HUELLAS
NO DIVINAS EN EL CORÁN
Dr. Alberto R. Treiyer
“Lea el
Corán”, decía una nota pegada a la pared en un lugar público de Atlanta. Este
no es sino un testimonio de fe en el valor de un libro que para la religión
musulmana, ocupa el lugar que la Biblia tiene para los cristianos. ¿Tendrá algo
para ofrecernos ese libro que sea importante para nosotros hoy? En un contexto
cristiano, ¿podría ofrecer el Corán algo que no ofrezca la Biblia, y que
merezca su lectura?
En la historia del
cristianismo poco interés se ha manifestado por la religión islámica. Se la
considera una religión inferior. Pero tanto se ha devaluado el cristianismo de
hoy que, en la vida práctica, el musulmán encuentra con justicia que es
inferior. Hacerse cristiano para ellos significaría, por ejemplo, beber vino,
fumar, comer carne de cerdo, algo que en muchos sentidos pasa a ser una
tentación para todo musulmán que viene a occidente.
En cuanto a la práctica
religiosa, el cristianismo moderno tampoco ora cinco veces al día como lo hacen
los musulmanes, ni revela la misma reverencia oriental. Los cultos carismáticos
y pentecostales que copan a menudo los programas religiosos por la TV son
también irreverentes. Y, ¡qué decir de la idolatría que ven en el catolicismo
romano, con su veneración de tantos santos y vírgenes! A menos que se les haga
ver que tales cultos y prácticas no tienen nada que ver con el cristianismo
auténtico, el de la Biblia, será muy difícil interesar a los descendientes de
Ismael en la fe de Isaac, de Jesús y de los apóstoles.
¿Necesidad de llevarlos a la
Biblia?
Vivimos en una época en donde,
para triunfar en la vida o simplemente sobrevivir, hay que aprender una
cantidad de cosas. Para poderse manejar en el mundo económico, hay que conocer
todas las alternativas principales que ofrecen los bancos y el comercio en
general. Para poderse resolver en forma aceptable en el mundo de la mecánica,
hay que conocer un buen número de cosas referentes al vehículo que usamos para
transportarnos. A eso se suman los seguros y vencimientos que tenemos en tantas
cosas, con las consiguientes multas si nos retrazamos.
También en el mundo electrónico, si no podemos renovarnos día a día nos
rezagamos y limitamos nuestras posibilidades de progreso.
Toda escena de la vida moderna
tiene que pasar por un sinnúmero de cosas imprescindibles que compiten con la
religión, relegando las cosas espirituales a un segundo plano, sino
erradicándolas del todo. De allí que el mayor esfuerzo de las grandes
industrias sea la simplificación, porque cuanto más simple logren hacer el
manejo de lo que ofrecen, mayor demanda tendrán. ¿Habría de extrañarnos que
algo semejante se diera con la religión también?
En el afán por ganar gente, se
ve aún en las iglesias cristianas cada vez menos interés en las doctrinas de la
Biblia. Aún las iglesias adventistas parecieran a veces preocuparse más por la
popularidad que por la calidad. Cuanto más fácil y menos comprometedora hagamos
nuestra fe, más éxito en atraer a la gente dentro de las puertas de la iglesia
vamos aparentemente a tener. Esto nos lleva a ir podando más y más las
doctrinas esenciales de nuestra fe que requerimos para el bautismo. El esfuerzo
por la simplifación es genuino pero, ¿podemos
prescindir realmente de las cosas esenciales que nos distinguen de los demás,
para cumplir acabadamente nuestra misión?
En cuanto al mundo islámico,
hemos estado experimentando acercarnos a ellos de diferentes maneras. El medio
más común ha sido el de comenzar predicando con el Corán. Para ello, nuestros
evangelistas en países musulmanes han estado preparando material en donde recojen toda huella divina posible con el objeto posterior
de pasarlos, luego, a la Biblia misma. Como esto no es tampoco fácil, debido a
que los musulmanes consideran al Corán como la consumación y revelación final
de Dios a la humanidad, actualmente hay quienes están tratando de ganar a los
musulmanes con el Corán mismo, sin intentar pasarlos a la Biblia. Por supuesto,
experimentos tales como el último mencionado deben llevarse a cabo sin contacto
alguno con iglesias tradicionales organizadas, porque eso les causaría
problemas muy serios de parte de nuestros hermanos que consideran ese método
como una traición.
¿Por qué buscar huellas no
divinas?
Debido a la reacción dogmática
y fanática del mundo musulmán contra todo lo que expone el error de su fe, se
ha intentado en épocas recientes alcanzarlos mediante métodos positivos. Se
busca descubrir todo lo bueno posible en el Corán, y compensar sus falencias
con el amor de Cristo y las verdades del evangelio. Al mismo tiempo se descarta
todo método de confrontación como un craso error evangelístico
(cf. Daniel Scarone, Credos Contemporáneos,
162-3). Basta con recordar la pena de muerte que lanzó el famoso Lahiatola Komeini en Irán contra
los “versos satánicos” de un poeta que se refugió en Inglaterra, para
imaginarse lo que puede esperarles a los que emprendan la tarea de ganar a los
árabes por ese camino.
Personalmente no tengo nada en
contra del método del amor y de la búsqueda de los valores positivos de la religión
musulmana, excepto el que este método se vuelva excluyente. Debemos recordar
que la religión católico-romana fue tanto y más intolerante que la del Islam
durante siglos, y los protestantes, a riesgo de sus vidas, no vacilaron en dar
el testimonio que correspondía para contrarrestar sus enseñanzas. Declararon
que la Iglesia de Roma era la sinagoga de Satanás, el papado el trono mismo del
anticristo, y que la única alternativa de obtener realmente el favor de Dios
era renunciando a esa fe.
Claro está, ese fue un
movimiento que nació dentro del mundo católico, como la perestroica
rusa dentro del contexto comunista soviético. A menos que una revolución
espiritual tal se levante en el interior del mundo islámico, basada igualmente
en un interés genuino por la Biblia, será más difícil obtener los mismos
resultados. Debido a la intolerancia medieval que todavía persiste en los
países musulmanes, la sangre de los mártires parecería, en tal caso, tener que
volver a correr como en los siglos oscurantistas del medioevo,
algo que se busca evitar con horror desde la perspectiva de libertad occidental
actual.
Por otro lado, se nos informa
a menudo que la predicación del islamismo está teniendo grandes éxitos en el
mundo cristiano moderno. ¿No será tal vez esto consecuencia de ese énfasis
unilateral de destacar las huellas divinas en el Corán, y no resaltar las del
maligno? Me he encontrado con muchos musulmanes en occidente. He tratado de
elogiarlos en su fe y se sienten contentos. Pero, por ignorancia en mi caso, no
he sido capaz de hacerles ver el error en el que están, y la necesidad que
tienen de ir a las fuentes auténticas de la Palabra de Dios. Para todos ellos
es que estoy dedicando estas páginas de mi experiencia al estudiar el Corán, al
que fui atraído especialmente para tratar de entenderlos, luego de la
catástrofe del 11 de septiembre que los más fanáticos de entre ellos causaron.
Siendo que el diablo se ha
caracterizado desde el comienzo, no por eliminar todo vestigio de la verdad,
sino por mezclarla con la mentira, convendrá que podamos discernir su obra distorcionadora en el Corán, ya que ése es el alimento
espiritual que reciben a diario cientos de millones de personas tanto en
occidente como en oriente, aún ya bien comenzado el S. XXI. Debemos estar en
condiciones de discernir la estrategia de Satanás en la religión musulmana,
cuya obra se ve claramente también en el cristianismo moderno y se desenmascara
en las profecías de la Biblia. Esto de ninguna manera deberá llevarnos al otro
extremo, de ver sólo lo negativo, esto es, las huellas no divinas en el Corán.
El amor de Cristo es el imán de atracción más grande que pueda haber tanto para
musulmanes una vez que pueden comprenderlo bien, como para toda criatura
desalentada por el pecado que pasa por este mundo.
Pongámonos en el contexto del
mundo religioso actual, y sus propuestas para resolver el problema del mal que
impera en la humanidad. Los budistas y otras religiones orientales en las
cuales se inspira en gran medida la Nueva Era, creen en el desarrollo de las
potencialidades interiores del ser humano para vivir mejor, como algo inherente
que todos poseen, y que al mismo tiempo les permite entrar en conexión con el
Ser Supremo. El humanismo, en cualquiera de sus formas, pretende poner al
hombre como centro y eje de toda acción social, política y económica. La
religión judeo-cristiana insiste en la renovación
interior mediante el arrepentimiento, el perdón y la conversión. ¿Dónde
ubicaríamos al Corán?
En un contexto parecido al
cristiano de sumisión y rendición a Dios. Eso es, justamente, lo que significa
musulmán. “Se me pide rendirme al Señor de los Mundos”, dice el profeta
(40:68). “De mi parte, soy de los musulmanes (‘que se rinden’), vuelve a
insistir (41:33). “Soy un musulmán (‘me he rendido a tu voluntad’)” (46:14).
“Se nos ordena rendirnos al Señor de los Mundos” (6:70).
De no rendirse a la voluntad
de Dios revelada a través de su profeta Mahoma, todos los que escuchan su
mensaje recibirán el castigo divino (39:55). De allí es que se amonesta a “no
caminar altivamente sobre la tierra, porque Dios no ama al arrogante y
vanaglorioso” (31:17). En síntesis, musulmanes son “los hombres y mujeres que
se rinden a Dios” (33:35).
Propósito universal del Corán.
