LA DEMONIZACIÓN DEL OTRO
Dr. Alberto R. Treiyer
La obsesión de atribuir a un pueblo, familia o persona, caracteres negativos propios de otros, más definidamente de una figura indeseable, conoce hoy un nombre, y es “demonización”. Esto es más notorio cuando el objetivo perseguido es culpabilizar a quien se odia, o encontrar un pretexto para condenarlo o deshacerse de él.
¿Qué es lo que se pretende buscar demonizando a otros? En el fondo, puede tratarse de un intento de justificación o liberación personal. Hay una frustración, complejo, sentido de impotencia para manejar las cosas, y hasta una carga personal de culpabilidad. La tendencia humana natural, desde la caída de nuestros primeros padres, ha sido y continúa siendo la búsqueda de substitutos sobre los cuales cargar todo el peso que agobia al ser humano. La mujer que me diste (culpabilización de la mujer y, en última instancia, de Dios), la serpiente (culpabilización del diablo mismo, olvidando que el diablo cargará con la parte que le compitió a él por hacernos mal, pero que no se ocupará de la parte que nos compitió a nosotros por desobedecer a Dios), me dio de comer, y comí.
Los candidatos a demonizar hoy en día son múltiples, como múltiples son los traumas y frustraciones de las personas. En una iglesia, la figura de un pastor, un anciano, un maestro de Escuela Sabática, por ocupar puestos de responsabilidad, pueden transformarse aún sin quererlo y fácilmente, en el prototipo escogido para liberar a más de un alma frustrada que viene a la Iglesia buscando liberación. Pero los candidatos a demonizarse no necesariamente son gente que ocupa puestos elevados de responsabilidad. En los altos cargos también hay frustración, y a veces paga el más débil, por no tener ni saber cómo defenderse. En familias, iglesias e instituciones, pueden verse ocasiones en que una persona sin nada o poco que ver, termine siendo el canal por el que se descarga toda la impotencia y trauma de otros.
Es muy común que todo aquel que se destaca en algo que los demás no han podido hacer por diferentes circunstancias, pasa a ser el elegido para que los demás pongan sobre él todas sus cuitas, culpas y hasta furias, con la triste ilusión de poderse liberar, de esa manera, de sus problemas personales. Cuando una frustración tal es grupal funciona la ley del cangrejo. Un balde lleno de cangrejos no necesita tapa para evitar que uno se escape. Cuando uno está por salir siempre aparece otro que lo engancha con su tenaza o pinza y lo mete dentro del montón otra vez. Cuando eso ocurre entre los seres humanos, todo el mundo (el resto de los cangrejos) parece sentir liberación.
Dentro de un contexto de globalización como el nuestro, se ha estado desarrollando desde hace unos pocos años, una nueva ética a la que llaman “ética de supervivencia planetaria”. Consiste en afirmar que ninguna persona en particular, ningún grupo, ninguna institución, puede moralmente considerarse como la única solución sin tener en cuenta a toda la humanidad. Para decirlo en pocas palabras, ninguna minoría puede pretender salvarse a sí misma sin incluir a todo el mundo. O nos salvamos todos, o no se salva nadie (un totalitarismo equivalente al que revelaron los judíos: Juan 11:47-50). ¿Podemos imaginarnos lo que ocurrirá con nosotros, bajo este contexto, cuando la humanidad descubra durante las plagas finales que se habrá perdido? De acuerdo a las profecías apocalípticas y a los mensajes que Dios nos dio a través del Espíritu de Profecía, pronto seremos nosotros los demonizados por el resto de la humanidad.
Aunque tal vez, la palabra “demonización” sea de origen más reciente, tal práctica ha sido común a lo largo de los siglos. Muchos la consideran saludable, como una especie de catarsis que una persona y aún una sociedad necesita para soltar todos los sentimientos negativos que debieron mantener bajo sujeción durante cierto tiempo. He escuchado a médicos dar el consejo de ver, de tanto en tanto, alguna película (film) en donde se le dé al “malo” con todas hasta acabar con él, porque “eso libera”, “suelta las tensiones”.
Años atrás, cuando todavía no se había inventado el cine y existían los teatros, en las poblaciones rurales debían tener policías a la salida que protegiesen al actor que hacía de malo, porque había gente que quería lincharlo. Aparentemente no les alcanzaba con la paliza que terminaban dándole en la obra de teatro. Cuando estaba en Francia ví una entrevista a un artista francés que habían elegido como criminal cínico, de lo más salvaje y aberrante, para muchas películas. A cada rato se detenía para mirar las cámaras y decir: “Yo soy una persona normal. Lamento que me han elegido para hacer esa clase de películas. Pero yo no hago eso, ni soy lo que aparece en la pantalla”.
Es probable que, en lugares donde la educación tanto social como religiosa no ha sido suficientemente completa, pueda darse una tendencia semejante para con alguien a quien toman como “el malo de la película”. Más de una vez, en las dificultades que se dan en las relaciones personales, he podido escuchar a alguno decir: “Ese parece que me agarró como al malo de la película”. ¿Qué es eso? Demonización. Buscar generosamente ofrecerle o atribuirle a alguien todos los peores atributos que se puedan conseguir para poder condenarlo. Este “noble juego” consiste en encasillarlo dentro de determinados parámetros, y no permitirle salir de allí hasta poder acabar con él.
En los próximos números de esta serie que podrá ser después enriquecida por los sicólogos adventistas de esta red, si así lo desean, nos proponemos considerar brevemente cómo “la demonización” del otro, de una persona, familia, pueblo o raza, se efectuó en los pueblos antiguos, y con qué propósito, para concluir ofreciendo la única solución divina para la frustración humana. Es mi deseo que, de esta manera, las relaciones humanas de pastores y congregaciones, administradores y subalternos, puedan crecer a tal punto que se evite caer en moldes rígidos para juzgar a otros, y en la búsqueda de fórmulas demasiado simples para condenarlos.
Mi padre me decía, años atrás, luego de pertenecer por años a juntas de Unión, Universidad y Asociaciones, que pudo ver cómo a menudo, dos o tres cosas dichas en una junta por un presidente, bastaban para destruir la reputación de una persona y, en casos extremos, hasta deshacerse de él. ¡Dios nos libre de semejante barbarie! El recurso que a menudo les queda a esas víctimas nobles y cristianas modernas es remitir a tales almas traumadas a buscarse otro substituto, al único que puede cargar con los pecados de toda la humanidad y otorgar verdadera liberación.
1. Rituales antiguos de demonización
Entre los pueblos antiguos existió con muchas variantes, un rito de demonización de cosas materiales, animales y hasta personas. La obra más tradicional que se encargó de traer ejemplos de este tipo al por mayor en todas las culturas, es la de J. G. Frazer, The Scapegoat (VI, 1913). Desde entonces se han ido publicando otros libros con mayores ejemplos tomados de la arqueología y de la historia. Lo que resaltan esas obras es la idea de sustitución de la desgracia humana buscada como algo inherente a la naturaleza de nuestra raza. Se busca liberación del mal poniéndolo sobre otro.
Entre los cananeos se daban substitutos a los poderes de los mundos subterráneos para permitir salir libre a Baal. Siendo que Baal era el dios responsable de la fertilidad de la tierra, su liberación redundaba también en la liberación del mal que podía sufrir la gente con sus plantaciones.
También se ofrecían sacrificios a los machos cabríos, símbolos estos de demonios (seirim), con el propósito de librarse de maleficios. Dios prohibió a su pueblo en la antiguedad tales ritos (Lev 17:7). Pero la atracción por tales ritos macabros fue tal que se practicó durante gran parte de la historia de Israel en los así llamados “lugares altos” que algunos reyes reformadores decidieron finalmente destruir (1 Rey 12:31-32; 2 Crón 11:14-15; 2 Rey 23:8). Aunque tales ritos procuraban aplacar la ira de los demonios, el propósito buscado era la liberación de su poder entregándoles animales y aún niños para ser degollados.
Sacrificios humanos
La mente y el corazón humanos se resisten a imaginarse que por tantos siglos se hubiesen estado practicando entre los fenicios y los cananeos (pueblos emparentados), rituales de liberación mediante el deguello de niños inocentes. No se puede decir que eran ritos de demonización en el sentido de que esas víctimas inocentes eran la causa de los males de otros, o el medio de soltar la furia del ofrendante sobre tales víctimas inocentes. Más bien se los entregaban a los dioses-demonios para que éstos descargasen en ellos la furia que, de otra manera, debía caer sobre los padres o mayores que los ofrecían. Un principio semejante, sin implicaciones necesariamente demoníacas, aparece en la Biblia en los relatos en los que un marido o un padre quieren dar su esposa o sus hijas para que los habitantes furiosos las abusen y no les hagan a ellos mismos ningún mal (Gén 19; Juec 19).
La práctica de sacrificar niños fue común entre los cananeos y los fenicios. Los ofrecían en momentos de crisis para una ciudad que podía ser destruida, en ceremonias anuales que tenían como propósito el bienestar de la ciudad, o de una manera individual para salvar al resto de la familia durante una epidemia. La madre llevaba a su hijo y debía permanecer erguida sin derramar ninguna lágrima ni lamento, porque de lo contrario su hijo era degollado igualmente y el ritual no le servía para nada. Los que no tenían niños podían comprarlos de la gente pobre. Los gritos desesperados de los niños eran cubiertos con fuerte ruido de flautas y tambores para que no llegasen al pueblo.
El nombre del recinto en donde se sacrificaban los niños y a veces ya mayores era Tofet, y el tipo de sacrificio se lo conocía como mulk (el Moloc de la Biblia). Luego de degollar al niño, el sacerdote lo hacía rodar por los brazos inclinados de una estatua que representaba al dios-demonio, hasta caer dentro de un espacio ahuecado lleno de fuego. En los cementerios antiguos de esos pueblos se encuentran estelas con monótonas repeticiones como: “La estela de un noble-moloc cuyo nombre era Naham; (dedicado) a Baal Hamon, el Señor, quien escucha el sonido de mi petición”. La arqueología revela que los huesos encontrados en tales recintos en Cartago y Siracusa son mayormente de pequeños que van del estado fetal a cuatro años.
