Jonás, ¡un evangelista extraordinario!

Jonás ha llegado a la ciudad de Nínive, en Asiria. Ahora valientemente proclama el nefasto anuncio de juicio que Dios le ha encargado: "De aquí a cuarenta días Nínive será destruida" (Jonás 3: 4). Imagine la escena. En las agitadas calles de la ciudad capital de Asiria aparece repentinamente un extranjero que, públicamente, anuncia condenación. Para Jonás ésta no debe haber sido una misión fácil. Pero sabemos que el oficio profético siempre ha sido difícil. Y los profetas nunca lo han codiciado.

Es de importancia capital notar el contenido de la proclamación de Jonás. Dios no envía al profeta para dictar una cátedra sobre el monoteísmo o para instar a los ninivitas a elevar su ética de la conducta, aunque habría sido válido plantear estos temas a los asirios de aquel tiempo. Tampoco Dios lo comisionó para promover la unidad ecuménica. La misión de Jonás era de juicio. Y Nínive sólo tenía cuarenta días de gracia.

Al comparar un texto bíblico con otro, notamos que la Escritura a menudo asocia el número 40 con períodos de significado especial. Este es el número de días que la lluvia cubrió toda la tierra durante el diluvio (Génesis 7: 17; 8: 6) y el número de años que Moisés permaneció en Madián después de huir de Egipto (Hechos 7: 29, 30). Más tarde Moisés permanecería en el Monte de Dios (Sinaí) en dos ocasiones diferentes de 40 días cada una (Éxodo 24: 18; 34: 28; Deuteronomio 10:10). Los Israelitas vagaron por el desierto 40 años después de su rebelión (Éxodo 16: 35; Números 14: 33, 34: Deuteronomio 1: 1-3; 2: 7; 8: 2, 4). David y Salomón reinaron 40 años cada uno. Cuando huyó de Jezabel, el viaje de Elías a Horeb duró 40 días (1 Reyes 19: 8). Y la tentación de Cristo en el desierto, al comienzo de su ministerio, duró 40 días (Mateo 4: 2; Marcos 1: 13; Lucas 4: 2). La Escritura conecta el lapso de 40 días con el establecimiento del pacto, porque es el número de días transcurridos entre el momento en que Israel dejó Egipto y cuando Dios les dio su ley y el pacto en el Sinaí. En el Nuevo Testamento la presencia glorificada de Jesús permaneció en la tierra por 40 días antes de su ascensión al cielo y su inauguración como nuestro Sumo Sacerdote (Hechos 1:3; 2:33, 34; Hebreos 3: 17).

Jonás anuncia que a Nínive se le han concedido 40 días hasta que sobrevenga su juicio. En su proclama él usa el verbo "derrocar" o "derribar". Si hacemos más comparaciones con otros textos bíblicos encontramos que el uso de este verbo en el libro de Jonás es significativo por dos razones:

1. Génesis 19: 21, 25 usa precisamente este verbo en referencia a Sodoma y Gomorra. De hecho, la Escritura emplea dos nombres, ambos con el significado de "derrocar", relacionados casi exclusivamente con Sodoma y Gomorra, cuando se describe el juicio que estas ciudades recibieron de Dios. [Génesis 19; 29; Deuteronomio 29:23; Isaías 13:19; Jeremías 20:16; 49:18; 50:40; Amós 4:11].

2. El verbo también tiene doble significado. Podríamos traducir la frase así: "Nínive será vuelta al revés", con lo cual se implica un cambio dramático (en este caso, hacia lo bueno), tal como ocurre en el libro de Ester cuando se describe la liberación de los judíos del decreto de muerte que tramaba Amán: "...Como días en que los judíos tuvieron paz de sus enemigos, y como el mes que de tristeza se le cambió en alegría, y de luto en día bueno; que los hiciesen días de banquete y de gozo, y para enviar porciones cada uno a su vecino, y dádivas a los pobres" (Ester 9:22).

