Sacerdocio desde David
En la época de David, la cantidad
de sacerdotes había aumentado tanto que los organizó en 24 turnos
o divisiones (1 Cr. 24; Lc. 1:5,9). No se sabe mucho acerca de las actividades
de los sacerdotes durante la monarquía después de Salomón,
aunque es evidente que cierto número apostató y en ocasiones apoyó
a reyes impíos (Jer. 1:18; 2:8, 26; etc.). Pero una declaración
de Ezequiel parecería indicar que no cayeron tan profundamente en la
idolatría como los levitas (Ez. 44:10-15). Es evidente que los sacerdotes
retuvieron su conciencia profesional durante el exilio, porque miles de ellos
pudieron probar su condición por medio de documentos cuando volvieron
a su patria (Esd. 2:36-39). Muy probablemente fueron ellos los principales dirigentes
religiosos durante la cautividad en Babilonia, entre los cuales se destacó
Ezequiel (Ez. 1:3; 8:1;14:1-4; cf 2 Cr. 17:8,9; 23:16; 30:27), y quienes continuaron
sus funciones durante el período de restauración después
del regreso (Neh. 8:2; Hag. 2:11,12). Entonces, al principio, sólo se
reconoció a 4 familias el derecho al sacerdocio, pero con el tiempo otras
20 más recuperaron su posición, lo que dio como resultado que,
de acuerdo con Josefo, los 24 turnos que existían en la época
de David se desempeñaran nuevamente en el sacerdocio durante la época
neotestamentaria. Cabe acotar que por lo menos 2 de los grandes profetas del
AT fueron sacerdotes: Jeremías (Jer.1:1) y Ezequiel (Ez. 1:3), y quizá
Zacarías (Esd. 5:1; cf Neh.12:16); también lo habría sido
Hageo.
Muy poco se sabe acerca de la historia del
sacerdocio en tiempos de los persas. Bajo los Tolomeos y los primeros Seléucidas,
el sumo sacerdote disponía de poder religioso y civil, pero estaba sometido
al rey extranjero. La aristocracia sacerdotal, que vivía de los diezmos
del pueblo y además recibía otras contribuciones, se enriqueció
y, por consiguiente, procuró con vehemencia preservar la condición
política de la nación y evitar cualquier rebelión que pusiera
en peligro su lucrativa situación. Abrazaron el helenismo bajo los Seléucidas,
pero un sacerdote común, Matatías, condujo una revuelta contra
el deseo de Antíoco Epífanes de imponer el paganismo helénico;
y sus hijos, los Macabeos, galvanizaron a la nación para conseguir la
independencia del yugo extranjero. Jonatán Y, después de él,
su hermano Simón, aunque no pertenecían a la familia de los sumos
sacerdotes obtuvieron ese cargo, y los Asmoneos (Macabeos) llegaron a ser sacerdotes-gobernantes,
y más tarde sacerdotes-reyes de Judea. Poco a poco se mundanalizaron
y, en gran medida, se helenizaron. Aunque la mayor parte de la gente se puso
del lado de los fariseos (partidarios de la estricta observancia de la ley),
los sacerdotes eran los dirigentes del partido político religioso de
los saduceos. Que hayan podido mantenerse en su cargo en tales circunstancias
se explica por el hecho de que el pueblo, por tradición y educación,
estaba acostumbrado a honrar a los detentores de altos cargos eclesiásticos
íntimamente relacionados con el templo y sus servicios.
Cuando aparecieron los romanos, dejaron
en su cargo a los sacerdotes-gobernantes Asmoneos, pero más tarde instalaron
a Herodes el Grande como rey vasallo. Durante su reinado, éste nombraba
a los sumos sacerdotes, y esa costumbre continuó hasta la destrucción
del templo en el 70 d.C. En el transcurso de ese período de 106 años
(37 a.C.-70 d.C.) no menos de 28 sumos sacerdotes ocuparon el cargo. La mayor
parte pertenecía a 5 familias destacadas, y algunos de ellos eran extremadamente
mezquinos e ineptos para el puesto que ocupaban. Inclusive, cuando se deponía
a un sumo sacerdote, generalmente se lo seguía considerando sumo sacerdote
o sacerdote principal; de allí el plural "principales sacerdotes"
que aparece en el NT (Mt. 2:4; 16:21; 20:18; etc.). Aunque éstos procuraban
la muerte de Jesús, había muchos sacerdotes piadosos, entre los
que se encontraba Zacarías (Lc. 1:5, 6), y un buen número de ellos
se unieron a la naciente iglesia (Hch. 6:7). Con la destrucción del templo
(70 d.C.), el sacerdocio judío desapareció y nunca más
se restableció.
