POR QUE ES IMPORTANTE LA TRINIDAD
PARTE II.-
El Espíritu Santo y la unicidad trina de la Divinidad.-
INTRODUCCIÓN.-
Ciertamente el Espíritu Santo ha recibido menos atención en la teología y en el cristianismo práctico que la recibida Ciertamente por el Padre o el Hijo. Sin embargo, es muy probable que eso sea lo que el Espíritu Santo quiere. Su especialidad nunca ha sido llamar la atención a su propio ser o persona. Más bien, su mayor deleite consiste en enfocar amorosamente su ministerio en poner de relieve al Padre a través de su representación del Hijo. Es en este ministerio donde podemos hablar verdaderamente del Espíritu como el "Consolador" o "Auxiliador" (NKJV) celestial.
Sin embargo nos preguntamos: ¿Podría el Espíritu Santo llevar adelante eficaz y verdaderamente su ministerio si fuera sólo alguna especie de Internet celestial creado y no la poderosa tercera persona de la Deidad eterna?
Y en conclusión, ¿qué consecuencias teológicas podría tener la unicidad trina o la profunda unidad de la Deidad para nuestro entendimiento de la salvación y la seguridad de que Dios gobierna el universo? Primero veamos la persona y la obra del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo como el agente divino y personal de la salvación.-
Relacionado estrechamente con los asuntos de la naturaleza y persona divina de Cristo están los que involucran la deidad, persona y obra del Espíritu Santo. Las clásicas convicciones trinitarias han sostenido de una manera consecuente que sólo un ser que es Pleno Dios puede representar apropiadamente al Padre y al Hijo a la raza humana. Además de eso, sólo el pleno Espíritu divino puede hacer eficazmente la obra de Cristo como un hecho salvador en el corazón del ser humano.
La plena deidad del Espíritu.-
El texto bíblico que da el testimonio más persuasivo de la necesidad práctica de la plena deidad del Espíritu Santo es 1 Corintios 2:7-12: "Hablamos sabiduría de Dios en misterio... la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció... Pero Dios nos la reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido".
El pasaje afirma claramente que podemos conocer a Dios sólo mediante el Espíritu de Dios, quien ahora es su representante autorizado en la Tierra, la revelación de su amor y poder salvador. Por eso sólo tiene sentido si el Espíritu Santo representa correctamente a ambos, al divino Padre y al Hijo, pues entonces él también debe ser plenamente divino. Una vez más, no sólo "se necesita Uno para conocer a Uno, sino que se necesita un ser de la misma clase o naturaleza esencial para revelar esa clase a alguna otra clase de naturaleza. En otras palabras, sólo un ser que es plenamente divino, quien comparte enteramente la naturaleza eterna del amor divino, puede comunicar adecuadamente tal amor a un mundo lamentablemente destituido del conocimiento divino y sentenciado a muerte.
Reflexione cuidadosamente en una cantidad de otras implicancias "sólo" de la plena deidad del Espíritu Santo:
1. Sólo el Espíritu Santo de Dios podía traer el poder convencedor y convertidor del gran amor de Dios a la humanidad caída. Sólo Uno que ha estado eternamente unido con el corazón del amor abnegado en el Padre y en el Hijo puede comunicar plenamente semejante amor a los seres humanos perdidos.
2. Sólo el Espíritu Santo, que comparte plenamente el corazón de adopción de Dios, inflamado con amor por sus hijos perdidos, puede impartir a sus hijos humanos enemistados "el espíritu de adopción por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios" (Rom. 8:15, 16).
3. Sólo Uno que obró con el Hijo en la creación estaría equipado para volver a recrear a las almas arruinadas por las fuerzas destructivas de Satanás y del pecado (Rom. 8:10, 11). La función recreada del Espíritu está estrechamente ligada a la obra de producir fruto espiritual. Por eso sólo el Espíritu divino, que obra con Cristo la vid guau 15:1-11), es competente para producir en el pueblo de Dios las "primicias del Espíritu" (Rom. 8:23).
Además de esto, el asunto del "fruto del Espíritu" adquiere un significado más claro cuando llega a ser evidente que todos esos distintos frutos (gozo, paz, benignidad, paciencia, etc.) no son sino manifestaciones del "fruto" del amor, el fruto que todo lo incluye (Gál. 5:22-24).
