Perturbación cósmica:
El origen del bien y del mal

Ángel Manuel Rodríguez

El testimonio bíblico es claro: Todo lo que Dios creó es bueno. Esto transforma la existencia del mal y el pecado en el universo en uno de los temas más difíciles que la teología tiene que afrontar. La mayor parte de la teología cristiana ha abordado tradicionalmente el origen del pecado desde la perspectiva de la libertad, argumentando que una verdadera relación requiere la libertad de todos los que participan en ella. En ese caso, y desde la perspectiva divina, la cuestión fundamental parece haber sido: ¿Deberíamos crear criaturas inteligentes con libre albedrío, o seres irracionales que carezcan de autodeterminación? Una creación significativa en la que el amor gobernaría libremente, requeriría la presencia de criaturas dotadas de libertad.
La libertad, el pecado, el mal, y la responsabilidad
Con respecto al origen del pecado y del mal la relación entre la libertad y la responsabilidad es importante. Si Dios creó criaturas libres e inteligentes, ¿no será responsable de alguna manera por el fenómeno del pecado? Si es responsable, entonces, la expiación no se fundamentaría en el amor sacrificial de Dios, sino en la necesidad de resolver un problema que él mismo había creado. Para abordar esta preocupación tenemos que empezar por la convicción de que las criaturas inteligentes que Dios trajo a la existencia eran buenas. Dado que solo algunas de ellas desarrollaron malos deseos, mientras que las otras se mantuvieron fieles al Creador, debemos concluir que el mal no es inevitable, sino que está directamente relacionado con el uso de la voluntad. [1] La distinción entre la naturaleza y la voluntad es de gran valor en la búsqueda de una respuesta a nuestra pregunta. Podríamos decir que la naturaleza de sus criaturas, como las creó originalmente, era buena, pero el mal ejercicio de su voluntad los llevó al pecado y al mal. En ese caso, Dios es el responsable del primero, pero no del segundo. El mal uso de la voluntad se basa en, pero no está determinada por, la libertad con la que Dios ha investido a sus criaturas inteligentes. [2]
Por consiguiente, la Escritura excluye la posibilidad de que el mal y el pecado se hayan originado en Dios. De hecho, con respecto a la distorsión del pecado en el universo, no asigna ningún nivel de responsabilidad a Dios. El texto bíblico atribuye este inquietante fenómeno a un ser celestial que se rebeló contra Dios. La información acerca de esta rebelión se encuentra especialmente en dos pasajes proféticos. Uno está ubicado en un discurso pronunciado contra el rey de Babilonia (Isaías 14:12-15) y el otro en un discurso similar contra el rey de Tiro (Ezequiel 28:11-18). Ambos emplean el lenguaje y las imágenes originales de la rebelión en los cielos para describir el profundo nivel de corrupción de los poderes terrenales y su colapso final. Examinaremos esos pasajes y varios otros.
Origen y naturaleza del querubín
Uno de los pasajes más importantes que informan sobre el iniciador del mal lo identifica como un querubín (Ezequiel 28:14, 16). Un querubín es un ser celestial, angelical que está al servicio de Dios. Esta identificación nos ayuda a comprender su naturaleza y su función.

Fue un ser creado. Los seres celestiales no son divinos ni tienen existencia propia, son parte de la creación de Dios. Hubo un “día” cuando este querubín fue creado (Ezequiel 28:15). Ezequiel utiliza el verbo bara (“crear”) para describir su origen. Es el mismo verbo utilizado en Génesis 1:1. En el Antiguo Testamento el verbo bara’ se utiliza para expresar claramente la incomparable obra creadora de Dios, en contraste con todos los productos secundarios y las semejanzas hechas por el hombre a partir de los materiales existentes”. [3]
El hecho de que este ser angélico era un ser creado es significativamente importante en cualquier debate sobre el origen del mal y del pecado. En primer lugar, establece claramente que Dios no es la fuente de esas aberraciones y que, por lo tanto, no es responsable de la presencia del pecado en el universo. El hecho de que Dios creó a la criatura con libertad la hace responsable de la forma como emplea esa libertad. En segundo lugar, el hecho de que es una criatura indica que el mal y el pecado no son eternos, coexistiendo como una fuerza paralela con Dios. El texto bíblico excluye cualquier comprensión dualista del mal y el pecado. En tercer lugar, al ser una criatura significa que este querubín no tenía vida en sí mismo y que, por lo tanto, finalmente llegará a su fin. Esto sugiere que el mal y el pecado también llegarán a su fin.

Estaba cerca de Dios. Un querubín era una especie de ángel que estaba especialmente cerca de Dios. La Escritura a veces lo asocia con el trono de Dios, como es el caso con el trono-carro divino en Ezequiel 10:1. Una lectura de Ezequiel capítulos 1 y 10 indica que “el trono de Dios es movible; que tenía ruedas y que era tirado por seres vivos (Ezequiel 1), Ezequiel 10 (versículos 15, 20) se refiere a ellos como kerubín [querubines]”. [4] El lenguaje es altamente simbólico. El profeta describe a estos “seres vivientes” (1:15) como si estuvieran semejanza de animales, pero teniendo el aspecto general de un ser humano (1:5-7). Su verdadero aspecto no se describe en la Biblia. El libro de Ezequiel los describe simbólicamente como teniendo cuatro rostros, uno como un buey, y los otros como un león, un águila y un hombre (1:10), indicando, probablemente, la trascendencia de estos seres. [5]
Juan da una descripción un poco diferente de estos mismos seres, aunque también los coloca cerca del trono de Dios en el templo celestial (Apocalipsis 4:6-8). Esta asociación de los querubines con la morada de Dios tiene su contraparte en el tabernáculo terrenal, en las figuras de querubines bordados en el velo del Santuario y en la cubierta interior (Éxodo 26:1, 31). Salomón adornó las puertas del templo con talladuras de querubines (1 Reyes 6:29-35). La conexión entre el trono de Dios y los querubines también se comunica a través de las dos figuras de querubines en el arca del pacto. En este caso parece que solo tenían una cara (Éxodo 25:17-22). El arca del pacto se asocia, comúnmente, en el Antiguo Testamento con el trono de Dios. Quizá es mejor decir que funcionó como el estrado del trono de Dios (1 Samuel 4:4; 1 Crónicas 28:2; Salmo 132:7). [6]