Un maleficio
En algunos casos, el deguello del hijo más querido pretendía no sólo liberación de un mal o peligro, sino también volcar la furia de los dioses-demonios contra los enemigos. Viéndose perdido en batalla, el rey Mesa de Moab decidió degollar a su hijo primogénito sobre el muro de una ciudad en la que los israelitas lo habían acorralado. Cuando los israelitas vieron eso, en lugar de acabar con él tuvieron temor y lo dejaron libre. El texto dice “y hubo gran enojo contra Israel”, un enojo supersticioso, o más bien, un temor de recibir la ira del dios-demonio que estaba para destruir al rey de Moab y su gente (2 Rey 3:27). El rey Mesa hizo una estela de piedra para conmemorar lo que interpretó como victoria suya sobre Israel.
Un principio equivalente se ve hoy en la brujería moderna o magia negra, en donde mediante ritos particulares se invoca al demonio para destruir a otra persona. En lugar de pagarle a un sicario para que mate al contrincante o a la persona indeseada, se hace un pacto con el demonio. En este contexto son apropiadas las advertencias divinas dadas por el profeta Isaías.
“Vosotros os jactáis, diciendo: ‘Pacto hemos hecho con la muerte, y acuerdo con la sepultura. Cuando pase el turbión del azote, no llegará a nosotros, porque nos hemos refugiado en la mentira, y en la falsedad nos escondimos. Por eso, así dice el Señor: ‘Yo pongo en Sión por fundamento una Piedra: piedra probada, angular, preciosa, de cimiento seguro. El que crea, no vacilará. Pondré la justicia por cordel, y la rectitud como plomada. Granizo barrerá el refugio de la mentira, y las aguas arrollarán el escondrijo. Vuestro concierto con la muerte será anulado, y vuestro acuerdo con el sepulcro no será firme. Cuando pase el turbión del azote, os aplastará” (Isa 28:15-18).
Prohibición divina
Los sacrificios de infantes inocentes fueron considerados por la revelación divina como el colmo de la abominación cananea, y la razón principal para deshalojarlos de la tierra que prometió a su pueblo (Deut 12:29-31). La ley del taleón debía aplicarse a los padres de Israel que violasen la prohibición divina entregando sus hijos a los demonios (Lev 20:2-5). Ritos tales eran incompatibles con el carácter de amor de Dios.
Más allá de la pérdida de vidas, se percibe en el sacrificio de los infantes un principio que hoy muchos continúan practicando. Es una búsqueda de salvación propia a expensas de los indefensos. Es una búsqueda de vindicación propia a expensas de los inocentes. Es una búsqueda de liberación propia que ignora y abandona a los débiles y menesterosos. Es una traición criminal hacia criaturas dependientes y confiadas. Y en los casos en los que la ofrenda de un pequeño se dió sin un peligro inminente, con el deseo de obtener prosperidad, se trató de un acto canalla y miserable por el que se deshicieron de los demás.
Cierto presidente de campo decía hace un tiempo atrás: “A mi no me importa lo que diga la gente. Yo hago lo que creo que tengo que hacer y eso me basta”. Consternado por cómo “barría” gente mi padre le respondió, cierta vez: “A Ud. no le importará lo que diga la gente. Pero a la Iglesia le importa, y a Dios también. ¿Quién es Ud.? ¿Es un Moloc a quien hay que incenzarle víctimas?”
Por supuesto, hoy no se los deguella como antes. Ni se los manda necesariamente al infierno. Pero los que en aras de bautismos (números), progreso o terminación de la obra, honor y santidad de la causa, pasan por encima de la gente, deben descubrir a la postre, de buena o mala gana, que lo que lograron fue hacer un gran revoltijo con mucha gente perdida innecesariamente en la redada. Es como muchos que para vencer la gripe toman antibióticos que los dejan débiles por una semana, mientras que otros se aguantan el resfrío por la misma cantidad de tiempo sin que sus fuerzas se menoscaben.
La obra no crece más a los empujones y pedradas que cuando continúa predicando y reflejando la imagen del buen pastor que cuida las ovejas, y hasta da su vida por ellas (Juan 10; 1 Ped 5:2-3; véase Gén 33:13; Isa 40:11). Cuando un presidente atropella presumiendo hacer avanzar la misión sin tener en cuenta la edad, la salud, los dones diferentes de ministros y hermanos, logrará hacer entrar los corderos a los baldazos, pero los terminará sacando a los latigazos. No se puede hacer prosperar la fe mediante ejércitos ni por fuerza, sino con el Espíritu del Señor (Zac 4:6; Isa 61:1-3; Luc 4:18-19).
Hace unos años atrás me decía un amigo que enseñaba en una universidad adventista. “Tenemos por fin a un presidente (director) que es administrador de personas, no de instituciones”. Le pregunté: “¿qué quieres decir con eso?” Me respondió: “Que no sacrifica personas para salvar [o hacer crecer] la Institución”. Pensé entonces: “Ese administrador es un verdadero pastor”.
La prueba de Abraham
¿Podemos imaginarnos la consternación de Abraham, cuyos altares contrastaban tan grandemente con el de la gente de sus días que sacrificaban niños, cuando Dios le pidió que le entregase su único hijo? (Gén 22). Lo que Dios hizo fue probar a Abraham, para hacerle ver lo que Dios iba a sufrir al entregar a su Hijo por todos nosotros. No se trató en el caso divino de una entrega del Padre sin consentimiento del Hijo (Juan 10:17-18). Fue una entrega mutua, porque en la muerte del Hijo de Dios se entregó el Padre también. Ni el Padre ni el Hijo buscaron escapar al sacrificio para librarse a sí mismos.
Recuerdo cuando un pastor en Nueva York que estaba cerca de la jubilación pedía que orasen por su hijo que tenía cáncer. “¿Por qué no a mí, que ya he vivido?”, decía. ¡Cuánto anhelaba ser él la víctima para que su hijo no muriese! Otros padres, sin embargo, al ver que su hija se había bautizado en la Iglesia Adventista de Salto, Uruguay, comenzaron a organizar bailes en su casa buscando alejar a la hija de Dios. Esa es otra manera de entregar los hijos a los demonios, sin que parezca tan criminal ahora, pero cuya crueldad se verá más dramáticamente a la postre cuando el ajuste final de cuentas le llegue a cada ser humano.
La transformación de un demonizado en amigo
Hacía 300 años que habían cesado los sacrificios de niños entre los fenicios para cuando llegó el Señor. La ternura de corazón se había recuperado en muchos hogares que con horror hubiesen rechazado la perspectiva de sacrificar a sus hijos. Por un hijo muchos podrían declarar que estaban dispuestos a morir antes de aceptar que él muriese por ellos. Pero, ¿morirían por un amigo? El amor de Dios fue más allá. “Nadie tiene más amor que aquel que da su vida por sus amigos” (Juan 15:13).
¿Y qué decir de un enemigo? ¿Acaso no es nuestro enemigo el mejor candidato para demonizar? ¿Por qué tengo que pagar yo por él? ¡Si se las buscó, que pague las consecuencias! “Pero Dios demuestra su amor hacia nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” para que seamos “salvos de la ira. Si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo; mucho más, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida” (Rom 5:8-10).
Sólo el amor de Dios puede librar un alma demonizada como enemiga para transformarla en amiga. Esa es la misión del cristianismo (Mat 5:38-48), y la característica más significativa que distingue a un cristiano de un pagano (v. 46-47). Esta es la razón fundamental por la que el cristianismo pudo conquistar el imperio romano sin armas. Amando a los enemigos, bendiciendo a los que los maldecían, y haciendo bien por los que los aborrecían, hasta orando por los que los maltrataban y perseguían, revelaban por tal bondad que eran hijos del Padre celestial (v. 44-45).
Esto nos muestra que un ministro o pastor que no busque ganar a sus presuntos enemigos para transformarlos en amigos podrá ser un pastor, pero no del Señor. Tal vez sus esfuerzos no logren ganar a todos, y deba tomar medidas para salvar las ovejas de los salteadores (véase Juan 10:1-5,8,12-13). Pero eso no quita que la mejor manera de vengarse es amontonando ascuas sobre la cabeza de los que se pretenden enemigos (Prov 25:21-22; Rom 12:20-21). Más culpable y más miserable se logrará hacer sentir al que busca el mal.
La entrega final de los impíos a los demonios
A menudo consideramos como sacrificio la entrega de animales inocentes que cargasen el pecado del pueblo. Dios lo requirió también pero no para entregarlos a los demonios, sino para que le trajesen la carga de pecado transferida a su santuario y de esa manera liberar a los pecadores (Lev 4-5). Los que rechazaban ese sacrificio que debía ser efectuado en su santuario debían morir (Lev 17:8-11), y la tal muerte era considerada un sacrificio no substitutivo (Ezeq 39:17-20; Isa 34:5-6; Jer 46:10; Sof 1:8-11). Al requerir que no se ofreciesen sacrificios fuera de su santuario, el Señor quiso evitar que ofreciesen sacrificios a los demonios (Lev 17:7). El único que podía liberarlos era El mismo, por lo cual debían venir con su carga de pecado a su santuario.
El rey Salomón permitió que sus mujeres extranjeras apartasen su corazón al punto de permitirles levantar un Tofet en las afueras de las murallas de Jerusalén. La sensualidad insensibiliza los sentidos espirituales y humanitarios, como se ve probado vez tras vez con padres que abandonan sus hijos por irse detrás de un amor prohibido. Aunque más tarde el rey Josías destruyó esos lugares abominables (2 Rey 23:10,13), la ira de Dios no se apartó del todo de su pueblo (v. 26-27).
Ese Tofet en donde se sacrificaron seres humanos en las afueras de la ciudad se transformó en una ilustración del juicio final. Se encontraba en el valle del hijo de Hinom, que traducido al griego terminó significando gehena (ge-hinom). ¿Qué es la gehena bíblica de la cual habló Jesús? No es un infierno eterno, sino simplemente un lugar donde Dios sacrificará a todos los que se rebelaron contra él (Mat 10:28), más definidamente, el lago de fuego (Apoc 19:20), y cuyas consecencias son eternas (Abd 16).
El oeste
La gehena se encontraba al oeste de la ciudad de Jerusalén y del templo de Dios. En el mundo antiguo, el oeste era el lugar mitológico de los demonios (donde se encontraba el mar y de donde aparecían los monstruos marinos, incluyendo el leviatán: Job 40:25ss), aún en Babilonia.