4. Sólo el Espíritu Santo que sostuvo a Cristo a través del horror del Getsemaní y el Calvario puede consolarnos plenamente cuando pasamos por nuestros valles oscuros y las terribles noches del alma.
5. Sólo el Espíritu, que conoce completamente el corazón de nuestro gran Sumo Sacerdote Intercesor puede representar adecuadamente el consuelo e impartir las bendiciones de la intercesión constante de Cristo en favor de nosotros ante el Padre de amor.
6. Sólo el Espíritu que inspiró las oraciones de Jesús puede ayudarnos eficazmente en nuestras debilidades. "Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos" (Rom. 8:26-27).
7. Sólo Uno que puede estar plenamente afinado con el corazón del ministerio encarnado de Jesús, y a su vez ser capaz de estar en todos los lugares al mismo tiempo (la omnipresencia de Dios), puede transmitir la presencia redentora de Cristo a todo el mundo. El único ser que puede hacer una cosa así es el siempre y omnipresente Espíritu Santo.
La personalidad del Espíritu.-
En el capítulo 4 bosquejamos la evidencia bíblica para la plena personalidad divina del Espíritu Santo. ¿Por qué este tema es tan crítico? ¿Sentimos realmente el poder en la declaración de que el Espíritu de Cristo es la manifestación de la presencia personal de Cristo a nosotros?
¿No es la presencia personal del amado el corazón del poder del amor? ¿Podría existir un amor redentor eficaz que en última instancia no se manifiesta en una presencia personal? El pensamiento de que el Espíritu Santo fuera alguna especie de Internet celestial, ¿le trae a su alma alguna sensación de anticipación personal? ¡Gracias a Dios que el Espíritu Santo es la persona divina que se comunica, en lugar de alguna especie de red electrónica impersonal!
Recuerdo muy vívidamente el gozo de comunicarme, vía electrónica, con mi prometida cuando estábamos separados temporaria-mente por los aparentemente interminables kilómetros y días. Pero benditos como pueden ser semejantes canales, ¡en última instancia demostraron no ser un sustituto muy satisfactorio para el estar realmente con ella! Si las únicas esperanzas de amor a las que podría haber aspirado en aquellos días hubiesen sido un correo electrónico o una relación telefónica, ¡habría sido el más digno de "conmiseración de todos los hombres" (1 Cor. 15:19)! Gracias a Dios, el Espíritu Santo es una presencia eficaz y personal del Novio a la novia.
Cuántos han experimentado los servicios técnicamente competentes pero impersonales del personal médico a quienes les falta lo que llamaríamos un buen trato atento y gentil. Y sin embargo, cuando Cristo viene para consolarnos en todas nuestras situaciones estresantes y en las enfermedades relacionadas con el pecado, su trato atento y gentil satisface nuestras necesidades en forma poderosa y personal por medio de la persona de su Santo Espíritu, su representante en la tierra.
Además, cuando Dios nos invita a servirlo, a testificar por él y a realizar grandes hechos para Dios, es el poder y la dirección del Espíritu personal lo que nos fortalece y nos proporciona valor, visión y sabiduría. Por eso, sólo el Espíritu Santo, el Consolador celestial, puede sanar verdaderamente al alma humana enferma y dirigir nuestro testimonio y nuestro servicio en el mundo.
LA UNICIDAD DE LA DEIDAD Y SU SIGNIFICADO TEOLÓGICO.-
La unicidad de Dios y la unidad del universo.-
El mundo está lleno de divisiones terribles y profundas fracturas. La alienación tirante entre individuos, grupos de gente, religiones y naciones ha desgarrado la trama social.
Además, basados sobre los conceptos que apuntalan el tema del gran conflicto, una sensación intuitiva de desconfianza satura el gran universo cuando se encara el problema de cómo Dios hace frente a la crisis llamada pecado. ¿Tiene algo que decir la unicidad de la Deidad en cuanto a estos dilemas que nos afligen?
La unidad trina promete un universo unificado.-
Si las divisiones que perturban la tranquilidad de nuestro mundo y las preocupaciones cósmicas del universo inteligente van a tener alguna posibilidad de ser curadas, tendrán que venir de los esfuerzos reconciliadores de la Deidad. Decimos esto porque la doctrina de la Trinidad sostiene que la unidad profunda de naturaleza, carácter y propósitos de la Deidad proporciona la única base segura para la esperanza de que alguna vez pueda ser curada la alienación del orden creado.
