipológica
basada en los años sabáticos que se habría cumplido en forma literal al
comenzar Jesús su ministerio terrenal. Nuestro problema consiste en saber cuál
año correspondería con ese año sabático. Si aceptamos que el punto de partida
de esa semana final de años fue el otoño del año 27 AC cuando, como lo veremos
luego en detalle, Jesús fue bautizado y comenzó su ministerio profético,
entonces el año sabático tendría que haber comenzado en el año anterior, el 26
AC, y el siguiente año sabático hubiera correspondido al año 34 AC con el que
esa semana profética llega a su fin. Esto, si queremos incluir en la última
semana de años un cuadro tipológico que culmina con un año sabático. De ser
así, el primer año de esa última semana no podía ser computado como el séptimo.
Poco después de ser bautizado
y haber ayunado por 40 días, Jesús fue a Nazaret donde se había criado, y
declaró que en ese día se había cumplido lo prometido por Dios a través del
profeta Isaías (Luc 4:16-21). Con su venida y
ministerio público había llegado “el año favorable del Señor” (Isa 61:1-2). Si
se quiere vincular literalmente ese año con el comienzo del ministerio de
Jesús, quedamos descolocados con respecto a la última presunta semana
tipológica, ya que cuando Jesús se expresó así estaba en el primer año de esa
semana final de años. Por consiguiente, debemos descartar un simbolismo
adyacente escondido adicional en el primer año de esa semana de años profética
si queremos hacer cuadrar la declaración de Jesús con un año sabático literal o,
a la inversa, debemos interpretar esa declaración de Jesús como puramente
simbólica.
Lamentablemente, las
elucubraciones rabínicas posteriores no nos ayudan demasiado en la
determinación de los años sabáticos, ya que nunca estuvieron de acuerdo. Por
ejemplo, el Talmud afirma que tanto
para la destrucción de Jerusalén por los Babilonios como por los Romanos más de
medio milenio después, los enemigos del pueblo de Dios escogieron el final de
un año sabático, cuando se habrían comido la mayor parte de las reservas
obtenidas durante el sexto año. De acuerdo a los datos históricos de los que
dispongo (586 AC y 70 DC), no puede encontrarse una cifra divisible en siete
entre esas dos destrucciones.
Si la afirmación talmúdica
fuese verdad, resultaría obvio que para comenzar a celebrar de nuevo los años
sabáticos (al menos en lo referente al abandono agrario), debían hacerlos
partir luego de siete años de haber regresado de Babilonia. Siendo que el
cautiverio duró 70 años, tal cifra debiera haber concordado con la destrucción
de Babilonia. Pero, ¿cuándo correspondería que iniciasen los años sabáticos?
¿Correspondería que tal recuento comenzase con la inauguración del templo de Zorobabel en el año 516 AC, aunque ni se encontró el arca
ni descendió la gloria de Dios por la cual todos debían mirar hacia adelante?
(Ag 2:6-9; Zac 2:5,10,12; Mal 3:1). ¿Podría inferirse
que, más bien, tal recuento debiera darse en relación con la orden anunciada
proféticamente para restaurar a Jerusalén, y la resurgente nación pudiese comenzar
a operar oficialmente como una entidad político-religiosa? (Dan 9:25). ¿Qué
decir del hecho de que los repatriados judíos nunca más tuvieron rey, y no lo
tendrían hasta que viniese el prometido Mesías y le quitasen la vida? (Dan
9:26; véase Eze 21:25-27; PR, 332).
Nehemías nos cuenta, con todo,
que prometieron después de un tiempo guardar las leyes divinas, inclusive las
del año sabático (Neh 10:31). Esto tiene que ver con
un deseo que implícitamente revela cierta dificultad para cumplirlo. The Jewish Encyclopedia (605), nos informa, sin embargo, que “el
año exacto de la shemittah
(“abandono agrario”) está en disputa, y se han dado diferentes fechas”. Para
muchos judíos, tanto el abandono agrario de la tierra como la cancelación de
las deudas después del cautiverio babilónico, descansaban únicamente en la
autoridad de los rabinos, no en la Biblia, ya que no estaban en posesión de
toda la tierra. Tampoco fueron capaces de determinar cuándo habrían hecho
comenzar el año sabático en la época del primer templo (véase detalles en A. R.
Treiyer, Jubileo
y Globalización, cap 13).
Del relato del evangelio de
Juan se puede ver que justo antes de comenzar la primavera del año 29 DC—o a lo
sumo el año anterior (el 28) pero cuyos efectos se podían todavía percibir en
el siguiente año—los judíos habían agregado un décimotercer
mes o segundo Adar, ya que los campos habían madurado
en forma prematura para ese entonces (Juan 4:35). Esa historia de Juan nos
lleva a suponer que, dos o a lo sumo tres años más tarde, debían tener otro décimotercer mes agregado o segundo Adar
(“a la mitad de la semana” final de años de la profecía de Dan 9:27), más
definidamente, en el año 31 DC. Esto en relación con un calendario lunisolar fundamentado en las cosechas.
Gracias a los relatos precisos
de los evangelios en relación con los días de la semana en que se dieron los
hechos relativos a la Pascua y la crucifixión, hoy se puede saber
astronómicamente si para esa tercer Pascua se dio un décimotercer
mes o segundo Adar. De acuerdo a la posición de la
luna y el sol (en relación con el equinoccio de primavera), se puede determinar
con bastante precisión cuándo debían haber comenzado el primer mes en el año de
la crucifixión. El SDABC (V, 252),
llega a la conclusión de que en el año 31 DC, la Pascua debe haber caído el 27
de abril, algo que únicamente podía suceder con un décimotercer
mes adicional en ese año. A una conclusión semejante llega nuestro hermano
brasileño, Juárez Rodríguez de Oliveira, pero sobre la base de que la Pascua
hubiese caído en ese año en jueves, como lo confirman los Sinópticos, y no en
viernes (como se lo habría deducido erróneamente malinterpretando a Juan).
Estos aspectos los
consideraremos en la siguiente sección donde abordaremos los aspectos
relacionados con las fechas proféticas de las 70 semanas y de los 2300 años.
Concluyamos aquí que, lo más que podría indicarnos tipológicamente la última
semana profética de años, con un sentido adyacente o escondido, es que Jesús,
siendo rico, dio su vida en ofrenda por el pecado, para que nosotros, siendo
pobres, por su riqueza fuésemos enriquecidos (2 Cor
8:9; 9:9ss). Esto estaba en consonancia con lo que debía ocurrir luego de tres
años con el diezmo u ofrenda especial para los desheredados (Deut 26:12-15). Con su muerte el Señor nos aseguró una
herencia incorruptible e inmarcesible que ni la polilla ni el óxido podrán
corromper (Mat 6:20).
Otras profecías nos llevan
también a ver en su muerte, el cumplimiento inicial del año sabático de
liberación que Jesús mismo hizo partir ya en el primer año de su ministerio,
pero que se concretó al morir sobre la cruz (Isa 60:1-2; Luc
4:16-22). Nada sugiere un cumplimiento literal que debía caer en un año
sabático vigente en sus días.
Nuevamente parecemos
encontrarnos ante una decisión predeterminada por la Providencia de evitar que
su pueblo especulase con la fecha de un año sabático que marcase el jubileo
final. Así como la profecía de los 1290 días-años no debía interpretársela como
cayendo en un año sabático literal;
tampoco la última semana profética debía vérsela necesariamente en
términos literales de años sabáticos. Nuestra misión es predicar el evangelio
del reino hasta que nuestro Señor vuelva, apreciando las señales que anuncian
su pronto regreso, pero sin vivir bajo fechas definidas con respecto a ese
evento final.
LAS
70 SEMANAS DE AÑOS
Cuando estudiaba alemán en la
ciudad de Estrasburgo, Francia (ciudad bilingue que
linda con Alemania y cuyo territorio siempre estuvo en disputa entre las dos
naciones), nos hicieron leer en alemán una leyenda sobre un conejo y un puerco
espín. Los dos decidieron apostar para una carrera. El premio iba a ser un
cajón con botellas de cerveza. Luego de establecer el punto de partida y el
punto de llegada, declararon que la carrera iba a darse 70 veces ida y vuelta.
Cuando se lanzó la carrera, el conejo pensó que se iba a ganar fácilmente ese
cajón de cerveza. ¡Cuál no fue su sorpresa al llegar y ver que el puerco espín
estaba ya allí diciéndole: “Ich bin schon
da” (“ya estoy acá”). Decidido a ganarle el regreso corrió con más fuerza para
otra vez sorprenderse con el puerco espín diciéndole de nuevo: “Ich bin schon da”. Más
desesperadamente aún fue por la segunda vuelta con el mismo resultado. Con
todas sus energías volvió a emprender el regreso, y así sucesivamente hasta
cumplir la septuagésima vuelta y caer muerto, súbitamente, sin poder llegar
antes que el puerco espín que anticipadamente le repetía, riéndose: “Ich bin schon da”. Entonces el puerco
espín agarró la botella de cerveza y, llamando a su esposa que estaba en el
otro extremo le dijo: “vamos de fiesta”.
El propósito fundamental de
nuestro estudio es el de las 70 semanas de años de la profecía de Dan 9:24-27
que daba el punto de partida del servicio del nuevo templo con su inauguración
en los cielos, y la de los 2300 días de Dan 8:14 que daba su conclusión o
cierre en un Día de la Expiación antitípico en el
“tiempo del fin”. Como el puerco espín de la leyenda, podemos decir desde la
perspectiva de la llegada:“Ich bin
schon da”. Nuestra mirada a esa profecía es, por
consiguiente, retrospectiva. Claro está, no hemos recibido el premio aún,
porque la venida del Señor no se ha consumado todavía. Pero el hecho de que
estamos en una recta final que no tiene cómputo profético no significa que ese
premio no esté a las puertas. En lugar de un cajón de cerveza, nos concederá el
Señor el fruto del árbol de la vida, y el maná o “pan del cielo” que los
ángeles prepararon para los errantes hijos de Dios en el pasado (Apoc 2:7,17; 22:1-2).
La larga introducción que
dimos a la cronología profética más extraordinaria podrá habernos ayudado a
familiarizarnos con los problemas de computación de los diferentes años.
Consideremos, en primer lugar, los datos históricos correspondientes al punto
de partida de ambas profecías, anunciado en Dan 9:24.
El
punto de partida
Comencemos ahora con el punto
de partida para la cronología de las 70 semanas y los 2300 días-años. Los
milleritas, los pioneros adventistas, E. de White y los teólogos adventistas historicistas
hasta el día de hoy fueron y son unánimes en afirmar que el punto de partida de
esas dos profecías, es el año 457 AC. En lo que respecta a la profecía de las
70 semanas de años, la única que da el punto de partida en forma precisa, los
adventistas no estuvieron ni están solos. Otros autores antiguos y modernos
llegaron y llegan a la misma conclusión. En lo que respecta al punto de llegada
al cabo de los 2300 días-años, fuera de la Iglesia Adventista después del
chasco millerita en 1844, no conozco a nadie que le de a esa profecía un
significado equivalente representado en años, y ligado a la profecía de las 70
semanas.
Antes del chasco de 1844,
diferentes intérpretes historicistas entendieron que esa fecha llegaba a la
década del 40 en el S. XIX, así como otras profecías relacionadas como las de
los 1335 días-años y los 391 días-años de la sexta trompeta (a la que hicieron
llegar a 1844 también, partiendo de la caída de Constantinopla en el año 1453).
Véase A. R. Treiyer, The Seals and the Trumpets.
Biblical and Historical Studies (2005) [Saldrá de la prensa el mes que viene, con mucha
mayor documentación que su primera versión en castellano, y con un capítulo
adicional sobre la historia de la interpretación preparada por mi tío, Humberto
Raúl Treiyer, que extrajo en forma resumida de la
obra voluminosa de Le Roy Froom].
El
decreto decisivo
Los judíos debían esperar la puesta en marcha (“salida”) del decreto de
un rey persa que permitiese la restauración y reconstrucción de la ciudad de
Jerusalén para conocer el punto de partida de la profecía de Daniel (Dan 9:25;
cf. Dan 8:2,13: “la visión” comenzó en la época persa). El libro de Esdras da
cuenta de tres decretos que los reyes medo-persas emitieron para que los judíos
pudiesen regresar a su tierra. Esos decretos aparecen resumidos en Esd 6:14: “Y los ancianos de los judíos edificaron y
prosperaron, conforme a la profecía de los profetas Ageo y Zacarías...
Edificaron y acabaron por orden del Dios de Israel, y por el mandato de Ciro,
Darío y Artajerjes, reyes de Persia”.
Los dos primeros decretos tuvieron que ver con la reconstrucción del
templo (Esd 1:2-4; 6:6-13), que se terminó e inauguró
en el año 516/15 AC, exactamente 70 años después de haber sido destruido por
los babilonios (2 Crón 36:21-23; Zac 1:12-16). La
ciudad de Jerusalén, sin embargo, continuaba en ruinas, y se requería el tercer
decreto que emitió el rey Artajerjes medio siglo
después para reconstruírsela. Ese tercer decreto no podía referirse, por
consiguiente, a la reconstrucción del templo, porque Esdras declara
categóricamente que “la casa fue terminada... en el sexto año del reinado de
Darío” (Esd 6:15). ¿Qué “edificaron y acabaron” los
judíos, entonces, según el pasaje citado más arriba, por “mandato de... Artajerjes”? La ciudad de Jerusalén.
La orden anunciada por el
ángel Gabriel a Daniel tendría que ver no solamente con la reconstrucción de
Jerusalén, sino también con su restauración civil, jurídica y administrativa.
Esto es lo que se ve en el decreto de Artajerjes que
dio autoridad a Esdras no sólo sobre Jerusalén, sino también sobre las personas
y el territorio fuera de Judea (Esd 7:21-22). Esa
autoridad, así como el dinero que pudieron obtener según el decreto, les
permitió comenzar la reconstrucción de la ciudad (Esd
4:7-16), como se ve por la carta de protesta que escribieron los que quisieron
detener la obra: “Sea notorio al rey,
que los judíos que partieron de ti a nosotros, vinieron a Jerusalén, y edifican
la ciudad rebelde y mala. Ya han levantado las murallas y reparado los
cimientos” (Esd 4:12; cf. v. 7).
Artajerjes otorgó a Esdras,
además, autoridad legal y judicial para establecer cortes de juicio (Esd 7:25-26). Esto involucraba el establecimiento de
lugares de juicio en las “puertas” de las murallas de la ciudad, donde los
jueces se reunían para resolver los litigios que se les presentaban (véase Deut 21:19;
22:15; 25:7; Prov 31:23). En otras palabras, la autoridad legal y
jurídica que Artajerjes le dio a Esdras implicaba la
reconstrucción de Jerusalén y sus muros.
El decreto de Artajerjes dio lugar al segundo regreso oficial de largo
alcance de los judíos, desde que los persas habían conquistado Babilonia. El
primero tuvo lugar bajo Ciro (Esd 1:1-2, 7-8). Así
como un decreto oficial de regreso dio lugar al inicio de la reconstrucción del
templo, el segundo decreto oficial de repatriación alentó el comienzo de la
reconstrucción de Jerusalén. Así como hubo un decreto inicial de Ciro para
reconstruir el templo (Esd 1), que requirió una
autorización adicional del rey Darío (Esd 6); así
también el primer decreto de Artajerjes para
restaurar y edificar la ciudad de Jerusalén sirvió para dar inicio a esa obra,
y reforzarla con otra orden suplementaria posterior dada por el mismo rey (Neh 2). [En Isa 44:24-27 se
profetiza de Ciro que diría de Jerusalén que fuese reconstruida, en referencia
más específica al templo, pero no dice que su tarea sería “restaurar” Jerusalén
tal como se describe en Dan 9:25. Su decreto dio lugar, de todas maneras, a la
reconstrucción futura de Jerusalén así como a su restauración jurídica que se
cumplió bajo el rey Artajerjes. Pero no predice
Isaías que Ciro iba a restaurar un estado político autónomo en Jerusalén].
Cuándo comenzar
Mientras que los milleritas y los pioneros adventistas, incluyendo E. de
White, interpretaron en el S. XIX que la profecía de Daniel se refería a la
puesta en efecto del decreto del rey Artajerjes por
Esdras una vez llegado a Palestina, los teólogos adventistas a partir del
arqueólogo alemán, Siegfried Horn,
hicieron comenzar la fecha desde el momento en que Esdras con los judíos que lo
acompañaron, partieron de Babilonia para Palestina o apenas llegaron a
Jerusalén. Para nuestro hermano brasileño, Juárez Rodrígues
de Oliveira, ese es un gran error que, en lugar de afirmar el cumplimiento
profético de las dos profecías de Daniel que estamos estudiando, lo debilita.
Consideremos el texto bíblico:
Esd 7:7-9: “En el séptimo año del rey Artajerjes,
vinieron con él a Jerusalén algunos israelitas, incluyendo sacerdotes, levitas,
cantores, porteros y servidores del templo. Esdras llegó a Jerusalén en el
quinto mes del séptimo año del rey. El primer día del primer mes partió de
Babilonia, y el primer día del quinto mes llegó a Jerusalén, porque la buena
mano de su Dios estuvo con él”.
¿Dice el pasaje que el rey emitió su decreto el primer día del primer
mes de su séptimo año de reinado? No. Es más, puede haberlo escrito antes de
ese primer mes. La tarea de promulgar oficialmente ese decreto fue confiada a
Esdras quien, luego de celebrar una fiesta que los milleritas entendieron
referirse al Día de la Expiación, entregó “los despachos del rey a sus
gobernadores y capitanes del otro lado del río” (Esd
8:35-36; véase Núm 29:7-11). Fue entonces que tales
gobernadores y capitanes obedecieron el decreto del rey que les entregó Esdras,
y que llevaba implícita una pena de muerte en el caso de no cumplirla (Esd 7:25-26).
“Lo que condujo a este movimiento [el millerita] fue el haberse dado
cuenta de que el decreto de Artajerjes en pro de la
restauración de Jerusalén, el cual formaba el punto de partida del período de
los 2300 días, empezó a regir en el otoño del año 457 AC, y no a principios del
año, como se había creído anteriormente. Contando desde el otoño de 457, los
2300 años concluían en el otoño de 1844” (CS,
450).
Según esta declaración, la puesta en marcha o en efecto del decreto de Artajerjes no tuvo lugar en su séptimo año de reinado, sino
al comenzar su octavo año. Recordemos que la numeración de los meses tenía
siempre que ver con un calendario de primavera (Ex 12:1), mientras que los años
comenzaban a computarse a partir del otoño (compárese Neh
1:1—quisleu: diciembre—con Neh
2:1—nisán: marzo, en el mismo año 20 del rey). En tal caso, Esdras con los
judíos que lo acompañaron salieron el primero de Abib
o Nisán (primer mes de primavera) de Babilonia, y llegaron cinco meses después
hacia el fin del verano del año 457 AC. (Esd 7:7-9).
¿Por qué dedujeron los milleritas que la fiesta mencionada en Esd 8:35 tenía que ver con el Día de la Expiación? Porque
el decreto no se puso en efecto enseguida, ya que primero celebraron una fiesta
(Esd 8:35). Luego del Pentecostés que caía al
comienzo del verano, esto es, bastante antes de la llegada de Esdras de
Babilonia, los israelitas no tenían otra fiesta hasta que comenzaba el otoño en
el primer día del séptimo mes (Tishri). Los sacrificios que ofrecieron Esdras y los suyos
entonces entran dentro de las características señaladas para las fiestas que
debían celebrarse a partir de entonces (véase Núm
29:1-11). Más definidamente, pueden haber celebrado la Fiesta de las Trompetas
en el primer día del mes o el Día de la Expiación a los 10 días siguientes. No
podemos saber a cuál de esas dos fiestas se habrá referido Esdras. Pero por
cumplirse el punto de llegada de la profecía en un Día de la Expiación antitípico al final de los 2300 días, dado su vínculo con
la “purificación del santuario” (Dan 8:14), los milleritas y pioneros
adventistas dedujeron que el punto de partida debía ser el mismo, en un Día de
la Expiación.
Nuestro hermano de Oliveira concuerda con los milleritas en el sentido
de que el punto de partida de la profecía de Dan 8:14 debía ser exactamente el
mismo que el de llegada. E. de White no confirma que el punto de partida
hubiese sido en un Día de la Expiación, pero tampoco lo niega. Ella menciona
simplemente el “otoño”. Esdras dice que luego de participar de esa fiesta, que
puede haber sido la de las Trompetas diez días antes del Día de la Expiación, o
el Día de la Expiación mismo, “entregaron los despachos del rey a sus
gobernadores y capitanes del otro lado del río”, induciéndolos de esta forma a
obedecer la ley medo-persa inalterable de aquellos días (Esd
8:36).
Sobre este punto volveremos al final al considerar esta fecha profética.
Anticipemos que estamos de acuerdo con de Oliveira en que el punto de partida
indicado por la historia Bíblica en corfirmación con
la profecía de Daniel, se dio en el otoño del año 457 AC y no antes. Pero ni
durante la Fiesta de las Trompetas ni durante el Día de la Expiación pueden
haber entregado el decreto del rey con las demás órdenes a los gobernantes del
otro lado del río, porque ambos días eran sábados ceremoniales, y la pena de
muerte pesaba para el violador (Lev 23:24-25,28,30-31). En todo caso, el día
siguiente a cualquiera de esas dos fechas podía haberse cumplido con esa
misión. Y siendo que en el Día de la Expiación el pueblo de Dios reconsagraba su vida y reiniciaba un nuevo año renovando el
pacto con Dios, es probable que hubiesen esperado hasta ese momento decisivo
antes de iniciar la restauración nacional por la que había venido Esdras.