El este, en cambio, es símbolo de liberación. La gloria de Dios debía provenir del oriente, en donde se encontraba el portón del templo (Ex 27:13-16; Eze 43:1-5; 44:1-2; cf. 2 Crón 7:1-3). El Mesías provendría de la tribu de Judá (Gén 49:10; Miq 5:2), y fue llamado “el León de la tribu de Judá” (Apoc 5:5). En el desierto, esa tribu habitaba “en el este” (Núm 2:3). Ciro, el ungido del Eterno, también vendría del oriente para liberar al pueblo de Dios cautivo en Babilonia (Isa 41:25; 44:28; 45:1; 46:11). Jesús también, tipificado por Ciro, vendría del oriente, de donde sale el sol, para liberar al Israel espiritual de la Babilonia mística (Apoc 16:12; cf. Dan 11:44; Os 6:3; Mal 4:2; véase Luc 1:17,17-19; Mat 24:27; 2 Ped 1:19; Apoc 22:16; 7:2).
Bajo este contexto, no es de extrañar que los que se dirigían al oeste de Jerusalén para entregar los hijos más queridos al sacrificio, entendiesen que los estaban entregando al demonio mismo, mandándolos directamente al infierno para que los demonios los dejasen tranquilos. Los nombres Môt (“muerte”), Deber (pestilencia), Qeteb (“contagio”), eran personificados entre los cananeos en el “dios de la muerte”, el “demonio de la pestilencia”, y el “demonio del contagio” (Sal 91:6; Cant 8:6). Aunque cierta discusión hay por saber si los israelitas personificaban también la muerte, la peste y el contagio, es claro que la causa primaria del mal la atribuían a los demonios. Siendo que solían ofrecerse los hijos para escapar de la peste, ¿cómo evitar asociar la entrega de esos pequeños inocentes a los demonios mismos?
Cuando la compasión divina se esconde
Cuando “la compasión” divina se escondió de su pueblo, Dios los entregó al enemigo, literalmente, a los dioses de la muerte, de la peste y del contagio, en el lugar de los muertos (Seol), según se ve en la triste descripción de Os 13:14. Los reyes de Asiria eran un prototipo del “príncipe de este mundo”, quien los movió para que viniesen y destruyesen al pueblo de Dios. El Señor parece vacilar, como si le costase entregar su pueblo a los demonios. La esperanza de todo un pueblo se da en la nueva generación. Pero cuando nace el heredero aún retardado, se descubre que es un tonto o imbécil (v. 13), incapaz de otorgar liberación y redención. El Señor se pregunta entonces, literalmente: “¿los rescataré de la mano del Seol? ¿Los redimiré de Môt? ¿Dónde está du Deber, oh Môt? ¿Dónde tu Qeteb, oh Seol?” El es el único que puede librar a su pueblo del poder de los demonios. Viendo la apostasía irremediable de su pueblo concluye con la sentencia: “La compasión se esconde de mi vista” (v. 14).
Esta terminología ha permitido ver que la raíz ‘azaz, “fiero”, “cruel”, se la ligó en ocasiones a môt, “dios de la muerte”, dando como resultado ‘azamôt, esto es, “dios cruel de la muerte”. Este vocablo se lo aplicó tanto a personas como a lugares (2 Sam 23:31; 1 Crón 11:31(33); Esd 2:23-24; 1 Crón 8:36; 9:42; 12:3; 27:25; Neh 7:28; 12:29: los masoretas procuraron evitar tal asociación vocalizando ‘azmavet en lugar de ‘azamôt). La ley levítica del ritual del Día de la Expiación que requería la transferencia de los pecados acumulados en el santuario durante el año al desierto, al lugar del diablo, declaraba que el animal substituto del demonio se llamaba ‘azazel, esto es, “dios fiero o cruel” (Lev 16:8,10).
Dios entregará finalmente el mundo entero, con excepción de su remanente, al lugar de los demonios, al abismo, a la muerte eterna (Apoc 20:1-3). La horrenda práctica demoníaca que por tantos siglos llevaron a cabo los cananeos y los fenicios entregando sus hijos o los hijos de otros a los demonios para librarse ellos mismos, terminó ilustrando el juicio final en donde toda la furia contra el mal terminará cayendo sobre los que habrán rechazado la gracia de Dios. Esa sangre limpiará a los inocentes que habían descendido a la tumba cargados de infamia, así como al pueblo y la tierra que el Señor redimió (Núm 35:33-34; Deut 17:7,12; 19:13,19; 21:9,21; 22:21-22; 24:7; Juec 20:13).
“El ángel de la misericordia está plegando sus alas, preparándose para descender del trono, y abandonar el mundo al gobierno de Satanás” (E. G. White, Review and Herald, May 13, 1902, 9). Entonces “todos los elementos de contención se desencadenarán. El mundo entero será envuelto en una ruina más espantosa que la que cayó antiguamente sobre Jerusalén” (CS, 672; véase Apoc 18:2-3).
El Tofet de Dios
La visión más aterradora con respecto a este tema la encontramos en Isaías 30:27-33. Dios declara allí que tiene un Tofet para los enemigos de su pueblo que vengan y rodeen su ciudad con el propósito de destruirla (a los judíos masoretas les pareció, de nuevo, demasiado horrendo el que Dios se presentase como moloc, por lo cual vocalizaron ese término por melec, “rey”: v. 33). El mismo es ahora el Dios al que le van a sacrificar seres humanos, más definidamente los invasores de Asiria, prototipo del imperio opresor. La descripción espeluznante de Dios y lo que hace no es otra cosa que una paráfrasis de lo que hacían los cananeos en esos rituales macabros antiguos.
Dios tiene los brazos extendidos hacia abajo, como los dioses-demonios en los Tofets (v. 30). También hay música con “panderos y arpa” (v. 32). Algunas versiones traducen Tofet por “lugar de incendio” (v. 33), ese espacio ahuecado o pira donde se prendía una hoguera para quemar a los niños que se sacrificaban. El soplo de Dios lo enciende como si fuese un fuelle para avivar las ascuas. Es como si Dios dijese: “vengan contra mi pueblo, naciones todas, que tengo preparado para Uds. un gran lugar de sacrificios humanos. No habrá misericordia. Nadie los escuchará porque habrá mucha música para que nadie pueda compadecerse por el grito de angustia que darán”.
“Pero vosotros tendréis canción, como en noche de fiesta (una referencia a la fiesta final de la cosecha: Lev 23:34-43), y alegría de corazón, como el que sale al son de la flauta para ir al monte del Señor, el Fuerte de Israel” (Isa 30:29). Los que buscaron refugio dentro de las murallas de la ciudad de Dios estarán seguros. “Y saldrán y verán los cadaveres de los hombres que se rebelaron contra mí [en el valle de Hinom o gehena, en el Tofet que había fuera de las murallas de Jerusalén: véase Apoc 20:9]. Los gusanos que los coman, no morirán; y el fuego que los devora, no se apagará. ¡Serán abominables a toda carne!” (Isa 66:24). [Isaías no profetizó la inmortalidad del guzano, sino su obra completa de devorarse los muertos: Job 24:20; Eze 28:16,18-19; Mal 4:1].
Pacto con los demonios para librarse de la enfermedad
Entre las costumbres babilónicas relacionadas con la búsqueda de liberación de la enfermedad estaba el de buscarse un mashultuppû, que consistía en un animal con cuernos como el “macho cabrío” o incluso el cerdo. Ponían las partes del cuerpo del animal en contacto con las partes correspondientes de la persona enferma con el propósito de expulsar al demonio, fuente de todo mal. A diferencia del ritual hebreo del Día de la Expiación que soltaba el macho cabrío vivo por el desierto, el macho cabrío babilónico o el cerdo eran sacrificados. De todas maneras, enviaban igualmente los restos a lugares deshabitados, áridos (sêru), del oeste (ereb samsi). Lugares descriptos de esa manera eran identificados con los mundos subterráneos de los demonios.
Aunque tal ritual mágico implicaba la creencia en el origen demoníaco de la enfermedad, no parece haberse llevado a cabo como una inculpación a los demonios. Más bien se les ofrecía un pago sangriento de un animal para que se conformasen y se fuesen. Seguimos, por consiguiente, dentro del principio de hacer un pacto con el demonio, o como dice Isaías, con Möt, el dios de la muerte (Isa 28:15: beri’t ’et môt, vocalizado mevet por los masoretas). Pablo más tarde se referirá al mismo ser cuyos nombres varían según el lugar y el momento, como aquel que tenía “el imperio de la muerte” pero de cuyo poder el Señor nos libertó (Heb 2:14; véase Jud 1:9).
Por supuesto que no hay liberación mediante un pacto con el diablo. Según ya vimos, ningún pacto hecho con el dios de la muerte puede prevalecer porque se basa en la mentira y, tarde o temprano, Dios lo romperá (Isa 28:15-18). Los que recurren aún hoy a un pacto con el demonio mediante hechizos o brujerías, podrán salvarse momentáneamente de la enfermedad, pero quedarán atrapados con el diablo en una relación de pertenencia de la que no podrán librarse a menos que el Señor intervenga, en su misericordia, para romper esas cadenas que los tendrán sujetos de por vida.
¿Cómo nos liberó el Señor del poder de aquel que tenía el imperio de la muerte, y nos tenía a todos sujetos a esclavitud por el temor de la muerte? (Heb 2:14-15). Descendiendo a las partes más bajas de la tierra (es decir, al lugar de los muertos y de los demonios que pretenden tener señorío sobre esos lugares), y levantándose de allí por el poder de vida que tenía en sí mismo (Ef 4:8-10; véase Hech 2:24). Fue así que el Señor “destruyó la muerte, y sacó a luz la vida y la inmortalidad por medio del evangelio” (2 Tim 1:10). Mediante la predicación del evangelio, todos los que están sometidos al príncipe de la muerte son liberados, y cuentan con la promesa divina de salir de la tumba por el mismo poder que sacó al Hijo de Dios del sepulcro.
Tentaciones actuales equivalentes
Acompañé años atrás al pastor de la Iglesia de Estrasburgo a visitar a un hermano cuya hijita de ocho años estaba enferma y los médicos no estaban encontrando la causa ni la cura. Ese padre estaba haciendo planes de ir a ver a un curandero pentecostal. “Con la enfermedad no se juega”, decía. ¡Cómo tienta el diablo aún a hermanos queridos en nuestras iglesias, que sufren bajo una enfermedad para la cual no encuentran cura! Gracias a Dios aceptó nuestros consejos y nuestras oraciones. Los médicos finalmente dieron con el problema y su hijita se sanó.