Wayne Grudem expresa el asunto de esta manera: "Si no hay perfecta pluralidad y perfecta unidad en Dios mismo, entonces tampoco tenemos base para pensar que pueda existir alguna unidad final entre los diversos elementos del universo" (Grudem, pp. 247-248).
La enajenación que ha desgarrado el universo de Dios tiene su origen en el horrendo fenómeno del pecado. Lo esencial del problema es esto: ¿Tiene la Deidad dentro de su naturaleza de amor infinito los recursos para reconciliar las separaciones que ha causado el pecado?
La muerte de Cristo trae reconciliación.-
Quisiéramos proponer que el quid de la respuesta cristiana a la pregunta anterior gira alrededor de la muerte expiatoria de Cristo. ¿Puede la muerte de Cristo verdaderamente traer plena reconciliación? Estamos convencidos que puede, y el punto crucial del asunto tiene que ver con el juicio de Dios sobre el pecado que manifestó a través del sacrificio sustitutivo de nuestro divino Señor.
Sin embargo, muchos cristianos han expresado profundas dudas acerca del concepto global de que Cristo ofreciera un sacrificio de sustitución para satisfacer la naturaleza de la justicia de Dios. Argumentan que semejante concepto no sólo es cuestionable moralmente, sino que hace que Dios se parezca a algún ogro airado que intenta descargar su ira sobre un tercero mal dispuesto. ¿Cuál es la verdad de este asunto?
Si vamos a hace una evaluación razonable del concepto de la muerte de Cristo, entendida en términos de un acto de sustitución por medio del sacrificio que satisface la justicia de Dios, sería necesario proporcionar algunos antecedentes sobre los diversos modelos explicativos que ha usado el cristianismo para explicar el significado de la cruz. Por eso pedimos que el lector preste atención cuidadosa a las siguientes líneas de pensamiento.
Los modelos de la expiación.-
Pensadores que han reflexionado profundamente sobre el significado de la muerte de Cristo han mencionado teorías o modelos clásicos con los cuales ilustrar o explicar el significado de la muerte de Cristo. En otras palabras, tales modelos tratan de responder a la pregunta de por qué tuvo que morir Cristo.
Aunque todos esos modelos han demostrado ser útiles para nuestra interpretación de la expiación, ninguno de ellos (ni siquiera todos ellos puestos juntos) pueden agotar las misteriosas profundidades del acto redentor de Dios de amor propiciatorio. Pero con todo nos ayudan a concentrar nuestros pensamientos en una forma que se enfoquen mejor al pensar acerca del significado de la muerte de Cristo.
Los modelos que tuvieron más influencia caen en dos categorías básicas: "subjetivos" y "objetivos".
Modelos subjetivos: Lo que el término "subjetivo" intenta comunicar es que la muerte de Cristo busca principalmente demostrar los diferentes aspectos del amor redentor de Dios de manera que produzcan un cambio en la mente y el corazón de los pecadores rebeldes.
De los modelos subjetivos, el mejor conocido es la teoría de la "influencia moral", propuesta por Abelardo (1079-1142). Sostiene que Cristo murió para mostrar a qué extremos llegaría Dios para manifestar amor al pecador; o sea, que el propósito de la propiciación era más bien hacer que los hombres de arrepintieran. Dios ya estaba reconciliado, así que la muerte de Cristo era la expresión de amor y simpatía de Dios por los hombres pecaminosos. Su objetivo consistía en mover a los hombres al arrepentimiento y a la obediencia amorosa. Dios nos amó tanto que dio a su Hijo para morir de manera que pudiera expresar su amor en solidaridad con los pecadores en su terrible situación. No conocemos a ninguno que esté en desacuerdo con este punto.
Sin embargo, lo que hace que esta teoría sea controvertida está en lo que niega, no en lo que afirma. No ve la necesidad de que la muerte de Cristo diera satisfacción a la naturaleza de justicia de Dios como un requisito previo para su ofrecimiento de perdón. Los partidarios de la teoría de la influencia moral afirman que el amor de Dios perdona el pecado libre y gratuitamente, y que no existió ninguna necesidad anterior para que se satisfaga la justicia divina en la ejecución de un justo castigo por el pecado.
