I Trimestre de 2011
“Jesús lloró”: La Biblia y las emociones humanas 

Notas de Elena G. de White 

Lección 13
26 de Marzo del 2011

Asociación con Jesús

Sábado 19 de marzo

Cuando Cristo murió, sonó la campanada final del pecado y Satanás. El efecto de su acción fue destruir al que tenía el imperio de la muerte; por eso ahora nosotros somos prisioneros de esperanza. Cuán agradecidos deberíamos estar de que Dios se fijó en esta tierra, por pequeña que fuera, y en nosotros, los seres humanos, por más que fuésemos, en la dimensión del universo, como una gota de agua o como una partícula de polvo. La estupenda obra hecha por nosotros nos mues­tra cuán grande es el amor que Cristo nos tiene.

Cuando miramos a la cruz del Calvario, no podemos dudar del amor de Dios ni de su voluntad de salvarnos. Y aunque los innumera­bles mundos le rinden honor divino, su amor fue tan grande por la raza caída que dio a su Hijo amado para redimirla de la muerte eterna. En vista de una salvación tan grande, no podemos arriesgarnos a perder nuestras almas; no podemos permitirnos pecar contra Dios. Una vida eterna en el reino de gloria es digna de cualquier sacrificio. Pero para obtener esta preciosa recompensa, debemos vivir una vida de obedien­cia a los requerimientos divinos; debemos vivir diariamente bajo los principios de la religión cristiana que son los principios de la ley de Dios (The Watchman, 14 de julio, 1908).

La verdadera religión pone al hombre en armonía con las leyes de Dios, físicas, mentales y morales. Enseña el dominio de sí mismo, la serenidad y la templanza. La religión ennoblece el intelecto, purifica el gusto y santifica el juicio. Hace al alma participante de la pureza del cielo. La fe en el amor de Dios y en su providencia soberana alivia las cargas de ansiedad y cuidado. Llena de regocijo y de contento el cora­zón de los encumbrados y los humildes. La religión tiende directamente a fomentar la salud, alargar la vida y realzar nuestro goce de todas sus bendiciones. Abre al alma una fuente inagotable de felicidad.

¡Ojalá que todos aquellos que no han escogido a Cristo se dieran cuenta de que él tiene algo que ofrecerles que es mucho mejor de lo que ellos buscan! (Reflejemos a Jesús, p. 145).

 

Domingo 20 de marzo:
El Señor que oraba

En una vida completamente dedicada al beneficio ajeno, el Salvador hallaba necesario retirarse de los caminos muy transitados y de las muchedumbres que le seguían día tras día. Debía apartarse de una vida de incesante actividad y contacto con las necesidades humanas, para buscar retraimiento y comunión directa con su Padre. Como uno de nosotros, participante de nuestras necesidades y debilidades, dependía enteramente de Dios, y en el lugar secreto de oración buscaba fuerza divina a fin de salir fortalecido para hacer frente a los deberes y las pruebas. En un mundo de pecado, Jesús soportó luchas y torturas del alma. En la comunión con Dios podía descargarse de los pesares que le abrumaban. Allí encontraba consuelo y gozo (Reflejemos a Jesús, p. 110).

Es necesario ser diligentes en la oración; ninguna cosa os lo impida. Haced cuanto podáis para que haya una comunión continua entre Jesús y vuestra alma. Aprovechad toda oportunidad de ir donde se suela orar. Los que están realmente procurando estar en comunión con Dios, asistirán a los cultos de oración, fieles en cumplir su deber, ávidos y ansiosos de cosechar todos los beneficios que puedan alcan­zar. Aprovecharán toda oportunidad de colocarse donde puedan recibir rayos de luz celestial.

Debemos también orar en el círculo de nuestra familia; y sobre todo no descuidar la oración privada, porque ésta es la vida del alma. Es imposible que el alma florezca cuando se descuida la oración. La sola oración pública o con la familia no es suficiente. En medio de la soledad abrid vuestra alma al ojo penetrante de Dios. La oración secreta solo debe ser oída del que escudriña los corazones: Dios. Ningún oído curioso debe recibir el peso de tales peticiones. En la oración privada el alma está libre de las influencias del ambiente, libre de excitación. Tranquila pero fervientemente se extenderá la oración hacia Dios. Dulce y permanente será la influencia que dimana de Aquel que ve en lo secreto, cuyo oído está abierto a la oración que sale de lo profundo del alma. Por una fe sencilla y tranquila el alma se mantiene en comunión con Dios y recoge los rayos de la luz divina para fortalecerse y soste­nerse en la lucha contra Satanás. Dios es el castillo de nuestra fortaleza (El camino a Cristo, p. 98).