En apariencia, Jonás valientemente proclamó en Nínive el severo mensaje. Y es claro que los habitantes lo escucharon, porque el relato describe el sorprendente resultado: "Y los hombres de Nínive creyeron a Dios y proclamaron ayuno, y se vistieron de cilicio desde el mayor hasta el menor de ellos" (Jonás 3: 5).

La frase "desde el mayor hasta el menor" (literalmente, "desde los grandes hasta los pequeños") es una forma hebrea común de expresar totalidad, al juntar ideas contrarias. Por ejemplo: "el rico y el pobre se encuentran; a ambos los hizo Jehová" (Proverbios. 22: 2). De esta manera, el libro de Jonás nos muestra que toda una ciudad de malvados gentiles acepta como verdad lo que Jonás les predica.

Tal como ocurrió con los marineros paganos del capítulo 1, de nuevo aquí en el capítulo 4 otros extranjeros (asirios, en este caso) dirigen su atención al Dios del cielo. Los ninivitas, famosos por su crueldad, aceptan las palabras de Jonás con toda seriedad. Están convencidos de que este hombre está predicando un mensaje divino. De hecho, el texto claramente señala que "el pueblo de Nínive creyó en Dios". No fue que creyeron en Jonás. ¡Creyeron en Dios! De esta forma, la Escritura enfáticamente nos enseña que, cuando se les confronte con la Palabra, los adoradores de otros dioses responderán afirmativamente al verdadero Dios. Pero hay más: los ninivitas reconocen que el juicio anunciado es merecido y, consecuentemente, se arrepienten. Bajo convicción, muestran las señales externas de arrepentimiento: se visten de cilicio y ayunan. Semejante humillación fue el medio de expresar sumisión al Dios de Jonás.

Este hecho nos recuerda que en cada ser humano está estampado el conocimiento de un Dios santo. Pablo, el apóstol de los gentiles, subraya esta realidad: "Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa" (Romanos 1: 18-20).

¿Quién iba a imaginar que Jonás encontraría una recepción tan increíble de parte de una población tan violenta como la de Nínive? Ningún evangelista podría esperar mejor respuesta. ¡Qué predicador moderno no envidiaría estos resultados! Este es uno de los relatos de conversión más sorprendentes que registra la Escritura. En este sentido, Elena de White nos informa que "el Espíritu de Dios hizo penetrar el mensaje en todos los corazones, e indujo a multitudes a temblar por sus pecados, y a arrepentirse en profunda humillación". [Elena G. de White, Profetas y reyes, p. 202]

Estas conversiones sorpresivas no son del todo extrañas en las Escrituras. Los cristianos del Nuevo Testamento fueron verdaderamente impactados cuando se enteraron que Saulo, el perseguidor, se había convertido en uno de ellos. Incluso Ananías, cuando Dios le pidió que lo visitara, ¡se preocupó tanto que quiso recordarle a Dios quién era realmente Saulo y qué había estado haciendo este hombre en contra de los creyentes! (Hechos 9: 13, 14).

Y ahora en el Antiguo Testamento encontramos otra impresionante historia de conversión. Esta vez, la protagonista es la capital del temible país de Asiria. Y la respuesta fue de tal magnitud, que incluso repercutió a nivel de la realeza: "Y llegó la noticia hasta el rey de Nínive, y se levantó de su silla, se despojó de su vestido, y se cubrió de cilicio y se sentó sobre ceniza" (Jonás 3: 6). "El rey de Nínive" también podría haber sido llamado "el rey de Asiria".

En ese tiempo el nombre de una gran ciudad podía representar a su país, aun en documentos escritos. Un ejemplo de este hecho lo encontramos en 1 Reyes 21: 1, que menciona a Acab, rey de Israel, como rey de Samaria.

De nuevo, en Amós 1: 3, 4: "Así ha dicho Jehová: Por tres pecados de Damasco, y por el cuarto, no revocaré su castigo... prenderé fuego a la casa de Hazael y consumirá los palacios de Ben-adad".

