Fulgores de Dios
Jo Ann Davidson
Capítulo 6
Dios ora a Dios
En los evangelios se encuentran numerosos detalles de los hábitos religiosos de la vida temprana de Jesús. Asistía regularmente a la adoración sabática en la sinagoga, "como era su costumbre" (Lucas 4:16). Jesús oraba a menudo y con intensidad, y a veces por largo tiempo. Por ejemplo, antes de la importante elección de sus doce discípulos, Jesús oró toda la noche: "En aquellos días él fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios. Y cuando era de día, llamó a sus discípulos, y escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles" (Lucas 6:12, 13).
Nadie ha tenido una vida tan activa con trabajo y responsabilidades como Jesús; no obstante, a menudo se lo encontraba en oración. Sus hábitos de oración eran verdaderamente notables. En todos los Evangelios hay indicios esparcidos acerca de cuánto oraba Jesús. Aunque trabajaba muchas horas cada día, se levantaba temprano en la mañana para orar (Mar. 1:35). Elena de White comenta sobre esta práctica de Jesús:
"Jesús no cesó de trabajar hasta que el último doliente hubo quedado aliviado. Ya era muy avanzada la noche cuando la muchedumbre se fue, y el silencio descendió sobre el hogar de Simón. Había terminado el largo día lleno de excitación, y Jesús buscó descanso. Pero, mientras la ciudad estaba aún envuelta por el sueño, el Salvador 'levantándose muy de mañana, aun muy de noche, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba'. Así transcurrían los días de la vida terrenal de Jesús. A menudo despedía a sus discípulos para que visitaran sus hogares y descansasen, pero resistía amablemente a sus esfuerzos de apartarlo de sus labores. Durante todo el día, trabajaba enseñando a los ignorantes, sanando a los enfermos, dando vista a los ciegos, alimentando a la muchedumbre; y al anochecer, o por la mañana temprano, se dirigía al santuario de las montañas, para estar en comunión con su Padre. Muchas veces pasaba toda la noche en oración y meditación, y volvía al amanecer para reanudar su trabajo entre la gente".
Algunas veces Jesús se retiraba al desierto para tener comunión con el Cielo: "Mas él se apartaba a lugares desiertos, y oraba". "Y aconteció que mientras Jesús oraba aparte, estaban con él los discípulos" (Lucas 5:15; 9:18). Daba gracias en el tiempo de las comidas (Juan 6:11), incluyendo la cena Pascual (Lucas 22:17, 19). Les decía a sus discípulos que él oraba por ellos a fin de que su fe no faltara (Lucas 22:31, 32). Juan 17 contiene una larga oración de Jesús a su Padre. El "Padrenuestro" es otra oración que él ofreció. Y, aunque la religión israelita tiene una larga tradición de oración, y hay numerosas oraciones registradas en el Antiguo Testamento, cuando los discípulos escucharon la oración de Jesús, se dieron cuenta de cuánto tenían que aprender acerca de la verdadera oración, y le pidieron a Jesús que les enseñara a orar (Lucas 11:1). Jesús les dio instrucciones: "Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos. [...] No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis" (Mateo 6:7, 8).
También especificó cualidades de la oración verdadera: "Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda" (Mateo 5:23, 24). Y otra vez: "Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores" (Mateo 6:12).
Un comentario de Elena de White sobre la vida de oración de Cristo captó mi atención: "Jesús [...] frecuentemente dedicaba la noche entera a orar justo antes de que se lo llamara a obrar un gran milagro". "Con fuerte clamor y lágrimas vaciaba fervientes peticiones a Dios en favor de la humanidad". Esta declaración me causó gran admiración. ¡Jesús es Dios! ¿Por qué él necesitaría orar toda la noche antes de hacer un milagro? Otra vez, Elena de White vino en mi ayuda: "Como hombre, suplicaba al Trono de Dios, hasta que su humanidad se cargaba de una corriente celestial que conectaba a la humanidad con la divinidad. Por medio de la comunión continua, recibía vida de Dios a fin de impartirla al mundo".
