Inicio y Desarrollo del Cuerno Pequeño
El desarrollo de la gran apostasía que culminó con el papado
fue un proceso gradual que abarcó varios siglos. La declinación
de ese poder siguió un proceso semejante.
Respecto al futuro, Jesús advirtió a sus discípulos: "Mirad
que nadie os engañe", porque "muchos falsos profetas se levantarán,
y engañarán a muchos", haciendo "grandes señales
y prodigios" para confirmar sus pretensiones engañosas, "de
tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos"
(Mat. 24: 4, 11, 24).
Pablo, hablando por inspiración, declaró que se levantarían
"hombres que hablarían " "cosas perversas para arrastrar
tras sí a los discípulos" (Hech. 20: 30). El resultado iba
a ser una "apostasía" durante la cual se revelaría ese
poder al cual llama "hombre de pecado" y "misterio de la iniquidad"
para oponerse a la verdad, exaltarse por encima de Dios y usurpar la autoridad
de Dios sobre la iglesia (2 Tes. 2: 3-4, 7). Este poder que -según la
advertencia de Pablo- ya estaba obrando en forma limitada (vers. 7) obraría
"por obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios
mentirosos" (vers. 9). La forma sutil de su crecimiento había de
ser tan astutamente disfrazada que sólo los que creyesen sinceramente
la verdad y la amasen. estarían a salvo de sus pretensiones engañosas
(vers. 10- 12).
Antes del fin del primer siglo, el apóstol Juan escribió que "muchos
falsos profetas han salido por el mundo" (1 Juan 4: 1), y un poco después
que "muchos engañadores han salido por el mundo" (2 Juan 7).
Esto, afirmó, es el "espíritu del anticristo, el cual vosotros
habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo"
(1 Juan 4: 3).
Estas predicciones advertían de la presencia de fuerzas siniestras que
ya obraban en la iglesia, fuerzas que presagiaban herejía, cisma y apostasía
de proporciones mayores. Pretendiendo poseer privilegios y autoridad que pertenecen
sólo a Dios, y sin embargo obrando mediante principios y métodos
opuestos a Dios, este instrumento finalmente engañaría a la mayoría
de los cristianos para que aceptasen su liderazgo, y así se aseguraría
el dominio de la iglesia (Hech. 20: 29-30; 2 Tes. 2: 3-12).
Durante los tiempos apostólicos cada congregación local elegía
sus dirigentes y se manejaba por sí misma. Sin embargo, la iglesia universal
era "un cuerpo" en virtud de la operación invisible del Espíritu
Santo y la dirección de los apóstoles que unían a los creyentes
por doquiera en "un Señor, una fe, un bautismo" (Efe. 4: 3-6).
Los dirigentes de las iglesias locales debían de ser hombres "llenos
del Espíritu Santo" (Hech. 6: 3), elegidos, capacitados y guiados
por el Espíritu Santo (Hech. 13: 2), y nombrados (Hech. 6:5) y ordenados
por la iglesia (Hech. 13: 3).
Cuando la iglesia dejó su "primer amor" (Apoc. 2: 4), perdió
su pureza de doctrina, sus elevadas normas de conducta personal y el invisible
vínculo provisto por el Espíritu Santo. En el culto, el formalismo
desplazó a la sencillez. La popularidad y el poder personal llegaron
a determinar más y más la elección de los dirigentes, quienes
primero asumieron mayor autoridad dentro de la iglesia local y después
intentaron extender su autoridad sobre las iglesias vecinas.
La administración de la iglesia local bajo la dirección del Espíritu
Santo finalmente dio paso al autoritarismo eclesiástico en poder de un
solo magistrado, el obispo, a quien cada miembro de iglesia estaba personalmente
sujeto, y únicamente por cuyo intermedio el creyente tenía acceso
a la salvación. Desde entonces los dirigentes sólo pensaron en
gobernar la iglesia en vez de servirla, y el "mayor" ya no era aquel
que se consideraba "siervo 862 de todos". De ese modo, gradualmente
se formó el concepto de una jerarquía sacerdotal que se interpuso
entre el cristiano como individuo y su Señor.
