El Sermón Apocalíptico de Mateo 24
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Dr. Alberto Treiyer
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Teólogo
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Introducción
Las palabras tan contrastantes de Jesús sobre el templo de Dios y su
ciudad culminaban, en cierta forma para el Israel antiguo, los tantos anuncios
proféticos que desde la antiguedad Dios había enviado acerca del
día del Señor. Ese día de juicio los profetas
lo anticiparon para con las ciudades de sus días, cuyos pecados llegaban
a un punto que rebasaban la paciencia divina. Sus ruinas fueron microcosmos
ilustrativos del juicio que tendría lugar, en el fin del mundo, en el
macrocosmos global y planetario, cuando los mismos pecados que las habían
causado pasasen a ser la nota tónica del mundo entero.
Esto entendían también los discípulos del Señor. Al ser testigos de la venida del Mesías prometido, pensaban que si había todavía un día del Señor para volver a destruir Jerusalén, debía ser el mismo día que traería a Jesús de los cielos para terminar con este mundo de pecado. Por eso le preguntaron, momentos más tarde, ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del mundo? (Mat 24:3). Y cuando más tarde Jesús ascendió a los cielos, confirmando su promesa de volver, volvieron a preguntarle: ¿Restituirás el reino a Israel en este tiempo? (Hech 1:6).
1. Microcosmos del fin
Este es el título de un artículo reciente que escribí,
por pedido, para la revista Vida Feliz. Allí vinculo la destrucción
de las torres gemelas con las predicciones del Espíritu de Profecía.
También, por analogía, con la introducción al sermón
profético de Jesús y otras profecías que anunciaron la
destrucción de algunas ciudades impías del mundo antiguo, incluyendo
la vieja Jerusalén.
Maestro, mira qué piedras y qué edificios (Mar 13:1 [Luc 21:5: adornado de hermosas piedras y dones]), atinó a decirle uno de ellos. Pero los sentimientos del Señor estaban muy lejos de la vanagloria humana que tanto agrada a los mortales. Para sorpresa de todos, Jesús le respondió: ¿Ves estos grandes edificios? No quedará piedra sobre piedra que no sea derribada (Mat 13:1-2).
¿En qué consistía el día del Señor, según los antiguos profetas? En un día amargo, de ira (Ez 22:24; Lam 2:22), de angustia (Isa 13:6ss; 19:16; Jer 30:5-7; Joel 1:16; Abd 12-15), de castigo, venganza, ruina y desolación (Isa 34:8; 63:4; Jer 46:10; 47:4; 50:27-28), de tinieblas y oscuridad (Eze 30:2-3), de guerra contra las ciudades fuertes y las altas torres (Sof 1:14-15; Am 5:18-20). ¿Qué es lo que Dios castigaba en aquellos prototipos pequeños del día final?
Ese día del Eterno, según Isaías, debía abatir la altivez de los ojos del hombre, y humillar la soberbia de los hombres, para que sólo el Señor fuese exaltado (Isa 2:11-12; 14:12-13; Jer 50:29-32). De allí que la destrucción apuntaba mayormente a los símbolos de la arrogancia humana tal como se veían patentados sobre toda torre alta, y sobre toda muralla fortificada de sus ciudades (Isa 2:15). ¡Cuán vanos resultaban entonces tales escudos humanos detrás de los cuales procuraban parapetarse, sin buscar refugio en el único lugar seguro que Dios ofrece! (Sal 27:5; 31:19-23; 36:7-8; 91).
A lo largo de los siglos Dios usó el mismo método para referirse al fin del mundo a través de juicios locales y correspondientes a una sola nación o ciudad. La caída del ícono máximo del capitalismo mundial (Clarín, 17 de octubre, 2001), tampoco fue el fin, sino un preludio o anticipación del fin. Fuera del diluvio universal y del fuego final, no hay ningún macrocosmos que hubiese estado predicho a través de los microcosmos de los pueblos antiguos. Desde ese pequeño mundo palestino al que le estaba llegando también su hora, Jesús quería llevar a sus discípulos a realidades universales.
