Una pregunta final
Ahora la narrativa se acerca a su final, pero es Dios quien
tiene la última palabra. Y concluye su discusión con Jonás,
formulando una pregunta de ésas que ponen a pensar: "¿Y no
tendré yo piedad de Nínive, aquella gran ciudad donde hay más
de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y
su mano izquierda, y muchos animales?" (Jonás 4: 11).
El libro de Jonás culmina con una pregunta penetrante para la cual aún
no hay respuesta. La Escritura nunca nos dice si Jonás finalmente reconoció
su actitud egoísta ante la gracia divina, de la cual se benefició
ampliamente, pero compartió a regañadientes con los ninivitas.
Ni tampoco nos indica si el profeta llegó a comprender la generosa manifestación
de la misericordia de Dios, que ampliamente sobrepasó la idea que el
profeta tenía de lo que es la justicia. Es así como quedamos preguntándonos
si Jonás llegó realmente a apreciar el perdón que Dios
ofreció a quienes en apariencia no lo merecían, pero del cual
él mismo se sintió con derecho a participar.
¿Y qué decir del hecho de concluir el libro con una pregunta?
Ésta es una manera un tanto inusual de concluir un libro en la Biblia.
Por otra parte, la pregunta con la cual el libro termina es de lo más
sorprendente. Incluso algunos pueden pensar que todo finaliza muy abruptamente.
Sin embargo, no hay razón para creer que un libro no pueda concluir con
una pregunta, como tampoco la hay para suponer que esté incompleto. De
hecho, esa pregunta al final del libro pudiera ser uno de los medios más
efectivos para transmitir el agudo contraste entre la actitud de Jonás
y la de Dios.
Hay otros pasajes de la Escritura que también terminan con preguntas
sin respuestas. Ésta es una de las diferentes maneras como los escritores
bíblicos expresan verdades profundas. Por ejemplo, en el Nuevo Testamento
encontramos los siguientes casos ilustrativos:
1. Jesús había estado hablando a una multitud y a sus discípulos
acerca de lo que realmente significa el discipulado. Había mencionado
claramente lo que implica tomar la cruz y entregar la vida entera por causa
del evangelio. Y luego formuló la pregunta: "Porque ¿qué
aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿0
qué recompensa dará el hombre por su alma?" (Marcos 8: 36,
37). ¿Cómo respondería usted esa pregunta?
2. Por haber sanado a un hombre en el estanque de Betesda, "los judíos
perseguían a Jesús, y procuraban matarlo, porque hacía
estas cosas en el día de reposo" (Juan 5:16). En respuesta a esta
actitud hostil, Jesús, en un discurso extenso, alude a su autoridad divina,
y luego concluye con una declaración y una pregunta: "Porque si
vosotros creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque
de mí escribió él. Pero si no creéis a sus escritos,
¿cómo creeréis a mis palabras?” (Juan 5: 46, 47).
Y su desafiante pregunta no recibe respuesta.
3. El primer capítulo de la epístola a los Hebreos recuerda al
lector el alcance ilimitado del glorioso plan de salvación, y luego concluye
con una pregunta: "¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos
una salvación tan grande? Esta salvación fue anunciada primero
por el Señor, y fue confirmada para nosotros por los que oyeron"
(Hebreos 2:3).
Por medio de preguntas penetrantes como éstas los escritores bíblicos
expresaron verdades profundas. Por esta misma razón encontramos una pregunta
al final del libro de Jonás. Es como si Dios dijera al profeta: "Te
salvé sin que tú lo merecieras. ¿No puedo también
salvar a alguien más que tampoco lo merezca?"
Durante todo el capítulo 4, Dios ha mantenido una presión muy
sutil sobre Jonás. Lo confronta con preguntas, con la esperanza de que
el profeta reconsidere su actitud hacia el trato divino brindado a los ninivitas.
Sin embargo, en un libro que está lleno de sorpresas, una de las más
llamativas es la pregunta final que Dios hace a Jonás. Quizás
la sección más inesperada está en la última frase.
Note el lector las últimas palabras del versículo final del libro
de Jonás: "Y muchos animales" (Jonás 4:11). Aquí
Dios presiona a Jonás: "¿Y qué en cuanto a todos esos
inocentes animales?". Y luego el libro concluye. Eso es todo.