“Soy únicamente alguien que
amonesta en forma abierta” (Sura 67:26), declaró Mahoma, el profeta de los
árabes y autor del Corán. ¿A quiénes? ¿Sólo a los árabes? No, “el Corán no es
otra cosa que una amonestación para todas las criaturas” (38:37), “para toda la
humanidad” (45:19; 74:34), “para amonestación del hombre” (17:43), lo que
revela su proyección universal (68:51). Es cuestión de tiempo, y su mensaje
será conocido por todos (38:38).
Además de amonestación, “el
Corán fue enviado para ser la guía del hombre, y una explicación de esa guía, y
de esa iluminación” (2:181). Dado su contexto público y universal, es
considerado también “un manifiesto” (3:132), que tiene como propósito suprimir
la altivez humana. De allí provienen también las advertencias contra los ricos
de no dejarse engañar ni por las riquezas (63:9), ni por sus mujeres y niños de
cuya representatividad tienden a hacer gala los polígamos (64:14-15). Cuanto
más mujeres y más niños tienen, mayor riqueza pueden ostentar, razón por la
cual el dios de Mahoma limitó el número de mujeres para cada musulmán pudiente
(4:3).
Propósito y vehículo arábigo.
La universalidad expansiva del
islamismo no quita el hecho de que el Corán haya sido escrito en árabe y para
la lengua árabe y primordialmente para los árabes. “Es El (Dios), quien ha
enviado al pueblo pagano (árabe) un Apóstol de entre ellos mismos” (62:2). Tal
es así que muchos creen aún hoy que el Corán ni debiera traducirse,
reconociendo abiertamente la dificultad de su traducción como también cuánto se
pierde de su prosa al tratar de vertírselo en otros
idiomas modernos.
Aunque luego de leer el Corán,
junto con todos sus críticos, no concordemos totalmente con Mahoma, se
trataría, en las palabras del profeta mismo, de “un Corán árabe, libre de
formulaciones (o redacciones) tortuosas para que puedan temer a Dios”, y en
donde se encuentran, presumidamente, “toda clase de parábolas para su
amonestación” (29:28-29). “Es un libro cuyos versos (signos) son hechos
claros—un Corán árabe, para hombres de conocimiento” (41:2).
Que fue escrito para los
árabes se reafirma en esta declaración:
“Si lo hubiéramos hecho un Corán en una lengua extranjera, hubieran
dicho, ‘¡A menos que sus signos (versos) fuesen hechos claros...! ¡Qué!, ¿en un
idioma extranjero? ¿Y el pueblo árabe?” (41:44). “Te hemos revelado”, continúa
diciendo Dios al profeta, “un Corán árabe, para que puedas amonestar a la
ciudad madre (la Meca), y todo alrededor de ella”, acerca del día final (42:5),
“para que Uds”, los árabes, “puedan entender” (43:2).
“Verdaderamente hemos hecho este Corán fácil y en tu propia lengua, para que
puedas anunciar alegres nuevas por su medio a los que temen a Dios, y amonestar
por su medio a los contenciosos” (19:97). “El espíritu fiel (el ángel Gabriel)
vino a ti, sobre tu corazón, para que puedas amonestar en el claro idioma
árabe” (26:194-195).
Recitación y grandeza del
Corán.
Corán proviene del vergo qaráa, “leer”, y signfica “recitación”. Está compuesto de 114 suras (especie
de capítulos), algunos larguísimos y otros extremadamente pequeños. Dios dice
al profeta: “hemos dividido el Corán en
secciones, para que puedas recitarlo a los hombres en grados lentos, y lo hemos
enviado poco a poco” (17:107). “Lo mejor de las recitaciones ha enviado Dios—un
libro en armonía consigo mismo, que enseña por repetición” (39:24). De allí que
lo considera fácil también para amonestar (54:22,33,40). Por eso el ángel
Gabriel exhorta a Mahoma a “entonar el Corán con tonos medidos” (73:4), cuya
graduación no debe darse a prisa. A la recitación del líder sigue la recitación
de la congregación (75:16-18).
El libro está escrito en prosa
debido a la creencia de que los poetas eran quienes se inspiraban a sí mismos,
mientras que Mahoma recibió una revelación de Dios (53:4). Por eso dice que “es
a los poetas que siguen los que erran” (26:224), y Dios mismo aclara, según el
profeta, que “no le hemos enseñado a él (Mahoma) poesía ni nada que se le
parezca” (36:69). En síntesis, no se trata de “la palabra de un poeta”, ni de
“la palabra de un adivino” (69:41).
No obstante, Mahoma quedó tan
contento con sus mensajes de recitación o prosa presuntamente de origen divino,
que llegó a llamarlo “Corán glorioso” (15:87; 41:41; 85:21), “Corán honorable”
(56:76), “Libro luminoso” (43:1), “una guía y una medicina” (41:44), “la verdad”
(6:66; 39:2,42). Contiene “la palabra de un apóstol digna de todo honor”
(69:40), ya que “está escrito en páginas honorables, exaltadas, purificadas,
por la mano de Escribas honrados y justos” (80:13-15). “¡Oh, Profeta! Te hemos
enviado para ser testigo, y un heraldo de alegres nuevas, y un amonestador.
Alguien que, por Su propio permiso, convoca (o llama) a Dios, y una antorcha
que da luz” (33:44-45).
Confrontación de idiomas
implícita.
Con esto se puede ver, por
comparación, que así como la religión católica romana ha querido imponer
el latín (de allí su oficialidad de la Vulgata Latina como traducción
reconocida de la Biblia), y la religión ortodoxa griega el griego (de
allí la LXX como versión oficial para la traducción de la Biblia a otros idiomas),
así también la religión musulmana procura expandir e imponer la lengua árabe
como factor de unión musulmana. En todos los casos, el idioma que dio origen a
la religión—latín, griego o árabe—se quiere imponer de una u otra manera como
factor de unidad. Y siendo que las tres religiones tienen sueños universales,
el vehículo de comunicación que utilizan entra dentro del legajo de competencia
que quieren extender sobre toda la humanidad.
En efecto, para ser un
musulmán completo debe aprenderse el árabe y, por el hecho de tratarse de una
revelación que tiene por objeto alcanzar a toda la humanidad, queda tácita la
creencia de que el árabe se terminará de imponer sobre todo otro idioma y en
todo el mundo.
Lucha por la supremacía.
El hecho de que se trate de un
libro revelado por Dios en árabe y para los árabes, y que al mismo tiempo lo
sea para toda la humanidad, muestra que el sueño de todo musulmán es lograr la
supremacía de la religión árabe sobre todo el mundo. Una predicación tal animó
los espíritus de tantos millones que salieron de la nada en el S. VII, y se
extendieron por todo el mundo oriental y del norte de Africa
tratando de prevalecer sobre el cristianismo ortodoxo griego (Roma oriental) y
católico-romano (Roma occidental). Siendo que la libertad para decidir si
aceptarlo o rechazarlo no entró dentro de sus parámetros, y sus orígenes se
vieron enmarcados en revueltas de sangre, la universalidad de su proyección
estaba destinada a hacer correr ríos de sangre a lo largo de los siglos y en
toda la humanidad. Esa lucha sangrienta no debía cesar hasta lograrse el
triunfo completo de la religión islámica sobre todos los pueblos.
“Pelea entonces contra ellos
hasta que las luchas llegen a su fin, y la religión
sea toda de Dios” (8:40). “Dios ha prometido a quienes creen y hacen lo recto,
que los llevará a suceder a otros en la tierra, y que establecerá para ellos
esta religión en la que se deleitan, y que después de sus temores les dará
seguridad en cambio” (24:54). Por eso Dios advierte al profeta: “te hemos enviado a la humanidad en general,
para anunciar y amenazar” (34:27). Dios eligió a los musulmanes, en efecto,
“para ser testigos” no sólo a los árabes, sino también “al resto de la
humanidad” (22:22:78).
“Te hemos mostrado nuestras
señales en diferentes países y entre ellos mismos (los árabes), hasta que
llegue a serles claro que es la verdad” (41:53). “Es El (Dios) quien ha enviado
a su Apóstol con ‘la Guía’, y la religión de verdad, para que pueda exaltarla
encima de toda religión” (48:28), para que aunque “los que juntan otros dioses
a Dios la odien, El (Dios) pueda hacerla victoriosa sobre toda otra religión”
(61:9).
Competencia con otros sueños
de predominio.
Un sueño tal de la religión
árabe de imponerse por encima de toda otra religión, y sobre todo el mundo,
puede ayudarnos a entender algo la angustia tan grande que iba a causar en todo
el dominio católico y ortodoxo. Durante tantos siglos (cerca de trece), el
cristianismo medieval representado por la Iglesia Ortodoxa oriental y la
Católica Romana occidental, incluyendo posteriormente la Protestante, iba a
verse amenazado por los ejércitos invasores musulmanes.
Tal sueño universal de
supremacía de la religión de Mahoma entraba también en competencia con los
sueños universales de la religión católica papal. En la misma época en que se
levantaba la autoridad del papado en todo el occidente cristiano (S. VI y VII),
y procuraba elevarse también por encima del mundo griego ortodoxo, aparecía en
el horizonte otro poder con sueños semejantes de predominio que iban a servir
para mantener en jaque la aspiración del anticristo romano. En lugar de exaltar
una institución como la papal, la nueva religión iba a procurar levantar al
profeta Mahoma a través de la exaltación de su libro, el Corán, intentando imponerlo
sobre todo el mundo.
