El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (11)
Alberto Treiyer
Doctor en Teología
Apoyo Vaticano a Hitler antes de ser el Führer.
Para comienzos del S. XX, el Vaticano se estaba dando cuenta que mediante
los partidos católicos no ganaba demasiado sino que, por el contrario,
tendía a perder el control piramidal tradicional aún de la misma
iglesia. Por un lado, como lo había argumentado Mussolini, las estadísticas
demostraban que los partidos católicos no ganaban ningún converso.
Por el otro, esos partidos tendían a aceptar el “modernismo”
o “liberalismo” democrático que estaba en boga en los países
protestantes y seculares, y buscaban formar pactos con otros credos y otros
partidos políticos. Por consiguiente, el papado vio conveniente hacer
arreglos políticos con gobiernos civiles que reconociesen la autoridad
espiritual de la Iglesia, y desprenderse de los partidos católicos
democratizados a los cuales le costaba poder controlar.
El caos social y económico en que había caído Alemania
después de la primera guerra mundial, por otro lado, más la
frustración de haber perdido tantas vidas inútilmente (dos millones),
parecían reclamar un gobierno centralizado y fuerte que pusiese orden
y restaurase el orgullo herido de la población. Esto concordaba con
la convicción papal acerca de la necesidad de gobiernos en donde la
autoridad se ejerciese desde la cima y estuviese encarnada en una persona
que a su vez, reconociese la autoridad suprema de la Santa Sede.
Después de todo, era evidente que ningún Concordato iba a poder
lograr el Vaticano con el Reich en Berlín, por la característica
democrática del gobierno alemán (Weimar). Un gobierno pluralista
tal tampoco iba a querer ajustarse al Códido de Ley Canónica
que quería imponer el Vaticano. Al mismo tiempo, el gobierno débil
que había quedado en Alemania dejaba aparecer el espectro comunista
como una alternativa plausible que asustaba a muchos. En España y en
México, además de Rusia, se estaban levantando gobiernos de
izquierda que afectaban grandemente a los intereses de la Iglesia Católica.
¿Por qué no hacer en Alemania también, como siempre habían
hecho los papas desde que recibieron el reconocimiento de Clodoveo en Francia
en el 508, y del emperador Justiniano en el 533? Ambos monarcas habían
emprendido batallas para defender la fe católica, que culminaron con
la liberación de Roma y el comienzo del ejercicio del poder político
del papado en el 538.
Las cosas comenzaban a ir mejor también en Italia para la Iglesia Católica.
Al concluir la segunda década del S. XX, el papado había logrado
por fin un acuerdo con Mussolini que reconocía la soberanía
del papa sobre el Vaticano, y decretaba que la única religión
de Italia era la Iglesia Católica. No era de sorprender que quien más
se alegrase en Alemania con ese Concordato Laterano fuese Adolf Hitler. Pocos
días después de ese acuerdo escribió, el 22 de febrero
de 1929: “El hecho de que la Curia está ahora haciendo la paz
con el fascismo muestra que el Vaticano confía mucho más en
las nuevas realidades políticas que en las de la democracia liberal
anterior con quien no pudo ponerse de acuerdo”.
Hitler no se quedó allí tampoco. Acusó al Partido Centrista
Católico de estar en flagrante contradicción con el espíritu
del tratado que firmó ese día la Santa Sede en Italia, por predicar
ese partido católico alemán “que la democracia forma parte
de los mejores intereses de los católicos alemanes”. “El
hecho de que la Iglesia Católica llegó a un acuerdo con la Italia
fascista”, insistió Hitler, “prueba fuera de toda duda
que el mundo de las ideas fascistas está más estrechamente ligado
al cristianismo que al del liberalismo judío o al marxismo ateo, a
los cuales el así llamado Partido Centrista Católico se ve más
estrechamente ligado en detrimento del cristianismo de hoy y de nuestro pueblo
germano” (PH, 115).
No de gusto Pacelli, ahora obrando en calidad de cardenal Secretario del Estado
Vaticano (el futuro Pío XII de la guerra), comenzó a insistir
a los líderes del Partido Centrista Católico alemán en
evitar al partido Social Demócrata y cortejar al partido Nacional Socialista
de Hitler. Era conveniente, según Pacelli y el actual papa Pío
XI, aprovechar tácticamente las ventajas de un pacto con Hitler que
favoreciesen grandemente los intereses de la Iglesia Católica en su
confrontación contra el comunismo.
Un año después que Heinrich Brüning, uno de los diputados
más populares del Partido Centrista Católico, fuese nombrado
canciller de Alemania, Pacelli comenzó a insistir de nuevo en un concordato
entre Alemania y el Vaticano para que se impusiese la enseñanza de
la religión bajo la autoridad del obispo local, y se subvencionasen
las escuelas católicas. Cuando el canciller le hizo ver que debía
hacerse un concordato en conjunto con los protestantes, mayoritarios en Alemania,
Pacelli se opuso diciendo que un canciller católico jamás debía
firmar un concordato protestante. La conclusión de Brüning, publicada
más tarde, con respecto a Pacelli el futuro papa, fue la siguiente:
“Todo éxito [según Pacelli] puede obtenérselo únicamente
mediante la diplomacia papal. El sistema de concordatos lo condujo a él
y al Vaticano a despreciar la democracia y el sistema parlamentario... Gobiernos
rígidos, centralización rígida, y tratados rígidos
debían supuestamente introducir una era de orden estable, una era de
paz y quietud” (PH, 124).
Para diciembre de 1931, el papa insistía al enviado de la Santa Sede
en Baviera, sobre la necesidad de la Iglesia en Alemania de cooperar con el
partido Nacional Socialista de Hitler “tal vez sólo temporariamente
y por propósitos específicos” para “prevenir un
mal aún más grande” (PH, 125). El 30 de mayo de 1932 Brüning
era reemplazado por otro diputado del Partido Centrista Católico, Franz
von Papen, quien disolvió el Reichstag y llamó a nuevas elecciones
parlamentarias. Cansados por el aumento desorbitante de la desocupación
y la inflación galopante, el pueblo alemán le dio la victoria
al partido de Hitler. Alemania se volvía ingobernable, ya que los dos
partidos que rechazaban la constitución y la democracia (el Nacional
Socialista y el Comunista), sumados ocupaban ahora la mayoría de los
puestos del gobierno. El Partido Centrista Católico aceptó entonces,
bajo las constantes presiones de Roma, apoyar al partido Nacional Socialista
de Hitler.
Ludwig Kaas—el actual líder del partido católico y más
fiel amigo de Pacelli, quien jugó un doble juego leal a Roma pero traidor
para el partido centrista católico de Alemania—escribió
para entonces un ensayo sobre la bondad de hacer concordatos con regímenes
fascistas, que reflejaban los puntos de vista del Secretario de Estado Vaticano
(Pacelli). El tratado laterano con Musolini, arguyó, era un acuerdo
ideal entre un estado totalitario moderno y una iglesia moderna. “La
Iglesia autoritaria”, razonó, “debía entender al
estado ‘autoritario’ mejor que otros. Por otro lado—argumentaba
sin ambages Kaas—la concentración jerárquica del poder
en Mussolini cuadraba perfectamente con la concentración jerárquica
del poder en la Iglesia Católica, según se establecía
en el Código de Ley Canónica de 1917”.