Esto me llevó a examinar algunas de las ocasiones mencionadas en los evangelios que describen a Jesús en oración. Cinco de estas incluyen: Jesús ora después de su bautismo, cuando alimenta a los cinco mil, en el Monte de la Transfiguración, en el Getsemaní y durante su crucifixión.
Lucas menciona el ministerio de Juan el Bautista en su Evangelio: "Aconteció que cuando todo el pueblo se bautizaba, también Jesús fue bautizado; y orando, el cielo se abrió" (Lucas 3:21). Elena de White añade más detalles: "Después de salir del agua, Jesús se arrodilló en oración a orillas del río. Se estaba abriendo ante él una era nueva e importante. De una manera más amplia, estaba entrando en el conflicto de su vida. Aunque era el Príncipe de Paz, su venida iba a ser como el acto de desenvainar una espada. [...] El que era el fundamento del ritual y de la economía de Israel iba a ser considerado como su enemigo y destructor. El que había proclamado la Ley en el Sinaí iba a ser condenado como transgresor. [...] La mirada del Salvador parece penetrar el cielo mientras vuelca los anhelos de su alma en oración. Bien sabe él cómo el pecado endureció los corazones de los hombres, y cuán difícil les será discernir su misión y aceptar el don de la salvación. Intercede, ante el Padre a fin de obtener poder para vencer su incredulidad, para romper las ligaduras con que Satanás los encadenó y para vencer en su favor al destructor.
"Como uno de nosotros, debía llevar la carga de nuestra culpabilidad y desgracia. El Ser sin pecado debía sentir la vergüenza del pecado. [...] La verdad debía morar con la mentira; la pureza, con la vileza. Todo el pecado, la discordia y la contaminadora concupiscencia de la transgresión torturaba su espíritu.
"Debía hollar la senda y llevar la carga solo. [...] De su brazo dependía la salvación de la especie caída, y extendió su mano para asir la mano del Amor omnipotente.
"Nunca antes habían escuchado los ángeles semejante oración. Ellos anhelaban llevar a su amado Comandante un mensaje de seguridad y consuelo. Pero no; el Padre mismo contestará la petición de su Hijo. [...] "Juan había quedado profundamente conmovido al ver a Jesús postrarse como suplicante para pedir con lágrimas la aprobación del Padre". En su bautismo, Jesús ansiaba la fortaleza divina para su ministerio adulto. Su manera de orar y sus oraciones fueron urgentes, porque él sabía lo que había delante de él.
La alimentación de los cinco mil
Después de enseñar y sanar a las multitudes que lo rodeaban un día, Jesús sintió compasión por ellas y no quiso que viajaran con hambre. Por medio de un asombroso milagro, alimentó a miles, y sobraron canastas de comida. Mientras participaba de su provisión divina, las multitudes decidieron hacerlo rey. Pero Jesús no permitió esto, e insistió en que se fueran inmediatamente. Mateo luego describe cómo "despedida la multitud, subió al monte a orar aparte; y cuando llegó la noche, estaba allí solo" (Mateo 14:23). Elena de White otra vez añade más detalles:
"Cuando fue dejado solo, 'subió al monte apartado a orar'. Durante horas continuó intercediendo ante Dios. Oraba no por sí mismo sino por los hombres. Pidió poder para revelarles el carácter divino de su misión, para que Satanás no cegase su entendimiento y pervirtiese su juicio. El Salvador sabía que sus días de ministerio personal en la Tierra estaban casi terminados y que pocos lo recibirían como su Redentor. Con el alma trabajada y afligida, oró por sus discípulos. Ellos habían de ser intensamente probados. Las esperanzas que por mucho tiempo acariciaran, basadas en un engaño popular, habrían de frustrarse de la manera más dolorosa y humillante. En lugar de su exaltación al trono de David, habían de presenciar su crucifixión. Tal había de ser, por cierto, su verdadera coronación. Pero ellos no lo discernían, y en consecuencia les sobrevendrían fuertes tentaciones que les sería difícil reconocer como tales. Sin el Espíritu Santo para iluminar la mente y ampliar la comprensión, la fe de los discípulos faltaría. Le dolía a Jesús que el concepto que ellos tenían de su reino fuera tan limitado por el engrandecimiento y los honores mundanales. Pesaba sobre su corazón la preocupación que sentía por ellos, y derramaba sus súplicas con amarga agonía y lágrimas".