Lo que ahora está pasando, sin
embargo, al comenzar el S. XXI es que, al poseer ambas religiones sueños
semejantes de universalidad, el papado ha dejado en cierta medida de combatir a
los musulmanes para tratar de hacer entrar el sueño universal musulmán dentro
de sus sueños de supremacía mundial, conformando y extendiendo su dominio en lo
que el Apocalipsis denominó “la Gran Babilonia” de los últimos tiempos (Apoc 17). Para ello cuenta con varias creencias que
aparecen en el Corán que facilitan su tarea. Una de ellas tiene que ver con el
factor “rendición” a la fe musulmana, por lo cual debe el papa encontrar en el
Corán todo elemento común posible con la fe católica que le permita extender su
primacía aún en el mundo árabe.
Los sueños de imposición de la
religión islámica sobre toda otra religión y reino terrenal, contrasta también
con el mandato coránico de caminar humildemente sobre la tierra, en sumisión y rendición
a la voluntad de Dios revelada a través de Mahoma. En efecto, aunque somete al
hombre a la revelación de Mahoma, el Corán lo vuelve arrogante contra toda otra
religión. Mientras que la religión católica busca someter a todo el mundo bajo
la primacía de Pedro—por la que abogan sus presuntos sucesores—, en la religión
musulmana es la religión del Corán escrita por Mahoma—quien no dejó
sucesores—la que procura imponerse sobre toda la tierra. Al faltarles una
cabeza actual y tener antecedentes de veneración y adoración al hombre
ordenadas por Dios que veremos más adelante, no tendrán demasiada dificultad
para entrar, en términos generales, dentro del escenario romano papal.
De hecho, la veneración que le
está reservando el mundo árabe al papa en la actualidad no debiera extrañarnos,
ya que ambas religiones conservan elementos en común que les permite actuar
juntos en su lucha por la supremacía de la religión sobre el mundo secular y
político. Así, los países católicos y los países musulmanes se han estado
encontrando en una lucha común en las Naciones Unidas contra la inclusión de
parejas homosexuales, lesbianas y heterosexuales en la conformación de la
familia del futuro en la legislación moderna de los países que las componen.
Ante el acoso de los países occidentales por lo que hicieron fanáticos de entre
los musulmanes el 11 de septiembre, el papado está asumiendo un papel
reconciliador y hasta de abogado en favor de los árabes.
Los sueños de predominio
universal de musulmanes y católicos contrastan con el sueño de la Biblia en
donde se hace ver que los reinos de este mundo serán destruídos
(Apoc 6:15-17; 11:15-18; 19:11-21), y que sólo un
“resto” minoritario de toda la humanidad, extendido en toda la tierra, será
salvo en el día del Señor (Apoc 12:17; 14:6,12; cf. Rom 9:27). Tal sueño cristiano no adulterado con aspiraciones
imperialistas, aleja al verdadero rebaño del Señor de todo sueño de predominio
o preeminencia universal. Su predicación apunta a la conversión individual de
la mayor cantidad de gente posible, sin pretender transformarse en la religión
oficial de la humanidad. Sus sueños están puestos en la venida del Señor para
terminar con este mundo de dolor.
Todo sueño de predominio sobre los demás y
en un contexto universal revela, por otro lado, las huellas de quien quiso
recibir todo reconocimiento y poder en el cielo, aún el de Dios mismo y sin
merecerlo (Isa 14:12). En el sentido opuesto está la religión de Cristo, quien
se despojó a sí mismo y dio su vida para salvarnos (Filip
2:6-11). No hizo el Señor llamados a empuñar las armas carnales de este mundo
(Juan 18:36; 2 Cor 10:3-4). Tampoco exhortó a imponer
por la fuerza los principios de su reino a los demás. ¿Rendición? Sí, pero al
Dios de la Biblia, el único que realmente libera, y en forma completa, de todo
espíritu de supremacía.
III
Si preguntamos a los budistas cuál es el libro que tienen como base para su religión,
nos responderán que no tienen ningún libro. ¿En qué basan sus creencias,
entonces? En enseñanzas recibidas por quienes practican el budismo, tan vagas y
generales como las de la Nueva Era. Y aunque se han escrito muchos libros para
explicar la religión budista y los principios de la Nueva Era, es claro que no
poseen un fundamento escrito de esa revelación, disponible e incambiable para todos en un contexto universal.
En realidad,
ninguna clase de paganismo desarrolló un libro común para todo el mundo. Ni
siquiera el espiritismo moderno que rescata todos los principios paganos del
mundo antiguo, tiene un libro clave que fundamente sus prácticas. El
neo-paganismo de la Nueva Era se presenta sin cabeza y sin revelación escrita
unificada y, no obstante, plantea un lenguaje común con una enseñanza común.
Bueno, están también otros, muy pobremente representados, que creen que este
mundo habría sido poblado por extraterrestres que habrían dejado un libro que
se perdió por el Tibet.
¿Cuál fue el
argumento que usó Mahoma para convencer a las tribus árabes paganas de sus días
en la autenticidad de su revelación? Les hechó en
cara justamente este hecho, de que no tenían ningún libro que expresase la
revelación divina. Para Mahoma, esa era la prueba fundamental de que los
paganos no poseían un origen divino. “Si ellos dicen, ‘el Corán es su propia
invención’, diles: traigan entonces diez
Suras como ellas [las que hay en el Corán], de su propia invención... Pero si
no te responden, entonces sepas que se te ha enviado a ti [el Corán] únicamente
en la sabiduría de Dios” (11:16).
Este argumento,
por supuesto, no le serviría demasiado hoy a Mahoma, ya que otros como él han
intentado, después de él, de establecer otro fundamento escrito. Así, el libro
del Mormón y el del reverendo Moon, este último
pretendiendo ser el Cristo encarnado para los asiáticos y fundador de la
Iglesia de la Unificación, contienen su nueva revelación que aparta a la gente
de la verdadera fuente de salvación, la Biblia. Tanto Mahoma como el reverendo Moon pretenden, en sus respectivos libros, haber sido
anunciados por la Biblia.
Mahoma y
su Corán aparecieron en el S. VII. ¿Qué decir de todos los que vivieron antes
que él? ¿No tuvieron revelación escrita? Sí, por supuesto. El Corán no se
presenta como innovador en materia de revelación divina, sino como consumación.
El
Corán no pretende ser una nueva revelación.
“No soy apóstol de nuevas doctrinas”, declaró
el profeta árabe (46:8). “Apóstoles hemos verdaderamente enviado antes de ti”,
habría dicho su dios. “Para cada edad su Libro” (13:38). El ángel Gabriel “es
quien, por autorización divina, hizo descender sobre tu corazón el Corán, la
confirmación de revelaciones previas, una guía, y buenas nuevas para los
fieles” (2:91), para “afirmar las revelaciones previas” (2:95). Aunque
considera al Corán como “una transcripción del Libro arquetipo” [celestial],
“majestuoso, lleno de sabiduría” (43:3), repite lo que Dios a través de Gabriel
le habría dicho: “Nada se te ha dicho
que no haya sido dicho antiguamente a otros apóstoles antes que a ti” (41:43).
¿Cuáles
serían las revelaciones divinas auténticas y anteriores a Mahoma? Las que Dios
dio a los profetas del Antiguo Testamento y a Jesús, el hijo de María. “Las
Escrituras fueron, en verdad, enviadas sólo a dos pueblos antes de nosotros”
(6:167). “En los pasos de los profetas hicimos seguir a Jesús”, diría Dios,
“confirmando la ley que había antes de él, y le dimos el Evangelio con su guía
y luz, confirmatoria de la Ley precedente;
una guía y amonestación para los que temen a Dios. Y para que el pueblo
del Evangelio pueda juzgar de acuerdo a lo que Dios envió allí... Y a ti hemos
enviado el Libro del Corán con verdad, confirmatoria de Escrituras previas, y
su salvaguardia” (5:50-52; véase 6:92).
Mahoma
considera, así, al libro de la ley de Moisés como un “Libro lúcido” (28:1;
37:17). “Después que destruimos las generaciones anteriores, dimos el Libro de
la ley a Moisés”, diría Dios, “para iluminación del hombre, y una guía y una
misericordia, para que alegremente puedan refleccionar”
(28:43). “A Abraham “le concedimos a Isaac y Jacob, y pusimos sobre su
posteridad el don de profecía y la Escritura” (29:27). “Dimos el Libro de la
ley a Moisés en la antigüedad—no tengas duda de nuestra reunión con él—y lo
señalamos para guía de los hijos de Israel” (32:23).
De nuevo,
“antes del Corán estaba el Libro de Moisés, una regla y una misericordia; y este Libro [el Corán] lo confirma—en lengua
árabe—para que los que son culpables de este error [el de declarar que ‘es una
antigua leyenda mentirosa’] puedan ser amonestados, y como alegres nuevas para
los hacedores del bien” (46:11). La revelación del Corán se inserta, así, en
“el credo de Abraham” debido a que el patriarca no fue de los que agregaron
dioses a Dios (6:163).
En
síntesis, “este Corán no podía haber sido ideado por nadie sino por Dios,
porque confirma lo que se reveló antes, y aclara las Escrituras—no hay duda en
eso—del Señor de todas las criaturas” (10:38). “Quienquiera no crea en Dios y
sus ángeles y sus libros y sus apóstoles, y en el día final, ha errado
verdaderamente con extremado error” (4:135).
Discrepancias
del Corán con la Biblia.
Todas
estas palabras suenan muy bonitas, pero nos decepcionan cuando comparamos
tantas cosas del Corán que discrepan con la Biblia y sus historias. Si
realmente Mahoma venerase la Biblia, ¿por qué la menciona tan poco? Cuenta, y
en forma vaga, ni una milésima parte de sus historias. Si respetase el
principio bíblico que pretende aceptar, de que toda nueva revelación confirma
la anterior, lo menos que podríamos haber esperado es que citase profusamente
la Biblia. Pero esto lo hace, literalmente, sólo una vez (22:105; cf. Sal
37:9).
