LA CRONOLOGÍA
PROFÉTICA MÁS EXTRAORDINARIA
70 semanas y 2300 días
Dr. Alberto R. Treiyer
Hace unos años estaba dando conferencias en Ucrania
durante las noches sobre los eventos finales, y durante el día un seminario
sobre el evangelio del santuario a pastores y laicos líderes. En la última
etapa de mi gira estuve en la capital, Kiev, sin sospechar la sorpresa que iba
a tener. El presidente de la Asociación me preguntó si iba a incluir en mis
exposiciones a los pastores el tema de la fecha inicial de los 2.300 días. Le
dije que no había traído material sobre ese punto porque nunca me pedían que
tocase el tema. Lo más que pude prometerle fue tocar al final, en forma
general, algunos de los problemas de los calendarios diferentes que se usaban
entonces.
Cuando llegó el último día, al
concluir dije que, a pedido del presidente de la Asociación de Kiev podía
tocarles algunos problemas en el uso de los calendarios, pero que no iba a
tocar el tema de la fecha en sí del año 457 AC porque no había traído material.
Luego de una corta exposición les referí la respuesta de nuestra iglesia a
través del Biblical Research
Institute, en especial el trabajo del Dr. William Shea en el último número de la serie sobre Daniel y
Apocalipsis, además del primero que fue escrito enteramente por él.
El presidente de esa
Asociación pasó entonces para cerrar el seminario y, en lugar de agradecerme
los servicios que habían alegrado en gran manera a los pastores y laicos
prominentes al enseñarles los rituales hebreos, se puso a explicar con una
energía y convicción impresionantes cómo nuestra iglesia se había equivocado y
estaba enseñando el error con respecto al inicio de los 2300 días. Cuando
terminó me paré y le dije que si tenía problemas con la fecha de partida,
estaba el cumplimiento en la época de Cristo que había sellado la profecía de
las 70 semanas, así como la de los 2300 días como terminando en 1844. Me
respondió categóricamente que no se puede arreglar un error de partida por un
acierto de llegada. Le pedí entonces la fuente de su exposición. Se negó a
dármela. Entonces me enojé, siempre en público, y le dije que si no había leído
la respuesta de nuestra iglesia, era un irresponsable al presentar la crítica
como si fuera verdad. Prometí entonces que al regresar a los EE.UU. iba a
buscar la documentación que había leído someramente en su momento, e iba a
resumirla y enviársela.
Al día siguiente me llevaron a
conocer el nuevo colegio que estaban levantando a unos 30 kms.
de Kiev, en una zona boscosa. De la noche a la mañana nuestra iglesia se quedó
con una propiedad de grandes edificios que había pertenecido al ejército y que
había servido por años para la instrucción comunista. Guardaban una pared
cubierta por una cortina con las insignias del comunismo, un valor histórico sin
duda, ahora sirviendo para instruir a muchos en el evangelio de Cristo.
Sorpresivamente vi de nuevo al presidente de esa Asociación quien se acercaba
donde estaba y sonreía, algo nervioso e incómodo. Pensé que le había afectado
algo la confrontación del día anterior por lo que amigablemente volví a
preguntarle: “¿De dónde obtuvo la información que usó ayer para atacar la fecha
inicial de las 70 semanas y los 2300 días?” Me contestó cualquier cosa menos lo
que le pregunté, por lo que el traductor no quiso traducirme la misma pregunta
otra vez, haciéndome una seña de no darle importancia.
Se me informó después que
había un grupo de ucranianos en los EE.UU. que mandaba información y propaganda
disidente a Ucrania, y que eso estaba confundiendo a muchos, inclusive a ese
presidente. Me sentí en parte responsable de la situación del día anterior por
no haberme preocupado antes por dominar a fondo el tema. En todos lados a donde
había ido se había dado por sentado la exactitud de la fecha, y no sentí la
necesidad de llevar material extra para tratar ese punto allí.
Al volver a los EE.UU. leí el
artículo de William Shea, lo resumí y agregué algunos
datos adicionales que había recogido mientras enseñaba en Francia. Luego lo
mandé a ese presidente, a la traductora (una gorda rusa maciza que hizo creer a
mi hija, cuando la abrazó, que abrazaba un colchón: habrá sido sin duda de
tanto comer papa con tanto almidón, como los rusos), y a un pastor que hablaba
inglés pidiéndole también que lo tradujera. Cuando cuatro años más tarde fui
otra vez a Kiev, lo vi a ese presidente flaco con una barbita en el mentón y le
pregunté si había recibido el material. Ya no era presidente, tenía otro cargo.
Me dijo que no, que nunca lo había recibido (al recibirlo en inglés tal vez ni
se enteró de qué se trataba, ni se preocupó porque alguien se lo tradujera).
Otra
confrontación
Aunque entendí los argumentos
principales de William Shea, basados en gran parte en
el arqueólogo adventista ya fallecido, Siegfried Horn, había algunas preguntas que me quedaban y para las
que no había encontrado una respuesta satisfactoria. Al verlo poco después en
la Asoc. Gral. en un pasillo, aproveché para preguntarle una de ellas. A pesar
de que había salido de su oficina para ir al baño, se detuvo a explicármela y
me hizo un gráfico pequeño, sin dar apariencias de apuro. Le agradecí la
atención y le pedí que no se detuviera más conmigo. Mi pregunta tuvo que ver en
esa oportunidad con la sincronización de la profecía de los 2300 días con la de
los 1335 días. Otra pregunta crucial me quedaba sobre la razón por la que los
milleritas escogieron el Día de la Expiación de 1844 y no el de 1843, dado que
el año civil hebreo expiraba el día anterior al primero de Tishri
(Fiesta de las Trompetas), y no el décimo (Día de la Expiación).
Poco tiempo después me
encontré con un hermano brasileño a quien había conocido cierto tiempo atrás,
entusiasmado al extremo según había yo interpretado, con la fecha de los 2300
días. Criticaba a muerte a todos los teólogos adventistas. En una reunión que
pidió en la Asoc. Gral. con el Dr. William Shea y
otros dirigentes, incluyendo del Centro White, terminó diciéndole que iba a
llegar el día en que iba a tener que pedirle perdón a la Iglesia Adventista por
haberla engañado. Me interesé en su material, aunque para mis adentros pensé,
“¿de Brasil podrá salir un teólogo, tan luego uno que ni siquiera hizo los
primeros cuatro años elementales de teología?” No obstante, dejé la puerta
abierta por ver si alguien que se expresaba tan decididamente tendría algo que
ofrecerme. Esta vez, la crítica provenía de alguien que presumía defender el
enfoque tradicional sostenido por los milleritas y los pioneros de la Iglesia
Adventista, y acusaba a los dirigentes actuales de haber descarriado a la
iglesia en ese tema tan importante.
Un
tercer y cuarto empujón para estudiar el tema
Mi correspondencia con ese
hermano laico brasileño no me sirvió demasiado. El material que me envió me
pareció confuso por falta de metodología. De una cosa saltaba a la otra y no
entendía la razón de sus reacciones contra la posición de nuestros teólogos
actuales. Por esa época leí una breve declaración de un profesor de Andrews, adonde ese hermano brasileño había ido a pelear
también, diciendo que la posición de William Shea y de
otros teólogos adventistas era sólida y no débil como nuestro hermano del país
del fútbol y de las bananas arguía. Enterado de que
una comisión en Brasil, dirigida por el Dr. Alberto Timm
(medio pariente mío por parte de mi abuela brasileña, y único teólogo brasileño
elocuente que conozca junto con Siegfried Shwantes ya jubilado hace tiempo), le había prometido a ese
hermano estudiar su material, decidí esperar. Le prometí entonces estudiar su
material cuando dispusiera de más tiempo, más definidamente, para cuando
preparase mi tercer seminario sobre el santuario (pienso incluirlo porque se
trata de un problema que explotan algunos para confundir y hacer perder la fe
de nuestro mensaje profético a muchos hermanos).
Ese día llegó el año pasado, y
se incrementó con el folleto de la lección del último trimestre que se basó en
el libro de Daniel. Estaba contento de haber comprado una tesis doctoral sobre
el tema preparado en la Universidad de Andrews.
Basado en esa tesis y en otros documentos adicionales que había estado juntando
con el tiempo, preparé un comentario sobre las 70 semanas. Confiadamente di la
fundamentación bíblica y extrabíblica allí expuesta.
Pero ya casi el último día de mis vacaciones ví por
casualidad en la biblioteca de la Universidad Adventista del Plata un libro
sobre esa cronología editado en Brasil. Vi que se trataba de ese hermano, y la
recomendación decidida del doctor tocayo mío del Brasil me interesó más. Con el
perdón de todos los que tienen posiciones ya tomadas sobre el tema, creo que el
material del hermano Juárez Rodríguez de Oliveira es el mejor que se haya
escrito hasta ahora sobre la cronología de las 70 semanas y de los 2300 días
(salvando su estilo polémico que no lograron quitarle del todo hasta ahora).