Según escritos que se atribuyen a Ignacio de Antioquía -que murió
alrededor del año 117-, la presencia del obispo era esencial para la
celebración de ritos religiosos y para la conducción de los asuntos
de la iglesia. Ireneo, que murió por el año 200, catalogaba a
los obispos de las diferentes iglesias según la edad y la importancia
de las iglesias que presidían. Daba especial honor a las iglesias fundadas
por los apóstoles, y sostenía que todas las otras iglesias debían
estar de acuerdo con la iglesia de Roma en asuntos de fe y doctrina. Tertuliano
(m. 225) enseñaba la supremacía del obispo sobre los presbíteros:
ancianos elegidos localmente.
Cipriano (m. hacia el año 258) es considerado como el fundador de la
jerarquía católico-romana. Defendía la teoría de
que sólo hay una iglesia verdadera y que fuera de ella no hay acceso
a la salvación. Adelantó la idea de que Pedro había fundado
la iglesia en Roma, y que por lo tanto el obispo de la iglesia de Roma debía
ser ensalzado por encima de los otros obispos, y que sus opiniones y decisiones
debían prevalecer siempre. Recalcó la importancia de la sucesión
apostólica directa, afirmó que el sacerdocio del clero era literal
y enseñó que ninguna iglesia podía celebrar ritos religiosos
o atender sus asuntos sin la presencia y consentimiento del obispo.
Los principales factores que contribuyeron al prestigio y finalmente a la supremacía
del obispo de Roma fueron: (1) Como capital del imperio y metrópoli del
mundo civilizado Roma era el lugar natural para la sede de una iglesia mundial.
(2) La iglesia de Roma era la única en el Occidente que pretendía
tener su origen apostólico, un hecho que, en aquellos días, hacía
parecer como natural el que el obispo de Roma tuviese prioridad sobre los otros
obispos. Roma ocupaba una posición muy honorable aun antes de 100 d.
C. (3) El traslado de la capital política de Roma a Constantinopla realizado
por Constantino (330) dejó al obispo de Roma relativamente libre de la
tutela imperial, y desde ese tiempo el emperador casi siempre apoyó las
pretensiones del obispo de Roma en contra de las de los otros obispos. (4) En
parte el emperador Justiniano apoyó vigorosamente al obispo de Roma e
hizo progresar su causa mediante un edicto imperial que reconocía su
supremacía sobre las iglesias tanto del Oriente como del Occidente. Este
edicto no pudo hacerse completamente efectivo hasta después de que fue
quebrantado el dominio ostrogodo sobre Roma en 538. (5) El éxito que
tuvo la iglesia de Roma al resistir varios movimientos así llamados heréticos,
especialmente el gnosticismo y el montanismo, le dio una gran reputación
de ortodoxa, y las facciones que en alguna parte estaban en contienda, a menudo
apelaban al obispo de Roma para que fuese el árbitro de sus diferencias.
(6) Las controversias teológicas que dividían y debilitaban la
iglesia en el Oriente dejaron a la iglesia de Roma libre para que se dedicara
a problemas más prácticos y para que aprovechara las oportunidades
que surgían a fin de extender su autoridad. (7) El prestigio político
del papado fue acrecentado por los repetidos éxitos que tuvo al evitar
o mitigar los ataques de los bárbaros contra Roma, y a menudo en ausencia
de un dirigente civil, el papa cumplió en la ciudad las funciones esenciales
del gobierno secular. (8) Las invasiones mahometanas Constituyeron un impedimento
para la iglesia del Oriente, y así eliminaron al único rival de
importancia que tenía Roma. (9) Los invasores bárbaros del Occidente
en su mayoría ya estaban nominalmente convertidos al cristianismo, y
esas invasiones libraron al papa del dominio imperial. (10) Gracias a la conversión
de Clodoveo (496), rey de los francos, el papado dispuso de un fuerte ejército
para defender sus intereses y tuvo una ayuda eficiente para convertir a otras
tribus bárbaras.
Haciendo profesión de cristianismo, Constantino el Grande (m. 337) vinculó
la iglesia con el Estado, subordinó la iglesia al Estado e hizo de la
iglesia un instrumento de la política del Estado. Su reorganización
del sistema administrativo del Imperio Romano llegó a ser el modelo de
la administración eclesiástica de la iglesia romana y así
de la jerarquía católico-romana. Más o menos en 343 el
sínodo de Sárdica asignó al obispo de Roma jurisdicción
sobre los obispos metropolitanos o arzobispos. El papa Inocencio 1 (m. 417)
pretendía tener una jurisdicción suprema sobre todo el mundo cristiano,
pero no pudo ejercer ese poder.
