La gran huida
Hasta aquí, la narrativa del libro de Jonás ha
presentado una situación familiar en la Escritura: la de un profeta que
recibe un llamamiento divino. Sin embargo, lo que ocurre enseguida en la narrativa
de Jonás no es la respuesta esperada: "Y Jonás se levantó
para huir de la presencia de Jehová a Tarsis..."
(Jonás 1:3). El escritor bíblico describe a continuación
lo que hizo Jonás para escapar de la orden divina. ¡Esto nos recuerda
que una cosa es profesar creer en Dios, y otra muy diferente es ser capaz de
aceptar su mandato a realizar una tarea desagradable!
Un análisis cuidadoso de la narrativa nos ayuda a notar la concentración
de verbos usados en un solo versículo para describir la conducta de Jonás
(vers. 3): -se levantó para huir (aquí se usa el mismo verbo que
Dios utilizó en el versículo 1 cuando ordenó a Jonás:
"Levántate...") -y descendió a Jope
-y halló una nave
-y pagando su pasaje
-entró en ella
Toda esta serie de actividades por parte de Jonás tiene el propósito
de señalar su evasión del mandato divino. En las narrativas bíblicas,
el ritmo de actividad es un detalle importante al que se le debe prestar atención.
El autor logra esto por medio de una repentina concentración de verbos,
o una cadena ininterrumpida de ellos vinculados con una sola persona o sujeto.
En los escritos narrativos, esto indica un énfasis particular o un propósito
específico. Otros ejemplos bíblicos incluyen la descripción
de Rebeca preparando a Jacob para engañar a Isaac. Note el agrupamiento
de verbos en Génesis 27:15-17. De igual forma, encontramos una concentración
de verbos cuando Abraham se prepara para el sacrificio de Isaac en el monte
Moriah (Gén. 22: 9, 10) y cuando David lucha contra Goliat (1 Samuel
17:48-51). Podríamos citar cientos de ejemplos adicionales, ya que se
trata de una característica distintiva de los escritos narrativos.
La respuesta negativa de Jonás, subrayada por una agrupación de
verbos, no es la única ocasión en la Escritura en la que observamos
a una persona huyendo de una labor asignada por Dios. Algunos respondieron de
manera ejemplar, como María, que mostró una actitud humilde y
confiada en el anuncio que le hizo el ángel Gabriel: "He aquí
la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra"
(Lucas 1:38). Otros, sin embargo, fueron renuentes. Cuando Dios ordenó
a Moisés que regresara a Egipto para librar a los israelitas de la esclavitud,
éste se mostró vacilante al principio, "anonadado por la
obra extraña y maravillosa que se le pedía que hiciera".'
Le dijo a Dios: "He aquí que ellos no me creerán, ni oirán
mi voz; porque dirán: No te ha aparecido Jehová... ¡Ay,
Señor! Nunca he sido hombre de fácil palabra, ni antes, ni desde
que tú hablas a tu siervo; porque soy tardo en el habla y torpe de lengua...
¡Ay, Señor! envía, te ruego, por medio del que debes enviar"
(Éxodo 4:1- 13). Dios pasó un poco de tiempo disipando las dudas
de Moisés, como lo registra el amplio diálogo de Éxodo
4. Y, al final, Moisés aceptó el desafío.
"El mandato divino halló a Moisés sin confianza en sí
mismo, tardo para hablar y tímido. Estaba abrumado con el sentimiento
de su incapacidad para ser el portavoz de Dios ante Israel. Pero una vez aceptada
la tarea, la emprendió de todo corazón, poniendo toda su confianza
en el Señor. La grandeza de su misión exigía que ejercitara
las mejores facultades de su mente. Dios bendijo su pronta obediencia, y llegó
a ser elocuente, confiado, sereno y apto para la mayor obra jamás dada
a hombre alguno." 2
Siglos después, la nación de Israel se desintegró. El reino
del norte cayó primero debido a su apostasía. La situación
en Jerusalén y Judá se deterioró, y Dios llamó a
Jeremías a advertir a los israelitas que regresaran a Dios, con la esperanza
de que se arrepintieran y evitaran el exilio. De nuevo, la tarea era intimidante,
y Jeremías se resistió inicialmente a la orden de Dios: "Y
yo dije: ¡Ah! ¡ah, Señor Jehová! He aquí, no
sé hablar, porque soy niño" (Jeremías 1:6).