De esta introducción se
desprende que no soy especialista en cronología bíblica. Mi especialidad tuvo y
tiene que ver con la teología del santuario de Israel y, debido a su relación
especial con los eventos finales, extendí esa especialización hacia los libros
de Daniel y Apocalipsis. Poco a poco, sin embargo, voy avanzando en el
conocimiento y profundización de la cronología bíblica que requiere el concurso
de varias ciencias como la arqueología, la historia, la astronomía, las
matemáticas y la teología. Esta serie que estoy compartiendo con Uds. por Internet
es una manera también de obligarme a meterme más en el tema, para organizar
mejor los conocimientos que ya adquirí. Por lo cual, si alguien se siente
inclinado a criticar alguna posición asumida, tal crítica será bienvenida y
servirá para enriquecer más su comprensión. Soy conciente que se requiere un
esfuerzo de simplificación como el que se verá aquí, pero a su vez, tal
esfuerzo puede dejar aspectos de lado que son necesarios para satisfacer a
mentes más inquisitivas. Por lo que si en este foro se puede contar con
observaciones críticas de quienes también pusieron su cabeza en el tema,
alabado sea el Señor por ello.
Origen
de los calendarios
Antes de entrar en el tema
mismo de la cronología de las 70 semanas y los 2300 días, será útil dar una
mirada rápida a la historia de algunos calendarios. El tema de los calendarios
me había interesado ya mientras preparaba mi tesis doctoral sobre el Día de la
Expiación en la Universidad Protestante de Estrasburgo, Francia. Ezequiel
recibió su visión del Nuevo Templo en un Día de la Expiación (Eze 40:1)—mi tesis versó sobre ese día especial—y el hecho
no parece ser fortuito. El significado de ese día proyectado en la visión que
Dios le dio a Ezequiel debía, sin duda, arrojar luz sobre el mensaje que Dios
quiso dar a su pueblo entonces. Lo llamativo en Ezequiel es que se refirió a
ese día diez como dándose “al principio del año”, en referencia probable al año
otoñal (véase A. R. Treiyer, The Day of Atonement
and the Heavenly Judgment, 124ss, 318ss).
Posteriormente me interesé
algo más en el tema debido a que un alumno de teología en Francia, Francois DuMesgnil D’Engente, llegó a convencerse al leer a Siegfried Horn que se había
equivocado en un artículo de Ministry recién aparecido en esa época. Una mejor
comprensión sobre los distintos calendarios y la manera de contar de los judíos
los años de los reyes, fue suficiente entonces (tal vez en parte), para
resolver el problema que suscitó en una de mis clases.
En tiempos modernos surgió la
teoría promovida por teólogos liberales, de que los israelitas copiaron el
calendario solar de los egipcios que comenzaba en el mes Toth (diciembre), y
posteriormente, bajo la influencia babilónica, adoptaron su calendario lunar
que comenzaba en el mes Abib
(marzo-abril). Esta teoría ha sido fuertemente rechazada por muchos teólogos,
inclusive judíos, que argumentan que el calendario hebreo fue siempre lunisolar ya que fue instituido en el día mismo de la
creación (Gén 1:14; Sal 104:19). Lo que es motivo
real de discusión, sin embargo, es determinar cómo se las arreglaban al
principio para sincronizar el calendario lunar con el solar que medían por las
cosechas. Dos autores judíos, S. Safrai y M. Stern, llegaron a afirmar en 1976 que “el contraste entre
la pobreza de nuestras fuentes y la abundancia y riqueza de detalles de las
teorías” es sorprendente.
¿En qué época o estación debía
comenzar el año solar que, quiéranlo o no, estaba presente regularmente con la
maduración de las cosechas y el movimiento del sol? Pareciera ser en la época
en que el sol llegaba a su período más débil o corto del año o, por decirlo de otra
manera, cuando el sol comenzaba a permanecer más tiempo a la vista de los
antiguos. En otras palabras, el año debía comenzar cuando los días comenzasen a
extenderse. De allí que los Egipcios lo hiciesen comenzar en nuestro diciembre,
una práctica que siguieron los romanos al llamar al primer mes Jano (de allí January, Enero). Ese mes estaba representado por un dios,
Jano, que tenía dos caras pegadas por la nuca, mirando una hacia el pasado y la
otra hacia el futuro. Por eso, en torno al 25 de diciembre, los romanos hacían
fogatas anunciando el nacimiento del dios sol, ya que en torno a esa fecha el
sol comenzaba a extenderse durante el día en el hemisferio norte.
Los cristianos de Roma, por su
parte, decidieron más tarde festejar en esa fecha la Natividad, el natalicio
del Sol de Justicia, Cristo Jesús, aunque ese día no hubiese tenido nada que
ver con la fecha real en que nació Jesús (en Navidad los pastores de Belén no
hubieran pasado toda la noche en el campo con los animales porque era
invierno). Esa misma práctica de encender fogatas se perpetúa en las luces
artificiales que se prenden en tantas ciudades cristianas para las fiestas de Navidad
y Año Nuevo que comienzan también en el mes de diciembre y se apagan luego del
primero de enero.
La
sincronización de los calendarios lunisolares
Los israelitas también
hicieron comenzar los meses con la luna creciente, y hubiera sido de esperarse
que comenzasen el año de una manera semejante, con el mes en el que supuestamente el sol comenzaba
a alargarse. Sorprendentemente, el calendario civil o solar lo hicieron
comenzar en el otoño, en la época en que expiraba el año religioso y lunar, y
en ocasión de la cosecha final del año. Fue en la declinación del sol, y no en
su nacimiento, que hicieron comenzar el año civil. ¿Habrá tenido ese hecho como
propósito evitar que se tentasen a honrar al sol como lo hacían los demás
paganos, festejando su natalicio el día en que presumían comenzaba a resurgir?
Tampoco tenían fiestas de germinación, sino sólo de cosecha, en reconocimiento
a Dios por sus dones, algo contrastante con las fiestas de la fertilidad que
tenían los paganos con diosas como Astarté que contenía siete senos.
[Un estudio que no he podido
hacer y sería positivo hacerlo un día es comparar la ubicación de los días
festivos anuales de los pueblos paganos en contraste con la ubicación de los
días festivos en Israel, sus motivaciones y teología especial. Hasta ahora sólo
expuse en mi tesis doctoral tales contrastes en relación con el Día de la
Expiación y la purificación del templo del dios Nebo
en la antigua Babilona. A lo que me refiero es a hacer una comparación de los
calendarios festivos religiosos entre los pueblos antiguos y el de Israel].
El calendario hebreo puede
definírselo fácilmente como agropecuario porque se festejaban las fiestas en
determinados días del mes ligados a las cosechas, y se los celebraba en el
templo junto con ciertos sacrificios de animales definidos (Lev 23; Núm 28-29). Ahora bien, las cosechas no se ajustan a la
luna, sino al sol. ¿Cómo podían determinar, entonces, el día exacto del mes en
que debían traer las gavillas o los frutos al templo, en gratitud a Dios por sus
bendiciones materiales y espirituales? Más aún, ¿cómo podían llamar a esos
meses de fiesta “primer mes”, o “séptimo mes”, en referencia a los meses más
cargados de fiesta, si los doce cambios de luna del año no coincidían con los
cambios anuales de rotación de la tierra en torno al sol?
Se sabe que los pueblos
antiguos, incluyendo el pueblo de Israel, tenían un año solar de 360 días, lo
que corresponde a 12 meses de 30 días cada uno. Eso se ve confirmado por la
profecía de los 1260 días de Daniel, y su definición más clara del Apocalipsis
como 42 meses (Apoc 11:2; 13:5), 1260 días (Apoc 11:3; 12:6) o “tiempo (1), tiempos (2), y la mitad de
un tiempo” (1/2 año) (Dan 7:25; 12:7; Apoc 12:14).
¿Qué pasaba con los cinco días y algo restantes que no se computaban? Se sabe
también que algunos pueblos tenían algunos días extras que entre los romanos
llevó a ciertos emperadores a competir entre sí para que el mes que honraba su
memoria se quedase con mayor número de días. Entre los israelitas es probable
que cada seis años arreglasen su calendario solar con un mes extra que hiciesen
coincidir con la víspera del año sabático. El año sabático mismo podría haber
servido como medio regulador de todo desajuste que se hubiese dado hasta esa
fecha, permitiendo recomenzar el primer año del nuevo ciclo en armonía con la
cosecha, correspondiente también a la rotación de la tierra en torno al sol.
Una prueba indirecta de un mes
extra se percibe, por ejemplo, en la profecía de los 1290 días de Dan 12:11.
Tal vez con el propósito de evitar cualquier especulación, Dios previó dos
hechos históricos remarcables sobre el levantamiento del anticristo romano
futuro, que permitirían reconocerlo de manera doble, reforzada, y nadie
sintiese la necesidad de discutir si esos tres años y medio anticipados en Dan
7:25 tendrían en cuenta un mes adicional o no.
Si nos quedamos aquí, todo
parecería fácil. Pero debemos recordar que el calendario de Israel no fue
únicamente solar, sino también lunar, esto es, lunisolar.