No será vana la petición de los que buscan a Dios en secreto, confiándole sus necesidades y pidiéndole ayuda. "Tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público". Si nos asociamos diariamente con Cristo, sentiremos en nuestro derredor los poderes de un mundo invisi­ble; y mirando a Cristo, nos asemejaremos a él. Contemplándolo, sere­mos transformados. Nuestro carácter se suavizará, se refinará y enno­blecerá para el reino celestial. El resultado seguro de nuestra comunión con Dios será un aumento de piedad, pureza y celo. Oraremos con inteligencia cada vez mayor. Estamos recibiendo una educación divina, la cual se revela en una vida diligente y fervorosa.

El alma que se vuelve a Dios en ferviente oración diaria para pedir ayuda, apoyo y poder, tendrá aspiraciones nobles, conceptos claros de la verdad y del deber, propósito elevados, así como sed y hambre insaciable de justicia. Al mantenernos en relación con Dios, podremos derramar sobre las personas que nos rodean la luz, la paz y la serenidad que imperan en nuestro corazón. La fuerza obtenida al orar a Dios, sumada a los esfuerzos infatigables para acostumbrar la mente a ser más considerada y atenta, nos prepara para los deberes diarios, y preserva la paz del espíritu, bajo todas las circunstancias (El discurso maestro de Jesucristo, pp. 73, 74).

 

Lunes 21 de marzo:
La adoración y la comunidad de la iglesia

La iglesia es la sociedad cristiana formada por los miembros que la componen, para que cada uno goce de la ayuda de todas las gracias y talentos de los demás miembros, y también de la operación de Dios en su favor, de acuerdo con los diversos dones y habilidades que Dios les concedió. La iglesia está unida en los sagrados vínculos del compa­ñerismo a fin de que cada miembro se beneficie de la influencia de los demás. Todos deben unirse al pacto de amor y armonía que existe. Los principios y las gracias cristianas de toda la sociedad de creyentes han de comunicar fortaleza y poder en una acción armoniosa. Cada creyente debe beneficiarse y progresar por la influencia refinadora y transforma­dora de las variadas capacidades de otros miembros, para que las cosas que falten en uno puedan ser más abundantemente desplegadas en otro. Todos los miembros deben acercarse el uno al otro, para que la iglesia llegue a ser un espectáculo ante el mundo, ante los ángeles y ante los hombres (Mensajes selectos, tomo 3, pp. 15, 16).

¿Por qué los creyentes se constituyen como iglesia? Porque por este medio Cristo quiere aumentar su utilidad en el mundo y fortalecer su influencia personal para el bien. En la iglesia ha de mantenerse una disciplina que proteja los derechos de todos y aumente el sentido de mutua dependencia. Dios nunca se propuso que la mente y el juicio de un hombre fueran el poder dominante. Nunca dispuso que un hombre gobernara, planificara y dispusiera sin la consideración cuidadosa y acompañada de oración del cuerpo entero, a fin de que todos actuaran de una manera firme y armoniosa (Mensajes selectos, tomo 3, pp. 16, 17).

No es pequeña la privación que se experimenta cuando la gente se aleja de las reuniones del pueblo de Dios. Como hijos del Altísimo debemos estar presentes en toda reunión del Señor, donde se le pida a su pueblo que esté presente, para impartir la palabra de vida. Todos necesitan luz y toda la ayuda que puedan conseguir, a fin de que cuan­do hayan oído y recibido los preciosos mensajes del cielo, por medio de los instrumentos señalados por Dios, puedan estar preparados para impartir a otros la luz que se les dio (Mente, carácter y personalidad, tomo 2, p. 650).

Aquellos que pertenecen a la familia de la fe nunca debieran dejar de reunirse, porque éste es el medio que Dios ha designado para condu­cir a sus hijos a la unidad, a fin de que con amor y compañerismo cris­tiano se ayuden y fortalezcan y animen unos a otros (Nuestra elevada vocación, p. 168).

 

Martes 22 de marzo:
El perdón

Nadie puede odiar a su hermano, e incluso a su enemigo, sin que­dar bajo condenación. Nuestro Creador y Juez nos recompensará de acuerdo con la conducta que tengamos hacia él y hacia sus criaturas. Está escrito: "Mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas" (Mateo 6:14,15)...

Cuando el corazón recibe la Biblia y la hace su regla de conducta, no tendrá odio contra aquellos que nos hacen mal. Como Cristo, perdo­naremos a nuestros enemigos y buscaremos la oportunidad de mostrar­les a los que nos han herido que amamos su alma y deseamos su bien. El seguir esta conducta seguramente eliminará la enemistad, humillará nuestro orgulloso y frío corazón, y nos pondrá en simpatía con Cristo. Si aquellos que nos han agraviado no aceptan nuestro deseo de hacerles bien, no demos lugar a la enemistad y permitamos que el amor siga gobernando en nuestro corazón. Los que somos lectores y hacedores de la Palabra debemos cambiar la situación de nuestras iglesias; debemos hacer esfuerzos para buscar la reconciliación con nuestro hermano siguiendo el plan bíblico tal como lo ordenó el Señor. Si nuestro herma­no rehúsa reconciliarse, no hablemos mal de él ni busquemos dañar su influencia. Dejemos el asunto en manos de Aquel que juzga justamente.