2. Hacia el macrocosmos
Siempre hubo guerras, pestes, hambres y terremotos (Mat 24:6-7). Pero cuando
tales tragedias típicas de un mundo en pecado se multiplicasen y adquiriesen
dimensiones universales, entonces sabríamos que el fin estaría
cerca (v. 6úp,8). ¿Cómo sabemos que estas palabras de Jesús
se cumplen hoy? No es necesario bautizar el siglo que pasó con nombres
nuevos, ya que todos, crédulos e incrédulos cuentan la tragedia
de dos guerras mundiales, lo que no ha sido sino principio de dolores
en relación con los sucesos finales.
Desde un mismo principio los discípulos del Señor tuvieron que padecer persecución, pero el aborrecimiento del cual se harían objeto por llevar el Nombre de Cristo sería universal (v. 9), como universal debía ser también la predicación del evangelio (v. 14). Hoy estamos llevando el Nombre de Cristo a toda nación, tribu, lengua y pueblo (Apoc 14:6), pero la ira de las naciones (Apoc 11:18) está todavía contenida (Apoc 7:1-3), esperando ser suelta para la última tribulación (Apoc 12:17).
Entonces vendrá el fin, y todas las naciones de la tierra se lamentarán, mientras que el Señor enviará a sus ángeles para juntar a sus elegidos de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro (Mat 24:30-31). Sí, el relámpago que ilustra la naturaleza visible de la venida del Señor no se mostraría en Jerusalén ni en el pequeño mundo de Judea, ni en las cámaras o lugares cerrados y ocultos (v. 23,26), sino en una dimensión mundial, del oriente al occidente (v. 27). Ya que todos estarían entonces confrontados con el segundo y último macrocosmos de destrucción del planeta, equivalente en su proyección de inmoralidad y castigo universales al primero (Mat 24:37-39). Por esa misma razón, el juicio final no estaría confinado a Jerusalén, Roma o algún otro lugar, sino que comprendería a todas las naciones (Mat 25:32).
Siempre hubo engaño en materia religiosa. Falsos cristos, falsos profetas (v. 4-5,11), a quienes el diablo engaña para que engañen. Pero ese tipo de engaño se multiplicaría en forma especial en la época del fin (v. 11), con manifestaciones de engaño mayores que lo común que sacudirían, inclusive, a los mismos escogidos (v. 24; 2 Tes 2:9-12). Libre de los prejuicios y limitaciones nacionalistas que compartió con los demás discípulos al principio, Juan puede describir 60 años más tarde la extensión universal de ese engaño, advirtiendo que abarcaría a los habitantes de la tierra (Apoc 13:14), y a los gobernantes de todo el mundo (Apoc 16:13-14).
3. La abominación asoladora
(Mat 24:15)
Volviendo al microcosmos que preocupaba especialmente a sus discípulos,
Jesús les anticipó que la imposición de los estandartes
idolátricos paganos sobre el predio contiguo al templo, algo abominable
para los judíos, sería la señal que permitiría a
los cristianos saber exactamente cuándo debían abandonar no sólo
Jerusalén, sino también las regiones circundantes (Mat 24:16-18).
En su huída debían evitar ser atrapados por sus compromisos comerciales
o sociales (véase Luc 21:34-36), no fuese que les pasase lo que le pasó
a la mujer de Lot (Luc 17:32-33). Siendo que no debían preocuparse por
salvar lo que pudiesen de sus pertenencias (v. 17-18), el Señor les aconsejó
orar para que su huída no se diese ni en sábado ni en invierno
(v. 20).
