El Imperio Asirio - Parte 4
Asurbanipal (668-ca. 627 a.C.) reinició
inmediatamente la tarea incompleta de su padre, y se dirigió a enfrentar
a Tirhaca (Tarqu); pero se hizo necesario emprender tres campañas y saquear
Tebas en el 663 (Nah. 3.8, “No-amón”, °vm) para reconquistar
el control de Egipto. Durante su reinado Asiria alcanzó su mayor extensión
territorial. Las campañas punitivas contra los rebeldes en Tiro, Arvad,
y Cilicia pusieron a Asiria en contacto con Lidia (otra potencia en ascenso),
cuyo rey Giges envió emisarios a Nínive en busca de una alianza
contra los cimerios. Las incursiones contra las tribus árabes y la restauración
de Manasés de Judá, llamado Minse por Asurbanipal, probablemente
tuvieron como único fin mantener abierta la ruta a Egipto. No obstante,
Asiria estaba destinada a caer precipitadamente. Los medos aumentaban su control
sobre las tribus vecinas y amenazaban el territorio de Asiria. Para el 652 a.C.
Samas-sum-ukín se había rebelado, y la lucha con Babilonia que
sobrevino como consecuencia de ello, y que impidió al ejército
ocuparse de urgentes cuestiones más lejanas, terminó con el saqueo
de la capital del S en el 648 a.C. Esta rebelión había sido apoyada
por Elam, de modo que Asurbanipal resolvió saquear Susa en 645 y la transformó
seguidamente en provincia asiria. Libre de las frecuentes incursiones del ejército
asirio en apoyo de sus autoridades locales y sus recolectores de impuestos,
las ciudades-estados del O gradualmente fueron liberándose de Asiria,
y en Judá esta libertad que comenzaban a experimentar habría de
reflejarse en las reformas iniciadas por Josías. Una vez más Egipto
era independiente y comenzaba a intrigar en Palestina.
La fecha de la muerte de Asurbanipal es incierta (ca. 631–627 a.C.), y
hasta el momento se han encontrado muy pocos textos históricos relacionados
con este período. Las hordas de los escitas (Umman-manda) comenzaron
a dominar la zona del Éufrates medio y Kiajares de Media sitió
Nínive. Es posible que Asurbanipal haya delegado el poder a sus hijos
Asur-etel-ilani (632–628 a.C.) y Sin-sar-iskún (628–612 a.C.).
Asurbanipal mismo se interesaba por las artes. Edificó ampliamente en
Nínive, donde en su palacio y en el templo de Nabu reunió bibliotecas
de tablillas.
Con el surgimiento de Nabopolasar los caldeos echaron a los asirios de Babilonia
en el 625 a.C. Los babilonios se unieron a los medos a fin de capturar Asur
(614 a.C.) y en julio/agosto de 612 a.C., como lo habían predicho Nahúm
y Zofonías, Nínive sucumbió a sus ataques. Estas campañas
se relatan detalladamente en la Crónica babilónica. Los muros
se fracturaron por efecto de inundaciones (Nah. 1.8; Jenofonte, Anabasis 3.4)
y Sin-sar-iskún (Sardanápalo) pereció en las llamas. Por
dos años el gobierno bajo Asur-uballit se mantuvo en Harán, pero
de Egipto no llegó ningún auxilio, Necao llegó demasiado
tarde para impedir que la ciudad cayera en manos de los babilonios y escitas
en el 609 a.C. Asiria dejó de existir y su territorio fue tomado por
los babilonios.
En años posteriores “Asiria” formó parte de los imperios
persa, helenístico (seléucida), y parto, y durante esta época
“Asiria” (en persa Athura) siguió usándose como designación
geográfica general de sus dominios anteriores (Ez. 16.28; 23.5–23).
II. Religión
El rey asirio actuaba como regente del dios nacional Asur sobre la tierra, y
ante él rendía cuentas de sus actividades en forma regular. De
este modo, las campañas se concebían, por lo menos en parte, como
guerras santas contra quienes se negaban a reconocer su soberanía, o
violaban los límites de sus tierras, y eran implacablemente perseguidos
en casos de rebelión. El templo principal de Asur se encontraba en la
capital, Asur, y se creía que diversas deidades protegían los
intereses de las otras ciudades. Anu y Adad residían en Asur, y tenían
templos y zigurats asociados allí, mientras que Istar, diosa de la guerra
y del amor, era adorada en Nínive, aunque como “Istar de Arbela”
ejercía también dominio en Erbil. Nabu, dios de la sabiduría
y patrono de las ciencias, tenía templos tanto en Nínive como
en Cala (Nimrud), donde existían bibliotecas formadas por empleados reales
y alojadas en parte en el templo de Nabu ( Nebo). Sin, el dios lunar, y sus
sacerdotes y sacerdotisas, tenían un templo y un monasterio en Ehulhul,
Harán, y estaban íntimamente asociados con sus correspondientes
en Ur. En general, los consortes divinos y las deidades menos destacadas tenían
sagrarios dentro de los templos principales; así en Cala, donde se han
descubierto los templos de Ninurta, dios de la guerra y de la caza, Istar, y
Nabu, había lugares para deidades tales como Sala, Gula, Ea, y Damkina.
En casi todos los sentidos la religión asiria difería poco de
la de Babilonia, de donde procedía. Para el lugar que ocupaba la religión
en la vida diaria, véase la sección que sigue.
III. Literatura
La vida diaria y el pensamiento de los asirios se puede ver en los cientos de
cartas, documentos económicos y administrativos, y textos literarios
que se han encontrado en las excavaciones. Así, la primera parte del
2º milenio a.C. ha sido iluminada por las cartas procedentes de Mari y
de Semsara y ca. 1500, durante el período de influencia hurrita, de Nuzi.