Los defensores de esta teoría declaran que la necesidad de la muerte de Cristo aparece en el deseo de Dios de demostrar amor, no en la amante satisfacción de justicia a través del pago de la penalidad del pecado. Así ellos consideran que la muerte de Cristo es sólo una demostración de amor, no la ejecución amante de la justicia divina.
Otro modelo subjetivo bien conocido es la teoría gubernamental de la propiciación, propuesta por Hugo Grotius (1583-1645). También afirma que la muerte de Cristo expone el amor de Dios y que no era necesario que Cristo muriese como un sustituto para satisfacer la ira personal de Dios, o sea su justicia La muerte de Cristo fue la exhibición hecha por Dios de su propia alta estimación de la ley y de su condenación del pecado. Seamos muy claros acerca de este modelo: No niega la necesidad de que Cristo muriera, sino que simplemente pretende que Dios no requería la cruz para satisfacer la ira justa que reside dentro de su naturaleza de amor.
Este modelo continúa afirmando que Dios ilustra su amor por medio de una manifestación de su justicia pública. Lo que la muerte de Cristo establece es que Dios estuvo dispuesto a sufrir tanto como tenía que sufrir para mantener el orden de gobierno del universo.
Además de eso, la teoría sostiene que la muerte de Cristo muestra claramente que si los pecadores persisten en el pecado, tendrán que pagar las consecuencias de una muerte por ejecución de la justicia. Por eso, por amor, Dios amonesta a los pecadores acerca de los resultados de aferrarse al pecado y les recuerda que mantendrá su justicia en su universo, en el cual preside como un gobernador moral.
Lo que ambos modelos subjetivos tienen en común es que la muerte de Cristo fue (1) una necesidad salvadora y (2) una clara demostración del amor de Dios, pero después proceden a presentar una modificación importante: (3) el Padre no necesitó la muerte de Jesús para satisfacer la naturaleza personal de Dios de justicia o aversión al pecado. De esa manera la muerte de Cristo demuestra la grandeza del amor divino y amonesta contra el carácter mortífero del pecado. Sin embargo, los defensores de cada modelo subjetivo de expiación han expresado profundas reservas acerca de cualquier necesidad real para la muerte de un sustituto cuyo sacrificio satisfaría la naturaleza de amante justicia de Dios.
Modelos objetivos: Estos conceptos de la expiación presentan explicaciones de la muerte de Cristo que sostienen que Dios en su amor necesitaba emprender ciertas acciones para asegurar que las provisiones para la salvación humana fueran plenamente consistentes con la justicia y misericordia del amor divino. Por eso estos modelos exigen más que una demostración de amor. Demandan enfáticamente que el amor debe actuar en una forma que satisfaga completamente la justicia antes que Dios pueda ofrecer misericordia a los pecadores.
Por tanto, la expresión "objetivo" se refiere a lo que la naturaleza de amor de Dios hizo por nosotros, no a un cambio en la forma como responderemos a Dios en nuestro interior. Objetivamente, Dios tenía que demostrar su amor en la muerte de Cristo a través de juzgar primero el pecado. Es entonces, sobre la base de su justo juicio del pecado, que Dios puede ofrecernos el fruto de su amor. Por eso proveyó un perdón misericordioso para nuestros pecados consistente con su naturaleza de justicia. En otras palabras, la muerte de Cristo cambió objetivamente la condición humana ante Dios, no precisamente nuestro estado mental o nuestra actitud hacia él.
El más conocido de los modelos objetivos de la expiación es la así llamada teoría de la satisfacción, propuesta por Anselmo de Canterbury (1033-1109). Declara básicamente que el amor de Dios ofreció a Cristo como el sustituto de los pecadores con el fin de pagar su justo castigo por el pecado (la muerte eterna). En el curso de su sacrificio sustitutorio, la muerte de Cristo satisfizo la justicia divina.
El modelo o teoría de la satisfacción ha tenido numerosos y bien conocidos defensores. Martín Lutero, Juan Calvino, Juan Wesley y Elena de White están entre los más familiares para los protestantes y los adventistas del séptimo día.
