Base bíblica
para un profeta moderno (Parte 1)
Frank B. Holbrook
El don profético se fundamenta en la necesidad básica de la comunicación
que debe existir entre la Deidad y la familia humana caída. El ocultismo
y la esfera de los falsos profetas son dos sistemas que han operado a lo largo
de la historia humana para engañar y hacer errar al ignorante y al incauto,
alejándolo de las comunicaciones genuinas provenientes de Dios. Por el
otro lado, el sistema de comunicaciones de Dios, que es básicamente el
don profético, está claramente delineado en las Escrituras (Núm.
12:6; Amós 3:7; Luc. 1:70).
Se usan cuatro palabras en las Escrituras (tres en hebreo y una
en griego) para referirse al instrumento humano en este tipo de comunicación.
Ro'eh (1 Sam. 9:9; Isa. 30:10), y las más frecuente, chozeh (2 Sam. 24:11;
Amós 7:12; 2 Rey. 17:13, etc.), establecen una conexión con el
concepto de "visión", y están traducidas generalmente
como "vidente". La idea parece ser que Dios abre a los "ojos",
esto es, al entendimiento del profeta, cualquier información o mensaje
que él desee que se transmita a su pueblo. Los términos, por lo
tanto, enfatizan el recibimiento de un mensaje divino por parte del profeta.
El significado de la palabra última y más generalmente
usada, nâbi' (1 Sam. 9:9), y su equivalente griego, profts, se aprecia
mejor en el siguiente uso del término:
"Jehová dijo a Moisés: Mira, yo te he constituido
dios para Faraón, y tu hermano Aarón será tu profeta (nâbi').
Tu dirás todas las cosas que yo te mande, y Aarón tu hermano hablará
a Faraón... Tu hablarás a él [Aarón], y pondrás
en su boca las palabras, y yo estaré con tu boca y con la suya, y os
enseñaré lo que hayáis de hacer. Y él hablará
por ti al pueblo; él te será a ti en lugar de boca, y tú
serás para él en lugar de Dios." (Exo. 7:1, 2; 4:15, 16).
A partir de estas declaraciones en las que Moisés y Aarón habrían
de desempeñar el papel de Dios y profeta respectivamente, resulta evidente
que el profeta al que se refiere el término nabi', era considerado como
un portavoz señalado divinamente por Dios. En este caso, el vocablo de
la LXX (Septuaginta) para nabi' es profts, el cual aparece en el Nuevo Testamento
y del cual proviene nuestra palabra castellana profeta.
Profts es un vocablo compuesto constituido por la preposición
pro, que lleva implícito el matiz de "antes", o "por"
en este caso, y el verbo fmi, "hablar". De este modo el "profeta"
es, en un sentido general, uno que habla en nombre de otro; pero en el marco
bíblico, un verdadero profeta es un portavoz o intérprete de Dios,
es decir, un revelador, intérprete divinamente inspirado, o uno que habla
en nombre de la Deidad. Por consiguiente, las palabras nabi'/profts destacan
el cariz de comunicación del papel del profeta. Las cuatro palabras juntas
manifiestan un único oficio o función: un profeta es uno que recibe
comunicaciones de parte de Dios, y transmite su propósito a su pueblo.
Como puede esperarse, hablar por Dios puede transformarse gradualmente
en predicar por Dios. Consecuentemente, hay quienes sostienen que en el Nuevo
Testamento el don a veces simplemente tiene que ver con la predicación
expositiva (Lenski, p. 760 al comentar Romanos 12:6). Algunos lo ven como un
"don de predicación inspirada" (International Critical Commentary
al comentar 1 Cor. 13:2, p. 287), o "predicar la palabra con poder"
( ICC al comentar 1 Cor. 12:10, p. 266). Sin embargo, desde el contexto de 1
de Cor. 12-14 resulta evidente que aunque el "profetizar" activamente
a veces puede adoptar la forma de la predicación eficaz (1 Cor. 14:3),
esta predicación estaba basada en la revelación divina (1 Cor.
14:30) y no sobre la simple iluminación de las Escrituras por medio del
Espíritu, lo cual puede darse con cualquier ministro que habla por Dios.
El Nuevo Testamento mantiene una diferencia entre el simple ministerio de la
Palabra y el ministerio profético, entre el "maestro" y el
"profeta" (Efe. 4:11; 1 Cor. 12:28). Tanto la predicación de
Bernabé como la de Pablo sobre los temas de la salvación sin duda
sonaron muy semejantes, pero mientras que uno hablaba por la autoridad de la
Palabra escrita, el otro hablaba con la autoridad adicional de la revelación
divina (Gál. 1:11,12).
Mientras que algunas autoridades sostienen que en el Nuevo Testamento "profetizar" (profteu) a veces se refiere a la predicación, se admite que una clase de personas que recibieron y comunicaron revelaciones directas y especiales de parte de Dios operaron en el Nuevo Testamento como profetas (Luc. 1:25-38; Hech. 11:27,28; 13:1; 15:32; 21:9). ¿Cuál era la función de ellos?