[Los esenios tuvieron un calendario puramente solar, pero no he tenido la
oportunidad de estudiarlo todavía]. Más definidamente, Dios indicó que debían
ofrecer sacrificios especiales cada cambio de luna equivalentes a los del
sábado semanal y los de las otras fiestas anuales (Núm
28:11-15). El séptimo mes debía considerárselo, además, como un sábado anual,
festejándolo con sonido especial de trompetas que anunciaban la inminencia del
juicio diez días más tarde, en el Día de la Expiación (Lev 23:23-32). ¿Cómo
hacían los hebreos para sincronizar esos cambios de luna con el año solar de
360 días y aún, con el año astronómico que según sabemos, duraba algo más de
365 días?
Para ser más precisos, el mes
lunar dura entre 29 y 30 días, y 12 meses estrictamente lunares dan 354 días y
8 hs., no 360 ni 365 días. Esto requería que cada tres años se diesen trece
cambios de luna en el año, en lugar de doce, y en algunas ocasiones cada dos
años. De lo contrario, la fiesta de las primicias de la cebada iban a tener que
celebrarla con el correr del tiempo en pleno invierno, cuando ni siquiera había
plantas y era la época de la siembra. ¿Cómo podrían en tal caso llamar a ese
primer mes Abib, esto es, “cebada”, si ese mes
terminaba cayendo en cualquier época del año sin tener nada que ver con la
cebada? Y si se partía mal, un problema semejante lo hubieran tenido con la
fiesta de las primicias del trigo cincuenta días más tarde. También la fiesta
final de la cosecha hubiera caído en el tiempo cuando las frutas estaban demasiado
verdes, y las vides estuviesen muy lejos de colorear.
Una
suposición basada en los años sabáticos
Así como había un séptimo día
especial y sagrado, y un séptimo cambio de luna también especial y sagrado que
los israelitas festejaban con sonido de trompetas, también había un séptimo año
sabático y un año 49 más especial aún que completaba el período de siete años
sabáticos (Lev 25). Luego de la sexta cosecha, los israelitas habrían comenzado
a festejar el año sabático que, antes de comenzar la primavera, en el caso de
un calendario anual de 360 días, requería un mes adicional o intercalario o décimotercer mes.
El año sabático, según esta teoría, podría haberse encargado de arreglar los
problemas de sincronización del calendario lunar con el solar. Como podemos
recordar, el año sabático comenzaba en el Día de la Expiación (Lev 25:9-10),
luego de lo cual todos los israelitas debían comparecer en el templo para
agradecer a Dios por la cosecha final en la Fiesta de las Cabañas o
Tabernáculos (Deut 31:11; cf. Lev 23:33ss).
Llama la atención también el
hecho de que el mes intercalario lunar (el décimo
tercero), lo agregaron los israelitas en tiempos posteriores al concluir el
calendario litúrgico-religioso, después del mes de Adar
(el doce), y lo llamaban Ve-Adar o “segundo Adar” (el trece). Esto coincide con la orden indicada por
Dios para iniciar los años sabáticos luego que se había juntado la cosecha
final, en el séptimo mes. En este contexto, debemos recordar también que durante
los años sabáticos los israelitas no cosechaban sus mieses,
ni recogían sus frutos (Ex 23:10-11; Lev 25:2-7,20-22). ¿Qué pasaba entonces
con sus fiestas de cosecha en tales ocasiones? ¿Las celebraban? ¿Usaban ese año
para recompensar la inexactitud de su calendario anual, como ocurría con todos
los otros desajustes sociales que en ese año debían recomponerse? (Ex 21:2-6; Deut 15:1-18).
El primer año del nuevo ciclo
del calendario solar, luego del año sabático, podían comenzar a contarlo de
nuevo eligiendo como primer cambio de luna el que anunciaba la maduración de la
cebada, como lo hacían siempre con el calendario lunar. De esa forma podían
arreglar la diferencia de días de su calendario solare, regulándolo cada siete
años con su calendario lunar. Como dato adicional podemos traer a colación que
al cabo de 19 años, los cambios de luna volvían a cuadrar otra vez con la
posición de la tierra en torno al sol que habían tenido al principio (es decir,
con las estaciones del año solar), completando un ciclo metónico,
nombre éste dado al griego Metón que descubrió el hecho
(la diferencia es de alrededor de hora y media). [Se me ocurre una pregunta. Siendo
que los datos astronómicos hoy son exactos aún en retrospectiva, ¿no podría
este hecho ayudar a reforzar la fecha aproximada en que los israelitas
comenzaron a cumplir con las leyes mosaicas que fueron establecidas específicamente
para cuando entrasen en la tierra prometida? (Lev 25:2). ¿Qué ciclo metónico habría cuadrado mejor con el calendario solar y el
comienzo de la implementación de tales leyes en Palestina que pudiese ser
ideal?]
Un
calendario de cosecha
Es en las leyes bíblicas sobre
los años sabáticos y de jubileo que podemos encontrar la primera mención a un
doble calendario en el antiguo Israel, uno de primavera y otro de otoño. Había
un calendario lunilitúrgico o religioso cuyo comienzo
era a su vez histórico porque recordaba la liberación divina de Egipto (Ex
12-13), y otro que comenzaba medio año después. Mientras que el primero
comenzaba en la primavera marcando el comienzo de la cosecha, el segundo comenzaba
en el otoño marcando el final de la cosecha (Lev 23; 25). En otras palabras,
mientras que un calendario iba de comienzo a comienzo, el otro iba de fin a
fin. Al segundo se lo conoce hoy también como calendario civil porque
posteriormente contaron el comienzo del reinado de los reyes a partir de ese
calendario otoñal.
Es evidente que la cosecha iba
a ser el mejor medio para determinar el cambio de época ya que, por más
conocimientos que tuviesen de astronomía, la medición exacta de rotación en
torno al sol en una época en que la hora era el período de tiempo más corto iba
a ser más difícil de determinar. La cosecha era, en esencia, el principio
regulador por excelencia del calendario lunisolar.
Aunque los cambios del sol y de la luna se tenían en cuenta, la cosecha era el
centro de la atención a la hora de determinar el comienzo y el final, como
motivo de agradecer a Dios por la vida, los dones y toda bendición que les
otorgaba.
Los registros históricos
bíblicos acerca de las fechas de los años sabáticos son magros y difíciles de
determinar (2 Rey 19:29; Isa 37:30). Supuestamente, la destrucción de Jerusalén
por los babilonios habría tenido lugar durante un año sabático (véase 2 Crón 36:21). Cierta discusión puede darse a la hora de
determinar si esa destrucción se dio al comienzo o al final del año sabático. La
cuenta posterior de los rabinos de tales años sabáticos es cuestionada aún hoy
inclusive dentro del judaísmo. Su celebración tuvo que ver sólo con la shemittah o
abandono agrario de la tierra, ya que en muchos respectos el contexto social
había cambiado (véase A. R. Treiyer, Jubileo y Globalización. La Intención Oculta,
cap 13).
No se
sabe “ni el día ni la hora”
Aquí cabe hacerse algunas
preguntas. Si la destrucción de Jerusalén por los babilonios tuvo lugar en un
año sabático en cumplimiento a las advertencias divinas por no haberlos
guardado como Dios lo había indicado (Lev 26:34-35: 2 Crón
36:21), y si el cumplimiento de las fiestas debía darse no sólo en cuanto al
acontecimiento sino también en cuanto al tiempo (CS, 450-451), ¿no habría de suceder lo mismo con la venida de
Cristo para venir a destruir a este mundo por sus seis mil años de pecado?
Siendo que el día exacto en que caía esa fecha otoñal dependía de la luna que
variaba de año en año, nadie podría saber “ni el día ni la hora” hasta que Dios
mismo indicase desde el cielo que ése iba a ser el año en que iba a tener
lugar.
La oración del pueblo de Dios,
como la de los cristianos judíos que estuviesen en Jerusalén poco antes de su
segunda destrucción, debía tener en cuenta la importancia de que ese día no
cayese ni en sábado, ni en invierno (Mat 24:20), algo que de no cumplirse ese
ruego, afectaría la huída del pueblo de Dios de las ciudades poco antes de su
destrucción final, en el hemisferio que para esa época del año se viese más
desfavorecido. El otoño del norte correspondiente a la primavera del sur, no es
tan inclemente como el invierno [Véase A. Lista Hugo, El Retorno de Jesús y el Ritual Judío (Bs.As.,
1999)]. [En este respecto debo ser claro en que es imposible determinar
cualquier año de jubileo, ya que no se lo celebró en Israel desde la primera
destrucción de Jerusalén, ni se sabe si llegó a celebrárselo antes ni en qué
momento se habría comenzado a celebrárselo, por lo cual es inútil tratar de
imaginarse cuál podría ser el año: véase A. R. Treiyer,
Jubileo y Globalización. La Intención
Oculta (1999), cap 13].