Cierta vez iba con mi padre y mi abuelo hacia Nogoyá desde la villa adventista donde tenemos nuestra universidad en Entre Ríos, Argentina. Al cruzar una vía de tren, mi abuelo nos dijo: “Acá tiré mi última caja de cigarrillos” (habrá tenido unos 20 años). Algo tan simple como eso, ¡qué significado tuvo! ¡Cuantos hijos y nietos pastores y doctores en teología y medicina que predican la Palabra de Dios! Lamentablemente mi abuelo agregó: “Mi hermano Simón también, pero después recogió la caja”. Ese “tío Simón” tuvo un hijo llamado Carlos. Tuvo cirrosis por beber mucho, pero se curó recurriendo a un curandero. Luego él mismo se volvió curandero y finalmente pastor pentecostal. En cuanto al “tío Simón”, anduvo siempre recurriendo a brujerías de todo tipo. Cierta vez le discutí, de muchacho, que de esa manera iba a perder la vida eterna. Me respondió: “Lo que vale es acá. Lo de allá no sabemos, está por verse”. Esa es la diferencia entre la fe y la incredulidad.
Mi padre recuerda cuando una vez vino una plaga de langostas (por 1928). El estaba jugando con su primo Arnol. El tío Simón les dijo que se quedaran quietos, pero los dos chicos espiaron. Vieron como tomaba dos langostas, una en cada mano, y les hablaba (algún voto de brujería, sin duda). Luego apretó con la mano una langosta deshaciéndola, y soltó la otra por el campo. La invasión de langostas se detuvo en ese lugar, y siguió por los campos vecinos. ¿Cómo terminó el “tío Simón”? Muriendo súbitamente en un boliche, sin Dios y sin esperanza en este mundo. Su pacto con el diablo no le sirvió para librarse de la muerte.
Otro joven, Alberto Severo, no sabía que tenía quiste hidatídico hasta que un golpe inesperado se lo reventó y se lo desparramó por el vientre. No tenía posibilidades de recuperarse. Le esperaba una muerte horrible. Recurrió a un curandero en el norte de Uruguay. Fue a medianoche, ya que ése era el requerimiento. Había una cola impresionante con gente de alto rango aún de Montevideo, que iba en busca de él por sanamiento. Cuando le tocó el turno el curandero entró en trance y le hizo un tajo en el vientre sin cuchillo. Me mostraba años después la cicatriz. Cuando unos meses más tarde asistió a unas conferencias bíblicas que se daban en una carpa al lado de su suegro donde paraba, el Espíritu de Dios lo tocó y quiso ir al frente aceptando el llamado. Pero en ese momento comenzó a sentirse mal. Se fue a su cuarto y sintió que se moría. Clamó a Dios desesperado, por primera vez en su vida. Y cuando invocó el nombre de Jesús, sintió una liberación inmediata. Volvió y pasó al frente. Fue un miembro fiel, leal y de gran apoyo a mi labor de pastor en ese distrito, durante todo el tiempo que estuve allí.
Los que hacen un pacto con el diablo no se dan cuenta de que no se liberan de él. Tal vez el diablo los deje tranquilos porque sabe que le pertenecen, y de esa manera logre atraer más gente al tipo de liberación que ofrece. Aunque no se puede decir que se autodemonizan, una cosa es clara y es que tarde o temprano caerán en sus fauces. Es como los gatos que juegan con las lagartijas o los ratoncitos dándoles la impresión de que pueden escaparse. Los dejan atontados por un tiempo, pero cuando vuelven en sí e intentan zafarse, no pueden.
Los que recurren a los demonios para librarse de un mal o enfermedad quedan bajo el arbitraje del diablo de por vida, a menos que el evangelio llege a sus oídos, clamen a Dios y, en su misericordia, el Señor les extienda su compasión. Los que se libran mediante una brujería quedan, además, a un paso de procurar demonizar a otros que les son un obstáculo, cuando la oportunidad se les presenta.
El destino del mal en campo enemigo
El principio de liberarse del mal enviándolo a campo enemigo, tan atestado hoy en muchas culturas diferentes, ya se practicaba entre los pueblos antiguos no solamente en Babilonia, sino también entre los hititas. Si no se elegía un prisionero para que muriese siete días después en lugar del rey en una situación de peligro, se lo soltaba en territorio enemigo llevando todo el mal que, supuestamente, debía caer sobre el rey. Los hititas, además, enviaban un carnero a tierra enemiga coronado con muchas cuerdas de lana de diferentes colores, para aplacar la ira de los demonios. De esa manera intentaban librarse de la desgracia, echándola sobre los enemigos. La ceremonia de expulsar el mal a tierra enemiga era acompañada de diversos tipos de ritos mágicos con sacrificios de ovejas negras, perros, becerros, etc.
Uno de los rituales hititas llama la atención. Ataban un carnero durante la noche frente a la tienda del rey. Al romper el alba traían vino, cerveza, pan, y una prostituta. Los generales ponían sus manos sobre el carnero, y oraban al dios que era responsable de la plaga, para que aceptase la ofrenda y quitase el mal. Los generales se postraban delante de la mujer decorada, y la hacían luego pasar, junto con el carnero, por la cama del enfermo. Luego los soltaban libres en el campo enemigo mientras rogaban que la epidemia, la prostituta y el carnero fuesen quitados de la cama del enfermo, y recibidos en la tierra a la que los enviaban.
Aquí hay maldad. Mientras que la magia blanca, aunque bajo engaño, pretende no hacer ningún mal a otro, sino simplemente recurrir a poderes sobrenaturales para librarse del mal (según me explicó cierta vez en Catemaco, México, un brujo que operaba en una islita en medio de un lago frente al cual hay una Asociación Adventista), la magia negra busca hacer abiertamente mal a otros. La pregunta que podemos hacernos es si necesitamos transformarnos en brujos para tratar de destruir a otra persona, su honestidad, su reputación, su carrera, su familia, su ministerio, su misión en este mundo. ¿Sorprendente? He visto a veces que eso pasa en el ministerio especialmente en la lucha por el poder o la influencia. El arma más preciada es la calumnia, la difamación, la sospecha a veces acompañada abiertamente de acosación. Los males propios—la mentira—se la atribuyen al otro.
En este país, los EE.UU., la calumnia y la difamación están grandemente penalizadas por la ley. Por tal razón, el recurso para liberarse de un mal haciéndolo caer sobre otro es a veces más sofisticado. En cierto congreso de Asociación, un pastor declaró en su predicación que no podía creer ni aceptar de ninguna manera que el presidente de esa Asociación hubiese cometido adulterio. Ese lenguaje codificado fue entendido. Ese presidente no fue reelegido, a pesar de que no hubo pruebas para demostrar la sospecha levantada.
Volvamos a la brujería. Un hermano adventista encontró cierto día jabón frente a su casa en un barrio de Salto, Uruguay. Lo tomó con un recipiente sin tocarlo y lo tiró en un basural. Le pregunté entonces por qué no lo había usado. Me dijo: “No pastor, con eso no se juega”. En un lugar llamado “Cerro” de esa misma ciudad habíamos construido una iglesia. A media cuadra una mujer a quien el marido había expulsado por adulterio me llamó para que hiciera una oración sobre unas cruces regadas con sal que alguien había puesto a la entrada de su puerta. Oré desde el lugar donde estaba, y le dije que fuese y barriese ella misma esas cruces.
En Ibagué, Colombia, una hermana de iglesia vino desde algo lejos para la conclusión de mis conferencias. Me contó que su hija había sido adventista, pero que se había casado con un joven de mundo. Esa hija tenía una amiga íntima que se enamoró de su marido y recurrió a la brujería para deshacerse de su íntima “contrincante”. Me mostró la foto de ella un año y medio antes comparada con la actual en postración completa. 27 análisis médicos no pudieron dar con su problema. La visitaba una bruja (espíritu) todos los martes de noche dejándole marcas en el cuello buscando asfixiarla. Recurrían a una Biblia para colocársela en el pecho, buscando liberación. Me pidió que fuese a orar por ella, pero no iba a tener tiempo porque estaba lejos, y a la mañana siguiente del sábado viajaba a Bogotá. Le aconsejé al pastor orar y ayunar antes de ir con el otro pastor (estaba en otro distrito), y leer, especialmente, la experiencia del rey de Moab con Balaam.
¡Cómo librarse de la demonización ajena!
Es notable, aún hoy, con qué facilidad los que mienten atribuyen a otros su propia cualidad mentirosa. No parecen darse cuenta que de esa manera están haciendo lo mismo que hacían los antiguos hititas cuando despachaban su desgracia a campo enemigo. A lo sumo, lo que terminan haciendo con el inocente y limpio es considerándolo un tonto que merece caer de tonto para que no sea tan estúpido... Pero, ¡jamás lograrán librarse de la maldad que poseen de esa manera! La demonización que hacen de su prójimo no les servirá para librarse del mal.
Simplemente por dinero un profeta estuvo dispuesto a invocar la maldición de todo un pueblo. Pero debió terminar bendiciéndolo, y confesando que Dios “no ha notado iniquidad en Jacob, ni ha visto perversidad en Israel. El Señor su Dios está con él, y júbilo de rey en él... Contra Jacob no hay hechizo, ni adivinación contra Israel. Ahora será dicho de Jacob y de Israel: ¡Cuánto hizo Dios!... ¡Cuán hermosas son tus tiendas, oh Jacob, tus habitaciones, oh Israel! ... Benditos los que te bendigan, y malditos los que te maldigan” (Núm 23:21,23; 24:5,9).
Cuando Jesús liberó a los endemoniados gadarenos, los demonios le pidieron que les permitiese lanzar su furia contra un hato de cerdos. Tal vez se dieron cuenta los demonios que el Señor no les permitiría entrar en los pastores de esos cerdos. Pero captaron que al quitarles algo de valor material para ellos, esos pastores y la gente del lugar le cerrarían el paso por considerarlo muy peligroso. El Señor miraba más allá, sin embargo, al efecto más silencioso y penetrante que produciría el testimonio de esos endemoniados ahora en pleno dominio de sí mismos. Más tarde la gente de Samaria estuvo dispuesta a recibirlo, y le pidió que se quedara más tiempo con ellos.
Vivimos en un mundo encantado y necesitamos arreglar nuestras cuentas con el Señor. Esto no es sólo verdad para con los laicos, sino también para con los ministros. Vidas santas, limpias y puras requiere el Señor, para que el diablo no encuentre avenidas conque penetrar y destruir el alma y el ministerio. El Señor no debe notar iniquidad en un pastor, en un administrador, en ningún líder de su iglesia. Los que busquen la destrucción de su prójimo deben terminar dándose cuenta que “el Señor, su Dios está con él, y júbilo de rey en él”. Para los que no tienen una visión regenerada, la protección del Señor sobre sus fieles les es un misterio.
