Templo de Zorobabel.
El que estaba en Jerusalén, reconstruido
después del exilio gracias a un decreto del rey Ciro. De acuerdo con
ese permiso real, debía tener 60 codos de ancho y 60 codos de alto, pero
en dicho documento no figura la longitud (Esd. 6:3). La construcción
comenzó en el 2º año después del regreso de los exiliados
de Babilonia, pero los constructores encontraron tanta oposición por
parte de sus enemigos en su patria, que la obra pronto llegó a una virtual
interrupción, y permaneció en esa situación hasta el reinado
de Darío I. En el 2º año de su reinado los profetas Hageo
y Zacarías animaron a Zorobabel, el gobernador, y a Josué, el
sumo sacerdote, para que hicieran otro esfuerzo con el fin de reconstruir el
templo. Respondieron favorablemente, y con el apoyo entusiasta de toda la nación
y la buena voluntad de los funcionarios y del rey persa, el nuevo templo, generalmente
llamado Segundo Templo, se terminó junto con las estructuras auxiliares
en un período de unos 4 1/2 años, desde el 520 hasta el 515 a.C.
(Esd. 3:8-4:5; 4:24-6:15).
No se conocen sus medidas, aunque es razonable
suponer que se siguieron los lineamientos generales del templo de Salomón.
La decoración de los edificios no era tan suntuosa, y los que habían
conocido el primero lloraron al ver la sencillez de su diseño cuando
apenas se colocaron las piedras de los fundamentos (Esd. 3:12; cf Hag. 2:3).
El hecho de que los judíos hayan empleado 2 años menos en construir
el nuevo templo, se debió no sólo a que era una edificación
más pequeña, sino también a que ya existía la antigua
plataforma de los días de Salomón (véase más arriba),
gran parte de la cual sin duda se pudo utilizar después de hacerle algunas
reparaciones. Puesto que la preparación de esa plataforma debió
de haber consumido mucho tiempo, esfuerzo y dinero, la reconstrucción
de las estructuras superiores en el mismo lugar ciertamente tuvo que haber sido
ventajoso ya que se podían aprovechar los fundamentos del antiguo templo.
La madera de cedro que se utilizó
en el templo se trajo de los montes Líbano (Esd. 3:7), y los metales
preciosos para las decoraciones provinieron de las ofrendas voluntarias del
pueblo y de los dirigentes (1:6; 2:68, 69). Muchos de los vasos del antiguo
templo, que el ejército de Nabucodonosor llevó a Babilonia (7:1-11),
fueron devueltos por Ciro a los funcionarios judíos, quienes los trajeron
de regreso a Jerusalén. El edificio del templo estaba dividido, como
antes, en lugar santo y lugar santísimo, y como antes también
esa división era una pared, aunque había una cortina (1 Mac. 1:22).
Las paredes interiores estaban recubiertas de oro.
El lugar santísimo estaba vacío,
porque el arca de Dios y los querubines desaparecieron cuando Nabucodonosor
tomó Jerusalén en el 586 a.C. Los judíos han conservado
una tradición según la cual Jeremías y algunos de sus seguidores
la habrían escondido en una caverna. Después del regreso del exilio
todos los esfuerzos desplegados para recuperar el arca sagrada han sido infructuosos,
y hasta hoy no han tenido éxito. En el lugar santo estaba el altar de
oro del incienso, un candelabro y una mesa para los panes de la proposición
(1 Mac. 1:21, 22). Varios pasajes indican que había oficinas y depósitos
adosados al templo, o en los edificios que rodeaban los atrios (Esd. 10:6; Neh.
10:37-39; 12:44; 13:4; 1 Mac. 4:38), y se mencionan diversos atrios (Neh. 8:16;
13:7). En el interior se encontraba, como antes, un altar para los sacrificios
(Esd. 7:17), esta vez hecho de piedra y no de bronce, como en el templo de Salomón
(1 Mac. 4:44-47). En él había también una "fuente",
probablemente de bronce (Eclo. 50:3). Varias puertas daban acceso al templo
(Neh. 6:10; 1 Mac. 4:38); no sabemos cuántas eran ni dónde estaban
ubicadas.
Aparentemente, los ritos religiosos de la
ley mosaica se celebraron ininterrumpidamente durante el período persa
y los primeros 150 años de la dominación helenística de
Palestina. Se dice que Alejandro Magno habría visitado el templo, como
lo habrían hecho también a lo menos 2 de los Tolomeos (Tolomeo
III y Tolomeo IV; 3 Mac. 1:9, 10). Antíoco IV Epífanes lo profanó
en el 168 a.C. al levantar en el atrio un altar dedicado a Júpiter Olímpico
y al sacrificar cerdos en él. Se llevó asimismo el mobiliario
sagrado del lugar santo, y todos los tesoros del templo, (1 Mac. 1:21-23). No
obstante todo eso, fue reparado, se lo volvió a amueblar y se lo rededicó
en el 165 a.C. después que las fuerzas de los macabeos tomaron Jerusalén
(1 Mac. 4:43-59); la fiesta de la Dedicación (Jn. 10:22) se originó
en ese tiempo. Cuando Pompeyo tomó Jerusalén en el 63 a.C., el
templo no sufrió ningún daño, pero más tarde fue
objeto de pillaje por parte de las tropas de Craso. Posiblemente haya sufrido
daños adicionales en la toma de Jerusalén por Herodes en el 37
a.C. En ese tiempo, el templo, que ya tenía 500 años, necesitaba
una reparación profunda, o una reconstrucción total. Herodes decidió,
en cambio, levantar un nuevo templo que superara en esplendor y hermosura a
cualquier otro edificio del país (Mt. 24:1; cf Lc. 21:5).