El cómputo de los meses buscó
enmarcárselo en tiempos post-bíblicos y cristianos en forma más rígida y
astronómica, creando otro conflicto dentro del judaísmo debido a que en algunos
años esos cómputos no coincidían adecuadamente con la cosecha. Debido a esto se
veían a veces confrontados al problema de tener que celebrar las fiestas cuando
los granos no estaban suficientemente maduros. Por tal razón, una rama del
judaísmo (los caraítas), mantuvo su propio calendario que no coincidía en todo con
el de Palestina. Sobre esto volveremos al discutir la fecha del 22 de octubre
de 1844, lo que a su vez nos permitirá ver cómo hacían entonces para determinar
el día exacto en que debían comenzar el primero de los meses y, desde allí,
determinar los demás días y meses de fiesta anual.
La respuesta de Jesús a sus
discípulos sobre si iba a restaurar “el reino a Israel” en sus días fue que no
les tocaba a ellos “saber los tiempos o las épocas [estaciones] que el Padre
puso en su sola potestad”. Con esto Jesús parece haberse referido a que ellos,
tanto como Daniel, debían guardar su mensaje sellado hasta el “tiempo del fin”
cuando Dios aclararía ese punto (Dan 12:4). Por otro lado, la referencia de
Jesús a “estaciones” podría tener que ver con los calendarios y sus variaciones
que se daban cada año, y que no permitirían conocer en forma exacta ni el día
ni la hora en que ese evento tendría lugar. Al no conocerse en qué día preciso
debían comenzar las estaciones de la cosecha en el año de la venida del Señor,
tampoco podría conocerse en forma exacta en qué día ni en qué hora definidos
volvería a vérselo.
Más
sobre la profecía de los 1290 días
Las únicas referencias que
conozca a un calendario solar de 30 días rígidos cada mes, y 12 meses dando un
total de 360 días, se encuentran en el libro de Daniel y el Apocalipsis. Ese
calendario solar de 360 días podía servirles, tal vez, como un punto adicional
de referencia que les permitiese regular, de tanto en tanto, el calendario
lunar con el movimiento de la tierra en torno al sol. Que los israelitas medían
también el movimiento del sol, y no solamente el de la luna, se puede ver en la
mención al reloj de Acaz que su hijo Ezequías
continuaba utilizando, y al que Dios mismo recurrió para permitirle a Ezequías
ver la señal que pedía (2 Rey 20:8-11). El año sabático basado en las cosechas
se encargaba de por sí en poner en regla ese calendario solar también con el
astronómico de 365 días, con un décimotercer mes que,
como el lunar, correspondía intercalárselo al concluir el invierno, antes de
comenzar la cosecha en el primer mes de primavera.
En efecto, el cómputo de 1290
días que nos ofrece Daniel está teniendo en mente un calendario solar que
incluía un décimotercer mes adicional al cabo de seis
años, tal como solía hacérselo con el calendario lunar cada tres años, y a
veces cada dos años. Recordemos que los cómputos de los años se los hacía
partir del calendario otoñal, esto es, en el séptimo mes del calendario
religioso que comenzaba en primavera. Era entonces, en ese séptimo mes, que
concluía la cosecha (Lev 25:3-12). Pues bien, el décimotercer
mes que solía agregarse al tercer año para no alejarse demasiado del calendario
solar, caía en el mes de Adar. Ese mes de Adar se daba después que había concluido el año litúrgico y
con él las cosechas del año, y era más específicamente el mes doce de ese año lunilitúrgico. En otras palabras, el “segundo Adar” o décimotercer cambio de
luna precedía al mes de Abib con el que comenzaba la
primavera y se daban, en la segunda mitad de ese primer mes primaveral, las
primicias de la cosecha del año con el ofrecimiento en el templo de las
primeras gavillas de cebada.
Resulta obvio que los
israelitas escogieron ese último mes lunar para agregar un décimotercero
porque ese mes terminaba el invierno, y para entonces podían ver si las plantas
de cebada iban a poder madurar a tiempo o no para el primer mes de primavera. Cuando
les resultaba obvio que eso no iba a ser posible, agregaban ese “segundo Adar”. Los 1290 días de Daniel abarcan, por consiguiente,
esos tres años y medio de un año otoñal (tres septiembres/octubres más un
cuarto Adar [febrero/marzo] doble, haciendo que el
nuevo año lunilitúrgico comenzase en abril (abib) y terminase
en octubre (etanim
o tishri)).
¿Qué nos dice esto con
respecto a la profecía de los 1260 ó 1290 días o, más simple, 3 años y 1/2? Que
ese período de dominio del anticristo romano anunciado por Daniel en esa
profecía, iba a abarcar un período completo, luego de lo cual comenzaría una
nueva época, una nueva primavera donde todo comenzaría a brotar otra vez (Dan
7:25; 12:7,9,11).
No podemos detenernos a
considerar aquí los otros detalles dados por la profecía, por lo que inferimos
que el lector sabe ya que históricamente, fue en 1798 que concluyeron los 1260
y 1290 días (símbolo de años), con la herida mortal que recibió el papado
romano a su autoridad y despotismo políticos. Para entonces se levantaron dos
movimientos de liberación que fueron el secularismo ateo y el protestantismo
norteamericano. Una nueva era de libertad brotaba entonces que permitiría
levantar un pueblo que con su mensaje, madurase al mundo para la última gran
cosecha. Esa era había sido anunciada como siendo la del “tiempo del fin” (Dan
7:25; 12:4,7,9), y culminaría al final con la destrucción del mundo y la
segunda venida de Cristo. El movimiento adventista nació con ese “tiempo del
fin” y es inseparable de él. Surgió repentinamente por toda la tierra señalando
ese cambio de era y anunciando el pronto regreso del Señor.
Llama la atención en este
contexto, la interpretación de E. de White con respecto al nuevo poder que
surgiría de la tierra con rasgos de nobleza que al principio se compararían a
los de un cordero (Apoc 13:11). Esos rasgos tienen
que ver con la libertad emanada de la Biblia que asumió especialmente el
protestantismo norteamericano.
“¿Cuál era en 1798 la nación
del nuevo mundo cuyo poder estuviera entonces desarrollándose, de modo que se
anunciara como nación fuerte y grande, capaz de llamar la atención del mundo?
La aplicación del símbolo no admite duda alguna. Una nación, y sólo una,
responde a los datos y rasgos característicos de esta profecía; no hay duda de que se trata aquí de los
Estados Unidos de Norteamérica. Una y otra vez el pensamiento y los términos
del autor sagrado han sido empleados inconscientemente por los oradores e
historiadores al describir el nacimiento y crecimiento de esta nación. El
profeta vio que la bestia “subía de la tierra” y, según los traductores, la
palabra dada aquí por ‘subía’ significa literalmente ‘crecía o brotaba como una
planta’... Un escritor notable, al describir el desarrollo de los Estados
Unidos... dice: ‘Como silenciosa semilla crecimos hasta llegar a ser un
imperio’... Un periódico europeo habló en 1850 de los Estados Unidos como de un
imperio maravilloso, que surgía y que ‘en el silencio de la tierra crecía
constantemente en poder y gloria” (CS,
493).
Más
sobre los calendarios sabáticos
Cierta vez mientras vivía en
California me paró la policía por ir más rápido de lo permitido. Para evitar
tener que pagar la multa y quedar manchado el registro del seguro del auto, se
daba entonces la oportunidad de asistir a un curso de conducir que duraba un
día, todo de una vez, durante ocho horas. Se comenzaba ese curso con un
testimonio que pedía el que lo dictaba a cada uno de los presentes sobre qué
les había pasado para tener que hacer ese curso. Con casi cada testimonio todos
reían porque allí no había ningún fariseo, todos éramos pecadores.
Me llamó la atención la
filosofía que se buscaba inculcar en esas clases. El pueblo no es el dueño de
las rutas y calles del país, sino el gobierno federal. Al pueblo se le da una concesión,
un permiso, para poder transitar por ellas, por lo que si no cumple con las
condiciones que se le dan del Estado para conducir, se le puede quitar ese
privilegio.
Algo semejante buscó inculcar
el Señor con el calendario sabático, el semanal, el de las fiestas anuales y el
de los años sabáticos (Lev 23; 25; Núm 28-29). En ese
calendario temporal el Creador de este planeta marcó su autoridad. Por no
haberlo respetado se le quitó al pueblo de Israel la concesión o privilegio
divinos de vivir en la tierra que les otorgó para llenarlos de bendición (Lev
26:34-35; 2 Crón 36:21; Eze
20:12,20; cf. v. 1-4,36; Jer 17:21-23,27; 34:8-16;
Isa 58). “La tierra es mía, y para mí vosotros sois peregrinos y huéspedes”,
dijo el Señor (Lev 25:23-34).
La marca del anticristo romano
y papal que por 1260 y 1290 días-años iba a procurar establecer durante todo el
medioevo sobre el mundo, tendría que ver con un cambio en “los tiempos y la
ley” (Dan 7:25). Mediante la imposición de un calendario diferente que se
enmarcase en su propia autoridad en contraposición con la del Creador, el
papado romano se erigió a sí mismo como el anticristo perfecto anunciado por
los profetas Daniel y Juan en el Apocalipsis. No sólo cambió el sábado semanal
que reconoce la autoridad del Creador sobre esta creación, sino que también
impuso un calendario anual que sepultaba el calendario profético del Señor. En
lugar de conducir a todos, en esta época, a mirar hacia la consumación final
representada por las fiestas de cosecha final del séptimo mes, el papado impuso
sobre el mundo un calendario basado únicamente en el pasado, culminando,
incluso, con el nacimiento del Hijo de Dios al concluir el calendario
juliano-gregoriano que lleva su nombre en honor al papa Gregorio.