Pero, ¿a cuál de las abominaciones mencionadas por Daniel se refirió Jesús? Siendo que Dan 11:31 y 12:11 rinden abominación en singular, como en Mat 24:16, algunos han pensado que Jesús se refiió a uno de esos dos pasajes, o a ambos. El contexto de la destrucción del templo literal de Jerusalén tiene que ver, sin embargo, con Dan 9:26-27. Después de la última semana profética que correspondía a los judíos (v. 24), después de la muerte de su Mesías a la mitad de esa semana en que el sacrificio regular perdería toda validez celestial (v. 25-26), vendría el asolador que traería las abominaciones hasta que la ruina decidida cayese sobre el asolador (v. 27). Es obvio que esas abominaciones se refieren no sólo a la invasión romana que destruyó el templo, sino también a la otra que vendría después sobre el pueblo del nuevo pacto bajo la Roma cristiana apóstata.
Captando, sin duda, que algunos podrían confundirse con respecto a las dos diferentes abominaciones de las que habló Daniel, Jesús agregó: el que lee, entienda. Siendo que esa expresión la usó el Señor cuando habló en parábolas (Mat 15:10,15-17; Mar 7:14-18), uno podría inferir que al señalar la abominación sobre la Jerusalén terrenal, el Señor quiso que se la entendiese como parábola o símbolo de la abominación que sería puesta en medio de la iglesia cristiana, tal como las otras dos declaraciones de Daniel lo habían anticipado (11:31; 12:11; véase 2 Tes 2:3-4). Esa abominación, desde que fuese implantada en forma oficial en el cristianismo, duraría 1290 días-años y causaría una tribulación que se extendería por 1260 días-años (Dan 7:25; Apoc 11:2-3; 11:6,14; 13:5). Véase A. R. Treiyer, The Day of Atonement. From the Pentateuch to Revelation (Siloam Springs, 1992), 339-346.
Captando la similitud de los dos eventos, el de la Roma pagana sobre la Jerusalén terrenal y el de la Roma papal sobre la Jerusalén espiritual (Apoc 11:2), varios intérpretes han visto también en Dan 11:31, durante la mayor parte del S. XX, esa doble dimensión. Sin embargo, hacia fines del S. XX, como resultado de estudios sobre hermenéutica (interpretación) bíblica, nuestros teólogos pudieron distinguir entre las profecías condicionales que pueden tener una doble dimensión, y las profecías apocalípticas que no son condicionales y que, por consiguiente, no dan margen a una doble o triple interpretación. Dan 11:31 y 12:11 son vistos (como antes, pero ahora en forma exclusiva como algunos también los habían visto antes), como referencia a la Roma medieval, la única que fue enmarcada con fechas proféticas (Dan 7:25; 12:11; Apoc 11:2-3; 14:6,14; 13:5).
En el sermón profético de Jesús, sin embargo, no hay fechas proféticas. Su visión apocalíptica fue adaptada a la comprensión de sus discípulos, con el propósito de llevarlos del microcosmos de sus días al macrocosmos del fin.
Mezcló la descripción
de estos dos acontecimientos... Por misericordia hacia ellos, fusionó
la descripción de las dos grandes crisis, dejando a los discípulos
estudiar por sí mismos el significado. Cuando se refirió a la
destrucción de Jerusalén, sus palabras proféticas llegaron
más allá de este acontecimiento hasta la conflagración
final de aquel día en que el Señor se levantará de su lugar
para castigar al mundo por su iniquidad... Este discurso entero no fue dado
solamente para los discípulos, sino también para aquellos que
iban a vivir en medio de las últimas escenas de la historia de esta tierra,
DTG, 566-567.