“¿No has puesto cerco en torno a él y su familia?”, le dijo Satanás al Señor en relación con “un hombre recto e intachable, temeroso de Dios y apartado del mal” (Job 1:1,10). El secreto estaba grandemente en el altar del Señor sobre el que sacrificaba holocaustos Job, un equivalente actual de los cultos de familia (Job 1:5). A mis padres viejitos les he dicho que una de las razones fundamentales por las cuales viven, es para orar por sus hijos y sus nietos. ¡Cuánto sentiré su ausencia cuando se vayan, si es que el Señor no viene antes! Pero ellos también son el objeto de nuestras oraciones, ya que las malas intenciones del diablo no conocen edad. A un hijo de pastor fuera de la iglesia le dije cierta vez: “¿Crees que tantas oraciones vertidas por tus padres en vida, no han quedado atesoradas en el santuario celestial, esperando respuesta del cielo y de tu corazón?”
Nuestro mayor y seguro refugio
El verdadero refugio contra la calumnia, la difamación y la maldad ajena que buscan la demonización del otro es el santuario celestial. La mediación que nuestro sumo sacerdote lleva a cabo en el cielo en virtud de su sangre derramada por nosotros, da segura protección. A veces pensamos que la mejor manera de librarse es blandiendo la espada a diestra y siniestra para vindicarnos. Tal vez eso no esté siempre mal. Pero debemos recordar que no hay refugio alguno que pueda reemplazar al lugar en donde el Señor intercede por su pueblo (Heb 7:25).
Ya lo entendió antiguamente David en sus salmos. “¡Cuán grande es tu bondad, que has guardado para los que te honran, que concedes a los que se refugian en ti, ante los hombres! En lo secreto de tu presencia los escondes de las intrigas del hombre; los guardas en tu morada a cubierto de la contienda de lenguas” (Sal 31:19-20). “Una sola cosa he demandado al Señor, ésta buscaré: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor, e inquirir en su templo. Porque él me esconderá en su morada en el día del mal, me ocultará en lo reservado de su pabellón, me pondrá en alto sobre una roca. Entonces ensalzará mi cabeza sobre los enemigos que me rodean, y sacrificaré en su templo sacrificios de júbilo. Cantaré y salmearé al Señor” (Sal 27:4-6).
“El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente... El te librará de la peste destructora. Con sus plumas te cubrirá, debajo de sus alas estarás seguro. Escudo y muralla es su fidelidad. No temerás el espanto nocturno, ni saeta que vuele de día, ni plaga (el demonio de la plaga) que ande en oscuridad, ni peste (el demonio de la peste) que al mediodía destruya. Caerán mil a tu lado, y diez mil a tu diestra, pero a ti no llegará... Porque has puesto al Señor que es mi refugio, al Altísimo por tu habitación, no te vendrá mal, ni plaga tocará tu morada. Pues a sus ángeles mandará por ti que te guarden en todos tus caminos. En las manos te llevarán para que tu pie no tropiece en piedra” (Sal 91). ¡Sí!, dice el Señor. “Por cuanto ha puesto su amor en mí yo lo libraré, lo pondré en alto por cuanto ha conocido mi Nombre. Me invocará y yo le responderé. Con él estaré en la angustia, lo libraré y lo glorificaré. Lo saciaré de larga vida y le mostraré mi salvación” (ibid).
“Oh Dios, ¡cuán precioso es tu invariable amor! Por eso los hombres se amparan bajo la sombra de tus alas. Serán plenamente saciados de la abundancia de tu casa, y tú les das a beber del torrente de tus delicias. De ti brota el manantial de la vida, y en tu luz vemos la luz” (Sal 36:7-9).”Acerquémonos, pues, con segura confianza al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Heb 4:16).
Demonización grupal o general sobre un inocente
Cuando recién me iniciaba en la enseñanza me tocó dar clases de Historia Sagrada en el secundario. Tenía 35 hs. semanales. Con uno de los cinco cursos en los cuales enseñaba varios profesores tuvimos problemas, en parte porque no se contaba con el respaldo suficiente del director académico quien sostenía que las amonestaciones a él le hicieron mal y, por lo tanto, no quería dar amonestaciones a nadie. Cualquiera puede imaginarse lo que algo así podía significar para esa edad tan inestable como los 15 años. Es como si los padres dijeran que no van a castigar a sus hijos porque a ellos les hizo mal. Hay siempre un riesgo en proyectar un trauma personal anterior en un liderazgo que afecta una institución. Un líder debe mantener una mente abierta para atender la situación que se plantea sin clasificarla según sus malos recuerdos personales...
Un consejo del Pr. Daniel Ramos en esa época me vino bien. El era el director de asuntos estudiantiles y había sido por muchos años preceptor. Me dijo que él apreciaba mi ministerio, pero me aconsejó lo siguiente: “trata de evitar de que la clase entera se te cierre como un solo cuerpo en contra tuya, porque bajo las condiciones presentes no vas a poder contar con otros recursos para mantener esa clase bajo control”. Lo cierto es que el descontento generalizado se produce siempre por dos tipos de liderazgo extremos, uno demasiado laxo que produce falta de orden, y otro demasiado rígido que hace sentir a la gente reprimida.
Un problema semejante puede darse también en la relación del pastor con la iglesia. Mi padre me comentaba cuando comencé el ministerio que había siempre pastores que donde iban levantaban frentes, aún en el liderazgo de las Asociaciones y de las Uniones (no voy a poner nombres que me dio entonces como ilustración en el caudillaje de aquella vieja Unión). Si alguna vez algo así comienza a ocurrirte, insistió, ve y trata de romper ese frente en un diálogo abierto con la otra parte, de tal manera que te puedas mover libremente entre los dos bandos. Hace poco un primer anciano me consultó qué hacer entre dos tendencias confrontadas que veía en su iglesia y le aconsejé lo mismo.
A veces aún la mejor voluntad no logra demasiado. En algunos lugares del sur de México me comentaba un pastor que a los pastores y a los presidentes de Asociaciones los suelen cambiar cada dos años o antes de cada congreso, para evitar las tremendas confrontaciones que se dan con motivo de las elecciones. Si el descontento o la frustración es grupal, y si alguien mal intencionado logra canalizar ese malestar reprimido o descontrolado general en una persona, todos buscarán liberación con el pobre infeliz que caiga en el medio.
La pregunta es, ¿qué consejo podrá servir para cuando la furia del mundo entero, ante las frustraciones del día final, busque desatarse volcándose mal intencionadamente contra los que guardan los mandamientos de Dios y el testimonio de Jesucristo? (Apoc 11:18; 12:17). ¿Podremos evitar que se nos arme un frente en contra, y pasemos a ser las víctimas expiatorias de toda la humanidad? Este es un tema digno de reflexión, más aún ante mensajes como los que están en Apoc 14:8-11 y 18:1-5.
Entregados en las manos de “los moradores de la
tierra”
Entre los antiguos griegos se daba la costumbre de soltar un cerdo afuera de las murallas de la ciudad para que la gente le tirase piedras mientras el cerdo corría dando vuelta la ciudad. Una práctica semejante agregó la Mishnah al rito del macho cabrío que debía soltarse vivo por el desierto, inspirado en una costumbre babilónica. Le tiraban de los pelos mientras le gritaban: “¡Lleva y vete! ¡Lleva y vete!” (Mishnah 6:4). Finalmente terminaban tirándolo por un precipicio, nada de lo cual está en la ley levítica. Pero refleja un cuadro típico de muchas situaciones que se dan en el comportamiento social de la gente.
La experiencia de Job nos muestra que, aunque Dios promete guardar y proteger a los que buscan por la fe refugio en su santuario, y en principio su promesa se cumple, hay ocasiones en que permite a los malos y al diablo mismo dañar y hasta destruir a sus hijos, sin que eso implique culpabilidad en los que caen en sus manos. Ellos caen en las manos de sus enemigos y del diablo mismo quienes les quitan la vida. No obstante, mueren como héroes, acumulando en el cielo el clamor apocalíptico: “¿Hasta cuándo, Señor justo y verdadero, no juzgas nuestra sangre de los que moran en la tierra?” (Apoc 6:9-10).
Jesús reconoció esa realidad cuando advirtió a sus discípulos que serían perseguidos por causa de su nombre, y les amonestó a no temer a los que matan el cuerpo, porque no pueden destruir el alma, la vida que está escondida con Cristo en Dios (Mat 10:28). El Apocalipsis se refiere a los que murieron “por causa de la Palabra de Dios y por el testimonio de Jesucristo” (Apoc 1:9; 6:9-10; 12:17; 14:12; 20:4), y muestra la consideración especial que el santuario celestial tiene para con ellos a la hora del juicio (Apoc 6:11; 20:4). En la tierra murieron demonizados como herejes y traidores. En el cielo se los vindica como héroes y mártires de la fe. “Ellos lo han vencido [al dragón] por la sangre del Cordero y por la palabra del testimonio de ellos, y no amaron su propia vida ni aun ante la muerte” (Apoc 12:11).
La profecía anunciaba, precisamente, que “los santos del Altísimo” serían “entregados en su mano” por 1260 días-años, lo que se cumplió al pie de la letra durante toda la Edad Media bajo el predominio papal. Según el Apocalipsis, el anticristo medieval recibiría autoridad del dragón, esto es, del mismo diablo, para destruirlos con las dos herramientas que Jesús destacó como características especiales de Satanás, la mentira y el asesinato (Apoc 13:3-17; Juan 8:44). Esta es la clase de liderazgo que el tercero y cuarto jinetes del Apocalipsis revelan, llevando a la Iglesia a su apostasía más dramática de la historia (Apoc 6:5-8). La Iglesia Romana durante la Edad Media fue jineteada por la “Muerte, y el sepulcro” la seguía” (Apoc 6:8).
Miles murieron cargados de infamia durante la Edad Media bajo toda clase de calumnias y difamaciones. Los cátaros fueron condenados como adoradores obsenos del trasero de un gato (por una lista de calumnias contra ellos, véase mi obra The Seals and the Trumpets, 155-176 quinto sello). Los valdenses y luteranos como luciferanos. Los judíos por sacrificar presumiblemente infantes. A cierta imaginaria tercera orden de franciscanos como fraticelli. A los caballeros templarios por brujería y doctrinas cátaras. Inventaron una secta de Espíritus Libres que nunca existió, para poner allí a los que querían exterminar. La Iglesia Romana pudo destruir tanta gente porque terminó mezclando la “herejía” con la demonología. Los protestantes fueron literalmente demonizados como brujos y quemados en la hoguera sin permitírseles probar que eran hijos del verdadero Dios.
