El diluvio y el pacto

Una madre ahoga a sus cinco hijos en una bañera y luego finge locura. Unos terroristas dirigen aviones de pasajeros para que choquen contra las Torres Gemelas de Nueva York, matando a más de tres mil personas inocentes, incluyendo centenares de valientes operarios de rescate. Un suicida hace estallar una pizzería en Jerusalén. Estos son sólo unos pocos titulares recientes que indican que el mundo está avanzando en espiral sin control. Sin embargo, hubo un tiempo cuando las cosas eran aún peores.

Dios describió la humanidad de los días de Noé como tan degradada que “todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Gén. 6:5). Sólo se siente el verdadero impacto de esta descripción dentro del contexto de la declaración de Dios al final de la creación cuando afirmó que todo “era bueno en gran manera” (Gén. 1:31). El pecado había corrompido de tal manera la perfecta creación de Dios que su desintegración había alcanzado proporciones fantásticas en los días de Noé.

Con este trasfondo de devastación anterior al diluvio, reflexionemos por un momento en la naturaleza del pecado. Las Escrituras definen al pecado de diversas maneras, las que se complementan mutuamente dando un concepto amplio de su naturaleza. El pecado es rebelión; el pecado es iniquidad; el pecado es transgresión; el pecado es infracción; el pecado es ilegalidad; el pecado es impiedad. Todas estas definiciones incluyen una característica en común: el desafío contra Dios.

EL ORIGEN, LAS CONSECUENCIAS Y LA DIFUSIÓN DEL PECADO

La Biblia revela que el pecado ya había invadido el universo antes de la caída de Adán y Eva. Este poder satánico preexistente se manifestó por medio de la serpiente en el jardín del Edén y sedujo al primero hombre y la primera mujer a que pecaran. Génesis 3 despliega la trágica historia. “Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría” (Gén 3:6). Pero el pecado no comenzó con una codicia física o sensual, o aun una codicia visual. Tal concepto de la entrada del pecado en este mundo deja de captar la esencia del asalto de Satanás y el engaño por medio del cual entrampó a Eva. Satanás dirigió su ataque contra la integridad y la veracidad de Dios (Gén. 3:4) y sedujo a Eva al asegurarle que ella, como Dios, conocería el bien y el mal (Gén. 3:5). Ser como Dios significa no tener más necesidad de Dios. El problema del pecado en el jardín del Edén fue que Eva le dio a Satanás el lugar que le pertenece sólo a Dios; y Adán, a su vez, dio ese lugar a Eva. La transgresión de Adán y Eva significaba repudiar la autoridad de Dios, dudar de su bondad y sabiduría, como también rechazar su justicia y una contradicción a su veracidad.

Como consecuencia del pecado, la actitud del hombre hacia Dios cambió. Ahora, en lugar de dar la bienvenida al compañerismo con él, Adán y Eva “se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto” (Gén. 3:8). También se fabricaron algo con que cubrirse. Ahora temían el encuentro con su Señor. Tanto la vergüenza como el temor dominaban su experiencia, indicando que había ocurrido una ruptura básica en su relación con Dios.

Otra consecuencia del pecado se mostró en la actitud mutua del hombre. Adán y Eva, ahora en un estado de temor y vergüenza, comenzaron a separarse el uno del otro (ver Gén. 3:12).

El pecado afectó a la raza entera cuando la muerte entró en el mundo. Dios le había declarado a la primera pareja que si comían del árbol del árbol, “ciertamente morirás” (Gén. 2:17). La muerte, en su sentido último, significa una separación final de Dios. Esto es lo que significó el primer pecado de Adán para toda la raza humana (Rom. 5:12, 14-19; 1 Cor 15:22).

El pecado produjo consecuencias que se extendieron también al mundo físico. Dios dijo, por ejemplo: “Maldita será la tierra por tu causa” (Gén .3:17; compara con Rom. 8:22). La creación entera sintió las repercusiones del pecado.

Desde Génesis 4 hasta Génesis 6:5, se despliega un cuadro de difusión y crecimiento del pecado. El pecado destruye como una avalancha. Produce un abismo cada vez más ancho entre Dios y los seres humanos. Pasa desde la desobediencia (Gén. 3:1 -7) al asesinato (Gén. 4:8) al homicidio temerario, a una codicia enorme (Gén. 4:23, 24), y a una corrupción y una violencia totales (Gén. 6:1-12).