El libro de Jonás nunca menciona por nombre a Asiria. Los cuatro capítulos tratan específicamente acerca de la ciudad de Nínive. El autor nunca permite que nuestra atención se aleje de la capital de Asiria. Y en la ciudad de Nínive encontramos al mismo rey suplicando a Dios con el resto de los habitantes.

Otro ejemplo de "escritura de espejo", ese elemento importante de la narrativa bíblica acerca de la cual hablamos antes, destaca vívidamente la sorprendente respuesta del rey al mensaje de juicio de Jonás. Note el patrón en Jonás 3: 6:
"y llegó la noticia hasta el rey de Nínive,

A y se levantó de su silla,
B y se despojó de su vestido,
B' y se cubrió de cilicio
A' y se sentó sobre ceniza"

Esta estructura literaria destaca la profundidad del arrepentimiento del rey. De estar sentado en su trono, pasa a sentarse en polvorientas cenizas, tal como se enfatiza en las líneas externas del versículo.

El gobernante también cambia su manto real por saco o cilicio, el material usado para el luto, contraste que aparece en las dos líneas centrales de la estructura literaria. Este recurso literario, de uso frecuente en la narrativa bíblica, alerta al lector avisado del punto en particular que el escritor desea transmitir, ¡al "ocultar" el significado y la teología de relatos bíblicos que son evidentes!

También debe notarse que el gobernante asirio no echa mano de recursos modernos para negar la culpa. Se ha equivocado y es lo suficientemente honesto para admitirlo. Lejos de considerarse en un nivel superior, con relación al resto de la población, el monarca reconoce su propia necesidad de arrepentimiento. No duda que Dios tiene derecho a estar molesto con Nínive. Y es así como encontramos al rey pagano en actitud de arrepentimiento ante el Rey de reyes.

La evidencia antigua señala que los oficiales del palacio real en ocasiones concedían audiencias a delegados especiales que visitaban Asiria, incluyendo a profetas extranjeros. Por esta razón, no sorprende que el rey se haya enterado de la advertencia de un juicio. De paso, la mención que Jonás hace del rey en su trono, puede indicar que el mandatario recibió al profeta en audiencia oficial. [D. J. Wiseman, Jonah's Níneveh (La Nínive de Jonás), pp. 29-51]

Lo que más sorprende es lo que el rey hace después: "E hizo proclamar y anunciar en Nínive, por mandato del rey y de sus grandes, diciendo: Hombres y animales, bueyes y ovejas no gusten cosa alguna; no se les dé alimento, ni beban agua; sino cúbranse de cilicio hombres y animales, y clamen a Dios fuertemente; y conviértase cada uno de su mal camino, de la rapiña que hay en sus manos. ¿Quién sabe si se volverá y se arrepentirá Dios, y se apartará del ardor de su ira, y no pereceremos?" (Jonás 3: 7-9).

El rey actúa inmediatamente. Es la tercera vez que el verbo "proclamar" aparece en este capítulo (las dos anteriores, en el versículo 2). El rey, sus cortesanos y la ciudad entera reciben el mensaje de Jonás como una advertencia divina. La ciudad se declara en emergencia.

La mención del rebaño y el ganado en la proclamación real pueden sugerir que los heraldos del rey fueron más allá de las murallas de la ciudad e incursionaron en las áreas rurales que en ese entonces usualmente rodeaban las grandes ciudades amuralladas. Tampoco debió sorprender, a los que escucharon, que el decreto incluyera el ganado. Los registros antiguos de los persas y los griegos mencionan a ejércitos completos, con sus caballos y bestias de carga, participando en rituales fúnebres.