¡A cuántos les falta el amor! Ese amor que eliminaría el odio, la contienda, la raíz de amargura con la que muchos se contaminan. Mientras se mantengan sentimientos de odio, de envidia, de celos y de crítica, el amor de Jesús no puede entrar en el corazón (The Youth 's Instructor, 13 de enero, 1898).

Enseña Jesús que podemos recibir el perdón de Dios, solamente así como nosotros perdonamos a los otros. Es el amor de Dios lo que nos atrae a él, y ese amor no puede tocar nuestros corazones sin despertar el amor a nuestros hermanos...

El que no perdona, obstruye el mismo conducto por el cual sola­mente puede recibir la misericordia de Dios. No debemos pensar que, a menos que aquellos que nos han hecho daño confiesen su culpa, tenemos razón en no perdonarlos. Sin duda, es su deber humillar sus corazones por el arrepentimiento y la confesión; pero hemos de tener un espíritu compasivo para los que han pecado contra nosotros, confiesen o no sus faltas.

Nada puede justificar un espíritu no perdonador. El que no es misericordioso hacia otros, muestra que él mismo no es participante de la gracia perdonadora de Dios. En el perdón de Dios el corazón del que yerra se acerca al gran corazón de amor infinito...

No somos perdonados porque perdonamos, sino como perdona­mos. La base de todo el perdón se encuentra en el amor inmerecido de Dios; pero por nuestra actitud hacia otros mostramos si hemos hecho nuestro ese amor. Por lo tanto Cristo dice: 'Con el juicio con que juz­gáis, seréis juzgados; y con la medida que medís, os volverán a medir (La fe por la cual vivo, p. 133).

 

Miércoles 23 de marzo:
El servicio

La salud física y la espiritual sufren por la inacción. El que es perezoso en la viña, que vive para sí, está siempre insatisfecho consigo mismo y con los demás; la lobreguez y el frío del descontento se refle­jan en su semblante. Pero el que se aparta y aleja del yo, el que, como su Maestro, se identifica con la humanidad sufriente, será enternecido y refinado por el ejercicio de la simpatía hacia los otros. La cortesía, la paciencia y la nobleza caracterizarán al tal y harán que su presencia resulte en un continuo gozo y bendición. Su semblante brillará con el esplendor de la verdadera benevolencia.

Los que más se esfuerzan por conseguir su propia felicidad son miserables. Los que se olvidan del yo en su interés por los demás reci­ben reflejadas en sus propios corazones, la luz y las bendiciones que les dispensan...

Todo lo que poseemos nos ha sido confiado en calidad de préstamo. Sin embargo, cuando él nos recompense con su aprobación, es como si los méritos fueran nuestros: "Bien, buen siervo y fiel" (Mateo 25:23). No es la magnitud de la obra que hacemos, sino el amor y la fidelidad con que la realizamos lo que merece la aprobación del Salvador (En lugares celestiales, p. 325).

En la vida de Cristo, todo quedó subordinado a su obra, la gran obra de redención que vino a cumplir. Y este mismo celo, esta misma abnegación, este mismo sacrificio, esta misma sumisión a las exigencias de la Palabra de Dios, han de manifestarse en sus discípulos.

Todo aquel que acepte a Cristo como a su Salvador personal anhe­lará tener el privilegio de servir a Dios. Al considerar lo que el cielo ha hecho por él, su corazón se sentirá conmovido de un amor sin límites y de agradecida adoración. Ansiará manifestar su gratitud dedicando sus capacidades al servicio de Dios. Anhelará demostrar su amor por Cristo y por los hombres a quienes Cristo compró. Deseará pasar por pruebas, penalidades y sacrificios.

El verdadero obrero de Dios trabajará lo mejor que pueda, porque así podrá glorificar a su Maestro. Obrará bien para satisfacer las exi­gencias de Dios. Se esforzará por perfeccionar todas sus facultades. Cumplirá todos sus deberes como para con Dios. Su único deseo será que Cristo reciba homenaje y servicio perfecto (El ministerio de cura­ción, p. 402).

No pasemos por alto las cosas pequeñas mientras buscamos una gran obra. Podéis hacer con éxito la obra pequeña, pero, al intentar una obra más grande podríais tal vez fracasar y caer en el desaliento. Poneos a trabajar dondequiera que veáis que hay trabajo que hacer. Haciendo con vuestras fuerzas lo que vuestras manos hallen para hacer será como desarrollaréis talentos y aptitudes para una obra mayor. Es al despreciar las oportunidades diarias y descuidar las cosas pequeñas, como muchos se vuelven infructuosos y marchitos (Joyas de los testimonios, tomo 3, pp. 65, 66).