Una evaluación de los modelos.-
Ahora el lector podría preguntar: ¿Qué tienen que ver todos estos modelos de la expiación con la unidad divina de la Deidad? ¿Y qué podría tener que ver nuestra interpretación de la muerte de Cristo con su plena deidad y su igualdad con el Padre y el Espíritu Santo?
Como ya se señaló, todos los defensores de los diferentes modelos afirman la verdad positiva que hay en los modelos subjetivos. Todos están de acuerdo en que el amor divino necesita una demostración extraordinaria hecha por ningún otro sino por Dios mismo. Y como hemos insistido en el capítulo anterior, sólo un Cristo plenamente divino podía revelar eficazmente la naturaleza completa del amor de Dios a un mundo alienado.
Sin embargo, la pregunta crucial es: ¿Necesitó morir Cristo para satisfacer los requerimientos de la amante justicia de Dios? ¿Fue necesaria la satisfacción de la justicia divina una exigencia necesaria del amor de Dios antes de poder ofrecer su misericordioso perdón a los pecadores?
Nosotros insistimos en que la amante justicia de Dios necesitaba ser satisfecha por la muerte de Cristo como un castigo por el pecado.
Todo el fundamento para este argumento surge de lo que queremos decir por "amor de Dios". Afirmamos que el entendimiento de la Biblia y de Elena de White del amor divino incluye un equilibrio perfecto de dos componentes complementarios: ¡justicia y misericordia! El amor de Dios se manifiesta a sí mismo en la justicia de su ley y su ira contra el pecado, no sencillamente en un ofrecimiento gratuito (gratis) de misericordia perdonadora. Todos están de acuerdo en que Dios demostró su amor por medio de su buena voluntad para perdonar a los pecadores. Pero la pregunta que parece que exige una respuesta urgente es: ¿Qué queremos decir cuando hablamos de la ira de Dios? ¿Puede existir semejante cosa como una "ira justa" en la naturaleza de amor de Dios?
Muchos se encuentran confundidos por la palabra "ira". Provoca visiones de Dios como si tuviera un mal temperamento o una explosión de venganza contra los pecadores. Pero tal visión no comprende el verdadero sentido de la justicia de Dios. Quisiéramos someter a consideración el hecho de que la ira de Dios se refiere a ese aspecto de su amor que no puede hacer otra cosa sino tener una reacción alérgica al pecado. Es decir, cuando el amor de Dios hace frente a cualquier cosa que es contraria a su justa naturaleza, ¡su naturaleza no puede en última instancia soportar ninguna cosa que se opone a su naturaleza esencial de amor justo!
Sin embargo, la aversión de Dios es contra el pecado, no contra los pecadores. Por eso cuando el justo amor de Dios hace frente al pecado, entonces entra en juego su lado misericordioso. La amante misericordia de Dios sencillamente no le permitirá abandonar a los que están cautivos en las garras del pecado sin un esfuerzo vigoroso de ofrecerles redención. Y Dios la proveyó mediante el sacrificio misericordioso de Cristo por nuestros pecados.
En esa forma su muerte ha proporcionado misericordia en una manera completamente consecuente son la justicia divina. Cristo nuestro sustituto satisfizo la justa ira de Dios, capacitándolo para ser a la vez "el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús" (Rom. 3:26). Por tanto, en la muerte de Cristo tenemos no sólo una demostración de la justicia de Dios sino una satisfacción plena e imparcial de la justicia de Dios de modo que puede haber un ofrecimiento plenamente justo de misericordia divina.
¿Quién es el sustituto?
Ahora la pregunta clave a la que hace frente el modelo de la satisfacción es: ¿Quién sería un candidato aceptable para desempeñar el cargo de sustituto expiatorio? Aquí vemos que entra en juego la unicidad de la naturaleza divina de la Trinidad.
Ya hemos demostrado que cualquiera que fuera este sustituto, no podría ser un ser humano o alguna otra criatura. Sólo uno que es plenamente Dios podría demostrar al mismo tiempo el amor divino y juzgar completamente al pecado en todo su horror. Si afirmamos que podría ser algún ser creado (la versión arriana del Hijo de Dios), o algún ser que poseía sólo alguna especie de deidad derivada (el concepto semiarriano del Hijo de Dios), entonces tenemos la situación extraña de que Dios es dependiente de alguna criatura para demostrar su amor y satisfacer su justicia. Un cuadro tal evoca visiones de una criatura suplicando a Dios por misericordia o a Dios exigiendo justicia de alguna víctima que es criatura. Y finalmente, Dios estaría descargando su ira sobre un tercero inocente, cuestionando la justicia completa de un acto tal.