En base a este hecho, y sin negar que el día ni la hora nadie lo sabe de su venida, sino sólo Dios en su sola potestad, se ha sugerido recientemente que la época de su venida se dará, no importa el año en que Dios escoja, en el otoño del cono norte. Si es que el clamor de su pueblo porque la huída no sea ni en sábado ni en invierno, es tenido en cuenta por el Señor como lo fue en ocasión de la destrucción de Jerusalén, no podría tratarse del verano del cono norte porque, en ese caso, en el sur sería invierno. En un mundo global, quedan como opciones la primavera y el otoño. Y siendo que el otoño corresponde a la época de las fiestas finales, se lo ha sugerido como la época más probable de su venida. A. Lista, El Retorno de Jesús y el Ritual Judío (Bs.As., 1999).
4. La gran tribulación (Mat 24:21,29)
El hecho de que algunos eventos estuviesen fusionados en el discurso de Jesús, no significa que su discurso careciese de orden. Cristo anunció entonces algunos de los acontecimientos más importantes de la historia del mundo y de la iglesia desde su primer advenimiento hasta su segundo; a saber, la destrucción de Jerusaén, la gran tribulación de la iglesia bajo las persecuciones paganas y papales, el obscurecimiento del sol y de la luna, y la caída de las estrellas. Después, habló de su venida..., Conflicto de los Siglos, 444. Correspondía ir, sin embargo, a las profecías de Daniel y Apocalipsis para determinar a cuál de esas dos tribulaciones, la pagana y la papal, se refirieron mediante fechas proféticas.
Después de describir la destrucción de Jerusalén, Jesús pasa a referirse a la gran tribulación medieval que llevó a los papas a exterminar a millones de personas que se le opusieron a lo largo de los siglos.
Entre estos dos acontecimientos [la
destrucción de Jerusalén y la 2da. Venida], estaban abiertos a
la vista de Cristo largos siglos de tinieblas, siglos que para su iglesia estarían
marcados con sangre, lágrimas y agonía. Los discípulos
no podían entonces soportar la visión de estas escenas, y Jesús
las pasó con una breve mención. Habrá entonces grande
aflicción [tribulación]dijocual no fue desde el principio
del mundo hasta ahora, ni será... Durante más de mil años
iba a imperar contra los seguidores de Cristo una persecución como el
mundo nunca la había conocido antes. Millones y millones de sus fieles
testigos iban a ser muertos..., Deseado de todas las Gentes, 584.
De un autor católico moderno leemos la siguiente confesión: Comparado con la persecución medieval, la persecución de los cristianos por los romanos en los primeros tres siglos después de Cristo fue un procedimiento suave y humano... Debemos colocar la Inquisición... entre las más oscuras manchas en el registro de la humanidad, pues revela una ferocidad desconocida en ninguna bestia. La crueldad y la brutalidad fueron aparentemente más frecuentes en la Edad Media que en ninguna civilización antes de la nuestra, W. Duran, The Age of Faith, 784, 829.
Tres tribulaciones apocalípticas
Tanto Daniel como Juan en el Apocalipsis hablaron de tres tribulaciones que
tendrían que ver con Roma en su fase pagana (primera) y papal (las dos
restantes). De la persecución romana de los césares paganos se
refirió Juan en Apoc 1:9, cuando se consideró a sí mismo
compañero en la tribulación de los miles de cristianos
que sufrían bajo el yugo imperial. También se refirió Jesús
a esa tribulación que sufrieron los apóstoles bajo el poder opresor
de Roma y de las naciones que gobernaban bajo su autoridad en Mat 24:9-10. De
la segunda tribulación, la que está enmarcada en fechas cuyo cumplimiento
histórico está confirmado en forma asombrosa, se refirió
Jesús más específicamente como gran tribulación.
Daniel habló del poder intolerante que la causó, el papado romano, en términos de duración que se extendería por tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo (7:25; 12:6-7), es decir, por 1260 días-años, según la confirmación adicional de Juan (Apoc 11:2-3; 12:6,14; 13:5).