Era un querubín protector. Con respecto al querubín en Ezequiel, el texto dice que era un “querubín protector”. Los traductores algunas veces rinden la frase como “un querubín guardián” [sakak] (Ezequiel 28:14, 16). Pero en este caso, el verbo hebreo no significa “proteger”, sino “cubrir, proteger, velar”. El verbo también aparece en conjunción con los querubines sobre el arca del pacto. Sus alas se extendían hacia arriba “cubriendo [sakak] la cubierta [del Arca] con ellas”, mientras miraban hacia la cubierta (Éxodo 25:20; 37:9). El contexto no exige la idea de protección porque los querubines mismos están en una actitud de adoración, mirando reverentemente hacia el lugar de expiación y, quizá, meditando en el misterio de la misericordia y la justicia divinas (cf. 1 Pedro 1:12). Sus alas parecen formar un dosel dentro del cual Dios se reveló a Moisés (cf. 25:22). Salomón, por instrucción divina, hizo dos grandes querubines de madera con recubrimiento de oro y colocó entre ellos el arca del pacto misma: “Los querubines tenían extendidas las alas sobre el lugar del arca, y así cubrían los querubines [sakak] el arca y sus varas” (1 Reyes 8:7; cf. 1 Crónicas 28:18). La Escritura no dice nada sobre la función de estos dos querubines. Las alas extendidas formaban un dosel sobre el arca de la alianza, indicando, quizá, que por encima se encontraba el invisible trono de Dios. [7] En ese caso,  estarían asociados con el reinado y la soberanía de Dios: su gobierno universal. No es necesario postular que la cobertura tiene un significado protector. Con respecto al querubín que se menciona en Ezequiel, el texto emplea el verbo sakak en el absoluto, es decir, el texto no menciona lo que cubría. De hecho, el verbo es un participio acompañado de un artículo definido: “querubín ungido, el querubín uno”. La referencia es a un querubín en particular que tenía una función cubridora. Los querubines asociados con el arca del pacto proporcionan el mejor paralelo únicamente en el sentido de que esos textos indican claramente que los querubines se colocaron cerca del trono de Dios, como coparticipantes en la administración del reino de Dios y como instrumentos en la comunicación de su voluntad. Esto sugiere que este querubín tenía un lugar de honor en el cielo, estaba frente a la luz de la presencia de Dios, y funcionaba como vehículo para revelar los propósitos de Dios para los demás. [8] Como era una posición de honor concedida por el Señor, sería apropiado concluir que “Lucifer había sido el querubín cubridor. Había estado en la luz de la presencia de Dios. Había sido el más alto de todos los seres creados y el primero en revelar los propósitos de Dios al universo”. [9]

Era influyente. Como ya se hizo notar, Dios asignó a este querubín una posición de honor. El texto dice: “Tú, querubín grande, protector, yo te puse en el santo monte de Dios, allí estuviste; en medio de las piedras de fuego te paseabas” (Ezequiel 28:14). El verbo “ungir” se explica en la segunda línea con la frase, “Yo te puse”. El verbo nathan (“ordenado”) expresa aquí la idea de nombrar a alguien para una responsabilidad. Este nombramiento específico aumenta la influencia de este ser celestial. El texto añade: “En medio de las piedras de fuego te paseabas” (28:14). El verbo halak significa “ir y venir, para caminar sobre” y expresa “su libertad y, sobre todo, su papel de supervisión” [10] (véase, Job 1:7). El querubín se desplazaba libremente observando lo que ocurría a su alrededor. Este tipo de andar tenía un propósito determinado (Génesis 13:17). Se movía libremente “en el santo monte de Dios”, el que previamente se había denominado “el huerto de Dios”, Edén (28:13, 14). El “monte de Dios” es el lugar de su morada celestial y donde se encuentra y donde se reúne el concilio celestial con el Señor. Isaías se refiere a ese monte como “el monte de la asamblea” (14:13). Al referirse a ella como el “Huerto de Edén” el autor bíblico enfatiza la naturaleza paradisíaca de la morada celestial. El querubín reside en ese glorioso lugar, sirviendo al Señor y, en consecuencia, ejerciendo un importante liderazgo entre las huestes celestiales.