Todo el que hace lo que pueda por Dios, que es leal y celoso por hacer el bien a los que lo rodean, recibirá la bendición de Dios sobre sus esfuerzos. Un hombre puede rendir un servicio eficaz para Dios, aunque no sea la cabeza o el corazón del cuerpo de Cristo. El servicio repre­sentado en la Palabra de Dios por la mano o el pie, aunque humilde, de todos modos es importante. No es la grandeza de la obra sino el amor con que se hace, el motivo tras la acción, lo que determina su valor. Hay obra que hacer por nuestros vecinos y por aquellos con quienes nos asociamos. No estamos libres para cesar nuestras labores pacientes y delicadas en favor de las almas, mientras queden algunas fuera del arca de salvación. No hay tregua en esta guerra. Somos soldados de Cristo y estamos bajo la obligación de velar, no sea que el enemigo nos gane la delantera y capte para servicio suyo almas que pudiéramos haber ganado para Cristo (Testimonios para la iglesia, tomo 5, pp. 259, 260).

Hay muchos que se han entregado a Cristo, y sin embargo no ven la oportunidad de hacer una gran obra o grandes sacrificios en su servicio. Estos pueden encontrar consuelo en el pensamiento de que no es nece­sariamente la entrega que se hace en el martirio la que es más agradable a Dios; puede ser que no sea el misionero que diariamente ha soportado el peligro y encarado la muerte, el que se destaque en primer plano en los registros celestiales. El cristiano que lo es en su vida privada, en la entrega diaria del yo, en la sinceridad de propósito y la pureza de pen­samiento, en la mansedumbre que manifiesta bajo la provocación, en la fe y en la piedad, en la fidelidad en las cosas menores, aquel que en la vida del hogar representa el carácter de Cristo: tal persona, a la vista de Dios, puede ser más preciosa que el misionero o el mártir mundialmente conocido (Palabras de vida del Gran Maestro, p. 333).

 

Jueves 24 de marzo:
Esperanza y confianza en Dios

El valor, la esperanza, la fe, la simpatía y el amor fomentan la salud y alargan la vida. Un espíritu satisfecho y alegre es como salud para el cuerpo y fuerza para el alma. "El corazón alegre es una buena medicina" (Proverbios 17:22, V. M.) (El ministerio de curación, p. 185).

Jesús no le ha abandonado a usted para que se asombre en las prue­bas y las dificultades que encuentra. El se lo ha expuesto todo, como también le ha dicho que no se quede abatido ni oprimido cuando vienen las pruebas. Mire a Jesús, su Redentor, tenga ánimo y regocíjese. Las pruebas más duras de soportar son aquellas que provienen de nuestros hermanos, de nuestros amigos cercanos; pero aun estas pruebas pue­den ser soportadas con paciencia. Jesús no está en la tumba nueva de José. Resucitó y ascendió al cielo, para interceder allí en nuestro favor. Tenemos un Salvador que nos amó de tal manera que murió por noso­tros, a fin de que por él pudiésemos tener esperanza, fuerza y valor, y un lugar con él en su trono. Él puede y quiere ayudarnos cuando le invoquemos (Joyas de los testimonios, tomo 3, p. 233).

Podemos regocijarnos en la esperanza. Nuestro Abogado está en el santuario celestial intercediendo por nosotros. Por sus méritos tenemos perdón y paz. Murió para poder lavar nuestros pecados, revestirnos de su justicia, y hacernos idóneos para la sociedad del cielo, donde podre­mos morar para siempre en la luz.

Amado hermano, amada hermana, cuando Satanás quiera llenar vuestra mente de abatimiento, lobreguez y duda, resistid sus suges­tiones. Habladle de la sangre de Jesús, que limpia de todo pecado. No podéis salvaros del poder del tentador; pero él tiembla y huye cuando se insiste en los méritos de aquella preciosa sangre. ¿No aceptaréis, pues, agradecidos las bendiciones que Jesús concede? ¿No tomaréis la copa de la salvación que él ofrece, e invocaréis el nombre del Señor? No mani­festéis desconfianza en Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable. No causéis por un momento, mediante vuestra incredulidad, dolor al corazón del Salvador compasivo. Él vigila con el interés más intenso vuestro progreso en el camino celestial; él ve vuestros esfuer­zos fervientes; nota vuestros descensos y vuestros restablecimientos, vuestras esperanzas y vuestros temores, vuestros conflictos y vuestras victorias (Joyas de los testimonios, tomo 2, pp. 109, 110).