En referencia a los sucesos del tiempo del fin que se verían enmarcados por el juicio investigador previo, el aumento de la ciencia, la angustia o tribulación final y la liberación del pueblo de Dios (Dan 12:1-4), uno de los ángeles preguntó al varón vestido con el ropaje sacerdotal del Día de la Expiación: ¿Cuándo se cumplirán estas cosas extraordinarias? (v. 5-6). La palabra cosas extraordinarias o maravillas es la traducción de la raíz hebrea pele, fácil de recordar por el mundo del deporte debido a un jugador famoso a quien apodaron con una pronunciación equivalente. Aparece 16 veces en la Biblia hebrea, y se refiere a cosas maravillosas o sorprendentes no sólo desde una perspectiva positiva, sino también, y a menudo, negativa. Así, se describen los juicios de Dios mediante ese término que se dan, por ejemplo, con la destrucción de una ciudad o de un imperio (Ex 15:11; Isa 25:1-2), o mediante un prodigio grande y espantoso (Isa 29:14). La justicia de Dios revelada en tales juicios es algo extraordinario también (Sal 88:12 [13]).
Todo eso [kol eleh], referente a todo lo que ocurriría en el tiempo del fin, se cumplirá según escuchó Daniel, cuando se acabe de quebrantar el poder del pueblo santo, luego de un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo (Dan 12:7). En otras palabras, eso tendría lugar luego de la gran tribulación. Pero entonces Daniel intervino y preguntó: Señor mío, ¿cuál será el fin de estas cosas [eleh]? (v. 8). Se le respondió que su comprensión estaba sellada para el tiempo del fin.
Nuevamente el ángel le refiere la gran tribulación que purificaría mediante el horno de la aflicción a los que pasasen por ella (v. 10; cf. 11:35; Apoc 6:9-11). 1290 días-años duraría la abominación asoladora y el quitamiento del continuo (v. 11), todo lo cual precedería al juicio final. Feliz el que espere y llegue al día en que en el cielo se iniciase el juicio investigador, al cabo de 1335 días-años, cuyo propósito sería vindicar a los santos y darles el reino (v. 12). También Daniel se levantaría entonces, luego de ese juicio, para recibir su herencia (v. 13; cf. 7:22).
Interpretaciones futuristas que tienden
a confundir
En años recientes, algunos han querido vincular los 1290 días-años
y los 1335 días-años de Dan 12:11-12 con el fin del tiempo de
gracia y la 2da. Venida de Cristo o algo relacionado con esos eventos finales.
Para ello han interpretado los días en forma literal, sin relación
con años. Pero esa interpretación carece de consistencia porque
se contradice con el principio bíblico de día por año
para las profecías apocalípticas, claramente confirmado por la
exégesis bíblica así como por su cumplimiento histórico.
Por otro lado, las profecías fechadas no tienen doble cumplimiento, en relación con épocas distintas. Los 400 años de cautividad israelita en Egipto no volvieron a cumplirse. Los 70 años de cautividad en Babilonia tampoco volvieron a cumplirse. Las 70 semanas de Dan 9 no volverán a tener cumplimiento. Tampoco los 1260, 1290, 1335 y 2300 días-años que ya se cumplieron en la historia y no debe esperarse un doble cumplimiento para el futuro. Los que en nuestras filas han intentado poner para el futuro lo que ya se cumplió, se basan en una declaración del Espíritu de Profecía sin tener en cuenta las numerosas declaraciones que dió para negar que habría un espacio enmarcado en tiempo que se daría luego de 1844 (véase Apoc 10:7).
La cita del Espíritu de Profecía que ha sido utilizada se refiere a la tribulación final (la tercera si seguimos la relación con Roma, ahora en su fase papal y última).
Así como el sitio de Jerusalén
por los ejércitos romanos fue la señal para que huyesen los cristianos
de Judea, así la asunción de poder por parte de esta nación
[los EE.UU], con el decreto que imponga el día de descanso papal, será
para nosotros una amonestación. Entonces será tiempo de abandonar
las grandes ciudades, y prepararnos para abandonar las menores en busca de hogares
retraídos en lugares apartados entre las montañas, Maranata,
178.