Ciertamente, tanto Moisés como Jeremías al principio rehuyeron
el deber asignado por Dios, porque sentían que no eran las personas adecuadas.
Pero la negativa abierta de Jonás va más allá de la vacilación
inicial de ellos. Como lo señala James Edwards: "Abraham, Moisés
y Gedeón dialogaron con Dios, y Jacob incluso contendió con él,
no así Jonás. Éste evadió todo el proceso; cuando
Dios habla, Jonás pone pies en polvorosa".3
El narrador parece insinuar lo que podía estar agitándose en la
mente de Jonás al decidir escapar de la encomienda de Dios. Según
vimos anteriormente, en un mismo versículo el lector encuentra dos veces
la frase acerca de que Jonás huyó "de la presencia de Jehová".
Una sola inclusión de esa frase sería suficiente para impactarnos.
Sin embargo, su duplicación en un solo versículo nos impulsa a
preguntarnos qué podría haber estado pensando Jonás. Porque,
como notamos anteriormente, la duplicación o repetición de palabras
o de una frase funciona como un método usado por los escritores de narrativas
bíblicas para enfatizar un punto. En este caso, la repetición
alerta al lector acerca de la ironía de cualquiera -cuánto más
de un profeta- que piense que puede huir de la presencia de Jehová.
Los vínculos intertextuales hacen remontarnos hasta la primera vez que
aparece en la Escritura la frase "de la presencia del Señor".
Luego de una asombrosa conversación entre Dios y el primer asesino, después
que éste había matado a su hermano, la Escritura declara que "salió,
pues, Caín de delante de Jehová, y habitó en tierra de
Nod, al oriente del Edén" (Génesis 4:16).
Los cristianos que creen que Dios es el autor final de la Biblia entienden que
tal intertextualidad refleja la unidad de pensamiento que "aglutina"
a toda la Escritura. También aumenta nuestra comprensión de los
matices de significado reflejados en el vocabulario y frases bíblicas
recurrentes. En el caso de Jonás, el profeta rechazó deliberadamente
las instrucciones que Dios le dio.
Note que Jonás no se fue simplemente, sino que huyó. Y, como observamos
antes, el versículo incluso menciona tres veces el destino del pasaje
que compró.
Las narrativas hebreas usualmente no describen los procesos de pensamiento de
sus personajes principales. En este caso, el autor bíblico no dice explícitamente
lo que pensaba Jonás. Más bien, repite una frase clave y describe
las acciones del profeta por medio de una concentración de verbos, que
ayudan a tener una idea de qué podría haber estado pensando Jonás
cuando conseguía su pasaje en el barco. Quizás esperaba demorar
la ejecución de las instrucciones de Dios, por si quizá él
pudiera arrepentirse. Más adelante, al comentar el capítulo cuatro
del libro, notaremos que el profeta admitirá algunos de sus pensamientos
negativos. Por lo pronto, Elena de White nos instruye al señalar que
mientras Jonás "pensaba en las dificultades e imposibilidades aparentes
de lo que se le había encargado, se sintió tentado a poner en
duda la prudencia del llamamiento". Meditaba acerca de qué
"pudiera ganarse proclamando un mensaje tal en aquella ciudad orgullosa".4
¿Le suena familiar esta actitud? ¿Nos identificamos con ella?
¿Alguna vez hemos estado afligidos acerca de las "dificultades e
imposibilidades aparentes" de las instrucciones que Dios nos ha dado?
¿Alguna vez hemos ido en la dirección opuesta a la ordenada por
Dios? ¿Esperamos siempre que Dios se arrepienta de lo que nos pide?
Algunos cristianos hoy en día creen que Dios realmente madura en su pensamiento.