Era perfecto. La Escritura describe los “caminos” de esta figura celestial, es decir, su conducta, como “perfecto” (Ezequiel 28:15). La descripción se aplica tanto a su ser interior como a su expresión exterior en su comportamiento personal. El objetivo de la declaración es indicar que no había nada fundamentalmente malo en él. Dios lo había creado en un estado de perfección, sin ningún defecto. El sustantivo tamim expresa principalmente la idea de totalidad, sin daños, sin defecto; y de ese uso concreto se desarrollan significados éticos y religiosos. Por lo tanto, tamim es algo que es completo, “una totalidad sin disminución”. [11] Los usos éticos, morales y religiosos del término se basan en la convicción de que es importante preservar el orden de la vida en la sociedad, los lazos que la mantienen unida. La frase, “perfecto eras en todos tus caminos”, designa a una persona que contribuye a la preservación de ese orden. En relación con el Señor mismo, la Escritura declara: “En cuanto a Dios, perfecto es su camino [tamim]” (2 Samuel 22:31). El que crea orden en el mundo no lo cambia, sino que lo preserva.
Los Salmos de una manera particular proporcionan una idea clara del significado religioso y ético de tamim. Ser perfecto es caminar de acuerdo a la Torah, la instrucción divina (119:1). El salmista se pregunta: “Señor, ¿quién habitará en tu tabernáculo?” Y la respuesta es, “el que anda en integridad y hace justicia, y habla la verdad en su corazón [tamim]” (Salmo 15:1, 2). El salmista explica un poco más diciendo que es una persona que “hace lo correcto”, que es verdadera de corazón, que no calumnia, que no hace ningún mal a los demás, que honra y teme al Señor, que cumple sus juramentos, y que no explota y abusa a otros para su beneficio personal (versículos 2-4). Un estilo de vida intachable honra a Dios y muestra respeto por los demás. El querubín que moraba en el monte de Jehová se caracterizaba por este tipo de vida desde el momento en que fue creado.
La caída del querubín
El origen del pecado es y seguirá siendo para siempre un misterio más allá de la comprensión de cualquier criatura inteligente en el universo. Pero aunque escapa a nuestra comprensión total, todavía podemos comprender algo, como ocurre, por ejemplo, con el misterio de la encarnación. Es, simplemente, que el pecado carece de una razón para su existencia. A primera vista, el hecho de que llegó a existir puede dar la impresión de que podría tener un propósito. Pero nuestra discusión acerca de su origen revelará que no tiene propósito, ni significado, y que roba todo lo demás de su significado. El pecado está basado en una mentira.

Se halló en él maldad. El misterio de su origen se hace evidente en Ezequiel 28:15 “Perfecto eras en todos tus caminos desde el día en que fuiste creado hasta que se halló [cawlah] maldad [matsa] en ti”. Si bien la Escritura explica claramente la perfección del querubín como producto de la creación divina, la maldad es un fenómeno inesperado que simplemente “se le halló”. Dios no lo hizo originalmente así. Los contextos legales con frecuencia emplean la forma pasiva del verbo matsa (“encontrar”) [12] para indicar que lo que se encontró fue el resultado de un proceso judicial (cf. Ester 2:23; Salmo 17:3; 1 Samuel 25:28).[13] La implicación sería, entonces, que el extraño comportamiento del querubín fue legalmente examinado y “se halló” que era malvado. Lo que hace que el examen jurídico sea necesario es, precisamente, que la conducta del querubín correspondía a los que se esperaba de él: estaba perturbando el orden establecido por Dios. El proceso judicial determinó que había en él “maldad” (‘awlah).
El sustantivo ‘awlah significa “maldad, malicia, injusticia”, [14] y fundamentalmente se refiere a incorrección y perversidad. El énfasis de este término es menos específico del acto pecaminoso y más en la “evaluación general, más bien negativas, del comportamiento de una persona, y sus acciones”. [15] La Escritura llama a esas personas “hijos de ‘awlah’”, es decir, su carácter ha sido modelado por la perversidad y la injusticia (2 Samuel 3:34; 7:10; Salmo 89:22; 1 Crónicas 17:9). Más concretamente, el término se refiere, en primer lugar, a aquello que es incorrecto e ilegal. [16] Los que han cometido este tipo de delitos se han “apartado de la ruta correcta, del sistema jurídico al que una persona debe adherirse, se han apartado del sistema y lo han violado” [17] (cf. 2 Samuel 3:28-30, 34). Incluso se podría sostener que “el rasgo característico de estas personas es que no se adhieren a la voluntad proclamada de Dios”, [18] a su ley (Oseas 10:9). En segundo lugar, el término expresa la idea de duplicidad, es decir, la persona pretende estar haciendo lo correcto cuando en realidad no lo está (Deuteronomio 25:13-16). Estas acciones ponen de manifiesto la condición interior de la persona en el sentido de que utiliza la astucia y el engaño (cf. Salmo 64:7). En tercer lugar, ‘awlah expresa la idea de deslealtad. Según Sofonías 3:13, los que tienen ‘awlah hablan mentiras, que en este caso se refiere “no a una falsa acusación, sino a la deslealtad y el engaño en las relaciones humanas cotidianas y en su relación con Yahvé” [19] (cf. Isaías 29:3; Oseas 7:13). El discurso se usa en contra de Dios, poniéndolo al servicio de la injusticia, la falta de paz (Malaquías 2:6), la falsa representación (Job 13:7) y la calumnia (Ezequiel 22:9). En cuarto lugar, en algunos pasajes bíblicos ‘awlah designa el rechazo del Señor de parte de su pueblo y expresa la idea de apostasía [20] (Jeremías 8:5; Salmo 78:36-37).
Podemos concluir que el término ‘awlah no solo describe un acto particularmente ilegal que perturba el orden social y moral dañando a otros de diferentes formas, sino también la disposición interna de la persona a cometer la falta. El uso del término hebreo en el Antiguo Testamento sugiere que el querubín mostró deslealtad a Dios actuando de una manera que altero significativamente el orden social y jurídico. Es probable que algunos elementos de duplicidad también estuvieran presentes.

