La Pluma Inspirada y Apocalipsis Capítulo 4
El Padre queda completamente satisfecho.
La expiación que Cristo ha hecho para nosotros es completa y plenamente
satisfactoria para el Padre. Dios puede ser justo, y sin embargo el justificador
de los creyentes (MS 28, 1905).
(Cap. 5: 1.) La justificación significa perdón completo.
[Se cita Rom. 3: 24-26.] Aquí se presenta la verdad en términos
claros. Esta misericordia y bondad es completamente inmerecida. La gracia de
Cristo justifica gratuitamente al pecador sin méritos o derechos suyos.
La justificación es un perdón pleno y completo del pecado. Un
pecador es perdonado en el mismo momento en que acepta a Cristo por la fe. Se
le atribuye la justicia de Cristo, y no debe dudar más de la gracia perdonadora
de Dios.
En la fe no hay nada que la convierta en nuestro salvador. La fe no puede quitar
nuestra culpa. Cristo es el poder de Dios para salvación a todos los
que creen. La justificación se recibe mediante los méritos de
Jesucristo; él ha pagado el precio de la redención del pecado;
sin embargo, sólo mediante la fe en su sangre es como Jesús puede
justificar al creyente.
El pecador no puede depender de sus propias buenas obras como un medio de justificación.
Debe llegar hasta el punto donde denuncia a todos sus pecados y acepta un grado
tras otro de luz a medida que brillen sobre su sendero. Por la fe sencillamente
echa mano de la provisión amplia y gratuita hecha por la sangre de Cristo.
Cree en las promesas de Dios, las cuales mediante Cristo son hechas para él
santificación, justificación y redención. Y si sigue a
Jesús caminará humildemente en la luz, regocijándose en
ésta y difundiéndola a otros. Ya justificado por la fe, marcha
gozoso en su obediencia durante toda su vida. Paz con Dios es el resultado de
lo que Cristo es para él. Las almas que están sujetas a Dios,
que lo honran y que son hacedoras de su Palabra, recibirán iluminación
divina. En la preciosa Palabra de Dios hay pureza y elevación, y también
belleza que no pueden alcanzar las más elevadas facultades del hombre
a menos que se reciba la ayuda de Dios (ST 19 -5 -1898).
(Sal. 18: 35; 85: 10; 89: 14; Apoc. 4: 3) La mezcla de juicio y misericordia.
Así como el arco iris se forma en las nubes por la combinación de la luz del sol y de la lluvia, así también el arco iris que rodea el trono representa el poder combinado de la misericordia y la justicia. No sólo debe sostenerse la justicia, pues esto eclipsaría la gloria del arco iris de la promesa que está encima del trono; el hombre sólo podría ver la penalidad de la ley. Si no hubiese justicia ni castigo, no habría estabilidad en el gobierno de Dios.
La mezcla de juicio y misericordia es lo que hace la salvación plena y completa. La combinación de los dos es lo que nos induce, a medida que contemplamos al Redentor del mundo y la ley de Jehová, a exclamar: "Tu benignidad me ha engrandecido". Sabemos que el Evangelio es un sistema perfecto y completo que revela la inmutabilidad de la ley de Dios. Inspira el corazón con esperanza y con amor hacia Dios. La misericordia nos invita a entrar por las puertas en la ciudad de Dios, y la justicia es inmolada para conceder a cada alma obediente plenos privilegios como miembro de la familia real, hijo del Rey celestial.
Si fuéramos defectuosos de carácter, no podríamos pasar por las puertas que la misericordia ha abierto para el obediente, pues la justicia está a la entrada y exige santidad y pureza en todos los que quieran ver a Dios. Si la justicia fuera extinguida, y si fuera posible que la misericordia divina abriera las puertas a todo el género humano sin tener en cuenta el carácter, habría en el cielo una condición peor de descontento y rebelión que la que hubo antes de que Satanás fuera expulsado. Se quebrantarían la paz, la felicidad y la armonía del cielo. El traslado de la tierra al cielo no cambiará los caracteres de los hombres; la felicidad de los redimidos en el cielo es el resultado de los caracteres formados en esta vida a semejanza de la imagen de Cristo. Los santos en el cielo primero habrán sido santos en la tierra.
La salvación para el hombre que Cristo ganó con
un sacrificio tan grande, es la única que tiene valor, es la que nos
salva del pecado: la causa de todas las calamidades y desgracias de nuestro
mundo. La misericordia ofrecida al pecador constantemente lo está atrayendo
a Jesús. Si responde y acude arrepentido y confesando sus pecados, si
con fe se aferra a la esperanza puesta ante él por el Evangelio, Dios
no despreciará al corazón quebrantado y contrito. De esta manera
no es debilitada la ley de Dios, sino que se quebranta el poder del pecado y
el cetro de la misericordia se extiende al pecador penitente (Carta 11, 1890).