Sin embargo, si la víctima del sacrificio es a la vez plenamente Dios y verdaderamente humana, tal como lo es Jesucristo, entonces tenemos un nuevo conjunto de posibilidades. Piense en esto de esta manera:
La muerte del Dios/hombre Jesús no es meramente la muerte de un humano o de una criatura extraterrestre, ¡sino que también es la muerte de Dios! Como indicamos antes, la muerte de Cristo requería su deidad; no que su deidad murió literalmente, sino que estuvo allí en completa unidad con su naturaleza humana. Su deidad consintió plenamente con su muerte como sacrificio por el pecado. La deidad de Cristo murió, para decirlo en forma proverbial, "mil muertes" ¡en la muerte de su humanidad!
La ofrenda que hizo Abraham de Isaac nos proporciona una ilustración emocionante de la verdad que estamos tratando de aclarar (ver Gén. 22). Dios llevó a Abraham a soportar la prueba más grande que podamos imaginarnos. "Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vetea tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré" (Gén. 22:2).
¡Nadie sino Dios será alguna vez capaz de conocer plenamente el dolor que retorcía violentamente el corazón del gran patriarca! Aunque Abraham fue completamente obediente a Dios en su prueba asombrosa, la gracia de Dios lo exceptuó de la ejecución real de su "único hijo". Pero para todos los propósitos prácticos, Abraham sacrificó a su hijo y murió él mismo mil muertes en ese proceso.
Y así fue con la deidad de Cristo. Su deidad, tan unida y mezclada con su humanidad, compartió plenamente la angustia mental de la muerte de Cristo de manera que podamos decir verdaderamente que Dios murió por nosotros.
La Deidad sufre la penalidad.-
Con todo, cuando decimos de Dios murió, ¿eso se refiere sólo a la deidad del Hijo? Con seguridad, ¡No! Debido a la profunda unidad de la unicidad trina en naturaleza, podemos reconocer que el Padre y el Espíritu Santo estaban también profundamente presentes y en solidaridad con la muerte expiatoria de Cristo. Esta verdad profunda e incisiva la expresa el apóstol Pablo: "Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo... que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo" (2 Cor. 5:18-19).
Así que, ¿quién es el sustituto? ¿Fue simplemente el hombre Cristo Jesús? ¡Absolutamente no! ¿Incluyó al hombre Cristo Jesús? ¡Con toda seguridad sí! ¿Fue eso todo lo que estuvo incluido en la muerte sustitutiva? ¡Con toda seguridad no! La humanidad de Cristo estaba tan unida con su plena deidad que cuando murió podemos verdaderamente decir que toda la Deidad "estaba en Cristo" y sufrió su muerte expiatoria.
La deidad de Cristo es la plena deidad de toda la Divinidad trina. Y este sacrificio de sí mismo asombrosamente unificado juzgó al pecado de tal manera que hizo una completa provisión para la salvación de toda la raza humana. Por tanto, en verdad podemos decir que Dios, al satisfacer su naturaleza de justicia amante, no descargó su ira sobre un tercero inocente o sobre alguna víctima maldispuesta. Antes bien, en Cristo ha satisfecho las necesidades de justicia a través de su propio sacrificio divino hecho voluntariamente. ¿Se revela alguna injusticia en tal satisfacción sustitutiva de la justicia de Dios? ¿Y no es un sacrificio así la misma esencia del amor trino para toda la eternidad? Es un amor que es mutuamente sumiso de sí mismo, abnegado y rebosando con consecuencias creativas y redentoras para los seres creados del universo.
Además de eso, lo que ha sido sustituido no es el carácter moral, sino el cumplimiento de los requisitos legales que reflejan la propia naturaleza de amor de Dios. Y una vez más sostenemos que el amor de Dios incluye una demanda desbordante tanto de justicia como de misericordia. Y si se niega una, la otra llega a ser sin sentido, disolviendo el amor de Dios en alguna especie de misericordia sentimental o ira destemplada.