Multitud de negociaciones, violencia, y pecado. Ezequiel describe al querubín como involucrado en muchas contrataciones (rekullah) que lo llenaron de violencia (úamas) y resultó en pecado (cha’a; Ezequiel 28:16). El texto lo describe como un comerciante, que, en el contexto, esta comerciando (difundiendo o vendiendo) un espíritu de rebelión. Sugiere que hay otros que le están escuchando. La raíz original de la expresión rekullah describe a una persona que anda alrededor, y de allí se aplica al comerciante que camina de un lugar a otro vendiendo sus productos, un vendedor ambulante. [21] El pasaje de Ezequiel ve al querubín como activamente involucrado en la propagación de lo que considera que son sus mercancías. La palabra rekullah está también relacionada con el sustantivo rakil que significa “calumnia”. Si este significado se aplica a este contexto, entonces el texto significaría que el querubín difamaba al Señor en muchas formas, es decir, hablando mal, falsa y maliciosamente en su contra. Al hacer, fue “lleno de iniquidad [úamas]”.
El Antiguo Testamento usa el sustantivo hebreo úamas, generalmente traducido como “violencia”, [22] principalmente en el contexto de la interacción social y jurídica o legal. Designa una manera inadecuada de relacionarse con otros que viola sus derechos, involucra “la apropiación ilegal de lo que pertenece a Dios o al prójimo”, y está “motivada por la codicia y el odio y, a menudo, haciendo uso de la violencia física y la brutalidad” [23] (Sofonías 3:4; Ezequiel 22:26). Este tipo de violencia puede resultar en el asesinato (Génesis 49:5; Jueces 9:24). Puede ser verbal, que consiste en la humillación de la víctima “a través del engrandecimiento personal insolente” [24] (Génesis 16:5), por influir en otros induciéndolos al mal (Proverbios 10:6), o por acusar falsamente a alguien (Salmo 55:3, 9). En el caso  de las falsas acusaciones, el odio es su fuente (Proverbios 10:3; Salmo 27:12).
Con respecto a la atribución de violencia al querubín, muy probablemente se refiere a la violencia verbal, en forma de acusaciones falsas, influir a otros induciéndolos a hacer el mal, y el autoengrandecimiento.  Nótese que son sus muchas contrataciones/calumnias las que llenan su interior (hebreo tawek, “dentro de, en el interior de, parte interna”) de violencia. Expresando sus sentimientos negativos se corrompe aún más y los sentimientos dan paso a un espíritu de violencia. El querubín estaba lleno de violencia, estaba infectado por ella, y se corrompió totalmente desde adentro hacia fuera. Una vez llegado a ese punto en su autocorrupción no había nada que el Señor pudiera hacer, sino pronunciar una sentencia en su contra. Del mismo modo que los habitantes del mundo antediluviano, que también se llenaron de violencia (Génesis 6:11), el querubín tuvo que enfrentar el juicio de Dios contra él.
Ezequiel 28:16 utiliza otro término para describir la conducta del querubín: “Fuiste lleno de iniquidad, y pecaste”. La violencia es pecado. El verbo hebreo cha’a (“pecar”) se utiliza en el Antiguo Testamento para designar el pecado en su sentido más amplio, como una acción que no alcanza el objetivo de Dios para los seres humanos, o el fracaso humano para vivir a la altura de las expectativas divinas, y que los separa de Dios”. [25] “Del mismo modo que otras palabras relacionadas con el concepto de ‘pecado’ supone una norma absoluta o ley”, que es violada. [26] Nos enfrentamos una vez más al hecho de que el querubín, a través de sus acciones y sus palabras contra Dios, estaba trastornando el orden establecido por el Señor al no someterse a su ley.

