El pacto y la ley en el Sinaí

Cuando hablarnos acerca del pacto y de la ley, entramos en uno de los asuntos más fundamentales de la fe y la vida, Durante siglos algunos estudiantes de la Biblia han pretendido que Dios ofreció a Israel un pacto de obras en el monte Sinaí, es decir, un pacto mediante el cual la salvación o la justificación se obtendrían mediante obras y logros humanos. Contrastan este pacto de obras con el pacto anterior hecho con Abrahán, donde la justificación se producía por fe en los logros de Dios, pero esa fe era activa en buenas obras. Si esta teoría es correcta —si el pacto del Sinaí es de hecho un pacto de obras— entonces, ¿por qué Jesús condenaría a los judíos por su legalismo? ¿Por qué se condenaría a los judíos si sencillamente seguían lo que Dios les había pedido que hicieran?

EL PACTO CONTIENE LA LEY

Para el antiguo Israel, como siempre ocurre en la Biblia, la actividad salvadora, redentora y liberadora de Dios precedió el establecimiento del pacto y la entrega de la ley o la instrucción.1 Podemos presentar esta verdad de otra manera: La ley es el estilo de vida especificado por Dios dentro del pacto entre él y la humanidad. De este modo el pacto de Dios con su ley —las dos cosas juntas— constituyen el medio divino para mantener a su pueblo en un estado de redención. Ellos permanecen en ese estado, no por obedecer la ley mediante sus propias fuerzas y disciplina, sino más bien por la presencia, el poder y la actividad de la gracia continuos de Dios en sus vidas, capacitándolos para obedecerlo. Así, el pacto divino con sus leyes divinas proporciona los medios para una experiencia siempre más profunda y amplia de crecimiento espiritual, mental y bienestar físico para aquellos que viven y actúan dentro de la relación del pacto.

La identificación propia de Dios está al comienzo de los Diez Mandamientos: “Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre” (Exo. 20:2). Esta introducción a los Diez Mandamientos revela el fundamento para la relación entre Dios y su pueblo. Pone esta relación en el contexto de la redención divina e inmerecida. Así que, inmediatamente antes de dar la ley el monte Sinaí, Dios hizo recordar la base por la que dio la ley. Se ha dicho que sólo este recuerdo puede unir el evangelio y la ley en uno. El creyente guarda la ley porque él recuerda la salvación que Dios ya ha provisto.

En el designio divino, el recordar dará como resultado una respuesta de amor edificada sobre la fe, la que provee la motivación para la obediencia (Deut. 6:5; Sal. 18:1; Jer. 2:2). La motivación para la obediencia no es asegurar el favor de Dios o ganar la vida con la salvación. La ley no es un agente para conseguir la salvación, y la obediencia nunca ha sido el medio designado por Dios para que los seres humanos lograran la justificación, la salvación y la vida, La obediencia, o la ley, es un acto de fe mediante el cual el creyente confiesa su amor y lealtad a Dios. Es un acto de fe mediante el cual el creyente demuestra que depende del poder habilitante de Dios para obedecer, no sólo en actos externos, sino aun en el corazón.

El pacto incluye relaciones y comunión. No puede existir ninguna relación real ni comunión verdadera entre dos personas sin un conjunto de normas que definen la base sobre la cual se mantendrá la relación o la comunión. Del mismo modo, una relación de pacto entre el Dios redentor y el pueblo redimido puede operar solo sobre la base de normas, obligaciones o estipulaciones establecidas, o sea, la ley. La ley define las relaciones y proporciona las condiciones para continuarlas con éxito.

La ley forma parte integrante del pacto. Dios dio instrucciones específicas de modo que su pueblo pudiera comprender qué debían hacer y qué no debían hacer, “Habla a los hijos de Israel, y diles: Yo soy Jehová vuestro Dios. No haréis como hacen en la tierra de Egipto, en la cual morasteis; ni haréis como hacen en la tierra de Canaán, a la cual yo os conduzco, ni andaréis en sus estatutos. Mis ordenanzas pondréis por obra, y mis estatutos guardaréis, andando en ellos. Yo Jehová vuestro Dios” (Lev. 18:2-4). Este pasaje aclara el tema: El pueblo en Egipto se comportaba como lo hizo porque seguían a los dioses de los egipcios. El pueblo en la tierra de Canaán actuaba en armonía con los dioses que adoraban. Pero Israel, el pueblo de Dios, conocía a su Dios por la fórmula de su presentación: “Yo soy Jehová tu Dios”. De este modo, Dios instruyó a su pueblo: “No andaréis en sus estatutos. Mis ordenanzas pondréis por obra, y mis estatutos guardaréis, andando en ellos”.

