LA CRONOLOGÍA PROFÉTICA MÁS EXTRAORDINARIA

70 semanas y 2300 días

 

Dr. Alberto R. Treiyer

 

Hace unos  años estaba dando conferencias en Ucrania durante las noches sobre los eventos finales, y durante el día un seminario sobre el evangelio del santuario a pastores y laicos líderes. En la última etapa de mi gira estuve en la capital, Kiev, sin sospechar la sorpresa que iba a tener. El presidente de la Asociación me preguntó si iba a incluir en mis exposiciones a los pastores el tema de la fecha inicial de los 2.300 días. Le dije que no había traído material sobre ese punto porque nunca me pedían que tocase el tema. Lo más que pude prometerle fue tocar al final, en forma general, algunos de los problemas de los calendarios diferentes que se usaban entonces.

 

Cuando llegó el último día, al concluir dije que, a pedido del presidente de la Asociación de Kiev podía tocarles algunos problemas en el uso de los calendarios, pero que no iba a tocar el tema de la fecha en sí del año 457 AC porque no había traído material. Luego de una corta exposición les referí la respuesta de nuestra iglesia a través del Biblical Research Institute, en especial el trabajo del Dr. William Shea en el último número de la serie sobre Daniel y Apocalipsis, además del primero que fue escrito enteramente por él.

 

El presidente de esa Asociación pasó entonces para cerrar el seminario y, en lugar de agradecerme los servicios que habían alegrado en gran manera a los pastores y laicos prominentes al enseñarles los rituales hebreos, se puso a explicar con una energía y convicción impresionantes cómo nuestra iglesia se había equivocado y estaba enseñando el error con respecto al inicio de los 2300 días. Cuando terminó me paré y le dije que si tenía problemas con la fecha de partida, estaba el cumplimiento en la época de Cristo que había sellado la profecía de las 70 semanas, así como la de los 2300 días como terminando en 1844. Me respondió categóricamente que no se puede arreglar un error de partida por un acierto de llegada. Le pedí entonces la fuente de su exposición. Se negó a dármela. Entonces me enojé, siempre en público, y le dije que si no había leído la respuesta de nuestra iglesia, era un irresponsable al presentar la crítica como si fuera verdad. Prometí entonces que al regresar a los EE.UU. iba a buscar la documentación que había leído someramente en su momento, e iba a resumirla y enviársela.

 

Al día siguiente me llevaron a conocer el nuevo colegio que estaban levantando a unos 30 kms. de Kiev, en una zona boscosa. De la noche a la mañana nuestra iglesia se quedó con una propiedad de grandes edificios que había pertenecido al ejército y que había servido por años para la instrucción comunista. Guardaban una pared cubierta por una cortina con las insignias del comunismo, un valor histórico sin duda, ahora sirviendo para instruir a muchos en el evangelio de Cristo. Sorpresivamente vi de nuevo al presidente de esa Asociación quien se acercaba donde estaba y sonreía, algo nervioso e incómodo. Pensé que le había afectado algo la confrontación del día anterior por lo que amigablemente volví a preguntarle: “¿De dónde obtuvo la información que usó ayer para atacar la fecha inicial de las 70 semanas y los 2300 días?” Me contestó cualquier cosa menos lo que le pregunté, por lo que el traductor no quiso traducirme la misma pregunta otra vez, haciéndome una seña de no darle importancia.

 

Se me informó después que había un grupo de ucranianos en los EE.UU. que mandaba información y propaganda disidente a Ucrania, y que eso estaba confundiendo a muchos, inclusive a ese presidente. Me sentí en parte responsable de la situación del día anterior por no haberme preocupado antes por dominar a fondo el tema. En todos lados a donde había ido se había dado por sentado la exactitud de la fecha, y no sentí la necesidad de llevar material extra para tratar ese punto allí.

 

Al volver a los EE.UU. leí el artículo de William Shea, lo resumí y agregué algunos datos adicionales que había recogido mientras enseñaba en Francia. Luego lo mandé a ese presidente, a la traductora (una gorda rusa maciza que hizo creer a mi hija, cuando la abrazó, que abrazaba un colchón: habrá sido sin duda de tanto comer papa con tanto almidón, como los rusos), y a un pastor que hablaba inglés pidiéndole también que lo tradujera. Cuando cuatro años más tarde fui otra vez a Kiev, lo vi a ese presidente flaco con una barbita en el mentón y le pregunté si había recibido el material. Ya no era presidente, tenía otro cargo. Me dijo que no, que nunca lo había recibido (al recibirlo en inglés tal vez ni se enteró de qué se trataba, ni se preocupó porque alguien se lo tradujera).

 

Otra confrontación

 

Aunque entendí los argumentos principales de William Shea, basados en gran parte en el arqueólogo adventista ya fallecido, Siegfried Horn, había algunas preguntas que me quedaban y para las que no había encontrado una respuesta satisfactoria. Al verlo poco después en la Asoc. Gral. en un pasillo, aproveché para preguntarle una de ellas. A pesar de que había salido de su oficina para ir al baño, se detuvo a explicármela y me hizo un gráfico pequeño, sin dar apariencias de apuro. Le agradecí la atención y le pedí que no se detuviera más conmigo. Mi pregunta tuvo que ver en esa oportunidad con la sincronización de la profecía de los 2300 días con la de los 1335 días. Otra pregunta crucial me quedaba sobre la razón por la que los milleritas escogieron el Día de la Expiación de 1844 y no el de 1843, dado que el año civil hebreo expiraba el día anterior al primero de Tishri (Fiesta de las Trompetas), y no el décimo (Día de la Expiación).

 

Poco tiempo después me encontré con un hermano brasileño a quien había conocido cierto tiempo atrás, entusiasmado al extremo según había yo interpretado, con la fecha de los 2300 días. Criticaba a muerte a todos los teólogos adventistas. En una reunión que pidió en la Asoc. Gral. con el Dr. William Shea y otros dirigentes, incluyendo del Centro White, terminó diciéndole que iba a llegar el día en que iba a tener que pedirle perdón a la Iglesia Adventista por haberla engañado. Me interesé en su material, aunque para mis adentros pensé, “¿de Brasil podrá salir un teólogo, tan luego uno que ni siquiera hizo los primeros cuatro años elementales de teología?” No obstante, dejé la puerta abierta por ver si alguien que se expresaba tan decididamente tendría algo que ofrecerme. Esta vez, la crítica provenía de alguien que presumía defender el enfoque tradicional sostenido por los milleritas y los pioneros de la Iglesia Adventista, y acusaba a los dirigentes actuales de haber descarriado a la iglesia en ese tema tan importante.

 

Un tercer y cuarto empujón para estudiar el tema

 

Mi correspondencia con ese hermano laico brasileño no me sirvió demasiado. El material que me envió me pareció confuso por falta de metodología. De una cosa saltaba a la otra y no entendía la razón de sus reacciones contra la posición de nuestros teólogos actuales. Por esa época leí una breve declaración de un profesor de Andrews, adonde ese hermano brasileño había ido a pelear también, diciendo que la posición de William Shea y de otros teólogos adventistas era sólida y no débil como nuestro hermano del país del fútbol y de las bananas arguía. Enterado de que una comisión en Brasil, dirigida por el Dr. Alberto Timm (medio pariente mío por parte de mi abuela brasileña, y único teólogo brasileño elocuente que conozca junto con Siegfried Shwantes ya jubilado hace tiempo), le había prometido a ese hermano estudiar su material, decidí esperar. Le prometí entonces estudiar su material cuando dispusiera de más tiempo, más definidamente, para cuando preparase mi tercer seminario sobre el santuario (pienso incluirlo porque se trata de un problema que explotan algunos para confundir y hacer perder la fe de nuestro mensaje profético a muchos hermanos).

 

Ese día llegó el año pasado, y se incrementó con el folleto de la lección del último trimestre que se basó en el libro de Daniel. Estaba contento de haber comprado una tesis doctoral sobre el tema preparado en la Universidad de Andrews. Basado en esa tesis y en otros documentos adicionales que había estado juntando con el tiempo, preparé un comentario sobre las 70 semanas. Confiadamente di la fundamentación bíblica y extrabíblica allí expuesta. Pero ya casi el último día de mis vacaciones por casualidad en la biblioteca de la Universidad Adventista del Plata un libro sobre esa cronología editado en Brasil. Vi que se trataba de ese hermano, y la recomendación decidida del doctor tocayo mío del Brasil me interesó más. Con el perdón de todos los que tienen posiciones ya tomadas sobre el tema, creo que el material del hermano Juárez Rodríguez de Oliveira es el mejor que se haya escrito hasta ahora sobre la cronología de las 70 semanas y de los 2300 días (salvando su estilo polémico que no lograron quitarle del todo hasta ahora).

