La
Idolatría
Parte 1
La historia de la religión del AT puede narrarse, en su mayor parte,
en función de la tensión provocada por el conflicto entre un concepto
espiritual de Dios y el culto, la marca distintiva de la fe genuina de Israel,
y diversas presiones, tales como la idolatría, que trataban de rebajar
y materializar la conciencia y la práctica religiosas nacionales. En
el AT no encontramos un ascenso desde la idolatría a la adoración
pura de Dios, sino más bien un pueblo con un culto puro y una teología
espiritual, luchando continuamente, por medio de líderes espirituales
levantados por Dios, contra las seducciones religiosas que, a pesar de todo,
a menudo atraían a la masa del pueblo. La idolatría es una degradación
de la norma, y no una etapa primitiva superada gradualmente y con dificultad.
Si consideramos la totalidad de los elementos probatorios que ofrece la religión
de los patriarcas, encontraremos que era una religión de altar y de oración,
no de ídolos. Ciertos acontecimientos, todos asociados con Jacob, podrían
aparecer como idolatría patriarcal. Por ejemplo, Raquel robó los
terafines (“ídolos”, °vrv2) de su padre (Gn. 31.19).
En sí mismo lo único que esto podría probar es que la esposa
de Jacob no había podido liberarse completamente de su ambiente religioso
mesopotámico (cf. Jos. 24.15). Si estos objetos tenían significación
legal además de religiosa, el que los poseía tenía el derecho
de sucesión sobre la propiedad familiar (terafines). Esto explica la
ansiedad de Labán por recuperarlos, a pesar de no destacarse como hombre
religioso, y el cuidado con que excluye a Jacob de la Mesopotamia por medio
de un tratado en términos muy bien pensados, cuando no puede encontrarlos
(Gn. 31.45ss). Se sostiene que las piedras (“pilares”, °vm)
de Jacob (Gn. 28.18; 31.13, 45; 35.14, 20) son las mismas piedras idolátricas
con las que estaba familiarizado Canaán. La interpretación no
es ineludible. La piedra de Bet-el está relacionada con el voto de Jacob
(véase Gn. 31.13), y es más fácil interpretar que pertenece
a la categoría de los monumentos conmemorativos (p. ej. Gn. 35.20; 24.27;
1 S. 7.12; 2 S. 18.18). Finalmente, la prueba de Gn. 35.4, a menudo empleada
como indicación de la idolatría patriarcal, en realidad se refiere
a la reconocida incompatibilidad entre los ídolos y el Dios de Bet-el
Jacob debe desprenderse de los objetos inaceptables antes de presentarse ante
este Dios. El hecho de que Jacob los haya “escondido” no debe interpretarse
como que tuvo miedo de destruirlos debido a razones de reverencia supersticiosa.
Sería permitir que las sospechas gobernaran la exégesis, si hacemos
más que suponer que esta era la manera más simple, así
como la más efectiva, de deshacerse de objetos no combustibles.
El peso de las pruebas relacionadas con el período mosaico resulta igual.
El relato del becerro de oro (Ex. 32) revela hasta dónde llegaba el contraste
entre la religión emanada del monte Sinaí y la forma de religión
aceptable para el corazón no regenerado. Vemos que estas religiones son
incompatibles. La religión del Sinaí es decididamente enemiga
de las imágenes. Moisés advirtió al pueblo (Dt. 4.12) que
la revelación de Dios que se les otorgó allí no tenía
“figuras”, a fin de que no se corrompiera con imágenes. Esta
es la posición mosaica esencial, como podemos ver en el Decálogo
(Ex. 20.4; cf. Ex. 34.17). Debemos notar que la prohibición de Dt. 4.12
pertenece a la esfera de la religión, y no a la de la teología.
Es correcto hablar de una “figura” del Señor, y Dt. 4.12
y Nm. 12.8 tienen el término temuna (“figura”) en común.
Pero haberla llevado a la práctica religiosa habría significado
para Israel corromper la verdad y la vida. Este es un notable testimonio del
carácter no icónico del culto de Israel. El segundo mandamiento
era único en el mundo en aquellos días, y el hecho de que la arqueología
no haya podido encontrar una representación de Yahveh (en épocas
en las que los ídolos abundaban en todas las demás religiones)
indica el lugar fundamental que dicho mandamiento ocupó en la religión
de Israel desde los días de Moisés.