Darles la ley fue un acto de gracia así como lo fue el don de la elección divina. El dar la ley es tanto un acto de misericordia como lo fue la liberación de la esclavitud de Egipto. El dar la ley es tanto un acto de amor de Dios como hacer el pacto al cual pertenece la ley. La ley, entonces, llega a ser un instrumento que define todas las relaciones dentro del pacto y de la comunidad del pacto. Define la relación vertical Dios-hombre. También define las relaciones humanas horizontales. La ley es el instrumento divino para definir las relaciones en las cuales la fe responde al amor con la obediencia.

A través de todo el Antiguo Testamento encontramos una interrelación muy íntima entre el pacto y la ley. Cuando Moisés se dirigió a Israel, notó que en el monte Sinaí, Dios “les dio a conocer su pacto, los Diez Mandamientos, los cuales escribió en dos tablas de piedra, y les ordenó que los pusieran en práctica” (Deut. 4:13, NVI). Notamos aquí una ecuación evidente entre el pacto y el Decálogo. En otros casos se encuentran en paralelo o en estrecha asociación (si no como una relación entre sinónimos) con la palabra pacto (b’erit), diversas palabras tales como ley (SaI. 78:10; Isa. 24:5; Ose. 8:1), estatutos (Sal. 50:16; 2 Rey. 17:15), testimonios (Sal. 25:10; 132:12), mandamientos (SaI. 103:18), y palabra en el sentido de la palabra de Dios (Deut. 33:9). En Jeremías “las palabras de este pacto” (Jer. 11:3, 6, 8) son las palabras de la ley, los estatutos, los testimonios y los mandamientos de Dios.

LA LEY DENTRO DEL PACTO

La palabra hebrea ley (tórah) aparece en el Antiguo Testamento no menos de 220 veces. No debe ser tornada como que significa “ley” en el sentido latino de ¡ex, es decir, la ley del imperio. Ni debe entenderse como los griegos comprendían su palabra para ley (nomos), es decir, lo que siempre se ha hecho. En el idioma hebreo el término tórah proviene de la palabra hórah, que significa “señalar”, “enseñar”, o “instruir”. De acuerdo con esto el sustantivo tórah significa, en su sentido más amplio “enseñanza”, “instrucción”. En este sentido la palabra ley significa toda la voluntad revelada de Dios, o cualquier parte de ella.

Dios le dio a Israel esta instrucción, esta tórah, en términos de “estatutos y juicios” (Deut. 4:14) o “los testimonios, los estatutos y los decretos” (y. 45) para regular la vida de Israel. Tórah se usa con frecuencia en este sentido. Así la ley podía ser una especie de “instrucción” amplia que incluía todas las leyes: morales y éticas, civiles y sociales, de adoración y de sacrificios, de higiene y de salud.

En otros casos, ley (tórah), se usa en un sentido muy específico con el significado de los Diez Mandamientos, o Decálogo, también llamada “las palabras del pacto” (Exo. 34:28). Los Diez Mandamientos, con los detalles y los principios que han de gobernar tanto las relaciones Dios-hombre como las de hombre-hombre, incluyen todo y abarcan todas las esferas de la vida y la experiencia.

LAS CONDICIONES DEL PACTO

En diversos casos explícitos, encontrarnos en relación con el pacto del Sinaí ciertas declaraciones condicionales, “Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardaréis mi pacto, Vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos” (Exo. 19:5). Esa pequeña palabra si tiene una importancia extraordinaria, Indica que el pacto del Sinaí contenía condiciones, Las opiniones acerca de cómo deben interpretarse estas condiciones varían muchísimo, pero antes de transformar esto en un debate, sería bueno notar un par de declaraciones adicionales que contienen declaraciones claramente condicionales. “Si anduvieres en mis decretos y guardareis mis mandamientos, y los pusiereis por obra, yo daré vuestra lluvia.., pero si no me oyereis, ni hiciereis todos estos mis mandamientos... invalidando mi pacto, yo también haré con vosotros esto: enviaré sobre vosotros terror” (Lev. 26:3, 4, 14-16).