De esta introducción se desprende que no soy especialista en cronología bíblica. Mi especialidad tuvo y tiene que ver con la teología del santuario de Israel y, debido a su relación especial con los eventos finales, extendí esa especialización hacia los libros de Daniel y Apocalipsis. Poco a poco, sin embargo, voy avanzando en el conocimiento y profundización de la cronología bíblica que requiere el concurso de varias ciencias como la arqueología, la historia, la astronomía, las matemáticas y la teología. Esta serie que estoy compartiendo con Uds. por Internet es una manera también de obligarme a meterme más en el tema, para organizar mejor los conocimientos que ya adquirí. Por lo cual, si alguien se siente inclinado a criticar alguna posición asumida, tal crítica será bienvenida y servirá para enriquecer más su comprensión. Soy conciente que se requiere un esfuerzo de simplificación como el que se verá aquí, pero a su vez, tal esfuerzo puede dejar aspectos de lado que son necesarios para satisfacer a mentes más inquisitivas. Por lo que si en este foro se puede contar con observaciones críticas de quienes también pusieron su cabeza en el tema, alabado sea el Señor por ello.

 

Origen de los calendarios

 

Antes de entrar en el tema mismo de la cronología de las 70 semanas y los 2300 días, será útil dar una mirada rápida a la historia de algunos calendarios. El tema de los calendarios me había interesado ya mientras preparaba mi tesis doctoral sobre el Día de la Expiación en la Universidad Protestante de Estrasburgo, Francia. Ezequiel recibió su visión del Nuevo Templo en un Día de la Expiación (Eze 40:1)—mi tesis versó sobre ese día especial—y el hecho no parece ser fortuito. El significado de ese día proyectado en la visión que Dios le dio a Ezequiel debía, sin duda, arrojar luz sobre el mensaje que Dios quiso dar a su pueblo entonces. Lo llamativo en Ezequiel es que se refirió a ese día diez como dándose “al principio del año”, en referencia probable al año otoñal (véase A. R. Treiyer, The Day of Atonement and the Heavenly Judgment, 124ss, 318ss). 

 

Posteriormente me interesé algo más en el tema debido a que un alumno de teología en Francia, Francois DuMesgnil D’Engente, llegó a convencerse al leer a Siegfried Horn que se había equivocado en un artículo de Ministry recién aparecido en esa época. Una mejor comprensión sobre los distintos calendarios y la manera de contar de los judíos los años de los reyes, fue suficiente entonces (tal vez en parte), para resolver el problema que suscitó en una de mis clases.

 

En tiempos modernos surgió la teoría promovida por teólogos liberales, de que los israelitas copiaron el calendario solar de los egipcios que comenzaba en el mes Toth (diciembre), y posteriormente, bajo la influencia babilónica, adoptaron su calendario lunar que comenzaba en el mes Abib (marzo-abril). Esta teoría ha sido fuertemente rechazada por muchos teólogos, inclusive judíos, que argumentan que el calendario hebreo fue siempre lunisolar ya que fue instituido en el día mismo de la creación (Gén 1:14; Sal 104:19). Lo que es motivo real de discusión, sin embargo, es determinar cómo se las arreglaban al principio para sincronizar el calendario lunar con el solar que medían por las cosechas. Dos autores judíos, S. Safrai y M. Stern, llegaron a afirmar en 1976 que “el contraste entre la pobreza de nuestras fuentes y la abundancia y riqueza de detalles de las teorías” es sorprendente.

 

¿En qué época o estación debía comenzar el año solar que, quiéranlo o no, estaba presente regularmente con la maduración de las cosechas y el movimiento del sol? Pareciera ser en la época en que el sol llegaba a su período más débil o corto del año o, por decirlo de otra manera, cuando el sol comenzaba a permanecer más tiempo a la vista de los antiguos. En otras palabras, el año debía comenzar cuando los días comenzasen a extenderse. De allí que los Egipcios lo hiciesen comenzar en nuestro diciembre, una práctica que siguieron los romanos al llamar al primer mes Jano (de allí January, Enero). Ese mes estaba representado por un dios, Jano, que tenía dos caras pegadas por la nuca, mirando una hacia el pasado y la otra hacia el futuro. Por eso, en torno al 25 de diciembre, los romanos hacían fogatas anunciando el nacimiento del dios sol, ya que en torno a esa fecha el sol comenzaba a extenderse durante el día en el hemisferio norte.

 

Los cristianos de Roma, por su parte, decidieron más tarde festejar en esa fecha la Natividad, el natalicio del Sol de Justicia, Cristo Jesús, aunque ese día no hubiese tenido nada que ver con la fecha real en que nació Jesús (en Navidad los pastores de Belén no hubieran pasado toda la noche en el campo con los animales porque era invierno). Esa misma práctica de encender fogatas se perpetúa en las luces artificiales que se prenden en tantas ciudades cristianas para las fiestas de Navidad y Año Nuevo que comienzan también en el mes de diciembre y se apagan luego del primero de enero.

 

La sincronización de los calendarios lunisolares

 

Los israelitas también hicieron comenzar los meses con la luna creciente, y hubiera sido de esperarse que comenzasen el año de una manera semejante, con el  mes en el que supuestamente el sol comenzaba a alargarse. Sorprendentemente, el calendario civil o solar lo hicieron comenzar en el otoño, en la época en que expiraba el año religioso y lunar, y en ocasión de la cosecha final del año. Fue en la declinación del sol, y no en su nacimiento, que hicieron comenzar el año civil. ¿Habrá tenido ese hecho como propósito evitar que se tentasen a honrar al sol como lo hacían los demás paganos, festejando su natalicio el día en que presumían comenzaba a resurgir? Tampoco tenían fiestas de germinación, sino sólo de cosecha, en reconocimiento a Dios por sus dones, algo contrastante con las fiestas de la fertilidad que tenían los paganos con diosas como Astarté que contenía siete senos.

 

[Un estudio que no he podido hacer y sería positivo hacerlo un día es comparar la ubicación de los días festivos anuales de los pueblos paganos en contraste con la ubicación de los días festivos en Israel, sus motivaciones y teología especial. Hasta ahora sólo expuse en mi tesis doctoral tales contrastes en relación con el Día de la Expiación y la purificación del templo del dios Nebo en la antigua Babilona. A lo que me refiero es a hacer una comparación de los calendarios festivos religiosos entre los pueblos antiguos y el de Israel].

 

El calendario hebreo puede definírselo fácilmente como agropecuario porque se festejaban las fiestas en determinados días del mes ligados a las cosechas, y se los celebraba en el templo junto con ciertos sacrificios de animales definidos (Lev 23; Núm 28-29). Ahora bien, las cosechas no se ajustan a la luna, sino al sol. ¿Cómo podían determinar, entonces, el día exacto del mes en que debían traer las gavillas o los frutos al templo, en gratitud a Dios por sus bendiciones materiales y espirituales? Más aún, ¿cómo podían llamar a esos meses de fiesta “primer mes”, o “séptimo mes”, en referencia a los meses más cargados de fiesta, si los doce cambios de luna del año no coincidían con los cambios anuales de rotación de la tierra en torno al sol?

 

Se sabe que los pueblos antiguos, incluyendo el pueblo de Israel, tenían un año solar de 360 días, lo que corresponde a 12 meses de 30 días cada uno. Eso se ve confirmado por la profecía de los 1260 días de Daniel, y su definición más clara del Apocalipsis como 42 meses (Apoc 11:2; 13:5), 1260 días (Apoc 11:3; 12:6) o “tiempo (1), tiempos (2), y la mitad de un tiempo” (1/2 año) (Dan 7:25; 12:7; Apoc 12:14). ¿Qué pasaba con los cinco días y algo restantes que no se computaban? Se sabe también que algunos pueblos tenían algunos días extras que entre los romanos llevó a ciertos emperadores a competir entre sí para que el mes que honraba su memoria se quedase con mayor número de días. Entre los israelitas es probable que cada seis años arreglasen su calendario solar con un mes extra que hiciesen coincidir con la víspera del año sabático. El año sabático mismo podría haber servido como medio regulador de todo desajuste que se hubiese dado hasta esa fecha, permitiendo recomenzar el primer año del nuevo ciclo en armonía con la cosecha, correspondiente también a la rotación de la tierra en torno al sol.

 

Una prueba indirecta de un mes extra se percibe, por ejemplo, en la profecía de los 1290 días de Dan 12:11. Tal vez con el propósito de evitar cualquier especulación, Dios previó dos hechos históricos remarcables sobre el levantamiento del anticristo romano futuro, que permitirían reconocerlo de manera doble, reforzada, y nadie sintiese la necesidad de discutir si esos tres años y medio anticipados en Dan 7:25 tendrían en cuenta un mes adicional o no.