Agustín (m. 430), uno de los grandes padres de la iglesia y fundador
de la teología medieval, sostenía que Roma siempre había
863 tenido supremacía sobre las iglesias. Su obra clásica La ciudad
de Dios hacía resaltar el ideal católico de una iglesia universal
que rigiera a un Estado universal, y esto dio la base teórica del papado
medieval.
León I (el Grande, m. en 461) fue el primer obispo de Roma que proclamó
que Pedro había sido el primer papa, que aseguró la sucesión
del papado a partir de Pedro, que pretendió que el primado había
sido legado directamente por Jesucristo, y que tuvo éxito en la aplicación
de estos principios eclesiásticos a la administración papal. León
I dio su forma final a la teoría del poder papal e hizo de ese poder
una realidad. El fue quien consiguió un edicto del emperador que declaraba
que las decisiones papales tenían fuerza de ley. Con el apoyo imperial
se colocó por encima de los concilios de la iglesia asumiendo el derecho
de definir doctrinas y de dictar decisiones. El éxito que tuvo al persuadir
a Atila que no entrase en Roma (452) y su intento de detener a Genserico (455)
aumentaron su prestigio y el del papado. León el Grande fue indudablemente
un dirigente secular a la vez que espiritual para su pueblo. Las pretensiones
al poder temporal hechas por papas posteriores estaban basadas mayormente en
la supuesta autoridad de documentos falsificados conocidos como "fraudes
piadosos", tales como la así llamada Donación de Constantino.
La conversión de Clodoveo, caudillo de los francos, a la fe romana por
el año 496, cuando la mayoría de los invasores bárbaros
eran todavía arrianos, dio al papa un poderoso aliado político
dispuesto a reñir las batallas de la iglesia. Durante más de doce
siglos la espada de Francia, la "hija mayor" del papado, fue un instrumento
eficaz para la conversión de hombres a la iglesia de Roma y para mantener
la autoridad papal.
El pontificado del papa Gregorio I (el Grande, m. en 604), el primero de los
prelados del medioevo de la iglesia, señala la transición de los
tiempos antiguos a los medievales. Gregorio osadamente asumió el papel,
aunque no el título, de emperador de Occidente. El fue quien puso las
bases del poder papal durante la Edad Media y las posteriores pretensiones absolutistas
del papado datan especialmente de su administración. Gregorio el Grande
inició grandes actividades misioneras, las que extendieron mucho la influencia
y la autoridad de Roma.
Cuando más de un siglo después, los lombardos amenazaban invadir
Italia, el papa recurrió a Pepino, rey de los francos, para que lo socorriera.
Cumpliendo con este pedido, Pepino derrotó completamente a los lombardos
y, en 756, entregó al papa el territorio que les había tomado.
Esa dádiva, comúnmente conocida como Donación de Pepino,
señala el origen de los Estados Pontificios y el comienzo formal del
gobierno temporal del papa.
Desde el siglo VII al XI, en términos generales, el poder papal mermó.
El próximo gran papa, y uno de los más grandes de todos, fue Gregorio
VII (m. 1085). Proclamó que la iglesia romana nunca había errado
y nunca podría errar, que el papa es juez supremo, que no puede ser juzgado
por nadie, que no se puede apelar de sus decisiones, que sólo él
tiene derecho al homenaje de todos los príncipes y que sólo él
puede deponer a reyes y emperadores.
Durante dos siglos hubo una constante lucha por la supremacía entre el
papa y el emperador. A veces uno, y otras veces otro, lograron un éxito
pasajero. El pontificado de Inocencio III (m. 1216) encontró al papado
en el apogeo de su poder y durante el siglo siguiente estuvo en el cenit de
su gloria. Pretendiendo ser el vicario de Cristo, Inocencio III ejerció
todos los privilegios que Gregorio se había atribuido más de un
siglo antes.