Esta teoría, llamada "teología del proceso", sostiene
que Dios crece y madura al igual que los seres humanos. El no es omnisciente
ni todopoderoso. Más bien, está "abierto" al futuro,
y simplemente forma parte de los eventos desarrollados en la historia. Los proponentes
de esta teoría suponen que la mente de Dios mejora a medida que ésta
"procesa" lo que ocurre en el mundo. Dicen que al observar lo que
acontece en la historia humana, su pensamiento se enriquece y transforma; su
trato con la naturaleza humana a través de los siglos lo ayuda a desarrollar
mejores métodos para administrar su reino. ¡Se atreven a sugerir
que Dios crece en su pensamiento de la misma forma en que nosotros lo hacemos!
Esta teoría admite la posibilidad de que Dios pueda hablar en términos
conflictivos, e incluso contradecirse a sí mismo en diferentes períodos
de la historia, pues está en el "proceso" de aprender y desarrollar
mejores métodos para administrar el universo.
Desafortunadamente, tal forma de pensar puede conducir, entre otras cosas, al
concepto de que no puede haber principios eternos o absolutas, por la sencilla
razón de que incluso Dios sigue aprendiendo y mejorando.
Sin embargo, el retrato de Dios que encontramos en el libro de Jonás
y a través de toda la Escritura contradice fuertemente tal perspectiva.
El libro de Jonás mismo nos revela cuán decidido está Dios
de que su mensaje llegue a Nínive. Dios no cambia de parecer respecto
a su preocupación acerca de la ciudad pagana o incluso acerca de quién
lo eligió como su mensajero, sin importar que Jonás escoge desobedecerle.
Dios sabe lo que hace. Los humanos podemos ser inconstantes y estar siempre
madurando, pero Dios no.
Muchos ejemplos bíblicos presentan este mismo retrato de Dios, como en
el caso de Ciro, el gobernante persa, y las tres semanas de interés intenso
que el cielo le dedica (Isaías 44:28; Daniel 10:13; note que la intervención
divina se reanuda en el vers. 20). Y no debemos omitir la gran lucha de Cristo
en el Getsemaní, donde cayó postrado sobre el frío suelo:
"Sentía que el pecado le estaba separando de su Padre. La sima era
tan ancha, negra y profunda que su espíritu se estremecía ante
ella. No debía ejercer su poder divino para escapar de esa agonía.
Como hombre, debía sufrir las consecuencias del pecado del hombre. Como
hombre, debía soportar la ira de Dios contra la transgresión...
Temía que su naturaleza humana no pudiese soportar el venidero conflicto
con las potestades de las tinieblas... El conflicto era terrible... Mirémosle
contemplando el precio que ha de pagar por el alma humana. En su agonía,
se aferra al suelo frío, como para evitar ser alejado más de Dios...
La humanidad del Hijo de Dios temblaba en esa hora penosa. Oraba ahora no por
sus discípulos, para que su fe no faltase, sino por su propia alma tentada
y agonizante. Había llegado el momento pavoroso, el momento que había
de decidir el destino del mundo. La suerte de la humanidad pendía de
un hilo."5 Seguramente que, si Dios hubiera querido arrepentirse del desarrollo
del plan de salvación en este punto, lo hubiera hecho.
Sin embargo, la Biblia entera, incluyendo el libro de Jonás, muestra
en forma consistente a un Dios omnisciente (que lo sabe todo). Dios no necesita
aprender; ni tampoco madurar. Pero eso no debe preocuparnos, porque él
ya lo sabe todo. Así lo declara él de sí mismo: "Yo
soy Dios... y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde
el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que
digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero"
(Isaías 46:9, 10). "Lo que pasó, y antes lo dije, y de mi
boca salió; lo publiqué, lo hice pronto, y fue realidad"
(Isaías 48:3).
Dios es omnipotente y omnisapiente. Los profetas -y Dios mismo- expresan este
hecho muchas veces. Toda la Biblia, incluyendo el libro de Jonás, subraya
los atributos soberanos de Dios. Ésta es una razón por la que
su búsqueda de Jonás es tan impresionante.