 

Si nos quedamos aquí, todo parecería fácil. Pero debemos recordar que el calendario de Israel no fue únicamente solar, sino también lunar, esto es, lunisolar. [Los esenios tuvieron un calendario puramente solar, pero no he tenido la oportunidad de estudiarlo todavía]. Más definidamente, Dios indicó que debían ofrecer sacrificios especiales cada cambio de luna equivalentes a los del sábado semanal y los de las otras fiestas anuales (Núm 28:11-15). El séptimo mes debía considerárselo, además, como un sábado anual, festejándolo con sonido especial de trompetas que anunciaban la inminencia del juicio diez días más tarde, en el Día de la Expiación (Lev 23:23-32). ¿Cómo hacían los hebreos para sincronizar esos cambios de luna con el año solar de 360 días y aún, con el año astronómico que según sabemos, duraba algo más de 365 días?

 

Para ser más precisos, el mes lunar dura entre 29 y 30 días, y 12 meses estrictamente lunares dan 354 días y 8 hs., no 360 ni 365 días. Esto requería que cada tres años se diesen trece cambios de luna en el año, en lugar de doce, y en algunas ocasiones cada dos años. De lo contrario, la fiesta de las primicias de la cebada iban a tener que celebrarla con el correr del tiempo en pleno invierno, cuando ni siquiera había plantas y era la época de la siembra. ¿Cómo podrían en tal caso llamar a ese primer mes Abib, esto es, “cebada”, si ese mes terminaba cayendo en cualquier época del año sin tener nada que ver con la cebada? Y si se partía mal, un problema semejante lo hubieran tenido con la fiesta de las primicias del trigo cincuenta días más tarde. También la fiesta final de la cosecha hubiera caído en el tiempo cuando las frutas estaban demasiado verdes, y las vides estuviesen muy lejos de colorear.

 

Una suposición basada en los años sabáticos

 

Así como había un séptimo día especial y sagrado, y un séptimo cambio de luna también especial y sagrado que los israelitas festejaban con sonido de trompetas, también había un séptimo año sabático y un año 49 más especial aún que completaba el período de siete años sabáticos (Lev 25). Luego de la sexta cosecha, los israelitas habrían comenzado a festejar el año sabático que, antes de comenzar la primavera, en el caso de un calendario anual de 360 días, requería un mes adicional o intercalario o décimotercer mes. El año sabático, según esta teoría, podría haberse encargado de arreglar los problemas de sincronización del calendario lunar con el solar. Como podemos recordar, el año sabático comenzaba en el Día de la Expiación (Lev 25:9-10), luego de lo cual todos los israelitas debían comparecer en el templo para agradecer a Dios por la cosecha final en la Fiesta de las Cabañas o Tabernáculos (Deut 31:11; cf. Lev 23:33ss).

 

Llama la atención también el hecho de que el mes intercalario lunar (el décimo tercero), lo agregaron los israelitas en tiempos posteriores al concluir el calendario litúrgico-religioso, después del mes de Adar (el doce), y lo llamaban Ve-Adar o “segundo Adar” (el trece). Esto coincide con la orden indicada por Dios para iniciar los años sabáticos luego que se había juntado la cosecha final, en el séptimo mes. En este contexto, debemos recordar también que durante los años sabáticos los israelitas no cosechaban sus mieses, ni recogían sus frutos (Ex 23:10-11; Lev 25:2-7,20-22). ¿Qué pasaba entonces con sus fiestas de cosecha en tales ocasiones? ¿Las celebraban? ¿Usaban ese año para recompensar la inexactitud de su calendario anual, como ocurría con todos los otros desajustes sociales que en ese año debían recomponerse? (Ex 21:2-6; Deut 15:1-18).

 

El primer año del nuevo ciclo del calendario solar, luego del año sabático, podían comenzar a contarlo de nuevo eligiendo como primer cambio de luna el que anunciaba la maduración de la cebada, como lo hacían siempre con el calendario lunar. De esa forma podían arreglar la diferencia de días de su calendario solare, regulándolo cada siete años con su calendario lunar. Como dato adicional podemos traer a colación que al cabo de 19 años, los cambios de luna volvían a cuadrar otra vez con la posición de la tierra en torno al sol que habían tenido al principio (es decir, con las estaciones del año solar), completando un ciclo metónico, nombre éste dado al griego Metón que descubrió el hecho (la diferencia es de alrededor de hora y media). [Se me ocurre una pregunta. Siendo que los datos astronómicos hoy son exactos aún en retrospectiva, ¿no podría este hecho ayudar a reforzar la fecha aproximada en que los israelitas comenzaron a cumplir con las leyes mosaicas que fueron establecidas específicamente para cuando entrasen en la tierra prometida? (Lev 25:2). ¿Qué ciclo metónico habría cuadrado mejor con el calendario solar y el comienzo de la implementación de tales leyes en Palestina que pudiese ser ideal?]

 

Un calendario de cosecha

 

Es en las leyes bíblicas sobre los años sabáticos y de jubileo que podemos encontrar la primera mención a un doble calendario en el antiguo Israel, uno de primavera y otro de otoño. Había un calendario lunilitúrgico o religioso cuyo comienzo era a su vez histórico porque recordaba la liberación divina de Egipto (Ex 12-13), y otro que comenzaba medio año después. Mientras que el primero comenzaba en la primavera marcando el comienzo de la cosecha, el segundo comenzaba en el otoño marcando el final de la cosecha (Lev 23; 25). En otras palabras, mientras que un calendario iba de comienzo a comienzo, el otro iba de fin a fin. Al segundo se lo conoce hoy también como calendario civil porque posteriormente contaron el comienzo del reinado de los reyes a partir de ese calendario otoñal.

 

Es evidente que la cosecha iba a ser el mejor medio para determinar el cambio de época ya que, por más conocimientos que tuviesen de astronomía, la medición exacta de rotación en torno al sol en una época en que la hora era el período de tiempo más corto iba a ser más difícil de determinar. La cosecha era, en esencia, el principio regulador por excelencia del calendario lunisolar. Aunque los cambios del sol y de la luna se tenían en cuenta, la cosecha era el centro de la atención a la hora de determinar el comienzo y el final, como motivo de agradecer a Dios por la vida, los dones y toda bendición que les otorgaba.

 

Los registros históricos bíblicos acerca de las fechas de los años sabáticos son magros y difíciles de determinar (2 Rey 19:29; Isa 37:30). Supuestamente, la destrucción de Jerusalén por los babilonios habría tenido lugar durante un año sabático (véase 2 Crón 36:21). Cierta discusión puede darse a la hora de determinar si esa destrucción se dio al comienzo o al final del año sabático. La cuenta posterior de los rabinos de tales años sabáticos es cuestionada aún hoy inclusive dentro del judaísmo. Su celebración tuvo que ver sólo con la shemittah o abandono agrario de la tierra, ya que en muchos respectos el contexto social había cambiado (véase A. R. Treiyer, Jubileo y Globalización. La Intención Oculta, cap 13).

 

No se sabe “ni el día ni la hora”

 

Aquí cabe hacerse algunas preguntas. Si la destrucción de Jerusalén por los babilonios tuvo lugar en un año sabático en cumplimiento a las advertencias divinas por no haberlos guardado como Dios lo había indicado (Lev 26:34-35: 2 Crón 36:21), y si el cumplimiento de las fiestas debía darse no sólo en cuanto al acontecimiento sino también en cuanto al tiempo (CS, 450-451), ¿no habría de suceder lo mismo con la venida de Cristo para venir a destruir a este mundo por sus seis mil años de pecado? Siendo que el día exacto en que caía esa fecha otoñal dependía de la luna que variaba de año en año, nadie podría saber “ni el día ni la hora” hasta que Dios mismo indicase desde el cielo que ése iba a ser el año en que iba a tener lugar.

 

La oración del pueblo de Dios, como la de los cristianos judíos que estuviesen en Jerusalén poco antes de su segunda destrucción, debía tener en cuenta la importancia de que ese día no cayese ni en sábado, ni en invierno (Mat 24:20), algo que de no cumplirse ese ruego, afectaría la huída del pueblo de Dios de las ciudades poco antes de su destrucción final, en el hemisferio que para esa época del año se viese más desfavorecido. El otoño del norte correspondiente a la primavera del sur, no es tan inclemente como el invierno [Véase A. Lista Hugo, El Retorno de Jesús y el Ritual Judío (Bs.As., 1999)]. [En este respecto debo ser claro en que es imposible determinar cualquier año de jubileo, ya que no se lo celebró en Israel desde la primera destrucción de Jerusalén, ni se sabe si llegó a celebrárselo antes ni en qué momento se habría comenzado a celebrárselo, por lo cual es inútil tratar de imaginarse cuál podría ser el año: véase A. R. Treiyer, Jubileo y Globalización. La Intención Oculta (1999), cap 13].