Más aún, encontramos una relación fundamental entre seres humanos y animales a través de toda la Escritura. La idea de que aun las bestias están bajo angustia tiene respaldo bíblico, debido a la carga del pecado en nuestro mundo: "Proclamad ayuno, convocad asamblea; congregad los ancianos y a todos los moradores de la tierra en la casa de Jehová nuestro Dios, y clamad a Jehová. ¡Ay del día, porque cercano está el día de Jehová y vendrá como destrucción por el Todopoderoso!... ¡Cómo gimieron las bestias! ¡Cuán turbados anduvieron los hatos de los bueyes, porque no tuvieron pastos! También fueron asolados [literalmente, "llevaron castigo"] los rebaños de las ovejas. A ti, oh Jehová, clamaré porque fuego consumió los pastos del desierto y llama abrazó todos los árboles del campo. Las bestias del campo bramarán también a ti" (Joel 1:14-20).

La actitud de ayuno que el rey decreta en Nínive también es significativa. El hecho de que prohibiera beber agua enfatiza la naturaleza desesperada de la situación. El rey demanda que los ninivitas "clamen insistente y poderosamente a Dios" en oración. Y todos deben vestirse de saco, el atuendo de la penitencia. Joel, otro profeta hebreo, se hace eco del mismo sentimiento: "Por eso, pues, ahora, dice Jehová, convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento" (Joel 2:12). "Ceñíos y lamentad, sacerdotes; gemid, ministros del altar; venid, dormid en cilicio, ministros de mi Dios; porque quitada es de la casa de vuestro Dios la ofrenda y la libación. Proclamad ayuno, convocad a asamblea; congregad a los ancianos y a todos los moradores de la tierra en la casa de Jehová vuestro Dios, y clamad a Jehová" (Joel 1: 13-15).

El vestirse de saco refleja el reconocimiento de que el pecado conduce a la bancarrota. La tosquedad del material describe el carácter horrendo de la transgresión. El tipo de tela también representa la forma como el pecador aparece en la presencia de un Dios santo. Y las cenizas sugieren el fuego consumidor del juicio divino, con el consiguiente resultado de lo que ocurrirá con el pecado.

El rey, además, exhorta a cada persona en Nínive, "a que se convierta de su mal camino... y de la rapiña que hay en sus manos." De la larga lista de maldades terribles que uno pudiera citar contra los ninivitas, el mismo rey destaca la violencia. La violencia era tan común en la cultura asiria, que aún el rey se siente impulsado a mencionarla. Tal como notamos antes, los asirios tenían interés especial en que, en los murales de piedra, se registraran las atrocidades de guerra que describían su poderío militar.

El rey también insiste en que no será suficiente una confesión vaga o superficial de sus malos actos. Esta actitud debe ir acompañada por un cambio de conducta. En el idioma original el nombre antecede a los verbos al comienzo del edicto. Pero ahora el verbo aparece primero. La enfática sintaxis indica la idea de insistencia. En inglés, el equivalente sería "vamos a ponernos...".

El nombre o sustantivo que el rey ahora utiliza incluye los significados de maldad, desastre, violencia y toda conducta injusta que promueva la violencia. Los profetas bíblicos escriben de un modo semejante. Amós, por ejemplo, declara: "No saben hacer lo recto, dice Jehová, atesorando rapiña y despojos en sus palacios" (Amós 3:10).

Dios también habla con la misma claridad a la nación de Edom: "Por la injuria a tu hermano Jacob te cubrirá vergüenza, y serás cortado para siempre" (Abdías 10).

El rey de Nínive honestamente reconoce la naturaleza violenta de su pueblo. Pero ahora añade una pregunta muy significativa: "¿Quién sabe si se volverá y se arrepentirá Dios, y se apartará del ardor de su ira?" (Jonás 3: 9). El gobernante se da cuenta de que la enormidad de su pecado puede impedir el perdón. Sin embargo, él espera que Dios sea misericordioso.

El rey pagano de Nínive fue tan perspicaz como lo fue el capitán del barco en el capítulo uno, cuando éste imploró a Jonás que orara durante la tormenta: "Levántate, y clama a tu Dios; quizá él tendrá misericordia de nosotros y no pereceremos" (Jonás 1: 6). El rey David, de una manera semejante, esperó que la misericordia de Dios se manifestara cuando el hijo de su pecado con Betsabé enfermó gravemente: "Y le dijeron sus siervos: ¿Qué es esto que has hecho? Por el niño, viviendo aún ayunabas y llorabas; y muerto él te levantaste y comiste pan. Y él respondió: Viviendo aún el niño, yo ayunaba y lloraba, diciendo: ¿Quién sabe si Dios tendrá compasión de mí, y vivirá el niño?" (2 Samuel 12:21, 22).