“Se enalteció tu corazón” (Ezequiel 28:17). Hasta ahora el énfasis principal se ha puesto en las acciones externas del querubín que reveló la presencia de la autocorrupción. Ahora examinaremos a su ser interior, su corazón. Aquí estamos cara a cara con la inexplicable naturaleza de pecado. El pecado está directamente relacionado con el orgullo. El verbo gabah significa literalmente “estar enaltecido” (Job 5:7; 1 Samuel 10:23), y a partir de ese significado concreto llegó a significar tanto “ser exaltado” de una manera positiva (Job 36:7), como “ser arrogante” (Isaías 3:16; Ezequiel 16:50). El orgullo hace que uno se perciba a sí mismo como superior a los demás. Es, fundamentalmente, una visión distorsionada de sí mismo que contribuye a alterar el orden social y religioso. [27] De este modo designa a las personas que “indebidamente se elevan a sí mismas a posiciones exaltadas, reclamando poder y autoridad sobre circunstancias que están más allá de su control” [28] y a las cuales no pueden aspirar legítimamente (2 Crónicas 26:16).
El querubín se hizo orgulloso y trató de justificar esta actitud y este sentimiento irracionales basándolos en su propia “belleza” (hebreo yapi) y “esplendor” (hebreo yipcah). La belleza está asociada en la Biblia en la forma del objeto, su apariencia (Génesis 39:6; 41:18; 1 Samuel 17:42). También incluye las acciones y habilidades de una persona (Cantares 6:10; Proverbios 11:22). Ezequiel hace mucho énfasis en la impresionante apariencia del querubín que lo llevó a volverse orgulloso. La belleza podría dar lugar a un “arrogante desprecio” hacia Dios (Isaías 3:16-24; Ezequiel 27:3-5). El “esplendor” se refiere al brillo del querubín, a su apariencia. La forma verbal del sustantivo (yapac) significa “brillar, producir brillo”, [29] que a menudo se refiere a la aparición del Señor (Deuteronomio 33:2-4; Salmo 50:2-6; 94:1-3). Cuando se muestra la luz de su presencia reluce indicando su majestuoso poder. Según Salmo 80:1, la luz de la presencia de Dios resplandece desde su trono por encima de los querubines. Siendo que los querubines están cerca de Dios parecen participar de su esplendor. Esta condición de alguna manera “corrompió” (shacha), la “sabiduría” (chakmah) del querubín.
En el Antiguo Testamento la sabiduría designa la inteligencia, las habilidades, y la astucia necesaria para dominar la vida, conservarla, y disfrutar de ella, y se caracteriza por las preocupaciones socio-religiosas. Es considerada como un don de Dios (1 Reyes 5:9, 26; Santiago 1:5), que contribuye a la adecuada interacción social y religiosa de las personas entre sí y con Dios. Por lo general, la Escritura relaciona a la sabiduría con la adhesión a la ley de Dios, y se considera una fuente de la sabiduría (Deuteronomio 4:6). A causa de su orgullo el querubín “corrompió” su sabiduría (Ezequiel 28:17), se convirtió en un necio por ponerla al servicio de su propio interés personal. El verbo shacha (“corromper”) significa “arruinar, destruir, aniquilar”.[30] El querubín tomó lo que era bueno y, misteriosamente, lo arruinó al hacer mal uso de él. Esto sin duda resultó en el desprecio de los demás y en la alteración del orden social y religioso y la paz.
Cuestiones en el conflicto
Hemos estado describiendo la corrupción interna del querubín que fue estimulada por su percepción superficial de su apariencia exterior y su sabiduría inusual. En un acto de autoengaño, los sentimientos de belleza y sabiduría superior dieron paso a una racionalización de su orgullo. Pero el texto bíblico lleva más allá esa autopercepción hacia las motivaciones internas profundas de su corazón, que nos ayudan, al mismo tiempo, a comprender mejor algunas de las cuestiones centrales en el conflicto. En el mismo centro del conflicto se encuentran las verdaderas intenciones del querubín: “Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto al trono de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré a los lados del norte […]. Y seré semejante al Altísimo” (Isaías 14:13, 14; cf. Ezequiel 28:8).

Ser semejante al Altísimo. La Escritura interpreta ahora el orgullo del querubín en términos de su insatisfacción con el papel específico que le fue asignado por Dios como una de sus criaturas. Ya no estaba satisfecho con su posición privilegiada como querubín protector, aspiraba a más, y, en consecuencia, desarrolló sentimientos de inferioridad. Al parecer jugaba con la idea de cruzar el umbral infinito que separa la criatura del Creador. El objetivo final de su orgullo quedó claro: Deseaba ser tan alto/exaltado como Dios. Usurpando las funciones de Dios, procuró su propia entronización en el templo celestial como el rey cósmico (o al menos compartir el trono con él: “En el monte del testimonio me sentaré” (Isaías 14:13). Era, fundamentalmente, un conflicto entre este querubín particular y Dios.
Si nos preguntáramos cómo una criatura perfecta podría aventurarse en ese nuevo modelo de pensamiento, nos enfrentaríamos con una oscuridad impenetrable. Lo único que podríamos reafirmar es el hecho de que es la libertad de la criatura la que lo podría llevar a explorar ese improbable camino de pensamiento. En este punto cabría preguntar acerca del estado de las facultades racionales del querubín. ¿No debería haberlo alertado su razonamiento inmaculado sobre el hecho de que lo que estaba explorando era totalmente irracional y, obviamente, más allá de las posibilidades de una criatura? El proceso de autocorrupción debe haber ya durado una cantidad significativa de tiempo durante el cual la parte emocional del querubín tomó el control de su vida y le produjo desequilibrio e inestabilidad a su ser interno. Ciertamente, estaba haciendo mal uso de la libertad que Dios le había concedido, ahondando en emociones y pensamientos que lo llevaron poco a poco al camino de la oscuridad. El mal estaba gestándose misteriosamente dentro de su mismo ser.

La descentralización del yo. Los textos que describen la autocorrupción del querubín hacen bien claro que sus actividades contribuyeron a la alteración del orden establecido por Dios. El orden divino se centraba en la voluntad amorosa del Creador hacia sus criaturas. Dentro del sistema divino, el servicio desinteresado a Dios y a los demás constituye el núcleo de la existencia de cada ser; es decir, les proporcionaba la orientación existencial y les daba significado a sus vidas dentro de ese orden. En ese estado original de las cosas, la monstruosidad del mal se expresó como la descentralización y la desorientación del yo. El mal era una reclamación de independencia del sistema de orden que nutre la criatura, que ha hecho posible la existencia, y que lleva a la realización del yo, mediante el servicio desinteresado. Un querubín reclamaba ahora ser tan autosuficiente como Dios siempre había sido. Pero es más profundo que eso. En contraposición a Dios, no sólo reclamaba la autosuficiencia, sino el centro del yo manifestado en el orgullo. En el momento en que uno de los segmentos de la creación buena e inteligente de Dios se separó de los demás, la Shalom (paz) cósmica quedó perturbada y dañada.