 

El cómputo de los meses buscó enmarcárselo en tiempos post-bíblicos y cristianos en forma más rígida y astronómica, creando otro conflicto dentro del judaísmo debido a que en algunos años esos cómputos no coincidían adecuadamente con la cosecha. Debido a esto se veían a veces confrontados al problema de tener que celebrar las fiestas cuando los granos no estaban suficientemente maduros. Por tal razón, una rama del judaísmo (los caraítas), mantuvo su propio calendario que no coincidía en todo con el de Palestina. Sobre esto volveremos al discutir la fecha del 22 de octubre de 1844, lo que a su vez nos permitirá ver cómo hacían entonces para determinar el día exacto en que debían comenzar el primero de los meses y, desde allí, determinar los demás días y meses de fiesta anual.

 

La respuesta de Jesús a sus discípulos sobre si iba a restaurar “el reino a Israel” en sus días fue que no les tocaba a ellos “saber los tiempos o las épocas [estaciones] que el Padre puso en su sola potestad”. Con esto Jesús parece haberse referido a que ellos, tanto como Daniel, debían guardar su mensaje sellado hasta el “tiempo del fin” cuando Dios aclararía ese punto (Dan 12:4). Por otro lado, la referencia de Jesús a “estaciones” podría tener que ver con los calendarios y sus variaciones que se daban cada año, y que no permitirían conocer en forma exacta ni el día ni la hora en que ese evento tendría lugar. Al no conocerse en qué día preciso debían comenzar las estaciones de la cosecha en el año de la venida del Señor, tampoco podría conocerse en forma exacta en qué día ni en qué hora definidos volvería a vérselo.

 

Más sobre la profecía de los 1290 días

 

Las únicas referencias que conozca a un calendario solar de 30 días rígidos cada mes, y 12 meses dando un total de 360 días, se encuentran en el libro de Daniel y el Apocalipsis. Ese calendario solar de 360 días podía servirles, tal vez, como un punto adicional de referencia que les permitiese regular, de tanto en tanto, el calendario lunar con el movimiento de la tierra en torno al sol. Que los israelitas medían también el movimiento del sol, y no solamente el de la luna, se puede ver en la mención al reloj de Acaz que su hijo Ezequías continuaba utilizando, y al que Dios mismo recurrió para permitirle a Ezequías ver la señal que pedía (2 Rey 20:8-11). El año sabático basado en las cosechas se encargaba de por sí en poner en regla ese calendario solar también con el astronómico de 365 días, con un décimotercer mes que, como el lunar, correspondía intercalárselo al concluir el invierno, antes de comenzar la cosecha en el primer mes de primavera.

 

En efecto, el cómputo de 1290 días que nos ofrece Daniel está teniendo en mente un calendario solar que incluía un décimotercer mes adicional al cabo de seis años, tal como solía hacérselo con el calendario lunar cada tres años, y a veces cada dos años. Recordemos que los cómputos de los años se los hacía partir del calendario otoñal, esto es, en el séptimo mes del calendario religioso que comenzaba en primavera. Era entonces, en ese séptimo mes, que concluía la cosecha (Lev 25:3-12). Pues bien, el décimotercer mes que solía agregarse al tercer año para no alejarse demasiado del calendario solar, caía en el mes de Adar. Ese mes de Adar se daba después que había concluido el año litúrgico y con él las cosechas del año, y era más específicamente el mes doce de ese año lunilitúrgico. En otras palabras, el “segundo Adar” o décimotercer cambio de luna precedía al mes de Abib con el que comenzaba la primavera y se daban, en la segunda mitad de ese primer mes primaveral, las primicias de la cosecha del año con el ofrecimiento en el templo de las primeras gavillas de cebada.

 

Resulta obvio que los israelitas escogieron ese último mes lunar para agregar un décimotercero porque ese mes terminaba el invierno, y para entonces podían ver si las plantas de cebada iban a poder madurar a tiempo o no para el primer mes de primavera. Cuando les resultaba obvio que eso no iba a ser posible, agregaban ese “segundo Adar”. Los 1290 días de Daniel abarcan, por consiguiente, esos tres años y medio de un año otoñal (tres septiembres/octubres más un cuarto Adar [febrero/marzo] doble, haciendo que el nuevo año lunilitúrgico comenzase en abril (abib) y terminase en octubre (etanim o tishri)).

 

¿Qué nos dice esto con respecto a la profecía de los 1260 ó 1290 días o, más simple, 3 años y 1/2? Que ese período de dominio del anticristo romano anunciado por Daniel en esa profecía, iba a abarcar un período completo, luego de lo cual comenzaría una nueva época, una nueva primavera donde todo comenzaría a brotar otra vez (Dan 7:25; 12:7,9,11).

 

No podemos detenernos a considerar aquí los otros detalles dados por la profecía, por lo que inferimos que el lector sabe ya que históricamente, fue en 1798 que concluyeron los 1260 y 1290 días (símbolo de años), con la herida mortal que recibió el papado romano a su autoridad y despotismo políticos. Para entonces se levantaron dos movimientos de liberación que fueron el secularismo ateo y el protestantismo norteamericano. Una nueva era de libertad brotaba entonces que permitiría levantar un pueblo que con su mensaje, madurase al mundo para la última gran cosecha. Esa era había sido anunciada como siendo la del “tiempo del fin” (Dan 7:25; 12:4,7,9), y culminaría al final con la destrucción del mundo y la segunda venida de Cristo. El movimiento adventista nació con ese “tiempo del fin” y es inseparable de él. Surgió repentinamente por toda la tierra señalando ese cambio de era y anunciando el pronto regreso del Señor.

 

Llama la atención en este contexto, la interpretación de E. de White con respecto al nuevo poder que surgiría de la tierra con rasgos de nobleza que al principio se compararían a los de un cordero (Apoc 13:11). Esos rasgos tienen que ver con la libertad emanada de la Biblia que asumió especialmente el protestantismo norteamericano.

 

“¿Cuál era en 1798 la nación del nuevo mundo cuyo poder estuviera entonces desarrollándose, de modo que se anunciara como nación fuerte y grande, capaz de llamar la atención del mundo? La aplicación del símbolo no admite duda alguna. Una nación, y sólo una, responde a los datos y rasgos característicos de esta profecía;  no hay duda de que se trata aquí de los Estados Unidos de Norteamérica. Una y otra vez el pensamiento y los términos del autor sagrado han sido empleados inconscientemente por los oradores e historiadores al describir el nacimiento y crecimiento de esta nación. El profeta vio que la bestia “subía de la tierra” y, según los traductores, la palabra dada aquí por ‘subía’ significa literalmente ‘crecía o brotaba como una planta’... Un escritor notable, al describir el desarrollo de los Estados Unidos... dice: ‘Como silenciosa semilla crecimos hasta llegar a ser un imperio’... Un periódico europeo habló en 1850 de los Estados Unidos como de un imperio maravilloso, que surgía y que ‘en el silencio de la tierra crecía constantemente en poder y gloria” (CS, 493).

 

Más sobre los calendarios sabáticos

 

Cierta vez mientras vivía en California me paró la policía por ir más rápido de lo permitido. Para evitar tener que pagar la multa y quedar manchado el registro del seguro del auto, se daba entonces la oportunidad de asistir a un curso de conducir que duraba un día, todo de una vez, durante ocho horas. Se comenzaba ese curso con un testimonio que pedía el que lo dictaba a cada uno de los presentes sobre qué les había pasado para tener que hacer ese curso. Con casi cada testimonio todos reían porque allí no había ningún fariseo, todos éramos pecadores.

 

Me llamó la atención la filosofía que se buscaba inculcar en esas clases. El pueblo no es el dueño de las rutas y calles del país, sino el gobierno federal. Al pueblo se le da una concesión, un permiso, para poder transitar por ellas, por lo que si no cumple con las condiciones que se le dan del Estado para conducir, se le puede quitar ese privilegio.

 

Algo semejante buscó inculcar el Señor con el calendario sabático, el semanal, el de las fiestas anuales y el de los años sabáticos (Lev 23; 25; Núm 28-29). En ese calendario temporal el Creador de este planeta marcó su autoridad. Por no haberlo respetado se le quitó al pueblo de Israel la concesión o privilegio divinos de vivir en la tierra que les otorgó para llenarlos de bendición (Lev 26:34-35; 2 Crón 36:21; Eze 20:12,20; cf. v. 1-4,36; Jer 17:21-23,27; 34:8-16; Isa 58). “La tierra es mía, y para mí vosotros sois peregrinos y huéspedes”, dijo el Señor (Lev 25:23-34).

 

La marca del anticristo romano y papal que por 1260 y 1290 días-años iba a procurar establecer durante todo el medioevo sobre el mundo, tendría que ver con un cambio en “los tiempos y la ley” (Dan 7:25). Mediante la imposición de un calendario diferente que se enmarcase en su propia autoridad en contraposición con la del Creador, el papado romano se erigió a sí mismo como el anticristo perfecto anunciado por los profetas Daniel y Juan en el Apocalipsis. No sólo cambió el sábado semanal que reconoce la autoridad del Creador sobre esta creación, sino que también impuso un calendario anual que sepultaba el calendario profético del Señor. En lugar de conducir a todos, en esta época, a mirar hacia la consumación final representada por las fiestas de cosecha final del séptimo mes, el papado impuso sobre el mundo un calendario basado únicamente en el pasado, culminando, incluso, con el nacimiento del Hijo de Dios al concluir el calendario juliano-gregoriano que lleva su nombre en honor al papa Gregorio.

