Lecciones de Escuela Sabática
Julio-Septiembe 2009
Comentario de EGW
Lección 3
Para el 18 de Julio 2009
Andar en luz: Apartarse del pecado
Sábado 11 de julio
En la manifestación de Dios a su pueblo, la luz había sido siempre un símbolo de su presencia. A la orden de la palabra creadora, en el principio, la luz resplandeció de las tinieblas. La luz fue envuelta en la columna de nube de día y en la columna de fuego de noche, para guiar a las numerosas huestes de Israel. La luz brilló con tremenda majestad, alrededor del Señor, sobre el monte Sinaí. La luz descansaba sobre el propiciatorio en el tabernáculo. La luz llenó el templo de Salomón al ser dedicado. La luz brilló sobre las colinas de Belén cuando los ángeles trajeron a los pastores que velaban el mensaje de la redención.
Dios es luz; y en las palabras: "Yo soy la luz del mundo", Cristo declaró su unidad con Dios, y su relación con toda la familia humana. Era él quien al principio había hecho "que de las tinieblas resplandeciese la luz". Él es la luz del sol, la luna y las estrellas. Él era la luz espiritual que mediante símbolos, figuras y profecías, había resplandecido sobre Israel. Pero la luz no era dada solamente para los judíos. Como los rayos del sol penetran hasta los remotos rincones de la tierra, así la luz del Sol de justicia brilla sobre toda alma (El Deseado de todas las gentes, p. 429).
Domingo 12 de julio:
La luz (1 Juan 1:5)
Cristo es el único canal mediante el cual el ser humano puede tener acceso a Dios y llegar a ser participante de la naturaleza divina. El Señor brinda su luz a los que le buscan con fervor. "Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él" (1 Juan 1:5). Dios, en sus misteriosos caminos, se comunica con el alma y la ilumina. "La exposición de tus palabras alumbra; hace entender a los simples" (Salmo 1 19: 130). Dios sustituye las ideas e invenciones humanas con sus ideas grandes, nobles y luminosas (Ellen G. White 1888 Materials, p. 981).
Cristo dice a sus seguidores: "Vosotros sois la luz del mundo". Dios es luz, vida y amor, y de allí emana el evangelio de verdad. Y de esos principios de verdad, amor y vida, deben apropiarse los seguidores de Cristo así como el pámpano se nutre de la savia de la vid. "Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí" (Juan 6:57). Al permanecer en Cristo el alma será iluminada, lavada y purificada. Y no sólo eso, porque Cristo dice además: "El que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida" (Juan 8: 12). De esa manera sus seguidores llegan a ser "la luz del mundo". Los que están en Cristo harán las obras de Cristo. En cambio, si conocemos los principios de la verdad pero no los practicamos, ese conocimiento no nos evitará hundirnos más profundamente en la perdición. Debemos orar con fervor para que se nos revele lo que es recto, y cuando lo sepamos, pedir que podamos cumplir con nuestro deber de todo corazón, por amor a Cristo (The Medical Missionary, 1 de agosto, 1892).
"Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él... Pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado (1 Juan 1:5, 7).
Es privilegio del cristiano relacionarse con la Fuente de la luz, y por medio de esa relación viviente llegar a ser la luz del mundo. Los verdaderos seguidores de Cristo andarán en la luz como él está en luz, y por lo tanto no avanzarán por caminos inciertos, ni tropezarán en medio de la oscuridad. El gran Maestro está tratando de que sus oyentes comprendan la bendición que pueden llegar a ser para el mundo, al compararlos con el sol naciente que dispersa la niebla y disipa la oscuridad. La aurora cede su lugar al día. El sol que dora, matiza y glorifica el cielo con sus haces de luz, es un símbolo de la vida cristiana. Así como el sol es luz, vida y bendición para todo ser viviente, los cristianos deberían ser la luz del mundo mediante sus buenas obras, su alegría y su valor. Así como la luz del sol aleja las sombras de la noche para derramar su gloria por valles y colinas, el cristiano debe reflejar el Sol de justicia que resplandece en él.
Ante la vida consecuente de los verdaderos seguidores de Cristo, la ignorancia, la superstición y la oscuridad desaparecerán, así como el sol disipa las sombras de la noche. De la misma manera los discípulos de Jesús irán a los lugares tenebrosos de la tierra, para diseminar la luz de la verdad hasta que la senda de los que se hallan en tinieblas sea iluminada por la luz de la verdad (Cada día con Dios, p. 92).