Oposición a la voluntad expresa de Dios. En estrecha relación con lo que acabamos de discutir está la rebelión del querubín contra la ley de amor de Dios. Impulsado por su orgullo rechazó el principio de amor desinteresado que gobernaba el universo. En su lugar, promovía el autogobierno, rechazando la voluntad de Dios para él y para los demás. Juan escribe: “El diablo ha estado pecando desde el principio” (1 Juan 3:8). Este verso nos lleva de vuelta al momento en que el cielo encontró el pecado en el querubín. Como se indicó anteriormente, el pecado consiste en hacer lo que es ilegal o simplemente apartarse del sistema jurídico establecido por Dios (hebreo ‘awlah, “injusticia”; Ezequiel 28:15). Desde entonces, dice Juan, el diablo ha estado pecando constantemente, es decir, que ha estado actuando en continua oposición a la ley de Dios.
Existe una relación estrecha entre el pecado y la ley: “Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley [anomia]” (1 Juan 3:4). El término anomia está formado por el prefijo privativo a (“no, sin”), mas el sustantivo nomos (“ley”) significa “sin respeto a la ley”, refiriéndose a un “estado o condición de estar dispuesto a lo que es ilegal”. Con respecto a los seres humanos, siempre que se incrementa la “anomia”, su amor por los demás disminuye (Mateo 24:12); porque la “ley y los profetas” no son más que la explicación de la orden de amar a Dios y al prójimo (22:34-40). [31] Esta misma actitud y condición debe haber caracterizado al querubín. La ley eterna del amor divino fue sustituida por la anomia. Pero Cristo vino “para deshacer las obras del diablo” (1 Juan 3:8), y los que pertenecen a él saben que son hijos de Dios y no del diablo, porque se aman entre sí (versículo 11). Desde el principio el enemigo ha estado promoviendo la ilegalidad, mientras que Cristo proclamó la ley de amor. El conflicto todavía no ha terminado.
El adversario histórico y escatológico de Cristo, es el anticristo que Pablo describe como “el inicuo” (2 Tesalonicenses 2:8). El apóstol considera esta actitud antiley de acuerdo o “por obra de Satanás” (versículo 9). Este texto es importante porque establece que la oposición de Satanás a la ley de Dios al comienzo del conflicto cósmico será un tema importante en la clausura del conflicto. Su objetivo, como “el inicuo” será “la destrucción de todo ese omniabarcante orden de cosas revelado en el nomos [ley]”. [32] Esta ha sido su intención desde el momento en que se rebeló contra Dios. Podemos concluir que en el conflicto cósmico el sometimiento a la amorosa voluntad de Dios expresada en su ley de amor sigue desempeñando un papel importante.