 

Al hacer caer la pascua en domingo siempre, en forma artificial, el papa Gregorio buscó además imponer y honrar el domingo por encima de toda otra fiesta. Los papas de hoy están procurando restablecer esa marca de autoridad no sólo con respecto al domingo, sino también con respecto a las demás fiestas de la Iglesia Católica Romana y a la imposición de un jubileo que obligue a las naciones más ricas a perdonar la deuda a las más pobres (véase A. Lista Hugo, El Retorno de Jesús y el Ritual Judío, y mi libro Jubileo y Globalización).

 

Mediante semejante engaño, ¿qué pasará con tanta gente que no podrá conocer los tiempos ni las estaciones que marcarían la época de la venida del Señor? (Mat 24:32-33). En otras palabras, ¿qué pasará con tanta gente que no reconoce ni reconocerá las señales que el Señor dejó aún en el sol y la luna para indicar la llegada del “tiempo del fin”? Lo que el antiguo profeta declaró. Terminarán diciendo con tristeza y dolor, “pasó la siega, se acabó el verano, y nosotros no hemos sido salvados” (Jer 8:20).

 

“La siega es el fin del mundo” (Mat 13:39). “El que duerme en el tiempo de la siega es indigno” (Prov 10:5). El Señor no les permitirá más transitar en la tierra de su Creación, el día en que venga para limpiarla y transformar aún sus cielos atmosféricos en una nueva creación. Establecerá sobre ella únicamente a los que miraban por fe hacia adelante, reconociendo que “eran peregrinos y forasteros en la tierra”, y reconocían también la autoridad de Aquel que por su sola majestad puede conceder el privilegio de morar a quien quiere en su posesión (Heb 11:13-16). Aunque el anticristo hubiese intentado apoderarse de ellos y de la tierra del Señor haciéndolos andar errantes por la tierra, la patria que el cielo les prometió les sería concedida para que pudiesen transitar sobre ella libres, y para siempre (Heb 11:36-40).

 

Preguntas y reflexiones adicionales sobre los tres calendarios

 

A esta altura uno puede preguntarse si los judíos se habrán referido a menudo a años por el término día debido a la confusión que se podía presentar a la hora de determinar lo que implicaba el año, si un año lunar de doce o trece meses como el que tenían en relación con sus cosechas, un año solar de 360 días como el que existía tal vez ya desde la época del rey Acaz, quien poseía un reloj solar (2 Rey 20:10-11), o un año solar astronómico como el que conocemos hoy con mayor precisión. El término día por año podría referirse en un lenguaje aún no profético, a una manera implícita de referirse al año sin entrar en la discusión (Núm 14:34; Eze 4:5-6). De allí que fuese fácil aún para los judíos medievales entender que las profecías de Daniel en términos de días se refiriesen a años. Estaban acostumbrados a referirse a los años por el término “días”.

 

También podríamos preguntarnos si Daniel no recurrió al término “tiempo” para referirse a un año, como otra manera de evitar discutir la cantidad de días de un año y qué clase de años debían tenerse en cuenta para su definición. “Tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo” fueron definidos al final como 1290 días, lo que incluye medio año luego de tres, con un mes adicional. De todas maneras, tanto Daniel y más tarde Juan en el Apocalipsis, fueron suficientemente claros como para dar al año profético un valor fijo de 360 días. El año no debía computárselo como refiriéndose a 354 días más 8 hs. (según un calendario estrictamente lunar y sin un mes intercalario adicional), ni a 365 días más 5 hs. (según un calendario astronómico solar), sino a 360 días (según el calendario solar usado entonces). Aunque ambos profetas no usaron el término años en esos casos, sino “tiempo”, “meses” y “días”, los dos se refirieron a un año de 360 días. Pero al darle un sentido profético de día por año, debía entenderse por año un ciclo solar completo.

 

Calendario solar astronómico: seis años (365 días y 5 hs. c/año) = 2.191 días y fracción.

 

Calendario solar vigente:  6 años de 12 meses (30 días c/u) suman 2.160 días (360 días c/año) + un décimotercer mes de 30 días = 2.190 días.

 

Calendario lunar: 6 años de 12 meses lunares suman alrededor de 2.126 días (354 días y 8 hs. c/año) + dos décimotercer meses de 30 días agregados c/tres años = 2.186 días.

 

La diferencia de alrededor de cuatro días entre el calendario lunar y el calendario solar judío de 360 días, podía ser fácilmente regulada cada seis años en el séptimo año sabático, lo mismo que los cinco días adicionales del año astronómico que correspondía a ese año sabático, así como la fracción de cinco horas astronómicas solares adicionales que se acumulaban cada año, toda vez que su acumulación lo hiciese necesario. El primer año que seguía al año sabático habrían hecho comenzar el nuevo año otoñal y solar judío de 360 días en correspondencia con el calendario lunar de primavera de 354 días y fracción.

 

Recordemos que la luna y la cosecha (esta última al compás del sol), eran el principio regulador mayor de los años lunares, solares y astronómicos. Puede traerse a colación que Moisés fue educado en Egipto en donde se desarrolló un calendario solar. Inspirado por Dios habría tenido en cuenta de esta forma, la dificultad que su pueblo hebreo esclavizado y privado de educación por tanto tiempo, hubiera tenido para sincronizar el movimiento de la luna con el sol. De una manera sencilla, regulada finalmente por las cosechas y los años sabáticos y de jubileo, podían cumplir con un calendario religioso agropecuario-lunar y ofrecer a las generaciones futuras una proyección profética del plan de Dios para salvar al mundo.

 

Testimonio millerita

 

Los milleritas escribieron lo siguiente en Signs of the Times (Señales de los Tiempos, 26 de abril de 1843, 58-61): “Doquiera los hombres han computado el tiempo, los años de Dios fueron siempre los mismos. Sin embargo, ha sido obra de los astrónomos, matemáticos, cronólogos e historiadores, desde que los hombres estuvieron sobre la tierra, la de procurar compatibilizar sus cómputos defectuosos con el verdadero año natural—el tiempo requerido por la tierra para pasar desde un punto particular en su órbita redonda por el mismo punto, usualmente comenzando en los equinoccios...

 

“Fue por tomar como referencia ese modelo regular sin variación que se descubrió el año bisiesto... Así sucedió con los antiguos y sus maneras de reconocer el año. Hay buena evidencia que permite saber que conocían suficiente sobre astronomía como para conocer cuándo el sol brillaba, y distinguir entre el día y la noche, entre el invierno y el verano;  y conocían suficiente como para poder arreglar la deficiencia en sus años corrientes mediante meses intercalarios o días, según el caso lo requería... Ellos siempre tuvieron los verdaderos años solares como los tenemos nosotros, independientemente de si sus años corrientes incluían un año entero o no;  y siempre se las arreglaron de alguna manera para mantener en armonía sus cómputos de años corrientes con los naturales...

 

“Aunque todas las naciones puedan no haber estado de acuerdo en la manera de determinar sus años—algunas los regulaban por el movimiento del sol, y otras por el de la luna—todas ellas, sin embargo, usaban generalmente el año solar en su cronología... Las naciones que usaban años lunares agregaban cierto número de días intercalarios para hacerlos concordar con el año solar... Con tal propósito los judíos agregaban un mes entero al año, tan a menudo como fuese necesario;  el que ocurría comúnmente una vez cada tres o dos años...”

 

“Si entonces el año judío antiguo consistía en no más de 360 días, y si tampoco se alargaba aumentándole cinco días, ni se lo regulaba en ocasiones con meses intercalarios,” se hubiera dado un descalabro en relación con las cosechas. “Igualmente claro resulta que los antiguos judíos no podían haber contado con años de 360 días sin algún expediente para hacer coincidir esos años otoñales con los años solares”.

 

Convendrá mantener fresca en la memoria la ilustración que trajeron los milleritas del año bisiesto con un día extra que debió integrarse cada cuatro años al calendario actual que tenemos, una vez que se descubrió con mayor precisión astronómica su necesidad. Nos ayudará a entender más fácilmente que los antiguos, con calendarios más primitivos, debieron hacer algo semejante no sólo con ciertos días, sino también con los meses, en el caso de los que contaban los meses lunares naturales.