El séptimo año de Artajerjes
El pensamiento científico comenzó con el filósofo francés René
Descartes. Descubrió su método haciéndose la pregunta sobre si realmente
existía. Lo que quería era encontrar una manera de dar con conocimientos claros
y distintos sobre los que no pudiera dudar. Para poder hacerse tal pregunta
sobre la posibilidad de su existencia, razonó, debía poder pensar. Y si podía
pensar, entonces podía probar sin lugar a dudas que existía. De allí su primer
paso para obtener informaciones sólidas e inamovibles. “Pienso, luego existo”.
Aunque los demás pasos que dio no iban a satisfacer a todos para llegar
a conocimientos inalterables y seguros, su “duda metódica” sirvió para que
otros desarrollasen su principio y la ciencia se aumentase considerablemente.
Ya bien entrado el S. XX, aparecieron los existencialistas que quisieron negar
ese principio científico racionalista. Acusaron a Descartes de desvirtuar y
hasta de arruinar la existencia por relegarla al pensamiento, a un segundo
lugar. El principio debe ser, para los existencialistas, “existo, luego pienso”
si quiero.
En su búsqueda de datos históricos y astronómicos inamovibles en la
larga cadena profética de Dan 8 y 9, Juárez Rodríguez de Olivera pensó
encontrarla en la muerte de Cristo en el año 31 DC. Según él, tal fecha
confirma y afirma las demás fechas, tanto desde la perspectiva de la partida de
la profecía como de la llegada y de sus especificaciones intermedias.
Personalmente creo que de Oliveira exagera cuando relativiza la solidez
del año 457 AC. como punto de partida para la profecía de las 70 semanas y de
los 2300 días. Si termina reconociendo categóricamente que no conoce ningún
documento que pueda presentarse para negar que el séptimo año de Artajerjes se dio entre el otoño del 458 AC y el otoño del
457 AC., sino que por el contrario, los documentos que poseemos concuerdan en
afirmar que esa es la fecha correcta, ¿qué necesidad tendría de relativizar la
fundamentación del año 457 como no estando suficientemente documentada para
hacer partir los dos períodos anunciados? De Oliveira destaca la terminología
usada por Siegfried Horn
que puede ser equiparada a la duda metódica científica, para concluir que sus
deducciones se basan en supuestos. Pero tal terminología no implica
necesariamente falta de solidez y fundamentación, sino un análisis deductivo
que permita seguir el razonamiento en forma objetiva, sin dar saltos bruscos
que atropellen la inteligencia del lector.
No parece captar de Oliveira que, así como para muchos el punto de
partida filosófico debe ser “pienso, luego existo”, para otros puede
resultarles más determinante comenzar diciendo “existo, luego pienso”. No veo
mal que ponga todo su énfasis en la solidez que él encuentra en la fecha de la
pasión, a “la mitad de la semana”, la última de las 70. Pero al querer poner
más énfasis en la llegada o en el punto medio de la profecía que en el punto de
partida, puede terminar involuntariamente debilitando la convicción de otros
que tienen otra manera de razonar.
Esto es algo que sabemos todos los que vivimos pendientes de la lucha
que se entabla entre la verdad y el error en nuestros esfuerzos evangelísticos. No todos se convencen con el mismo
argumento, ni las evidencias presentadas en favor de la verdad satisfacen a
todos de la misma manera. A menudo tenemos que admirarnos por la manera en que
el Espíritu Santo trabaja en las mentes humanas, despertando el interés
mediante puntos o aspectos de la verdad que a nosotros no nos tocan tanto. Mi
testimonio personal como pastor, después de haber sido doctor en teología, es
que si nos volvemos demasiado selectivos en la manera de presentar la verdad,
exigiendo que las cosas se digan de tal o cual forma que pueda parecernos más
atractiva, y quitando valor a los argumentos que para nosotros no tengan tanto
peso, vamos a echar a perder innecesariamente en mucha gente la semilla de la
verdad.
Documentación histórica
Varios documentos tenemos hoy para fechar con admirable precisión los
años de reinado del rey Artajerjes. En este sentido,
tenemos más fundamentación histórica que los milleritas y los pioneros de la
Iglesia Adventista. Es lamentable que, con el propósito de fundamentar la cadena
profética en la semana de la pasión, de Oliveira busque relativizar la solidez
histórica que confirma que Esdras partió con su gente de Babilonia en la
primavera del año 457 AC. El hecho de que había diferentes maneras de computar
entre los antiguos no debe hacernos vacilar a la hora de determinar, mediante
el sistema de cómputo hebreo claramente atestado en la Biblia, sobre la
exactitud de la información que nos dejó Esdras.
a) El Canon de Ptolomeo en El Almagest.
Entre los documentos más autorizados está el Canon de Ptolomeo que
preparó en el S. II DC el astrónomo Griego-Egipcio Claudio Ptolomeo, con los
eclipses que tuvieron lugar durante los reinos de Babilonia, Persia, Macedonia
y Roma, así como su correspondencia con los reyes que gobernaron esos imperios.
Ptolomeo tuvo el privilegio de vivir en el lugar donde se estableció la
biblioteca más significativa del mundo antiguo. Cuando en la ciudad de Pérgamo se quiso establecer otra biblioteca, los
alejandrinos boicotearon la venta de papiros para evitar perder la hegemonía
del conocimiento, y en su lugar los habitantes de Pérgamo
inventaron los pergaminos, escritura en cuero fino. Lamentablemente la
biblioteca de Alejandría fue destruida sucesivamente hasta desaparecer
completamente.
En su obra El Almagest,
Ptolomeo fechó los años de los reyes de la Mesopotamia basado en el calendario
egipcio que hacía comenzar el año en Diciembre. Gracias a los datos que agregó
sobre los eclipses que ocurrieron en tal o cual año del reinado de tales o
cuales reyes, se puede precisar astronómicamente la fecha de esos reyes
antiguos. Por consiguiente, su obra continúa siendo de gran valor.
Lo que no nos dice Ptolomeo, sin embargo, es si Esdras y su pueblo
usaban para entonces otro calendario que computase los años a partir del otoño,
y cuyo primer mes se daba en primavera. Esto ha llevado a muchos intérpretes a
deducir que, por provenir Esdras de un reino medo-persa que contaba los años de
primavera a primavera, los datos históricos que suministró en su libro debían seguir
un cómputo semejante, no el de otoño a otoño. Bajo este criterio, tales
intérpretes han fijado la fecha del séptimo año de Artajerjes
para el año 458 AC, y no para el 457 AC como lo hicieron los milleritas y lo
entendieron siempre los adventistas.
¿Cómo podemos saber hoy cuál calendario usaron Esdras y sus acompañantes
para fechar los momentos de su histórico viaje a Jerusalén? Como veremos luego,
por el testimonio de la Biblia misma que se vio a mediados del S. XX reforzado
aún por el descubrimiento de unos papiros de Elefantina. Ni los milleritas ni
los pioneros adventistas tuvieron esos documentos tan fortuitos que aparecieron
hace unos 50 años atrás. Pero creyeron en la Biblia y la usaron como norma para
sus cómputos, razón por la cual llegaron a la fecha adecuada. De acuerdo al
cómputo semita y bíblico, el primer mes del séptimo año de Artajerjes
en el que Esdras partió de Babilonia correspondió a la primavera del año 457
AC. ¿Por qué habría de relativizarse, entonces, la solidez de la datación histórica
ofrecida?
b) Una tableta de Ur
Entre 1930 y 1931, en una excavación que se llevó a cabo en Ur se encontró una tableta que confirmó la muerte de Jerjes, padre de Artajerjes, como
habiendo ocurrido en torno a diciembre del año 465 AC. Este descubrimiento dio
un soporte adicional a la interpretación millerita original, mostrando que
estaban en lo correcto en sus cálculos. Al haber muerto el padre de Artajerjes después del mes de Tishri
(septiembre/octubre), significaba que lo que nosotros contaríamos como primer
año de su hijo sucesor Artajerjes, los judíos que
viajaron a Jerusalén iban a computárselo como año ascensional. Y no antes de Tishri (otoño) del siguiente año, 464 AC, podría comenzar a
contarse su primer año de reinado.
Siendo que en 1953, una tableta cuneiforme posterior correspondiente al
período helenístico, fue interpretada como indicando que Jerjes
habría muerto en agosto, algunos han dejado de insistir en el valor de esa
tableta de Ur. Pero la tableta del período
helenístico es muy posterior y, hasta donde sepa, nunca se publicó. Lo que hizo
el arqueólogo adventista Siegfried Horn fue, correctamente, desmerecer ese documento
cuneiforme por ser muy tardío. Con el descubrimiento ese mismo año de los
últimos papiros de Elefantina que faltaban, se confirmó que Jerjes
no puede haber muerto antes del otoño ni después del 17 de diciembre del año
465 AC. [Lo más que puede revelar la tableta cuneiforme del período griego, si
es que se la puede tomar como referencia seria siendo tan posterior, es que el
escriba de Elefantina no computó el año ascensional de Artajerjes
hasta que el tumulto que provocó la muerte de Jerjes
terminó en la implantación de su hijo Artajerjes no
antes de Diciembre de ese año].
Lo que para nosotros tiene más valor es un documento contemporáneo como
el encontrado en Ur, y otros más que aparecieron
luego y veremos seguidamente, confirmando el testimonio de esa tableta. De
nuevo, ¿por qué relativizar la solidez de la datación bíblica y su confirmación
histórica?
b) Los papiros de Elefantina
Así como Dios se adelanta al movimiento de los millones y millones de
galaxias, soles, planetas y satélites con tantos años luz que ni las
computadoras más poderosas que los hombres hayan inventado pueden contabilizar
y controlar para que no se choquen entre sí y se forme un caos generalizado en
todo el universo; así también Dios se
adelanta a las necesidades que su pueblo vaya a tener en épocas futuras,
inclusive en la información histórica que iba a necesitar para afirmar su fe.
Una reserva fortuita que el Señor tenía preparada para que su pueblo pudiese
probar en esta era científica, la manera de computar los años aún de los reyes
paganos que los judíos usaban en los días de Esdras, apareció a mediados del S.
XX.
- Los
hallazgos
En 1893, un negociante norteamericano y colector de antiguedades
egipcias, llamado Carlos E. Wilbour, compró nueve
rollos enteros de papiros, más algunos fragmentos, a tres mujeres nativas de la
isla del Nilo conocida como Elefantina. Esa isla está ubicada a 600 millas al
sur de El Cairo, en el centro del Nilo. Ocho de los rollos estaban todavía
doblados y sellados. Al mostrarle uno de los fragmentos a un profesor llamado
A. H. Sayce, Wilbour se
enteró que tales papiros estaban escritos en arameo. Lamentablemente Wilbour guardó esos papiros en el fondo de uno de sus
baúles. Al morir poco después, ese secreto iba a permanecer un buen tiempo
guardado.
Posteriormente se envió el baúl a Norteamérica y se lo almacenó en un
depósito de Nueva York. Mientras tanto, la gente de Elefantina encontró más
papiros y los fue vendiendo en el mercado, sin revelar el secreto del lugar, ya
que lo consideraron una buena fuente de negocio. Un agente de la Biblioteca de
Estrasburgo compró el primero de esos papiros en Luxor,
en 1898. El profesor Sayce consiguió otro rollo en
1900, y la Lady William Cecil compró tres rollos en Aswan
en 1904. Sir Robert Mond consiguió cinco más. Todos
estos papiros fueron publicados en 1906, asombrando al mundo erudito de
entonces con el conocimiento de una comunidad judía de mercenarios militares
que protegían la fortaleza de la Isla de Elefantina durante el período persa.
El entusiasmo de los eruditos llevó finalmente a un equipo arqueológico
alemán a hacer excavaciones bajo la dirección de Otto Rubensohn
del Museo de Berlín. Esas excavaciones se dieron entre 1906 a 1908. Luego de
ganar la confianza de la gente del lugar, Otto Rubensohn
descubrió la ubicación y logró desenterrar 62 rollos de papiros adicionales,
amén de muchos fragmentos e inscripciones. Todo esto se publicó en 1911, dando
inicio a una disciplina casi nueva, ya que hasta entonces, nadie conocía la
existencia de una comunidad judía en Egipto que fuese contemporánea con Esdras
y Nehemías.
- Los
judíos de Elefantina
La Isla de Elefantina, llamada así por los griegos y Yeb
por los antiguos egipcios, sirvió como la fortaleza más al sur que tuvieron los
egipcios en el medio del Nilo, cerca de su límite con Nubia (la bíblica Kush mencionada en Est 1:1; Isa
11:11). Era un lugar de comercio con importación de marfil, pieles de león y
animales exóticos que traían del Africa. Algunos
judíos que emigraron del reino de Judá hacia Egipto durante la vigésimosexta dinastía egipcia (663-525 AC), fue forzada a
trabajar como mercenarios para defender la frontera más al sur de Egipto. Estos
soldados construyeron un templo que dedicaron a Yahveh,
aunque sirvieron también a otros dioses como sus compatriotas pre-exílicos lo habían estado haciendo en Judá.
Cuando el rey persa Cambises conquistó Egipto
en el año 525 AC, destruyó el templo Khnum de
Elefantina pero no tocó el templo judío de Yahvé en la misma isla, tal vez
porque como zoroastrista monoteísta estuvo mejor
dispuesto hacia los judíos que también eran, en principio, monoteístas. Durante
el dominio persa, los judíos de Elefantina pudieron manejar por su cuenta sus
propios negocios y asuntos civiles. Sin embargo, mantuvieron siempre un rango
inferior ya que eran simples soldados bajo las órdenes de los oficiales
babilónicos y persas. El comandante general era persa.
En el año 410, algunos soldados egipcios aprovecharon que el gobernador
persa de esa región, Arsames, había viajado para
entrevistar al rey, cruzaron el río desde Aswan y
destruyeron el templo judío en el año 410 AC, sin duda disgustados por el
favoritismo que gozaban esos judíos bajo las autoridades persas. Cuando Arsames regresó, los judíos de Elefantina le pidieron
permiso para reconstruir el templo. Se cree que Arsames
estaba enterado de la posición centralista de dos conservadores de la religión
judía como lo fueron Esdras y Nehemías, por lo que, en lugar de concederles lo
pedido, les requirió que pidiesen permiso a las autoridades de Jerusalén para
reconstruirlo. De esa manera, lograría que la negativa proviniese de Jerusalén
mismo y, al mismo tiempo, dejaría algo más tranquila la enemistad contra ellos
que había entre los egipcios.
Esos pobres judíos de Elefantina no tuvieron más remedio que escribir,
finalmente, a los dos oficiales de más alto rango de Jerusalén, el gobernador
persa Bigvai y el sumo sacerdote Johanan
mencionado en Neh 12:22-23. Aparentemente, las
autoridades de Jerusalén en esa época ignoraron su pedido, por lo que, luego de
dos años de espera, volvieron a insistir esta vez dirigiéndose más
definidamente a Bigvai, ofreciéndole una coima
(soborno) y notificándole también que habían escrito a los hijos de Sanbalat, governador de Samaria,
el enemigo principal de Nehemías (Neh 6:1ss).
Dramáticamente insistieron ante Bigvai advirtiéndole
que si las autoridades de Jerusalén no les respondían, los samaritanos que
también poseían un culto rival, podían otorgarles tal autorización.
Bigvai se reunió con Delaiah,
hijo de Sanballat, luego de lo cual les otorgó el
permiso requerido de reconstruir su templo en Elefantina, pero con la expresa
indicación de que no ofreciesen sacrificios. No hay registros de que Arsames les hubiera finalmente autorizado a reconstruir ese
templo, ni de si fueron finalmente masacrados con la revuelta egipcia poco
tiempo después, que terminó con la expulsión y muerte de todos los extranjeros
que habían vivido en ese lugar.
Los papiros escritos por esos judíos de Elefantina terminaron
conformando el número más grande de documentos conocidos de la lengua aramea
oficial usada durante esa época. También sirvieron para fortalecer los estudios
linguísticos de las secciones escritas en ese idioma
en los libros de Daniel y Esdras. Permitieron conocer más acerca de la
historia, cultura y religión de esa comunidad judía. Por ejemplo, podemos
enterarnos gracias a esos papiros sobre casamientos, ventas de propiedades,
contratos, decretos gubernamentales, liberación de esclavos, cartas privadas y
oficiales y aún algo de piezas literarias que se desarrollaron en esa comunidad
judía. También permitieron conocer más acerca de como computaban los judíos de
entonces los años de los reyes de Babilonia y de Persia, en relación con la
clase de calendario que usaban.
- El
calendario post-exílico de los judíos de Elefantina
Los papiros de Elefantina que se publicaron en 1911 probaron que los
judíos de Elefantina usaban dos calendarios, uno egipcio y otro que traducía
esa datación al calendario babilónico-persa de primavera o al judío de otoño.
Por ejemplo, en uno de esos documentos se lee:
“en el tercero de Chislev [mes judío], año ocho,
esto es en el duodécimo día de Thoth [mes egipcio],
año nueve de Darío el rey”. Esta era ya una prueba contundente para confirmar
que, según ambos sistemas de cómputo, podía haber un año de diferencia
dependiendo de cuál sistema se usaba para contar los años del rey. Pero ninguno
de estos papiros permitía saber aún cómo computaban esos años, si según el
calendario de primavera persa, o el de otoño en voga
entre los judíos desde la época de Salomón.
Una nueva sorpresa estaba preparada por la Providencia, lista para caer
sobre el mundo crítico y sapiente de entonces, de parte de Aquel que lee todo
con absoluta claridad desde el mismo principio. En 1947, Teodora, la hija de Wilbour, murió en Nueva York. El baúl que poseía de su
padre fue entonces entregado al museo de Brooklyn junto con los demás restos de
Wilbour. En 1953, Emil G. Kraeling publicó esos documentos que habían quedado
sepultados en un baúl desde 1893 hasta 1947. Por primera vez se podía obtener
la clave en el uso de los calendarios que los judíos utilizaban en tiempos
post-exílicos.
En uno de esos documentos de última hora, conocido hoy como Kraeling 6 en honor a quien los publicó, se puede armonizar
el calendario egipcio y el judío únicamente si se asume que usó un calendario
que comenzaba en otoño, computando los años aún de los reyes persas según el
antiguo calendario judío. De manera que si los judíos en Elefantina computaban
los años de los reyes extranjeros según el calendario judío, a pesar de que
vivían en un contexto geográfico en el que la gente computaba esos años con el
calendario egipcio, ¡cuánto más no lo harían los ortodoxos Esdras y Nehemías
que regresaron de Babilonia! Se pudo saber así que, según el calendario persa,
el séptimo año de Artajerjes fue de la primavera del
año 458 a la primavera del año 457 AC, mientras que para los judíos tuvo lugar
del otoño del año 458 al otoño del año 457 AC.
El Canon de Ptolomeo, la
tableta de Ur y los papiros de Elefantina
Los milleritas se basaron enteramente en el canon de Ptolomeo que confirma
que el séptimo año de Artajerjes tuvo lugar en el año
457 AC. Esa fue su única fuente histórica. Lo notable es que los milleritas no
cometieron el error de muchos intérpretes modernos que ignoran hasta hoy que
Ptolomeo contó los años de acuerdo con la Era de Nabonasar,
es decir, con el calendario egipcio que comienza en Thoth
1. No se dan el trabajo de traducir ese cómputo al sistema de cómputo judío.
Ahora bien, el Canon de Ptolomeo ha sido corroborado en general por
diferentes tabletas cuneiformes babilónicas y persas antiguas, aunque en
algunos casos debió hacerse pequeñas correcciones. Para fundamentar mejor los
años de reinado de Artajerjes se requería, por
consiguiente, una fundamentación adicional. Esa fundamentación la trajo el
descubrimiento de los papiros de Elefantina que prueban que Esdras y Nehemías
usaron un calendario judío, y no persa. Prueban también que los judíos en la
época post-exílica computaban los años de los reyes
persas también con el sistema de “año ascensional” y basado en un calendario
otoñal. En efecto, confirman que el primer año de Artajerjes
(según nuestra manera de computar), no se lo contaron como primer año porque
subió al poder después del otoño y, en su lugar, lo fecharon como “año ascensional
de Artajerjes”. Hoy, los autores que asumen que el
séptimo año de Artajerjes tuvo lugar en el año 458
AC, tienen que restar valor abiertamente a esos papiros de Elefantina para
mantener esa posición, presumiendo que el escriba que dio la información
cometió un error.
Gracias a ciertas tabletas babilónicas se han podido establecer los años
de reinado de Artajerjes según el calendario persa,
con una precisión notable. Junto con los documentos judíos de Elefantina nos
informan que Jerjes, padre de Artajerjes,
habría muerto después de Tishri 1 (nuevo año según el
cómputo judío), y antes de Thoth 1 (nuevo año
egipcio, 17 de Diciembre), en el año 465 AC. Esto significa que Artajerjes habría comenzado su año ascensional entre
octubre y diciembre, y su primer año de reinado se lo habría computado no antes
de octubre del año siguiente, 464 AC. El séptimo año de Artajerjes
habría comenzado en el otoño del año 458 AC y terminado en el otoño del año 457
AC. El primer mes al que refiere Esdras como punto de partida de su viaje hacia
Jerusalén debía corresponder, por consiguiente, al mes de Nisán (primavera) en
el año 457 AC, cuando con su comitiva viajó a Jerusalén con el propósito de
promulgar el decreto del rey. Recordemos que la Biblia cuenta los meses a
partir de la primavera, y los años a partir del otoño.
c) La Biblia.