Que tanto los estandartes romanos idólatras en tierra santa como la imposición de un falso día de reposo que no honra a Dios conforme a lo que él indicó en sus mandamientos sean una abominación, aunque ella no lo mencione aquí, no es algo que necesite discutirse. Pero, ¿hay algo que nos permita vincular esta declaración suya con el período de abominación mencionado en Dan 12:11? De ninguna manera. Para hacerlo, tendríamos que pasar por encima de muchas otras declaraciones suyas que fueron terminantes con respecto a algún tipo de fecha futura.
Nuestra interpretación de Apoc 10:7 sigue en pie. El pasaje no dice que el tiempo seria corto, según algunas versiones han tratado de traducirlo, sino que "el tiempo [profético] no será más".
"Este tiempo, que el Angel declara
con un solemne juramento, no es el fin de la historia de este mundo, ni del
tiempo de prueba, sino del tiempo profético que debía preceder
a la venida del Señor. Esto es, la gente no tendrá otro mensaje
sobre tiempo definido (Apoc 10:4-6). Después de este periodo de tiempo
que llega de 1842 a 1844, no puede haber una delineación definida de
tiempo profético. El recuento más largo llega al Otoño
de 1844,"
Ms 59, 1900. "Al Señor le había placido mostrarme que no
habría tiempo definido en el mensaje dado por Dios desde 1844,"
2MS: 83 (1885).
"Nuestra posición ha sido de esperar y velar, con ninguna proclamación
de tiempo entre el cierre de los periodos proféticos en 1844 y el tiempo
de la venida del Señor". 10MR:270 (1888).
Con este contexto tan claro, no se puede entender de otra manera una cita del Espíritu de Profecía que tiene que ver con la respuesta de ella a un hombre que la acusaba de varias cosas. Dijo que
"le hablamos a él de algunos
de sus errores en el pasado, que los 1335 días habían terminado
y [le dijimos] muchos de sus errores," París, Maine, 27 de Noviembre
de 1850.
"Algunos tomarán la verdad que se aplica a su tiempo y la colocarán
en el futuro. Acontecimientos de la secuencia profética que se han cumplido
en el pasado son colocados en el futuro, y así es como, a causa de esas
teorías, se debilita la fe de algunas personas. Según las instrucciones
que al Señor le ha complacido darme, Ud. esta en peligro de llevar a
cabo la misma obra al presentar a otros verdades que ya tuvieron su lugar y
realizaron su obra especifica para ese tiempo en la historia de la fe del pueblo
de Dios. Ud. acepta como verdaderos estos hechos de la historia bíblica,
pero los aplica al futuro. Todavía mantienen su fuerza en su lugar debido
en la cadena de los acontecimientos que nos han convertido en el pueblo que
hoy somos, y como tales deben presentarse a los que moran en las tinieblas del
error," 2 MS: 117-118.
5. Las señales estelares de la
cercanía del fin.
La tendencia al futurismoque se manifiesta en procurar empujar hacia adelante
lo que ya se cumplióen relación con la gran tribulación
medieval a la que se refirió Jesús, conduce a otro problema que
algunos han querido también introducir en nuestra iglesia, ya tocando
los bordes del tercer milenio. Si la tribulación a la que se refirió
Jesús es la final que se da al concluir el juicio celestial (Dan 12:1),
no la que debía preceder a su inicio, entonces el gran terremoto de Lisboa
en 1755, el día oscuro en 1780, y la caída de las estrellas en
1833, todos precediendo al juicio que comienza en el cielo en 1844 (Dan 8:14),
no tuvieron nada que ver con lo que anunció el Señor y lo confirmó
en el sexto sello en el Apocalipsis (Apoc 6:12-13). ¿En qué quedaría
la historia de nuestra Iglesia, bajo una interpretación tal? Cualquiera
puede imaginárselo.