Por eso, cuando Dios dijo en los días de Noé que “todos sus pensamientos tendían siempre hacia el mal” (Gén. 6:5, NVI), hizo una evaluación amplia. La palabra “designio” (del hebreo yeser) significa “propósito” o “intención”. La palabra corazón designa el asiento del pensamiento y de los poderes de la razón, y generalmente se refiere a la mente con todas sus facultades.

¡Qué evaluación terrible: todos los propósitos, intenciones y designios de los hombres eran de continuo solamente al mal!

LA REACCIÓN INTERIOR DE DIOS

No es frecuente que obtengamos de las Escrituras una vislumbre de la vida interior de Dios. Pero Génesis 6:6 nos da una vislumbre de su reacción ante el enorme y terrible crecimiento del pecado. Esta vislumbre se revela de dos maneras. Primero, Dios “se arrepintió” (RV 1960, NVI), “le pesó” (Biblia de Jerusalén [BJ]). Este “arrepentimiento” no es idéntico al arrepentimiento humano. La lengua hebrea en el Antiguo Testamento usa en forma consistente una palabra específica al referirse al arrepentimiento de Dios: nacham. No implica una falta de previsión de parte de Dios, ni una vacilación en su naturaleza o propósito, En este sentido, Dios no se arrepiente de nada (1 Sam. 15:29). Por supuesto, el arrepentimiento de Dios no involucra un aspecto de culpabilidad o de pecado. La palabra se emplea sencillamente para presentar la verdad “de que Dios, en consonancia con su inmutabilidad, cambia de posición respecto al hombre quien ha cambiado”.

La segunda reacción que revela Génesis 6:6 es la tristeza de Dios. “Le dolió en su corazón” a Dios, profundamente herido por la humanidad y su maldad. Esta descripción de Dios como un ser cuyo corazón puede dolerse por nuestro pecado va en contra del concepto de que Dios es una idea estática, abstracta, indiferente, o como un principio inflexible. Lo revela como abierto al impacto del pecado humano, como un Dios que se siente afectado por lo que ocurre entre sus criaturas humanas.

Pocos seres humanos reflexionan sobre el profundo dolor que el pecado infligió al corazón de Dios. Piensan que Dios no se vio afectado por nuestra desesperación. Pero el cuadro bíblico lo muestra en forma diferente. Lo describe como profundamente involucrado en lo que respecta al pecado: por cierto no en el sentido de que él mismo es pecaminoso, sino más bien porque él responde con profundo dolor cuando los seres humanos pecan. Esta vislumbre del corazón de Dios revela que él no juzga el pecado humano fríamente, sino en cambio, de manera de controlarlo. Esta clase de acción refleja la clase de situación descrita en Génesis 6:6.

Dios decidió que la difusión masiva y continuada del pecado necesitaba ser controlada. Una perversión total de la voluntad y el poder razonador del hombre demandaba una acción drástica. Ese juicio vendría en la forma de un diluvio mundial destructivo, que eliminaría “toda carne”. Dios dijo: “Raeré de sobre la faz de la tierra a los hombres que he creado, desde el hombre hasta la bestia, y hasta el reptil y las aves del cielo” (Gén. 6:7). Este pasaje define la referencia en Génesis 6:13 donde Dios afirma: “He decidido el fin de todo ser, porque la tierra está llena de violencia a causa de ellos”. Aclara que la expresión “toda carne” incluye desde “el hombre hasta la bestia, y hasta el reptil y las aves” Ellos habían llenado la tierra con violencia y maldad.

LA BONDADOSA SALVACIÓN DIVINA DE LOS JUSTOS

Varios detalles presentados en Génesis 6, específicamente en los versículos 8 y 9, se refieren a la salvación de Noé y su familia. Tres características principales de la vida de Noé contrastan vívidamente contra el mal, la violencia y la corrupción de su propia generación. Primero, Noé era “varón justo” (Gén. 6:9). Su justicia consistía en la integridad de su relación con Dios. Una “persona justa” en el Antiguo Testamento hace justicia a la relación en la que se encuentra con Dios. Si una persona está en una relación de fe, confianza y dependencia de Dios, que resulta en su obediencia a Dios, esa persona es llamada “justa”.