Quizás la inclusión de animales no debería sorprendernos
tanto. Muchos de nosotros nos involucramos tan de lleno en nuestros propios
asuntos de rutina que olvidamos cuán importante es el mundo natural para
el Creador. La pregunta final del libro de Jonás, enfáticamente
nos recuerda que aun el reino animal es también objeto del tierno cuidado
del Padre celestial.
Los cristianos a menudo ignoramos esta importante perspectiva bíblica.
Pero justamente aquí, en la apelación final de Dios a Jonás,
el mismo Señor incluye a los animales. En su despliegue de misericordia
hacia Nínive, Dios no se olvida de los animales. Y este hecho destaca
la forma tan íntima como Dios vincula la redención con la creación.
Muchos cristianos pueden tener una comprensión correcta de la doctrina
de la salvación, pero también necesitan comprender mejor la doctrina
de la creación. Con mucha lentitud la mente humana ha logrado conectar
la ecología con la moralidad. Permanecimos insensibles a esta significativa
relación bíblica hasta que la contaminación y el envenenamiento
de nuestro planeta nos afectaron personalmente.
Tal como ya lo hemos observado, en todo el libro de Jonás se presenta
al Señor "Dios de los cielos, que hizo el mar y la tierra"
(Jonás 1:9) como Soberano sobre toda su creación. Pero esta percepción
no se limita sólo al libro de Jonás. Éste es el mismo criterio
expresado con frecuencia por muchos escritores bíblicos en ambos Testamentos.
Todo el mundo creado, tanto seres humanos como animales, es objeto del cuidado
de Dios. Y aquí se incluye también a los cielos, como el apóstol
Pablo lo afirma en el Nuevo Testamento:
"Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los
cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean
dominios, sean principados, sean potestades. Todo fue creado por medio de él
y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas
en él subsisten" (Colosenses 1:16, 17).
Sin duda, cuando escribió estas palabras, el apóstol Pablo estaba
pensando en las muchas declaraciones que "la ley y los profetas" hacen
acerca del bondadoso cuidado de Dios por su creación, ya que su pensamiento
estaba saturado del Antiguo Testamento.
La primera declaración del tierno cuidado de Dios por su creación
la encontramos justo en el capítulo inicial del libro de Génesis:
"Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno
en gran manera. Y fue la tarde y la mañana, el día sexto. Fueron,
pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos. Y
acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó
el día séptimo de toda la obra que hizo. Y bendijo Dios el día
séptimo y lo santificó, porque en él reposó de toda
la obra que había hecho en la creación" (Génesis 1:31-
2:3).
El profeta Jeremías también destaca la relación íntima
que existe entre Dios y su creación, aun en tiempos de juicio: "Por
tanto, así ha dicho Jehová de los ejércitos: He aquí
que yo los refinaré y los probaré; porque, ¿qué
más he de hacer por la hija de mi pueblo? Saeta afilada es la lengua
de ellos, engaño habla; con su boca dice paz a su amigo, y dentro de
sí pone sus asechanzas. ¿No los he de castigar por estas cosas?
dice Jehová. De tal nación, ¿no se vengará mi alma?
Por los montes levantaré, lloro y lamentación, y llanto por los
pastizales del desierto; porque fueron desolados hasta no quedar quien pase,
ni oírse bramido de ganado, desde las aves del cielo hasta las bestias
de la tierra huyeron, y se fueron" (Jeremías 9:7-10).
Cuando Dios habla de juicio contra el pecado, de la misma manera incluye un
lamento por su creación.
El último libro de la Escritura de nuevo abarca dramáticamente
a todo el mundo creado como escenario del juicio de Dios:
1. Apocalipsis 7:1 presenta a cuatro ángeles "de pie en los cuatro
ángulos de la tierra, que detenían los cuatro vientos de la tierra,
para que no soplase viento alguno sobre la tierra, ni sobre el mar, ni sobre
ningún árbol" (versículo 1). Otro ángel que
trae el sello de Dios se le une y ordena: "No hagáis daño
a la tierra, ni al mar, ni a los árboles, hasta que hayamos sellado en
sus frentes a los siervos de nuestro Dios" (versículos 7:1, 3).