Es cierto que en el Antiguo Testamento Dios dio señales estelares en relación con los microcosmos del fin (Joel 2:30-31). La destrucción de Jerusalén en el año 70 fue precedida también por señales estelares macabras que presagiaban el fin.
Aparecieron muchas señales
y maravillas como síntomas precursores del desastre y de la condenación.
A la medianoche una luz extraña brillaba sobre el templo y el altar.
En las nubes, a la puesta del sol, se veían como carros y hombres de
guerra que se reunían para la batalla... Temblaba la tierra...,
CS, 32-33.
El anuncio de Jesús, así como el que confirmó a Juan, debía darse luego de la gran tribulación del quinto sello (Mat 24:21,29; Apoc 6:9-10). Aunque el período de tribulación culminaba, según Daniel y Juan, en 1798 (1260 días-años), con el juicio al papado romano cuyo poder político recibió un golpe mortal (Apoc 13:3), la tribulación o persecución o angustia que había causado el papado romano durante tanto tiempo había sido acortada por misericordia divina. Inmediatamente después de esa persecución que fue acortada antes de recibir su golpe mortal, se darían las señales estelares.
La persecución contra la iglesia
no continuó durante todos los 1260 años. Dios, usando de misericordia
con su pueblo, acortó el tiempo de tan horribles pruebas. Al predecir
la gran tribulación que había de venir sobre la iglesia,
el Salvador había dicho: Si aquellos días no fuesen acortados,
ninguna carne sería salva; mas por causa de los escogidos, aquellos días
serán acortados (Mat 24:22). Debido a la influencia de los acontecimientos
relacionados con la Reforma, las persecuciones cesaron antes del año
1798, CS, 309-310.
Después de describir el largo período de prueba por el que
debía pasar la iglesia, es decir, los 1260 años de la persecución
papal, acerca de los cuales había prometido que la tribulación
sería acortada, el Salvador mencionó en las siguientes palabras
ciertos acontecimientos que debían preceder su venida y fijó además
el tiempo en que se realizaría el primero de estos (cita Mar 13:24).
Los 1260 días, o años, terminaron en 1798. La persecución
había concluído casi por completo desde hacía casi un cuarto
de siglo. Después de esta persecución, según las palabras
de Cristo, el sol debía obscurecerse, CS, 351.
¿Debía el terremoto del sexto sello considerárselo como el más grande de la historia? En absoluto. Una de las señales de la cercanía del fin tendría que ver con un incremento de terremotos en diversos lugares (Mat 24:7). Pero uno de ellos, descripto como un gran terremoto (Apoc 6:12), daría inicio a las señales relativas al tiempo del fin. Ninguno de los terremotos que se dieron en China o en la India fueron seguidos por el oscurecimiento de un día y la lluvia de meteoros predicha. Las señales debían ser enviadas a los discípulos del Señor, es decir, a quienes iban a entenderlas, en el mundo cristiano.
Lo mismo puede decirse del oscurecimiento del sol, cuya causa no se conoce plenamente aún. No hay testimonios históricos de incendios de bosques que se hubiesen dado en el lugar del oscurecimiento, de tal magnitud como para abarcar tanto territorio como el que presenció ese evento. Tampoco debía esperarse que la lluvia de meteoros fuese causada por eventos sobrenaturales, ni tampoco debía esperarse que no volviesen a repetirse. Claro está, el orden de los eventos y el efecto causado no iban a ser igualados.
Según el Apocalipsis, habría un terremoto final que destruiría todas las obras de los hombres, en la última plaga, sepultaría islas y barrería con todas las montañas (Apoc 6:14; 16:18-20). Es el mismo terremoto final que cierra todas las series apocalípticas, no el que las inicia (Apoc 8:5; 11:19; 16:18-20). No se daría como señal precursora para que levantemos nuestras cabezas, sabiendo que nuestra redención está cerca (Luc 21:28). Tendría lugar en el mismo fin, luego que el cielo se enrollase (o corriese) como un pergamino para que desde la tierra pudiese verse venir al Señor en toda su gloria (Apoc 6:14), y los impíos clamasen a los montes y a las rocas que caigan sobre ellos, algo que el Señor cumplirá (v. 15-16).