En la Biblia encontramos pruebas adicionales y contundentes para mostrar
cómo computaban los años de los reyes no sólo de Israel, sino también
extranjeros. En los anales de Babilonia se informa que el rey Joaquín fue capturado
juntamente con Jerusalén, su capital, en el séptimo año del reino de
Nabucodonosor (597 AC). Pero la Biblia informa el mismo evento como habiendo
tenido lugar en el octavo año (2 Rey 24:12). Esto no prueba que uno de los dos
informes es correcto y el otro no. Simplemente nos muestra que había dos
maneras de computar los años de los reyes antiguos, basado en dos calendarios
diferentes.
Aunque durante su cautiverio los israelitas adoptaron los nombres de los
meses babilónicos, no hicieron lo mismo con el sistema de cómputo puesto que,
en relación con los meses, debían hacerlos partir según la ley en la primavera
pascual (Ex 12:1), mientras que en relación con el cómputo anual, debían
hacerlo partir en relación con el otoño cuando concluía la cosecha y concluían
también las fiestas religiosas (Lev 25:3-4,9-13; Deut
31:10-13). Esto se ve claramente en el registro de Nehemías, contemporáneo de
Esdras, quien computó igualmente los años de los reyes extranjeros con un
calendario otoñal.
Comparemos Neh 1:1 con 2:1. El mes de quisleu
(equivalente a diciembre), y el mes de nisán
(el primer mes de primavera que iniciaba el calendario de fiestas judías con la
pascua), son computados como perteneciendo al mismo año veinte de Artajerjes. Si Nehemías hubiera estado usando el calendario
babilónico o persa, hubiera tenido que referirse al primer mes de primavera (nisán) como siendo el año 21 de Artajerjes. El hecho de que lo hace aparecer todavía como
año 20 prueba que computaba los años de Artajerjes
con el típico calendario anual otoñal de los judíos. De manera que
arqueológica, histórica y bíblicamente, no queda duda alguna sobre la manera en
que los judíos computaban los años de los reyes no sólo judíos, sino también
paganos, antes y después del cautiverio.
Ante este hecho irrefutable, podemos volver a preguntarle a nuestro
hermano brasileño, ¿para qué arrojar cierta incertidumbre a la fecha de partida
de la profecía que estamos estudiando? ¿Para valorar más sus descubrimientos
astronómicos con respecto a la fecha de la pasión? También astronómicamente hay
confirmaciones adicionales para la fecha del año 457 AC como refiriéndose al
7mo. año del reinado de Artajerjes, según él mismo lo
confirma. Es probable que para muchos sea más sólida la documentación sobre la
fecha del comienzo (457 AC) que la de la pasión (31 AC), dependiendo de qué
ángulo lo miren.
¿Por qué están divididos los autores modernos sobre la fecha en que
Esdras partió de Babilonia para Jerusalén? Mientras que algunos proponen hasta
hoy, como los milleritas, que la fecha fue en el año 457 AC, otros establecen
la fecha del año 458 AC. Los que así lo hacen prefieren ignorar el cómputo
judío (otoño a otoño) para adoptar el cómputo persa (primavera a primavera),
así como también ignorar no sólo la evidencia arqueológica irrefutable que nos
traen los papiros de Elefantina, sino también este pasaje de Nehemías que
acabamos de mencionar, o presumir que ambos textos son “corruptos” (alterados
por un copista posterior o dañado), o que “la fecha es aparentemente
incorrecta”. Esto deben saberlo nuestros hermanos. Uno puede preguntarse sobre
la seriedad de tales autores modernos al forzar una documentación histórica
definida para mantener sus convicciones personales pre-asumidas sobre la manera
de contar que habrían tenido los antiguos.
Si mantenemos el principio de que la Biblia debe ser su propio
intérprete, y en este caso alguien como Nehemías que fue contemporáneo con
Esdras, no hay duda posible sobre la fecha del séptimo año del rey Artajerjes. El hecho de que E. de White ponga énfasis en la
fecha de la pasión en el año 31 DC, no debe ser interpretado como dando a
entender que la fecha inicial de la profecía no es tan segura, y que la fecha
reguladora debía ser la de la pasión. En los días de los milleritas y los
pioneros adventistas no se contaba con todos los datos históricos que tenemos
hoy. Por consiguiente, es normal que tanto ellos como E. de White hubiesen
puesto énfasis en la fecha de la pasión, teniendo en cuenta que Dan 9:24
declaraba que su cumplimiento iba a sellar, afirmar de manera inamovible, la
profecía de las 70 semanas y la de los 2300 días.
e) Documentos de la era seléucida y de la Mishnah confirman el
sistema de cómputo otoñal judío y bíblico para los reyes hebreos y extranjeros.
Datos bíblicos y astronómicos adicionales
a) El relato de la partida. El relato de
Esdras es más completo. Nos informa que llegaron de Babilonia junto al río que
conducía a Ahava, donde permanecieron tres días (Esd 8:15). El día 12 del primer mes reiniciaron la marcha
hacia Jerusalén. Si se hubiese tratado del año 458 AC, astronómicamente esa
información que nos da Esdras nos llevaría a fechar el momento de su partida de
Ahava para el 7/8 de abril (de la puesta del sol del
viernes a la puesta del sol del sábado). Esto es inverosímil, porque
significaría que habrían reiniciado el viaje en sábado. Esdras era conocido como siendo celoso por la
ley (Esd 7:6,10). Nehemías también, poco más tarde,
iba a tomar medidas severas contra los que llevasen cargas en sábado (Neh 13:15ss). A menos que se hubiese tratado del año 457
AC, Esdras hubiera aparecido con un relato que violaba el sábado, ya que fueron
cargados de plata y oro, además de otros utensilios que llevaron (Esd 8:33-34).
Si requerimos la información astronómica para el año 457 AC, suponiendo
que en ese año agregaron un décimotercer mes,
encontramos que Nisán 1 que marca el punto de partida de Babilonia corresponde
a Abril 25/26, un viernes de puesta de sol del jueves a puesta de sol del
viernes. El relato dice que luego de llegar reposaron por tres días, lo que
concuerda con el día en que habrían llegado (véase Juan 2:19; Mat 12:40; Luc 11:30; cf. Jon 2:1). Al llegar a las márgenes del río
ese mismo viernes, descansaron el sábado en un proceso que involucraba al día
de preparación para el sábado (Juan 19:31), el sábado mismo y la mañana del
domingo (véase también Lev 25:21, en relación con el impacto del año sabático
que se extendía por tres años).
b) El relato de la llegada a
Jerusalén
¿Por qué debemos suponer que en el año 457 AC debió agregarse, al
concluir el invierno, un décimotercer mes, haciendo
que en ese año, el primer mes de primavera cayese en abril, y el séptimo de
otoño en octubre? Porque de lo contrario, astronómicamente hablando, hubieran
tenido que pesar la plata, el oro y los demás utensilios en Jerusalén el 27 de
julio, en un día de sábado (Esd 8:32-34).
En este respecto, nuestro hermano brasileño corrige a Horn y al Comentario
Bíblico Adventista como adoptando una fecha ligeramente diferente que no
puede mantenerse desde la perspectiva astronómica. Astronómicamente también,
afirma Juárez Rodríguez de Oliveira, el año 1844 es compatible con el año 457
AC, lo que supone también el requerimiento de un mes adicional para la
conclusión de los 2300 días-años. Igualmente compatible es ese año con el 31
DC, fecha de la pasión, el que por el relato de los evangelios mismos y por
confirmación astronómica, requiere un mes adicional también. El cuadro sería
octubre (457 AC), abril (31 DC) y octubre (1844 DC).
Los documentos babilónicos y los de los judíos de Elefantina que
registran un segundo Adar prueban también que, en
años compatibles metónicamente con el 457 AC (por ciclos de 19 años en donde la posición
de la luna en torno a la tierra y la tierra en torno al sol recobran su lugar o
tiempo original), debieron agregar un décimotercer
mes. Aunque los años 457 AC y 31 AC se corresponden metónicamente,
debemos recordar que dentro de los 19 años había varios años que requerían otro
décimotercer mes. Esto es lo que ocurre, según los
datos astronómicos, con el año 1844 que requería un mes adicional. Este aspecto
será conveniente guardar en mente para cuando lleguemos a la discusión de la
última fecha, el fin de los 2300 días-años. (Para los que quieran encontrar referencias
astronómicas de los años y sus relaciones con la luna, la tierra y el sol,
pueden verificar no solamente los cuadros que ofrece de Oliveira en su libro,
sino también las páginas de Internet que refiere).
Conclusión
Dan 9:25 suministra los datos históricos que debían darse para comenzar
a fechar los 2300 días-años y las 70 semanas de años de las profecías de Dan 8
y 9. “Desde que salga la orden [entre en vigencia el decreto] de restaurar y
reedificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe...” Esd
7:13 refiere el “decreto” u orden que emitió el rey. Esdras fue comisionado por
el rey para promulgar su decreto, razón por la cual tal decreto no se registró
o no quedó referencia al mismo en la corte persa. Ese decreto lo “entregó” o
hizo oficialmente público Esdras luego de llegar a Jerusalén y celebrar la
fiesta de las trompetas al comenzar el otoño (Tishri
1), o luego del Día de la Expiación (Tishri 10) (Esd 8:35-36). Fue entonces que el decreto correspondiente a
la restauración y reconstrucción de Jerusalén entró en vigencia.
¿En qué año ocurrió todo esto? En el séptimo año del rey Artajerjes, esto es, en el año 457 AC. ¿Cómo podemos estar
seguros de esa fecha? Porque todos los años del reinado de Artajerjes
están claramente confirmados por las tabletas babilónicas y persas que se han
encontrado, de acuerdo al calendario de primavera que usaron esos dos reinos.
Siendo que la referencia al séptimo año de ese rey persa la dio Esdras, debemos
convertir esas fechas al calendario judío. Tanto los testimonios bíblicos
anteriores al cautiverio babilónico como los posteriores son unánimes en
contabilizar los años de los reyes judíos y paganos según un calendario otoñal.
Fuentes extrabíblicas como los papiros de Elefantina
confirman esa datación bíblica mantenida por los judíos que vivían aún en medio
de una cultura egipcia y persa.
Fuera de este punto que no puede ponerse más en discusión está el saber
en qué momento murió Jerjes, el padre de Artajerjes. Según el calendario egipcio usado en los
papiros de Elefantina, Jerjes murió antes del 17 de
diciembre (Toth 1) del año 465 AC, de lo contrario,
los egipcios hubieran comenzado a fechar sus documentos en su año 22, lo que no
ocurrió (en este punto, de Oliveira corrige a W. Shea).
Si Jerjes hubiera muerto antes de Tishri
1 (18 de octubre), los escribas de Elefantina no hubieran comenzado a
contabilizar desde entonces su año 21, como realmente lo hicieron.
El papiro AP 6, fechado en el 2/3 de Enero del 464 AC, dice claramente
“año 21” de Jerjes y “comienzo de reino (o año ascensional)”
de Artajerjes. La frase r’s mlkwt’, “comienzo de reino”, es el
equivalente arameo exacto de la fórmula de año ascensional acadia res sarruti,
que designa el tiempo que precede al comienzo del primer año entero de reinado.
Para el año primero el arameo usa otra fórmula, según se ve en los mismos
papiros de Elefantina (véase documentación en S. Horn,
Chronology of Ezra 7,
137). De manera que los papiros de Elefantina nos confirman que luego de la
muerte de su padre Jerjes, los judíos contaron un año
ascensional de Artajerjes que debía llegar hasta el
otoño (Tishri 1) del año 464 AC para comenzar a
contar los años de su reinado.
Las demás referencias históricas fechadas por Esdras pueden ser
rastreadas también astronómicamente. De acuerdo a tales referencias, los judíos
deben haber agregado en ese año un décimotercer mes
antes de comenzar la primavera. De no escoger el año 457 AC como el punto de
partida y de llegada del viaje de Esdras de Babilonia a Jerusalén, y preferir
como lo hacen muchos críticos el año 458, Esdras y sus acompañantes hubieran
transgredido el sábado. De manera que histórica, arqueológica, bíblica y
astronómicamente, la fecha de octubre del año 457 AC para el comienzo de las
dos profecías que estamos estudiando de Dan 8 y 9, no puede ser negada.
Aunque podemos agradecerle a nuestro hermano brasileño de Oliveira por
la información mejor documentada que nos ofrece en algunos respectos, y su
aguda crítica a algunas posturas historicistas y no historicistas más
recientes, su esfuerzo por relativizar esa fecha desde la perspectiva histórica
con la idea de que es mejor defendible desde la perspectiva de la llegada (la
pasión de Cristo en el año 31 en la mitad de la última semana profética), es
exagerado e innecesario. Las evidencias son sólidas, bien documentadas e
irrefutables. El lenguaje científico usado por Siegfried
Horn no debe ser interpretado como revelando falta de
seguridad, o cierta incertidumbre referente a los datos que tenemos. Sólo
alguien no acostumbrado a ese lenguaje científico que usa la duda metódica como
medio de llegar a certidumbres o, en el lenguaje de Descartes, a conclusiones
“indubitables”, puede deducir de tales expresiones cierta relatividad en los
argumentos presentados.
También estoy de acuerdo con de Oliveira en que el comienzo de las 70
semanas y los 2300 días de la profecía no se dio al partir Esdras de Babilonia,
ni apenas llegado a Palestina como algunos teólogos nuestros lo sugieren, sino
luego que festejaron una de las dos primeras fiestas de otoño. Esdras dio a
conocer el decreto a los gobernadores del otro lado del río después que
celebraron la primera fiesta de otoño, la de las trompetas, o a lo sumo, luego
de concluido el Día de la Expiación diez días más tarde. No fue antes de ese
momento que los gobernadores de alrededor se dispusieron a obedecer el decreto.
Por consiguiente, el lenguaje utilizado por E. de White es más apropiado. La
puesta en marcha del decreto que autorizase la restauración y reconstrucción de
Jerusalén debe datárselo en el otoño del año 457 AC, lo que en términos
históricos corresponde al octavo año del rey Artajerjes.
Si la exposición de la cronología bíblica e histórica que ofrecieron los
milleritas en la primera mitad del S. XIX no pudo ser rebatida desde la perspectiva
científica por el mundo sapiente de entonces, ¿cuánto menos podrán destruir hoy
la fecha a la que ellos legaron, sin duda guiados por Dios, con toda la
documentación adicional y más precisa que tenemos nosotros?
El
texto del rey Artajerjes es significativo, porque
invita a ir con Esdras a todos los que quisieran cumplir con la ley del Dios de
Israel (Esd 7:11-26). En otras palabras, la misión de
Esdras tenía que ver con la restauración de la ley del Eterno que por
desobedecerla—según la oración intercesora de Daniel—el pueblo de Israel había
sido deportado y su templo y su ciudad destruidos (Dan 9:4-19). La respuesta
del ángel Gabriel a Daniel sobre la restauración de Jerusalén, tiene que ver
con la puesta en marcha de su aparato legal o jurídico que había sido destruido
por la rebelión de su pueblo. Se ha hecho notar también que luego del decreto
arameo del rey Artajerjes, Esdras comienza a escribir
en Hebreo, dando a entender que la restauración comenzó.
Las primeras siete semana de
años
¿Cómo serían los tiempos en los que se reconstruirían la plaza y la
muralla durante las primeras 7 semanas o 49 años? (Dan 9:25úp). ¿Quién debió
intervenir para evitar que el príncipe de este mundo impidiese el regreso y la
reconstrucción del templo y de Jerusalén? (Dan 10:1,13,20).
La manera en que Daniel señala las “siete semanas y sesenta y dos
semanas” es típica de la manera de sistematizar la cuenta de los israelitas, en
este caso, para resaltar espacios semanales destacando el siete. Toda la ley
relativa a las fiestas judías y los años sabáticos están enmarcados en una
sistematización de sacrificios y ritos que resalta al número siete. Un esfuerzo
semejante de sistematización en el Nuevo Testamento, que destaca múltiplos de
siete, se lo ve en la manera en que Mateo refirió la genealogía de Jesús en
períodos de 14 generaciones. Su genealogía se adapta, de esta manera, a esa
manera de contar sistematizada típica hebrea, abarcando el período patriarcal
(14 generaciones), real (14 generaciones), y post-exílico
hasta la primera venida del Señor (14 generaciones) (Mat 1:17). En el caso de
Daniel, 7 más 62 conducirían también, en el cómputo hasta el Mesías Príncipe
(Dan 9:25). También el Apocalipsis refiere siete períodos de tiempo que abarcan
toda la extensión del cristianismo desde la primera venida de Cristo hasta la
segunda.
El contexto de las primeras siete semanas de años parece sugerir también
que tendrían que ver con la reedificación de “la plaza y la muralla en tiempos
angustiosos” (Dan 9:25úp). Aunque sabemos que la reconstrucción de Jerusalén se
dio bajo enconada oposición y peligros, no tenemos fechas históricas definidas
que marquen el final de esa situación. Para la reconstrucción del templo,
anterior a la reconstrucción de Jerusalén, hubo también problemas de oposición.
Posteriormente los repatriados judíos tuvieron situaciones conflictivas también
con los monarcas de los siguientes imperios.
En los libros históricos de Esdras y de Nehemías, vemos que el obstáculo
para construir el templo y la ciudad de Jerusalén no siempre provino de los
reyes persas, sino también de los gobernadores que habitaban en las comarcas
circundantes, en especial de los samaritanos. Esos opositores locales escribían
cartas a los reyes persas para tratar de disuadirlos en su apoyo a la obra de
reconstrucción que se llevaba a cabo en Jerusalén (Esd
4-5). En esas cartas resaltaban la historia más negativa de los judíos que se
rebelaron contra los reyes caldeos en lo pasado, justificando la opresión y
destrucción de la cual fueron objeto los judíos. Advertían, en base a esos
hechos, sobre el peligro que implicaba para el rey medo-persa la autorización
de reconstruir su templo y su ciudad.
Cuando esto no dio resultados por que Dios, mediante sus profetas,
alentaba a los judíos (Esd 5:1-2), e intervenía
mediante sus ángeles en las cortes medo-persas (Dan 10:13,20), los samaritanos,
amonitas y árabes comenzaron a burlarse y a complotarse para atacar a los que
construían la ciudad, y matarlos (Neh 2:10,19-20; 4;
6). Los samaritanos provenían de los que habían quedado de las diez tribus de
Israel pero se habían mezclado con pueblos extranjeros que Asiria introdujo en
Palestina para hacerles perder su identidad (2 Rey 17). Los amonitas provenían
de un hijo de Lot, sobrino de Abraham. Y los árabes de Ismael, hijo de Abraham
también. Los peores enemigos de los judíos, por consiguiente, eran pueblos
emparentados con el pueblo de Dios, pero a quienes Dios nunca identificó como
su pueblo. Como hijos o parientes de Abraham, el padre de los judíos, creían
tener los mismos derechos sobre la tierra que Dios había prometido a Abraham, y
ser los auténticos herederos de la revelación divina. Los judíos—pensaban
ellos—habían sido descartados por Dios al llevarlos cautivos a Babilonia, y no
debía permitírseles agruparse otra vez en su ciudad destruida.
Para evitar ser aniquilados, los judíos que vivían fuera de las murallas
avisaban a los trabajadores cuando veían acercarse a estos pueblos enemigos,
con suficiente tiempo como para que los constructores pudiesen juntarse y
protegerse (Neh 4:12,16-18,20-23). Finalmente
intentaron acabar con Nehemías tendiéndole una celada. Lo invitaron a reunirse
con ellos, cinco veces y de diferentes maneras, pero Nehemías les mandó decir
siempre lo mismo: “Estoy realizando una gran obra, y no puedo ir; porque la obra cesaría si la dejara para ir a
vosotros” (Neh 6:3). Una actitud semejante adoptaron
los repatriados en Jerusalén luego, ante el pedido de los judíos de Elefantina
que solicitaron autorización para reconstruir un templo en esa isla del Nilo.
No les respondieron, y buscaron de esa manera no enredarse en los problemas de
aquellos que se habían alejado de los mandamientos de Dios.
Esto me hace recordar una leyenda árabe. Dos árabes se dirigieron hacia
la Meca para adorar a su Dios. Uno llegó y al volver, encontró a mitad de
camino a su compañero. A ambos les habían salido perros a ladrar. Mientras que
uno no les hizo caso ni se detuvo y logró su objetivo, el otro se enredó
tirándoles piedras y peleándose con ellos. Aunque puede requerirse a veces que
respondamos ante falsas acusaciones, calumnias y todo tipo de improperios, para
aclarar malos entendidos, a menudo es más sabio hacer como hicieron Nehemías y
sus colaboradores más allegados. Tiene que ver con lo que los franceses llaman
la política de la bicicleta. Agachar la cabeza y el lomo y seguir pedaleando
por debajo.
Todo tipo de estratagema inventaron para atemorizar a Nehemías y a los
que construían con él, pero sin que se dejaran engañar ni perdieran ánimo (Neh 6). “Así, el 23 de elud (septiembre), la muralla
quedó terminada en 52 días. Cuando lo oyeron nuestros enemigos, temieron todas
las naciones vecinas, se abatió su ánimo y reconocieron que por nuestro Dios
había sido hecha esta obra” (v. 15-16).