2. En Apocalipsis 11, después que suena la séptima trompeta, los
veinticuatro ancianos se postran sobre su rostro y adoran a Dios, mientras claman
contra aquellos que han hecho estragos en el mundo creado: "Te damos gracias,
Señor Todopoderoso, el que eres y que eras, y que has de venir, porque
has tomado tu gran poder, y has reinado. Y se airaron las naciones, y tu ira
ha venido, y el tiempo de juzgar a los muertos, y de dar el galardón
a tus siervos los profetas, a los santos, y a los que temen tu nombre, a los
pequeños y los grandes, y de destruir a los que destruyen la tierra"
(Apocalipsis 11: 17, 18).
Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, la Biblia nunca permite que nos
olvidemos del profundo valor que Dios asigna a su creación. Y el libro
de Jonás no es una excepción, pues concluye destacando este punto.
Según Génesis 1 y 2, Dios creó a los seres humanos "a
su imagen". Los eruditos han discutido extensamente lo que esto significa.
Con toda seguridad, el término incluye en su significado que es nuestro
deber reflejar su carácter santo al actuar responsablemente hacia su
creación, y también al mostrar mucha consideración hacia
la tierra y los animales, porque esto es exactamente lo que Dios mismo hace.
Si hemos de reflejar su imagen en la tierra, entonces deberíamos ser
particularmente responsables por la forma como nos relacionamos con todas su
criaturas. Dios concedió a la humanidad el dominio sobre los animales
(Génesis 1: 26, 28). Lo que esto quiere decir es que divinamente se nos
ha asignado la responsabilidad de cuidar la vida en todas sus formas, incluyendo
a los animales, tal como lo afirma la siguiente declaración:
"La historia de la creación tiene que ver con el cuidado de la vida,
lo que incluye el deber de los seres humanos de gobernar el mundo animal, como
también cuidar y preservar el orden de la creación (compare Génesis
1:28 con Génesis 2:15). Estos dos textos no están en contraste,
sino que, al contrario, se relacionan”.
En este sentido, Rolf Rendorff afirma: “De esta manera, encontramos que
la palabra ‘dominar’ en Génesis 1:28 no significa ‘subyugar’
o ‘someter’, tal como se traduce a menudo, sino, más bien,
‘trabajar cuidadosamente’ y ‘guardar’”.
De estas declaraciones se desprende la importancia de recordar que tanto los
seres humanos como los animales tenemos igual origen: la mano del mismo Creador.
Y nos creó a todos, humanos y animales, como "almas vivientes".
De hecho, la Escritura subraya muchas semejanzas entre humanos y animales:
1. Ambos fueron creados nephesh haa [“seres vivientes", "criaturas"]
(Génesis 1:20, 24; 2:7, 19).
2. Ambos recibieron la bendición de. Dios (Génesis 1:22, 28).
3. Se les asignó una dieta vegetariana (Génesis 1:29, 30).
4. Tienen sangre en sus venas. Esa sangre es símbolo de la vida (Génesis
9: 4-6).
5. Tanto humanos como animales pueden ser responsables de asesinatos (Génesis
9:5; Éxodo 21: 28-32).
6. Ambos participan del pacto de Dios (Génesis 9: 9, 10).
7. Ambos pueden recibir como castigo la pena de muerte si participan en bestialismo
(Levítico 2:15, 16).
8. Ambos deben observar el descanso sabático (Levítico 23:10-12).
9. Ambos deben vivir juntos en paz y, eventualmente, regresarán al plan
original en el reino de Dios (Isaías 11:17-9; Oseas 2:18-20).
10. Los primogénitos, tanto de humanos como de animales, pertenecen a
Dios (Exodo 22: 29,30; 13:12, 13).
11. Tanto los sacerdotes como los sacrificios de animales no deben tener manchas
o defecto (Levítico 21:17-21; 22:19-25).
12. Los animales no pueden ser sacrificados a menos que cumplan los ocho días
de edad y luego deben ser dedicados a Dios. El mismo período de ocho
días debía transcurrir para circuncidar a un varón (Levítico
22: 27; Éxodo 22:30; Génesis 17:12).