El papel del don profético en el Nuevo Testamento
En el principal registro neotestamentario de los dones espirituales, el "don
profético" está registrado en segundo lugar, entre el de
los apóstoles (primero) y el de los maestros (tercero). Véase
1 Cor. 12:28-30 y Efe. 4.11. El don no usurpó el papel de los apóstoles,
pero su función influyó a veces en los apóstoles como así
también en la membresía de la iglesia en general. Algunos de los
apóstoles mismos fueron dotados con este don. Las actividades de las
personas dotadas de esta manera pueden resumirse de la siguiente forma:
1. Ellos a veces fueron comisionados para advertir acerca de dificultades venideras (Hech. 11:27-30; 20:23; 21:10-14). En primer lugar (Hech. 11) la advertencia sobre la llegada del hambre originó un vínculo fraterno entre los cristianos gentiles en Antioquía y los cristianos judíos en Judea. Los primeros, contrarios a las costumbres étnicas, enviaron ayuda de buena gana a sus hermanos en Cristo judíos.
2. A través del don fue iniciada la extensión de la misión de la iglesia al extranjero (Hech. 13:1,2). Este también tuvo parte en señalar dónde debían trabajar los primeros misioneros (Hech. 16:6-10). En el segundo viaje misionero de Pablo se advierte que él fue acompañado por Silas, un profeta (Hech. 16:40).
3. Durante una crisis doctrinal el don operó a fin de animar y confirmar la membresía en la doctrina verdadera. La crisis tenía que ver con la relación entre el ritual judío y la salvación de los cristianos gentiles. En armonía con el mandato del Espíritu, un gran concilio de la iglesia tomó una decisión, aunque no fue aceptada íntimamente por todos. El conflicto se había producido en Antioquía, iglesia a la que el concilio le comunicó su decisión mediante una carta. Judas y Silas ayudaron por un tiempo a este grupo: "Y Judas y Silas, como ellos también eran profetas, consolaron [en inglés, de la King James Version: exhortaron] (paracale: apelar, incitar, exhortar, animar) y confirmaron (epistriz: fortalecer) a los hermanos con abundancia de palabras" (Hech. 15:32).
4. Los profetas edificaron, animaron y consolaron a la iglesia. "Pero el que profetiza habla a los hombres para edificación, (oikodom, metafóricamente 'edificación de la vida espiritual') exhortación (paraklesis: aliento, exhortación) y consolación (paramuthia: aliento, consuelo, consolación)" (1 Cor. 14:3).
5. Los profetas, provistos simultáneamente con otros dones, tendieron a unificar la Iglesia en la fe verdadera y a protegerla de las falsas doctrinas. "Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, ... hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe... para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error" (Efe. 4:11-15).
6. Los profetas, junto con los apóstoles, ayudaron en la fundación de la iglesia. "Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo" (Efe. 2:20, Cf. 3:5; 4:11).
"... Las dos palabras 'apóstoles y profetas' pueden unir al Antiguo Testamento (profetas) con el Nuevo Testamento (apóstoles) como la base de la enseñanza de la Iglesia. Pero el orden invertido de las palabras (no 'profetas y apóstoles'), sino 'apóstoles y profetas') lleva a pensar que probablemente se haga referencia a los profetas del Nuevo Testamento. Si esto es así, su posición junto a los apóstoles como fundamento de la iglesia es significativa. El relato debe referirse nuevamente a un pequeño grupo de maestros inspirados asociados con los apóstoles, que juntamente con ellos dieron testimonio de Cristo, y cuya enseñanza provenía de la revelación (Efe. 3:5) y era fundacional." --John R. W. Stott, God's New Society [Downers Grove, Illinois: InterVarsity Press, 1979], p. 107. En cuanto a un punto de vista similar, véase The Expositor's Greek Testament, W. R. Nicoll, ed. [Grand Rapids, Michigan: Wn. B. Eerdmans Publishing Company, reimpresión 1961], volumen III, pp. 299, 300.
La continuación del don profético
Como ya hemos notado, el Nuevo Testamento presenta una doctrina de "dones
espirituales", o Jarismata, dones de gracia (1 Cor. 12; Efe. 4). Estas
dotes conferidas por el Espíritu Santo a miembros particulares de la
iglesia son para "perfeccionar a los santos para la obra del ministerio,
para la edificación del cuerpo de Cristo" (Efe. 4:12). "Cada
uno según el don que ha recibido," ha de emplearlo en el servicio
de la iglesia, contribuyendo así en el adelanto de su obra en la tierra
(1 Ped. 4:10, 11; Cf. Rom. 12:6, 7).
Puesto que los dones han de ser derramados ininterrumpidamente
como el Espíritu vea apropiado, "hasta que todos lleguemos a la
unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto,
a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo" (Efe. 4:13), resulta
obvio que tales dones han sido prometidos para que operen hasta que la iglesia
haya consumado su ministerio y el tiempo de gracia de los hombres haya terminado.
No existe evidencia alguna en la Escritura de que Dios se proponga retirar el don profético o cualquiera de los otros dones antes de la segunda venida (Cf. 1 Cor. 13:8-12). En cambio, está la profecía del Antiguo Testamento de Joel 2:8-12, la cual es repetida por Pedro (Hech. 2:16:21) prediciendo un derramamiento del Espíritu Santo en el tiempo del fin y una consiguiente actividad de los dones espirituales. Con respecto a esto es conveniente advertir que los falsos profetas también estarán activos en el tiempo del fin. (Mat. 24:24).