Aún las
pocas historias que Mahoma cuenta de la Biblia no siguen un patrón riguroso,
sino que revelan una ignorancia sorprendente del profeta. A menudo las mezcla
con comentarios y leyendas rabínicas, algunas de las cuales en contradicción
con el verdadero espíritu y propósito de las historias mismas.
Entre los
errores bíblicos más crasos del Corán están los siguientes. Dios habría
determinado la muerte en la misma creación, antes de la caída, como parte de su
plan creativo (23:15). En efecto, para Mahoma, el hombre fue creado ya con
propensiones al mal (21:38), algo que toma de algunas creencias rabínicas.
Tampoco distingue el presunto profeta entre el árbol de la vida y el árbol del
conocimiento del bien y del mal (7:19; 20:118).
Los
ángeles que vienen a Abraham no tocan el azado que
Abraham les preparó (11:73), siguiendo probablemente interpretaciones rabínicas
que interpretan el relato bíblico (Gén 18:8), como
haciendo que comían (Tr. Baba Mezia,
86). Dos mujeres en lugar de siete habrían sido las hijas de Jetro que ayudaron a Moisés cuando escapó de Egipto
(28:23). Moisés acusaría al pueblo de Israel en el desierto, de parte de Dios,
de haber muerto a los profetas (2:58). ¿A cuáles? No hay testimonio bíblico
alguno de algo semejante, y el mensaje no cuadra tampoco con el momento
histórico aludido.
Ni la mano
de Moisés se habría puesto realmente leprosa cuando Dios lo llamó para libertar
a su pueblo (27:12). Sería Moisés quien habría pedido a Dios que enviase a su
hermano Aarón (26:3), en lugar de haber sido Dios mismo quien lo llamó, según
cuenta la Biblia (Ex 4:14). Incluye al diluvio entre las plagas de Egipto
(7:130). Dios mencionaría a los samaritanos como apartando de Dios a los
israelitas mientras Moisés estaba en el monte (20:87). Saúl es confundido con
Gedeón cuyos soldados bebieron de un río para ser probados (2:250). Habla de
nueve plagas
Una de las
suras más extensas dedica Mahoma a Amirán, según la
Biblia padre de María, Moisés y Aarón (Ex 6:20), pero que Mahoma pone en el
contexto de Zacarías, María la esposa de José y Jesús su hijo. Los críticos no
pueden dejar de ver un anacronismo muy grande del profeta, que habría
confundido los nombres de personajes que vivieron a 1500 años de diferencia
(véase 66:12). Dios diría a Zacarías, por otro lado, que el nombre de su hijo,
Juan (el bautista), “no lo hemos dado a ninguno antes de él” (19:8).
Aparte de
los errores bíblicos y numerosos anacronismos, encontramos fábulas inventadas
que no tienen nada que ver con lo que cuenta la Biblia, y hasta la contradicen.
Aunque reconoce que la creación de la tierra duró seis días (10:3; 50:37;
57:4), declara en un lugar que “Dios creó en dos días la tierra”, “en cuatro”
las montañas y sus plantas. “Luego se aplicó a sí mismo al cielo que por
entonces no era sino humo, y le dijo junto con la tierra, ‘¿vienen Uds. en
obediencia o contra su voluntad’. Y ambos dijeron: ‘venimos obedientes’. Y los hizo siete cielos
en dos días” (41:9-11).
Otra
fábula se refiere a Abraham (2:260ss), y parece originarse, en la opinión de
algunos comentadores, en el circuito hecho por Nehemías alrededor de la ciudad
en ruinas (Neh 2:13). Se imagina a la esposa de Noé
como estando entre los que se pierden (66:10), y a Noé pidiéndole a Dios que no
deje ninguno de su generación con vida (71:27-28). Ocho ángeles traerían el
trono de Dios para el día del juicio (69:17-19). Los magos de Egipto terminan
adorando al Dios de Aarón y Moisés al ver las señales que éstos dan al Faraón,
y sus varas-serpientes tragadas por la de Moisés (20:73; 26:45-47).
Ni
siquiera entre los talmudistas se encuentra la leyenda de una ciudad frente al
mar rojo cuyos habitantes habrían sido juzgados como malhechores por quebrantar
el sábado al ir a pescar en ese día, y no cuando no era sábado (7:163). Dios
habría transformado el Sinaí en polvo cuando descendió a dar la ley, y Moisés
se habría desvanecido (7:139).
¿Podemos
ver huellas divinas en tantas discrepancias con la Biblia, así como en tantos
relatos bíblicos tergiversados? ¿Puede algún profeta pretender no recibir nada
nuevo, sino simplemente confirmar la revelación anterior, si lo que ofrece es
una versión tan parcializada y devaluada del original? Aún si se tratase de
algún error humano aislado (que en este caso no lo es), ¿a qué fuente
deberíamos recurrir para corregir el error o conocer la verdad? ¿A la más nueva
o a la más antigua?
IV
Un
musulmán, padre de un profesor adventista en nuestro colegio superior de
Filipinas, al visitar un día a su hijo y ponerse a leer por primera vez la
Biblia, quedó asombrado por la organización de las historias y capítulos
bíblicos. Pudo ver que el Corán está organizado en forma confusa , y que las
historias bíblicas no están bien contadas tampoco. Era mucho más fácil y más
atractivo leer la Biblia.
Esto me
hizo pensar si no debiéramos nosotros preocuparnos más por poner en las manos
de los musulmanes la Biblia, e interesarlos en que la lean, que de buscar
honrar su libro en lo que está de acuerdo con la fe cristiana. Aunque una cosa
no quita la otra, dado el celo fanático de tantos miles de musulmanes, al menos
en occidente es probable que encontremos árabes que estén más abiertos a leer
de entrada la Biblia, curiosos por ver cómo se cuentan las historias que
escucharon de una manera tan difusa en el Corán.
Por otro
lado, después de haber leído el Corán me convenzo más que nunca de que ninguna
propuesta evangelística cristiana que busque dejar a
la gente sólo con el Corán está destinada a cumplir fielmente el cometido
evangélico que Dios nos confió (Mat 24:14; 28:18-20). Sería como pretender
quedarse con el catecismo católico para extraer todo lo que se acerque al
mensaje bíblico e ignorar lo que lo contradice. El único pan, insisto, el único
pan que descendió del cielo es la Biblia, la Palabra de Dios que se encarnó y
se cumplió a la perfección en el Hijo de Dios, Cristo Jesús.
¿Prueba
de falsedad?
Las
discrepancias que encontramos entre la Biblia y el Corán son demasiadas como
para atraernos a la fe musulmana. Por más buena voluntad que pongamos, no lo
podemos reconocer como de origen divino. En conversación con ellos, podríamos
pensar que la empresa de mostrarles los errores de la fe musulmana, basándose
en su presunta reverencia por la Biblia también, no sería demasiado difícil.
Pero no es así. No hemos completado todavía todo lo que el Corán dice, y cómo
pretende resolver el problema de las discrepancias.
Como el libro del Mormón, que
pretende creer en la Biblia siempre que esté bien traducida, el Corán pretende
creer en la Biblia siempre que esté completa y no cambiada por judíos y
cristianos. El libro del Mormón así como el libro de Mahoma tienen el propósito
de ofrecer esa revelación libre de malas traducciones y/o adulteraciones, uno
siguiendo las palabras del ángel Moroni, el otro siguiendo las palabras del
ángel Gabriel. ¡Qué de similitudes que encontramos en el engaño! Las huellas
que dejan, ¿no provienen todas de la misma mente maestra que busca por todo
medio alejar a los hombres de la verdadera revelación?
“Oh musulmanes, ¿desean Uds.
entonces, que para complacerlos a Uds., los Judíos creyesen? Con todo, una parte
de ellos escuchó la palabra de Dios y, luego de haberla entendido, la
pervirtieron y supieron que lo habían hecho así” (2:70). Dirigiéndose a los
judíos, el dios de Mahoma dice: “¿Quién
envió el Libro que Moisés trajo, una luz y guía para el hombre, que Uds.
pusieron sobre papel, publicando parte, pero escondiendo la mayoría,
aunque ahora [con el Corán] han sido enseñados sobre lo que ni Uds. ni sus
padres conocieron? Dí: Es Dios;
déjalos pues, en sus cavilaciones de tiempos pasados. Y este libro [el Corán]
que les hemos enviado es bendito, confirmando lo anterior” (6:90-91).
“Pero los impíos de entre
ellos [los judíos] cambiaron esta palabra en otra diferente de la que se
les había dicho. Por consiguiente, les enviamos ira del Cielo sobre ellos por
sus malos hechos” (7:162). “De la antigüedad dimos a Moisés el Libro”,
insistiría la deidad coránica, “pero ellos cayeron en variaciones acerca de él”
(11:112).
Ni Jesús,
ni los apóstoles del Nuevo Testamento a quienes Mahoma se cuida de no
mencionar, tuvieron una actitud tan arrogante y desvergonzada para con el
testimonio del Antiguo Testamento. El hecho de que la nación judía hubiese
rechazado el cristianismo no los llevó a acusarlos de tergiversar la revelación
misma que tenían en herencia común con el judaísmo. La discusión se centró
sobre la interpretación, pero no sobre el contenido y autenticidad de la
revelación anterior.
De la
revelación del Nuevo Testamento se expresa el dios de Mahoma de una manera
semejante. “De aquellos que dicen, ‘somos cristianos’, hemos aceptado el pacto.