Ataque contra el carácter y el gobierno de Dios. Un ataque contra la voluntad divina es, casi por definición, un ataque contra el carácter de Dios, porque la ley es un reflejo de su carácter. Ezequiel reveló que el querubín se caracterizaba por sus ataques calumniosos y la violencia verbal. Tal actitud es inseparable del orgullo y es una expresión de orgullo. El orgullo incluye ataques que tienen el propósito de disminuir y menospreciar el valor real de los demás, en este caso, Dios. Podríamos usar dos ejemplos bíblicos para ilustrar la forma en que el enemigo trató de hacer esto.
Relato de Génesis 3: La primera de ellas se registra en Génesis 3, y tuvo lugar durante la conversación entre Eva y la serpiente. La narración revela varias cosas acerca del espíritu rebelde del enemigo de Dios. En primer lugar, trató de malinterpretar a Dios. Se acercó a Eva y le preguntó: “¿Con que Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?” (3:1). La pregunta insinuaba que Dios nos les había revelado sus verdaderas intenciones para los seres humanos, y que, por consiguiente, no era confiable. En segundo lugar, el enemigo de Dios contradijo abiertamente la voluntad expresa de Dios para Adán y Eva. Acusó a Dios de haberles mentido (Génesis 3:4). Aunque Dios había dicho que comer del árbol prohibido daría lugar a la muerte, la serpiente replicó, diciendo: “No moriréis”. La serpiente sugirió que hay un lado oscuro de Dios acerca del cual los seres humanos no saben nada. Los seres humanos, continuó argumentando, eran sus esclavos, incapaces de lograr la plenitud de su ser por causa del miedo a la muerte que Dios mismo les había inculcado. La libertad en unión con Dios era una ilusión. La autorrealización solo es posible a través de la autodeterminación. En tercer lugar, la serpiente reveló la baja opinión que tenía de Dios cuando les aseguró a los seres humanos que ellos podrían ser como Dios. Esta nueva comprensión de la criatura era una expresión de su orgullo personal que se había manifestado cuando él, en la montaña del Señor, como el querubín protector, había tratado de ser como Dios. La única barrera a esa exaltadísima posición era la restrictiva voluntad de Dios. Pero, al tratar de exaltar a la criatura estaba rebajando a Dios de su exaltada posición como Creador de la criatura.
Relato de Job 1 y 2: La segunda narración se encuentra en el libro de Job. Durante la reunión del concilio celestial Dios y Satanás tuvieron una conversación acerca de Job, el fiel siervo de Dios. Dios consideraba a Job como un hombre “perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (1:8). La conversación que siguió reveló los pensamientos y los sentimientos más íntimos del enemigo. En primer lugar, trató de establecer que los seres humanos no sirven a Dios por amor desinteresado. Job, según Satanás, consideraba a Dios como proveedor y mientras continuara supliendo sus necesidades continuaría sirviéndole. En otras palabras, la relación entre Dios y Job no estaba basada en el amor, sino en el interés propio. La afirmación de que era posible para las criaturas responder a Dios, y relacionarse con él, sobre la base del amor puro, era infundada. El egoísmo, argumentaba, era lo que regía el universo, no el amor sacrificial. En segundo lugar, sostuvo que la verdadera naturaleza de la criatura se manifiesta en el contexto del caos y no en el orden establecido por Dios. La disolución de esa estructura artificial permitiría a la criatura llegar a ser autosuficiente al desligarse del Señor, es decir, maldiciéndolo. Por lo tanto, Satanás pidió a Dios que dejara de ser el proveedor, con el propósito de que Job fuera genuino (1:11; 2:5). Esto, según él, demostraría que la relación estaba, en esencia, determinada por el egoísmo.
En tercer lugar, y aún más importante, Satanás estaba rechazando de una manera particular la integridad del carácter de Dios y su sistema de gobierno. Sostuvo que Dios es, por naturaleza, un ser egoísta, interesado únicamente en el servicio de sus criaturas inteligentes. Ello quedó de manifiesto, según él, en dos maneras interrelacionadas. Dios los sobreprotegía a fin de ganar su lealtad, por lo tanto, satisfaciendo sus propios intereses, y como resultado de este proceso, desarrollaba y fomentaba el egocentrismo en sus criaturas. La naturaleza egoísta de Dios se manifestaba también, añadió Satanás, en la forma en que gobernaba el universo. Les estaba dando constantemente, enriqueciéndolos, con el fin de hacerlos depender de él. Si hacían bien con lo que les había dado, entonces, les daría todavía más para que administraran para él. Era a través de este tipo de relación, que ganaba su servicio. Así, el sistema que utilizaba para preservar la unidad cósmica estaba anclado en el egoísmo y motivaba más de lo mismo. Lo que gobernaba el universo no era el amor desinteresado, sino el principio de la autopreservación, según la cual nos adherimos a los demás con el fin de obtener de ellos lo que necesitamos para sobrevivir. Dios, según argumentaba Satanás, era responsable de este estado de cosas, que él trataba de ocultar alegando que lo que sostiene el cosmos unido era un amor desinteresado y de autosacrificio. Si Dios retirara su protección, poniendo fin a su papel de proveedor, se haría claro que la relación entre él y sus criaturas estaba motivada por el interés propio, mentalidad que Dios mismo había cultivado. Estos no solo eran graves cargos contra Dios, sino demostraban la actitud constante y el pensamiento del ángel caído. El conflicto era, de hecho, entre él y Dios.
La expulsión del Monte de Dios
En algún momento durante el conflicto de voluntades en la morada celestial de Dios se pronunció un veredicto final con respecto al ángel rebelde. La preservación del orden exigía la expulsión del querubín caído: “Por lo cual yo te eché del monte de Dios y te arrojé de entre las piedras del fuego, oh querubín protector” (Ezequiel 28:16; Isaías 14:12). El querubín obtuvo el apoyo de un gran número de ángeles “que no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los ha guardado bajo oscuridad, en prisiones eternas, para el juicio del gran día” (Judas 6; 2 Pedro 2:4). El libro de Apocalipsis utiliza las imágenes de este conflicto original en el cielo para describir la victoria de Cristo sobre el diablo en la cruz y en el proceso nos da un poco más de información acerca de lo que ocurrió en el cielo. El propósito de esta vislumbre del conflicto original no era solo para indicar que Cristo derrotó a los ángeles rebeldes en el cielo, sino también que los derrotó de nuevo, de una vez por todas, en la cruz: “Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. Y fue lanzado fuera, el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él” (Apocalipsis 12:7-9).
El conflicto cósmico no terminó entonces, solo acababa de comenzar. Dios había decidido no destruir inmediatamente a los ángeles rebeldes, sino permitir que su libertad se expresara, aunque fuera en una forma corrupta. El origen del mal afectó al cosmos en formas que no somos capaces de comprender, y trajo consigo la desorientación. Este era un nuevo fenómeno y las criaturas inteligentes de Dios no sabían cómo relacionarse con él. La interrogante seguía siendo: ¿Quién tiene razón en este conflicto? ¿Cómo podríamos saberlo? Solo un juicio cósmico podría aclarar todas las cuestiones.
Conclusión
La Biblia asigna el origen del pecado a un ser celestial inteligente que misteriosamente se corrompió y se reveló contra Dios. Las acusaciones formuladas contra Dios vinieron a ocupar un lugar central en el conflicto cósmico. La doctrina de la expiación debe abordar en una forma plenamente satisfactoria la naturaleza cósmica del mal y el pecado. Debe ser capaz, sobre la base de la vida, la obra, y el ministerio de Cristo, de responder plenamente a todas las preguntas planteadas por el querubín rebelde relativas a la naturaleza de Dios, su carácter, la justicia, el amor y la integridad de su gobierno y su señorío cósmico.