¡Qué noble ejemplo el de Nehemías, para nosotros que vivimos en la época
en la que deben restablecerse en todo el mundo las verdades de antiguas
generaciones, en especial la que toca a la restauración de los mandamientos de
Dios! (véase Isa 58:12-14). No podemos unirnos con quienes nos invitan a unirse
en otra obra diferente, ni aceptar la intromisión de quienes no tienen nuestra
visión para completar la obra que el Señor nos dio. Nada debe distraernos de
completar la tarea que se nos asignó para esta época. Ni tampoco podemos hacer
depender en todo nuestro ministerio del ministerio diferente que Dios dio a
otros. No debemos permitirle a nadie que nos haga renunciar al ministerio que
el Señor nos dio, ni dejarnos amilanar por la falta de comprensión de otros a
quienes Dios les dio otro ministerio, pero no el nuestro.
La
lucha espiritual
Daniel captó en grandes rasgos y anticipadamente esta situación de
emergencia, al recibir del ángel Gabriel una vislumbre de lo que su pueblo iba
a padecer mientras reedificaba las ruinas antiguas. El ángel vuelve a decirle
que en el cielo él es “muy amado” porque se afana por entender la visión
divina, y se angustia ante la oposición que ve en los reyes de sus días que no
quieren permitir el regreso de los cautivos.
“En el tercer año de Ciro rey de Persia, fue revelada Palabra a
Daniel... La Palabra era verdadera, y el conflicto grande. El prestó atención y
entendió la visión. En aquellos días, yo, Daniel, estuve triste durante tres
semanas. No comí alimento delicado, ni entró carne ni vino en mi boca, ni me
ungí, hasta que se cumplieron tres semanas enteras” (Dan 10:1-3).
“Y Gabriel me dijo: ‘Daniel, varón muy amado, atiende las palabras que
te hablaré. Levántate sobre tus pies, porque he sido enviado a ti... No temas.
Desde el primer día que aplicaste tu corazón a entender, y a humillarte ante tu
Dios, fueron oídas tus palabras, y a causa de ellas yo he venido. Pero el
príncipe del reino de Persia se puso contra mí 21 días. Entonces, Miguel, uno
de los principales príncipes, vino en mi ayuda, y yo quedé allí con los reyes
de Persia... ¿Sabes por qué he venido a ti? Porque tengo que volver a combatir
al príncipe de los persas. Y cuando yo me vaya, vendrá el príncipe de Grecia...
Ninguno me ayuda contra ellos, sino Miguel, vuestro Príncipe” (Dan
10:11-13,20-21).
Estos pasajes nos muestran que, aunque Dios anuncia de antemano lo que
va a hacer, e interpone fechas para afirmar la fe de su pueblo en sus promesas,
se da una lucha que sobrepasa el marco terrenal. La batalla real se lleva a cabo
en la esfera espiritual. Siendo que Dios respeta el libre albedrío, el diablo
procura ejercer su influencia opositora en las mentes de los príncipes de este
mundo para que no cumplan con el designio divino. A veces la batalla es grande,
como se ve en estos pasajes. Pero Dios envía ángeles poderosos ante los cuales
los ángeles de las tinieblas no tienen poder. Miguel es uno de esos mensajeros espirituales, mejor aún, el
principal, ya que es el Príncipe por excelencia del pueblo de Dios. Su nombre
prueba que es un ser comparable a Dios:
“¿Quién como Dios?”. Así como Emmanuel,
“Dios con nosotros”.
La lucha inicial que Miguel entabla con los príncipes de este mundo para
que cumplan los designios favorables de Dios para con su pueblo Israel, abarca
en Dan 10 todo el tiempo de ingerencia medo-persa sobre el pueblo de Dios. Esto
se ve también en el hecho de que la actuación de Miguel en favor de Israel iba
a extenderse al período de dominio del siguiente imperio, el de Grecia. Si
tomamos en cuenta todas las visiones de Daniel, vemos que el Príncipe celestial
está con su pueblo aún más adelante, “todos los días, hasta el fin del mundo”
(Mat 28:20).
Aunque no lo sepamos, ángeles del bien y del mal luchan por apoderarse
del control de la mente humana. Ejerciendo
el poder de la voluntad humana que Dios ha libertado mediante su redención en
la cruz, podemos ponernos bajo la influencia de los ángeles más poderosos de
Dios para no caer en tentación. “Resistid al diablo, y huirá de vosotros”, dijo
Santiago (4:7; véase 1 Ped 5:9). Si nos
vestimos con toda la armadura espiritual que el Señor nos ofrece (Ef 6:10-18), podremos vencer sobre toda potestad de las
tinieblas, espiritual o terrenal, que se atreva a interponerse entre nosotros y
nuestro Dios.
La
última semana
La última semana profética de
años está partida en el medio por el evento más significativo de toda la
cronología profética. A quienes les correspondió decir “Ich
bin schon da”, al comenzar
esa semana, fueron al Señor y a los apóstoles. Partiendo del año 457 AC, más
definidamente en el otoño de ese año, el Señor debió haber comenzado su
ministerio público también en el otoño del año 27, luego de ser bautizado,
diciendo: “El tiempo se ha cumplido, el
reino de Dios está cerca. ¡Arrepentíos, y creed las buenas nuevas” (Mar 1:15).
Más tarde Pablo iba a escribir a los gálatas diciéndoles: “Pero cuando se cumplió el tiempo, Dios envió
a su Hijo” (Gál 4:4).
Esa última semana debía
comenzar teniendo como protagonista al Mesías (Dan 9:25). La expresión “hasta
el Mesías Príncipe”, significa que, a partir de ese momento, el Mesías
comenzaría su obra, su misión. El título que se le refiere es el de “Príncipe
Ungido” o “Cristo Príncipe”, ya que Cristo es el término griego equivalente a
Mesías en hebreo, y “Ungido” en castellano. A diferencia de los títulos
conferidos al personaje central del libro de Daniel, la palabra “Príncipe”
usada en hebreo aquí es nagîd,
un término que nunca se usó en la Biblia para un personaje celestial. Mientras
que en los demás casos, el príncipe del pueblo de Dios es reconocido como sar, “príncipe”,
que en algunos pasajes se refiere al verdadero príncipe de Israel,
identificándolo con su misión celestial (Dan 8:11; 10:21; 12:1; cf. Jos 5:14-15); por el
término nagîd
se destaca su misión terrenal al punto de señalar la prueba más contundente de
su humanidad, su muerte (Dan 9:26).
El pasaje no refiere, en un
primer momento, el momento exacto en que moriría el “Príncipe” a venir.
Simplemente dice que su muerte tendría lugar “después” de las 7 más 62 semanas.
Resulta obvio que su muerte no debía tener lugar antes de cumplir su misión que
se iniciaría al comenzar esa última semana profética. Dice también el pasaje
que ese “Mesías Príncipe” no se suicidaría, sino que le quitarían la vida (Dan
9:26). El hecho de que su misión principal en la tierra iba a estar ligada a su
muerte, y que nadie podría quitársela sin su consentimiento (Juan 10:17-18), no
debía interpretársela como una auto-incineración, típica de las religiones
orientales en momentos de crisis. El hecho de que moriría en cumplimiento de lo
que el concejo celestial había determinado de antemano (Hech
4:28), no disminuiría la inculpación de quienes asumirían la responsabilidad de
su muerte. Esa inculpación caería primeramente sobre los dirigentes de la
nación judía que lo entregaron a los romanos (Mat 27:25; Hech
5:28; véase 23:35; 21:40-41,43; Hech 28:28), y en
última instancia, a toda la humanidad rebelde que habría de negarlo rechazando
su evangelio de salvación (Rom 3:9; Heb 10:29).
La muerte del Mesías Príncipe
prometido se daría a la mitad de esa última semana profética, y estaría
vinculada al sacrificio típico de animales limpios que debían morir en
expiación por el pecado (Dan 9:27). Con el rasgamiento del velo de arriba a
abajo, la Deidad demostró su rechazo por ese sistema de culto antiguo (Mat
27:51; Heb 10:19-22). Aunque por un corto tiempo, los
sacerdotes judíos continuasen con el sistema de sacrificios de animales, su
suerte estaría sellada con la muerte de Aquel a quien todos los sacrificios
señalaban. Toda ministración sacerdotal terrenal
antigua caducaría. Es en este sentido que debe entenderse la declaración: “hará cesar el sacrificio y la ofrenda” (Dan
9:27; véase Heb 8:13; 9:9-10; 10:8-10). En cuanto a
la concretización material de esa anulación divina de los servicios del templo
de Jerusalén que ya había perdido vigencia con la muerte del Señor, tendría
lugar más tarde, sin fecha definida, con el advenir de los asolamientos romanos
(Dan 9:27; Mat 24:15).
El
año 27
Varios pasajes del Nuevo
Testamento, acompañados de otros datos históricos ofrecidos por el historiador Josefo y otras fuentes, nos permiten ubicarnos en relación
con los eventos más importantes que tuvieron lugar en esa semana final de las
70 anunciadas por Daniel. Uno de ellos es el de Juan 2:20, que tuvo lugar poco
antes de la celebración de la primera pascua después que Jesús fue bautizado.
a)
Juan 2:20
Jesús purificó el templo
expulsando a los que comerciaban en él, dando a entender que él era el
verdadero representante de la casa de Dios. Sólo uno como Moisés podía tener
autoridad para obrar así (véase Núm 16:28-35). Los
discípulos recordaron un salmo de David, y entendieron que estaba obrando como
un segundo David (Juan 2:17; cf. Sal 69:10). Pero más que Moisés y David,
entendieron después que había venido como la “gloria” o shekinah
que había descendido en la antiguedad sobre el
antiguo tabernáculo del desierto, ya no más escondida en una nube, sino
cubierta en la carne humana (Juan 1:1,9,14; véase DTG, 130ss, CS, 26-27).
Así como la gloria divina
fulguró entonces de entre la nube ejerciendo el juicio divino y causando temor
en los transgresores, así también la primera intervención de Jesús en el templo
de Jerusalén tuvo como propósito representar el juicio que caerá sobre los que
traspasan la ley de Dios (DTG, 134).
A todas luces, el Mesías Príncipe prometido había comenzado su ministerio
público (DTG, 132), lo que desembocó
en una discusión acerca de la autoridad de Jesús para obrar así en el templo
del Señor, imponiéndose sobre todos los que allí oficiaban. ¿Qué más señal
necesitaban que la que les dio expulsándolos por su sola presencia, algo
imposible a menos que la divinidad no hubiese fulgurado sobre su humanidad, y
la autoridad divina no se hubiese manifestado? Por lo cual Jesús les refirió la
señal de su muerte y resurrección futuras, usando la figura del templo sobre el
que acababa de revelarse como futuro Juez. “Destruid este templo, y en tres
días lo levantaré” (Juan 2:19). Replicaron los judíos: ‘En 46 años fue
reedificado este templo, ¿y tú lo levantarás en tres días?’” (Juan 2:20).
El segundo templo construido
bajo los auspicios de Zorobabel fue inaugurado en el
año 516 AC. En los días de Jesús, sin embargo, se lo conocía como “templo de
Herodes” porque ese rey había embellecido no sólo la ciudad, sino también el
templo con enormes piedras de mármol que hizo traer, incluso, de Roma mismo.
Por tal razón ese templo volvió a ser inaugurado, aunque sin contar tampoco,
hasta el momento en que apareció el Señor para limpiarlo de sus traficantes,
con la gloria de Dios en su interior.
El historiador judío llamado Josefo, escribiendo después de la destrucción de Jerusalén,
declaró que Herodes comenzó a construir el templo “en el año 18 de su reino” (Ant. 15:11.1),
corrigiendo aparentemente, una declaración anterior suya de haberlo comenzado
en el año 15 de su reino. Herodes no quiso comenzar la reconstrucción hasta no
tener todo preparado. También nos informa Josefo que
su construcción duró un año y medio (Ant 15:11.6), aunque “por más de cuarenta años” se continuó
embelleciéndolo con diferentes artes arquitectónicos (CS, 27).
Lamentablemente nuestra fuente
principal para saber cuándo comenzó esa reconstrucción y se dio su
inauguración, es Josefo quien no había nacido
entonces y cometió errores históricos, como ya vimos. A esto se suma la
dificultad para saber qué calendario usó ese historiador, y si tuvo en cuenta
algún año ascensional en relación con los años de reinado de Herodes, lo que ha
producido en tiempos modernos una considerable discusión. Tomando como
referencia las declaraciones de Josefo, más los
antecedentes de la construcción del templo de Salomón (1 Rey 6:1), y la
reconstrucción por Zorobabel (Esd
3:8), se ha deducido que la reconstrucción del templo de Herodes comenzó en la
primavera del 19 AC, y su inauguración tuvo lugar en el otoño del 18 AC. Si
sumamos 46 años desde el momento en que comenzó a reconstruirse el templo de
Herodes, llegamos al año 28 DC., al comenzar la primavera, cerca de la Pascua,
cuando Jesús limpió el templo del comercio ilícito que se había desarrollado
allí.
No olvidemos que entre los
años AC y los años DC no existe en la historia un año 0 y que, por lo tanto, la
cantidad de años no se la obtiene sumando 19 más 28, lo que daría 47, sino
quitándole un número a esa cifra, lo que da 46 años. Esto se debe a que el año
1 AC se sigue por el año 1 DC. Pongamos como ejemplo el siguiente gráfico
pequeño.
2AC____1AC____1DC____2DC
¿Cuántos años pasaron entre el 2 AC y el 2 DC? No cuatro años, sino tres años.
b) Luc 3:23
En la historia de Domingo
Faustino Sarmiento—un prócer argentino de mediados del S. XIX que fue embajador
en los EE.UU. y finalmente presidente de Argentina—hay una anécdota
interesante. La vida de Sarmiento está ligada en Argentina a la educación.
Nacido en la para entonces y aún hoy humilde provincia de San Juan, se esforzó
por estudiar y aprender cuando las posibilidades eran pocas. En un pueblito aún
pequeño e insignificante de la provincia de San Luís, cerca de San Juan,
llamado San Francisco del Monte de Oro, levantó cierto tiempo después una
escuelita de barro que aún se conserva en pie como monumento histórico. (Allí
comencé mi primer verano de colportaje cuando estaba
para cumplir 18 años, es decir, casi en la época de Sarmiento...). Sus alumnos
provenían de todas las edades, y su enseñanza era la de leer y escribir. Un
día, uno de los adultos, al verlo obrar con tanta autoridad siendo tan joven,
le preguntó por su edad. Rápido como siempre lo fue para responder, replicó:
“Tengo 14 años, y hace dos que soy hombre”.
“Entre los judíos, el año
duodécimo era la línea de demarcación entre la niñez y la adolescencia. Al
cumplir ese año, el niño hebreo era llamado hijo de la ley y también hijo de
Dios” (DTG, 56). Los 30 años
marcaban, sin embargo, la edad en que un judío llegaba a su madurez como
adulto, y era aceptado como en plenas facultades para ejercer su ministerio
público. Por tal razón, tanto el ministerio de Juan el Bautista, mayor en seis
meses en relación con Jesús (Luc 1:36), como el
ministerio de Jesús, debía esperarse en principio hasta que cumpliesen los 30
años.
“Cuando Jesús comenzó su
ministerio tenía unos 30 años” (Luc 3:23). Si Lucas
no se expresó en forma categórica sobre la edad exacta, es porque sabía que
había diferentes maneras de contar y en relación con calendarios diferentes.
“En los tumultos y cambios de 30 años” desde que Zacarías había profetizado
“que su hijo sería el heraldo del Mesías”, pocos recordaban lo que había pasado
entonces (DTG, 107). Las
ilustraciones que dio Juan en su mensaje a la nación judía reflejan la estación
del año en que comenzó su ministerio, en torno a la Pascua que iniciaba la
cosecha de la cebada y a la que seguía la cosecha del trigo (Mat 3:7,12; Luc 3:15-18). Seis meses más tarde debía comenzar su
ministerio Jesús, quien se dirigió con tal propósito hacia aquel que debía
prepararle el camino, según las profecías de Isaías. No bien fue bautizado, y
luego de los 40 días que pasó en el desierto, Jesús dio a entender a su madre
en las bodas de Caná, con el mismo respeto de hijo
amante que le había manifestado “durante 30 años”, que los derechos de Dios
superan aún al del parentesco (DTG,
120).
El problema que tenemos aquí
también, tiene que ver con la fecha en que Jesús habría nacido. Los
historiadores hoy están divididos en relación con la fecha exacta. Los hay
quienes dan la fecha del 6 AC, y lo más que podemos afirmar es que no ocurrió
después del 4 AC., lo que nos lleva de nuevo al año 27 de nuestra era. La fuente
mayor de información, en relación con su nacimiento, es otra vez el historiador
Josefo, quien incluyó en su referencia histórica un
eclipse de luna que tuvo lugar poco antes que muriese Herodes.
Astronómicamente, hoy se puede saber que tal eclipse tuvo lugar el 12/13 de
marzo del 4 AC. Los evangelios cuentan que Herodes murió poco después que Jesús
nació (Mat 2:1-38; Luc 2:1-7), y Jesús nació también
en torno a esa época del año, como lo prueba el hecho de que los pastores
estaban a media noche en pleno campo (Luc 2:8).
Sin embargo, no se nos dice
cuántos meses transcurrieron entre ese eclipse y aún entre la Pascua que se
celebró antes de la muerte de Herodes, y la muerte misma de Herodes. Hubo un
eclipse de luna también en el 3 AC que, aunque no fue visible en Jerusalén,
puede haber sido usado como referencia por los astrónomos caldeos que desde la
Mesopotamia pudieron verlo. Por lo cual las evidencias parecen apuntar en la
dirección del 3 AC como el año en que murió Herodes. Todos estos datos históricos
nos llevan de nuevo, en forma general, al año 27 DC como el año en que Jesús
inició su ministerio.
c) Luc 3:1-3
De los cuatro evangelistas,
Lucas es el que más se preocupó por fundamentar históricamente los hechos más
importantes de la historia de Cristo (Luc 1:1-4). Los
datos cronológicos más precisos se encuentran en su evangelio, en especial el
que refiere el comienzo del ministerio de Juan el Bautista (Luc
3:1-3). En relación con ese hecho tan importante, Lucas puso como referencia
histórica los años de reinado de varios personajes. Los dos nombres más
significativos de la lista que da son Tiberio César y Pilato.
Considerémoslos por separado.
Tiberio
César
Juan el Bautista recibió el
llamado del Señor para comenzar su ministerio en el desierto “en el año quince
del gobierno de Tiberio César” (Luc 3:1-2). Ese
emperador comenzó a reinar en el año 12 DC, en corregencia con el emperador
Augusto, por decreto del Senado Romano y en ratificación del pedido del
emperador Augusto que murió dos años después. Siendo que la referencia la da
Lucas, la discusión se centra en la forma de contar que habría tenido el
evangelista, si de acuerdo al método romano o al tradicional judío que
adoptaron también los sirios desde la época seléucida,
esto es, de otoño a otoño.
Los romanos solían contar los
años de reinado desde el momento en que el emperador reinaba solo, no desde que
era nombrado corregente (emperador conjuntamente con el que cede algunas de sus
funciones vitalicias aún en vida). Si tomamos ese hecho como referencia,
Tiberio César habría comenzado a reinar el 14 DC, y no el 12 cuando fue
nombrado corregente. Esto nos llevaría al año 28-29 DC para su décimoquinto año de reinado, lo que haría a Jesús dos años
más viejo de lo que Lucas dice (tomando como referencia el año 4 AC), o
requeriría que hubiese nacido dos años más tarde (en el 2 AC), lo que tampoco
coincide con los datos que dio Lucas sobre su nacimiento en época de Herodes
(quien para el año 2 AC ya había muerto).
Siendo que Lucas vivió, fue
educado y escribió en el oriente, debe haber usado el método de computar los
años de los reyes que se usaba en toda Palestina, incluyendo a Siria. Por otro
lado, los historiadores romanos Suetonio y Tácito
refirieron la ley que los cónsules romanos decretaron luego de que Tiberio
César volvió victorioso de su campaña militar en la región bárbara de Alemania
y Panonia, precisando que Tiberio César debía gobernar las provincias
conjuntamente con Augusto y tener un censo con él”. Tácito llega a describir a
Tiberio como “collega imperii”,
confirmando que algunos lo consideraron co-emperador
desde esa época.
Teniendo en cuenta estos
hechos, más el sistema de cómputo otoñal palestino judío y sirio que debe haber
usado Lucas, podemos afirmar que el décimoquinto año
de Tiberio César se habría dado entre el otoño del 26 DC al otoño del 27 DC.,
más definidamente aún con la ayuda de la astronomía y teniendo en cuento los
meses bisiestos, entre el 01/02 de octubre de 26 DC al 20/21 de septiembre de
27 DC. (Juárez Rodríguez de Oliveira, 44). Juan el Bautista, según la
información histórica dada por Lucas, habría comenzado su labor precursora en
la primavera del 27 DC., y Jesús habría sido bautizado en el otoño de ese mismo
año.
Pilato y
los otros gobernantes mencionados
El siguiente nombre que
refiere Lucas es el de Pilato. Al mismo tiempo que
Tiberio César estaba en su décimoquinto año, “Poncio Pilato” era “gobernador de Judea. De acuerdo a las
declaraciones del historiador Josefo y a las del
historiador romano Tácito—este último en relación con la fecha de la muerte de
Tiberio César y la cese de funciones de Pilato—Pilato habría sido nombrado Praefectus
Iudaeae después del 1 de julio del 26 DC. Esta
información histórica va contra la fecha elegida hoy por la mayoría de los intérpretes
modernos del 26 DC como el comienzo del año del ministerio de Jesús, puesto que
cuando Juan el Bautista comenzó a predicar en la primavera, Pilato
era ya gobernador (Luc 3:1). [De haber comenzado Juan
su ministerio en el año 26 DC, eso hubiese correspondido con a lo sumo el
fin del verano, y Jesús habría tenido
que ser bautizado seis meses más tarde a comienzos del año 27 DC].