 

La sincronización de los tres calendarios (lunar, solar corriente y solar astronómico)

 

Jesús dijo a los que lo acusaron de violar el sábado por sanar a un hombre, que su Padre y él mismo siempre trabajan, aún en sábado, especialmente en obras de redención (Juan 5:17). Así como ni el mundo, ni el sol, ni la luna, ni el universo dejan de moverse el día sábado, sino que Dios los sostiene para que la vida pueda continuar, así también durante los años sabáticos ni la luna ni el sol se detenían. Lo que se detenía era la siembra y la cosecha. En el sábado semanal, además, el cese tenía que ver con el trabajo diario que para un pueblo agropecuario, estaba relacionado también con la siembra y la cosecha (Ex 20:8-11). Pero ningún sábado debía en principio detenerse a la hora de comer (Lev 25:6; Mat 12:1-4), de librar un animal que había caído en un poso, o de sanar a una persona cuando eso podía hacerse, librándolo así de su miseria (Mat 12:10-13). El sábado tanto semanal como el anual tenía en cuenta, así, también a los animales (Ex 20:10; 23:10-11; Lev 25:7).

 

Si el sol y la luna no iban a detenerse en el año sabático, ¿cómo entonces, podía el año sabático ayudar a sincronizar los tres calendarios, de tal manera que el nuevo ciclo semanal de años no les quedase torcido de entrada? Ajustando el calendario lunar cada tres años y a veces cada dos años en relación con la cosecha; también ajustando el calendario solar cada seis años con el calendario lunar, luego de concluir el año sabático, en el primer año del nuevo ciclo de siete años.

 

Tenemos datos bastante claros con respecto a cómo computaban el calendario lunar, lo que nos permite deducir cómo habrán tenido que hacer para sincronizar ese calendario con el año solar astronómico que dura, según podemos saber con presión hoy, 365 días y fracción. Mientras que hoy, con un calendario solar astronómico, tenemos que usar meses artificiales de 30 ó 31 días, antiguamente los que usaban como Israel un calendario lunar natural de aproximadamente 29 ½ días, debían usar años de cómputo artificial de 360 días. Tal vez les resultaba más fácil redondearlo así ya que ni aún agregando cinco años les iba a cuadrar siempre bien la geometría. Y así como febrero se quedó con menos días porque no tuvo ningún emperador romano con ese nombre, así también los antiguos años solares corrientes de 360 días podían modificarse más fácilmente en algunos años sin exigirle ni a la luna ni al sol que se detengan por unos días, porque su cómputo debe haber sido tan artificial como nuestro cómputo mensual de 31 días.

 

El calendario lunar primaveral

 

En la antigüedad no había almanaques como los que hoy todos tenemos en nuestras casas. No existía el papel ni la imprenta. No obstante, todos sabían contar ya que, de otra manera, no hubieran podido hacer negocios, es decir, no hubieran podido ser judíos. De hecho, conocían la regla de tres simple porque podían deducir el diezmo, el segundo diezmo y hasta un tercer diezmo. De manera que cada familia en su casa podía llevar también la cuenta de los días, los meses y los años, sin importar si se hacían sus propios almanaques (su propia cuenta) sobre madera, piedra, papiro o cuero.

 

Así, entre unos y otros solían comentar cuántos meses faltaban para el comienzo de la siega o la cosecha final. Además, esas cuentas caseras tenían una confirmación oficial en el templo que llamaba al son de trompetas a participar de las fiestas (Núm 10:10). A tal cuenta que todos llevaban se refirió Jesús cuando dijo:  “¿No decís vosotros:  Aún faltan cuatro meses hasta la siega?” (Juan 4:35). Refiriéndose a una cosecha prematura, algo anticipada tal vez porque en ese año o a lo sumo, en el año anterior, habían tenido un segundo Adar o décimotercer mes adicional, Jesús se refirió a las primicias de la cosecha espiritual que en ese momento estaba lista para darse entre los samaritanos y que debía ser mayor para cuando llegase el Pentecostés (v. 30).

 

El calendario solar otoñal corriente de 360 días

 

Los antiguos no tenían un punto fijo como un año antes de Cristo y un año después de Cristo. Pero no por eso estaban desprovistos de otras referencias estables y fijas para contar los años. En sus referencias más cortas, solían contar los años teniendo como punto de partida el comienzo del reinado de los reyes extranjeros y de Israel mismo. También parecen haber llevado una computación fija en años solares corrientes de 360 días más 30 adicionales al concluir el período de 6 años en un año sabático, según ya vimos. El reloj de sol que tenían y que marcaba la diferencia en la sombra (2 Rey 20:11) no les dio, se ve, como para medir en forma exacta 365 días y fracción. En el caso del calendario solar corriente de 360 días debían ajustarlo de nuevo en el otoño de la cosecha que seguía al año sabático. Eso les permitiría referirse en forma equivalente al segundo o tercer año, o quinto, etc., en referencia al año sabático (véase Lev 25:9-10,20-22; 2 Rey 19:29).

 

Algunas referencias fijas de mayor extensión que las que se daban en un período corto y regular de siete años, o en el período de determinado rey, las encontramos en ocasiones muy especiales en relación con épocas anteriores a las del reinado. Se las arreglaron, por ejemplo, de alguna manera para contar 480 años desde la salida de Egipto hasta el comienzo de la edificación del templo de Salomón (1 Rey 6:1). Anteriormente, Moisés registró los cuatrocientos años de cautividad de Israel que Dios había anticipado a Abraham varios siglos antes (Gén 15:13,16; Ex 12:40-41). Y entre la inauguración del templo de Salomón y su destrucción se sumaron, según la profecía retrospectiva de Ezequiel, 390 años (Eze 4:4-5). Los otros cuarenta años parecen haberse referido al tiempo de reinado de Salomón cuya responsabilidad en la apostasía de Israel y su destrucción posterior fue mayor (Eze 4:6; véase A. R. Treiyer, The Day of Atonement and the Heavenly Judgment, cap 6). 70 años de abandono de Tiro y de Jerusalén formaron parte de las profecías de Isaías (23:15-18) y de Jeremías (2 Crón 36:21; Jer 25:11; 29:10).

 

Para computar otras profecías más extensas Dios le dio a Daniel como referencia un calendario fijo de 360 días con 12 meses regulares de 30 días cada uno (Dan 7:25; 12:7; Apoc 11:2-5; 12:6,14; 13:5). ¿Cómo habrán hecho para coordinar el calendario solar corriente de 360 días con la luna y el sol? Eso puede ser materia de discusión. Aquí sugerimos algunas pautas que podrán servir, a la hora de tener que explicarle la cronología bíblica y profética a alguien que está confundido porque no sabe qué hacer con esas cifras proféticas que dan al año un valor de 360 días, ante un calendario lunisolar como era el de los israelitas (354 días y fracción), y ante el año solar astronómico y determinado científicamente de 365 días y 5 hs. por el que se iban a regir las cosechas.

 

Ya en la época del rey Acaz llevaban la cuenta, según se ve, del movimiento del sol con un reloj que medía el recorrido de la sombra durante los días (2 Rey 20:11). Por Daniel y Juan sabemos que el año solar vigente (o corriente entre los judíos) duraba 360 días. Si iban a querer ajustar esos 360 días al año solar astronómico dentro del período de 6 años, les iban a faltar 31 días y fracción. ¿Cuál año elegir para agregarle un mes más? Indudablemente el año sabático, luego de concluida la sexta cosecha, más definidamente en relación con el mes lunar de Adar (el doce), antes del comienzo de la séptima cosecha que en ese año no tenía lugar porque era el año sabático (no se sembraba ni se cosechaba). La profecía de los 1290 días de Daniel parece confirmar ese agregado de un mes adicional, porque es paralela a la de tres años y medio que debían comenzar en el otoño y desembocar en la primavera, según ya vimos (Dan 12:11).

 

Calendario solar corriente

 

Por O entiéndase Otoño. Por CAS entiéndase Comienzo Año Sabático. Por FAS Fin Año Sabático.

 

   360   I O    360    II O    360    III O    360    IV O    360    V O    360    VI CAS   390  VII  FAS

 

El año sabático revolucionaba el ciclo de la cosecha no sólo durante el séptimo año, sino también durante todo el octavo año de tal manera que sólo en el comienzo del noveno año se disponía en pleno de la primera cosecha del nuevo ciclo (Lev 25:20-22). Por tal razón, era más apropiado reajustar el año solar vigente o corriente de 360 días en esa época. Esto es lo que sugiere la profecía de Daniel cuando menciona un período de 3 años y medio de 390 días, es decir, con un mes adicional (tres otoños más un cuarto invierno alargado por un mes adicional). Esos tres años y medio debían corresponder a la segunda mitad del ciclo sabático de siete años.

 

En la época de los reyes, los años de reinado los computaban haciéndolos partir, como veremos más tarde, en el comienzo del otoño del calendario lunar que caía en el séptimo mes. ¿Para qué servía, entonces, ese calendario solar corriente de 360 días rígidos? Para referencia adicional que pudiera ayudarles en cómputos que requerían cifras más estables ya sea para los negocios o para poder computar mejor ciertos hechos históricos (sin necesidad de tener que sacar tantas cuentas). Así como a la hora de computar proféticamente los tiempos indicados por el Señor se requerían cifras fijas y estables para evitar la especulación y caer en la anarquía interpretativa, así también para otros menesteres tales cifras les permitirían a los antiguos contabilizar o regularizar mejor ciertas actividades anuales.