No debemos olvidar esto porque nos ha sido presentado como anticipo de lo que nos espera para cuando el dragón se llene de furia para destruir a los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo (Dan 12:17; 14:12). “El gran engañador persuadirá a los hombres de que son los que sirven a Dios los que causan esos males. La parte de la humanidad que haya provocado el desagrado de Dios lo cargará a la cuenta de aquellos cuya obediencia a los mandamientos divinos es una reconvención perpetua para los transgresores... Cuando con falsos cargos se haya despertado la ira del pueblo, éste seguirá con los embajadores de Dios una conducta muy parecida a la que siguió el apóstata Israel con Elías... Los que honran el sábado de la Biblia serán denunciados como enemigos de la ley y del orden, como quebrantadores de las restricciones morales de la sociedad, y por lo tanto causantes de anarquía y corrupción... En las asambleas legislativas y en los tribunales se calumniará y condenará a los que guardan los mandamientos. Se falsearán sus palabras, y se atribuirán a sus móviles las peores intenciones”, CS, 647-9. Volverán a repetirse las escenas del pretorio.
“La providencia misteriosa que permite que los justos sufran persecución por parte de los malvados, ha sido causa de gran perplejidad para muchos que son débiles en la fe... ¿Cómo es posible, dicen ellos, que Uno que es todo justicia y misericordia y cuyo poder es infinito tolere tanta injusticia y opresión? Es una cuestión que no nos incumbe. Dios nos ha dado suficientes evidencias de su amor, y no debemos dudar de su bondad porque no entendamos los actos de su providencia. Los que son llamados a sufrir la tortura y el martirio, no hacen más que seguir las huellas del amado Hijo de Dios” (CS, 51; Juan 15:20). Ya lo entendió el apóstol Pablo cuando dijo: “Todos los que quieren vivir píamente en Cristo Jesús, padecerán persecución” (2 Tim 3:12).
Cuando seamos demonizados por otros recordemos que al Hijo de Dios lo demonizaron como “samaritano” y “príncipe de los demonios” (Mat 9:34; 12:24; Jn 7:20; 8:48-49,52; 10:20), y aún como alguien peor que Barrabás. ¿Debíamos considerar extraño que hiciesen con nosotros lo mismo? “Al discípulo le basta ser como su maestro, y al siervo como su señor. Si al padre de la familia llamaron Beelzebú, ¿cuánto más a los de su casa?” (Mat 10:25).
Intentos de camuflarse
Otra costumbre notable que se desarrolló especialmente en Babilonia, según las cartas que se almacenaron en Asiria durante el reinado de Azarhadón que comprendió toda la Mesopotamia (681-669 AC), tiene que ver con los substitutos reales. Cuando el temor caía sobre el rey, fuese supersticioso o real, frente a un eclipse que podría traer una desgracia por ejemplo, el rey buscaba un substituto que se sentase en su palacio para que la desgracia le cayese al que lo reemplazaba. Esto lo hacía por 100 días, hasta asegurarse de que su trono no iba a recibir ninguna maldición. Durante todo ese tiempo el rey se camuflaba viviendo escondido con un seudónimo y practicando rituales expiatorios. Al cumplir ese período reasumía sus funciones.
Una práctica semejante está muy representada también hoy en el mundo, y a veces en los círculos administrativos de la Iglesia. Consiste en no asumir la responsabilidad de detener el mal que pueda levantarse en medio del pueblo del Señor para evitarse problemas o molestias personales. Sencillamente se deja que el inocente caiga en manos inicuas sin interesarse en sus problemas. Cada cual atiende lo suyo. Una indiferencia pasmosa hacia el prójimo que sufre miserablemente y sin que nadie le extienda la mano, porque nadie quiere perder la posición o cargo, el statu quo, la comodidad, etc.
Cuando las papas queman—según el dicho popular—nadie quiere agarrarlas. El sentarse en casos tales en el sillón presidencial (o trono del palacio en el reino babilónico), es ser un tonto o imbécil. Que se siente allí el que tenga ganas de quemarse. Aún si la situación crítica le toca a alguien que está sentado allí, la tentación es no asumir su responsabilidad con la esperanza de que caiga sobre otro, sobre un tonto útil, o directamente derivar el problema a un subalterno para poder mantener las manos más libres.
“Maldecid a Meroz—dijo el Angel del Señor—maldecid severamente a sus habitantes, porque no vinieron en ayuda del Señor, en ayuda del Señor contra los fuertes!” (Juec 5:23). “Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos, tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (Apoc 21:8). Llama la atención que la cobardía de los que serán destruídos por la gloria del Señor sea puesta en contraposición con la fidelidad de los escogidos por el Señor para librar la batalla final (Apoc 17:14).
Hoy más que nunca “la mayor necesidad del mundo es la de hombres que no se vendan ni se compren; hombres que sean sinceros y honrados en lo más íntimo de sus almas; hombres que no teman dar al pecado el nombre que le corresponde; hombres cuya conciencia sea tan leal al deber como la brújula al polo; hombres que se mantengan de parte de la justicia aunque se desplomen los cielos” (Ed, 54).
“Aquellos que no tienen suficiente valor para reprender el mal, o que por indolencia o falta de interés no hacen esfuerzos fervientes para purificar la familia o la iglesia de Dios, son considerados responsables del mal que resulte de su descuido del deber. Somos tan responsables de los males que hubiéramos podido impedir en otros por el ejercicio de la autoridad paternal o pastoral, como si hubiésemos cometido los tales hechos nosotros mismos”, PP, 625.
“Los mensajeros del Señor no deben quejarse de que sus esfuerzos sean infructuosos antes de haberse arrepentido de su amor por la aprobación, su deseo de agradar a los hombres, que los induce a suprimir la verdad y a clamar: Paz, cuando Dios no ha hablado de paz”, OvE,156.
La experiencia del rey Acab refleja una actitud semejante a la que revelaban los gobernantes babilónicos en sus días. La sentencia del profeta fue la muerte para el rey (1 Rey 22:17-23). Esa es la sentencia del Señor contra los que se lavan las manos cuando el deber les exige tener mano firme, definir las cosas en forma clara (la sentencia contra los “cobardes” del Apocalipsis, según ya vimos).
Cuando llegó el momento de la batalla y Acab buscó camuflarse para que la espada cayese sobre Josafat en lugar de sobre él, su anonimato o “seudónimo” no le sirvió de nada. Josafat declaró a grandes voces que él no era el rey de Israel, y se salvó. “Pero un hombre disparando su arco a la ventura, hirió al rey de Israel por entre las juntas de la armadura... Y murió el rey” (1 Rey 22:30-37).
2. ¿Demonización bíblica?
En la Biblia se encuentran pasajes que parecen demonizar a otros, aunque bien raramente. El rey de babilonia, por ejemplo, es un prototipo del ángel que cayó del cielo y que terminará de la misma manera que lucifer (Isa 14). Lo mismo sucedió con el rey de Tiro (Eze 28). Podría discutirse, tal vez, que no se atribuyen cualidades del diablo a tales reyes, sino que se describen ciertos rasgos de Satanás a través de algunas características de esos reyes. Aún así, no puede negarse una identificación en un contexto de padre e hijo, por hacer ambos lo mismo. Jesús sentenció a los que buscaban su muerte que eran “hijos de vuestro padre el diablo”, porque “los deseos de vuestro padre queréis cumplir” (Juan 8:44).
No obstante Nabucodonosor, el rey de Babilonia, después de su locura se convirtió (Dan 4:36-37), y llegó a depender de Dios, según el Espíritu de Profecía, como si fuera un niño. Esto nos muestra que la demonización tuvo más que ver con la institución real que con la persona en sí. De hecho, luego de recuperarse de su locura, Nabucodonosor duró apenas un año en el reino. La oposición la encontró de parte del sacerdocio de Babilonia que acabó con él. Lo mismo podemos decir de la expresión de Jesús usada para con Satanás, como “príncipe de este mundo” (Juan 12:31; 14:30; 16:11), porque la característica de los príncipes de las naciones en sus días era el del imperio, de la fuerza, del dominio, tan contrastante con el carácter del reino del cielo que había venido a revelar el Hijo de Dios (Mat 20:25-28). Aún así, ¿no tuvo gobernantes buenos también el mundo en la antiguedad, que reflejaron el carácter de amor y bondad del Padre que está en los cielos? (Gén 45:16-20; Isa 44:28; Dan 6; Esd 7:27-28).
Dios no demoniza, por consiguiente, a nadie. Aunque reconoce ciertas características típicas del príncipe del mal en la forma de gobierno de los príncipes de este mundo, no por ello confina a nadie a esa situación. Aunque los reinos de este mundo estén representados mediante bestias salvajes (Dan 7; Apoc 13,17), y se los contraste con el reino del Cordero que refleja el verdadero carácter del reino celestial (Apoc 5), no todos los que son gobernantes tienen que ser, necesariamente, bestias y demonios.
Esto está en consonancia con el carácter de Dios que “visita la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación”, pero que hace misericordia a millares que se arrepienten y guardan sus mandamientos (Ex 20:5; véase Deut 23:8). A veces, como en el caso de los bastardos (?), los amonitas y los edomitas, los que hacían una obra mala podían ser excluidos hasta la décima generación (Deut 23:2-3). Pero todos ellos podían quedar al alcance de la misericordia divina mediante el arrepentimiento y la conversión sincera a la ley de Dios, librándose así de la herencia de los padres.
La demonización de padres malos en los hijos es muy común hoy también. Muchos temen que un hijo o una hija se case con fulano o fulana de tal por lo que fue el padre o la madre. Pero, ¿cuántos hijos e hijas de padres malos se han convertido y han sido fieles hijos de Dios toda la vida, inclusive buenos esposos y esposas? Y aunque muchas veces los hijos no pueden remontarse sobre las leyes de la herencia y de la adquisición de hábitos y costumbres en vida, razón por la cual Dios juzga el efecto de esa herencia hasta la tercera y cuarta generación, otras veces lo logran aún antes de tal manera que Dios ejerce misericordia con millares que se arrepienten y guardan sus mandamientos (Ex 20:5-6; 34:6-7).