El registro histórico de Jueces, Samuel, y Reyes narra la misma historia
del abandono por la nación de las formas espirituales propias de su religión.
El libro de los Jueces, por lo menos a partir del cap(s). 17, se propone deliberadamente
poner de manifiesto una época de rebeldía y desorden generales
(cf. 17.6; 18.1; 19.1; 21.25) No deberíamos pretender ver en los acontecimientos
del cap(s). 19 la norma de la moralidad israelita. Se trata, sencillamente,
de la historia de una sociedad degradada; del mismo modo no nos asisten razones
para ver en la historia de Micaía (Jue. 17–18) una etapa fiel pero
primitiva de la religión de Israel. El mismo comentario por parte del
autor de Jueces hace ver, a su vez, la corrupción religiosa (17.1–13;
véase vv. 6), la inquietud social y el desorden (18.1–31; véase
v.1), como también la declinación moral (19.1ss) de la época.
No se detalla la forma que tenían las imágenes de Micaía.
Se ha sugerido que, dado que posteriormente llegaron a ocupar un lugar en el
santuario danita en el N, tenían forma o figura de becerro o toro. Es
muy posible, porque es sumamente significativo que cuando Israel se inclinó
a la idolatría, siempre tuvieron que imitar las formas exteriores del
paganismo existente en la región, lo cual indica que había algo
en la naturaleza misma del culto a Yahvéh que evitaba el desarrollo de
formas o figuras idolátricas autóctonas. Los becerros de oro hechos
pog Jeroboam (1 R. 12.28) eran símbolos cananeos muy conocidos, e igualmente,
cada vez que los reyes de Judá e Israel cayeron en la idolatría
lo hicieron copiando de otros pueblos y elaborando sincretismos. H. H. Rowley
(Faith of Israel, pp. 77s) afirma que los indicios de idolatría que existieron
después de Moisés, se explican ya sea por la tendencia al sincretismo
o por la tendencia que tienen las costumbres extirpadas en una generación
a aflorar nuevamente en la generación siguiente (cf. Jer. 44). A estas
podríamos añadir la tendencia a corromper el empleo de algo que
en sí era permisible: el uso supersticioso del efod (Jue. 8.27), y el
culto a la serpiente (2 R. 18.4).
Las principales formas de idolatría en las que cayó Israel fueron
el uso de imágenes grabadas y fundidas, las columnas, el culto a Asera,
y los Terafines. La masseka, o imagen de fundición, se hacía colando
metal en un molde y dándole la forma con una herramienta (Ex. 32.4, 24).
Hay alguna duda sobre si esta figura y los becerros que posteriormente fabricó
Jeroboam estaban destinados a representar a Yahvéh, o si estaban concebidos
como pedestales sobre los cuales se lo entronizaba. La analogía de los
querubines (cf. 2 S. 6.2) sugiere esto último, opinión que también
recibe el apoyo de la arqueología (cf. G. E. Wright, Biblical Archaelogy,
pp. 148 [trad. cast. Arqueología bíblica, 1975], para una ilustración
del dios Hadad cabalgando sobre un toro). Sin embargo, los querubines no eran
visibles, y decididamente eran “de otro mundo” en lo que se refiere
a su aspecto. No podían indicar ninguna asociación inaceptable
entre el Dios soberano y paralelos terrenales. Los toros, por el contrario,
no estaban ocultos (por lo menos en cuanto a lo que sugiere la narración),
y no podían dejar de relacionar a Yahvéh con la religión
y la teología de la fertilidad.
Tanto los pilares como las imágenes de Asera estaban prohibidos en Israel
(cf. Dt. 12.3; 16.21–22). En los santuarios de Baal las imágenes
de este dios (cf. 2 R. 10.27) y el poste de Asera estaban al lado del altar.
Se consideraba al pilar como una representación estilizada de la presencia
del dios en el santuario. Era objeto de gran veneración; a veces tenía
partes ahuecadas para recibir la sangre de los sacrificios, y a veces, como
puede verse por su superficie pulida, sus devotos lo besaban. La imagen de Asera
era de madera, según se demuestra por su forma usual de destrucción,
que era por fuego (Dt. 12.3; 2 R. 23.6), y probablemente su origen fue una planta
perenne sagrada, símbolo de la vida. Su relación con los ritos
cananeos de la fertilidad bastaban para hacerlos abominables ante Yahvéh