Al hacer caer la pascua en
domingo siempre, en forma artificial, el papa Gregorio buscó además imponer y
honrar el domingo por encima de toda otra fiesta. Los papas de hoy están
procurando restablecer esa marca de autoridad no sólo con respecto al domingo,
sino también con respecto a las demás fiestas de la Iglesia Católica Romana y a
la imposición de un jubileo que obligue a las naciones más ricas a perdonar la
deuda a las más pobres (véase A. Lista Hugo, El Retorno de Jesús y el Ritual Judío, y mi libro Jubileo y Globalización).
Mediante semejante engaño,
¿qué pasará con tanta gente que no podrá conocer los tiempos ni las estaciones
que marcarían la época de la venida del Señor? (Mat 24:32-33). En otras
palabras, ¿qué pasará con tanta gente que no reconoce ni reconocerá las señales
que el Señor dejó aún en el sol y la luna para indicar la llegada del “tiempo
del fin”? Lo que el antiguo profeta declaró. Terminarán diciendo con tristeza y
dolor, “pasó la siega, se acabó el verano, y nosotros no hemos sido salvados” (Jer 8:20).
“La siega es el fin del mundo”
(Mat 13:39). “El que duerme en el tiempo de la siega es indigno” (Prov 10:5). El Señor no les permitirá más transitar en la
tierra de su Creación, el día en que venga para limpiarla y transformar aún sus
cielos atmosféricos en una nueva creación. Establecerá sobre ella únicamente a
los que miraban por fe hacia adelante, reconociendo que “eran peregrinos y
forasteros en la tierra”, y reconocían también la autoridad de Aquel que por su
sola majestad puede conceder el privilegio de morar a quien quiere en su
posesión (Heb 11:13-16). Aunque el anticristo hubiese
intentado apoderarse de ellos y de la tierra del Señor haciéndolos andar
errantes por la tierra, la patria que el cielo les prometió les sería concedida
para que pudiesen transitar sobre ella libres, y para siempre (Heb 11:36-40).
Preguntas
y reflexiones adicionales sobre los tres calendarios
A esta altura uno puede
preguntarse si los judíos se habrán referido a menudo a años por el término día
debido a la confusión que se podía presentar a la hora de determinar lo que
implicaba el año, si un año lunar de doce o trece meses como el que tenían en
relación con sus cosechas, un año solar de 360 días como el que existía tal vez
ya desde la época del rey Acaz, quien poseía un reloj
solar (2 Rey 20:10-11), o un año solar astronómico como el que conocemos hoy
con mayor precisión. El término día por año podría referirse en un lenguaje aún
no profético, a una manera implícita de referirse al año sin entrar en la
discusión (Núm 14:34; Eze 4:5-6).
De allí que fuese fácil aún para los judíos medievales entender que las
profecías de Daniel en términos de días se refiriesen a años. Estaban
acostumbrados a referirse a los años por el término “días”.
También podríamos preguntarnos
si Daniel no recurrió al término “tiempo” para referirse a un año, como otra
manera de evitar discutir la cantidad de días de un año y qué clase de años
debían tenerse en cuenta para su definición. “Tiempo, tiempos y la mitad de un
tiempo” fueron definidos al final como 1290 días, lo que incluye medio año
luego de tres, con un mes adicional. De todas maneras, tanto Daniel y más tarde
Juan en el Apocalipsis, fueron suficientemente claros como para dar al año
profético un valor fijo de 360 días. El año no debía computárselo como
refiriéndose a 354 días más 8 hs. (según un calendario estrictamente lunar y
sin un mes intercalario adicional), ni a 365 días más
5 hs. (según un calendario astronómico solar), sino a 360 días (según el
calendario solar usado entonces). Aunque ambos profetas no usaron el término
años en esos casos, sino “tiempo”, “meses” y “días”, los dos se refirieron a un
año de 360 días. Pero al darle un sentido profético de día por año, debía
entenderse por año un ciclo solar completo.
Calendario
solar astronómico: seis años (365 días y 5 hs. c/año) = 2.191 días y
fracción.
Calendario
solar vigente: 6 años de 12 meses (30 días c/u)
suman 2.160 días (360 días c/año) + un décimotercer
mes de 30 días = 2.190 días.
Calendario
lunar: 6 años de 12 meses lunares suman alrededor de 2.126 días (354 días y 8
hs. c/año) + dos décimotercer meses de 30 días
agregados c/tres años = 2.186 días.
La diferencia de alrededor de
cuatro días entre el calendario lunar y el calendario solar judío de 360 días,
podía ser fácilmente regulada cada seis años en el séptimo año sabático, lo
mismo que los cinco días adicionales del año astronómico que correspondía a ese
año sabático, así como la fracción de cinco horas astronómicas solares
adicionales que se acumulaban cada año, toda vez que su acumulación lo hiciese
necesario. El primer año que seguía al año sabático habrían hecho comenzar el
nuevo año otoñal y solar judío de 360 días en correspondencia con el calendario
lunar de primavera de 354 días y fracción.
Recordemos que la luna y la
cosecha (esta última al compás del sol), eran el principio regulador mayor de
los años lunares, solares y astronómicos. Puede traerse a colación que Moisés
fue educado en Egipto en donde se desarrolló un calendario solar. Inspirado por
Dios habría tenido en cuenta de esta forma, la dificultad que su pueblo hebreo
esclavizado y privado de educación por tanto tiempo, hubiera tenido para
sincronizar el movimiento de la luna con el sol. De una manera sencilla,
regulada finalmente por las cosechas y los años sabáticos y de jubileo, podían
cumplir con un calendario religioso agropecuario-lunar y ofrecer a las
generaciones futuras una proyección profética del plan de Dios para salvar al
mundo.
Testimonio
millerita
Los milleritas escribieron lo
siguiente en Signs of the Times
(Señales de los Tiempos, 26 de abril de 1843, 58-61): “Doquiera los hombres han
computado el tiempo, los años de Dios fueron siempre los mismos. Sin embargo,
ha sido obra de los astrónomos, matemáticos, cronólogos e historiadores, desde
que los hombres estuvieron sobre la tierra, la de procurar compatibilizar sus
cómputos defectuosos con el verdadero año natural—el tiempo requerido por la
tierra para pasar desde un punto particular en su órbita redonda por el mismo
punto, usualmente comenzando en los equinoccios...
“Fue por tomar como referencia
ese modelo regular sin variación que se descubrió el año bisiesto... Así
sucedió con los antiguos y sus maneras de reconocer el año. Hay buena evidencia
que permite saber que conocían suficiente sobre astronomía como para conocer
cuándo el sol brillaba, y distinguir entre el día y la noche, entre el invierno
y el verano; y conocían suficiente como
para poder arreglar la deficiencia en sus años corrientes mediante meses intercalarios o días, según el caso lo requería... Ellos
siempre tuvieron los verdaderos años solares como los tenemos nosotros,
independientemente de si sus años corrientes incluían un año entero o no; y siempre se las arreglaron de alguna manera
para mantener en armonía sus cómputos de años corrientes con los naturales...
“Aunque todas las naciones
puedan no haber estado de acuerdo en la manera de determinar sus años—algunas
los regulaban por el movimiento del sol, y otras por el de la luna—todas ellas,
sin embargo, usaban generalmente el año solar en su cronología... Las naciones
que usaban años lunares agregaban cierto número de días intercalarios
para hacerlos concordar con el año solar... Con tal propósito los judíos
agregaban un mes entero al año, tan a menudo como fuese necesario; el que ocurría comúnmente una vez cada tres o
dos años...”
“Si entonces el año judío
antiguo consistía en no más de 360 días, y si tampoco se alargaba aumentándole
cinco días, ni se lo regulaba en ocasiones con meses intercalarios,”
se hubiera dado un descalabro en relación con las cosechas. “Igualmente claro
resulta que los antiguos judíos no podían haber contado con años de 360 días
sin algún expediente para hacer coincidir esos años otoñales con los años
solares”.
Convendrá mantener fresca en la memoria la ilustración que trajeron los
milleritas del año bisiesto con un día extra que debió integrarse cada cuatro
años al calendario actual que tenemos, una vez que se descubrió con mayor
precisión astronómica su necesidad. Nos ayudará a entender más fácilmente que
los antiguos, con calendarios más primitivos, debieron hacer algo semejante no
sólo con ciertos días, sino también con los meses, en el caso de los que
contaban los meses lunares naturales.