¿Quién sabe lo que puede decidir el corazón del gran Dios del cielo y la tierra? Aunque la proclamación de Jonás mueve a toda la ciudad al arrepentimiento, ese hecho en sí mismo no alejará el juicio anunciado, a menos que Dios cambie de parecer y extienda su misericordia.

El pueblo de Israel sabía que el Señor respondía cuando ellos se arrepentían verdaderamente. De hecho, Moisés había usado las mismas palabras "tornar" y "aplacar" en su intercesión en el Monte Sinaí a favor de los hijos de Israel: "Entonces Moisés oró en presencia de Jehová su Dios y dijo: Oh Jehová ¿por qué se encenderá tu furor contra tu pueblo que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y con mano fuerte? ¿Por qué han de hablar los egipcios diciendo: Para mal los sacó, para matarlos en los montes, y para raerlos de sobre la faz de la tierra? Vuélvete del ardor de tu ira, y arrepiéntete de este mal contra tu pueblo... Entonces Jehová se arrepintió del mal que dijo que había de hacer a su pueblo” (Éxodo 32: 11-14).

Y así Dios, en su gran misericordia, perdonó a los idólatras israelitas del juicio que merecían. Joel, un profeta del tiempo de Jonás, llamó a Israel al arrepentimiento usando el mismo recordativo de la gracia y misericordia divinas: "¿Quién sabe si volverá y se arrepentirá...?” (Joel 2:14). El monarca reinante de la ciudad de Nínive ahora anhela esta posibilidad, pero sin atreverse a presumir de la bondad de Dios.

Justamente aquí en el libro de Jonás encontramos de nuevo evidencia de que otras naciones, aparte de Israel, estaban conscientes de la naturaleza del Dios de Israel. Por lo tanto, el conocimiento que el rey tenía de Israel y su Dios no debería sorprendernos. En una narrativa previa, en el libro de Josué, Rahab comunica a los espías Israelitas lo que su pueblo sabe acerca de su nación: "Sé que Jehová os ha dado esta tierra; porque el temor de vosotros ha caído sobre nosotros, y todos los moradores del país ya han desmayado por causa de vosotros. Porque hemos oído que Jehová hizo secar las aguas del Mar Rojo delante de vosotros cuando salisteis de Egipto, y lo que habéis hecho a los dos reyes de los amorreos que estaban al otro lado del Jordán, a Sehón y a Og, a los cuales habéis destruido. Oyendo esto, ha desmayado nuestro corazón; ni ha quedado más aliento en hombre alguno por causa de vosotros, porque Jehová vuestro Dios es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra" (Josué 2: 9-11).

El relato de Jonás nos confronta con otra notable comparación entre el pueblo de Dios y los ninivitas paganos. Para asombro de los profetas, la actitud de Israel fue, en realidad, insensible a los llamamientos de Dios al arrepentimiento y a la separación del pecado. Tal como lo registra Oseas: "Mientras curaba yo a Israel, se descubrió la iniquidad de Efraín, y las maldades de Samaria... y la soberbia de Israel testificará contra él en su cara; y no se volvieron a Jehová su Dios, ni lo buscaron con todo esto" (Oseas 7: 1, 10). Al contrario, la ciudad pagana de Nínive en este momento se quebranta en profundo arrepentimiento.

No obstante, más tarde Nínive finalmente caería. Aunque antes de ese juicio final, Dios enviaría a un segundo profeta para confrontarla por su maldad, tal como lo señalamos antes: "Profecía sobre Nínive. Libro de la visión de Nahum de Elcos. Jehová es Dios celoso y vengador; Jehová es vengador y lleno de indignación; se venga de sus adversarios, y guarda enojo para con sus enemigos. Jehová es tardo para la ira y grande en poder, y no tendrá por inocente al culpable..." (Nahum 1:1-3).