El ministerio del sacerdocio aarónico
sólo era simbólico (He. 8:4, 5): nunca tuvo realmente eficacia
en sí y por sí mismo para borrar los pecados (10:11). Tal como
el santuario en el que servían, los sacerdotes eran sólo "símbolo
para el tiempo presente" (9:9). La ley ritual de los sacrificios nunca
podía "hacer perfectos a los que se acercan" (10:1), puesto
que "la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar
los pecados" (v 4). Ese sacerdocio formaba parte de un sistema "impuesto"
sólo "hasta el tiempo de reformar las cosas", cuando Cristo
mismo llegaría a ser "sumo sacerdote de los bienes venideros"
(9:10,11). Unicamente como consecuencia de su sacrificio y su muerte, al final
de la era levítica, cuando "por el sacrificio de sí mismo"
quitó "de en medio el pecado" (v 26), recibieron perdón
las transgresiones de las generaciones pasadas que habían creído
en un Redentor venidero (v 15). Durante todo el período abarcado por
el AT la salvación era provisoria, porque dependía de la muerte
de Cristo, todavía en el futuro.
Puesto que la nación judía
dejó de ser el Pueblo escogido de Dios como consecuencia del rechazo
y del sacrificio de su Mesías (Mt.21:40-43), Dios le quitó al
templo el honor de ser su "casa", y de allí en adelante los
servicios dejaron de tener significado para él (23:38). De acuerdo con
esto, el sacerdocio fue mudado (He. 7:12; cf vs 15-17; 6:20).
Después de haber muerto por los pecados
de la humanidad, Cristo ascendió a los cielos y se sentó "
a la diestra de Dios" (He. 10:12): fue consagrado como nuestro Sumo Sacerdote
y apartado para ministrar en favor de nosotros en la misma presencia del Padre
(8:1, 2). Sólo luego de ofrecerse como sacrificio por el pecado, Cristo
pudo comenzar su ministerio especial (8:3,10:12). Sólo después
que participó de carne y sangre, hecho "en todo semejante a sus
hermanos" (2:17) -ya que "fue tentado en todo según nuestra
semejanza", para poder "compadecerse de nuestras debilidades"
(4:15; cf 2:14,18)-, estuvo en condiciones de llegar a ser un "misericordioso
y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del
pueblo" (2:17). Por tanto, después de su ascensión, Cristo
entró "en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante
Dios" (9:24). "Dando el Espíritu Santo a entender con esto
que aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo,
entre tanto que la primera parte del tabernáculo estuviese en pie"
(v 8).
Tal como Aarón, Cristo fue "llamado
por Dios" (5:4) y no asumió el cargo de sumo sacerdote por decisión
propia (v 5). Mediante un juramento (7:21), Dios lo declaró "sumo
sacerdote según el orden de Melquisedec" (5:10; cf v 6). De este
modo el sacerdocio fue "cambiado" (7:12) de la tierra al cielo; y
puesto que él vive "siempre para interceder por ellos" (v 25),
su sacerdocio dura para siempre (v 24). Como consecuencia de su sacrifico perfecto,
"no tiene necesidad cada día. . . de ofrecer. . . sacrificios. .
. porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí
mismo" (v 27). El suyo es un "mejor ministerio", puesto que es
"mediador de un mejor pacto" (8:6), lo que en el estricto sentido
del término ocurrió sólo en ocasión de su muerte
(9:15-17). Este es "el camino nuevo, vivo que él nos abrió"
por medio de su encarnación, "a través del velo, esto es,
de su carne" (10:20). Tenemos un gran Sumo Sacerdote obre la casa de Dios
(v 21), y se nos invita a acercarnos "con corazón sincero, en plena
certidumbre de fe" (v 22), "confiadamente al trono de la gracia, para
alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro" (4:16).
Bibliografía.:
Flavio Josefo - Antiguedades de los Judíos,
vii. 14.7; (Barcelona, 1988).