Pero ellos también olvidaron una parte de lo que se les enseñó; de allí que hemos suscitado enemistad y odio
entre ellos que durará hasta el día de la Resurrección” (5:17).
Por esta
razón, si queremos mostrar a un musulmán las discrepancias del Corán con la
Biblia, nos dirá lisa y llanamente que el testimonio bíblico es el
tergiversado, no el Corán. Entre los dos, hay que escoger el Corán, la presunta
revelación posterior, como siendo la verdadera.
“¡Oh,
pueblo de las Escrituras! Ahora vino a Uds. nuestro Apóstol para
esclarecerles mucho de lo que Uds. han escondido de esas Escrituras, y
pasar sobre muchas cosas. Ahora tienen una luz y un Libro claro que vino a Uds.
de Dios, por el cual Dios guiará a todo aquel que siga de buen grado, las
sendas de paz, y lo traerá de las tinieblas a la luz, por su voluntad, y lo
guiará a la senda de rectitud” (5:18).
Consumación.
Mahoma
pretende que la Biblia lo anunció (26:194-196), pero no da referencias bíblicas
para probarlo. Jesús, el antecesor inferior más inmediato de Mahoma, lo habría
anunciado también, de nuevo, sin referencias bíblicas que lo confirmasen.
“Quienes sigan al Apóstol, al iletrado profeta—a quien encontrarán descripto
con ellos en la Ley y el Evangelio” (7:156). “Recuerden cuando Jesús el hijo de
María dijo, ‘¡Oh, hijos de Israel!, ciertamente soy un apóstol de Dios para
confirmarles la ley que fue dada antes de mí, y para anunciarles un apóstol que
vendrá después de mí cuyo nombre será Mahoma!’” (61:7).
No hay
ningún lugar en la Biblia que diga algo semejante. Aunque algunos, en tiempos
más recientes, hayan ido a los evangelios y encontrado la promesa de un
Consolador, el Espíritu Santo que guiará a toda verdad, como anticipo de Mahoma
(cf. Scarone, Credos Contemporáneos, 158),
tergiversan de nuevo lo que dicen los evangelios, ya que habla del descenso del
Espíritu Santo en Pentecostés y a lo largo de todos los siglos (Hech 1:4-5; 2:4), y cuyo testimonio no se contradeciría con
todo lo que el Padre y el Hijo revelaron (Juan 14:16-17,26; 15:26; 16:7-15). El
Corán no cumple con ninguna de estas especificaciones.
“Mahoma...
es el Apóstol de Dios, y el sello de los profetas” (33:40). Con esto se da a
entender que no habría más profetas después de él. Siendo que tanto judíos como
cristianos no fueron fieles en revelar todo el contenido de la revelación
divina, Dios lo escogió a él para transmitirnos el contenido fiel y final. El
testimonio que dieron los discípulos de Jesús, sus apóstoles según el Nuevo
Testamento y que Mahoma jamás aceptó, es para el profeta árabe una
tergiversación de la verdad acerca de Jesús que inventaron sus seguidores.
“Algunos
verdaderamente están entre los que torturan las Escrituras con sus lenguas, con
el propósito de que Uds. puedan suponer que proviene de la Escritura, aunque no
es de la Escritura. Dicen, ‘Esto es de Dios’; pero no es de Dios, y proclaman
una mentira contra Dios, y saben que lo hacen así. No correspondería que un
hombre, a quien Dios diese las Escrituras y la Sabiduría, y el don de profecía,
debiese entonces decir a sus seguidores:
‘sean adoradores de mí tanto como de Dios’, sino más bien: ‘sean perfectos en las cosas de Dios, ya que
conocen las Escrituras y las han estudiado a fondo. ¡Qué!, ¿les ordenaríamos a
Uds. volverse infieles después de haber sido musulmanes?” (3:71-73).
En otras
palabras, no debe recurrirse al Nuevo Testamento tampoco para conocer a Jesús,
sino al Corán como poniendo las cosas en su lugar. De esto se desprende que ni
Mahoma ni su dios tendrían problemas en que unos sigan la Ley y otros el
Evangelio, con tal que acepten la versión final de la revelación divina, el
Corán. “¡Oh, pueblo del Libro!, no hay razón para que Uds. permanezcan donde
están, hasta que observen la Ley y el Evangelio, y lo que se les envió a Uds.
[el Corán] de vuestro Señor” (5:72). “Aquellos que poseen las Escrituras pueden
estar seguros de la verdad del Corán” (74:31).
Los árabes
podrían decir: “‘Las Escrituras fueron
enviadas, verdaderamente, sólo a dos pueblos antes de nosotros, pero no fuimos
capaces de profundizar sus estudios’” [o “no les prestamos atención”]. Podrían
decir también: “‘Si nos hubieran enviado
un libro, hubiéramos seguido la guía mejor que ellos’. Pero ahora tienen una
exposición clara que vino a Uds. de vuestro Señor, y una guía y una
misericordia” (6:157-158). “Ciertamente este Corán declara a los hijos de
Israel la mayoría de las cosas en las cuales ellos no están de acuerdo”
(27:78).
Podría
emocionarnos leer su credo que reafirma la revelación de Dios a los hombres de la
Biblia. “Creemos en Dios, y en lo que nos fue enviado, y en lo que se envió a
Abraham, y a Ismael, y a Isaac, y a Jacob, y a las tribus, y en lo que fue dado
a Moisés, y a Jesús, y a los Profetas, de su Señor. No hacemos diferencia entre
ellos. Y a El nos rendimos (Musulmanes)” (3:78). Pero el testimonio que lo
sigue es decepcionante. “Quien desee alguna otra religión fuera del Islam,
esa religión no será nunca aceptada de él, y en el siguiente mundo
estará entre los perdidos” (3:79).
Intento
no divino.
Llama la
atención que, en tiempos recientes, otro presunto Mesías, el sacerdote Moon para la religión de la Unificación, pretenda creer
igualmente en la Biblia pero que la niegue anteponiéndose como el Mesías
encarnado y anunciado en la Biblia para los asiáticos en el fin del tiempo.
Mientras que Mahoma pretendió ser el último profeta de Dios en un intento
temprano y anticipado de oposición y negación del Espíritu de Profecía que Dios
prometió para el “tiempo del fin” (Apoc 12:17; cf.
19:10), Moon viene como algo posterior que procura,
de una manera semejante, distorcionar y anular esa
revelación final.
La
característica que tendría un remanente final, de guardar los mandamientos de
Dios y tener el testimonio de Jesús que es el Espíritu de Profecía, no se cumplió
en Mahoma, quien pretendió ponerse por encima de la revelación anterior a pesar
de las lindas palabras que usa para elogiarla. Tampoco se cumplió en José Smith
quien igualmente pretendió reverenciar la Biblia pero cuyos errores doctrinales
e históricos son demasiado alevosos para poder aceptarlo como auténtico. Moon, el sacerdote moderno que pretende ser el mesías
encarnado que debía volver a sufrir como le pasó a él por sus fechorías en las
cárceles norteamericanas, tampoco cumple con las especificaciones del
“remanente” de Apoc 12:17 y 14:12.
En ninguno
de estos tres personajes legendarios que escribieron un libro o revelación como
fundamento para la fe de los pueblos, se ve que guarden los mandamientos de
Dios, como se ve en esos pasajes bíblicos. Aunque pretenden reverenciar la
Biblia, no la citan profusamente, ni se someten a ella. Se anteponen más bien
al contenido presuntamente adulterado de las revelaciones anteriores, siguiendo
reveladores más directos y sobrenaturales que los engañan y engañan a todos los
que los creen.
A nuestro
entender, todo esto revela más que simple ignorancia. Se ven en tales presuntas
revelaciones las huellas de aquel a quien Jesús llamó “padre de mentira” (Juan
8:44), y el Apocalipsis como aquel que “engaña al mundo entero” (Apoc 12:9), porque apartan al mundo de la única y verdadera
revelación que Dios dio al hombre, la Santa Palabra de Dios tal cual está
contenida en la Biblia judeo-cristiana.
Cuando uno va a vivir a otro
país con otro idioma, comienza aprendiendo el lenguaje que más se adapta a sus
problemas e inquietudes. Cuando cientos de miles de italianos vinieron a
Argentina después de la segunda guerra mundial, muchos de ellos sin trabajo ni
oficio, buscando una vida mejor, tuvieron que aprender el castellano. Un buen
número de entre ellos tuvo que hacer frente a todo tipo de contrariedades.
Entre los más atrevidos podía vérselos aprendiendo más fácil el lenguaje más
osado e insultante que necesitaban para hacerse respetar. Era el vehículo que
más necesitaban para poder expresar su enojo ante las situaciones adversas que
tenían.
Cuando vamos al Corán quedamos
impresionados por la cantidad de términos que emplea para amenazar con el
infierno a los que rechazan el mensaje de Mahoma. Aún los personajes bíblicos que
menciona y los relatos que repite tienen que ver mayormente con los terribles
juicios que Dios llevó a cabo en lo pasado. A esos relatos los viste con ají,
pimienta y todo condimento lo más picante posible para amedrentar a sus
oponentes.
Contenido esencial del Corán.
En esencia, no hay mucho
contenido en el Corán. Las repeticiones hacen monótono y cansador el libro, ya
que no contiene casi historias, y las pocas que extrae de la Biblia no están
contadas de una manera interesante y se repiten para decir siempre lo mismo.