Coré murió con su casa por su rebelión contra Moisés y Aarón, pero sus hijos se apartaron de su tienda a la hora del juicio y se salvaron (Núm 16:26-27,32; 26:11). Sus descendientes fueron cantores por siglos en el templo de Salomón (2 Crón 20:19; Sal 44-49, etc). A menudo son los hijos los que deben cargar con la afrenta de sus padres hasta que éstos mueran. Así sucedió con los hijos de los israelitas que nacieron en el desierto y no vieron la gloria divina que liberó a sus padres de Egipto. Debieron “llevar” (nasa’) las infidelidades de sus padres hasta que éstos murieron en el desierto (Núm 14:31-35).
Cuando de niño mis padres nos enviaron a mí y a mi hermano menor a la casa de mis abuelos por un mes, mientras ellos preparaban la mudanza en Bs. As. para ir a Chile, nos hicimos amiguitos de otro chico que venía a jugar con nosotros. Hasta que un mayor vino y nos advirtió de no jugar con él porque su madre era espiritista. No sabiendo bien qué era eso ni queriendo hacer caso a ese mayor, fui y le conté a mi amiguito queriendo saber de qué se trataba. Negó en un primer momento, pero al rato lo vi apartándose y llorando. “¿Entonces era cierto?”, le pregunté. “¿Por qué son tan malos conmigo?”, me respondió. En el fondo estaba diciendo: “¡Qué culpa tengo yo que mi madre sea espiritista!”
Existen sorpresas hoy como también las existieron en la Biblia, por lo que no nos apresuremos a demonizar a un prójimo por lo que fue su padre o su madre. Aunque hay leyes de la herencia que gravitan en la vida de todo ser humano, el Señor declaró enfáticamente que “el alma que peque, ésa morirá” (Eze 18:4). “¿Por qué el hijo no llevará el pecado de su padre? Porque el hijo hizo juicio y justicia, y guardó todas mis ordenanzas, de cierto vivirá. El alma que peque ésa morirá. El hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo. La justicia del justo será sobre él, y la impiedad del impío será sobre él” (Eze 18:19-20). El Señor también declara en el Apocalipsis que vendrá a pagar “a cada uno según su obra” (Apoc 22:12).
¡Basta pues, de demonizaciones! Todo ministro del Señor que se precie como tal, debe mantener siempre su mirada abierta y lista para reconocer el menor indicio de la obra del Espíritu en cualquier ser humano, no importa el estado en que haya caído. Si no fuese porque el Señor veía no lo que éramos, sino lo que podíamos llegar a ser transformados por su gracia, jamás hubiésemos podido librarnos de la demonización de este mundo.
Un caso asombroso moderno
Más de uno conoció en Argentina a Carlos Rodríguez. Está viejito viviendo actualmente en New Jersey. Entró al ministerio pastoral, se separó de su mujer, su esposa abandonó a los hijos y finalmente él también, se apartó de la Iglesia, vivió como “homeless” o lingera por algunos años en Bs. As., sin fe y sin esperanza en este mundo. Si no se quitó la vida, como me dijo después, fue porque le faltó valor. Nadie lo consideraba digno aún de volver, porque se pensaba que había llegado a lo más bajo que podía llegar alguien que se apartaba del Señor, y su caso no tenía arreglo.
Pero un día mientras vagabundiaba harapiento por las calles de Bs. As. captó que un pastor, el presidente de la Unión (Elbio Pereira), lo vio y detuvo su auto. Quiso escaparse de su mirada, pero ese pastor lo llamó haciéndole señas con su mano. No quería aceptar sentarse para no ensuciarle el auto, pero la insistencia fue enfática. “Tenés que cambiar”, le dijo. “Sí, ya sé”, le respondió. “Ya va a llegar el día”. “No, ahora tenés que comenzar”. Arreglaron verse al día siguiente en la oficina de la Unión. Le trazó un plan. El Pr. Daniel Belvedere lo llevó a su carpa en un barrio de Bs. As. y allí terminó rebautizándolo. Me acuerdo cuando me cayó mal que lo rebautizaran (tenía yo unos 18 años). Cuando le conté a Carlos en años recientes esos sentimientos negativos que tuve con respecto a su bautismo me dijo que no podía ocurrir algo malo ni en la China que no se lo atribuyeran a él.
La guerra fue dura. Otros líderes de la Iglesia lo usaron de bandera para menoscabar la reputación del presidente de la Unión que le tendía la mano. Cierto año pasó a ser campeón laico en ganancia de almas. Escuché a uno de esos otros líderes decirle a mi padre, al enterarse que el homenajeado sería Carlos Rodríguez: “¿Te das cuenta? ¡Con este tipo uno no se puede descuidar!” También fue más tarde campeón laico en ganancia de almas en New Jersey, con la ventaja de haber dejado miles de millas o kilómetros atrás el oprobio que lo demonizó durante tanto tiempo. Viejito y jubilado, su carácter se ha ido atemperando en estos últimos años. ¿Quién puede negar que no haya sido un nuevo tizón—como esos que al Señor le encanta encontrar—arrebatado del incendio y, por qué no decirlo también, de la demonización de su pueblo? (Zac 3:2).
Cuando la siguiente generación paga
Luis XIV tenía por costumbre decir, en referencia al caos que veía venir como resultado de tantos abusos de la nobleza de Francia: “después de mí el diluvio”. De una manera semejante reaccionó el rey Ezequías cuando el profeta le advirtió que, por su pecado, la maldición caería sobre su reino en los días de sus hijos. “La palabra del Señor es buena”, declaró. “Por lo menos habrá paz y seguridad en mis días” (2 Rey 20:19; Isa 39:8).
Debido a su pecado, Dios advirtió a Salomón que rompería su reino. No obstante, en base a las promesas que le hizo a David, declaró que lo haría en los días de su hijo (1 Rey 11:11-13; 21:29). El arrepentimiento temporario de Acab le valió también el que Dios le dijese que traería el mal sobre su casa en los días de su hijo (1 Rey 21:29). Sin embargo, Acab volvió más tarde a endurecer su corazón y el mal le llegó en sus días (1 Rey 22).
Todo esto nos enseña algo que sabemos ya por experiencia. La Biblia nos confirma el hecho de que no nos podemos siempre liberar del pecado de nuestra raza (humanidad), y que somos parte de la misma, debiendo por consiguiente compartir su situación. Somos un fragmento de la sociedad y, hasta que el Señor venga al menos, no podremos desprendernos del todo de ella. ¿Qué culpa tenemos por el pecado de nuestros primeros padres, Adán y Eva? Ninguno, salvo el hecho de que somos sus hijos y, como tales, recibimos una herencia pecaminosa que, de no ser redimida, tenderá siempre al mal.
En los días de Abraham “la maldad del amorreo aún no” había “llegado al colmo”, razón por la cual Dios no los destruyó entonces (Gén 15:16). Esto nos muestra que Dios visita la maldad de una generación en las siguientes hasta que llega una última generación que llena la gota de la tolerancia divina (Sal 92:7[8]). Algo semejante ocurrió con la generación de los judíos que crucificó al Señor. Jesús tuvo compasión de las madres que lloraron por él mientras iba al Calvario y les dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos. Porque vendrán días en que dirán: ‘Dichosas las estériles, las entrañas que no concibieron, y los pechos que no criaron. Entonces empezarán a decir a los montes: ‘Caed sobre nosotros’, y a los collados: ‘cubridnos’” (Luc 23:27-30).
“Dios aplazó sus juicios sobre la ciudad y la nación hasta cosa de cuarenta años después que Cristo hubo anunciado el castigo de Jerusalén. Admirable fue la paciencia que tuvo Dios con los que rechazaran su Evangelio y asesinaran a su Hijo... Había todavía muchos judíos que ignoraban lo que habían sido el carácter y la obra de Cristo. Y los hijos no habían tenido las oportunidades ni visto la luz que sus padres habían rechazado. Por medio de la predicación de los apóstoles y de sus compañeros, Dios iba a hacer brillar la luz sobre ellos para que pudiesen ver cómo se habían cumplido las profecías... Los hijos no fueron condenados por los pecados de sus padres; pero cuando, conociendo ya plenamente la luz que fuera dada a sus padres, rechazaron la luz adicional que a ellos mismos les fuera concedida, entonces se hicieron cómplices de las culpas de los padres y colmaron la medida de su iniquidad” (CS, 30-31).
El clamor de los príncipes de la nación, “su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos”, siguió cumpliéndose de generación en generación con una persecución tan extensa como probablemente ningún otro pueblo debió sufrir. No obstante, muchos judíos en todas las generaciones, se convirtieron al Señor y se libraron del oprobio de su pueblo. Con esto no justificamos el odio romano que se desató por tantos siglos y hasta dos milenios contra ellos, sino que constatamos que el cerco protector divino sobre ese pueblo le fue quitado porque los hijos retuvieron el mismo endurecimiento que tuvieron sus padres hacia la luz privilegiada del cielo que habían recibido.
“La longanimidad de Dios hacia Jerusalén no hizo sino confirmar a los judíos en su terca impenitencia. Por el odio y la crueldad que manifestaron hacia los discípulos de Jesús, rechazaron el último ofrecimiento de misericordia. Dios les retiró entonces su protección y dio rienda suelta a Satanás y a sus ángeles, y la nación cayó bajo el dominio del caudillo que ella misma se había elegido. Sus hijos menospreciaron la gracia de Cristo, que los habría capacitado para subyugar sus malos impulsos, y éstos los vencieron. Satanás despertó las más fieras y degradadas pasiones de sus almas... En su crueldad se volvieron satánicos” (CS, 31).
¿Demonización o anatema?
Dios ejecuta sus juicios sobre su pueblo de diferentes maneras. A veces entregándolos en manos enemigas (Isa 10:5-7), dirigidas por el “príncipe de este mundo”, el diablo. Otras veces interviniendo él mismo mediante sus ángeles (2 Rey 19:35) y, en el caso del mundo antiguo, mediante su pueblo en la conquista de Canaán. Cuando no entregaba su pueblo al diablo y a sus representantes paganos para que los destruyeran, Dios mismo intervenía y los destruía declarándolos anatema, esto es, consagrados o condenados para su destrucción. Aún la destrucción que su pueblo debió hacer por orden divina de pueblos, familias o personas condenadas por Dios como anatemas, no era vista como una entrega a los demonios para que completasen su obra de maldad, sino como una destrucción llevada a cabo por Dios para terminar con la maldad (Jos 6:17-18; 7:1,11-13,15; 22:20).