Sus milagros y la misión de su vida fueron terriblemente mal comprendidos, y Jesús sintió la necesidad de orar, durante horas.
El Monte de la Transfiguración
Después de otro día de agotador ministerio a multitudes de personas, Jesús lleva a tres de sus discípulos a una montaña (Lucas 9:28). En El Deseado de todas las gentes leemos este emocionante informe:
"La noche se estaba acercando cuando Jesús llamó a su lado a tres de sus discípulos, Pedro, Santiago y Juan, y los condujo, a través de los campos y por una senda escarpada, hasta una montaña solitaria. El Salvador y sus discípulos habían pasado el día viajando y enseñando, y la ascensión a la montaña aumentaba su cansancio. Cristo había aliviado a muchos dolientes de sus cargas mentales y corporales, había hecho pasar impulsos de vida por sus cuerpos debilitados; pero también él estaba vestido de humanidad y, juntamente con sus discípulos, se sentía cansado por la ascensión. [...]
"Los discípulos no se atrevían a preguntarle a Cristo adónde iba ni con qué fin. Con frecuencia, él había pasado noches enteras orando en las montañas. Aquel cuya mano había formado los montes y los valles se encontraba en casa con la naturaleza, y disfrutaba su quietud. [...]
"Finalmente, Cristo les dice que no han de ir más lejos. Apartándose un poco de ellos, el Varón de dolores derrama sus súplicas con fuerte clamor y lágrimas. Implora fuerzas para soportar la prueba en favor de la humanidad. Él mismo debe establecer nueva comunión con la Omnipresencia, porque únicamente así puede contemplar el futuro. Y vuelca los anhelos de su corazón en favor de sus discípulos, para que en la hora del poder de las tinieblas no les falte la fe. El rocío cae abundantemente sobre su cuerpo postrado, pero él no le presta atención. Las espesas sombras de la noche lo rodean, pero él no considera su lobreguez. Y así las horas pasan lentamente. Al principio, los discípulos unen sus oraciones a las suyas con sincera devoción; pero después de un tiempo los vence el cansancio. [...] Jesús les ha hablado de sus sufrimientos; los trajo consigo para que pudiesen orar con él; aun ahora está orando por ellos. El Salvador ha visto la tristeza de sus discípulos, y ha deseado aliviar su pesar dándoles la seguridad de que su fe no ha sido inútil".
Con su misión divina groseramente mal comprendida aun por sus discípulos, Jesús es impulsado a orar durante horas.
Después de compartir la comida pascual con sus discípulos, Jesús camina con ellos al monte de los Olivos. Al enfrentar su ejecución, lo encontramos orando en Getsemaní. Vale la pena leer con cuidado la descripción que hace Elena de White de esta noche:
"En compañía de sus discípulos, el Salvador se encaminó lentamente hacia el huerto de Getsemaní. La luna de Pascua, ancha y llena, resplandecía desde un cielo sin nubes. [...]
"Jesús había estado conversando fervientemente con sus discípulos e instruyéndolos; pero al acercarse a Getsemaní se fue sumiendo en un extraño silencio. Con frecuencia, había visitado este lugar para meditar y orar; pero nunca con un corazón tan lleno de tristeza como esta noche de su última agonía. [...] Ahora se contaba con los transgresores. Debía llevar la culpabilidad de la humanidad caída. Sobre el que no conoció pecado debía ponerse la iniquidad de todos nosotros. [...] Sintiendo cuan terrible es la ira de Dios contra la transgresión, exclama: 'Mi alma está muy triste hasta la muerte'. [...]
"Su cuerpo se tambaleaba como si estuviese por caer. [...] Cada paso le costaba un penoso esfuerzo. Dejaba oír gemidos como si lo agobiase una terrible carga. Dos veces lo sostuvieron sus compañeros, pues sin ellos habría caído al suelo.