Tanto Elena de White como John Stott han expresado poderosamente esta verdad: "Mediante Jesús, la misericordia de Dios fue manifestada a los hombres; pero la misericordia no pone a un lado la justicia. La ley revela los atributos del carácter de Dios, y no podía cambiarse una jota o una tilde de ella para ponerla al nivel del hombre en su condición caída. Dios no cambió su ley, pero se sacrificó, m Cristo, por la redención del hombre" (White, El Deseado de todas las gentes, p. 710; la cursiva es nuestra).
"Con el fin de salvarnos en una forma tal como para satisfacerse a sí mismo, Dios, a través de Cristo, se sustituyó a sí mismo por nosotros. El amor divino triunfó sobre la ira divina por el autosacrificio divino" (Stott, p. 159).
La gran verdad de la Santa Trinidad y de la muerte expiatoria de Cristo habla elocuentemente de que Dios, en su Hijo, llevó el castigo del pecado como nuestro sustituto e hizo una provisión infinitamente costosa y poderosa para la plena reconciliación de toda la raza humana. Y si Dios puede hacer una provisión tan eficaz para la raza humana alienada por el pecado, eso nos asegura que también puede sanar las grandes divisiones en el universo.
El juicio y la vindicación de Dios.-
Uno de los problemas filosóficos más apremiantes con el que luchan todas las religiones es el problema del mal. Muchos individuos-también han luchado con ese problema desafiante. La cuestión básica involucra cómo un Dios bueno, que afirma ser el Creador amante, puede permitir que tanto mal, sufrimiento e injusticia echen a perder la felicidad y el gozo de los habitantes de la tierra.
Una vez más sugerimos que la doctrina de la Trinidad hace una contribución vital a esta discusión.
El quid de la respuesta cristiana al problema del mal y la injusticia de tanto sufrimiento es que el origen fundamental del mal y del sufrimiento que aflige a este mundo es el pecado. Sin embargo, de acuerdo con la interpretación cristiana del pecado y del mal, la experiencia presente de sufrimiento no es toda la historia. Los cristianos creen que vendrá un día cuando el mal será erradicado y los males corregidos. Pero, ¿quién hará esa tarea?
Aquí es donde la doctrina de la Trinidad revela una verdad profunda. La solución al problema del mal tiene y continuará teniendo que venir de ninguno otro sino de Dios mismo en la persona y obra de su Hijo. Dios mismo se ha metido en la batalla contra el sufrimiento y el mal. ¿Y como se ha involucrado? Al enviar a su propio divino Hijo como una solución para la espantosa mancha que el mal ha esparcido de una parte a otra de la creación. Ninguna mera criatura podía proporcionar completamente la respuesta; sólo lo podía hacer Dios en Cristo.
Puesto de otra manera, Dios no envió al ángel Gabriel, ni a ningún ser humano, ni a algún ser extraterrestre no caído de algún otro mundo. Envió a su Hijo para ser la persona clave en la batalla contra el mal. Por eso Dios no pasó el problema a ningún ser finito (natural o sobrenatural) para que lo solucionara, sino que en su divino Hijo Dios asumió completa responsabilidad.
La Trinidad y el tema del gran conflicto.-
Nosotros proponemos enfáticamente que la obra del Jesús divino, en el marco del gran conflicto, proporciona la única explicación satisfactoria de la existencia del mal y su erradicación final del universo.
El pecado irrumpió en el cielo, la morada de Dios, a través de la misteriosa e inexplicable rebelión de Lucifer. Dios soportó largo tiempo a Lucifer, pero finalmente tuvo que expulsarlo de las cortes celestiales.
Ahora bien, muchos han cuestionado por qué Dios no destruyó inmediatamente a Lucifer y a los ángeles que se le unieron a él en su rebelión. La respuesta al gran conflicto es que Dios se adaptó a una solución a largo plazo más bien que a un arreglo rápido. Sabía que los seres no caídos del cielo y del resto del universo no entendían entonces de una manera plena los asuntos involucrados con la deslealtad de Satanás. Si hubiera destruido inmediatamente a Satanás, eso seres lo servirían más por temor que por amor informado racionalmente.
Pero la emergencia del pecado no tomó a la Santa Trinidad desprevenida. Había concebido un plan en el cual Dios enviaría a su propio Hijo a nuestro mundo para hacer frente a Satanás en un combate cuerpo a cuerpo. Por medio de. su vida, sus enseñanzas y especialmente por su muerte, Cristo venció a Satanás, expió el pecado, y lo expuso como el mentiroso y asesino que realmente es.