A Edom Dios lo llamó literalmente “pueblo de mi anatema” (Isa 34:5), lo mismo que a Israel poco después al caer en apostasía (Isa 43:28). Más que demonización en el sentido de entrega al demonio, vemos allí el castigo divino que destruye a un hombre, a una familia, a un pueblo y finalmente al mundo, por su maldad. No se trata de una consagración al demonio, como lo hacían los pueblos en la antiguedad, sino de una consagración o apartamiento divino para ser destruido (Deut 7:26; 13:17, Gál 1:8-9). Conforta pensar, en medio de tantos juicios, que Dios promete a Jerusalén, su pueblo, “nunca más ser anatema”, lo que tiene que ver con su triunfo final (Zac 14:14).
Nombres ajenos atribuídos a pueblos y ciudades
Vemos en la Biblia que Dios retrata también a pueblos y ciudades en abierta apostasía con las características de ciudades y pueblos antiguos a los que destruyó como anatemas en el pasado. Si por demonización entendemos aplicar las peores características de personas, ciudades y pueblos a otras personas, ciudades y pueblos, estaríamos entonces frente a una demonización bíblica.
A los gobernantes de Jerusalén en los días de Isaías, por ejemplo, Dios se refirió a través del profeta como “príncipes de Sodoma”, y al pueblo como “pueblo de Gomorra” (Isa 1:10). A pesar de conocer la historia de esas dos ciudades—lo que les pasó por su maldad cuando ésta llegó a su colmo (Gén 18:20; cf. 13:13)—los judíos se volvían indignos de mantener el nombre de su padre Israel. El día llegó cuando colmaron la medida de su iniquidad en los días de Jeremías, llevando al Señor a decir de su pueblo: “Fueron todos como Sodoma, y sus habitantes como Gomorra” (Jer 23:15), y su iniquidad “mayor que el pecado de Sodoma” (Lam 4:6). Algo semejante dijo Sofonías también sobre Moab y los hijos de Amón (Sof 3:9).
En lugar de vincular a la nación judía con su origen mesopotámico (Gén 11-12), o con Dios mismo al liberarlos de Egipto (Os 11:1), Ezequiel terminó identificándola con los pueblos cananeos que supuestamente Israel debía deshalojar por haber hecho rebosar la paciencia divina (Eze 16:3,45; cf. Gén 15:18-21; véase Lev 18:24-28). También se unió Ezequiel a Isaías y Jeremías en vincular a Israel con Sodoma y, siendo que Samaria había sido castigada ya, también con esa ciudad maldita (Eze 16:46,49).
Cuando vamos a los evangelios encontramos el mismo estilo divino para describir la apostasía del pueblo de Dios y aún de ciertas ciudades cuyo endurecimiento las hacía merecedoras de la condenación divina. Por haber pasado en medio de Capernaún el Hijo de Dios, y realizado tantos milagros sin que se convirtiesen al Señor, esa ciudad se hacía mecerecedora de un castigo peor que el que cayó sobre Sodoma y Gomorra (Mat 11:23-24; véase 10:15). Corazín y Betsaida se hicieron reas también de un mayor castigo que el cayó sobre Tiro y Sidón (Luc 10:13). Francia en la época de la Revolución fue representada por Sodoma y Egipto en su disolución moral y rechazo abierto a la revelación divina (Apoc 11:8). Finalmente el mundo entero, representado en la destrucción de Jerusalén, iba a ser identificado con Sodoma, por hacerse igualmente digno de la destrucción final (Luc 17:29-33), esto es, consagrado para la destrucción (1 Cor 16:22; véase 2 Tes 2:10).
Castigo acumulado sobre la última generación
Llama la atención que al rebelarse contra Dios endureciendo su corazón, se acumula sobre la generación posterior el castigo que merecieron otras personas y pueblos por no prestar atención a la reprensión y castigo divinos ejercidos con anterioridad (Mat 23:35; véase v. 31-32). Es en este sentido que la estatua de Daniel con los cuatro imperios y el desmembramiento del último, caen todos juntos cuando llega la historia a los pies (Dan 2:34-35,44-45). La última generación e imperio, por asumir el mismo papel de ensalzamiento propio por encima de Dios, se hace responsable del mismo espíritu que condenó a las generaciones e imperios predecesores. Algo semejante vemos en la bestia apocalíptica que conserva ciertas características sobresalientes de las bestias que representaron a los imperios anteriores (Apoc 13:2; cf. Dan 7:1-8).
Todo esto nos muestra que el desarrollo de la historia no va, como pretende el evolucionismo moderno, de abajo para arriba, sino alrevés. La historia de la estatua no va de los pies a la cabeza, sino de la cabeza a los pies hasta que se derrumba por completo. No importa el conocimiento científico que hayan acumulado los mortales, su calidad moral es la que los gangrena y termina haciéndolos herederos del castigo de los predecesores que se buscaron. Por tal razón, en el juicio de Roma bajo el símbolo de Babilonia, se termina descubriendo “la sangre de los profetas, de los santos, y de todos los que han sido sacrificados en la tierra” (Apoc 18:24).
La visión de las trompetas del Apocalipsis nos revela este mismo principio. Todas son juicios de Dios contra el último imperio opresor, Roma en sus diferentes etapas: la de los césares, la de los papas, y la del papado resucitado. Por no prestar atención a los juicios anteriores que Dios envió sobre Roma haciéndola caer, Dios le envía en la séptima y última trompeta su castigo final y completo, sin mezcla de misericordia. Es entonces que la ira de Dios llega a su culminación (Apoc 11:18; 15:1; 16:1).
Demonización divina de Roma
Si hay un pasaje que pueda presentarse como demonización divina sobre un pueblo o ciudad, el de Roma por Babilonia es el más claro y contundente (Apoc 17-18). Por haber sido el rey de Babilonia prototipo de Lucifer (Isa 14:12-14), la silla de Roma es la silla de Satanás (Apoc 13:2; 16:10; véase Apoc 2:13). El papado que se hizo heredero del trono de los césares, y la Iglesia que se hizo acreedora del patrimonio romano, no podrán quitarse jamás ese estigma demoníaco. Por tal razón, cuando cae moral y espiritualmente el pontificado romano en el fin del mundo, su fachada de Santa Sede se revela en todo su carácter diabólico (Apoc 18:1-3). Todos los que quieran librarse de esa demonización divina tendrán que salir de ella y buscar refugio en la ciudad de Dios, la celestial (Apoc 18:4-5; 14:1; 21-22).
En esencia, se puede decir al leer el Apocalipsis que el conflicto de los siglos entre Cristo y Satanás se da en relación con dos nombres, Jerusalén y Babilonia (Apoc 3:12; 17:5), o dicho de otra manera, el nombre del Padre y del Hijo visto en los 144.000 (Apoc 14:1), y el nombre de la bestia que refleja el intento de Lucifer de ocupar el lugar de Dios y que se impone sobre el resto del mundo (Apoc 13:17-18). Mientras que los que reciben el sello de Dios en sus frentes revelan su identificación con el Señor, los que reciben la marca en la frente o en la mano de la bestia apocalíptica se identifican con aquel que le dio su trono y autoridad, el dragón (Apoc 13-14).
También en las ciudades antiguas de Canaán se vio una lucha de nombres. Dios ordenó cambiar de nombre a muchas ciudades para que no se vinculasen más con los dioses-demonios antiguos, sino con el Dios de Israel. Con los siglos, muchas de esas ciudades siguieron identificándose con el nombre anterior. Fue una lucha entre la identificación de sus habitantes con Yahvé o con Baal (1 Rey 18:21), entre la idolatría o la adoración del único y verdadero Dios Creador.
En la demonización divina de Roma por Babilonia en el fin del mundo, y de todos los que se identifican con ella recibiendo su marca, vemos a Dios retirándose de la escena y entregando el mundo al reino y dominio que se ha buscado, el del príncipe de este mundo que se llama diablo y Satanás. No se trata de una demonización arbitraria como la que hacían los antiguos cananeos al entregar sus hijos tiernos e inocentes a los demonios pensando librarse ellos mismos del mal. Se trata de una demonización voluntaria escogida por todos los que prefirieron enrolarse en un bando antes que en el otro donde está el Señor (Jer 18:7-11).
¿Demonización o imagen divina?
Los grandes evangelistas prefieren ir a lugares más propensos al evangelio para predicar. Lugares más duros requieren mucho esfuerzo y agonía para poder penetrar. Se busca el ablande mediante la labor tesonera de humildes hermanos que van como colportores y a dar estudios bíblicos para preparar el ambiente. Cuando el terreno está preparado, entonces los evangelistas de éxito se lanzan a la batalla.
Hay quienes son pesimistas. Cuando estaba en Uruguay, uno de los hermanos veteranos me decía: “Esa familia que está viniendo a las conferencias no se va a convertir”. “¿Por qué?”, le pregunté. “Porque nunca ninguno de esa familia se convirtió”. Conocía la historia escéptica de toda esa familia por por lo menos tres generaciones. Y su profecía se cumplió, al menos durante el año en que estuve trabajando allí.
La demonización que muchos hacen hoy de personas, familias, pueblos o razas, es una demonización malvada que confina a los demonizados a una situación de la que no pueden salir. Se demoniza para justificar la condena y destrucción, sea moral en la reputación, o literal como la que llevaba a cabo la Inquisición durante la Edad Media. Es una demonización arbitraria, porque gracias a la redención libre y gratuita que nos trajo el Hijo de Dios, todo ser humano se vuelve candidato a recibir la imagen divina para participar de su naturaleza, de sus atributos morales y espirituales (2 Ped 1:4).
Así como la maldad de los padres sobre los hijos se hereda, según ya vimos, así también el carácter noble y consagrado a Dios de los padres se hereda en los hijos (Gén 18:17-19). Pero así como la mala herencia de los padres puede ser revertida, también su buena herencia puede ser abusada y perdérsela (véase Luc 15:12-14). Mientras que Abiam “anduvo en todos los pecados que su padre había cometido antes de él” (1 Rey 15:2), ambos apartándose del “corazón de David su padre” (v. 3); “Asa hizo lo recto ante el Señor, como David su padre” (v. 11; véase v. 26,34; 16:13,19, etc). De manera que nadie necesita cantar el tango que dice: “Si soy así, qué le voy a hacer”.
Mientras que los hombres demonizan arbitrariamente a quienes quieren condenar, y divinizan también arbitrariamente a sus ídolos (santos, estrellas de cine o del deporte);