"Durmieron tus pastores, oh rey de Asiria, reposaron tus valientes; tu pueblo se derramó por los montes y no hay quien los junte. No hay medicina para tu quebradura; tu herida es incurable; todos los que oigan tu fama batirán las manos sobre ti, porque ¿sobre quién no pasó continuamente tu maldad?" (Nahum 3: 18, 19).

Nínive fue una ciudad pagana prominente. Sin embargo, Dios no envió a Jonás para confrontar los ídolos físicos o intelectuales de esa ciudad. En cambio, el Señor lo comisionó para proclamar un certero mensaje de juicio. El resultado fue sorprendente: "Y vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino; y se arrepintió del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo" (Jonás 3:10).

Sí, está claro que Dios se da cuenta de la maldad humana. Pero aún más asombroso es un Dios santo que también toma nota de nuestros esfuerzos para apartarnos de] mal. El relato no menciona que fueron el ayuno o las oraciones las razones por las que Dios mostró su misericordia. Más bien, se registra que "Dios vio lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino" (versículo 10). Los ninivitas fueron más allá de los actos externos de arrepentimiento. Cambiaron internamente. Se alejaron de sus malos caminos. Paradójicamente, ésta fue la predicción de Jonás. Nínive verdaderamente dio un vuelco. Y el propósito de Dios en ese severo mensaje de juicio se cumplió, porque trajo como resultado una conversión poderosa en el pueblo. Para el pensamiento humano podría parecer que el juicio divino contra los ninivitas tardó mucho en cumplirse. Sin embargo, la prontitud con la cual ellos respondieron al llamado de Dios revela que, a pesar de toda la impiedad y violencia en la que habían caído, en ese momento no estaban todavía listos para el juicio final. La profundidad de su arrepentimiento fue genuina desde cualquier punto de vista. Tan sincera fue, que el mismo Jesús la menciona: "Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se arrepintieron a la predicación de Jonás..." (Mateo 12: 41).

El propio pueblo de Jonás, a pesar de su relación única de pacto con Dios, con el tiempo fracasó en escuchar las muchas advertencias proféticas que le fueron enviadas, por lo que finalmente recibió el juicio prometido, tal como el profeta Amós lo establece claramente: "Oíd esta palabra que ha hablado Jehová contra vosotros, hijos de Israel, contra toda la familia que hice subir de la tierra de Egipto. Dice así: A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra; por tanto, os castigaré por todas vuestras maldades. ¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?... Si el león ruge, ¿quién no temerá? Si habla Jehová el Señor, ¿quién no profetizará? Proclamad en los palacios de Asdod, en los palacios de la tierra de Egipto y decid: Reuníos sobre los montes de Samaria, y ved las muchas opresiones en medio de ella, y las violencias cometidas en su medio. No saben hacer lo recto, dice Jehová, atesorando rapiña y despojo en sus palacios" (Amós 3:1-10).

A través de la Escritura Dios consistentemente trata a la humanidad sin parcialidad alguna. Él aplica su norma divina de moralidad con equidad. El libro de Jonás provee un ejemplo particular de la abundante evidencia bíblica al respecto. Al final, tanto Nínive como Israel fueron destruidos.

Sin embargo, es sorprendente y a la vez tristemente irónico, el hecho de que en el libro de Jonás ¡Dios tuvo muchos más problemas con uno de su propio pueblo que con lo peor del mundo pagano!