Consiste esencialmente en anunciar a los fieles las glorias del paraíso
celestial y el infierno eterno para los que lo rechazan. “Anunciador de alegres
nuevas y cargado con amonestaciones” (41:43). “Hemos enviado del Corán lo que
es sanidad y misericordia para el fiel. Pero sólo ayudará a la ruina de los
malvados” (17:84).
Esto puede ayudarnos a
entender la razón por la que escoge, de entre las numerosas historias de la
Biblia, las que le sirven para amonestar y amenazar con el infierno a los que
rechazan su Corán. Las que más repite son la de Noé y el diluvio, Abraham y la
destrucción de Sodoma, Moisés y las plagas que cayeron sobre Egipto. También
menciona a Jonás y su anuncio de la destrucción de Nínive.
En cuanto a otros nombres bíblicos
que incluye en su Corán, los menciona sin contar prácticamente nada de ellos.
Así, de David lo único que podemos saber, esencialmente, es que fue el autor de
los salmos (4:161). De Job, José, Aarón y Salomón, que Dios se les reveló y
fueron justos, favorecidos por Dios sobre la humanidad (6:84-86). Ismael fue
también, por supuesto, apóstol y profeta, al mismo nivel que Isaac y Jacob
(19:55).
El Corán contiene, además,
instrucciones prácticas y simples referentes a cómo obtener la recompensa y
librarse del juicio. De esto veremos más adelante al considerar el concepto de
la salvación. Otras instrucciones igualmente dignas de considerar—lo que
haremos también en su momento—apuntan a resolver los problemas de la poligamia.
Están también las instrucciones para la guerra y exterminio de los que rechazan
el Corán, a menos que se arrepientan, ya que Dios castiga no solamente en el
más allá, sino también en la vida presente.
El infierno y el purgatorio.
Algunos han considerado que el
mejor trato para dar a un musulmán, con el objeto de ganarlo al evangelio, es
el amor, debido a que no conocen lo que es amor. Esto puede parecer exagerado,
ya que el Corán conoce también la misericordia y el buen trato a los demás.
Pero más exagerada es la permanente amenaza del infierno eterno que recorre
todas las páginas del Corán. A veces, en una misma página, se puede recibir esa
amenaza hasta diez veces. Centenares de veces somos amenazados con el infierno
eterno, en los términos más imprecatorios y hasta de a momentos furiosos, por
no aceptar sus enseñanzas ni creer en Mahoma ni en el mensaje que Dios le
habría dado. Algunos ejemplos, de entre cientos, bastarán para darnos una idea.
“El que se rebela contra Dios
y su apóstol, y traspase Sus límites, Dios lo pondrá en el fuego para morar
allí para siempre; y el suyo será un
tormento vergonzoso” (4:18). “Verdaderamente, los que no creen y obran
injustamente, Dios no los perdonará nunca, y no los guiará nunca sobre la
senda, sino a la senda del infierno, en la cual habitará para siempre. Y eso es
fácil para Dios” (4:166-167). “Verás a muchos de ellos hacer amigos de los
infieles... Dios está furioso con ellos, y en tormentos los hará habitar para
siempre” (5:83).
No sólo cree en un tormento
eterno en el infierno, sino que ese tormento ya existe. Dios “dirá: ‘entren en
el fuego con las generaciones de Djinn y los hombres
que los han precedido. Tan pronto como una generación entre, maldecirá a su
hermana, hasta que todos hayan entrado. Los últimos dirán a los primeros, ‘¡O
nuestro Señor! Éstos son los que nos hicieron perder, asígnale a ellos un
tormento doble de fuego’. El dirá: ‘Todos Uds. tendrán doble’. Pero de esto son
Uds. ignorantes. Y los primeros dirán a los últimos, ‘¿Qué ventaja tienen Uds.
sobre nosotros? Gusten por consiguiente, el tormento por lo que han hecho’.
Verdaderamente, los que declararon que nuestras señales eran falsas y se
apartaron en su orgullo..., harán su cama en el infierno, y sobre ella tendrán
frazadas de fuego. Después de este castigo recompensaremos a los malhechores”
(7:36-39).
Luego viene un diálogo que
muestra que los que moran en el paraíso y los que habitan en el infierno no
están lejos los unos de los otros (véase 50:30). Entre los buenos y los malos
están los que no fueron ni malos ni buenos y, por lo tanto, no merecerán
quemarse eternamente. Basado también en ciertas discusiones talmudistas, y en
las creencias paganizadas del cristianismo medieval, Mahoma desarrolló algunos
conceptos que entran dentro de la creencia del purgatorio católico. “Entre
ambos habrá una separación; y sobre la
muralla de Al Araf [donde están los ni buenos ni
malos] estarán los que conocerán todo, por lo que expresen, y gritarán a los
que habitan en el Paraíso, ‘¡Paz sea con Uds!’, pero
no entrarán aún allí, aunque anhelan hacerlo. Y cuando sus ojos se vuelvan
hacia los que habitan en el fuego, dirán, ‘¡Oh, Señor nuestro!, no nos pongas
junto con los ofensores’” (7:44-45). Finalmente Dios los llama al paraíso
(7:46).
“Los que moran en el fuego del
infierno gritarán a los que moran en el paraíso: ‘Derramen algo de agua sobre nosotros, o
refrescos que Dios les haya dado. Ellos responderán: ‘Verdaderamente Dios prohibió las dos cosas
para los no creyentes, a quienes hicieron de su religión un deporte y
pasatiempo, y la vida del mundo los engañó. Ese día los olvidará, como ellos
olvidaron su dia de reunión, y negaron nuestras
señales” (7:48-49).
Es tal vez a esa gente cuya
suerte se definirá en el purgatorio a la que se confiere un intercesor. “Nadie
tendrá poder para interceder, excepto el que haya recibido permiso en las manos
del Dios de Misericordia” (19:90). “Les haremos gustar seguramente un castigo
que está cerca, además del castigo más grande, para que tal vez se vuelvan a
nosotros” (32:21). “Pero a los que aborrecieron el mensaje de Mahoma, “los
ángeles los harán morir, golpeándoles por delante y por detrás” (47:29). Los
que traten a los profetas como engañadores, “su entretenimiento será de aguas
hirvientes, y fuego abrasador” (56:93-94). “En ese día gritaremos al Infierno: ‘¿estás lleno?’ Y responderá: ‘¿hay más?’. Y no lejos de allí se traerá
cerca el paraíso para los píos” (50:29-30).
Así como en el paríso habrá un árbol con el cual se alimentarán los
dichosos, en el infierno habrá también un árbol. “Es un árbol que sube del
fondo del infierno. Sus frutos son, por así decirlo, las cabezas de los Satanes. Y, ¡miren!, los perjudicados comerán seguramente
de él y llenarán sus barrigas con sus frutos, luego tendrán una mezcla de agua
hirviendo. Entonces volverán al infierno” (17:62-66). “Verdaderamente el árbol
de Ez-zakkoum será el alimento del pecador. Como
posos de aceite hervirá en sus vientres, como aguas hirviendo en ebullición.
—‘Atrápenlo, y arrástrenlo al medio del fuego;
luego, derramen sobre su cabeza el agua tormentosa hirviendo’.—¡‘Gusta
esto’, porque tu abandonaste al poderoso, al honorable!” (44:43-49).
Uno no puede dejar de
preguntarse sobre el efecto que tales amenazas constantes pueden dejar en las
mentes de los fieles que recitan el Corán todos los días. Se está, obviamente,
en la época en que en Roma se daban toda suerte de leyendas acerca del
purgatorio (véase A. R. Treiyer, Los sellos y las
Trompetas (1990), 138-143). Mahoma captó, sin duda, el miedo y terror que
tales cuentos—llamados por algunos aún hoy como “piadosos” en el lado
cristiano—causaban sobre las masas, doblegándolas temerosas bajo la tutela
clerical romana. Por lo visto, aprendió bien la lección, y el terror del futuro
lo adelantó, como la Roma Apóstata, al momento presente, llenándolo con
amenazas, fustigando, castigando y matando a los que rechazaban un evangelio
tal.
No hay duda que, en los planes
actuales de integración religiosa entre católicos y musulmanes, éste sea otro
punto que encuentren en común. Aunque no terminen uniéndose totalmente,
seguirán encontrando elementos que les permitan luchar contra los gobiernos
seculares para que se reconozca e imponga la religión en los puntos en que
estén de acuerdo.
Cierta vez pasamos unos días
con unos amigos que tenían varios hijos. Los padres rezongaban entre ellos y a
los hijos. Pensé, ¡pobres hijos! Pero me sorprendí al ver que los niños
respondían de la misma manera, rezongando. Me dije: “Voy a tratar de no volverme nunca un viejo
rezongón”. Descubrimos más tarde, con mi esposa, que cuando estábamos cansados
y discutíamos, los hijos comenzaban a hacer lo mismo. Cambiábamos enseguida de
actitud, manifestando alegría con ellos, y el rostro de ellos también cambiaba
y se sentían felices.
No se requiere hacer extensos
estudios para captar que los padres malhumorados que maltratan a los hijos, los
llevarán a estos a hacer lo mismo. Aunque la conversión siempre está al alcance
del que quiera reformar su vida, se sabe también que los hijos terminan
haciendo lo que vieron en su hogar. Si vieron a su papá pegarle a su mamá,
después tenderán a hacer lo mismo el día que se casen.
La creencia en el purgatorio y
en el infierno eterno, de origen pagano y diabólico, traumó a millones de
personas durante toda la Edad Media. Sin tal doctrina jamás se hubieran
levantado los horrendos tribunales de la Inquisición que llevaron a millones a
morir despiadadamente en la hoguera, decapitados y de diferentes maneras, luego
de sufrir toda clase de torturas. Si Dios iba a ser tan bárbaro como para
atormentar en el infierno eternamente a los rebeldes, ¿por qué no podían hacer
lo mismo sus hijos (dirigentes de la Iglesia) acá en la tierra, para con
aquellos que rechazasen el evangelio?