Cuando Jonás huyó de la presencia del Señor, eso podría
haberlo cambiado todo. Al pagar Jonás su pasaje para Tarsis, eso podría
haber sido el fin del plan de Dios y de la relación del profeta con él.
Y cuando nosotros hemos desobedecido, cuando hemos tratado de escapar de lo
que Dios nos pide, ese hecho nos ha declarado culpables -cuando Dios ha dicho
una cosa y usted y yo hemos hecho otra-, y podría haber sido el fin para
nosotros también.
Pero éste no es el fin de la historia de Jonás. Dios permaneció
con él. Como lo señala Elena de White: "No se le dejó
continuar mucho tiempo en su huida insensata".6 Como resultado de la decisión
de Jonás, en su libro encontramos una sorpresa tras otra mientras Dios
lo busca. El Señor no tomó la respuesta negativa de Jonás
en forma pasiva. Sin embargo, tampoco lo abandonó. En la narrativa encontramos
a Dios siguiéndolo de manera inflexible, usando incluso su arsenal de
la naturaleza; pues, después que la nave que Jonás abordó
hubo zarpado, "Jehová hizo levantar un gran viento en el mar"
(Jonás 1:4).
A medida que la narrativa se desarrolla, nos encontramos con un notable indicador
de la realidad de Dios. Aquí, y a través de los cuatro capítulos
del libro, el autor nos recuerda dramáticamente que el Dios del cielo
y la tierra está en control de su creación. Esto es un reflejo
del retrato de la soberanía de Dios sobre el mundo que creó, que
encontramos en toda la Escritura. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento
constantemente le atribuyen a Dios el control del mundo natural. El profeta
Jeremías insiste: "He aquí que la tempestad de Jehová
saldrá con furor; y la tempestad que está preparada caerá
sobre la cabeza de los malos. No se apartará el furor de Jehová
hasta que lo haya hecho, y hasta que haya cumplido los pensamientos de su corazón"
(Jeremías 23:19, 20).
El salmista también expresa el mismo sentimiento: "Alabadle, cielos
de los cielos, y las aguas que están sobre los cielos... Alabad a Jehová
desde la tierra... el fuego y el granizo, la nieve y el vapor, el viento de
tempestad que ejecuta su palabra" (Salmo 148:4-8).
"Los que descienden al mar en naves, y hacen negocio en las muchas aguas,
ellos han visto las obras de Jehová, y sus maravillas en las profundidades.
Porque habló, e hizo levantar un viento tempestuoso, que encrespa sus
ondas. Suben a los cielos, descienden a los abismos; sus almas se derriten con
el mal... Cambia la tempestad en sosiego, y se apaciguan sus ondas" (Salmos
107:23-29).
El Señor del cielo y la tierra no sólo creó el mundo, sino
que también lo gobierna. Los escritores bíblicos insisten en que
él forma los montes (Amós 4:13) y los remueve (Job 9:5; Amós
1:2; Miqueas 1:3, 4); tiemblan ante su presencia (Jueces 5:5; Salmos 18:7; 68:8;
114:4-6; Isaías 64:3; Habacuc 3:6, 10).
En uno de los oráculos de Amós vemos a Dios controlando la lluvia
y trayendo como resultado una sequía que es usada como método
disciplinario: "Os hice estar a diente limpio en todas vuestras ciudades,
y hubo falta de pan en todos vuestros pueblos; mas no os volvisteis a mí,
dice Jehová. También os detuve la lluvia tres meses antes de la
siega; e hice llover sobre una ciudad, y sobre otra ciudad no hice llover; sobre
una parte llovió, y la parte sobre la cual no llovió, se secó.
Y venían dos o tres ciudades a una ciudad para beber agua, y no se saciaban;
con todo, no os volvisteis a mí, dice Jehová" (Amós
4:6-8).
En el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo también insiste en la
estrecha relación que hay entre Dios y su creación: "Porque
el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación
de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por
su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque
también la creación misma será libertada de la esclavitud
de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos
que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto
hasta ahora" (Romanos 8:19-22).