La sincronización de los tres
calendarios (lunar, solar corriente y solar astronómico)
Jesús dijo a los que lo acusaron de violar el sábado por sanar a un
hombre, que su Padre y él mismo siempre trabajan, aún en sábado, especialmente
en obras de redención (Juan 5:17). Así como ni el mundo, ni el sol, ni la luna,
ni el universo dejan de moverse el día sábado, sino que Dios los sostiene para
que la vida pueda continuar, así también durante los años sabáticos ni la luna
ni el sol se detenían. Lo que se detenía era la siembra y la cosecha. En el
sábado semanal, además, el cese tenía que ver con el trabajo diario que para un
pueblo agropecuario, estaba relacionado también con la siembra y la cosecha (Ex
20:8-11). Pero ningún sábado debía en principio detenerse a la hora de comer
(Lev 25:6; Mat 12:1-4), de librar un animal que había caído en un poso, o de
sanar a una persona cuando eso podía hacerse, librándolo así de su miseria (Mat
12:10-13). El sábado tanto semanal como el anual tenía en cuenta, así, también
a los animales (Ex 20:10; 23:10-11; Lev 25:7).
Si el sol y la luna no iban a detenerse en el año sabático, ¿cómo
entonces, podía el año sabático ayudar a sincronizar los tres calendarios, de
tal manera que el nuevo ciclo semanal de años no les quedase torcido de
entrada? Ajustando el calendario lunar cada tres años y a veces cada dos años
en relación con la cosecha; también ajustando el calendario solar cada seis
años con el calendario lunar, luego de concluir el año sabático, en el primer
año del nuevo ciclo de siete años.
Tenemos datos bastante claros con respecto a cómo computaban el
calendario lunar, lo que nos permite deducir cómo habrán tenido que hacer para
sincronizar ese calendario con el año solar astronómico que dura, según podemos
saber con presión hoy, 365 días y fracción. Mientras que hoy, con un calendario
solar astronómico, tenemos que usar meses artificiales de 30 ó 31 días,
antiguamente los que usaban como Israel un calendario lunar natural de
aproximadamente 29 ½ días, debían usar años de cómputo artificial de 360 días.
Tal vez les resultaba más fácil redondearlo así ya que ni aún agregando cinco
años les iba a cuadrar siempre bien la geometría. Y así como febrero se quedó
con menos días porque no tuvo ningún emperador romano con ese nombre, así
también los antiguos años solares corrientes de 360 días podían modificarse más
fácilmente en algunos años sin exigirle ni a la luna ni al sol que se detengan
por unos días, porque su cómputo debe haber sido tan artificial como nuestro
cómputo mensual de 31 días.
El calendario lunar primaveral
En la antigüedad no había almanaques como los que hoy todos tenemos en
nuestras casas. No existía el papel ni la imprenta. No obstante, todos sabían
contar ya que, de otra manera, no hubieran podido hacer negocios, es decir, no
hubieran podido ser judíos. De hecho, conocían la regla de tres simple porque
podían deducir el diezmo, el segundo diezmo y hasta un tercer diezmo. De manera
que cada familia en su casa podía llevar también la cuenta de los días, los
meses y los años, sin importar si se hacían sus propios almanaques (su propia
cuenta) sobre madera, piedra, papiro o cuero.
Así, entre unos y otros solían comentar cuántos meses faltaban para el
comienzo de la siega o la cosecha final. Además, esas cuentas caseras tenían
una confirmación oficial en el templo que llamaba al son de trompetas a
participar de las fiestas (Núm 10:10). A tal cuenta
que todos llevaban se refirió Jesús cuando dijo: “¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses hasta la siega?”
(Juan 4:35). Refiriéndose a una cosecha prematura, algo anticipada tal vez
porque en ese año o a lo sumo, en el año anterior, habían tenido un segundo Adar o décimotercer mes
adicional, Jesús se refirió a las primicias de la cosecha espiritual que en ese
momento estaba lista para darse entre los samaritanos y que debía ser mayor
para cuando llegase el Pentecostés (v. 30).
El calendario solar otoñal
corriente de 360 días
Los antiguos no tenían un
punto fijo como un año antes de Cristo y un año después de Cristo. Pero no por
eso estaban desprovistos de otras referencias estables y fijas para contar los
años. En sus referencias más cortas, solían contar los años teniendo como punto
de partida el comienzo del reinado de los reyes extranjeros y de Israel mismo. También
parecen haber llevado una computación fija en años solares corrientes de 360
días más 30 adicionales al concluir el período de 6 años en un año sabático,
según ya vimos. El reloj de sol que tenían y que marcaba la diferencia en la
sombra (2 Rey 20:11) no les dio, se ve, como para medir en forma exacta 365 días
y fracción. En el caso del calendario solar corriente de 360 días debían ajustarlo
de nuevo en el otoño de la cosecha que seguía al año sabático. Eso les
permitiría referirse en forma equivalente al segundo o tercer año, o quinto,
etc., en referencia al año sabático (véase Lev 25:9-10,20-22; 2 Rey 19:29).
Algunas referencias fijas de
mayor extensión que las que se daban en un período corto y regular de siete
años, o en el período de determinado rey, las encontramos en ocasiones muy
especiales en relación con épocas anteriores a las del reinado. Se las
arreglaron, por ejemplo, de alguna manera para contar 480 años desde la salida
de Egipto hasta el comienzo de la edificación del templo de Salomón (1 Rey 6:1).
Anteriormente, Moisés registró los cuatrocientos años de cautividad de Israel
que Dios había anticipado a Abraham varios siglos antes (Gén
15:13,16; Ex 12:40-41). Y entre la inauguración del templo de Salomón y su
destrucción se sumaron, según la profecía retrospectiva de Ezequiel, 390 años (Eze 4:4-5). Los otros cuarenta años parecen haberse
referido al tiempo de reinado de Salomón cuya responsabilidad en la apostasía
de Israel y su destrucción posterior fue mayor (Eze
4:6; véase A. R. Treiyer, The Day of Atonement
and the Heavenly Judgment, cap 6). 70 años de
abandono de Tiro y de Jerusalén formaron parte de las profecías de Isaías
(23:15-18) y de Jeremías (2 Crón 36:21; Jer 25:11; 29:10).
Para computar otras profecías más extensas Dios le dio a Daniel como
referencia un calendario fijo de 360 días con 12 meses regulares de 30 días
cada uno (Dan 7:25; 12:7; Apoc 11:2-5; 12:6,14;
13:5). ¿Cómo habrán hecho para coordinar el calendario solar corriente de 360
días con la luna y el sol? Eso puede ser materia de discusión. Aquí sugerimos
algunas pautas que podrán servir, a la hora de tener que explicarle la
cronología bíblica y profética a alguien que está confundido porque no sabe qué
hacer con esas cifras proféticas que dan al año un valor de 360 días, ante un
calendario lunisolar como era el de los israelitas
(354 días y fracción), y ante el año solar astronómico y determinado
científicamente de 365 días y 5 hs. por el que se iban a regir las cosechas.
Ya en la época del rey Acaz llevaban la
cuenta, según se ve, del movimiento del sol con un reloj que medía el recorrido
de la sombra durante los días (2 Rey 20:11). Por Daniel y Juan sabemos que el
año solar vigente (o corriente entre los judíos) duraba 360 días. Si iban a
querer ajustar esos 360 días al año solar astronómico dentro del período de 6
años, les iban a faltar 31 días y fracción. ¿Cuál año elegir para agregarle un
mes más? Indudablemente el año sabático, luego de concluida la sexta cosecha,
más definidamente en relación con el mes lunar de Adar
(el doce), antes del comienzo de la séptima cosecha que en ese año no tenía
lugar porque era el año sabático (no se sembraba ni se cosechaba). La profecía
de los 1290 días de Daniel parece confirmar ese agregado de un mes adicional,
porque es paralela a la de tres años y medio que debían comenzar en el otoño y
desembocar en la primavera, según ya vimos (Dan 12:11).
Calendario solar corriente
Por O
entiéndase Otoño. Por CAS entiéndase Comienzo Año Sabático. Por FAS Fin Año
Sabático.
360 I O
360 II O 360 III
O 360 IV O 360 V O
360 VI CAS
390 VII
FAS
El año sabático revolucionaba el ciclo de la cosecha no sólo durante el
séptimo año, sino también durante todo el octavo año de tal manera que sólo en
el comienzo del noveno año se disponía en pleno de la primera cosecha del nuevo
ciclo (Lev 25:20-22). Por tal razón, era más apropiado reajustar el año solar
vigente o corriente de 360 días en esa época. Esto es lo que sugiere la
profecía de Daniel cuando menciona un período de 3 años y medio de 390 días, es
decir, con un mes adicional (tres otoños más un cuarto invierno alargado por un
mes adicional). Esos tres años y medio debían corresponder a la segunda mitad
del ciclo sabático de siete años.
En la época de los reyes, los años de reinado los computaban haciéndolos
partir, como veremos más tarde, en el comienzo del otoño del calendario lunar
que caía en el séptimo mes. ¿Para qué servía, entonces, ese calendario solar corriente
de 360 días rígidos? Para referencia adicional que pudiera ayudarles en
cómputos que requerían cifras más estables ya sea para los negocios o para
poder computar mejor ciertos hechos históricos (sin necesidad de tener que
sacar tantas cuentas). Así como a la hora de computar proféticamente los
tiempos indicados por el Señor se requerían cifras fijas y estables para evitar
la especulación y caer en la anarquía interpretativa, así también para otros
menesteres tales cifras les permitirían a los antiguos contabilizar o
regularizar mejor ciertas actividades anuales.