Los períodos administrativos
de los demás gobernantes mencionados en Luc 3:1-3
corresponden, así, a las siguientes fechas. Poncio Pilato
(26-36 DC), Herodes Antipas (4 AC – 39 DC), Felipe (4
AC – 33/34 DC), Anás (6-14 DC), Caifás (18-36 DC).
Véase Owusu-Antwi, Chronology of Dan 9:24-27, 307.
Época
en que fue bautizado Jesús
Ya vimos que Juan el Bautista
se llevaba seis meses de diferencia con Jesús, lo que sugiere que Jesús se
habría dirigido al Jordán medio año después que Juan comenzó, según la
profecía, a prepararle el camino (Isa 40:3-4). Siendo que la profecía de las 70
semanas comenzó en el otoño del año 457 AC, era también lógico esperarse que el
Mesías Príncipe fuese “Ungido”, bautizado, en el otoño del 27 DC. De no ser
así, también quedaría fuera de cuadro la mitad de la última semana cuando Jesús
habría muerto, haciendo cesar el sacrificio y la ofrenda (Dan 9:27).
No se nos dice cuánto tiempo
le llevó a Juan atraer la atención de la nación a su ministerio que había
comenzado en la primavera de ese año. Pero para que todo el pueblo se dirigiese
hacia el desierto donde se encontraba, al punto de requerir la intervención de
las autoridades de Jerusalén, deben haber transcurrido sus buenos meses.
Recordemos que en esa época no había TV ni diarios ni radio como hoy para
alertar a la población.
La profecía de Daniel que
estamos estudiando declaraba que desde el comienzo de la profecía de las 70
semanas de años hasta el “Príncipe Ungido”, habría 7 más 62 semanas (69). Fue
entonces cuando el Príncipe de los cielos comenzó su ministerio público, siendo
bautizado y ungido en el río Jordán. En esa oportunidad Dios lo reconoció como
Hijo, diciendo: “Este es mi Hijo amado en el cual tengo complacencia” (Mat
3:17).
Se ungía a reyes y sacerdotes
con un cuerno cargado con aceite que se derramaba sobre la cabeza de la
persona. El aceite era símbolo del Espíritu Santo (Zac
4:2,5-6). Por esta razón, cuando el Espíritu de Dios descendió como paloma
sobre el Hijo de Dios, el símbolo cedió paso a la realidad. “Tan pronto como
Jesús fue bautizado, subió del agua. En ese momento, el cielo se abrió, y Jesús
vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y una voz
del cielo dijo: ‘Este es mi Hijo amado, en quien me complazco’” (Mat 3:16-17).
El reconocimiento divino de
Jesús como Hijo al ser ungido fue anunciado proféticamente también en el Salmo
2, cuando Dios hizo ungir a David, símbolo del Mesías a venir, como rey de
Israel (Sal 2:7). Juan el Bautista confirmó que Dios le anticipó que cuando
viese descender el Espíritu sobre Jesús, podría saber que era el Hijo prometido
quien bautizaría también con el Espíritu Santo (Juan 1:33-34). Después de ser
bautizado, Jesús pudo decir: “El
Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido” (Luc 4:18; cf. Isa 61:1-2). ¿Para
qué lo ungió el Espíritu del Señor? Para dar inicio al ministerio que debía
llevar a cabo el Mesías en favor de su pueblo, según lo profetizado en Isa
61:1-2 (véase Luc 4:21).
Esto lo entendieron también
los apóstoles. Andrés encontró a su hermano y le dijo: “Hemos hallado al Mesías [Ungido] (Juan 1:41). Pedro declaró más
tarde lo mismo cuando relató lo sucedido. “Vosotros sabéis lo que se divulgó
por toda Judea, comenzando desde Galilea, después del bautismo que predicó
Juan, cómo Dios ungió con el Espíritu
Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y
sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hech 10:37).
El
año 31
Siguiendo el hilo conductor
que nació en el año 457 AC, llegamos a la mitad de la última semana de las 70
anunciadas por la profecía, a la primavera del año 31 AC. Jesús murió en ocasión
de la Pascua, es decir, en primavera. ¿Cuánto tiempo duró el ministerio
terrenal público de Jesús? Los evangelios son claros al referir las fiestas en
las que participó.
El evangelio de Juan menciona
tres celebraciones pascuales que tuvieron lugar después del bautismo de Jesús
(Juan 2:23; 6:4; 12:1). Sin embargo, entre las dos primeras pascuas
mencionadas, hay informaciones que revelan un espacio mayor de un año. Por
ejemplo, Jesús da a entender en Juan 4:35 que faltaban cuatro meses para la
cosecha, lo que nos lleva al comienzo de la primavera. Siendo que en ese año,
al acercarse la época de las primicias, la cebada parece haber madurado algo
prematuramente según la ilustración que usó Jesús, es probable que ese año o el
anterior haya tenido un mes bisiesto. Siendo que el relato de la primera pascua
precedió al relato de Jesús con los samaritanos (Juan 2:23; 4:35), se deduce
que el segundo relato debió haber tenido lugar al acercarse la Pascua del año
29. Aún si “la fiesta” de Juan 5:1 hubiese sido la del Pentecostés o la de las
Cabañas, estaríamos ante un año adicional, ya que el año litúrgico de cosecha
comenzaba con la Pascua y las Primicias de la cebada.
Aquí debo corregir la fecha
del año 28 AC que di en referencia a Juan 4:35 en algún punto de la larga parte
introductoria de esta serie, ya que debe haber pasado un buen tiempo entre la
Pascua de Juan 2:23 y “la fiesta” de Juan 5:1, a menos que por haber Juan el
Bautista preparado el camino para el ministerio de Jesús, el éxodo de atracción
se hubiera dado en forma natural y rápida hacia Jesús (véase Juan 3:22,26;
4:1-3,43-45). Aún así, la cuenta de cuatro meses hasta la cosecha del trigo,
partiendo de un tiempo indefinido posterior a la Pascua que comenzaba con las
primicias de la cebada, parece demasiado larga.
Con la segunda “fiesta”
mencionada en Juan 5:1 tendríamos en total cuatro Pascuas o ciclo de fiestas
celebradas durante el ministerio de Jesús. La Pascua mencionada en Juan 2:13
sería la del año 28, la fiesta de Juan 5:1 la del año 29, la Pascua de Juan 6:4
la del año 30, y la Pascua final en la que Jesús dio su vida por los pecadores,
mencionada en Juan 12:1, correspondería a la del año 31. ¿Qué decía la profecía
de Daniel con respecto a la fecha en que moriría el Mesías? Que a la mitad de esa
última semana de años se haría cesar el sacrifico y la ofrenda, es decir,
moriría el Mesías Príncipe (Dan 9:27). Los evangelios cuentan que eso sucedió
en ocasión de la celebración de las primeras dos fiestas anuales, la de la
Pascua y la de los Panes Ázimos. Por consiguiente, el comienzo de esa semana de
años debía tener lugar en el otoño, tres años y medio atrás, confirmando las
deducciones extraídas del relato de los evangelios ya consideradas más arriba.
Los
datos bíblicos y astronómicos
Para determinar el año de la
Pasión—término éste que se usa comúnmente para referirse a la muerte del Hijo
de Dios—la discusión actual se centra en los datos astronómicos que mejor se
corresponderían con el relato de los evangelios. En este respecto, debemos
tener en cuenta que mientras que los años pueden tener días o meses bisiestos,
según el calendario que se use, la semana es inamovible. Los judíos siguen
guardando ininterrumpidamente su sábado, y los católicos y protestantes su
domingo. Ninguno de los dos cuerpos religiosos iba a tolerar un cambio que, por
otro lado, de haber ocurrido, los hubiera llevado a no respetarlo.
Es así como los datos de los
evangelios referentes a los días de la semana en que el año de la Pasión
cayeron la Pascua, los Panes Ázimos y las Primicias, son de mucho valor. En
efecto, la fecha de la Pascua en el 14 del primer mes de Abib
no podía caer siempre en jueves, o en viernes, o en sábado. Eso variaba de año
en año. Al requerirle a la computadora astronómica datos exactos en referencia
al año en que esas fiestas cayeron en un fin de semana, las opciones se
reducen. Al mismo tiempo, ese mismo hecho nos permite deducir como una prueba
adicional, que en el año de la Pasión hubo otro mes bisiesto (segundo Adar o décimotercer mes que
precedía al primero de la Pascua).
¿Cuándo
cayó la Pascua en el año de la Pasión?
Los relatos de los evangelios
son claros al referir el día de la semana en que Jesús murió en la cruz. Ese
día fue un viernes (Mar 15:42; Luc 23:54), descansó
el sábado en la tumba de su obra de redención como lo hizo al principio en el
primer día de sábado de su obra de creación (Luc
23:56), y resucitó en la mañana del domingo (Mat 28:1; Mar 16:2; Luc 24:1). Lo que requiere un estudio más definido tiene
que ver con el día de fiesta anual en que cayó en el viernes.
La mayoría de los cristianos
hoy cree que Jesús murió como el cordero pascual el viernes poco antes de la
puesta del sol, y toman para ello ciertas referencias del apóstol Juan
(19:31,42). Basados en un calendario rabínico actual que no es necesariamente
el bíblico—como veremos en la parte final de esta serie—vuelven hacia atrás y
deducen como posible comenzar el año de la crucifixión temprano, en marzo del
año 30. De esta manera, en base al calendario rabínico actual, más la deducción
de que la Pascua cayó en viernes en el año de la Pasión, y los datos
astronómicos que tenemos hoy, la mayoría de los autores tanto católicos como
protestantes llega a la conclusión de que Jesús debe haber muerto en el año 30,
y no en el 31.
Los que, sobre las mismas
bases, han tratado de sincronizar los datos astronómicos tomando como
referencia el año 31, encuentran serios obstáculos, como lo hace notar nuestro
hermano brasileño, Juárez Rodríguez de Oliveira. En efecto, para poder
fundamentar cómodamente los datos astronómicos en el año 31, debemos partir de
la base de que Jesús no murió en el día en que se ofrecía el cordero pascual,
sino al siguiente día, y en un mes precedido por un segundo Adar
o mes bisiesto, en el que el viernes correspondería al 15 de Nisán, fecha en
que comenzaba la Fiesta de los Panes sin Levadura o Panes Ázimos. De ser así,
sería imposible que el año de la crucifixión hubiese caído en el año 30. Por
tal razón, la discusión actual tiene dos focos, uno astronómico, y otro
bíblico.
El
cordero pascual se ofreció el jueves
Quedé gratamente contento con
la lectura del material que sobre la Pascua judía incluyó de Oliveira. Ya antes
de obtener mi doctorado en teología me había interesado en el tema de las
fiestas judías. Eso ocurrió en la década de los 70. Mi pasión por el tema me
llevó a preparar una serie de trabajos. El primero de los cuales relativo a la
Pascua y los Panes Ázimos fue publicado entonces en dos números de la revista
Ministerio Adventista. Allí tuve que encarar la aparente contradicción
cronológica dada por los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), en
relación con el testimonio de Juan en su evangelio. Lo que hice para aquella
época fue publicar lo que los intérpretes modernos y el Comentario Bíblico
Adventista publicaron, algo que nuestro hermano de Oliveira rechaza
categóricamente, y con buenas razones.
Los teólogos adventistas en
general, incluyendo el último folleto de la Escuela Sabática (Enero-Marzo 2005,
comentario del 30 de Enero), han seguido la creencia de la mayoría de los
católicos y protestantes de que Jesús murió cuando se sacrificaba el cordero
pascual, en un viernes 14 de Nissán (o Abib). Creen que, por razones que consideran desconocidas
hasta ahora, había dos celebraciones en los días de Jesús, una familiar que se
sacrificaba el 13 de Nisán y se comía al comenzar el 14 después de puesto el
sol, y otra oficial en el templo el 14 mismo de Nisán antes de ponerse el sol.
Mientras que la primera podría haber sido guardada por elementos liberales del
judaísmo, la segunda habría tenido que ver con su celebración por la ortodoxia
judía.
Nuestro hermano de Oliveira
rechaza tal posición, y con buenos argumentos. Ni Jesús ni los apóstoles iban a
hacer nada contrario a la ley. Según él, los teólogos cristianos modernos,
inclusive los adventistas, pusieron a un lado el testimonio de los evangelios
sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), porque no entendieron ciertas declaraciones
del evangelio de Juan. Mientras que los críticos liberales simplemente descartan
como valor histórico los sinópticos en este respecto, otros teólogos más
conservadores, entre ellos adventistas, intentaron armonizar ambos testimonios
y sugirieron que, por razones desconocidas hasta el momento, habrían habido dos
celebraciones pascuales en los días de Cristo, una familiar y otra pública y
oficial. Pero esta suposición va contra el testimonio de la ley mosaica y de la
historia de Israel. En otras palabras, por una mala lectura del evangelio de
Juan que, según suponen, habría ubicado la crucifixión en un viernes de Pascua,
los teólogos críticos y liberales terminaron creyendo que el testimonio de los
sinópticos era contradictorio, y algunos teólogos conservadores creyendo que
habría habido dos celebraciones diferentes.
La
hora del sacrificio pascual
En la época de Jesús, la
fiesta de la Pascua y la de los Panes Ázimos estaba tan relacionada que a
menudo se referían a la Pascua por el nombre de los Panes sin Levadura (Luc 22:1; véase Ex 12:18). Esto se debe a que, aunque el
cordero era sacrificado “entre las dos tardes” el 14 de Nisán (Ex 12:6), se lo
comió en Egipto a la noche, junto con “panes sin levadura” (Ex 12:8), “pan de
aflicción” (Deut 16:3). La ley deuteronómica
especificaba que el cordero pascual debía ser sacrificado “cuando el sol
desciende” o “en la puesta del sol” (Deut 16:6).
¿Qué significaban estas dos
expresiones, “entre las dos tardes” y “cuando el sol desciende”? La expresión
“tarde” podía a veces significar algún tiempo antes de la puesta del sol (Neh 13:19). Otras veces implicaba la misma puesta del sol
(Ex 12:18; Lev 22:7; cf. 11:25,27,31,17:15, etc.; 23:32), o aún inmediatamente
posterior a la puesta del sol (Mar 1:31). Por tal razón, cuando Dios indicó el
momento del sacrificio del cordero pascual, tuvo en cuenta que había varios
sacrificios y ofrendas que ofrecer, los que debían tener lugar antes de la
puesta del sol misma (incienso: Ex 30:8; holocausto de la tarde: 29:39,41;
cordero pascual: 12:6).
¿Cómo entendieron los judíos
la expresión “entre las dos tardes” aplicada al sacrificio del cordero pascual?
Las fuentes rabínicas nos informan que esa expresión se refería al tiempo que
seguía al mediodía, y especifican que se degollaba al cordero pascual y se lo
ofrecía entre la hora octava y la nona o, en nuestro horario, entre las 2 y 3
de la tarde (Mish. Pes.5:1,3; véase Pes 58a). Josefo, por su parte, concuerda en que se sacrificaba el
cordero pascual entre las 3 y 5 de la tarde (Guerras Judías 6.9.3). Filón afirma también que “todo el pueblo
ofrece sacrificio” en la Pascua “comenzando al mediodía y continuando hasta
concluir la tarde” (XXVII, 145). Si la Pascua coincidía con un viernes, se
sacrificaba el cordero pascual media hora después de la hora sexta y se lo
ofrecía media hora después de la séptima hora, esto es, entre las 12:30 del
mediodía y la 1:30 de la tarde (Pesahim 5:1). Esto
hace imposible que Jesús hubiera muerto a la hora del sacrificio del cordero
pascual en un presunto viernes 14 de Nisán, ya que murió a eso de las 3 de la
tarde (Mat 27:45-46; Mar 15:33-34; Luc 23:44).
El libro de los Jubileos
confirma que debían sacrificar el cordero pascual antes que concluyese la tarde
para poder comerla a la noche (49:1,10-11,19). Los manuscritos del Mar Muerto
entendieron igualmente el momento requerido por la ley para sacrificar y
ofrecer al cordero como teniendo lugar antes del holocausto de la tarde (Rollo del Templo, col. XVII, 6). El
contexto del pasaje bíblico, en efecto, debe entendérselo como teniendo lugar
en algún momento antes de la puesta del sol, ya que cuando se ponía el sol se
entraba al décimoquinto día del mes (véase Lev
23:5-7). Jamás hubiera podido el rey Josías ofrecer y asar miles de animales en
la Pascua, si el sacrificio debía tener lugar cerca de o a la puesta misma del
sol (2 Crón 35:1-19).
El
testimonio de los sinópticos
Siendo que la ley prohibía
sacrificar el cordero pascual fuera del lugar que Dios escogería para morada de
su nombre (Deut 16:2,5-6), la Pascua que celebró
Jesús con sus discípulos tuvo que haberse sacrificado en el jueves, y el día de
la Pascua (Nisán 14), por consiguiente, debe haber caído en jueves. La Santa
Cena, en cambio, debió tener lugar en la misma noche que, según el cómputo
judío de puesta de sol a puesta de sol, ya correspondía a Nisán 15, cuando
comenzaba la fiesta de los Panes sin Levadura. Por eso los evangelios
sinópticos identifican la celebración de la Pascua con la de los Panes Ázimos,
pero dando a entender que el sacrificio pascual tuvo lugar antes de la puesta
del sol el jueves 14 de Nisán, y la comida en el primer día de los Panes sin
Levadura al comenzar el viernes 15 de Nisán, luego de ponerse el sol ese mismo
jueves (Mat 26:17-19; Mar 14:12-17; Luc 22:1,7-13;
véase Núm 33:3-4; Deut
16:1-4; véase DTG, 598: “en el día en
que se comiera la pascua, iba a ser sacrificado”).
¿Dónde sacrificaban al cordero
los israelitas? Debían ir al templo para que el cordero fuese aprobado y
sacrificado por los sacerdotes y levitas, y luego podían comerlo en un lugar
contiguo al templo o en sus casas (2 Crón 35:5-6,10-13;
Esd 6:19-22). Jesús y sus discípulos hicieron lo
mismo, junto con todos los demás judíos, de lo contrario hubieran desobedecido
la ley (véase Ex 13:10). Ellos siguieron la regulación del Sanedrín, no la de
los esenios, que estaba en disidencia con los judíos de Jerusalén y con la ley
mosaica. Jesús celebró la Pascua a “la hora” señalada por la nación judía (Luc 22:14; véase Mat 23:1-3).
Confirmación
adicional
Las fuentes judías extrabíblicas y los intérpretes judíos posteriores
confirman que el pueblo debía ir al patio del templo para sacrificar la Pascua
antes de la puesta del sol el 14 de Nisán, para luego comerla en sus casas al
comenzar la Fiesta de los Panes Ázimos, por la noche ya comenzado el 15 de
Nisán (cf. de Oliveira, 59-60). En esto están también de acuerdo los eruditos
modernos, y aún el Comentario Bíblico
Adventista (véase Theological Dictionary of the New Testament, V, 900; SDABC, V, 536).
En el tratado Pesahim de la Mishna, dedicado
por entero a la Pascua, “se habla del Templo como lugar del sacrificio, y de
las casas como lugar del banquete. En el rito del Templo se incluye la
inmolación y rito de sangre (Pesahim V), y luego en la casa se asa la víctima (Pesahim V,
10.VII) y se celebra el banquete (Pesahim X). El banquete tiene el carácter de una comida
greco-romana, y lo comen echados según la costumbre de la época (Pesahim X, 1ª).
Las hierbas sirven como ensalada preparatoria a la comida (Pesahim II, 6ª; X,3), y se
toman cuatro copas de vino, que
contribuyen a dar solemnidad al banquete (Pesahim X). Hay obligación de
narrar el Éxodo en respuesta a las cuatro preguntas de los comensales (Pesahim X). En
esta época Pascua y Ázimos son una misma fiesta”, Santos Ros Garmendia, La Pascua en el Antiguo Testamento (Ed.
Vitoria, 1978), 294-295. A esta última declaración debo agregar que aunque se
identifiquen esas dos fiestas en el Nuevo Testamento por la relación tan
estrecha del sacrificio con la comida, no por eso dejan de estar bien
diferenciadas. Si el Nuevo Testamento identifica las dos fiestas es porque,
como veremos, ya el Antiguo Testamento las había identificado por las mismas
razones.
Aunque todos estamos de
acuerdo en que Jesús es el cordero pascual (1 Cor
5:7-8), como lo es el sacrificio de todas las fiestas (Heb
8:12-14; 10:1-4), debemos reconocer que no murió ni a la hora ni en el día en
que se sacrificaba el cordero pascual, sino a la hora del holocausto de la
tarde (véase Ef 5:2). Esto es lo que confirma el
Espíritu de Profecía, quien por su parte nunca identificó el momento de la
muerte de Cristo con la del cordero pascual, sino con el sacrificio regular de
la tarde. Cuando la cortina del templo de desgarró de arriba a abajo, al morir
Jesús, el sacerdote estaba por sacrificar al cordero vespertino, el cual fue
desatado por manos invisibles, escapándose de los que allí estaban presentes (DTG, 705).