Segundo, Noé es llamado “perfecto” (Gén. 6:9, RV6O), “honrado” (NVI). Las palabras no indican un estado de perfección absoluta o sin pecado, sino de integridad moral. Este compromiso completo le permitió estar sin mancha delante de Dios.

Tercero, Noé “caminó” con Dios (Gén. 6:9). La expresión trasmite la idea de principios constantes y fieles. Es la última persona de la época antediluviana y la primera de la pos-diluviana que caminó con Dios. Como tal, es un ejemplo del remanente de fe que sobrevivirá al cataclismo del fin del tiempo (Heb. 11:7).

EL PACTO CON NOE ANTERIOR AL DILUVIO

Hemos notado antes que la primera referencia explícita en las Escrituras con respecto a hacer un pacto, aparece en Génesis 6:18: “Más establecerá mi pacto contigo, y entrarás en el arca tú, tus hijos, tu mujer, y las mujeres de tus hijos contigo”. Una comparación cuidadosa de las palabras con otras declaraciones de pactos en el Antiguo y el Nuevo Testamentos revela que contiene los puntos esenciales del pacto bíblico. Definidamente un pacto entre Dios y el hombre es el pacto que Dios hizo con Noé.

Encontramos que aquí se mencionan las partes que hacen el pacto: Dios y el hombre. En los pactos bíblicos, Dios y el hombre se relacionan, y Dios toma la iniciativa. Aquí también encontramos esta situación.

El mandato: “Entra tú en el arca”, revela que el pacto de Dios con Noé estipulaba una obligación. La idea del pacto aquí está lejos de la idea de un contrato, alianza, unión o acuerdo entre Dios y Noé. De hecho, es el pacto de Dios (“mi pacto”), y Noé y su familia fueron los receptores y los beneficiarios de la bendición del pacto como resultado de su obediencia.

La declaración de Génesis 6: 18, aunque breve, contiene conceptos profundos. Predice provisiones para el futuro de la humanidad. Al establecer este pacto con el superviviente del diluvio y su familia, Dios otorga su abundante gracia y misericordia. La seguridad de la humanidad en el presente y la seguridad de la salvación en el futuro surgen de la gracia de Dios y del acto divino en favor de ellos. Dios mismo se muestra como un Dios misericordioso y lleno de gracia, constante en su amor por la humanidad.

La expresión típica del establecimiento de un pacto no aparece en este pasaje, específicamente, la que se usa en ochenta lugares del Antiguo Testamento: “cortar un pacto”, o en la expresión típica y apropiada de “hacer un pacto”. Aquí el término usado es establecer (heqím). Una investigación cuidadosa de este término en relación con el establecer un pacto, revela la importancia de “mantener” o “confirmar” (comparar Deut. 9:5; 27:26; 1Sam. 15:11; 2 Sam. 7:25; 2 Rey. 23:3, 24; etc.). Este descubrimiento nos da la impresión de que el establecimiento divino del pacto implica el mantenimiento de un compromiso en el que Dios se ha empeñado con anterioridad.

Aun cuando Génesis 6:18 es la referencia más temprana a un pacto en la Biblia, el uso de este término hebreo específico en relación con él implica que Dios había hecho previamente un pacto con la humanidad. En este sentido, el pacto de Dios con Noé puede considerarse como una renovación de su pacto con Adán, al que la Biblia se refiere implícitamente en Génesis 3:15.

Obviamente, Noé respondió con fe y obediencia a la invitación de Dios de hacer en un pacto con él al entrar en el arca. Noé y su familia demostraron la clase de obediencia que surge de una confianza total y completa en Dios, en lugar de la obediencia que tiene la intención de ganar méritos ante Dios.

Génesis 9:8 al 17 describe el pacto posterior al diluvio que Dios hizo con Noé y su familia. Es amplio pues incluye los animales también, y demuestra que la provisión de la gracia de Dios no depende necesariamentede la comprensión o la obediencia de parte de los beneficiarios del pacto. Es importante notar que el pacto de Génesis
9:8 al 1 17 es el primero y el único pacto bíblico que en su alcance es totalmente universal.

