¿De qué se trata todo esto?

El libro de Jonás, con sus cuatro capítulos espléndidamente escritos, es una exposición asombrosa del profeta Jonás. Pero, ¿es realmente Jonás el foco central de la narrativa? ¿Cuál es el propósito de ésta? ¿Qué está tratando realmente de comunicar el autor? Cuando examinamos la historia, tendemos generalmente a prestar especial atención al "gran pez." Pero sabemos con certeza que ese no es el punto principal. A fin de cuentas, sólo tres versículos mencionan la criatura marina.

El libro no da indicación alguna acerca de quién pudo haberlo escrito. 2 Reyes 14:25, como lo vimos previamente, menciona a Jonás como el "hijo de Amitai, profeta que fue de Gat-hefer". El pasaje que sigue contribuye con algunos datos extras acerca de quién era Jonás y cuándo vivió:

"El año quince de Amasías hijo de Joás rey de Judá, comenzó a reinar Jeroboam hijo de Joás sobre Israel en Samaria; y reinó cuarenta y un años. E hizo lo malo ante los ojos de Jehová, y no se apartó de todos los pecados de Jeroboam hijo de Nabat, el que hizo pecar a Israel. Él restauró los límites de Israel desde la entrada de Hamat hasta el mar de Arabá, conforme a la palabra de Jehová Dios de Israel, la cual él había hablado por su siervo Jonás hijo de Amitai, profeta que fue de Gat-hefer" (versículos 23-25).

El pasaje nos informa acerca de que Jonás sirvió durante el reinado del rey Jeroboam II de Israel (793-753 a.C.). Durante el reinado de sus precursores inmediatos los estados arameos, con Damasco a la cabeza, habían llevado a cabo ataques salvajes en Israel, infligiendo gran sufrimiento sobre la población. Joás (798-782 a.C. [reinando al mismo tiempo con Jeroboam lI entre 793-782) triunfó en recuperar las ciudades de Israel (2 Reyes 13:25), y Jonás aparentemente predijo que Jeroboam restauraría los límites de Israel conforme a los que David había impuesto.

2 Reyes 14:25-27 confirma el cumplimiento de esta profecía. Israel prosperó otra vez; pero no por mucho tiempo. Tanto Oseas como Amós reprenden al reino del norte con severidad, ya para los tiempos del reinado de Jeroboam (Oseas 1; Amós 1:1). Pero en tanto que Amós era un sureño de Tecoa, no lejos de Belén, Jonás provenía del norte. Quizás su familia habría sufrido durante las incursiones sirias dentro de Israel. Si fue así, esto podría explicar algo del antagonismo de Jonás hacia Nínive de Asiria, un país más amenazante en aquellos tiempos que la misma Siria.

Tal vez algunas de las lecciones implicadas en el libro de Jonás podrían también aplicarse a la iglesia. Cuando Dios le pide a Jonás que vaya a Nínive, el profeta rehúsa hacerlo. Pero Jonás se da cuenta finalmente que Jehová no puede ser reprimido.

Dios ha designado a muchos individuos para entregar mensajes divinos. Él instruyó a Moisés para que fuera a Egipto y se enfrentara al faraón (Éxodo 3:4). Gedeón, también, oyó la orden de Dios: "Y mirándole Jehová, le dijo: Ve con esta tu fuerza, y salvarás a Israel de la mano de los madianitas. ¿No te envío yo?" (Jueces 6:14). Isaías también describió su encomienda divina:

"Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado. Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí. Y dijo: Anda, y di a este pueblo: Oíd bien, y no entendáis; ved por cierto, mas no comprendáis" (Isaías 6:6-9).

En el Nuevo Testamento, luego de que sana al endemoniado, Jesús le dice: "Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti" (Marcos 5:19).

Cuando Jesús envió a sus doce discípulos a su primer viaje misionero, les dijo: "Id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel" (Mateo 10:6).

Después de la resurrección, el ángel exhortó a las mujeres que habían venido a la tumba, diciendo: "Id, decid a sus discípulos, y a Pedro, que él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo" (Marcos 16:7). El llamamiento de Jonás encaja dentro de un patrón bien establecido en las Escrituras.

La vida del apóstol Pablo sobresale en marcado contraste con la reacción de Jonás a su llamamiento divino. Su respuesta es muy diferente a la del hijo de Amitai. En vez de tratar de evadir su responsabilidad, Pablo hace tres poderosas declaraciones personales sobre sus convicciones a los romanos, los habitantes de otra gran ciudad capital:

"A griegos y a no griegos, a sabios y a no sabios soy deudor. Así que, en cuanto a mí, pronto estoy a anunciaros el evangelio también a vosotros que estáis en Roma. Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego" (Romanos 1:1416). Noten que Pablo se refiere a los romanos no como lo haría un turista, pero como un evangelista. Roma era una de las mayores ciudades paganas de aquellos tiempos, un gran centro de orgullo y poder imperial y probablemente un lugar difícil en donde testificar. No obstante Pablo habla de su obligación urgente. Y su mensaje a Roma tampoco es "muy dulce que digamos". El primer asunto que trae a luz a los romanos, como lo hizo Jonás con Nínive, es el aborrecimiento de Dios hacia el pecado.

Los mensajes proféticos raramente involucran un enfoque exclusivo sobre el amor de Dios como sentimiento. El primer sermón que Pedro predica luego del derramamiento del Espíritu Santo no fue "Dios es un Dios de amor, eso es todo lo que necesitan saber." En vez, escuchamos al discípulo insistiendo: "Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús Nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis; a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole" (Hechos 2:22-23).