Juan 12:1-2 dice que Jesús
llegó a Betania “seis días antes de la Pascua”, y E.
de White confirma que llegó un viernes para descansar allí durante el sábado (DTG, 511). De nuevo, los seis días nos
llevan al jueves, ocasión en que debía caer la Pascua. Cuatro días antes se
separaba el cordero para ser sacrificado durante la Pascua (Ex 12:3-6). Así
también Jesús el domingo, cuando aceptó el homenaje del pueblo por primera vez
como rey (DTG, 523), “se puso aparte
como una oblación” para “llamar la atención” de la gente “al sacrificio que
había de coronar su misión en favor de un mundo caído” (DTG, 525). Del domingo al jueves hay cuatro días, lo que hace
imposible, otra vez, vincular la tipología de ser puesto aparte con un presunto
sacrificio pascual en el viernes. También declara que en la noche del jueves,
“Cristo se hallaba en el punto de transición entre dos sistemas y sus dos
grandes fiestas respectivas... Mientras comía la pascua con sus discípulos,
instituyó en su lugar el rito que había de conmemorar su gran sacrificio” (DTG, 608).
Si el 14 de Nisán, día en que
se sacrificaba el cordero pascual, cayó en el jueves de la semana de la
Pasión—como lo testifican claramente los evangelios sinópticos—entonces, desde
la perspectiva astronómica, la crucifixión no pudo haber tenido lugar en el año
30, sino en el año 31 y en un año que contó con un mes bisiesto. Siendo que el
año 31 se corresponde metónicamente con el cambio de
luna en el año 457 AC, ambos años deben haber contado con un mes bisiesto, como
lo confirman los datos astronómicos que ya vimos y que se basan en el relato de
Esdras.
El
testimonio del evangelio de Juan
Los pasajes del evangelio de
Juan que han confundido a los teólogos modernos son Juan 18:28; 19:14,31. Para
saber si esos pasajes contradicen el testimonio unánime de los evangelios
sinópticos, según muchos creen hoy, tenemos que procurar entender cómo
comprendía la gente en los días de Jesús las expresiones que allí están.
Juan
18:28: “para poder comer la Pascua”
“Llevaron a Jesús de Caifás al
pretorio. Era temprano de mañana. Ellos no entraron en el pretorio para no
contaminarse, y poder comer la Pascua”.
Siendo que no debía dejarse
nada de la comida pascual para comerla en la mañana (Ex 12:10), parece a simple
vista que esta declaración de Juan indica que el sacrificio del cordero pascual
no había tenido lugar aún y que, por consiguiente, el 14 de Nisán habría caído
en ese viernes. De ser así, Juan estaría en flagrante contradicción con el
testimonio de los sinópticos. Pero, ¿es eso realmente lo que dio a entender
Juan?
- La contaminación. Según el
ceremonial judío, si los dirigentes de la nación participaban en cualquier tipo
de contaminación que involucraba sangre humana, un muerto o un condenado a
muerte, o una contaminación menor que duraba hasta la puesta del sol o mayor
por toda la semana (Lev 11-12,15; 21:1-4,11-12), no hubieran podido participar
de las ceremonias de la fiesta, que incluían la comida de los panes sin
levadura y los demás sacrificios (véase Núm 19:11; Hech 5:28). La contaminación no sólo involucraba tocar
sangre o cadáver humanos, sino también estar en el lugar donde había sangre o
cadáver (Lev 15:19-27; 21:11-12). Por tal razón, no se debía traer ningún
cadáver al templo, ni ejecutar a nadie en el templo, ni nadie que hubiera
estado contaminado por haber tocado un muerto debía siquiera entrar en la
ciudad (Ex 21:14; Núm 19:3,9,14-16).
El agravante que encontraban
esos líderes religiosos, según sus escrúpulos particulares, tenía que ver,
además, con su presencia en un lugar pagano en un día sagrado (Lev 23:7; Núm 28:17). Siendo que los gentiles o paganos comían carnes
inmundas y no practicaban los rituales de purificación requeridos cuando se tocaba
sangre o cadáveres humanos (véase Lev 15:30), y los dirigentes judíos sabían
cuánta sangre se derramaba con los castigos que infligían los romanos a los
condenados, antes de crucificarlos, no querían ser mirados por el pueblo como
siendo indignos de participar en el ritual de sacrificios y en su comida
típica. Aún Pedro fue mal mirado por los de la circuncisión, por haber entrado
en la casa de un centurión romano, poco después en un día común (Hech 11:2-10). ¡Cuánto peor hubieran sido mirados los dirigentes
judíos al contaminarse en un tribunal pagano al principio de la semana pascual!
“No querían entrar en el tribunal romano. Según su ley ceremonial, ello los
habría contaminado y les habría impedido tomar parte en la fiesta de la Pascua”
(DTG, 671).
- La comida de la Pascua. Juan no está
haciendo una referencia cronológica a la observancia de la Pascua, como lo
hicieron los otros evangelistas, sino simplemente relatando lo que procuraban
hacer los dirigentes judíos a quienes Cristo había acusado de reemplazar la ley
de Dios por sus tradiciones (Mat 15:1-9). Tampoco se está refiriendo Juan a la
comida del cordero pascual. Ya vimos que en los días de Cristo se hacía
referencia a la fiesta de los Panes sin Levadura por el término Pascua, y
viceversa (Ex 23:14-15), debido a su íntima interrelación (Luc
22:1). Pero de ninguna manera daban a entender que en cada día de la semana en
que no debían comer panes sin levadura, debía sacrificarse otra vez el cordero
pascual. Ese sacrificio tenía lugar una sola vez al año, en el 14 de Nisán,
precediendo a la fiesta de los Panes Ázimos. Siendo que la levadura era símbolo
de pecado, debía ser erradicada de toda casa conjuntamente con el pecado
durante toda esa semana (Ex 12:15; Deut 16:4).
Algo semejante encontramos en
el Antiguo Testamento. Ezequiel, por ejemplo, pone en orden cronológico los dos
eventos sin distinguir el segundo de la Pascua misma. “El mes primero, a los
catorce días del mes, tendréis la fiesta de la Pascua. Durante siete días se
comerá pan sin levadura... En ese día... En los siete días de la fiesta...” (Eze 45:21-23; véase Núm
28:16-25). También Lucas registra que los padres de Jesús iban todos los años a
celebrar “la fiesta de la Pascua en Jerusalén”, y que “acabada la fiesta” que
duraba siete días (Ex 23:14-15,17), regresaban con todo el pueblo sin percibir
que Jesús se había quedado en el templo (Luc
2:41-43). En otras palabras, los términos Pascua y Panes Ázimos podían usarse
para referirse a una sola fiesta (Ex 23:15; 34:18; 16:1-8), sin por ello
confundir su sucesión cronológica.
También la Mishna
consideraba que “la observación de la Pascua por generaciones se aplica a todos
los siete días y no sólo por una noche” (Pesahim, 9.5), en referencia a la
comida de los panes sin levadura y los demás sacrificios que se ofrecían
durante toda la semana, incluyendo los sacrificios de paz (Núm
28:17ss; 2 Crón 30:21-22; 35:6ss). Que la comida
pascual durante los siete días, exceptuando el comienzo luego de la puesta del
sol, no tenía nada que ver con el cordero típico de la pascua, se ve en la
indicación de no comer la pascua durante siete días con pan fermentado, en
referencia no sólo al ganado bovino, sino también al vacuno (Deut 16:2-4). Solían invitar durante toda esa semana a sus
huéspedes a comer pan sin levadura diciendo:
“el que tenga hambre, venga y coma lo que necesite..., y guarde la
Pascua” (cf. de Oliveira, 69).
El mismo lenguaje encontramos
en E. de White. “La pascua seguía por siete días como fiesta de los panes
ázimos” (PP, 581). “El uso del pan sin levadura también era
significativo. Lo ordenaba expresamente
la ley de la pascua, y tan estrictamente la observaban los judíos en su
práctica, que no debía haber ninguna levadura en sus casas mientras durara esa
fiesta” (PP, 282-283). “Si no se realizaba
enseguida el juicio y la ejecución, habría una demora de una semana por la
celebración de la Pascua” (DTG, 650).
“Poco después que terminara la semana de Pascua”, los discípulos se dirigieron
a Galilea donde Jesús les dijo que se encontraría con ellos. “Su ausencia de
Jerusalén durante la fiesta habría sido interpretada como desafecto y herejía,
por lo cual permanecieron hasta el fin” (DTG,
749).
Juan
19:14: “la preparación de la Pascua”
“Era la preparación de la
Pascua, como la hora sexta (mediodía). Entonces [Pilato]
dijo a los judíos: ‘¡Aquí está vuestro
rey!’”
¿Acaso no había sido ya
celebrada la Pascua durante la noche de la Santa Cena? ¿Cómo es que aquí, Juan
habla de “la preparación de la Pascua”? No existía un día de preparación para
la Pascua. El único día de preparación era el viernes, considerado así en
vísperas del sábado. Por tal razón, aún en el griego moderno, la palabra
viernes es paraskeué,
el mismo término usado en Juan 19:14,31,42 con el significado de “preparación”.
“Y al atardecer, como era el día de la preparación, es decir, la víspera del
sábado” (Marc 15:42; véase Mat 27:62; marc 15:42; Luc 23:54), José de Arimatea
pidió el cuerpo de Cristo para que no quedase expuesto el sábado.
¿Cómo podemos entender,
entonces, la expresión, “la preparación de la Pascua”? Como el viernes que caía
en la semana pascual, no como el día anterior a la Pascua (Juan 19:31,42). La
New International Version rinde correctamente Juan
19:14 como: “Era el día de la
preparación de la Semana de Pascua...” Ese viernes era el primer día de los
Panes sin Levadura, y formaba un todo con la Pascua semanal.
Juan
19:31: “un sábado grande”
“Como era el día de la
Preparación [viernes], para que los cuerpos no quedasen en la cruz en el
sábado—pues ése era un sábado grande—los judíos rogaron a Pilato
que les quebrasen las piernas, y fueran retirados”
Esta expresión puede
interpretarse de diferentes maneras. Según el contexto, se refiere más
definidamente a un sábado especial porque el semanal literal seguía al primer
sábado festivo (viernes), o simplemente, porque ese sábado semanal era especial
ya que caía en una semana de fiesta, no porque cayese en el mismo día del
sacrificio del cordero pascual (14 de Nisán), ni tampoco en la ocasión en que
se participaba de su comida (15 de Nisán).
La Mishna (Pesahim 5:1) es clara en afirmar
que cuando la Pascua en sí caía el viernes, se sacrificaba el cordero media
hora después de la hora sexta (12:30 de la tarde), y se lo ofrecía media hora
después de la hora séptima (1:30 de la tarde). Por lo tanto, el viernes de la
crucifixión no puede considerarse como habiendo tenido lugar en la víspera de
la Pascua. En armonía con los otros evangelios, Juan afirma entonces que ese
viernes tuvo que ver con el primer día de la semana de los Panes Ázimos, y no
con el día del ofrecimiento del cordero Pascual.
“Traer
la justicia perdurable” (Dan 9:24)
En la última semana de años
(27 DC – 34 DC), debía traerse “la justicia de los siglos”, interpretada por
algunas traducciones como “la justicia perdurable”. Según Isaías, la justicia perdurable sería traída por el
Siervo Justo del Señor, quien justificaría a muchos pecadores, dando su vida en
expiación por ellos (Isa 53:10-11). El profeta Jeremías, contemporáneo de
Daniel en su primera parte, anunció que al Mesías prometido que vendría de ese
“Renuevo” de la descendencia de David, llamarían “Señor, justicia nuestra” (Jer 33:16; cf. Isa 53:2). Esto se cumplió admirablemente en
Cristo Jesús, cuando Dios envió a su Hijo que nació de una mujer descendiente
de David.
“Al que no tenía pecado, Dios
lo hizo pecado por nosotros, para que nosotros llegásemos a ser justicia de Dios en él” (2 Cor 5:21). “Pero ahora aparte de la ley [los pecadores no
podían obtener justicia de la ley de Dios porque la habían violado], la justicia de Dios se ha manifestado,
atestiguada [anunciada] por la Ley [las leyes levíticas de sacrificios] y los
Profetas [Isaías, Jeremías, Daniel, etc]; la
justicia de Dios, por medio de Jesucristo, por la fe, para todos los que
creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y han caído de
la gloria de Dios, pero son justificados
gratuitamente por su gracia, mediante la redención realizada por Cristo Jesús;
a quien Dios puso como medio de expiación,
por la fe en su sangre, para demostrar su
justicia, al haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con el fin de mostrar su justicia en
este tiempo, para ser a la vez el justo,
y el que justifica al que tiene fe en Jesús” (Rom
3:21-26). “Así, habiendo sido justificados
por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo”
(Rom 5:1).
Para
adventistas
Los adventistas consideran los
escritos de E. de White como inspirados por Dios. Ella fue llamada por Dios
como “mensajera del Señor” para el remanente final de los últimos días (Apoc 12:17; 19:10). Aunque ella confirma punto por punto
las declaraciones de los evangelios, y no presenta ninguna contradicción entre
los sinópticos y el evangelio de Juan, tiene una declaración que puede sorprender al lector desprevenido,
en relación al día en que se ofrecía en el templo las primicias de la cosecha
de la cebada. Esa declaración la repite dos veces en dos libros diferentes, Patriarcas y Profetas, y El Deseado de Todas las Gentes. “La
Pascua iba seguida de los siete días de panes ázimos. El segundo día de la
fiesta, se presentaba una gavilla de cebada delante del Señor como primicias de
la mies del año...” (DTG, 57; PP, 581).
Llama la atención que en ambos
casos, esa declaración, “el segundo día”, la da en capítulos donde no relata la
historia de la Pasión. Cuando aplicó esa fiesta de gavillas mecidas a la
resurrección de Cristo, al relatar los sucesos de su resurrección, no habló del
“segundo día”. “Su resurrección se realizó en el mismo día en que esa gavilla
era presentada delante del Señor” (DTG,
729).
Entre los judíos en la época
de Cristo había fuerte debate sobre cómo entender la ley levítica sobre la
fiesta de las primicias. “La mecerá el día que sigue al sábado” (Lev 23:11). ¿A
qué sábado se refiere? ¿Al del primero de la fiesta de los Panes sin Levadura,
o al que sigue al sábado semanal, sin importar en qué día de la semana de esa
fiesta caía ese sábado? Los saduceos entendían que se refería al día que seguía
al sábado semanal, y los fariseos al que seguía al sábado de la fiesta
ceremonial, es decir, al día 16 de Nisán. La razón por la que los fariseos
vincularon ese sábado con el de la fiesta, independientemente del sábado
semanal, parece deberse a que vincularon el Pentecostés a la proclamación de la
ley en el Sinaí, sin ningún soporte bíblico e histórico aceptable, razón por la
cual los saduceos se opusieron. Y siendo que la práctica en los días de Jesús
estaba regulada por los saduceos, no hubo problemas en su cumplimiento
tipológico tampoco.
Coincidentemente, ese es un
tema que estudié a fondo debido a que una nueva propuesta presentada por
algunos profesores de Andrews University,
intentó vincular la visión de Apoc 4 y 5 con el
Pentecostés y la proclamación de la ley en el Sinaí, basándose en esa infundada
asociación rabínica de los fariseos. Un estudio detenido del pasaje muestra,
sin embargo, que la ley levítica asocia ese ritual de primicias al día que
sigue al sábado semanal, no a un día anual histórico. ¿Por qué razón? Porque la
fecha del Pentecostés flotaba de año en año, según el día en que caía el sábado
pascual. Así, “cuando la Pascua caía en lunes, el Pentecostés de ese año se
celebraba 56 días más tarde, varios días después de la fecha presumida para la
proclamación de la ley” (A. R. Treiyer, La Crisis Final en Apoc
4-5 (1998), 201). Tampoco se puede fechar con exactitud el relato de Ex 19.
Por lo tanto, todo vínculo con el Pentecostés basado en esa tradición farisaica
carece de fundamento, y la visión de Apoc 4 y 5 tiene
que ver más bien con una proyección del Día de la Expiación hacia el juicio
final (véase Dan 7:9-10,13-14).
En mi libro citado más arriba
resumí la siguiente conclusión. “Aunque a veces se emplea la palabra sábado
para referirse a la semana por el hecho de que el séptimo día la completaba,
debemos recordar que nunca se la usaba para referirse a una semana que no
terminaba en el séptimo día de la semana. En otras palabras, los sábados
anuales correspondientes a las fiestas que podían caer en cualquier día de la
semana, no se usaban en la Biblia para referirse a una semana. Como
confirmación adicional, podemos destacar el hecho de que el Pentecostés era la
única fiesta que no se fechaba en un día fijo del mes (Lev 23:15-16).”
¿Cómo entender, entonces, las
declaraciones de E. de White al referirse a la fiesta de las Primicias como
teniendo lugar en el “segundo día” de la fiesta? Tanto Josefo
como Filón, y los rabinos, según ya vimos, usaron la expresión “segundo día” de
fiesta para referirse al ofrecimiento de las Primicias. Es probable que E. de
White haya usado el lenguaje de esos autores o de otros que los citaron,
pensando en el día que seguía al sábado (y que en algunos años se correspondía
literalmente), sin implicar necesariamente el segundo día de la semana literal,
ni tampoco el segundo día literal de la fiesta.
Conclusión
El año de la crucifixión,
según el relato de los evangelios y la confirmación astronómica disponible hoy,
no pudo ocurrir en el año 30, sino en el año 31. Según los evangelios, el
jueves correspondió al 14 de Nisán, día en que debía ofrecerse el sacrificio
del cordero pascual, y el viernes de la crucifixión al 15 de Nisán, día que
comenzó con la puesta del sol del jueves y la celebración de la Santa Cena en
reemplazo de la Pascua judía. Ese viernes 15 de Nisán comenzó la fiesta de los
Panes Sin Levadura, fecha en que Cristo murió.
Los datos astronómicos
confirman que la Pascua en ese año 31 debió tener lugar luego de un segundo Adar o décimotercer mes que
concluía el invierno y precedía a la primavera. Metónicamente,
la rotación de la luna coincide con el año 457 AC cuando también debió darse un
mes intercalario, según los datos astronómicos e
históricos suministrados por la Biblia. Aunque el año 1844 no entra dentro de
la secuencia metónica de 19 años, corresponde de
todas maneras a un año en que, de haber continuado computarizando los meses y
años según la costumbre antigua, los judíos hubieran tenido que agregar igualmente
un segundo Adar o décimotercer
mes.
La
confirmación del pacto
El hecho de que la profecía de
Daniel no diga que la confirmación del pacto se daría con el pueblo de Israel,
sino con “muchos”, muestra que el Cristo Príncipe vendría para salvar a un
remanente, no a toda la nación. Por supuesto, las 70 semanas estaban “cortadas”
y “determinadas” para el pueblo judío más específicamente. Pero la nación como
tal rechazó el último mensaje que Dios le envió en forma directa, como lo había
hecho vez tras vez en lo pasado con severas advertencias a través de los
profetas en la antiguedad. Esta vez, el mensajero
escogido por Dios fue Esteban, a quien terminaron apedreando al concluir la
última semana profética (Hech 8).
Al concluirse las 70 semanas
simbólicas o 490 años literales, la visión que preocupaba a Daniel de los 2.300
años sería sellada, es decir, asegurada o confirmada por el cumplimiento
inicial. Una vez cumplida esa profecía no podría ser removida ni cambiada. Este
es el significado del sello que sería puesto sobre la profecía (Dan 9:24),
según lo vemos en otro pasaje del mismo libro de Daniel Al ser arrojado al foso
de los leones, se trajo “una piedra, y puesta sobre la entrada del foso, el rey la selló con el anillo de sus
príncipes, para que no se cambiase el
acuerdo acerca de Daniel” (Dan 6:17).
Esto ocurrió cuando Esteban se
dirigió al pueblo de Israel de la misma manera en que lo habían hecho los
profetas en lo pasado. Como mensajero del tribunal celestial, Esteban fue el
último en dirigirse al pueblo judío en los términos que usaban los profetas en
la antiguedad para dirigirse a ellos como pueblo
escogido especialmente por Dios (véase Eze 16). Les
evocó la historia de Israel, haciendo ver que Moisés anunció la venida de un
profeta que, en relación con su confirmación del pacto divino, sería
equivalente a Moisés (Hech 7:37).
Al apedrear a Esteban con
furia infernal, la nación judía silenció la voz profética que desde antaño se
había dirigido al pueblo del antiguo pacto. Desde entonces, nunca más Dios se
dirigiría a esa nación mediante un mensajero suyo. En su lugar, el Señor se
dirigiría de allí en adelante a la iglesia, formada por judíos y gentiles que
se convirtiesen al Señor. Felipe es llamado entonces a predicar en Samaria y
bautiza a un etíope. Pablo recibe la misión de ser apóstol de los gentiles (Hech 9). Pedro recibe la visión de que los gentiles son
aceptados también en el reino de Dios (Hech 10). Todo
esto debió ocurrir a partir del año 34 DC. Si la primera parte de la larga
profecía de 2.300 años fue cumplida en las 70 semanas iniciales, también lo
sería su culminación.
Aunque hasta Esteban, los
apóstoles continuaron confirmando el pacto divino con la nación judía de parte
del Señor, sólo un remanente de esa nación concertó ese “nuevo pacto”. Desde
entonces, los llamados divinos a los judíos serían dirigidos en forma
individual, ya no como a una nación. Lo mismo ocurriría con todo otro pueblo de
entre los gentiles a quienes el evangelio se extendiese. De acuerdo a la
profecía, el pueblo judío o la nación como tal se haría responsable de entregar
a la muerte a ese Príncipe que había sido prometido, acarreando la destrucción
de la ciudad de Jerusalén y del santuario, ambos reconstruidos al comenzar las
70 semanas decisivas (Dan 9:26).