 

La mitad o el número 3

 

Daniel anticipa en su profecía un período de tres años y medio de un calendario solar más un mes intercalario adicional. Esto significa la mitad de una semana de años, que puede explicarse fácilmente por un comienzo otoñal con un mes bisiesto en la cuarta primavera. Llama la atención que el Pentateuco asigna al número 3 también un valor significativo. Así como Dios puso en la mente del pueblo la noción de un séptimo día, de un séptimo mes, de un séptimo año, de un séptimo año sabático (el 49 ó 50 del jubileo: Lev 25), lo que reforzó con tantas prescripciones de sacrificios que incluían siete corderos, amén de siete fiestas anuales festejadas en siete meses (Lev 23; Núm 28-29);  así también, aunque con menos énfasis, involucró el número tres (la mitad) en ciertas actividades.

 

¿Hay pruebas bíblicas de un énfasis también en la mitad, esto es, en el número 3? Sí, las hay, y bien definidas. Tal vez inconcientemente heredamos el mismo principio al tener los cultos de mitad de semana, los martes o miércoles, para buscar al Señor en un punto intermedio también.

 

a) La purificación del impuro. En Núm 19:12, por ejemplo, se requiere que el impuro se purifique al tercer y séptimo días de la semana de purificación (véase v. 11). De no purificarse en el tercer día tampoco quedaría limpio en el séptimo. En otras palabras, no alcanzaba con purificarse en el séptimo día. Se requería el ajuste en ambos períodos, al tercer y al séptimo días.

 

b) En las fiestas israelitas. También en las fiestas judías el Señor requería que al tercer mes se celebrase la fiesta de las semanas o primicias del trigo (49 ó 50, de allí Pentecostés:  Ex 23:16a; 34:22a-b; Lev 23:15-22; Núm 28:26-31; Deut 16:9-12,16-17), y en el séptimo mes de otoño la fiesta de los tabernáculos o cabañas, concluyendo el calendario de cosecha (Ex 23:16b; 34:22c; Lev 23:34-43; Núm 29:12-38; Deut 16:13-17). Vemos así que otra vez, en el tercer mes, debía participarse de una fiesta de primicias de la cosecha del año que no se completaría hasta llegar la fiesta de las cabañas en el séptimo mes. Así también, al concluir tres inviernos y luego al final de otros tres inviernos (en el sexto invierno que caía en la mitad del año sabático), se recomponía el calendario solar vigente con el astronómico también.

 

c) El año del diezmo u ofrenda especial. Esto no es todo. Al cabo del tercer año Dios había ordenado un diezmo adicional especial que no era el diezmo regular ni un segundo diezmo que solían dar como ofrenda, sino otro que tenía en cuenta a los que no tenían herencia como los levitas y huéspedes extranjeros, así como a las viudas, a los huérfanos y a los pobres (Deut 14:28-29; 26:12). Se lo llamaba “el año del diezmo” porque los israelitas debían dar un diezmo especial, tal vez en gratitud a Dios por darles un mes más de vida en ese año (Deut 14:28-29; 26:12). Para todo aquel que para esa época podía estar al borde de sucumbir bajo una deuda y llegar al punto de tener que venderse a sí mismo hasta el año sabático, esta era una medida anticipada que Dios requería para evitar tal medida extrema.

 

Así como nuestro cuerpo fue hecho aún antes de la entrada del pecado con tantos recursos para hacer frente a la tremenda emergencia que iba a darse con sus secuelas de enfermedad y muerte, evitando que sucumbiésemos antes de la cuenta;  así también vemos el mismo principio divino en relación con la vida social, de ayudar a evitar lo peor a la mitad de la semana. Aún así, iban a contar en el año sabático con una liberación no sólo de deudas, sino también de la esclavitud en el caso en que la bendición del tercer año no hubiera sido suficiente.

 

Llama la atención que el año sabático, al completarse los siguientes tres años, iba a tener en cuenta también a los pobres y esclavos, con una liberación mayor (Deut 15);  y el año del jubileo luego de siete años sabáticos seguidos, con una liberación completa mediante la devolución de la herencia que hubiesen perdido durante ese período jubilatorio (Lev 25). El tercer año era, así, la medida más pequeña que anticipaba la liberación más grande del año sabático, el que a su vez anticipaba la liberación final cuando no sólo se obtenía la libertad, sino también la herencia. Así, vemos de nuevo que el segundo tercer año caía en el año sabático cuando debían dejarse los productos del campo para los pobres, de una manera más completa que lo que se lo había hecho en el primer tercero según Deut 26:12-13.

 

¿Por qué elegir el año sabático como referencia básica de regulación?

 

Porque en esa dirección apuntaban las leyes que dictó el Señor a su pueblo. Fue con el propósito de recomponer no sólo el deterioro de la sociedad en el tiempo de intervalo, sino también la desproporción de los diferentes calendarios, que se dio la ley del año sabático y del jubileo. Durante los años sabáticos los israelitas debían comer lo que encontrasen para cada día sin almacenar lo que la tierra diese de por sí (Lev 25:5-7). A su pueblo en un mundo turbulento en donde tendría que vagar como extranjero y peregrino (Lev 25:23; Heb 11:13), Jesús también le refirió la necesidad de depender de Dios día a día, confiando en que así como Dios alimenta a los pájaros que ni plantan ni siegan, también cuidará de sus hijos como en la antiguedad lo hacía también en cada año sabático cuando, como los pájaros, su pueblo tampoco plantaba ni segaba (Mat 6:25-34).

 

La ley del año sabático y del jubileo

 

Consideremos ahora más de cerca la manera en que la ley levítica se refiere al calendario del año sabático. Ha habido mucha confusión con respecto a la fecha indicada para el año sabático y de jubileo en Lev 25:9-10, y en los v. 20-22. Eso se ve aún en muchas biblias comentadas, entre ellas la Católica de Jerusalén. La exégesis moderna ha concluido, sin embargo, que los tres años referidos en esos pasajes son, traducidos a nuestro cómputo moderno, el 6/7/8 y el 48/49/50.

 

La sexta cosecha iba a dar para comer durante todo el año sabático (el séptimo), hasta que viniese la cosecha del octavo año en primavera (el primero del nuevo ciclo) y en verano (Lev 25:20-22). Siendo que en el otoño de ese octavo (o primer) año comenzaba el noveno (o segundo año), y era en ese momento que se completaba la recolección de los frutos (en especial de las vides), la sexta recolección de frutos iba a alcanzar para mantenerse hasta que llegase la recolección final de ese octavo/noveno año (la cosecha terminaba en el séptimo mes que iniciaba el noveno año, unos días después de completarse el octavo año en el sexto mes: Lev 23:39).

 

Otra posibilidad es que el 49 fuese también el 50, si el 50 lo computamos desde el punto de partida del año, no desde su cumplimiento. A esta segunda manera de computar se la conoce hoy como “cómputo inclusivo”. [Hoy un niño cumple un año después de haberlo vivido. El “cómputo inclusivo” comenzaría a computarle ese año desde el momento en que nació. Pero, ¿cómo haríamos, en ese caso, con la explicación de Lev 25:21-22? La única alternativa para una posibilidad tal sería que el profeta estuviese yuxtaponiendo un calendario lunar de primavera con el que comenzaba en otoño. Si esta fue la intención del escritor bíblico, el octavo año sería el de la siembra que seguía al séptimo año sabático, y el noveno una referencia al calendario de primavera que iniciaba la cosecha con las primicias de la cebada, en este caso, la primera después del año sabático (Lev 25:21-22). En este contexto, el pasaje de Lev 25:9-10 implicaría que el año 49 y el año 50 se yuxtapondrían en la mitad. Mientras que el año 49 sería completo, de otoño a otoño;  el año 50 tendría que ver con la quincuagésima primavera de un calendario lunar.

 

Los 1290 días y el año sabático

 

Bajo este enfoque que tiene tanto soporte bíblico y astronómico en su favor, los 1290 días de la profecía de Daniel debían concluir en la mitad de un año sabático. ¿Qué implicaciones implícitas tendría este hecho? Que en 1798, cuando la autoridad política del gran impostor romano que en el año 508 impuso la “abominación” o idolatría detestable del papado en medio de la iglesia (Dan 12:11; cf. 8:11; 2 Tes 2:3-4), se consumaría una liberación como la que se daba de los deudores y de los esclavos en cada año sabático (Ex 21:2; Deut 15).