En vista de la íntima relación que existe entre todas las criaturas,
no debería sorprendernos encontrar que los escritores bíblicos
ven a los animales como una parte significativa de la creación de Dios,
y que el Señor ha hecho provisión específica para que se
les cuide responsablemente. Por ejemplo, cuando Dios anuncia su pacto a Noé,
después del diluvio, él explícitamente incluye a los animales
como parte importante de su pacto con el mundo: "Yo establezco mi pacto
con vosotros, y con vuestros descendientes después de vosotros; y con
todo ser viviente que está con vosotros; aves, animales y toda bestia
de la tierra que está con vosotros, desde todos los que salieron del
arca, hasta todo animal de la tierra. Estableceré mi pacto con vosotros,
y no exterminaré ya más toda carne con aguas de diluvio, ni habrá
más diluvio para destruir la tierra. Y dijo Dios: Ésta es la señal
del pacto que yo establezco entre mí y vosotros y con todo ser viviente
que está con vosotros, por siglos perpetuos. Mi arco he puesto en las
nubes, el cual será por señal del pacto entre mi y la tierra“
(Génesis 9: 8- 13)".
En este mismo orden de ideas, Pablo incluso va más allá, al punto
de declarar que todas las cosas creadas nos rebelan la naturaleza misma de la
Deidad: "Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad,
se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas
por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa" (Romanos 1:20).
En repetidas ocasiones Dios afirma por medio de sus profetas que su pacto abarca
a todo el orden creado, y que, finalmente, él restaurará toda
la creación a la perfección original: "En aquel tiempo haré
para ti pacto con las bestias del campo, con las aves del cielo y con las serpientes
de la tierra; y quitaré de la tierra arco, y espada y guerra, y te haré
dormir segura" (Oseas 2:18). "El lobo y el cordero serán apacentados
juntos, y el león comerá paja como el buey; y el polvo será
el alimento de la serpiente. No afligirán, ni harán mal en todo
mi santo monte, dijo Jehová" (Isaías 65:25).
También Pablo nos recuerda que todas las criaturas, tanto seres humanos
como animales, fueron hechas por y para Jesucristo: "Porque en él
fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la
tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados,
sean potestades. Todo fue creado por medio de él y para él"
(Colosenses 1:16).
El valor de las criaturas se deriva del deleite que Dios encuentra en ellas,
y el propósito de todo ser creado, es adorarle y servirle (Génesis
1:31; Proverbios 8:30, 31). Su cuidado se extiende a toda la creación.
Tal como lo expresa el salmista, Dios provee para el sostén de los animales:
"Él da a la bestia su mantenimiento, y a los hijos de los cuervos
que claman" (Salmos 147: 9). De hecho, los Salmos frecuentemente se refieren
a todas las esferas de la creación de Dios: "Alabad a Jehová
desde la tierra, los monstruos marinos y todos los abismos; el fuego y el granizo,
la nieve y el vapor, el viento de tempestad que ejecuta su palabra; los montes
y todos los collados, el árbol de fruto y todos los cedros; la bestia
y todo animal, reptiles y volátiles; los reyes de la tierra y todos los
pueblos, los príncipes y todos los jueces de la tierra; los jóvenes
y también las doncellas, los ancianos y lo niños. Alaben el nombre
de Jehová, porque solo su nombre es enaltecido. Su gloria es sobre tierra
y cielos" (Salmos 148:7-13).
Tanto los escritores del Antiguo como del Nuevo Testamento nos recuerdan con
frecuencia que los animales tienen valor intrínseco para Dios. Algunos
escritores cristianos ven en la misma creación una manifestación
de la gracia divina, de la abundante generosidad de Dios. En este sentido, sería
bueno que hiciéramos una pausa para maravillarnos, asombrarnos, y dar
gracias. El mismo Jesucristo nos recuerda que él toma nota de cuanto
sucede incluso a los pajarillos, criaturas que muchos podrían considerar
como de muy poco valor: "¿No se venden dos pajarillos por un cuarto?
Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin el consentimiento de vuestro Padre"
(Mateo 10: 29).
La Escritura también nos enseña que, debido a la íntima
relación que hay en toda la creación, el pecado humano ha afectado
todo cuanto existe, con las consecuencias dolorosas resultantes. El apóstol
Pablo señala agudamente esta realidad: "Porque el anhelo ardiente
de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de
Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad,
sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también
la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción,
a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación
gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora" (Romanos
8:19-22).