¿Cuándo murió Esteban bajo la
opresión del joven rabino Saulo? Según el significado que tuvo su muerte en
relación con la conclusión de la profecía de las 70 semanas, debió haber muerto
en torno al otoño del año 34. Sin embargo, no poseemos fechas muy definidas que
lo confirmen. Algunos autores, sin tener en cuenta la profecía que estamos
estudiando, fechan su muerte en el año 34. Otros calculan que puede haber
muerto por el año 36 ó 37. El problema está en cómo interpretar los datos que
dio el apóstol Pablo acerca de la época en que perseguía a los discípulos del
Señor.
El apóstol Pablo comenta su
experiencia en el año 49 DC, cuando junto con otros hermanos se reunieron en
Jerusalén para considerar el problema judaizante que dividía a la flamante
iglesia cristiana. En este respecto, los autores parecen concordar con la fecha
escogida, 49 DC, para esa reunión (Gál 2). En Gál 1 Pablo cuenta la historia de su conversión, desde la
época en que perseguía a la iglesia. En Gál 2:1
menciona que habían pasado ya 14 años, los que se restan de los 49, llevándonos
al año 34/35 AC. La discusión se levanta cuando se quiere determinar si los 3
años adicionales que pasó en Arabia se dieron aparte de los 14 años, o si debía
incluírselos en los 14. Algunos, como William Shea,
cuentan los 3 años separadamente y en forma retrospectiva como años inclusivos,
obteniendo un resultado semejante.
La
proclamación del pacto al mundo
La profecía indicaba que el
tiempo profético de 70 semanas anuales estaban “cortadas” para el pueblo de
Daniel, el pueblo judío. La última semana tenía que ver con la confirmación divina
del pacto prometido. Hasta la muerte de Esteban, los apóstoles dirigieron sus
mensajes especialmente a la nación judía. Desde entonces la voz profética iba a
dirigirse a la iglesia constituida por “una nueva creación” formada por judíos
y gentiles convertidos al Señor (2 Cor 5:17; Gál 6:15-16; Ef 2:11-18). Pablo
hablará luego de “endurecimiento” y “rechazo” de los judíos, como la
oportunidad que trajo “la reconciliación del mundo” con Dios, es decir, de los
que no eran judíos, mediante la predicación del evangelio (Rom
11).
Mediante el llamado de Pablo
como “apóstol de los gentiles”, el centro de atención se dispersó de Jerusalén
hacia el mundo entero (Hech 1:8). Aunque desde la
perspectiva judía, el llamado a un hombre como Saulo de Tarso que había sido
educado para ser un prominente rabino judío, para que fuese “apóstol de los
gentiles”, podía ser malinterpretado y considerado como el ministerio más
miserable y bajo que se podía recibir, Pablo reiteró más de una vez que honraba
“su ministerio” (Rom 11:13; cf. Hech
9:15). La voz profética llegó primeramente de Judea a Samaria, luego penetró el
mundo griego y el mismo corazón del imperio romano. Con la persecución judía y
la destrucción de Jerusalén, nunca más la atención del mundo se centró en la
Jerusalén terrenal, sino en la Jerusalén celestial.
Una interpretación teológica e
históricamente equivocada afirma que con la misión apostólica de Pedro y Pablo,
la voz divina se desplazó de Jerusalén a Roma, para quedarse allí. El mundo
debía escuchar la voz divina desde Roma. Con tal propósito, el Vaticano
organizó para el año 2000, un viaje internacional con gente que proviniese de
todo el mundo, que seguiría la ruta seguida por el apóstol Pablo hasta que
llegó a Roma y murió allí. Conflictos muy serios en Palestina cerraron la
entrada a Israel por un tiempo por razones de seguridad, lo que terminó
abortando ese planeado viaje.
El apóstol de los gentiles no
se detuvo en Roma, Sus sueños estaban en poder llegar también a la otra
península mediterránea, España misma, y según una tradición, llegó hasta allí
luego de su primera comparecencia ante el emperador romano. La mirada de los
apóstoles no se debía dirigir a Roma para estancarse allí. El cometido
evangélico por el Señor ni siquiera mencionó a Roma. Por el contrario, Roma
sería el epicentro de la obra del anticristo futuro, según las visiones que el
Señor le reveló a los apóstoles Pablo y Juan (2 Tes
2; Apoc 13 y 17). Los apóstoles debían llegar con el
mensaje del reino “hasta lo último de la tierra” (Hech
1:8), y entonces vendría el fin (Mat 24:14).
Toda iglesia que se centre en
sí misma en lugar de tener su mira en el mundo entero está destinada al
fracaso. La tendencia al nacionalismo, al racismo, al intelectualismo, al
laicismo, será siempre perjudicial. La amplitud de miras que Dios dio a la
mensajera del último remanente es asombroso y único en la historia moderna de
las misiones. Nuestro mensaje debe llegar a todo nivel, todo estrato de la
sociedad en cada rincón del planeta. No se trata de llegar a cada montaña y a
cada río y a cada golfo de la tierra con el mensaje del evangelio, sino a todo
corazón que late sobre la tierra. Por consiguiente, todo ministerio que
restrinja la predicación del evangelio a las clases más pobres en detrimento de
las clases más educadas no podrá revelar sino miopía vocacional. Lo mismo podrá
decirse a la inversa. La adoración y culto a los títulos produce a menudo
desdén al ministerio ejercido entre las clases más humildes de la sociedad.
La misión de todo dirigente de
la iglesia de Cristo hoy deberá ser como la del apóstol Pablo, honrar todo
ministerio despreciado o malinterpretado, siempre teniendo en vista un
apostolado universal. Nuestro ministerio es igualmente universal (Apoc 14:6-7). Cuanto más universal sea la mirada, tanto más
amplia y abarcante será la obra que podrá ser
ejercida, y tanto más divina será la misión.
El pacto que debía ser
confirmado
Pero, ¿qué pacto debía ser
confirmado con muchos, según la profecía de Daniel? Era el pacto que Dios había
hecho en promesa a su pueblo mediante Moisés (Ex 24:7-8). Ahora se llamaría
“nuevo pacto” porque no sería ratificado mediante la sangre de animales
simbólicos, sino mediante el sacrificio del mismo Mesías prometido (Heb 9:15-20).
Moisés dio el pacto de Dios a
su pueblo Israel desde el Monte Sinaí. Jesús lo confirmó desde el Monte de las
Bienaventuranzas (Mat 5:1), dándole una aplicación más espiritual que legal.
Con esto dio a entender que el juicio divino se basará en algo más profundo que
una ley externa grabada en piedras. Penetrará también las intenciones del
corazón (Heb 4:12).
Jesús confirmó el pacto con su
pueblo en los siguientes términos. “Oísteis que fue dicho a los antiguos [por
Moisés]; mas yo os digo [Jesús]...” (Mat
5:21ss). Aunque cuando se expresó así, no anuló la ley que Moisés había dado en
el monte, sino que profundizó su aspecto espiritual, ningún otro profeta se
atrevió jamás a expresarse de esa manera. Todos procuraron, como Jesús, hacer
volver el pueblo a la ley del Señor. Pero ninguno lo hizo expresándose de esa
manera, haciéndose igual y mayor aún que Moisés. Con esto dio a entender que él
era el Profeta que Moisés había anunciado, y que sería en rango equivalente a
Moisés quien fundó la fe de Israel (Deut 18:15). En
el caso del Profeta prometido, “confirmaría” ese pacto que Moisés había hecho,
y fundaría así, la fe de la Iglesia.
El
fin de los 2300 días-años (Dan 8:14)
El procedimiento divino para
revelarle a Daniel la obra que se llevaría a cabo en el templo del Nuevo Pacto,
el celestial (véase Heb 8:13; 9:1,11-15), deja
expectante al profeta y a todo el que estudia su visión. Le revela
anticipadamente la historia de ese templo celestial en su relación con los
adoradores, así como su ministración ante un poder
impostor y competitivo en la tierra que buscaría contrahacer la intercesión
celestial (Dan 8:11-12; Heb 7:25; Apoc
13:5-7), hasta su conclusión final que consiste en la vindicación del santuario
y del gobierno divino (Dan 8:14; Apoc 4-5). Pero no
le dice cuándo ese nuevo templo va a ser inaugurado. Esto lleva a Daniel a
afligirse, como se ve en el capítulo 9 de su libro, y a rogar a Dios que no se
tarde en cumplir su promesa (Dan 9:19). Sus sueños están ligados a su pueblo
Israel y se pregunta qué relación va a tener el templo que los cautivos ya
están comenzando a reconstruir en la tierra prometida, con la historia de ese
templo futuro que recibió en el capítulo 8 y que iba a ser ultrajado por tantos
años.
Es entonces que el mismo ángel
intérprete, Gabriel, viene a explicarle “la visión” que Daniel no había podido
entender, en especial la parte que tendría que ver con su pueblo judío y el
papel inaugural del templo del Nuevo Pacto que, suponía Daniel, debía darse en
sus días (compárese Dan 8:16; 9:21). Por tal razón también, cuando Gabriel
viene por segunda vez comienza diciéndole: “Entiende, pues..., la visión”, la
visión de Dan 8 que según Daniel mismo confesó, no había podido entender (Dan
9:23; cf. 8:27). Mientras que la visión de la purificación y vindicación final
del santuario está puesta para tiempos muy lejanos, para el tiempo del fin
(2300 años: Dan 8:14,17,19,26); la inauguración de ese mismo santuario del
Nuevo Pacto tendría lugar—para sorpresa de Daniel—al final de 70 semanas de
años o 490 años.
Cerca de medio milenio duró en
servicio el Tabernáculo del Testimonio que Moisés levantó en el desierto. Otro
tanto duró en operación el grandioso templo de Salomón. Y poco más de medio
milenio duró el templo que levantaron los repatriados judíos al regresar de
Babilonia. ¿Cuánto tiempo iba a durar en actividad el templo del Nuevo Pacto,
esto es, el celestial que inauguró el Hijo de Dios en la última semana
profética de las 70 que le había señalado Gabriel a Daniel? (Heb 8:1-2). Si restamos a los 2300 días-años los 490 años
(70 semanas de años) que Dios asignó a la nación judía (Dan 9:24), nos quedamos
con 1810 años. Si a esos 1810 años le sumamos los tres años y medio que nos
llevan a la crucifixión de la mitad de la última semana profética, tenemos 1813
años y medio. Y si a esos 1813 años y medio le agregamos 31 por la fecha en que
tuvo lugar la crucifixión, llegamos al otoño de 1844.
Algo debía ocurrir en 1844, o
la profecía dada por el Señor habría fallado. El único evento que encontramos
es el del gran chasco del 22 de octubre de 1844, cuando más de 100.000 personas
esperaron anhelantes la Segunda Venida de Cristo sin que ésta tuviese lugar.
Ese chasco fue equiparable al chasco de la cruz, cuando miles de creyentes
creyeron que Jesús iba a asumir el reino, pero en su lugar lo vieron morir en
el Calvario, ante las burlas y condenación de su propia nación. Así como el
gran chasco de la cruz, que había sido profetizado por la profecía de las 70
semanas, dio lugar al levantamiento de la iglesia cristiana (Dan 9:26; véase 1 Cor 1:18,22-23), así también el gran chasco de 1844 que
había sido profetizado por Dan 8 y Apoc 10, dio lugar
al levantamiento del pueblo remanente (Apoc 12:17),
el pueblo que levantó el Señor para dar el mensaje final al mundo, anunciando
su juicio y su pronto regreso (Apoc 14:6-12).
Un
período completo
Si habría una mitad de semana
al concluir la última semana, es forzoso que el comienzo y el fin de los 2300
días no se diese en cualquier fecha del año. Si comenzaba en otoño, debía
terminar en otoño. Es tal vez por esa razón que la profecía fue dada no con el
término común de días, sino de “tardes y mañanas”, indicando períodos completos
de 24 hs. como lo fueron los días así expresados en la creación (Gén 1). Aunque la expresión “tres días y tres noches podía
implicar dos días no completos (Mat 12:40), no conozco ningún caso en el que la
expresión “tardes y mañanas” se refiriese a un día no completo. Si los judíos
querían referirse a un día completo, esa era la expresión que quitaba toda duda
con respecto a su duración.
Siendo que la conclusión de
los 2300 días proyectaba la vindicación y purificación del santuario del Nuevo
Pacto, con el pase de ministerio de Jesús del lugar santo del templo celestial
al lugar santísimo, es lógico suponer que su comienzo debía darse en un antiguo
Día de la Expiación, cuando el sumo sacerdote de Israel pasaba al lugar
santísimo para purificar el santuario de todos los pecados del año,
representando así el juicio final. El comienzo de la profecía proyectaba en
tipo, figura, parábola o sombra, lo que iba a cumplirse como antitipo, realidad y cumplimiento en el templo celestial al
final de la misma profecía.
La promulgación y divulgación
del decreto de Artajerjes que autorizaba la
restauración nacional no podía darse en mejor época que en tal Día de la
Expiación, cuando el pueblo ayunaba y se humillaba ante Dios para ser acepto
ante él (Lev 23:27), y renovaba de esa manera su pacto con su Creador y Rey.
Por tal razón, la purificación del santuario en el Día de la Expiación
terminaba en el altar exterior (Lev 16:19), en el mismo altar en el que había
comenzado la inauguración (Lev 8:15). ¡Qué mejor momento, pues, para los
repatriados judíos, que el del Día de la Expiación para hacer valer el decreto
de Artajerjes que tenía que ver con la autorización
medo-persa de restauración nacional! Con esto daban a entender que creían que
por encima de toda autoridad terrenal estaba la autoridad de Aquel que pone y
quita reyes (Dan 4:32; véase Rom 13:1-2). Es por esa
razón que esperaron hasta comenzar el otoño, después de sacrificar los animales
que solían sacrificar en las fiestas, para divulgar el decreto del rey (Esd 8:35-36).
El
Día de la Expiación en 1844
¿Hay alguna razón para tratar
de conocer cuándo debía caer el Día de la Expiación en el año 1844? Si los
milleritas se reunieron en el día adecuado o no, equivocadamente para esperar
al Señor, sin entender lo que realmente debía tener lugar en ese día ¿cuenta
para algo en relación con una profecía que debía cumplirse en el cielo, en el
santuario del Nuevo Pacto? Sí, y por dos razones fundamentales.
En primer lugar, porque las
primeras fiestas se habían cumplido no sólo en cuanto al acontecimiento, sino
también en cuanto al tiempo. Así también debía esperarse que ocurriese para las
fiestas finales. En segundo lugar, porque el evento del Pentecostés que marcó
la inauguración del santuario celestial con la coronación y entronización del
Hijo de Dios como sacerdote y rey se vio confirmada en la tierra. Así también
debía darse una confirmación en la tierra de lo que acababa de ocurrir en el
santuario celestial, con el pase de Jesús al lugar santísimo para concluir su
obra de expiación.
“Lo que condujo a este
movimiento fue el haberse dado cuenta de que el decreto de Artajerjes
en pro de la restauración de Jerusalén... empezó a regir en el otoño del año
457 AC y no a principios del año, como se había creído anteriormente... Los
argumentos basados en los símbolos del Antiguo Testamento indicaban también el
otoño como el tiempo en que el acontecimiento representado por la ‘purificación
del santuario’ debía verificarse. Esto resultó muy claro cuando la atención se
fijó en el modo en que los símbolos relativos al primer advenimiento de Cristo
se habían cumplido...
“Estos símbolos [de la Pascua,
los Panes Azimos y las Primicias de la Cebada] se
cumplieron no sólo en cuanto al acontecimiento sino también en cuanto al
tiempo. El día 14 del primer mes de los judíos, el mismo día y el mismo mes en
que quince largos siglos antes el cordero pascual había sido inmolado, Cristo,
después de haber comido la pascua con sus discípulos, estableció la institución
que debía conmemorar su propia muerte como ‘Cordero de Dios, que quita el
pecado del mundo’. En aquella misma noche fue aprehendido por manos impías,
para ser crucificado e inmolado. Y como antitipo de
la gavilla mecida, nuestro Señor fue resucitado de entre los muertos al tercer
día, ‘primicias de los que durmieron’, cual ejemplo de todos los justos que han
de resucitar, cuyo ‘vil cuerpo’ ‘transformará’ y hará ‘semejante a su cuerpo
glorioso’” (1 Cor 15:20; Filip
3:21).
“Asimismo los símbolos que se
refieren al segundo advenimiento deben cumplirse en el tiempo indicado por el
ritual simbólico” (CS, 450-1), y
tener una confirmación celestial en la tierra. Esto fue lo que sucedió con la
experiencia del movimiento millerita que predicó en los mismos términos
bíblicos la venida del Señor, y en el mismo día en que el Hijo de Dios debía
comparecer, no a la tierra, sino ante Dios mismo en el lugar santísimo del
templo celestial (Dan 7:9-10,13-14).
Cómo
saber cuándo debía caer el Día de la Expiación en 1844
Esta pregunta es necesaria a
la hora de determinar si los milleritas estuvieron en lo correcto al intercalar
un mes adicional en el año 1844. A simple vista, esto sería fácil simplemente
mirando a la luna en ese año. El problema se levanta, sin embargo, al momento
de tener que determinar si en ese año hay que agregar un mes intercalario o no. ¿Qué criterios usar para determinar si
se requería un mes bisiesto en ese año? ¿El de la cosecha? ¿El astronómico?
Información histórica del
calendario
Los dos profetas más notables
que nos trajeron una información más definida con respecto al calendario,
fueron Moisés educado en la corte egipcia, y Daniel en la corte babilónica. A
pesar de eso, Moisés no implementó el calendario solar que usaban los egipcios.
Tampoco Daniel, ni los que volvieron del cautiverio babilónico, utilizaron el
calendario babilónico para contar los años de los reyes de la época. Daniel,
sin embargo, reveló conocer, en términos generales, un calendario anual de 360
días que requería un décimotercer mes al cabo de 6
años, lo que coincide con un período sabático. Aunque es probable que a este
cómputo hubiesen llegado ya desde la época del rey Acaz
que contaba con un reloj solar especial (2 Rey 20:11).
Del profesor de matemáticas
Adolfo Lista, astrónomo por vocación y pasión personal, recibí la siguiente
información.
“Moisés parte de la cultura
egipcia y de un nivel muy elevado en ella, atemperado por cuarenta años de vida
pastoril. Los conceptos astronómicos que constituían su acervo eran los del
sacerdocio egipcio. La astronomía de aquella nación tenía como instrumentos el gnomon (los obeliscos) y construcciones
arquitectónicas que permitían, mediante orificios, observaciones más finas que
la de la posición del sol mediante la sombra que arrojaban, como ser la
aparición helíaca de un astro (por ejemplo la primera observación visible de
Sirio en el crepúsculo).
“Nada de eso se encuentra en
Israel, salvo la referencia al reloj de Acaz (2 Rey
20:11). Era un calendario agrícola el indicado por Dios para ellos. La
agricultura tiene un ciclo anual regido por el sol. La maduración de la cebada
que les permitiría asegurar la ofrenda del omer
catorce días después determinaba en forma sencilla y
práctica la iniciación del año. Incluso, esa misma práctica y sencillez
que hace concluir a muchos que el pueblo hebreo carecía del conocimiento de las
ciencias, supera hasta un grado de sincronización del período anual en largos
períodos de tiempo maravillosamente exacto.
“Aún la iniciación del año era
diferente de la que regía en Egipto y en los pueblos que ocupaban el territorio
conquistado, estos últimos relacionados con la civilización caldea. Esto fue
probablemente indicado por Dios como una manera de diferenciarlos y
preservarlos de influencias idolátricas.
En el momento de considerar la determinación de fechas producidas por
calendarios ajenos al indicado por Dios y la contaminación pecaminosa a la cual
tuvo una tendencia manifiesta el pueblo israelita, ya sea en el período
comprendido entre la esclavitud en Egipto y el cautiverio en Babilonia, y aún
en e inmediatamente después de este cautiverio, debemos tener en cuenta que no
es mucho el progreso en el conocimiento astronómico. Aquí nos encontramos,
además de con Moisés, con Daniel en la
cima de su cultura contemporánea.
“La novedad caldea astronómica
después de Nabonasar es simplemente el astrolabio. La
capacidad de predecir eclipses a que llegaron puede ser fácilmente entendible
si se considera que los eclipses de luna ocurren en series que vuelven a
repetirse. El interés astrológico adquiría cierta solidez en esa capacidad. Una
acumulación de datos en período suficiente les permitía saber que, después de
un eclipse, cada seis lunaciones, volvía a producirse un eclipse en cuatro o
cinco oportunidades.
“Y aquí aparece un elemento
cultural que provoca diferencia de opiniones: los conocimientos astronómicos
con que se manejaban en la época bíblica que nos interesa a los fines
proféticos, son totalmente ajenos a los que se iniciaron por los griegos y
crecieron en el correr de los siglos hasta alcanzar la información sobre el
movimiento de los astros que poseemos hoy. Recién con ellos apareció el
conocimiento de la Geometría y de la Trigonometría que permitieron afinar los
cálculos de una manera adecuada.
“El descubrimiento de que 235 lunaciones difieren
aproximadamente en una hora y media de 19 años julianos se le reconoce a Metón, astrónomo griego del siglo V A.C.. Es de esa época
el conocimiento de que las lunaciones se repiten en el mismo día del año con un
adelanto de aproximadamente una hora y media respecto al ciclo anterior. La
determinación de fechas durante aquel período queda supeditada a la
documentación arqueológica a la cual se tenga acceso y su posible
sincronización con eventos históricos coincidentes con el resultado de cálculos
astronómicos dirigidos hacia el pasado” (mensaje personal enviado por Internet).