 

El año sabático comenzaba seis meses antes del segundo Adar o décimotercer mes, fecha en que debían concluir los 1290 días en su proyección simbólica. Así también, la liberación que trajo la Biblia mediante el protestantismo comenzó a mediados del S. XVI, tres siglos antes del golpe decisivo de 1798 que produjo la liberación secular. Por eso anticipó Jesús que ese tiempo profético de gran tribulación para el pueblo de Dios (1260 y 1290 años) sería acortado (Mat 24:21-22). Así como durante el año sabático el pueblo de Dios debía dirigirse al santuario de Jerusalén (en su cumplimiento ahora al santuario celestial de la Nueva Jerusalén, en un acercamiento espiritual de fe: Ef 2:6,18; Heb 12:22-24; Apoc 11:1-2), para leer la Biblia en plena libertad y reposo espiritual (Deut 31:9-13), así también una liberación equivalente a la que se dió en los tiempos evangélicos tendría lugar en relación con la época del “tiempo del fin” (Dan 7:25; 12:4,7,9).

 

[La liberación de los esclavos negros en los EE.UU. y otros lugares del mundo no serían sino un reflejo de la verdadera liberación producida por la Palabra de Dios. La esclavitud racial fue introducida por España luego que los sacerdotes teólogos de Valladolid en el S. XVI, llegasen a la conclusión que el indígena era un ser humano y, por tanto, cristianizable. Para la labor de esclavitud que los nuevos propietarios de grandes extensiones de tierra en el Nuevo Mundo necesitaban, decidieron entonces traer negros del Africa que estaban, según el criterio de entonces, en un nivel inferior. No debemos olvidar que el papado heredó de la antigua Roma la trata de esclavos, y mantuvo la esclavitud durante la mayor parte de la Edad Media].

 

“Los ‘cuarenta y dos meses’ y los ‘mil doscientos sesenta días’ designan el mismo plazo, o sea el tiempo durante el cual la iglesia de Cristo iba a sufrir bajo la opresión de Roma... La persecución contra la iglesia no continuó durante todos los 1260 años. Dios, usando de misericordia con su pueblo, acortó el tiempo de tan horribles pruebas... (Mat 24:22). Debido a la influencia de los acontecimientos relacionados con la Reforma, las persecuciones cesaron antes del año 1798” (CS, 309-310; véase también 351).

 

“Valiéndose Roma de la ambición de los reyes y de las clases dominantes, había ejercido su influencia para sujetar al pueblo en la esclavitud, pues comprendía que de ese modo el estado se debilitaría y ella podría dominar completamente gobiernos y súbditos. Por su previsora política advirtió que para esclavizar eficazmente a los hombres necesitaba subyugar sus almas y que el medio más seguro para evitar que escapasen de su dominio era convertirlos en seres impropios para la libertad... Despojado el pueblo de la Biblia y sin más enseñanzas que la del fanatismo y la del egoísmo, quedó sumido en la ignorancia y en la superstición y tan degradado por los vicios que resultaba incapaz de gobernarse por sí solo” (CS, 324-325).

 

“El espíritu de libertad acompañaba a la Biblia. Doquiera se le recibiese, el evangelio despertaba la inteligencia de los hombres. Estos empezaban por arrojar las cadenas que por tanto tiempo los habían tenido sujetos a la ignorancia, al vicio y a la superstición. Empezaban a pensar y a obrar como hombres” (CS, 320). “Dios había permitido que viniesen pruebas sobre su pueblo con el fin de habilitarlo para la realización de los planes misericordiosos que él tenía preparados para ellos. La iglesia había sido humillada para ser después ensalzada. Dios iba a manifestar su poder en ella e iba a dar al mundo otra prueba de que él no abandona a los que en él confían. El había predominado sobre los acontecimientos para conseguir que la ira de Satanás y la conspiración de los malvados redundasen para su gloria y llevaran a su pueblo a un lugar seguro. La persecución y el destierro abrieron el camino de la libertad” (CS, 335).

 

“El Evangelio hubiera dado a Francia la solución de estos problemas políticos y sociales que frustraron los propósitos de su clero, de su rey y de sus gobernantes... Los ricos no tenían quien los reprendiera por la opresión con que trataban a los pobres, y a éstos nadie los aliviaba de su degradación y servidumbre... La carga del sostenimiento de la iglesia y del estado pesaba sobre los hombros de las clases media y baja del pueblo, las cuales eran recargadas con tributos por las autoridades civiles y por el clero” (CS, 322-323). La liberación de 1793 y 1798 liberaron al pueblo de las deudas y esclavitud ejercidas durante tanto tiempo por la opresión del clero y de la nobleza (véase Deut 15:1ss).

 

Con la liberación protestante norteamericana por esa misma época se estableció un principio de libertad en donde todos son iguales ante la ley, y en donde la libertad de conciencia estuvo completamente asegurada (CS, 337-8). “Su principio fundamental—la libertad civil y religiosa—llegó a ser la piedra angular de la república americana de los Estados Unidos” (CS, 339). “La Biblia era considerada como la base de la fe, la fuente de la sabiduría y la carta magna de la libertad. Sus principios se enseñaban cuidadosamente en los hogares, en las escuelas y en las iglesias...” (CS, 341).

 

Seis años microsabáticos concluían en el año macrosabático del jubileo

 

Pero, ¿no representaba acaso el año sabático a la ocasión en que los redimidos se encontrarán en la patria celestial, para juzgar al mundo de acuerdo con la Palabra de Dios, la Biblia? (PE, 52; véase más citas en A. R. Treiyer, La Crisis Final en Apoc 4-5 [1998], 100-101; y más aún en Jubileo y Globalización. La Intención Oculta [1999], cap 13). ¡Por favor, no tan rápido!

 

Los antiguos años sabáticos no producían una liberación completa porque no restituían al esclavo sus antiguas propiedades. El esclavo liberado entonces seguía hasta cierto punto dependiente, trabajando como asalariado, y en algunos casos se veía compelido a someterse de nuevo a la esclavitud (Ex 21; Deut 15). La liberación total caía en el año del jubileo, en el séptimo año sabático, cuando los esclavos recobraban, además, la herencia que una vez les había pertenecido. Podemos definir, de esta manera, a los primeros seis años sabáticos precedentes como microsabáticos, y al séptimo del jubileo como macrosabático porque incluía la restitución de las antiguas propiedades que, por el deterioro social intermedio, los pobres y esclavos habían perdido (Lev 25:8ss).

 

El cumplimiento tipológico o simbólico del primer año microsabático comenzó en el S. I con la primera venida de Cristo, tal como lo había profetizado Isaías (61:1-3; Luc 4:16-22; Juan 8:31-33,36). Esa restauración proyectaba para adelante, además, el retorno final de los cautivos y la restauración de su patria prometida, algo que se ajusta más a un jubileo que a un año sabático intermedio (Isa 61:4ss; Rom 6:22). La liberación y reposos típicos del año sabático que nos trajo el Señor entonces fue inicial y limitada a nuestra naturaleza espiritual (2 Cor 3:17; Mat 11:28-30). Nuestras tendencias heredadas y adquiridas hacia el mal no son aniquiladas con su liberación espiritual inicial ni suprimidas, sino puestas bajo control hasta el día de la redención final en la que aún nuestra propiedad, la nueva tierra prometida y el nuevo Edén, nos serán restituidos (Rom 7:15-8:4,21-23; Apoc 21-22). Hoy el Señor nos libra de la penalidad y poder del pecado. En el gran jubileo nos librará de la presencia misma del pecado que intenta, a través de las naciones, someternos de nuevo a esclavitud. Será entonces que entraremos en “su reposo” final (Heb 4:6-11).

 

No hay necesidad de buscar seis momentos de liberación intermedios en la historia del cristianismo, para que se ajusten a los seis años sabáticos que precedían al gran jubileo. Como tampoco es necesario determinar cuáles son las siete cabezas de Apoc 17:9, ya que Juan se interesa únicamente en la quinta, la sexta y la séptima (cuyo octavo está incluido entre los siete). Así también la profecía de Daniel y de Juan sobre los 1260 y 1290 días nos anticipan una liberación que se daría en torno a una nueva época, la del “tiempo del fin”, producida más que nada por un levantamiento y ensalzamiento de la Palabra de Dios (los “dos testigos”: Apoc 11:3,11-12).

 

Por tal razón, el intento actual del papado romano de suplantar el verdadero día de liberación (Deut 5:15), aún mediante el almanaque juliano-gregoriano que hace que la Pascua caiga siempre en domingo, tiene como propósito imponer un falso día de reposo (el domingo), y que honra la institución romana como su autora. El intento papal, además, de imponer su propio jubileo que desvirtúa y aparta la mirada del pueblo de Dios del verdadero jubileo que está por venir, tiene que ver con el intento final del diablo, en esta era del fin, de apoderarse de la creación del Señor.

 

El año sabático del gran jubileo

 

En referencia a la Segunda Venida de Cristo, E. de White escribió: “Entonces comenzó el jubileo, durante el cual la tierra debía descansar. Vi al piadoso esclavo levantarse en triunfal victoria, y desligarse de las cadenas que lo ataban, mientras que su malvado dueño quedaba confuso sin saber qué hacer...” (PE, 34-35,286)