Segunda de Pedro 3 recuerda a los burladores de los últimos días
que se mofan de la destrucción del mal que trajo Dios por medio del diluvio.
El creyente considera esta destrucción mundial como evidencia de la certeza
de la aniquilación final del mundo. En contraste con algunas ideas contemporáneas
que ven al universo como un sistema cerrado donde no hay lugar para la acción
de Dios dentro de su creación, la Biblia declara consistentemente que
toda la naturaleza funciona bajo el control divino.
La antigua nación de Egipto aprendió de mala gana este principio
fundamental de la soberanía de Dios por medio de la intensidad creciente
de las diez plagas que devastaron a su nación. Ciertamente, Dios da las
ricas bendiciones de la vida a sus criaturas por medio del mundo natural. Pero
también puede traer juicios a través de esas mismas fuerzas (Éxodo
12:21-33). "La ruina y la desolación marcaron la senda del ángel
destructor. Sólo se salvó la región de Gosén. Se
demostró a los egipcios que la tierra está bajo el dominio del
Dios viviente, que los elementos responden a su voz, y que la única seguridad
consiste en obedecerle."7
Al final de la Escritura, el libro de Apocalipsis nos informa que el mundo enteró
se verá involucrado en una situación similar antes de la segunda
venida de Cristo: "Está muy cerca el momento en que habrá
en el mundo una tristeza que ningún bálsamo humano podrá
disipar. Se está retirando el Espíritu de Dios. Se siguen unos
a otros en rápida sucesión los desastres por mar y tierra. ¡Con
cuánta frecuencia oímos hablar de terremotos y ciclones, así
como de la destrucción producida por incendios e inundaciones, con gran
pérdida de vidas y propiedades!
Aparentemente estas calamidades son estallidos caprichosos de las fuerzas desorganizadas
y desordenadas de la naturaleza, completamente fuera del dominio humano; pero
en todas ellas puede leerse el propósito de Dios. Se cuentan entre los
instrumentos por medio de los cuales él procura despertar en hombres
y mujeres un sentido del peligro que corren."8
Dios ha establecido leyes en la naturaleza. Pero ellas no se administran solas.
El Dador de la ley las controla. Él ha dispuesto una serie de causas
y efectos en diferentes relaciones unos con otros, algunas veces en maneras
que van más allá de nuestra comprensión. De acuerdo con
la Escritura, él las sostiene, mantiene, controla y mueve como le place.
Encontramos que esto se repite reiterada y constantemente en toda la Biblia,
sin importar quién esté escribiendo: "Tú eres el que
envía [note que el verbo se halla en tiempo presente] las fuentes por
los arroyos; van entre los montes; dan de beber a todas las bestias del campo;
mitigan su sed los asnos monteses.
A sus orillas habitan las aves de los cielos; cantan entre las ramas" (Salmos
104:10-13). "De generación en generación es tu fidelidad;
tú afirmaste la tierra, y subsiste. Por tu ordenación subsisten
todas las cosas hasta hoy, pues todas ellas te sirven" (Salmos 119:90,
91).
"Alabadle, sol y luna; alabadle, vosotras todas, lucientes estrellas. Alabadle,
cielos de los cielos, y las aguas que están sobre los cielos. Alaben
el nombre de Jehová; porque él mandó, y fueron creados.
Los hizo ser eternamente y para siempre; les puso ley que no será quebrantada.
Alabad a Jehová desde la tierra, los monstruos marinos y todos los abismos;
el fuego y el granizo, la nieve y el vapor, el viento de tempestad que ejecuta
su palabra" (Salmos 148:3-8; la cursiva fue añadida).
"Te abrirá Jehová su buen tesoro, el cielo, para enviar la
lluvia a tu tierra en su tiempo, y para bendecir toda obra de tus manos. Y prestarás
a muchas naciones, y tú no pedirás prestado" (Deuteronomio
28:12).
El apóstol Pablo irrumpe en una doxología al considerar el poder
de Dios: "Porque de él, y por él, y para él, son todas
las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén" (Romanos
11:36).