Otra vez en el libro de Deuteronomio, encontramos otra promesa condicional: “Andad en todo el camino que Jehová vuestro Dios os ha mandado, para que viváis y os vaya bien, y tengáis largos días en la tierra que habéis de poseer” (Deut. 5:33),

Las declaraciones que contienen la palabra “si” son claramente condicionales, involucrando obligaciones. Pero al dar el pacto del Sinaí, ciertamente obligatorio por su naturaleza, Dios no presentó ninguna novedad al establecer una relación entre él y su pueblo. No fue un pacto de obras en las cuales el hombre podía ganar su salvación y vida por la obediencia a la voluntad de Dios. No fue un pacto edificado sobre méritos humanos, que obligarían a Dios a cumplir sus promesas. El aspecto condicional del pacto de Sinaí es idéntico, con la misma intención de las declaraciones condicionales que tenía el pacto con Abrahán (ver Génesis 17:9, 14; 18:19; 22:16-18; 26:4, 5), que es claramente un “pacto de gracia”.

Estos pasajes en conexión con Abrahán y el pacto abrahánico dejan bien en claro que Abrahán y sus descendientes debían vivir en una relación de pacto con Dios, en la cual el hombre era justificado por fe (Gén. 15:6). Esta relación de fe se manifestaba o resultaba en la obediencia originada por la fe y hecha posible mediante la gracia de Dios. La fe genuina produce obediencia: “Oyó Abraham mi voz, y guardó mi precepto, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes” (Gén. 26:5). Debemos entender que “el pacto con Abrahán también mantuvo la autoridad de la ley de Dios”. Así, el pacto con Abrahán también era condicional. El pacto no era unilateral en el sentido de que el cumplimiento de las promesas depende exclusivamente de Dios, sin tomar en cuenta los actos de la parte humana.

Desafortunadamente, las declaraciones con “si” en Exodo 19:5, Levítico 26:3 al 45; y Deuteronomio 11:13 al 17; y 28:1 al 68, pueden ser fácilmente mal interpretadas y mal comprendidas y tomar una forma legalista. Se podría entender los pasajes como que dicen que la vida eterna y física, y las bendiciones de Dios están garantizadas automáticamente por la obediencia, sin tomar en cuenta la disposición interior del corazón. Sin embargo, la intención de las declaraciones condicionales no son un legalismo frío y mecánico, sino una verdadera relación de pacto con Dios que involucra motivaciones correctas tanto de la mente como del corazón.
Israel debía guardar “los mandamientos de Jehová tu Dios, andando en sus caminos y temiéndole” (Deut. 8:6). Israel debía “amar” a Dios como resultado de un sentido y experiencia d~ gratitud a Dios (Deut. 6:5; 10:12; 11:1, 13, 22; 13:3; etc.) y a “seguirlo” (Deut. 10:20; 11:22; 13:4; etc.). La bendición seguiría en pos de la obediencia. Aunque la bendición estaba condicionada a la obediencia, no podía ganarse por una obediencia legalista a la ley.

OBEDIENCIA, VIDA Y BENDICIÓN

Uno de los pasajes que algunos estudiantes encuentran más difíciles de armonizar con la enseñanza bíblica de la salvación por la gracia es Levítico 18:5: “Por tanto, guardaréis mis estatutos y mis ordenanzas, los cuales haciendo el hombre, vivirá en ellos. Yo Jehová”. En esencia, sólo existen dos maneras en las cuales los seres humanos pueden ganar o intentar ganar la salvación. Una manera es la salvación por obras: la justificación ganada por la obediencia a la ley. Y la otra es la salvación por le fe: justificación recibida por fe mediante la gracia de Dios.
Cuando recibimos vida (de acuerdo con Lev. 18:1-5) o bendición (de acuerdo con Deut. 28:1, 2), ¿son estos actos de mérito humano en los que la obediencia a la ley gana la bendición? ¿O es la bendición que alcanza al hacer de la ley un don de la gracia de Dios?

Puede ayudar considerar el uso que hace Pablo de Levítico 18:5 en Romanos 10:5. Parece que en esta serie de citas que se encuentra en Romanos 10:6 al 8, como también en Romanos 10:5, el apóstol Pablo está desarrollando una guerra contra el estilo de vida mantenido por los fariseos. Un estudio cuidadoso de Romanos 10:6 al 8 parece indicar que Deuteronomio 30:11 al 14, que él cita, no debería ser mal interpretado de la manera farisaica, es decir, que los seres humanos son salvados por las obras de la ley. Parece evidente que el apóstol Pablo está afirmando también en el versículo anterior, Romanos 10:5, que Levítico 18:5 debería ser comprendido de una manera radicalmente diferente de la interpretación sostenida por el judaísmo.