"Cerca de la entrada del huerto, Jesús dejó a todos sus discípulos, menos tres, rogándoles que orasen por sí mismos y por él. Acompañado por Pedro, Santiago y Juan, entró en los lugares más retirados. [...] Y ahora, en su grande lucha, Cristo deseaba su presencia inmediata. Con frecuencia habían pasado la noche con él en este retiro. En esas ocasiones, después de unos momentos de vigilia y oración, se dormían apaciblemente a corta distancia de su Maestro, hasta que los despertaba por la mañana. [...] Pero ahora deseaba que ellos pasasen la noche con él en oración. Sin embargo, no podía sufrir que aun ellos presenciasen la agonía que él había de soportar.
" 'Quedaos aquí –dijo–, y velad conmigo'.
"Fue a corta distancia de ellos [...] y cayó postrado en el suelo. Sentía que el pecado lo estaba separando de su Padre. La sima era tan ancha, negra y profunda que su espíritu se estremecía ante ella. No debía ejercer su poder divino para escapar de su agonía. Como hombre, debía sufrir las consecuencias del pecado del hombre. Como hombre, debía soportar la ira de Dios contra la transgresión. [...]
"Sintiendo quebrantada su unidad con el Padre, temía que su naturaleza humana no pudiese soportar el venidero conflicto con las potestades de las tinieblas.
"El conflicto era terrible. Se medía por la culpabilidad de su nación, de sus acusadores y su traidor, por la de un mundo que yacía en la iniquidad. Los pecados de los hombres descansaban pesadamente sobre Cristo, y el sentimiento de la ira de Dios contra el pecado abrumaba su vida.
"Mirémoslo contemplando el precio que ha de pagar por el alma humana. En su agonía, se aferra al suelo frío, como para evitar ser alejado más de Dios. El frío rocío de la noche cae sobre su cuerpo postrado, pero él no le presta atención. [...]
"[Aun cuando los discípulos veían a Jesús] casi no lo conocieron; tan cambiado por la angustia había quedado su rostro. [...]
"Al apoderarse de él la agonía del alma, 'fue su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra'. [...]
"La humanidad del Hijo de Dios temblaba en esa hora penosa. Oraba ahora no por sus discípulos, para que su fe no faltase, sino por su propia alma tentada y agonizante. Había llegado el momento pavoroso, el momento que había de decidir el destino del mundo. La suerte de la humanidad pendía de un hilo. [...] [Entonces] las palabras caen temblorosamente de los pálidos labios de Jesús: 'Padre mío, si no puede este vaso pasar de mí sin que yo lo beba, hágase tu voluntad'. [...]
"Habiendo hecho la decisión, cayó moribundo al suelo". No debemos pasar nunca por el Getsemaní en forma apresurada. Exige valor meditar en esas oraciones extremas de Jesús. De las muchas lecciones que necesitamos aprender allí, ver a Dios orando a Dios seguramente es la suprema.
La crucifixión
Durante las horas que rodearon la cruz, Jesús oró a su Padre. Los escritores de los evangelios registran sus "Siete últimas palabras", varias de las cuales son oraciones:
"Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lucas 23:34).
Es la segunda Persona de la Trinidad la que pronuncia esta oración: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". Escucha al Hijo pronunciar esta oración íntima a su Padre.
Nadie desviará el martillo que clavó a Jesús a la cruz; nadie vendrá en su rescate. Para los soldados romanos, endurecidos por las ejecuciones, esto era solo otro viernes. Sin embargo, hay algo que hace que la muerte de este Hombre sea excepcional: su oración, "Padre, perdónalos". Elena de White hace saber que "esa oración de Cristo por sus enemigos abarcaba al mundo. Abarcaba a todo pecador que hubiera vivido desde el principio del mundo o fuese a vivir. [...] Sobre todos recae la culpabilidad de la crucifixión del Hijo de Dios".
"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Mateo 27:46).