James Edwards tiene razón cuando dice que "más difícil que la transformación de un injusto, es la de alguien que se considere justo" [J. R. Edwards, The Divine Intruder (El Intruso divino) p. 96]

Esta respuesta pagana a la advertencia divina de juicio es por demás enigmática. Asombra la disposición de los ninivitas a apartarse del pecado y abandonar sus malos caminos. De hecho, Jesús más tarde condenaría la incredulidad de su propio pueblo al referirse a estos paganos: "Entonces respondieron algunos de los escribas y de los fariseos, diciendo: Maestro deseamos ver de ti señal. El respondió y les dijo: La generación mala y adúltera, demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás. Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches. Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación, y la condenarán; porque ellos se arrepintieron a la predicación de Jonás, y he aquí más que Jonás en este lugar" (Mateo 12: 38-41).

Elena de White hace una comparación semejante: "Durante su ministerio terrenal, Cristo se refirió al bien realizado por la predicación de Jonás en Nínive, y comparó a los habitantes de aquel centro pagano con el pueblo que profesaba pertenecer a Dios en su época... Como la predicación de Jonás fue una señal para los ninivitas, lo fue para su propia generación la predicación de Cristo [Elena G. de White, Profetas y reyes, p. 204]

El libro de Jonás vez tras vez nos obliga a enfrentar una cruda comparación entre aquellos que tienen el privilegio de participar del pacto y los supuestos "paganos". Por ejemplo, Jonás 3: 8-10 repite dos verbos en el trato de Dios hacia los ninivitas:

"Conviértase cada uno" [shuv] (versículo 8).
"¿Quién sabe si se volverá [shuv] y se arrepentirá Dios?" [nacham] (versículo 9).
"Y vio Dios... que se convirtieron [shuv]..." "Y se arrepintió Dios" [nacham] (versículo 10).

La "escritura de espejo" y la repetición del verbo enfatizan precisamente lo que Dios quiere lograr: la liberación de los ninivitas. El caso es que Dios sabe algo acerca de esta gente que Jonás no quiere enfrentar: "A pesar de lo impía que Nínive había llegado a ser, no estaba completamente entregada al mal. El que `vio a todos los hijos de los hombres' (Salmos 33:13) y cuyos `ojos vieron todo lo preciado' (Job 28:10), percibió que en aquella ciudad muchos procuraban algo mejor y superior, y que si se les concedía oportunidad de conocer al Dios viviente, renunciarían a sus malas acciones y le adorarían. De manera que en su sabiduría Dios se les reveló en forma inequívoca, para inducirlos, si era posible, a arrepentirse" [Ibid., p. 198].

Es una lástima que la Versión del Rey Jacobo (King James Version) traduzca el verbo en Jonás 3:10 como "arrepentirse", con lo que presenta a Dios arrepintiéndose. Esta traducción genera toda clase de dudas con relación a la naturaleza de Dios. El verbo nacham debería ser traducido, más precisamente, "ablandarse, aplacarse", con lo que reflejaría compasión divina. De hecho, la Nueva Versión del Rey Jacobo (The New King James Version) capta este matiz del término al usar el verbo inglés "relent" ("mostrar compasión"). Ésta es, precisamente, la actitud que Dios, en su misericordia, muestra hacia Nínive. Y así el libro de Jonás reafirma, y aun realza, la imagen consistente que la Escritura presenta de la naturaleza misericordiosa de Dios.

Obviamente, los registros asirios no mencionan este singular evento. Sin embargo, algunos han visto una posible referencia a la conversión de Nínive en las reformas religiosas de tipo monoteísta durante el reinado de Adad-nirari III (810-783 AC) [Gerhard F Hasel, Jonah: Messenger of the Eleventh Hour (Jonás: mensajero de la hora undécima) Mountain View, Calif.; Pacific Press Pub. Assn., 1976, p. 47].

Tal como vimos antes, los registros arqueológicos confirman el hecho de que Dios estaba en lo cierto al llamar a Nínive al arrepentimiento. No se equivocó en la apreciación que hizo de su maldad, ni tampoco en su disposición al arrepentimiento. Es así como Jonás, uno de los "evangelistas" más impresionantes del Antiguo Testamento, por fin completa la tarea asignada. ¡Qué final tan glorioso para su misión! ¿Quién podría pedir más? Pero las sorpresas del libro de Jonás no han terminado todavía.