Aunque Satanás surgió completamente derrotado de sus tentaciones a Cristo y enajenado del afecto de los seres no caídos, otros asuntos permanecen aún para ser aclarados. Involucra el arreglo final del pecado y la salvación de los pecadores arrepentidos, cuestiones que pueden ser contestadas sólo en un proceso de juicio.
¿Y quién es el personaje clave en este juicio vindicativo? Ningún otro sino el mismo Señor Jesús. El mismo Hijo de Dios, como Salvador y Juez, demostrará en cada fase del juicio que se ha comportado en formas completamente consecuentes con su amor en su trato con todos y con cada caso individual. Los casos de los redimidos y de los que finalmente se pierdan, todos testificarán que Dios en Cristo ha actuado de una manera que justificará su extirpación final del mal y la salvación de los redimidos.
La razón principal por la que aún existen asuntos que deben ser arreglados después de la muerte expiatoria de Cristo, muy probablemente proviene del hecho de que Satanás acusó originalmente a Dios de ser injusto al exigir obediencia a su ley de amor. Satanás argumentó que la justicia de Dios debe ser consumida o engullida por la misericordia. Cuando Satanás fue capaz de seducir al pecado a los seres humanos, entonces arguyó que Dios no debía extenderles misericordia. Como Satanás no recibió misericordia y Dios lo expulsó del cielo, reclamó que Dios no mostrara misericordia alguna ni a Adán ni a Eva. De esa manera giró alrededor de su argumento original y continuó sosteniendo que la justicia debía consumir a la misericordia.
El diablo ha continuado usando ambas líneas de argumentación siempre que se adapten a sus propósitos. Pero cuando llegamos a la gran crisis de la cruz, Dios confrontó a Satanás con un argumento poderoso. La muerte de Cristo manifestaba perfectamente tanto la justicia como la misericordia. En la muerte de Cristo, como nuestro sustituto, Dios proveyó una exhibición perfecta de misericordia llena con inquebrantable justicia. Sin embargo, esta justicia, condicionada por la misericordia, le permitió a Dios perdonar los pecados por causa de Cristo. Al mismo tiempo, la muerte de Cristo demostró una justicia perfecta profundamente saturada con misericordia. De esa manera Dios hizo frente a las dos objeciones de Satanás a su amor, y Cristo triunfó. Por tanto, ¿por qué continúa la controversia? La respuesta parece girar alrededor de la pregunta de cómo el tratamiento que Dios hizo del pecado y de los pecadores se expresaría después de la cruz. Esto es especialmente crucial cuando Satanás, después del Calvario, vuelve a presentar con plena fuerza su argumento original: la misericordia debe engullir completamente a la justicia, y la muerte de Cristo eliminar enteramente la ley de Dios.
Sí, superficialmente parecería que la muerte de Cristo fue una manifestación tan eficaz y profunda del amor misericordioso que es muy posible que Dios se incline ahora hacia el lado de la misericordia al aplicar los efectos de la expiación a cada caso humano. Pero, ¿la misericordia de Dios haría que él fuera blando con el pecado y el mal?
Lo que mostrará el juicio (en todas sus fases: la fase anterior al advenimiento, la milenaria y la del fin del milenio) es que Dios no se ha salido del equilibrio. La investigación de todos los casos, tanto de los redimidos como de los perdidos, justificará que el amor divino de Cristo sea aplicado de una manera consecuente y justa.
Por eso, cuando termine todo el conflicto, Dios será capaz de desterrar del universo al mal y a todos sus defensores. El amor perfecto derrotará finalmente al mal, vindicará a los fieles y apoyará plenamente a Dios como el legítimo soberano moral del universo. Entonces y sólo entonces volverá la unidad plena y armoniosa.
La cuestión final es: ¿Quién es el que alcanzó la gran victoria sobre el mal? Claramente se verá que lo logró Dios, en Cristo, a través del poder del amor divino e infinito. Y este amor es el mismo corazón de la naturaleza trina de Dios. Al fin, los seres inteligentes de todo el universo estarán unidos y unificados bajo el gobierno de la Santa Trinidad. Una pulsación de armonía latirá a través de la vasta creación, ¡y todos declararán que Dios es amor!