[1] Agustín de Hipona (354-430), presentó originalmente la idea como sigue: “No es permisible para nosotros dudar que los apetitos contrastantes de los ángeles buenos y de los ángeles malos se han suscitado, no por una diferencia en su naturaleza y origen, porque Dios, el buen Autor y Creador de todas las sustancias, las creó a ambas; sino con una diferencia en sus voluntades y deseos” (The City of God Against the Pagans, XII. 1, 498).
[2] Véase Gordon Graham, Evil and Christian Ethics (Nueva York: Cambridge University Press, 2001), pp. 200, 201.
[3] Karl-Heinz Bernhardt, “bara”: III. Meaning”, en TDOT, t. 2, p. 246.
[4] D. N. Freedman y M. P. O’Connor, “Kerúb” en TDOT, t. 7, p. 312.
[5] Sería útil señalar que aunque la selección de estos animales puede parecernos arbitraria, ‘eran perfectamente naturales para el mundo de Ezequiel. No solo aparecían frecuentemente en la iconografía antigua y en el arte de los grifos; también tenía significado simbólico para los israelitas. El león era renombrado por su fuerza, su ferocidad, su valor (Jueces 14:18; 2 Samuel 1:23; 17:10), y servía como símbolo de la realeza. El águila era el ave más rápida y majestuosa (Deuteronomio 28:49; Isaías 40:31; Jeremías 48:40). El buey (o ganado –sor no especifica sexo) era, no solo el más valioso animal doméstico, (Proverbios 14:4) sino que funcionaba como símbolo tanto de la fertilidad como de la divinidad (cf., Salmo 106:19-20). El ser humano, creado a la imagen de Dios e investido con majestad divina (Génesis 1:28; Salmo 8), es el más digno y noble de todos” (Daniel I. Block, The Book of Ezekiel Chapter 1-24 [Grand Rapids: Eerdmans, 1997], p. 96).
[6] Para conocer más de este tema, consultar a C.L. Seow, “Ark of the Covenant”, en Anchor Bible Dictionary, ed. David Noel Freedman (Nueva York: Doubleday, 1992), t. 1, pp. 386-393.
[7] Como se sugirió arriba, ni los querubines ni el arca del pacto deberían identificarse con el trono de Dios. La frase “que mora entre los querubines” (1 Samuel 4:4) se toma algunas veces para decir que los querubines forman el trono de Dios. Pero el texto hebreo no tiene la preposición “entre”. Es “enteramente posible que el epíteto tenga el propósito de evocar el cuadro de YHWH, rodeado por querubines, sentado sobre su trono (cf. 1 Rey. 22:19; Isaías 6: 1f.)” (Cornelis Houstman, Historical Commentary on the OT: Exodus [Lueven: Peeters, 2000], t. 3, p. 384).
[8] Véase Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes (Mountain View: Pacific Press, 1940), p. 758.
[9] Elena G. de White, “The Words and Works of Satan Repeated In the World”, Signs of the Times, 28 de abril de 1890.
[10] Block, Ezekiel Chapters 25-48, p. 114.
[11] B. Kedar-Kopfstein, “Tm”, en TDOT, t. 15, p. 702.
[12] S. Wagner y H. J. Fabry, “Matsa”, en TFOT, t. 8, pp. 474, 475.
[13] Ludwing Koehler, Walter Baumgartner, y Johann Jakob Stamm, Hebrew and Aramaic Lexicon of the OT (Leiden: Brill, 2001), t. 1, p. 798 (en los sucesivos KBL3).
[14] R. Knierim, cawel, Perversity”, en Theological Lexicon of the OT, eds. Ernst Jenni y Claus Westermann (Peabody: Hendrickson, 1997), t. 2, p. 849 (en lo sucesivo TLOT).
[15] J. Schreiner, “caslah”, p. 524.
[16] Knierim, cawel Perversity”, en TLOT, t. 2, p. 850.
[17] J. Schreiner,  “caslah”, p. 524.
[18] Ibíd.
[19] Ibíd., p. 526.
[20] Ibíd., p. 527.
[21] Cf., E. Lipinski, “Rkl”, TDOT, t. 13, p. 498.
[22] Ibíd., p. 479.
[23] Ibíd., p. 482.
[24] Ibíd.
[25] Cf., Herbert G. Livingston, “Cha a”, en Theologícal Word Book of the OT, eds. R. L. Harris, G. L. Archer. Jr., y B. K. Waltke (Chicago : Moody, 1980), t. 1, pp. 277, 278 (en lo sucesivo TWBOT) ; y Alex Luc, «Cha a», en New International Dictionary of the OT Theology and Exegesis, ed. Willem A. VanGemeren (Grand Rapids: Zondervan, 1997), t. 2, p. 89 (en lo sucesivo NIDOTTE).
[26] Livingston, “Cha a”, p. 278.
[27] R. Hentschke, “Gabhah”, en TDOT, t. 2, p. 359, declara: «Gbh se usa para caracterizar las aspiraciones y relaciones de los hombres con Dios y con sus prójimos en un sentido ética y religiosamente negativo (Proverbios 16:5 es severo cuando dice que todo el que es orgulloso de corazón es “abominación a Jehová”), y así debiera ser traducido “altivo, orgulloso, presuntuoso, etc.”.
[28] Gay V. Smith y Victor P. Hamilton, “Gbh” en NIDOTTE, t. 1, p. 797.
[29] Helmer Ringgren, “Yapah”, en TDOT, t. 6, p. 219.
[30] Danker, Greek-English Lexicon, p. 85.
[31] M. Limbeck, “Anomía”, Lawlessness, Breaking of the Law”, en Exegetical Dictionary of the New Testament, eds. Hors Robert Balz y Gerhard Schneider (Grand Rapids: Eermans, 1990-1993), t. 1, p. 107 (en lo sucesivo EDNT).
[32] Ibíd., p. 107