Elena de White es consistente con los testigos bíblicos cuando habla
de la providencia de Dios: "Es el gran poder del ser Infinito el que mantiene
dentro de sus límites los elementos de la naturaleza en la tierra, el
mar y el cielo. Y él usa estos elementos para dar felicidad a sus criaturas".9
Los reformadores no ignoraron esta importante perspectiva bíblica. Por
ejemplo, Martín Lutero se muestra sensible a los milagros involucrados
en la providencia actual de Dios al comentar uno de los milagros de Cristo:
"El milagro de la curación del hombre sordomudo es insignificante
en comparación con lo que Dios hace cada día. Porque diariamente
nacen niños que previamente no tenían ni oídos ni lengua
y ni siquiera mente. En menos de un año se les proporciona mente, cuerpo,
lengua y todo lo demás.
Pero este milagro es tan común que nadie le presta atención. Raramente
alguien en el mundo agradece a Dios por su lengua y sus oídos. ¿Cuántas
personas que han gozado de buena visión durante cincuenta años
alguna vez le han dado gracias a Dios por ello con todo su corazón? ¿Cuántos
se regocijan por tan grande milagro? Muchos se maravillan de que Cristo haya
sanado a este hombre, pero no de que ellos mismos sean capaces de oír.
Mediante este pequeño milagro Dios nos estimula a reconocer los grandes
milagros. El mundo entero está sordo si no es capaz de oír esto.
Pitágoras fue considerado un hereje porque escuchaba el maravilloso canto
de las estrellas. Pero quien no está ciego verá a los cielos tan
espléndidos que podría morir de puro gozo por tal vista."
Así que no debiéramos sorprendernos en modo alguno cuando el libro
de Jonás revela la soberanía de Dios sobre la naturaleza: "Jehová
hizo levantas..." El autor bíblico reconoce la mano de Dios en acción
cuando no atribuye la tormenta simplemente a los elementos de la naturaleza,
sino al Dios de la naturaleza.
El envío de la tempestad por parte de Dios en el libro de Jonás
no es un mero despliegue arbitrario del poder divino. Él desata la tormenta
por amor al profeta. Jonás 1:4 nos informa que la tempestad aparece a
causa de Jonás. Ésta provoca los efectos normales y obvios de
las olas azotando el océano, sacudiendo los barcos y asustando a los
marineros. La tormenta pone en peligro no sólo a los acompañantes
de Jonás, sino a otros barcos que se encontraban en el mar en ese momento.
Al continuar con la narrativa, encontraremos que esta poderosa tormenta amenaza
a muchos que no tenían parte ni conocimiento del pecado de Jonás.
Pero su propósito es confrontar al testarudo profeta. Y al final del
capítulo cuatro del libro de Jonás, apreciaremos más ampliamente
cuán terco es realmente el profeta.
En los primeros versículos del libro de Jonás un "gran viento"
comienza a soplar. El lector encuentra la amenaza de una tempestad porque Dios
está "levantándose". Descubriremos que éste es
sólo el comienzo del gran tramo que Dios está dispuesto a recorrer
para mostrar cuánto ama al profeta y a Nínive. La tormenta representa
su gracia especial. El hecho de que Dios se afane tanto con Jonás no
indica una actitud vindicativa. De acuerdo con la Escritura, esto demuestra
que ama profundamente.
El libro de Hebreos expresa este mismo punto: "Porque el Señor al
que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo" (Hebreos 12:6).
Azotar significa "golpear con correas", lo cual, cuando ocurre, no
es nunca una experiencia placentera.
También comenzamos a ver en los primeros versículos del libro
de Jonás la seriedad de cualquier vocación dada por Dios. El Señor
cree que su elección de un mensajero es sumamente crucial; y toma tan
en serio a la persona elegida, que pone en acción a la naturaleza a fin
de darle a Jonás un "codazo" para que cumpla su misión.
Y así como Dios luchó con Jacob junto al arroyo de Jaboc, ahora
comienza a luchar con Jonás, empleando en el proceso a los elementos
de la naturaleza.