La Biblia promete que el reino animal también participará en la
restauración de la perfección edénica, porque toda la creación
ha sido afectada tanto por la caída como por la redención. En
este sentido, el profeta Isaías se torna elocuente cuando describe el
reinado de Jesucristo al restablecer justicia y juicio en la tierra: "Morará
el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el
becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos
y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán, sus
crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá
paja. Y el niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid,
y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna de la
víbora. No harán mal ni dañarán en todo mi santo
monte, porque la tierra estará llena del conocimiento de Jehová,
como las aguas cubren el mar" (Isaías 11: 6-9).
Debido a la íntima relación que la Biblia establece entre la creación
y la redención, no sorprende que los escritores bíblicos, al hablar
de eventos naturales, de manera consistente los atribuyen a Dios. Este hecho
ha sido más que evidente en el libro de Jonás. Basta recordar
cómo Dios, en su trato con el terco profeta, deliberadamente envió
una tormenta para detenerlo en su huída (ver Jonás 1: 4). El autor
no atribuye la tormenta únicamente a los crudos elementos de la naturaleza.
¡No, no podemos descartar la participación de Dios en su creación!:
"Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos. De
generación en generación es tu fidelidad; tú afirmaste
la tierra, y subsiste. Por tu ordenación subsisten todas las cosas hasta
hoy, pues todas ellas te sirven" (Salmos 119: 89-91).
"Alabadle, sol y luna;
Alabadle, vosotras todas, lucientes estrellas.
Alabadle, cielos de los cielos, y las aguas que están sobre los cielos.
Alaben el nombre de Jehová;
Porque él mandó, y fueron creados.
Los hizo ser eternamente y para siempre,
Les puso ley que no será quebrantada.
Alabad a Jehová desde la tierra, los monstruos marinos y todos los abismos;
El fuego y el granizo, la nieve y el vapor,
El viento de tempestad que ejecuta su palabra" (Salmos148: 3-8).
También en el Nuevo Testamento abundan los ejemplos que ilustran cómo
Dios de manera frecuente demostró su poder divino sobre la naturaleza,
como cuando el Señor Jesús caminó sobre la tierra. Veamos
varios ejemplos:
1. El primer milagro de Jesús consistió en transformar agua en
vino en una fiesta de bodas (Juan 2).
2. El tormentoso mar reconoció su voz y obedeció su mandato (Marcos
4:35-41).
3. Jesús caminó sobre el agua (Mateo 14: 25-27).
4. La higuera se secó cuando el Señor la maldijo (Mateo 21:18,
19).
5. Un pez le trajo una moneda (Mateo 17:24-17).
6. Venció la enfermedad, incluyendo la temible lepra (Lucas 17:11-21).
7. Aun la muerte no podía permanecer en su presencia (Lucas 7:11-16;
Juan 11).
8. En ocasión de la crucifixión, ante la escena "de su angustia
de moribundo [el sol] había ocultado su rostro de luz" [Elena G.
de White; El Deseado de todas las gentes, p. 717]
9. Incluso la naturaleza inanimada testificó de su divinidad: "Las
rocas le habían conocido y se habían desmenuzado en fragmentos
a su clamor". [Ibíd.]
Elena de White coincide con esta misma tradición bíblica cuando
afirma: "Es el gran poder del ser Infinito el que mantiene dentro de sus
límites los elementos de la naturaleza en la tierra, el mar y el cielo".
[Elena G. de White; Profetas y reyes, p. 99].
La entera creación se deleita en cumplir su voluntad. Sólo los
desobedientes seres humanos la resisten. Hemos visto este hecho demostrado claramente
en el libro de Jonás. Y, sin embargo, el Creador, "el Dios del cielo,
que hizo el mar y la tierra" (Jonás 1:9), tiene un tierno cuidado
por sus hijos errantes, "como también por los animales" (Jonás
4:11). Así que no debería sorprendernos que Dios mencione a los
animales de Nínive en su pregunta final a Jonás.
Entonces el libro termina tal como comenzó, con la Palabra de Dios a
Jonás, un ser humano a quien, seguramente, Dios conoció muy bien.