En otras palabras, ninguna otra señal cósmica del Apocalipsis reservada para el fin mismo, puede relacionársela con las preliminares que aparecen al iniciarse el 5to. sello, luego de la gran tribulación medieval de la que advirtió Jesús en su sermón profético. Con respecto a la serie de eventos cataclísmicos que concluirían cada serie, el Espíritu de Profecía los ubicó en el fin también, no como señal precursora, sino como culminación de las séptuples series proféticas del Apocalipsis.
Una crisis había llegado en
el gobierno de Dios. La tierra estaba llena de transgresión. Las voces
de los que habían sido sacrificados a la envidia y odio humanos estaban
clamando bajo el altar por retribución [referencia al 5to. sello]. Todo
el cielo estaba preparado para ir, a la voz de Dios, en socorro de sus elegidos.
Una palabra de él, y los relámpagos del cielo habrían caído
sobre la tierra, llenandola con fuego y llamas. Pero Dios tenía que hablar,
y habrían habido truenos y relámpagos y terremotos y destrucción,
en RH, 5, 7-17-1900.
Contrastes entre la tribulación
medieval y la final.
Llama la atención a la manera en que Jesús se refirió a
la tribulación medieval. Por su extensión y crueldad, algo confirmado
en la historia humana, según ya vimos, esa tribulación sería
única, como nunca hubo desde el principio del mundo, ni habrá
después (Mat 24:21). Daniel se refirió con términos
equivalentes, sin embargo, a la tribulación final que será corta,
y en donde los poderes de este mundo no podrán prevalecer como sucedió
durante la gran tribulación medieval (Dan 7:25; Apoc 13:7). En
aquel tiempo se levantará Miguel, el gran Príncipe que se pone
de pie por tu pueblo. Y será tiempo de angustia, cual nunca fue desde
que hubo gente hasta entonces. Pero en ese tiempo será librado tu pueblo,
todos los que se hallen escritos en el libro (Dan 12:1).
Es indudable que esa tribulación que sucede al juicio y a las señales del fin, es también única pero por motivos diferentes. Es la tribulación que se dará no sólo porque los redimidos de la última generación tendrán que permanecer en pie ante los poderes de este mundo que procurarán destruirlos a menos que una marca les sea impuesta (Apoc 13:4,15-17), sino también por tener que permanecer en pie ante la ira del Cordero, con el fallo de la corte celestial ya tomado y en espera a conocer su resultado (Apoc 6:17-18; 14:9-12).
Conclusión
¿Cuántas señales quedan por cumplirse para que venga el
Señor? ¡Casi todas se han cumplido! Sin embargo, los vientos de
las pasiones humanas, de la persecución o tribulación final, siguen
contenidas (Apoc 7:1-2). La tormenta está lista para estallar. Pero por
misericordia a quienes deben ser sellados, Dios sigue estirando el tiempo de
oportunidad (v. 3). ¡Cuánta paciencia divina! ¡Cuánta
misericordia!
La última señal que se dará antes que expire el tiempo de gracia será la imposición de la marca de la bestia (Apoc 13:15-18). La siguiente tendrá que ver con la primera plaga del Apocalipsis. Y la última señal que se dará del fin mismo será la nube que envuelve al Salvador.
Pronto aparece en el este una pequeña
nube negra, de un tamaño como la mitad de la palma de la mano. Es la
nube que envuelve al Salvador y que a la distancia parece rodeada de obscuridad.
El pueblo de Dios sabe que es la señal del Hijo del hombre, Conflicto
de los Siglos, 698.