No hay oración que rivalice con esta en toda la Escritura. En este momento solitario, Jesús no usa la forma familiar "Padre" al orar. ¿Qué significa esto? Este momento extremo de su sacrificio, cuando la Trinidad se ha dividido y Dios se ha separado de Dios, Jesús no podía ver el rostro de su Padre. Extrae de sus labios el grito más penetrante de la Biblia, el "grito de desamparo". Esta oración agonizante está dirigida, en forma poco característica, a "Mi Dios", y no a "Mi Padre", porque Jesús estaba experimentando plenamente la separación definitiva y horrenda de Dios que el pecado puede causar. La comprensión que tuvo Elena de White es gráfica: "Sobre Cristo como Sustituto y Garantía nuestro fue puesta la iniquidad de todos nosotros. Fue contado por transgresor, a fin de que pudiese redimirnos de la condenación de la Ley. La culpabilidad de cada descendiente de Adán abrumó su corazón. La ira de Dios contra el pecado, la terrible manifestación de su desagrado por causa de la iniquidad, llenó de consternación el alma de su Hijo. [...] Pero, en estos momentos, sintiendo el terrible peso de la culpabilidad que lleva, no puede ver el rostro reconciliador del Padre. Al sentir el Salvador que de él se retraía el semblante divino en esta hora de suprema angustia, atravesó su corazón un pesar que nunca podrá comprender plenamente el hombre. Tan grande fue esa agonía que apenas le dejaba sentir el dolor físico.
"Con fieras tentaciones, Satanás torturaba el corazón de Jesús. El Salvador no podía ver a través de los portales de la tumba. [...] El sentido del pecado, que atraía la ira del Padre sobre él como sustituto del hombre, fue lo que hizo tan amarga la copa que bebía el Hijo de Dios y quebró su corazón. [...] En aquella hora terrible, Cristo no fue consolado por la presencia del Padre".
"Consumado es" (Juan 19:30).
Este no es un grito de derrota. ¡Es un grito triunfante porque se ha producido la salvación! El reinado de Cristo no ha sido descarrilado por la cruz. Más bien, esta es la forma en que Cristo reina. Jesús ha terminado lo que solamente Dios podía terminar. Su sacrificio excede toda deuda.
"Una luz circuyó la cruz y el rostro del Salvador brilló con una gloria como la del sol. [...]
"Cristo no entregó su vida hasta que hubo cumplido la obra que había venido a hacer, y con su último aliento exclamó: 'Consumado es'. La batalla había sido ganada. [...] Como Vencedor, plantó su estandarte en las alturas eternas".
"Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lucas 23:46).
Jesús comenzó el sacrificio de su crucifixión orando a su Padre, y ahora muere como Vencedor, otra vez orando a su Padre. Un endurecido centurión romano, que presenció centenares de crucifixiones, viendo a Jesús que moría, "dio gloria a Dios, diciendo: Verdaderamente este hombre era justo" (Lucas 23:47).
¿Qué podemos aprender?
La vida de oración de Cristo, y especialmente sus últimas oraciones, nos obligan a darnos cuenta de que lo que hoy pasa como oración es más bien despreciable. Aunque los cristianos hablan con facilidad del privilegio de la oración, el ejemplo de Jesús revela cuánto podríamos aprender.
"El poder de Dios no ha disminuido. Sería tan libremente otorgado ahora como antes; pero la iglesia ha perdido su fe para reclamar, su energía para luchar, como hizo Jacob, clamando: 'No te dejaré, si no me bendices' (Génesis 32:26). [...]
"Muchos están tan absortos en sus cuidados y perplejidades mundanales que tienen poco tiempo para orar, y sienten poco interés en la oración. [...] Estos se han apartado mucho del Modelo. Jesús, nuestro Ejemplo, oraba mucho, y ¡oh, cuán fervientes, cuán serias eran sus peticiones! Si él, el amado Hijo de Dios, era movido por ese fervor, esa agonía, en nuestro favor, cuánto más necesitamos nosotros, que dependemos del Cielo para toda nuestra fuerza, sentir nuestras almas enteras sacudidas para luchar con Dios".