Tantas amenazas del infierno
eterno sirvieron de trampolín también, entre los musulmanes, para lanzar y
justificar las guerras de conquista sangrientas contra los infieles del
judaísmo y del cristianismo de sus días. Durante más de un milenio, sus hordas
no se cansaron de esgrimir el sable para fustigar y castigar al mundo infiel. Aún
hoy se ven en los atentados terroristas que procuran desestabilizar las
sociedades modernas, los efectos de tal prédica, el más horrendo perpetrado
para con las Torres Gemelas en Nueva York. ¡Cuán diferente todo esto con el
mandato y ejemplo de Jesús, el Hijo de Dios, de predicar el evangelio en todo
el mundo con armas espirituales, no carnales! (1 Cor
1-2: Ef 6).
La guerra santa.
“Mahoma es el Apóstol de
Dios; y sus camaradas son vehementes
contra los infieles, aunque llenos de ternura entre sí” (48:29). “¡Oh, profeta!
¡Haz guerra conra los infieles e hipócritas, y
trátalos con rigor! Habitarán en el infierno, y desdichado es su pasaje!”
(66:9).
Dios dice: “No piensen que los infieles se nos
escaparán. Ellos no van a debilitar a Dios. Preparen, pues, contra ellos toda
fuerza que puedan, y escuadrones fuertes mediante los cuales puedan producir
terror en el enemigo de Dios y en vuestro enemigo, y en otros junto a ellos que
Uds. no conocen, pero que Dios conoce... Oh, profeta, incita a los fieles a la
batalla. Veinte de Uds. que permanecen firmes vencerán a doscientos, y si
hubiera cien de Uds., podrán contra mil de los infieles, porque ellos no tienen
entendimiento... Ningún profeta fue capaz de tomar cautivos hasta que hizo una
gran matanza en la tierra” (8:61-62, 66-68).
Mensajes considerados como
inspirados por Dios como éstos llevaron a los talibán de Afganistán a pelear
contra EE.UU e Inglaterra, confiando en el poder divino. Degraciadamente,
la culpa del fracaso no se dio en su fe, sino en el fundamento de su fe.
Sigamos con esta prédica homicida.
“Verdaderamente, de los fieles ha Dios
comprado sus personas y su substancia, a condición del paraíso en
restitución: en la senda de Dios
pelearán, y matarán, y serán muertos:
una promesa para esto se da en la Ley, y en el Evangelio, y en el
Corán—y, ¿quién más fiel a sus compromisos que Dios? ¡Regocíjense, por
consiguiente, en el contrato que han hecho, porque será de gran felicidad”
(9:112). “No maten a quienes Dios les prohibió matar, a menos que sea por una
causa justa” (17:35).
“Malditos [los hipócritas]
doquiera se los encuentre; serán
atrapados y muertos en matanza” (33:61). “Cuando encuentren a los infieles,
córtenles sus cabezas hasta que hayan hecho una gran matanza entre ellos, y con
el resto ajusten los grillos... Quienes peleen por la causa de Dios, no serán
descarriados por sus obras”, sino que “serán traídos al paraíso...” (47:4-7).
Justificación en Dios.
“Desde Noé”, diría Dios,
“¡cuántas naciones hemos exterminado!” (17:18). “Soporté por mucho tiempo a los
incrédulos; los capturé pues y, ¡cuán
grande fue el cambio que forjé! ¡Cuántas ciudades que habían sido infieles, y
cuantos techos que yacen ahora en ruinas, Hemos [Dios] destruído”
(22:43-44). “¿No les es notorio a ellos, cuántas generaciones, sobre cuyas
moradas caminan, hemos destruído antes de ellos?
Verdaderamente aquí hay señales; ¿no
escucharán, pues?” (32:26; 36:30).
“Triste. ¡Por el Corán lleno
de amonestaciones! Con suavidad, los infieles se vuelven orgullosos
contendiendo contra ti. ¡Cuántas generaciones hemos destruído
antes de ellos! Y clamaron por misericordia pero, ¡no hubo tiempo para
escapar!” (38:2). “Los que contradicen las señales de Dios sin autoridad cuando
estas les llegan, son grandemente odiados por Dios y por los que creen. Así
sella Dios todo corazón orgulloso y contumaz” (40:37).
“Dios ama a los que son como
una muralla sólida para librar batallas por su causa en apretadas filas”
(61:5). El botín de la guerra, sin embargo, por provenir de Dios, corresponde
al profeta y su familia, aunque también para el huérfano y necesitado. “El
botín tomado de la gente de las ciudades y asignado por Dios a su apóstol,
pertenece a Dios, y al apóstol, y a su descendencia, y al huérfano, y al
pobre...” (58:6-7).
Evitar pelear en lugares y
tiempos sagrados.
La historia está llena de
incidentes en los cuales los árabes provocaban el clima de guerra, pretendiendo
no comenzar primero, para luego atacar. “Peleen por la causa de Dios contra
quienes peleen contra Uds., pero no cometan la injusticia de atacarlos
primero: Dios no ama tal injusticia. Y
mátenlos dondequiera los encuentren, y expúlsenlos de cualquier lugar del que
los expulsaron a Uds., porque la discordia civil es peor que la matanza.
“Aún así, no los ataques en la
Mesquita sagrada, a menos que te ataquen allí. Pero
si ellos te atacan, mátalos. Tal es la recompensa de los infieles. Pero si
ellos desisten, verdaderamente entonces Dios es Gracioso, Misericordioso.
Peleen, por consiguiente, contra ellos hasta que no haya más discordia civil, y
la única adoración sea la de Dios. Pero si ellos desisten, entonces que no haya
hostilidad, salvo para con los malvados.
“El mes sagrado y los recintos
sagrados están bajo la salvaguardia de represalias: a quienquiera les ofrezca violencia,
ofrézcanle violencia Uds.” (2:186-190). “Guerra se les prescribe a Uds... Te preguntarán con respecto a la guerra en el Mes
Sagrado. Díles:
Es malo guerrear entonces, pero ponerse a un lado de la causa de Dios, y
no tener fe en El, y en el Templo Sagrado, y expulsar su pueblo, es peor en la
vista de Dios; y las luchas intestinas
son peores que el derramamiento de sangre. Ellos no dejarán de guerrear contra
Uds. hasta que los aparten de su religión, si pueden; pero quienquiera de Uds. que se aparte de su
religión y muera como un infiel, sus obras quedarán sin fruto en este mundo, y
en el siguiente, serán destinados al fuego para morar allí para siempre. Pero
aquellos que creen y se van de su país para pelear en la causa de Dios, pueden
esperar la misericordia de Dios: y Dios
es Gracioso, Misericordioso” (2:212-215).
“Una inmunidad de Dios y de su
Apóstol... Cuando pasen los meses sagrados, mata a los que juntan otros dioses
a Dios dondequiera los encuentres;
atrápalos, cércalos, y esperen apostados con toda suerte de emboscadas,
pero si se convierten..., déjalos ir...” (9:1,5). No de balde el Apocalipsis
los compara a un escorpión, cuyo ataque se caracteriza por darse cuando menos
se lo espera, una táctica que fue siempre característica de la raza beduina (Apoc 9:10) (cf. A. R. Treiyer, Sellos
y Trompetas..., 287-288). “Ataquen en todo a los que juntan dioses a Dios,
así como ellos los atacan en todo a Uds.” (9:36).
Guerra contra judíos y
cristianos.
Aunque al principio ordenó
Mahoma que no hubiese compulsión en la religión (2:257), las diferentes clases
de presiones sociales como el tributo, por ejemplo, negaban esa intención. De
todas maneras, sirvió este principio para que la primera gran invasión
islámica, la de los sarracenos, tuviese esta nota más positiva (véase Apoc 9:1-12). No sería tan así con la segunda gran invasión
islámica, la de los turcos otomanos, cuyo fundamento para su carácter más cruel
lo encontrasen igualmente en el Corán.
La furia más grande que Mahoma
inspiró en los árabes contra judíos y contra cristianos se dio en que
rechazaron el mensaje del profeta y declararon que Dios tiene hijos. También
contra la idolatría en el mundo cristiano, y otros puntos que consideraremos
más adelante.
“Haz guerra contra los que
recibieron las Escrituras pero que no creen en Dios, o en el día final, y no prohiben lo que Dios y su Apóstol prohibieron, ni profesan
la verdad, hasta que paguen tributo de su mano, y sean humildes. Los judíos
dicen: ‘Esdras es un hijo de Dios’; y
los cristianos dicen: ‘El Mesías es un hijo de Dios’... Se parecen al dicho de
los infieles en la antigüedad. ¡Ordena batalla contra ellos! ¡Cuán desviados
están!... El [Dios] es quien ha enviado a su Apóstol con la Guía y la religión
de la verdad, para hacerla victoriosa sobre toda otra religión, toda vez que
los que asignan socios a Dios se opongan a ella” (9:29-30).
Si en la actualidad hay tantos
musulmanes fundamentalistas furiosos contra Israel, se debe a que creen que
Dios les asignó a ellos la tierra de Palestina que antiguamente había asignado
a Israel. Por apartarse de Dios y rechazar al Mesías, los judíos perdieron ese
derecho. Vanos fueron los esfuerzos de los cruzados llamados e instigados por
los papas en plena Edad Media para recuperar el lugar de los santos sepulcros.