La mitad o el número 3
Daniel anticipa en su profecía un período de tres años y medio de un
calendario solar más un mes intercalario adicional.
Esto significa la mitad de una semana de años, que puede explicarse fácilmente
por un comienzo otoñal con un mes bisiesto en la cuarta primavera. Llama la
atención que el Pentateuco asigna al número 3 también un valor significativo. Así
como Dios puso en la mente del pueblo la noción de un séptimo día, de un
séptimo mes, de un séptimo año, de un séptimo año sabático (el 49 ó 50 del
jubileo: Lev 25), lo que reforzó con tantas prescripciones de sacrificios que
incluían siete corderos, amén de siete fiestas anuales festejadas en siete
meses (Lev 23; Núm 28-29); así también, aunque con menos énfasis,
involucró el número tres (la mitad) en ciertas actividades.
¿Hay pruebas bíblicas de un énfasis también en la mitad, esto es, en el
número 3? Sí, las hay, y bien definidas. Tal vez inconcientemente heredamos el
mismo principio al tener los cultos de mitad de semana, los martes o miércoles,
para buscar al Señor en un punto intermedio también.
a) La
purificación del impuro. En Núm 19:12, por ejemplo,
se requiere que el impuro se purifique al tercer y séptimo días de la semana de
purificación (véase v. 11). De no purificarse en el tercer día tampoco quedaría
limpio en el séptimo. En otras palabras, no alcanzaba con purificarse en el
séptimo día. Se requería el ajuste en ambos períodos, al tercer y al séptimo
días.
b) En
las fiestas israelitas. También en las fiestas judías el Señor requería que
al tercer mes se celebrase la fiesta de las semanas o primicias del trigo (49 ó
50, de allí Pentecostés: Ex 23:16a;
34:22a-b; Lev 23:15-22; Núm 28:26-31; Deut 16:9-12,16-17), y en el séptimo mes de otoño la fiesta
de los tabernáculos o cabañas, concluyendo el calendario de cosecha (Ex 23:16b;
34:22c; Lev 23:34-43; Núm 29:12-38; Deut 16:13-17). Vemos así que otra vez, en el tercer mes,
debía participarse de una fiesta de primicias de la cosecha del año que no se
completaría hasta llegar la fiesta de las cabañas en el séptimo mes. Así
también, al concluir tres inviernos y luego al final de otros tres inviernos (en
el sexto invierno que caía en la mitad del año sabático), se recomponía el
calendario solar vigente con el astronómico también.
c) El
año del diezmo u ofrenda especial. Esto no es todo. Al cabo del
tercer año Dios había ordenado un diezmo adicional especial que no era el
diezmo regular ni un segundo diezmo que solían dar como ofrenda, sino otro que
tenía en cuenta a los que no tenían herencia como los levitas y huéspedes
extranjeros, así como a las viudas, a los huérfanos y a los pobres (Deut 14:28-29; 26:12). Se lo llamaba “el año del diezmo”
porque los israelitas debían dar un diezmo especial, tal vez en gratitud a Dios
por darles un mes más de vida en ese año (Deut 14:28-29;
26:12). Para todo aquel que para esa época podía estar al borde de sucumbir
bajo una deuda y llegar al punto de tener que venderse a sí mismo hasta el año
sabático, esta era una medida anticipada que Dios requería para evitar tal medida
extrema.
Así como nuestro cuerpo fue hecho aún antes de la entrada del pecado con
tantos recursos para hacer frente a la tremenda emergencia que iba a darse con
sus secuelas de enfermedad y muerte, evitando que sucumbiésemos antes de la
cuenta; así también vemos el mismo
principio divino en relación con la vida social, de ayudar a evitar lo peor a
la mitad de la semana. Aún así, iban a contar en el año sabático con una
liberación no sólo de deudas, sino también de la esclavitud en el caso en que
la bendición del tercer año no hubiera sido suficiente.
Llama la atención que el año sabático, al completarse los siguientes
tres años, iba a tener en cuenta también a los pobres y esclavos, con una
liberación mayor (Deut 15); y el año del jubileo luego de siete años sabáticos
seguidos, con una liberación completa mediante la devolución de la herencia que
hubiesen perdido durante ese período jubilatorio (Lev 25). El tercer año era,
así, la medida más pequeña que anticipaba la liberación más grande del año
sabático, el que a su vez anticipaba la liberación final cuando no sólo se
obtenía la libertad, sino también la herencia. Así, vemos de nuevo que el segundo
tercer año caía en el año sabático cuando debían dejarse los productos del
campo para los pobres, de una manera más completa que lo que se lo había hecho
en el primer tercero según Deut 26:12-13.
¿Por qué elegir el año
sabático como referencia básica de regulación?
Porque en esa dirección apuntaban las leyes que dictó el Señor a su
pueblo. Fue con el propósito de recomponer no sólo el deterioro de la sociedad
en el tiempo de intervalo, sino también la desproporción de los diferentes
calendarios, que se dio la ley del año sabático y del jubileo. Durante los años
sabáticos los israelitas debían comer lo que encontrasen para cada día sin
almacenar lo que la tierra diese de por sí (Lev 25:5-7). A su pueblo en un
mundo turbulento en donde tendría que vagar como extranjero y peregrino (Lev
25:23; Heb 11:13), Jesús también le refirió la
necesidad de depender de Dios día a día, confiando en que así como Dios
alimenta a los pájaros que ni plantan ni siegan, también cuidará de sus hijos
como en la antiguedad lo hacía también en cada año
sabático cuando, como los pájaros, su pueblo tampoco plantaba ni segaba (Mat
6:25-34).
La
ley del año sabático y del jubileo
Consideremos ahora más de cerca la manera en que la ley levítica se
refiere al calendario del año sabático. Ha habido mucha confusión con respecto
a la fecha indicada para el año sabático y de jubileo en Lev 25:9-10, y en los
v. 20-22. Eso se ve aún en muchas biblias comentadas, entre ellas la Católica
de Jerusalén. La exégesis moderna ha concluido, sin embargo, que los tres años
referidos en esos pasajes son, traducidos a nuestro cómputo moderno, el 6/7/8 y
el 48/49/50.
La sexta cosecha iba a dar para comer durante todo el año sabático (el
séptimo), hasta que viniese la cosecha del octavo año en primavera (el primero
del nuevo ciclo) y en verano (Lev 25:20-22). Siendo que en el otoño de ese
octavo (o primer) año comenzaba el noveno (o segundo año), y era en ese momento
que se completaba la recolección de los frutos (en especial de las vides), la
sexta recolección de frutos iba a alcanzar para mantenerse hasta que llegase la
recolección final de ese octavo/noveno año (la cosecha terminaba en el séptimo
mes que iniciaba el noveno año, unos días después de completarse el octavo año
en el sexto mes: Lev 23:39).
Otra posibilidad es que el 49 fuese también el 50, si el 50 lo
computamos desde el punto de partida del año, no desde su cumplimiento. A esta
segunda manera de computar se la conoce hoy como “cómputo inclusivo”. [Hoy un
niño cumple un año después de haberlo vivido. El “cómputo inclusivo” comenzaría
a computarle ese año desde el momento en que nació. Pero, ¿cómo haríamos, en
ese caso, con la explicación de Lev 25:21-22? La única alternativa para una
posibilidad tal sería que el profeta estuviese yuxtaponiendo un calendario
lunar de primavera con el que comenzaba en otoño. Si esta fue la intención del
escritor bíblico, el octavo año sería el de la siembra que seguía al séptimo
año sabático, y el noveno una referencia al calendario de primavera que
iniciaba la cosecha con las primicias de la cebada, en este caso, la primera
después del año sabático (Lev 25:21-22). En este contexto, el pasaje de Lev
25:9-10 implicaría que el año 49 y el año 50 se yuxtapondrían en la mitad.
Mientras que el año 49 sería completo, de otoño a otoño; el año 50 tendría que ver con la
quincuagésima primavera de un calendario lunar.
Los 1290
días y el año sabático
Bajo este enfoque que tiene
tanto soporte bíblico y astronómico en su favor, los 1290 días de la profecía
de Daniel debían concluir en la mitad de un año sabático. ¿Qué implicaciones
implícitas tendría este hecho? Que en 1798, cuando la autoridad política del
gran impostor romano que en el año 508 impuso la “abominación” o idolatría
detestable del papado en medio de la iglesia (Dan 12:11; cf. 8:11; 2 Tes 2:3-4), se consumaría una liberación como la que se
daba de los deudores y de los esclavos en cada año sabático (Ex 21:2; Deut 15).
El año sabático comenzaba seis
meses antes del segundo Adar o décimotercer
mes, fecha en que debían concluir los 1290 días en su proyección simbólica. Así
también, la liberación que trajo la Biblia mediante el protestantismo comenzó a
mediados del S. XVI, tres siglos antes del golpe decisivo de 1798 que produjo
la liberación secular. Por eso anticipó Jesús que ese tiempo profético de gran
tribulación para el pueblo de Dios (1260 y 1290 años) sería acortado (Mat 24:21-22).