El sermón de Pedro y la declaración de Pablo a Roma están en abierto contraste no sólo con la actitud de Jonás, pero también con la de muchos en la iglesia de hoy que tienden a referirse a la gran comisión de Cristo a la iglesia como una mera opción. Y creen acaso, que le hacen a Dios un favor si se involucran en el evangelismo. Dios ha dado a la iglesia una orden urgente. Él nos ha dicho "Id", como le dijo a Jonás:

"Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" (Mateo 28:18-20).

Deberíamos aprender de la experiencia de Jonás, que no debemos tomar livianamente los mandatos divinos. Nosotros también, al igual que Jonás, necesitamos aprender a ver el mundo a través de sus ojos: "Los hombres se jactan de su maravilloso progreso y de la iluminación que reina en nuestra época; pero Dios ve la tierra llena de iniquidad y violencia” [Elena G. de White; Profetas y reyes, p. 206]

Dios ha ordenado a la Iglesia Adventista del Séptimo Día, como lo hizo con Jonás, para proclamar un mensaje de juicio, para que "las grandes cosas de su ley: los principios de justicia, piedad y amor” puedan ser establecidas en su verdadero esplendor [Ibíd.]. Dios es serio al respecto. En verdad, Dios está decidido a que su pueblo lleve a cabo la Gran Misión; un hecho que podemos aprender de la experiencia de Jonás.

Tal vez dudemos en proclamar tan austero mensaje de juicio. Tal vez nosotros, como Jonás, nos encontramos avergonzados de que la piedad de Dios haya postergado el juicio que hemos estado predicando por tanto tiempo; y al igual que Jonás, "celosos de [nuestra] reputación," nos hayamos "olvidado" del `'valor infinitamente mayor" que el ser humano posee.

Podría ser que a medida que hayamos estudiado la vida de Jonás presentada en estos cuatro capítulos no sólo hayamos visto un retrato de un profeta obstinado, sino más importante aún, que hayamos identificado una reflexión indeseable de nuestro ser.

¿Cuántos de nosotros hemos huido de Dios y de sus instrucciones explícitas? Existe un Jonás en cada uno de nuestros corazones. ¿Cuál es la orden divina que no queremos oír? ¿Cuáles de sus instrucciones nos molestan? ¿Qué tarea divina causa resistencia de nuestra parte? Y ¿qué nos lleva a decir: "Todo lo que quieras, Señor, menos eso"? ¿Nos hemos encontrado alguna vez privando a alguien de la misericordia de Dios? ¿Llegamos al punto de autorestringirnos de la piedad divina?

Muchos de nosotros poseemos nuestras "ciudades" de escape y evasión. Quizás nuestra propia `Nínive" sea una clara instrucción para nosotros acerca de la voluntad de Dios. O podría ser el Señor exhortándonos a que cambiemos cierto aspecto de nuestro comportamiento, o a que llevemos a cabo ciertas directivas que demandan más de lo que estamos dispuestos a dar. ¡Cuántos de nosotros oímos la encomienda del Señor y tomamos rumbos opuestos hasta que finalmente descubrimos, como Saulo de Tarso lo hizo, que "dura cosa... es dar coces contra el aguijón"! (Hechos 26:14).

Somos rápidos en notar en la iglesia cuando otros necesitan corrección. Pero, al igual que Jonás, somos ciegos a nuestros propios problemas. El hecho es que inclusive el más justo entre nosotros incluso el más dotado y educado-es pecador en necesidad de misericordia divina. "Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento" (Isaías 64:6).

"Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo" (Apocalipsis 3:17).

Y, a pesar de todas las buenas obras que podamos hacer por la iglesia, necesitamos aprender a cantar aquel gran spiritual tradicional: "No mi hermano ni mi hermana, sino yo, Señor, el que necesita orar"

La iglesia necesita más que habilidades naturales y lucidez intelectual. Todos nosotros, como Jonás, debemos obtener la gracia especial de Dios para que nos brinde amor para los perdidos y fervor hacia su misión. ¿Podría ser posible que algunos dentro de la Iglesia Adventista del Séptimo Día ya no tomemos seriamente la proclamación del mensaje final de advertencia para un mundo perdido? Quizás algunos piensen que tenemos tal monopolio en lo que respecta a la verdad que nuestra falta de afán no es importante.

El libro de Jonás se transforma entonces en uno de los libros más relevantes de las Escrituras para este tiempo. Posee un mensaje profundo para la iglesia del siglo veintiuno. Cada uno de nosotros debe evaluar cuidadosamente si en realidad, al igual que Jonás, nos encontramos huyendo en dirección opuesta a la que Dios preparó para nosotros. ¿Estamos yendo hacia Tarsis en vez de Nínive? ¿Estarnos dormidos mientras el mundo se aventura en una confusión sin precedentes? Muchos en el mundo están atemorizados de la "tormenta venidera." ¿Estamos no obstante dormidos, como Jonás? Dios usa el capitán de la nave para despertar a Jonás. ¿Qué necesitará para levantarnos?

A veces nos preguntamos: si el Espíritu Santo se retirase de la iglesia, ¿sería esto acaso significativo? ¿Continuaría la iglesia su rumbo como que si nada hubiera ocurrido? ¿Está Jesús preguntándonos afligidamente: "¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz!" (Lucas 19:42)? La narrativa del libro de Jonás parece extremadamente contemporánea, ¿no?

"Preferiríamos ser destruidos que cambiados. Preferiríamos morir en la temerosa expectativa antes que pasar la cruz del momento y dejar morir nuestras ilusiones"