Eso era algo que los musulmanes jamás iban a querer ceder. ¿Podrían quedarse
tranquilos ahora que los judíos la recuperaron para ellos?
Los musulmanes consideran no
sólo la ciudad de la Meca como lugar sagrado, sino también la ciudad de
Jerusalén. De allí las disputas tan encarnizadas que tienen con los judíos en
este respecto. “¡Gloria sea dada a El, quien condujo a su siervo de noche desde
el templo sagrado [de la Meca] al templo que está más lejos [Jerusalén], cuyos
recintos hemos bendecido, para que podamos mostrarle nuestras señales!” (17:1).
“El [Dios] hizo que el pueblo del Libro [los Judíos], que ayudaron a los
confederados, cayesen de sus fortalezas, y se desmayasen sus corazones. Algunos
Uds. mataron, a otros tomaron prisioneros. Y El les dio su tierra, y sus
habitaciones, y su riqueza, como herencia—aún una tierra sobre la cual nunca
habían puesto sus pies...” (33:26).
Guerra contra los vecinos y
demás oponentes.
“¡Creyentes! Hagan guerra
contra los infieles que son vecinos, y que ellos los encuentren rigurosos”
(9:124). “Verdaderamente, los que se oponen a Dios y su Apóstol están entre los
más viles. Dios escribió este decreto:
‘Seguramente prevaleceré, y mi Apóstol también’” (58:21).
Borramiento de los pecados
para los que caen en batalla.
Las siguientes declaraciones
pueden ayudarnos a entender por qué los musulmanes fundamentalistas que se
suicidaron con todos los pasajeros contra las torres gemelas y el Pentágono
estuvieron con prostitutas la noche anterior. El borramiento
de los pecados no proviene en ellos de la cruz del Calvario, pues la niegan. Lo
obtienen, entre otras cosas, matando en lo que consideran guerra santa. Aunque
no estaban en guerra declarada, los que se suicidaron no entendieron ese hecho
como un suicidio, porque la orden coránica es:
“no se suiciden” (4:33). Estaban en guerra contra el gran Satán
occidental, aunque éste no lo sabía.
“Borra nuestros pecados y
perdónanos, y ten piedad de nosotros. Tú eres nuestro protector: danos, pues, victoria sobre las naciones
infieles” (2:286). “Y los que se van de su país y se alejan de sus hogares y
sufren en mi causa, y han peleado y caen, yo borraré sus pecados, y los traeré
a jardines bajo los cuales fluyen corrientes de agua” [paraíso] (3:193). “¡Oh,
Uds. que creen! No sean como los infieles, que dicen de vuestros hermanos
cuando... fueron a la guerra, ‘si hubieran permanecido con nosotros, no habrían
muerto ni sido muertos’... Dios hace vivir y mata... Y si los matan a Uds. o
mueren en la senda de Dios [la guerra], entonces el perdón de Dios y su
misericordia es mejor que todo lo que junten;
porque si mueren o son muertos, verdaderamente a Dios serán juntados”
(3:150-152).
“Peleen, pues, en la senda de
Dios aquellos que trocan esta vida presente por la
que viene; porque a quien pelea en la
senda de Dios, sea que lo maten o conquisten, le daremos al final una gran
recompensa” (4:76). “Los que creen, peleen en la senda de Dios. Y los que no
creen, pelean en la senda de Tagout: Peleen, pues contra los amigos de Satanás”
(4:78).
Ayuda de Dios y los ángeles en
la batalla.
“Recuerda cuando dejaste tu
casa temprano en la mañana, para poder preparar a los fieles para el campo de
batalla—Dios escuchó, lo supo—cuando dos de tus tropas se angustiaron y
desanimaron, y cuando Dios llegó a protegerlas a ambas... Vuestro Señor los
ayudó con tres mil ángeles enviados de lo alto... Si permanecen firmes y temen
a Dios, y el enemigo viene sobre Uds. en ardiente prisa, ¡vuestro Señor los
ayudará con cinco mil ángeles reconocibles! Esto, como buenas nuevas puras para
Uds. que Dios señala, para que sus corazones puedan afirmarse... y pueda cortar
la mayor parte de los que no creyeron, o arrojarlos para que sean derrocados,
derrotados sin recurso alguno. No debe preocuparte si El se vuelve a ellos con
bondad o castigo, porque verdaderamente ellos son malhechores” (3:117-123).
“Dios quiso probar que sus
palabras eran verdad, y destruir la mayor parte de los infieles... Cuando Uds.
buscaron socorro de su Señor, y el les respondió: ‘Les ayudo verdaderamente con mil ángeles,
rango sobre rango... Cuando tu Señor habló a los ángeles: ‘Seré con Uds., por consiguiente, afirmen a
los fieles. Yo impondré miedo en los corazones de los infieles’. Córtales, pues
sus cabezas, y córtales la punta de cada dedo. Esto, porque se opusieron a Dios
y a su apóstol... Verdaderamente, Dios será severo en el castigo. Esto para
Uds., ¡pruébenlo, pues! Y para los infieles es la tortura del fuego... Quien dé
la espalda a los infieles en ese día, a menos que se aparte para pelear, o se
una a otra tropa, recibirá la ira de Dios. El infierno será su habitación...
Así, no fueron Uds. los que los mataron, sino Dios los mató a ellos, y esas
varas fueron de Dios, no de Uds” (8:7-17).
“En verdad fue Satanás solo
quien te hizo faltar al deber para volverte atrás el día en que las huestes se
enfrentaron” (3:149). “No aflojen en la persecución del enemigo. Si Uds.
sufren, seguramente ellos también sufren como Uds.; pero Uds. confían en Dios por lo que ellos no
pueden confiar” (4:105). “¡Creyentes!, cuando se enfrenten con una tropa,
permanezcan firmes y mencionen frecuentemente el nombre de Dios, para que Dios
pueda hacerles justicia” (8:47).
Referente a los hipócritas y
apóstatas, el profeta dice: “Son
enemigos---tengan cuidado de ellos, pues—¡Dios batalla con ellos! ¡Cuán falsos
son!... De ninguna manera los va Dios a perdonar” (63:4-5).
Consigna de producir miedo en
los enemigos.
“Arrojaremos miedo en los
corazones de los infieles porque juntaron dioses a Dios...; su habitación será el fuego, e infeliz la
mansión de los malhechores. Ya Dios les hizo buena su promesa, cuando por su
permiso destruyeron a sus enemigos...” (3:144-145). “Nada nos impide de
enviarte”, dice Dios al profeta, “con el poder de hacer milagros, a no ser que
los pueblos antiguos los trataron como mentiras... No enviamos un profeta con
milagros, sino para producir terror”. “Como el árbol maldito del Corán, sólo
para los que disputan..., los golpearemos con terror” (17:61-62).
“No cedan, por consiguiente,
ante los infieles, sino que mediante este Corán golpéenlos en una lucha
poderosa” (25:54).
Para imponer la religión
islámica.
“Dí
a los infieles: Si ellos desisten de su
incredulidad, lo que ya es pasado se les perdonará; pero si vuelven a ella, tienen ya por delante
la sentencia de muerte de los ancianos. Peleen, pues, contra ellos hasta que la
lucha termine, y la religión sea toda de Dios” (8:39-40).
Los que apostatan deben ser
muertos.
“Para aquel a quien Dios hace
perder, no buscarás de ninguna manera una senda. Ellos desean que Uds. sean
infieles como ellos lo son... No los tomes, por consiguiente, como amigos,
hasta que se alejen de sus casas por la causa de Dios [para la guerra]. Si se
vuelven, atrápalos, y mantelos dondequieren los
encuentren, pero no tomes a ninguno de ellos por amigos o ayudadores... Pero si
ellos se apartan de Uds., y no hacen guerra contra Uds. y les ofrecen paz, Dios
no te da ocasión contra ellos.
“Encontrarás otros que
procuran ganar tu confianza así como la de su propio pueblo. Tan pronto como se
vuelvan sediciosos, deben ser derrocados. Pero si no te dejan, ni te proponen
la paz ni retienen sus manos, entonces atrápalos y mátalos dondequiera los
encuentres. Sobre ellos te hemos dado indudable poder” (4:90-92). “Dí a los jefes de su pueblo hinchados de orgullo: ‘Seguramente te desterraremos, O Shoaib, así como a tus compañeros creyentes de nuestras
ciudades, a menos que regresen a nuestra religión’” (7:86).
“No es del profeta o del fiel
orar por el perdón de los que, aún siendo de tu parentela, asocian otros dioses
a Dios, hasta que les sea hecho claro que sean recluídos
al infierno” (9:114). ¡Cuán diferente—podemos decir nosotros—fue el mandato de
Jesús, el Mesías en quien Mahoma presume creer, a sus seguidores! “Orad por los
que os maltratan y persiguen”, fueron sus palabras (Mat 5:44).
Crucificarlos, cortarles las
manos y los pies...
Amenazas no faltan, como
pudimos ver, en el Corán. Tampoco advertencias suculentas que revelan
diferentes maneras que tendrían para aplicar la justicia y que revelan un
espíritu tan diferente del evangelio.
“La recompensa de los que
guerrean contra Dios y su Apóstol, y arremeten para producir desórdenes en la
tierra, serán muertos o crucificados, o se les cortarán las manos y los pies, o
serán desterrados. Esta es su desgracia en este mundo, y en el siguiente un
gran tormento les esperará... En cuanto al ladrón, sea hombre o mujer, quítenle
sus manos en recompensa por sus hechos. Este es un castigo para amonestarlos
que viene de Dios mismo. Y Dios es poderoso, sabio” (5:37,42).