Jesús no vino al mundo para tener relaciones sociales con sus amigos. Vino para morir por sus enemigos. Su propio pueblo mató a sus profetas, muy confiado en su propia justicia, y luego crucificó a su Salvador. Las naciones que rodeaban a Israel creían en un panteón de dioses guerreros, y el mundo estaba manchado por violencia sangrienta. Los escritores bíblicos, rehusando disminuir la extensión de nuestros pecados, magnifican los asombrosos actos de amor y las oraciones de Jesús.
"Cristo, durante su vida terrenal, buscaba a su Padre diariamente en procura de nuevas provisiones de la gracia que necesitaba; y de esta comunión con Dios salía para fortalecer y bendecir a otros. ¡Contemplad al Hijo de Dios postrado en oración ante su Padre! Aunque es el Hijo de Dios, fortalece su fe por la oración, y por la comunión con el cielo acumula poder para resistir el mal y para atender las necesidades de los hombres".
Dios orando a Dios. Con los discípulos, clamamos: "Señor, ensénanos a orar".
Amy-Jill Levine hace un comentario interesante acerca del Padrenuestro: "Esta oración bien judía, registrada en el Nuevo Testamento bien cristiano [...] es bien apropiada dentro de la piedad judía. De este modo, Jesús realmente proporciona un puente, en vez de una cuña, entre los cristianos y los judíos. A su vez, muchas oraciones judías -es decir, oraciones recitadas en la antigüedad así como hoy por los judíos- podrían tener igual resonancia con los cristianos" (The Misunderstood Jew: The Church and the Scandal of the Jewish Jesús [Nueva York: HarperOne, 2006], p. 510).
Cuando intercedía por Sodoma, "Abraham manifestó la confianza de un niño que suplica a un padre a quien ama. Se aproximó al mensajero celestial y, fervientemente, le hizo su petición. A pesar de que Lot habitaba en Sodoma, no participaba de la impiedad de sus habitantes. Abraham pensó que en aquella populosa ciudad debía haber otros adoradores del verdadero Dios. [...] Abraham no imploró solo una vez, sino muchas, atreviéndose a más a medida que obtuvo la seguridad de que, aunque hubiese allí solo diez personas justas, la ciudad sería perdonada. El amor hacia las almas a punto de perecer inspiraba la oración de Abraham. Aunque detestaba los pecados de aquella ciudad corrompida, deseaba que los pecadores pudieran salvarse" (Conflicto y valor, p. 51). Moisés también intercedió con Dios en favor de los hijos de Israel (Éxodo 34:8,9). En la dedicación del Templo, Salomón oró fervientemente (1 Reyes 8:22-54). El profeta Daniel oró frente a la muerte (Daniel 6:10, 11) y por su pueblo (9:3-19).
El Deseado de todas las gentes, p. 330. Elena de White escribe con vigor sobre la vida de oración de Jesús: "En una vida completamente dedicada al beneficio ajeno, el Salvador hallaba necesario retirarse de los caminos muy transitados y de las muchedumbres que lo seguían día tras día. Debía apartarse de una vida de incesante actividad y contacto con las necesidades humanas, para buscar retraimiento y comunión directa con su Padre. Como uno de nosotros, participante de nuestras necesidades y debilidades, dependía enteramente de Dios, y en el lugar secreto de oración buscaba fuerza divina, a fin de salir fortalecido para hacer frente a los deberes y las pruebas. En un mundo de pecado, Jesús soportó luchas y torturas del alma. En la comunión con Dios, podía descargarse de los pesares que lo abrumaban. Allí encontraba consuelo y gozo" (El Deseado de todas las gentes, p. 330; el énfasis fue añadido).
Esto debió de haber sido un momento asombroso, porque Mateo y Marcos también informan la reacción del centurión romano: "El centurión y los que estaban con él guardando a Jesús, visto el terremoto, y las cosas que habían sido hechas, temieron en gran manera y dijeron: Verdaderamente éste era Hijo de Dios" (Mateo 27:54). "Y el centurión que estaba frente a él, viendo que después de clamar había expirado así, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios" (Marcos 15:39).