Lunes 13 de julio:
El problema del pecado (1 Juan 1:6, 8, 10)
La religión de Jesucristo es algo más que hablar. La justicia de Cristo consiste en acciones rectas y buenas obras impulsadas por motivos puros y generosos. La justicia exterior, sin el adorno interior, no vale nada. "Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado" (1 Juan 15-7). Si no poseemos la luz y el amor de Dios, no somos sus hijos. Si no juntamos con Cristo, derramamos. Todos ejercemos influencia, y esta influencia es decisiva en el destino de los demás para su bien presente y futuro, o para su eterna perdición (Cada día con Dios, p. 182).
Hay quienes profesan santidad, quienes declaran que están completamente con el Señor, quienes pretenden tener derecho a las promesas de Dios, mientras rehúsan prestar obediencia a sus mandamientos. Dichos transgresores de la ley quieren recibir todas las cosas que fueron prometidas a los hijos de Dios; pero eso es presunción de su parte, por cuanto Juan nos dice que el verdadero amor a Dios será revelado mediante la obediencia a todos sus mandamientos. No basta creer la teoría de la verdad, hacer una profesión de fe en Cristo, creer que Jesús no es un impostor, y que la religión de la Biblia no es una fábula por arte compuesta. "El que dice: Yo le he conocido, y no guarda sus mandamientos –escribió Juan– el tal es mentiroso, y no hay verdad en él, mas el que guarda su palabra, la caridad de Dios está verdaderamente perfecta en él: por esto sabemos que estamos en él". "El que guarda sus mandamientos, está en él, y él en él" (1 Juan 2:4, 5; 3:24) (Los hechos de los apóstoles, pp. 449, 450).
Las epístolas de Juan respiran el espíritu del amor. Sin embargo, cuando se encontraba con los que estaban transgrediendo la ley de Dios pero aseveraban que estaban viviendo sin pecado, no vacilaba en amonestarles acerca de su terrible engaño: "Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros" (1 Juan 1:6-10) (Review and Herald, 22 de febrero, 1881).
"Si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado" (1 Juan 1:7). Podemos orar por nuestra santificación, pero si la obtenemos o no, dependerá de si andamos en la luz y la reflejamos sobre quienes nos rodean. Mis hermanos y hermanas, la salvación del alma depende del curso de acción que se siga; si alguien pierde la vida eterna será porque ha fracasado en guardar los mandamientos divinos. La luz que brilla de la Palabra de Dios es suficiente para guiar a todo lo largo del camino al cielo; por lo tanto nadie tendrá excusa si se pierde (Review and Herald, 13 de julio, 1905).
Martes 14 de julio:
Respuestas al problema del pecado (1 Juan 1:7, 9; 2:2)
Por estos pasajes resulta evidente que no es la voluntad de Dios que seas caviloso y tortures tu alma con el temor de que Dios no te aceptará porque eres pecador e indigno. "Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros" (Santiago 4:8). Presenta tu caso delante de él, invocando los méritos de la sangre derramada por ti en la cruz del Calvario. Satanás te acusará de ser un gran pecador, y tú debes admitirlo, pero puedes decir: Sé que soy pecador, y esa es la razón por la cual necesito un Salvador. Jesús vino al mundo para salvar pecadores. "La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado". "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad" (1 Juan 1:7, 9). No hay en mí mérito o bondad por la cual pueda reclamar la salvación, pero presento delante de Dios la sangre totalmente expiatoria del inmaculado Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es mi único ruego. El nombre de Jesús me da acceso al Padre. Su oído, su corazón, están abiertos a mi súplica más débil, y él suple mis necesidades más profundas (Fe y obras, p. 110).