El
cambio rabínico introducido en el S. IV DC
A partir del S. IV DC, los
rabinos judíos comenzaron a fijar la fecha del comienzo de sus años lunares por
su acercamiento al equinoccio de invierno que, en el hemisferio norte,
corresponde más o menos al 21 de marzo cuando el sol pasa por el ecuador del
sur hacia el norte, cambiando la estación del invierno por la de primavera, y
la noche y el día tienen el mismo tiempo de duración. En lugar de regirse por
la cosecha, los judíos de entonces decidieron iniciar el primer mes del año por
el cambio de luna más cercano al equinoccio vernal o de primavera (el que
marcaba la terminación del invierno y el comienzo de la primavera). De esta
forma, cuando el cambio de luna se daba antes del equinoccio, la fiesta de las
primicias poco más de medio mes más tarde caía también antes de la maduración
adecuada de la cebada. Esto hacía que, a partir de entonces, terminasen a
menudo celebrando la fiesta de las Primicias muy temprano, cuando la cosecha no
había madurado suficientemente, y el resto de las demás fiestas de cosecha quedaba
igualmente descolocado.
Al querer fijar así su
calendario por el sol y no por el cambio de luna que estuviese más cerca de la
maduración de la cebada, los rabinos medievales cambiaron el método bíblico de
computación y se encontraron muchas veces comenzando el año demasiado temprano.
Mientras que la ley divina determinaba que la estación de la cebada debía
preceder a la celebración de las “primicias”, los rabinos judíos de Jerusalén a
partir del S. IV DC terminaron celebrando a menudo la estación de la cebada
antes que ésta aparezca.
Por tal razón, una secta del
judaísmo conocida como Caraítas, decidió rechazar el Talmud (interpretación
rabínica de la Mishnah y de la Biblia posterior al S.
III DC), así como al método de computación de los rabinos medievales, y adoptar
el que les pareció más acorde con el que indica la Biblia. El problema para
muchos de estos judíos de la dispersión se dio con el hecho de que la cosecha y
la visibilidad de la luna no se daban al mismo tiempo que en Jerusalén. Por lo
cual, con el tiempo, fueron igualmente abandonando su enfoque bíblico y
terminaron por adoptar el sistema rabínico que, a menudo, por comenzar mal,
terminaba desajustando todo el resto de las fiestas judías en relación con las
diferentes cosechas del año.
Los milleritas se enteraron de
esta confrontación judía, porque un converso rabino judío expuso el problema en
abril de 1840, en el American Bible Repository. Esto llevó
a los milleritas a no hacer caso de la celebración judía determinada por los
rabinos, ni a lo que muchos caraítas de la dispersión estaban haciendo también
al ajustar sus calendarios al rabínico de Jerusalén, por vivir lejos de
Palestina y resultarles más complicado estar averiguando siempre si la cosecha
había madurado ya lo suficiente como para saber si intercalar o no un mes
bisiesto el año en consideración. Al enterarse de esto, los milleritas
decidieron regirse por el método más simple determinado por Dios en la Biblia.
Decidieron basarse en testimonios de viajeros que provinieron de Palestina
sobre el estado de la cosecha al comenzar la primavera de 1844, lo que los
llevó a concluir que en ese año debían intercalar un mes bisiesto. Astronómica
e históricamente, se puede probar hoy que estuvieron en lo correcto.
Los datos con los que contamos
hoy de los judíos de Elefantina, contemporáneo de Esdras y Nehemías, más los de
Babilonia desde el S. VII AC hasta los días de Cristo, no dan evidencias de
comenzar el primer mes del año religioso antes del equinoccio vernal (o de
primavera). El 1 de Abib o Nisán, fecha en que debían
iniciar el calendario de primavera y de cosecha, cayó siempre después del
equinoccio, es decir, en principio después del 21 o 22 de marzo (dependiendo
del año), según las referencias que consignaron en sus documentos. Esto es
importante porque, de acuerdo a los datos astronómicos, si en 1844 no se
intercalaba un mes bisiesto, la celebración iba a caer un día antes de ese
equinoccio. Esta es una prueba adicional de que los milleritas estuvieron en lo
correcto cuando decidieron no hacer caso a la computación rabínica de entonces,
y agregar un mes adicional que los llevó a determinar que en 1844, el Día de la
Expiación correspondió al 22 de octubre en los EE.UU.
De acuerdo a lo que ya
consideramos sobre el año 457 AC y las referencias históricas dejadas por
Esdras y escaneadas por las computadoras astronómicas actuales, en ese año se
debió agregar un mes intercalario, y el Día de la
Expiación debió caer, por consiguiente, en ese año también en octubre. Esto
encuentra una confirmación también en el calendario babilónico y en el que
consignaron los judíos de Elefantina, con un mes agregado en años que se
corresponden astronómicamente con el año 457 AC.
Al aplicar el principio
introducido por Metón en relación con los movimientos
de la luna y su relación con la tierra (cada 19 años vuelve aproximadamente a
su posición original), descubrimos que se corresponde también con el año 31 DC.
Ese es el único año que para entonces, con un mes intercalario
adicional, permitía astronómicamente que el jueves cayese en el 14 de Nisán (la
Pascua), y el viernes 15 (primer día de los Panes Ázimos) en viernes, de
acuerdo al testimonio de los evangelios. Y aunque el año 1844 no entra dentro
del mismo ciclo de años metónicos, astronómicamente
se corresponde con los años que requerían agregar también un mes bisiesto.
Todos estos datos históricos,
bíblicos y astronómicos, nos permiten ver que el período de 70 años y de los
2300 días se corresponde en tiempos completos hasta en los años que requerían
un mes bisiesto. El cuadro traducido a nuestro calendario romano es Octubre
(457 AC) – Abril (31 DC) – Octubre (1844 DC).
La
confirmación celestial
Teniendo en cuenta un mes
bisiesto para el año 1844, el Día de la Expiación debía caer el 23 de octubre
en Jerusalén. ¿Por qué eligieron los milleritas, entonces, el 22 de octubre de
1844 como el día que correspondía al de la Expiación en ese año? ¿Observaron
mal el cambio de luna? ¡No, en absoluto! Ellos sacaron la cuenta de la
diferencia de horas entre Jerusalén y Boston, y dedujeron que mientras en
Jerusalén el Día de la Expiación debía caer el 23 de octubre, en Boston iban a
estar todavía en el 22 de octubre. Por esa razón, muchos esperaron la venida
del Señor hasta la media noche.
Hiram Edson,
uno de los milleritas que esperaron hasta pasada la media noche la venida del
Señor, pasó junto con otro grupo de creyentes toda la noche, llorando
desconsolados, aún más afligidos que si hubiesen perdido un ser querido, según
testificaron luego. Al amanecer sintió que “debía haber luz y ayuda” para su
angustia, e invitó a algunos hermanos a ir al granero para orar por esa luz.
“Continuamos en sincera oración hasta que el
testimonio del Espíritu fue dado diciéndonos que nuestras oraciones eran
aceptadas, y que se nos daría luz, se explicaría nuestro chasco, haciéndolo
claro y satisfactorio”.
Después del desayuno, Hiram Edson invitó a los que habían ido a orar con él al granero,
a salir para alentar a otros con esa confirmación del Espíritu que habían
tenido. “Mientras pasábamos por un extenso campo, fui detenido por el medio del campo. El cielo pareció abrirse ante mi
vista, y ví distinta y claramente que en lugar de
que nuestro Sumo Sacerdote saliese del lugar santísimo del santuario celestial
a esta tierra en el día diez del séptimo mes, al final de los 2300 días, El,
por la primera vez, entró en ese día en el segundo apartamento de ese
santuario, y que tenía una obra que llevar a cabo en el lugar santísimo antes
de volver a la tierra; que El vino a la
boda, o en otras palabras, al Anciano de Días, para recibir un reino, dominio y
gloria; y que nosotros debíamos esperar
su regreso de la boda” (P. A. Gordon, The Sanctuary, 1844, and the Pioneers (Washington, DC, Review
and Herald, 1983), 24-25.
Nuestro hermano de Oliveira
concluye de la siguiente manera. “¿En qué momento tuvo Hiram Edson esa experiencia, en la mañana del 23 de octubre?
¿Entendió esta verdad en el mismo momento en que Jesús entró en el segundo
apartamento del santuario celestial? No lo sabemos con precisión. Pero lo que
podemos decir es que a las 7 de la mañana, en Port Gibson, donde Edson vivía o a las 8 de la mañana en Boston, el centro del
adventismo, debía ser equivalente a las 3 de la tarde, la hora del sacrificio
vespertino en Jerusalén, y que las 10 u 11 de la mañana de Boston sería
equivalente a la puesta del sol en Jerusalén.
“La experiencia de Hiram Edson sincronizaba con la hora del sacrificio de la tarde
el 10 de Tishri=22/23 de octubre en Jerusalén. Su
experiencia fue similar a la que tuvieron Jesús y Esteban en el comienzo, mitad
y fin de la septuagésima semana” (de Oliveira, 104). El cumplimiento tanto de
la profecía de las 70 semanas como de la profecía de los 2300 días-años
tuvieron confirmación celestial en la tierra.
En el otoño del año 27, “tan
pronto como Jesús fue bautizado, subió del agua. En ese momento, el cielo se
abrió, y Jesús vio al Espíritu de Dios
que descendía como paloma, y venía sobre él. Y una voz del cielo dijo: ‘Este es
mi Hijo amado, en quien me complazco’” (Mat 3:16-17).
En la primavera del año 31,
Jesús vio a su Padre que ocultó de él el rostro mientras pendía de la cruz y
exclamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué
me has desamparado?” (Mat 27:46). Luego de dar un fuerte grito de victoria
dirigiéndose a su Padre, diciendo “consumado es”, expiró y “el velo del templo
se rasgó en dos, desde arriba hacia abajo. La tierra tembló, y las rocas se
partieron. Se abrieron los sepulcros de muchos santos que habían muerto, y
volvieron a la vida después que Jesús resucitó. Y salidos de los sepulcros
fueron a la ciudad santa, y aparecieron a muchos” (Mat 27:48-53).
En la mañana del 23 de octubre
hora de Boston, Hiram Edson recibió la confirmación
del Espíritu que le traería la aclaración del chasco que habían sufrido. Tuvo
una visión del santuario celestial con la puerta abierta al lugar santísimo en
torno a la hora en que, en Jerusalén,
terminaba el Día de la Expiación con el sacrificio de la tarde (Lev 16:24; Núm 29:11). De una manera equivalente, Esteban tuvo una
visión de Cristo en el santuario celestial al concluir la profecía de las 70
semanas.
En el año 34 Esteban, luego de
dirigir su último llamamiento a la nación judía como en el estilo en que lo
habían hecho los profetas en lo pasado, fue apedreado sellando así la nación
judía su rechazo al evangelio y abriendo la puerta a la proclamación del
evangelio a los gentiles. Antes de morir “Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la
gloria de Dios, y a Jesús de pie a la diestra de Dios. Y dijo: ‘Veo los cielos abiertos, y al Hijo del
hombre de pie a la diestra de Dios’” (Hech 7:55-57).
Al morir apedreado se expresó como Jesús al ser crucificado diciendo: “¡Señor, no les atribuyas este pedado!” (Hech 7:60).
Poco después Felipe es llevado
por el Espíritu para bautizar a un etíope (Hech 8),
Saulo de Tarso tiene una visión semejante a la de Esteban y es llamado como
apóstol a los gentiles (Hech 8), y Pedro tiene la
visión de los alimentos inmundos a los que Dios limpió, en referencia a la
aceptación de los gentiles en su reino (Hech 10-11).
Habían concluido las 70 semanas que Dios había “cortado para” el pueblo judío,
y el movimiento del evangelio se desplazaba de Jerusalén y Judea hacia Samaria,
hacia Grecia, hacia Roma y finalmente, “hasta lo último de la tierra” (Hech 1:8). Era la confirmación del “poder” del “Espíritu
Santo” que debían esperar para cumplir con el plan trazado por Dios y
anticipado cronológicamente por la profecía.
En el otoño de 1844, más
precisamente en la mañana del 23 de octubre, cuando debía concluir el Día de la
Expiación correspondiente en Jerusalén en ese año, Hiram Edson
recibió el testimonio del Espíritu y
vio, en forma clara y nítida, abrirse el cielo y el cambio de ministerio que
debía llevarse allí del lugar santo al lugar santísimo para concluir la obra de
intercesión celestial en el juicio final (Dan 7:9-10,13-14; 8:14). Una visión
semejante la proyectó el apóstol Juan para la séptima trompeta en los
siguientes términos, sugiriendo de antemano que la atención de la gente sería dirigida
desde entonces hacia el lugar santísimo del templo celestial. “Entonces fue
abierto el templo de Dios en el cielo, y quedó a la vista el Arca de su Pacto
en su templo” (Apoc 11:19). Dos meses más tarde E. de
White recibe su primera visión y ve al pueblo adventista dirigiéndose hacia la
ciudad de Dios.
La entronización de Jesús en
el santuario celestial en el año 31 DC, en ocasión del Pentecostés, fue
confirmada en la tierra mediante el don de lenguas que Dios dio a los apóstoles
para capacitarlos para predicar el evangelio (Hech
2). Ese era el don que más necesitaba la naciente iglesia cristiana para poder
llegar al mundo conocido de aquel entonces con el cometido evangélico. Con el
llamado al don profético que Dios extendió a E. de White ese mismo año de 1844,
se dio la confirmación celestial de que Jesús había pasado al lugar santísimo
del templo celestial, y que había ido allí para concluir su obra de intercesión
en el juicio previo a su venida. Ese juicio tenía como propósito coronarlo Rey
de la Nueva Jerusalén, y determinar quiénes serían admitidos en su reino y en
su Santa Ciudad. El don de profecía prometido al remanente final en Apoc 12:17 (cf. Apoc 19:10), era
el don que más necesitaba el naciente último remanente para ir a todo el mundo
y preparar un pueblo que estuviese en pie para la venida del Hijo del Hombre.
Qué
grados de estudios se requieren para estudiar estos temas
El presidente venezolano
Chávez, en sus conflictos con la Iglesia Católica, respondió a los sacerdotes
católicos en determinada ocasión que ellos—los sacerdotes—no tenían el
monopolio de la Biblia. Esto lo afirmó como réplica a la acusación que un
sacerdote estaba haciéndole de manchar la Palabra de Dios al citarla, siendo
indigno de ello. El trasfondo de la declaración del sacerdote era el de la
Iglesia Católica que tiene un Magisterio que se considera infalible, y puede
desautorizar o autorizar cualquier interpretación de la Biblia. Tal criterio
está en pugna con la clara declaración del apóstol Pedro quien dijo que “ninguna
profecía de la Escritura vino por una interpretación privada”, ni “por voluntad
humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron inspirados por el Espíritu
Santo” (2 Ped 1:19-21). Tal concepto está en pugna
con el principio bíblico confirmado por el Hijo de Dios de que la Biblia debe
ser su propio intérprete (Mat 4:6-7), y que aún los más simples pueden,
siguiendo ese principio bajo la dirección del Espíritu de Dios, asombrar aún a
los que pretenden ser más sabios (1 Cor 1:25-29).
Con criterios a veces
prestados por la Iglesia Católica, otros por la adoración a los títulos que se
dan en los centros educativos nuestros al igual que en los del mundo, algunos
doctores en teología se han erigido en una especie de norma absoluta de lo que
es verdad y no lo es. Cierto doctor en teología de Andrews
University le dijo a una ancianita que vive cerca de
3 ABN, y da sus servicios a esa entidad laica, que los doctores en teología
ocupan el primer lugar, luego vienen los pastores que se instruyen con ellos y,
finalmente, en tercer y más bajo lugar, los hermanos laicos como esa ancianita
y los que trabajan en 3 ABN que lo ignoraban en sus intentos de aparecer en
algún programa de ese canal dirigido por laicos adventistas.
Debe reconocerse que se
requiere hoy cierta capacitación especial para poder responder con conocimiento
de causa muchas cosas relacionadas con la fe. Esto es más cierto aún en algunos
temas que requieren conocimientos no solamente bíblicos y teológicos, sino
también históricos, matemáticos y astronómicos, como lo es más definidamente el
tema que estamos considerando. Pero la posibilidad de obtener ese conocimiento
no está restringido a los que obtienen cartulinas blancas con la mención de
doctor. En otras palabras, los doctores no tienen tampoco el monopolio de la
Palabra de Dios. Ellos también deben ajustarse al principio bíblico de dejar
que la Biblia se interprete a sí misma. Y ellos también se equivocan—digámoslo
mejor, tienen el derecho de equivocarse—como cualquier otro, ya que como me dijo
cierta vez mi director de tesis en la Universidad de Estrasburgo, nadie nació
sabiendo.
Es un laico ahora, brasileño,
a quien Dios le dio la locura o pasión de estudiar ese tema (en el sentido de 1
Cor 1:18,22-23), y lo que ha escrito requiere el
mismo respeto que lo que escribieron tantos otros antes de él y a quienes
critica. Su mérito no está en ser un laico, como tampoco en otros el ser
doctor, sino en que su pasión lo llevó a hacer un estudio serio de todos los
temas básicos y tan diversos involucrados en la cronología de las 70 semanas y
los 2300 días anuales. Yo, doctor en teología, puedo decir que ninguno me
enseñó tanto sobre ese tema, y me permitió entender en forma tan definida
varios aspectos en discusión al respecto, como ese hermano industrial
luso-americano. Aunque mucho de lo que expresé aquí tiene que ver con una
investigación y propuesta personal mía, un buen número de los argumentos los
tomé de él en su evaluación de los análisis de los teólogos adventistas del S.
XX sobre ese tema.
Este hecho me alegra
grandemente, porque en la contienda final, Dios se valdrá mucho más de
instrumentos humildes que se dejen enseñar por él que por eminencias que han
estudiado en grandes centros del saber. No se trata de un culto a la
ignorancia, tan perjudicial como el culto a la sapiencia, sino de un
reconocimiento al esfuerzo bereano de alguien que
tuvo motivación divina para interesarse en conocer a fondo un tema que toca a
su fe, y sin buscar codearse con los grandes del saber aún de su propia
iglesia.
Si es que un título de doctor
Honoris Causa debe darse a alguien, ese título le corresponde al hermano Juárez
Rodríguez de Oliveira más que a una buena cantidad de
gente a la que se lo han dado. Se trata de alguien que no se transformó en un
recalcitrante disidente radical como muchos movimientos que sin fundamentación
buscan justificar su misión destruyendo las bases de la fe adventista y su
organización. Alguien a quien nadie le pidió que hiciese tal investigación, y
se preocupase en hacerla a fondo sin esperar recibir una recompensa personal.
Alguien que tuvo el valor suficiente de no venerar “sabios” o doctores a tal
punto de no atreverse a mostrarles a un buen número de ellos cuán equivocados
estaban. Sólo ante gente así, con tal pasión y honestidad intelectual que no es
muy común en los círculos teológicos científicos (según me lo confirmó en mi
defensa doctoral uno de los profesores de Estrasburgo que formó parte del
jurado), me sacaré el sombrero y con todo placer.
Juárez Rodríguez de Oliveira,
un industrial y traductor oficial del inglés al portugués, trabajó también para
compañías de hierro y acero. Tal vez tal oficio lo volvió tan acérrimo como
esos metales en su tenacidad para obtener conocimiento sobre el tema de su
pasión, así como en la defensa de sus convicciones y martilleo de la posición
contraria de doctores, teólogos e historiadores que se aventuraron antes que él
en ese tema. En su crítica a los teólogos adventistas de la segunda mitad del
S. XX, de Oliveira no parece haber perdonado, en efecto, ningún detalle que
estuviese en contradicción con sus propios descubrimientos acerca de cómo
creyeron los pioneros milleritas y adventistas, ni con sus descubrimientos
astronómicos. Aunque ese estilo apologético y polémico de abordar un estudio sesudo
no parezca cristiano para algunos, suele ser académicamente aceptable y común
especialmente entre judíos. A su vez, ayuda a entender mejor algunos aspectos
algo más difíciles.
Tal vez por una razón
semejante declaró la pluma inspirada en relación con la gran confrontación
final entre la verdad y el error, que “hay una belleza y una fuerza en la
verdad que nada puede hacer tan evidente como la oposición y la persecución” (EÚD, 144). Nadie que no sea dominado por
una pasión tan grande por la verdad que Dios nos dio para estos últimos días,
podrá gozar de esa belleza y de esa fuerza en medio de la crisis final en la
que pronto entraremos en pleno.
“Entre los habitantes de la
tierra hay, dispersos en todo país, quienes no han doblado la rodilla ante
Baal. Como las estrellas del cielo, que sólo se ven de noche, estos fieles
brillarán cuando las tinieblas cubran la tierra y densa oscuridad los pueblos.
En la pagana Africa, en las tierras católicas de
Europa y Sudamérica, en la China, en la India, en las islas del mar y en todos
los rincones oscuros de la tierra, Dios tiene en reserva un firmamento de
escogidos que brillarán en medio de las tinieblas para demostrar claramente a
un mundo apóstata el poder transformador que tiene la obediencia a su ley... Y
en la hora de la más profunda apostasía, cuando se esté realizando el supremo
esfuerzo de Satanás para que ‘todos...’ reciban... la señal de lealtad a un
falso día de reposo, estos fieles, ‘irreprensibles y sencillos, hijos de Dios
sin culpa’, resplandecerán como ‘luminares en el mundo’ (Filip
2:15). Cuanto más oscura sea la noche mayor será el esplendor con que
brillarán” (Ev,
512; véase Isa 60:1-2).