Así como durante el año sabático el pueblo de Dios debía dirigirse al santuario
de Jerusalén (en su cumplimiento ahora al santuario celestial de la Nueva
Jerusalén, en un acercamiento espiritual de fe: Ef
2:6,18; Heb 12:22-24; Apoc
11:1-2), para leer la Biblia en plena libertad y reposo espiritual (Deut 31:9-13), así también una liberación equivalente a la
que se dió en los tiempos evangélicos tendría lugar
en relación con la época del “tiempo del fin” (Dan 7:25; 12:4,7,9).
[La liberación de los esclavos
negros en los EE.UU. y otros lugares del mundo no serían sino un reflejo de la
verdadera liberación producida por la Palabra de Dios. La esclavitud racial fue
introducida por España luego que los sacerdotes teólogos de Valladolid en el S.
XVI, llegasen a la conclusión que el indígena era un ser humano y, por tanto, cristianizable. Para la labor de esclavitud que los nuevos
propietarios de grandes extensiones de tierra en el Nuevo Mundo necesitaban,
decidieron entonces traer negros del Africa que estaban,
según el criterio de entonces, en un nivel inferior. No debemos olvidar que el
papado heredó de la antigua Roma la trata de esclavos, y mantuvo la esclavitud
durante la mayor parte de la Edad Media].
“Los ‘cuarenta y dos meses’ y
los ‘mil doscientos sesenta días’ designan el mismo plazo, o sea el tiempo
durante el cual la iglesia de Cristo iba a sufrir bajo la opresión de Roma...
La persecución contra la iglesia no continuó durante todos los 1260 años. Dios,
usando de misericordia con su pueblo, acortó el tiempo de tan horribles
pruebas... (Mat 24:22). Debido a la influencia de los acontecimientos
relacionados con la Reforma, las persecuciones cesaron antes del año 1798” (CS, 309-310; véase también 351).
“Valiéndose Roma de la
ambición de los reyes y de las clases dominantes, había ejercido su influencia
para sujetar al pueblo en la esclavitud, pues comprendía que de ese modo el
estado se debilitaría y ella podría dominar completamente gobiernos y súbditos.
Por su previsora política advirtió que para esclavizar eficazmente a los
hombres necesitaba subyugar sus almas y que el medio más seguro para evitar que
escapasen de su dominio era convertirlos en seres impropios para la libertad...
Despojado el pueblo de la Biblia y sin más enseñanzas que la del fanatismo y la
del egoísmo, quedó sumido en la ignorancia y en la superstición y tan degradado
por los vicios que resultaba incapaz de gobernarse por sí solo” (CS, 324-325).
“El espíritu de libertad
acompañaba a la Biblia. Doquiera se le recibiese, el evangelio despertaba la
inteligencia de los hombres. Estos empezaban por arrojar las cadenas que por
tanto tiempo los habían tenido sujetos a la ignorancia, al vicio y a la
superstición. Empezaban a pensar y a obrar como hombres” (CS, 320). “Dios había permitido que viniesen pruebas sobre su
pueblo con el fin de habilitarlo para la realización de los planes
misericordiosos que él tenía preparados para ellos. La iglesia había sido
humillada para ser después ensalzada. Dios iba a manifestar su poder en ella e
iba a dar al mundo otra prueba de que él no abandona a los que en él confían.
El había predominado sobre los acontecimientos para conseguir que la ira de
Satanás y la conspiración de los malvados redundasen para su gloria y llevaran
a su pueblo a un lugar seguro. La persecución y el destierro abrieron el camino
de la libertad” (CS, 335).
“El Evangelio hubiera dado a
Francia la solución de estos problemas políticos y sociales que frustraron los
propósitos de su clero, de su rey y de sus gobernantes... Los ricos no tenían
quien los reprendiera por la opresión con que trataban a los pobres, y a éstos
nadie los aliviaba de su degradación y servidumbre... La carga del
sostenimiento de la iglesia y del estado pesaba sobre los hombros de las clases
media y baja del pueblo, las cuales eran recargadas con tributos por las
autoridades civiles y por el clero” (CS,
322-323). La liberación de 1793 y 1798 liberaron al pueblo de las deudas y
esclavitud ejercidas durante tanto tiempo por la opresión del clero y de la
nobleza (véase Deut 15:1ss).
Con la liberación protestante
norteamericana por esa misma época se estableció un principio de libertad en
donde todos son iguales ante la ley, y en donde la libertad de conciencia
estuvo completamente asegurada (CS,
337-8). “Su principio fundamental—la libertad civil y religiosa—llegó a ser la
piedra angular de la república americana de los Estados Unidos” (CS, 339). “La Biblia era considerada
como la base de la fe, la fuente de la sabiduría y la carta magna de la
libertad. Sus principios se enseñaban cuidadosamente en los hogares, en las
escuelas y en las iglesias...” (CS,
341).
Seis
años microsabáticos concluían en el año macrosabático del jubileo
Pero, ¿no representaba acaso
el año sabático a la ocasión en que los redimidos se encontrarán en la patria
celestial, para juzgar al mundo de acuerdo con la Palabra de Dios, la Biblia? (PE, 52; véase más citas en A. R. Treiyer, La Crisis
Final en Apoc 4-5 [1998], 100-101; y más aún en Jubileo y Globalización. La Intención Oculta
[1999], cap 13). ¡Por favor, no tan rápido!
Los antiguos años sabáticos no
producían una liberación completa porque no restituían al esclavo sus antiguas
propiedades. El esclavo liberado entonces seguía hasta cierto punto
dependiente, trabajando como asalariado, y en algunos casos se veía compelido a
someterse de nuevo a la esclavitud (Ex 21; Deut 15).
La liberación total caía en el año del jubileo, en el séptimo año sabático,
cuando los esclavos recobraban, además, la herencia que una vez les había
pertenecido. Podemos definir, de esta manera, a los primeros seis años
sabáticos precedentes como microsabáticos, y al
séptimo del jubileo como macrosabático porque incluía
la restitución de las antiguas propiedades que, por el deterioro social
intermedio, los pobres y esclavos habían perdido (Lev 25:8ss).
El cumplimiento tipológico o
simbólico del primer año microsabático comenzó en el
S. I con la primera venida de Cristo, tal como lo había profetizado Isaías
(61:1-3; Luc 4:16-22; Juan 8:31-33,36). Esa
restauración proyectaba para adelante, además, el retorno final de los cautivos
y la restauración de su patria prometida, algo que se ajusta más a un jubileo
que a un año sabático intermedio (Isa 61:4ss; Rom
6:22). La liberación y reposos típicos del año sabático que nos trajo el Señor
entonces fue inicial y limitada a nuestra naturaleza espiritual (2 Cor 3:17; Mat 11:28-30). Nuestras tendencias heredadas y
adquiridas hacia el mal no son aniquiladas con su liberación espiritual inicial
ni suprimidas, sino puestas bajo control hasta el día de la redención final en
la que aún nuestra propiedad, la nueva tierra prometida y el nuevo Edén, nos
serán restituidos (Rom 7:15-8:4,21-23; Apoc 21-22). Hoy el Señor nos libra de la penalidad y poder
del pecado. En el gran jubileo nos librará de la presencia misma del pecado que
intenta, a través de las naciones, someternos de nuevo a esclavitud. Será
entonces que entraremos en “su reposo” final (Heb
4:6-11).
No hay necesidad de buscar
seis momentos de liberación intermedios en la historia del cristianismo, para
que se ajusten a los seis años sabáticos que precedían al gran jubileo. Como
tampoco es necesario determinar cuáles son las siete cabezas de Apoc 17:9, ya que Juan se interesa únicamente en la quinta,
la sexta y la séptima (cuyo octavo está incluido entre los siete). Así también
la profecía de Daniel y de Juan sobre los 1260 y 1290 días nos anticipan una
liberación que se daría en torno a una nueva época, la del “tiempo del fin”,
producida más que nada por un levantamiento y ensalzamiento de la Palabra de
Dios (los “dos testigos”: Apoc 11:3,11-12).
Por tal razón, el intento
actual del papado romano de suplantar el verdadero día de liberación (Deut 5:15), aún mediante el almanaque juliano-gregoriano
que hace que la Pascua caiga siempre en domingo, tiene como propósito imponer
un falso día de reposo (el domingo), y que honra la institución romana como su
autora. El intento papal, además, de imponer su propio jubileo que desvirtúa y
aparta la mirada del pueblo de Dios del verdadero jubileo que está por venir,
tiene que ver con el intento final del diablo, en esta era del fin, de
apoderarse de la creación del Señor.
El
año sabático del gran jubileo
En referencia a la Segunda Venida de Cristo, E. de White escribió: “Entonces comenzó el jubileo, durante el cual la tierra debía descansar. Vi al piadoso esclavo levantarse en triunfal victoria, y desligarse de las cadenas que lo ataban, mientras que su malvado dueño quedaba confuso sin saber qué hacer...” (PE, 34-35,286)