Un siglo después de Inocencio III, el papa medieval ideal, Bonifacio
VIII (m. 1303) intentó sin éxito reinar como lo habían
hecho sus ilustres predecesores. Fue el último papa que trató
de ejercer autoridad universal en la forma como lo había hecho Gregorio
VII y como lo había pretendido Inocencio III. La decadencia del poder
del papado se hizo plenamente evidente durante el así llamado cautiverio
babilónico (1309-1377), cuando los franceses trasladaron por fuerza la
sede del papado de Roma a Avignon, en Francia. Poco después del regreso
a Roma, comenzó lo que se conoce como el gran cisma (13781417). Durante
ese tiempo hubo por lo menos dos, y a veces tres papas rivales, cada uno amenazando
y excomulgando a sus rivales y pretendiendo ser el verdadero papa. Como resultado,
el papado sufrió una irreparable pérdida de prestigio a los ojos
de los pueblos de Europa. Mucho antes de los tiempos de la Reforma, dentro y
fuera de la Iglesia Católica, se levantaron voces en contra de sus arrogantes
864 pretensiones y de sus muchos abusos de poder, tanto seculares como espirituales.
El resurgimiento cultural en la Europa occidental (Renacimiento), la era de
los descubrimientos, el desarrollo de fuertes Estados nacionales, la invención
de la imprenta y varios otros factores contribuyeron a la pérdida gradual
del poder papal. Ya al aparecer Martín Lutero habían ocurrido
muchas cosas que socavaron la autoridad de Roma.
Durante la Reforma -que comúnmente se considera que empezó en
1517 cuando Lutero colocó las noventa y cinco tesis-, el poder papal
fue expulsado de grandes territorios del norte de Europa. Los esfuerzos del
papado por combatir la Reforma se concretaron en la creación de la Inquisición,
del Índice y en la organización de la orden de los jesuitas. Los
jesuitas llegaron a ser el ejército intelectual y espiritual de la iglesia
para la exterminación del protestantismo. Durante casi tres siglos la
iglesia de Roma llevó a cabo una vigorosa lucha que gradualmente fue
perdiendo en contra de las fuerzas que luchaban por la libertad civil y religiosa.
Finalmente, durante la Revolución Francesa, la Iglesia Católica
fue proscrita de Francia: la primera nación de Europa que había
patrocinado su causa, la nación que durante más de doce siglos
había defendido las pretensiones papales y había reñido
sus batallas, la nación donde los principios papales habían sido
puestos a prueba más plenamente que en cualquier otro país y habían
sido hallados faltos. En 1798 el gobierno francés ordenó al ejército
que estaba en Italia bajo el comando de Berthier que tomara prisionero al papa.
Aunque el papado continuó, su poder le había sido quitado, y nunca
más ha esgrimido el mismo tipo de poder, ni en la medida en que lo hiciera
en tiempos anteriores. En 1870 los Estados Pontificios pasaron a formar parte
del reino unido de Italia, el poder temporal que el papado había ejercido
durante más de 1.000 años se acabó, y el papa voluntariamente
llegó a ser "el prisionero del Vaticano" hasta que su poder
temporal fue restaurado en 1929. Ver com. cap. 7: 25.
Este breve esbozo del crecimiento del poder papal demuestra que éste
fue un proceso gradual que abarcó muchos siglos. Lo mismo ocurrió
con su declinación. Se puede decir que el primer proceso se desarrolló
desde aproximadamente el año 100 hasta el 756; el segundo, desde más
o menos 1303 hasta 1870. El papado estuvo en el apogeo de su poder desde el
tiempo de Gregorio VII (1073-85) hasta el de Bonifacio VIII (1294-1303). Queda
pues en claro que no se pueden dar fechas que señalen una transición
precisa entre la insignificancia y la supremacía, o entre la supremacía
y la relativa debilidad. De la misma manera, como ocurre en todos los procesos
históricos, tanto el crecimiento como la caída del papado fueron
procesos graduales.
Sin embargo, por el año 538 el papado estaba completamente formado y
obraba en todos sus aspectos esenciales, y para el año 1798 -1260 años
más tarde- había perdido prácticamente todo el poder que
había acumulado durante siglos. La inspiración había asignado
1260 años al papado para que demostrara sus principios, su política
y sus propósitos. De esa manera esas dos fechas debieran considerarse
como principio y fin del período profético del poder papal.