Pablo parece sugerir que los requerimientos para hacer justicia no se cumplen por logros sobrehumanos tales corno “subir al cielo” o “descender al abismo”, que fue la manera en que Pablo describió los intentos imposibles de los judíos para producir y cumplir la justicia de la ley por sus propios esfuerzos y méritos. Pablo entonces sigue sugiriendo que la justificación demandada por la ley es cumplida mediante la palabra, que está en el corazón y en la boca, que de acuerdo con Romanos 10:10, es la fe y el confesar a Dios: ‘Porque con el corazón se cree para [lo que conduce a la] justicia, pero con la boca se confiesa para [lo que conduce a la] salvación” (traducción del autor).

La vida que Moisés prometió en Levítico 18:5, de acuerdo con Romanos 10:5 al 10, parece que la gozarán los que creen y confiesan. La obediencia de fe llega a ser así el cumplimiento apropiado de la ley, que requiere justicia y promete vida a quienes hacen justicia. Si nuestra comprensión del énfasis de Pablo sobre Levítico 18:5 y su interpretación de ese pasaje en Romanos 10:5 al 10, es correcta —que la obediencia de la ley que resulta en gozar la vida prometida en Levítico 18:5 es la obediencia de fe— entonces tenemos el significado bíblico proyectado por Dios para este texto particular. En otras palabras, la forma judía, farisaica, de entender este texto como que implica que guardando la ley lleva al hombre a tener una relación correcta con Dios, es totalmente equivocada. Pablo argumentó correctamente que la observancia de la ley es el fruto de una relación correcta con Dios, en vez de ser el medio para ganar o merecer una relación correcta con Dios. La exégesis que hace Pablo de Levítico 18:5 es fiel al contexto original del pasaje. La ley fue dada al pueblo con el pacto después de su redención de Egipto (Lev. 18:3), no como una valla moral que debía ser sobrepasada, o una actividad meritoria que se debía realizar si querían ser salvos, sino como una descripción del estilo de vida del pueblo redimido por Dios motivado por el amor.

Pablo muestra efectivamente que “la justicia por la ley”, en el sentido de la perversión humana para establecer la justificación por la obediencia legalista, no es lo que enseñaba el Antiguo Testamento. Pablo contrasta la forma divina de “justificación por la fe” con los intentos humanos de la “justificación por la ley”, que es un mal uso legalista, una mala comprensión y una interpretación equivocada de la ley siguiendo el pensamiento judío y farisaico. Pablo muestra que la justificación planteada por la ley, que es “santa, y justa y buena” (Rom. 7:12), es la justificación por la fe, o la obediencia por fe. “Para muchos comentadores ha significado un problema el hecho de que Pablo usara palabras de Moisés, que parecen referirse únicamente a la ley, para describir la justicia que es por la fe,.. El problema se resuelve reconociendo que la justicia que es por la fe siempre ha sido el método de Dios para salvar al hombre, y que la promulgación de la ley por medio de Moisés era una parte integral de ese plan... Por lo tanto, es completamente irrazonable suponer que Moisés ignoraba la debida relación entre la ley y el Evangelio, y que cada vez que hablaba tan decididamente de la obediencia a los mandamientos de Dios estaba ensalzando la justicia por la ley antes que por la fe”.

Pablo expone con efectividad la perversión legalista y farisaica de la ley de parte de quienes dependían de su propio cumplimiento de la ley para obtener su justificación ante Dios, El usa las palabras de Moisés mismo en Levítico 18:5, para recordar a los legalistas que mientras la justificación viene por la fe, es una fe que emana o se manifiesta por la obediencia. Pero los creyentes no son capaces de prestar tal obediencia, sin ayuda, sin la gracia habilitadora provista por Dios mediante el Espíritu Santo. O sea, el problema con Levítico 18:5 no es que enseña que el gozo de la vida depende de la obediencia por méritos propios. Una interpretación legalista ha impuesto este significado al texto, que el texto mismo no tiene la intención de dar. La obediencia a la ley, que resulta en el gozo de la vida tal como lo promete Levítico 18:5, es la obediencia de la fe. No es el legalismo o la salvación por las obras , sino más bien es la salvación por la fe de la cual procede la obediencia, De este modo es evidente que el camino a la salvación en el Antiguo Testamento y el camino de salvación en el Nuevo Testamento son el mismo: ambos so la salvación por la gracia, mediante la fe que resulta en la obediencia.