El pacto posdiluviano que Dios hizo con Noé se describe, a veces, como un pacto incondicional porque no menciona ninguna condición u obligación específica impuesta a los seres humanos. No resulta completamente claro si las instrucciones en los siete versículos anteriores deben considerarse como las obligaciones del pacto . Algunos eruditos las han entendido como que están relacionados, y por eso sugieren que este pacto es condicional. De cualquier manera, aun si no hay obligaciones explícitas observables fácilmente, se supone que debe estar implícitas, porque son parte de todos los pactos.

En el pacto hecho con Noé después del diluvio, Dios prometió que nunca más un diluvio universal destruiría toda la tierra. Esta promesa no implica, sin embargo, que Dios está obligado a no destruir al mundo otra vez por otros medios que no sean el agua. Su plan revelado es usar un gran fuego destructor para terminar con toda la maldad al fin de la historia humana (2 Ped. 3:7, 10, 11; Apoc. 20:9). Esta in intención de ninguna manera contradice la promesa que Dios hizo a Noe y sus descendientes. “Así destruirá Dios a los impíos de la tierra. Pero los justos serán protegidos en medio de estas conmociones, como lo fue Noé en el arca. Dios será su refugio y tendrán confianza bajo sus alas protectoras”.

Sólo tres pactos bíblicos incluyen señales explícitas del pacto. En el pacto posterior al diluvio hecho con Noé, la señal es el arco iris (Gén. 9:12, 13), producido por la refracción de la luz solar a través d .e las gotas de lluvia.

Por cuanto las señales bíblicas cumplen funciones importantes, resulta útil comprender la naturaleza de la señal ligada a este pacto. Por definición, las señales apuntan a algo más allá de sí mismas, proveyendo una garantía o un compromiso. Pueden impartir conocimiento, servir como protección, producir fe, o hacer recordar y con confirmar:

La mayoría de estos aspectos aparecen en la señal del arco iris. En contraste con las otras dos señales del pacto (que serán consideradas más tarde), el arco iris es una señal física, externa en las nubes que le hace recordar a Dios su pacto (Gén. 9:15, 16) de que nunca destruirá otra vez la tierra con un diluvio. Aunque el arco iris nos recuerda que Dios una vez castigó la maldad con un diluvio universal, garantiza que cuando las nubes traen lluvia, no necesitamos temer otro diluvio. Nos recuerda que Dios ha cumplido y cumplirá su pro mesa de nunca volver a traer un diluvio para destruir la tierra. El arco iris, como un recordativo de la fidelidad de Dios a su promesa, debiera hacer surgir fidelidad en nosotros, y servirnos como un poderoso factor disuasivo de una vida de pecado.

EL PACTO Y EL REMANENTE DE FE

Pocas personas perciben que la primera mención específica de un remanente en la Biblia aparece en Génesis 7:23. “Quedó sola mente Noé, y los que con él estaban en el arca”. La palabra traducida “quedó” deriva de la raíz hebrea saar, la que de diversas formas expresa la idea del remanente en el Antiguo Testamento.

En contraste con esta referencia explícita, antes de ella aparece en el Antiguo Testamento una referencia implícita a un remanente, dentro de la narración del primer homicidio. Después que Abel fue asesinado, sólo Caín quedó como el progenitor de la raza humana hasta que otros hijos les nacieron a Adán y Eva (Gén. 4:1-15). En forma significativa y comprensiva, a Caín no se lo llama un remanente porque él no es un ejemplo de un remanente de fe, que es un tema recurrente en el Antiguo Testamento. En contraste con la referencia a un remanente literal en el caso de Caín, la referencia a un remanente fiel en Génesis 7:23 es más significativo. Noé y su familia sobrevivieron al diluvio y llegaron a ser los portadores de vida para el futuro de toda la humanidad. Por medio de ellos, también las bendiciones de la vida llegan a la humanidad pos-diluviana.

No podemos pasar por alto el hecho de que el remanente que sobrevivió a la primera catástrofe mundial fue un pueblo de fe y confianza (Gén. 6:9 y 7:1). Siendo que la Biblia usa el diluvio de Noé como un tipo de la destrucción del fin del tiempo, esta observación tiene mucha importancia. También es importante reconocer que al fin, el remanente que será salvado será otra vez un pueblo que responda a Dios con fe y obediencia. Será un remanente que, como Noé, estará en una relación correcta con Dios, un remanente perfecto en su esfera, un remanente que camina con Dios (Apoc. 12:17).

¿Quién pertenecerá a ese remanente al fin del tiempo ? ¿Serás tú uno de ellos?