Un requisito esencial para recibir e impartir el amor perdonador de Dios es conocer ese amor que nos profesa y creer en él. Satanás obra mediante todo engaño a su alcance para que no discernamos ese amor. Nos inducirá a pensar que nuestras faltas y transgresiones han sido tan graves que el Señor no oirá nuestras oraciones y que no nos bendecirá ni nos salvará. No podemos ver en nosotros mismos sino flaqueza, ni cosa alguna que nos recomiende a Dios. Satanás nos dice que todo esfuerzo es inútil y que no podemos remediar nuestros defectos de carácter. Cuando tratemos de acercarnos a Dios, sugerirá el enemigo: De nada vale que ores; ¿acaso no hiciste esa maldad? ¿Acaso no has pecado contra Dios y contra tu propia conciencia? Pero podemos decir al enemigo que "la sangre de Jesucristo... nos limpia de todo pecado". Cuando sentimos que hemos pecado y no podemos orar, ése es el momento de orar. Podemos estar avergonzados y profundamente humillados, pero debemos orar y creer. "Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero". El perdón, la reconciliación con Dios, no nos llegan como recompensa de nuestras obras, ni se otorgan por méritos de hombres pecaminosos, sino que son una dádiva que se nos concede a causa de la justicia inmaculada de Cristo (El discurso maestro de Jesucristo, p. 98).
Jesús quiere que vengas a él. Si tropiezas una y otra vez, no te abandones a la desesperación. Si enfrentas tentaciones y fracasas, acércate arrepentido ante Dios, pero no te desesperes. Intenta otra vez, aferrándote firmemente a los méritos de Cristo. El pecador no puede confiar en su propia justicia sino que debe recordar que Cristo llega a ser su justicia; cuando siente que no tiene fuerzas para vencer, debe recordar que Jesús se ofrece para sostenerlo. El pecador puede con toda seguridad decir: Cristo murió por mí, y su sangre me limpia de todo pecado. Sé en quién he creído y su fuerza me permitirá enfrentar las pruebas y sufrimientos de la vida diaria y me fortalecerá para resistir las tentaciones más fuertes de Satanás (Review and Herald, 4 de mayo,
1876).
Miércoles 15 de julio:
El blanco del cristiano (1 Juan 2:1)
Que nadie se engañe a sí mismo; las palabras de Cristo muestran claramente que si no seguimos sus mandatos, nos perderemos. Pero la ley sólo puede mostrarnos que somos transgresores; no nos puede salvar de la condena, porque "por medio de la ley es el conocimiento del pecado" (Romanos 3:20). Al mirarnos en este espejo podemos descubrir las manchas de nuestro carácter; pero para limpiarnos, debemos lavamos en la fuente preparada por el Redentor del mundo. "Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo" (1 Juan 2:1). La ley no debe ser eliminada, pensando que con eso se removerán nuestros defectos. Cristo no vino para salvarnos en nuestros pecados sino de nuestros pecados. Cuando nos sentimos condenados por la ley y nos acercamos a Dios con humildad de corazón para pedir su perdón, nuestro Abogado nos ofrece su justicia y se hace cargo de nuestros pecados. Podemos mirar por fe a nuestro Salvador crucificado y resucitado, y solicitar sus méritos. El gran Médico sanará con su sangre las heridas que el pecado ha producido y nos dará su justicia, su santidad y su redención (Signs of the Times, 7 de enero, 1897).
"Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo" (1 Juan 2: 1). Aun aquellos que están tratando con sinceridad de guardar la ley de Dios, no siempre están libres de pecado. Mediante tentaciones disfrazadas son engañados y caen en el error. Sin embargo, cuando su conciencia les muestra el pecado, se ven a sí mismos condenados por los santos preceptos de la ley; pero no se rebelan contra la ley sino que se arrepienten de su pecado y buscan el perdón mediante los méritos de Cristo, quien murió para que pudieran ser justificados por la fe en su sangre. No intentan excusarse para evitar la confesión y el arrepentimiento. En cambio, los que pretenden ser justos y santos dicen: Estoy santificado, soy justo, no puedo pecar. Es a esta clase de personas a quienes el apóstol reprende, diciéndoles: "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros" (1 Juan 1:8), Es evidente que cuando alguien asevera estar sin pecado, la ley de Dios no ha sido escrita en su corazón, porque el Señor conoce los pensamientos y las intenciones del corazón. El apóstol escribe palabras de ánimo a todos aquellos que comprenden que son pecadores: "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad" (1 Juan 1:9). Si decimos que no tenemos pecado, cuando en verdad la ley nos muestra que somos transgresores, estamos demostrando que la verdad de Dios no está en nosotros.