El período mejor conocido, sin embargo, es el del imperio neoasirio,
cuando muchos textos, incluyendo algunos copiados del período asirio
medio, permiten realizar una reconstrucción detallada de la administración
y el servicio civiles. Así, los anales históricos, registrados
en prismas, cilindros, y tablillas de arcilla, si bien destinados originalmente
a ser introducciones a las inscripciones que describían las empresas
edilicias del rey, pueden ser ampliados mediante los textos que registran los
pedidos reales a alguna deidad (con frecuencia Samás) de que se le concedan
oráculos que sirvan para orientar en decisiones relativas a asuntos políticos
y militares. Una cantidad de las cartas y textos legales, como también
los anales, hacen referencia a Isaías, Judá, y las ciudades-estados
del O (DOTT, pp. 46–75; Iraq 17, 1955, pp. 126–154).
Asurbanipal, hombre culto, creó una biblioteca para la que importó
o copió textos tanto de los archivos exitentes en Nínive, Asur,
y Cala como de los centros religiosos de Babilonia. De este modo, en 1852–3,
en su palacio de Nínive y en el templo de Nabu allí, Layard y
Rassam descubrieron 26.000 fragmentos de tablillas, que representaban alrededor
de 10.000 textos diferentes. Este hallazgo y su subsiguiente publicación
sirvió de fundamento para el estudio de la lengua asiria semítica
y del babilonio, del que se diferencia principalmente en aspectos dialectales.
La escritura cuneiforme, con 600 o más signos en forma de ideogramas,
sílabas, o determinativos, fue adoptada de los sumerios, pueblo más
primitivo. La lengua asirio-babilónica (acádica) proporciona actualmente
el grueso de las antiguas inscripciones semíticas. Ya que algunos de
los textos tenían traducciones sumerias interlineadas, el hallazgo mencionado
ha resultado de importancia para el estudio de esta lengua no semítica,
que sobrevivió, como lo hizo el latín modernamente, para fines
religiosos.
El descubrimiento en la colección de Nínive (Kuyunjik), que ahora
se encuentra en el Museo Británico, de un relato babilónico del
diluvio (Gilgamés XI), publicado posteriormente por George Smith en diciembre
de 1872, sirvió de estímulo para la realización de excavaciones
posteriores, y se ha escrito bastante con especial referencia a la importancia
de estos hallazgos para el AT. Los textos de la biblioteca comprenden manuales
eruditos, vocabularios, listas de palabras y de signos, y diccionarios. Los
textos mitológicos escritos en forma poética incluyen la serie
de doce tablillas que ahora se conoce con el nombre de “Epopeya de Gilgamés”
y que describe su búsqueda de la vida eterna y la historia que le relató
Utanapistim de su propia salvación del diluvio, en una embarcación
construida especialmente. La epopeya de la creación, llamada Enuma elisû,
porque así comienza, se refiere principalmente a la exaltación
de Marduk como cabeza del panteón. Un antiguo poema épico babilónico
(Atra-hasé÷s) describe la creación del hombre a continuación
de una huelga contra los dioses, y también el diluvio. Este poema ofrece
paralelos más claros con el AT que tanto la epopeya de Enuma elisû
como la de Gilgamés. Otros poemas épicos incluyen el descenso
de Istar al mundo inferior en busca de su esposo Tammuz. A diferencia de muchas
teorías recientes, no se ha encontrado hasta el presente ningún
texto que describa la resurrección de Tammuz. Hay leyendas (entre las
que se cuenta la de Sargón de Agade, que fue salvado al nacer mediante
el recurso de colocarlo en una cesta de juncos en el río Éufrates
hasta que fue rescatado por un jardinero, el que lo llevó al rey) que
han sido comparadas con incidentes del AT. Estos textos literarios de origen
acadio contienen también la leyenda de Etana, que se fue volando al cielo
en un águila, y la del dios Era, que luchó contra Babilonia. La
literatura sapiencial incluye el poema del sufriente justo (Ludlul beµl
neµmeqi) o el así llamado “Job babilónico”,
la teodicea, los preceptos y la admonición babilónicos, entre
los que se encuentran consejos sabios, dichos y diálogos de un pesimista,
y consejos a un príncipe del mismo género, pero no del mismo espíritu,
que la literatura sapiencial del AT. Hay también colecciones de himnos,
fábulas, dichos populares, parábolas, proverbios y cuentos (“El
hombre pobre de Nipur”) que son precursores de formas literarias posteriores.
La literatura religiosa también está bien representada por tablillas
agrupadas en series de hasta noventa, con su número y título indicados
en un colofón. La mayoría son presagios obtenidos mediante el
estudio del hígado o las entrañas de animales sacrificados, o
de los movimientos y rasgos de hombres, animales, aves, objetos y planetas.
Muchas tablillas ofrecen instrucciones para rituales destinados a asegurar el
bienestar del rey y el de su territorio. Íntimamente ligados a estos
textos están las observaciones minuciosamente registradas que formaban
la base de la ciencia acádica, especialmente la medicina (prognosis y
diagnóstico), la botánica, la geología, la química,
la matemática, y el derecho. Para fines cronológicos, las listas
que abarcaban muchos de los años entre ca. 1100 y el 612 a.C. daban el
nombre del epónimo por el que se designaba cada año del calendario.
Estas listas, juntamente con las de los reyes y la informacion astronómica,
proporcionan un sistema de fechado que resulta preciso, con un margen de error
de pocos años.