El apóstol hace una clara distinción entre el transgresor que deliberadamente vive en pecado y en abierto desafío a la ley divina mientras declara vivir en santidad, y el pecador que reconoce sus defectos de carácter y humildemente se acerca a Dios para confesar sus pecados. Pablo dice: "¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás. Mas el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mí toda codicia; porque sin la ley el pecado está muerto. Y yo sin la ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí" (Romanos 7:7-9). ¡Qué peligrosa es la condición de aquellos que se consideran santificados y no se dan cuenta que si miraran a la ley ella les mostraría sus pecados! La santificación es conformidad a la voluntad de Dios, y su voluntad está expresada en su santa ley. Sólo aquellos que viven de toda palabra que sale de la boca de Dios pueden estar verdaderamente santificados. ¡Cuán terrible es esparcir una falsedad enseñando que se puede lograr la salvación por los méritos de la sangre de Cristo, mientras se están sembrando semillas de rebelión contra la ley divina! (Signs of the Times, 30 de abril, 1896).
Jueves 16 de julio:
El consuelo de los cristianos (1 Juan 2:1, 2)
Cuando el sumo sacerdote entraba en el lugar santo, que representa el lugar donde nuestro Sumo Sacerdote está ahora intercediendo, y ofrecía sacrificios en el altar, afuera no se ofrecían sacrificios propiciatorios. Mientras el sumo sacerdote estaba intercediendo adentro, cada corazón había de inclinarse contrito delante de Dios, rogando el perdón de las transgresiones. A la muerte de Cristo, el símbolo se encontró con la realidad, el Cordero muerto por los pecados del mundo. El gran Sumo Sacerdote ha efectuado el único sacrificio que será de valor alguno...
En su intercesión como nuestro Abogado, Cristo no necesita de la virtud del hombre, de la intercesión del hombre. Cristo es el único que lleva los pecados, la única ofrenda por el pecado. La oración y la confesión han de ser ofrecidas únicamente a Aquel que ha entrado una sola vez para siempre en el lugar santo...
Cristo representó a su Padre ante el inundo, y delante de Dios representa a los escogidos, en quienes ha restaurado la imagen moral de Dios. Son su heredad... Los hombres tienen únicamente un Abogado e Intercesor que puede perdonar las transgresiones (A fin de conocerle, p. 75).
[Un testimonio personal para un corazón atribulado] Un alma a la cual Dios haya desamparado nunca se sentiría como usted se ha sentido y nunca amaría la verdad y la salvación como usted la ha amado. Oh, si el Espíritu de Dios dejara de luchar con un alma, ésta quedaría en un estado de indiferencia, y siempre pensaría que todo va bastante bien... Usted no debe complacer en lo más mínimo al enemigo dudando y abandonando su confianza. Dijo el ángel: "Dios no abandona a su pueblo, aunque se aparte de él. No se vuelve airado hacia ellos por cualquier pequeñez. Si han pecado, tienen un abogado para con el Padre a Jesucristo el Justo".
Este Abogado intercede por los pecadores y el Padre acepta su oración. El no desoye el pedido de su Hijo amado. El que tanto lo amó que dio su propia vida por usted, no se apartará ni lo abandonará a menos que usted decidida y deliberadamente lo abandone a él para servir al mundo y a Satanás. Jesús desea que usted vaya a él tal como es, sin esperanza y desamparado, y se aferre de su sobreabundante misericordia, y crea que él lo recibirá tal como usted es.
Usted está espaciándose en el lado oscuro. Debe cambiar de manera de pensar, y en vez de pensar todo el tiempo en la ira de Dios, piense en su abundante misericordia, en su disposición para salvar a los pobres pecadores, y crea que él lo salva. Usted debe, en el nombre de Dios, romper este hechizo. Usted debe clamar: "Yo quiero creer, ¡yo creo!" Jesús tiene su nombre sobre su pectoral e intercede por usted ante su Padre, y si sus ojos se abrieran vería ángeles celestiales ministrándole, volando a su alrededor y rechazando a los malos ángeles para que no puedan destruirlo... Tenga ánimo. Mire hacia arriba, crea y verá la salvación de Dios (En lugares celestiales, p. 119).
Viernes 17 de julio:
Para estudiar y meditar
El camino a Cristo, pp. 36-41.