El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (15)
Alberto Treiyer
Doctor en Teología
Complicaciones nazi-vaticanas durante la guerra. Sería faltar a la
verdad si se dijese que la persecución nazista contra los sacerdotes
católicos, especialmente en Polonia y Ucrania, se debió a su
apoyo humanitario de los judíos. Aunque algunos sacerdotes y monjas
fueron perseguidos por esa razón, la mayoría fue perseguida
por otras razones. Por un lado, Hitler veía el doble juego papal que
obraba públicamente en su favor al mismo tiempo que se involucraba
diplomáticamente con los Aliados. Por el otro, el pedido del Vaticano
a través de su excanciller alemán, von Papen, de aprovechar
su invasión a Rusia para convertir el mundo ortodoxo a la fe católica
comenzó a irritarlo más.
Para ese entonces Hitler estaba enterado de las masacres que los católicos
croatas estaban perpetrando contra los ortodoxos en Croacia, y no quiso que
su campaña militar a Rusia se complicase mediante una confrontación
religiosa similar en el Este. Reinhard Heydrich, a cargo de la oficina de
seguridad principal del Reich, le había advertido al führer el
2 de julio de 1941 sobre la planificación del Vaticano que había
podido detectar para infiltrar las tropas nazis para invadir Rusia con la
fe católica. Heydrich se oponía igualmente a la idea de permitirle
a la Iglesia beneficiarse de las conquistas logradas por la sangre alemana.
Hitler captó así, más que nunca, la problemática
religiosa que se escondía detrás de su invasión al mundo
comunista y ortodoxo, y creyó que la política del papado podía
terminar afectando el éxito de su empresa. A mediados de julio de 1941,
en respuesta a esos pedidos de involucramiento católico en su campaña
de conquista (algo que el Vaticano ya había hecho con Mussolini en
su invasión a Etiopía), declaró que si permitiese al
catolicismo introducirse en Rusia “iba a tener que permitirles lo mismo
a todas las denominaciones cristianas para que se aporreasen las unas a las
otras con sus crucifijos”. Posteriormente se enfureció más
al enterarse que el Vaticano seguía adelante con sus planes, proyectando
enviar sacerdotes misioneros disfrazados de Polonia, Ucrania y Croacia. Por
esta razón, su furia principal se dio contra los católicos polacos
y ucranianos, a quienes comenzó a matar en gran escala y a destruirle
sus iglesias.
“El cristianismo es el golpe más duro que alguna vez golpeó
a la humanidad”, concluía Hitler para julio de 1941. “El
bolchevismo es un hijo bastardo del cristianismo. Ambos son la descendencia
monstruosa de los judíos”. En diciembre de ese mismo año
prometió que, una vez concluida la guerra iba a terminar con el problema
de la Iglesia, como única alternativa para lograr que la nación
alemana estuviese completamente segura (HP, 261).
Pero las cosas se le comenzaron a complicar a Hitler en Ucrania cuando Stalin
procuró congraciarse con los ortodoxos para lograr la resistencia de
la población contra la ocupación Nazi. Para desbaratar los planes
de Stalin, el führer intentó representar al nazismo como “protector
de la religión”. Para ello, quiso unir a los ortodoxos y a los
católicos bajo el arzobispo Szepticky, quien aunque fiel a Roma, formaba
parte del rito oriental característico del mundo ortodoxo y permitido
por Roma únicamente a los católicos de esa región. En
total, Szepticky lideraba a unos cinco millones de Uniates que conformaban
esa característica intermedia entre los católicos y los ortodoxos.
Pero Hitler no iba a poder lograr esa unión sin contar con el apoyo
del papa. ¿Cómo podía lograrlo sin dejar de ser él
mismo el amo de la situación? En otras palabras, ¿cómo
podía recibir el apoyo papal sin terminar siendo permeado por la Santa
Sede?
Hitler decidió extorsionar al papa y, para ello, comenzó a perseguir
dramáticamente a los católicos en Ucrania. Era la manera más
dramática y autoritaria que podía escoger para apurar a Pío
XII a apoyarlo en su campaña militar en Ucrania, o sufrir la destrucción
de la Iglesia Católica en ese lugar. ¿Qué alternativas
tenía Pío XII, ante semejante amenaza? No había dudas
de que se trataba de un arreglo sucio e inmoral. Ya habían muerto 200.000
judíos en Ucrania, y “cientos de miles de cristianos”,
y un pacto tal era puramente político y villano. Pero, ¿acaso
la Providencia no estaba dirigiendo las cosas para que en sus días,
se pudiesen cumplir los sueños papales de casi un milenio, con la unión
de las dos iglesias más tradicionales de Europa? Con el debilitamiento
militar, moral y político de los dos grandes colosos del momento, el
comunismo y el nazismo, ¿no podría aparecer al final él
mismo, Pío XII, como el verdadero líder moral y ganador de la
contienda?
Para octubre de 1942, Pío XII enviaba a Ucrania al cardenal Lavitrano,
arzobispo de Palermo, encabezando una misión a pedido de los nazis
para estudiar la posible unificación de la Iglesia Católica
Romana con la Iglesia Ortodoxa. Al mismo tiempo, daba luz verde al mantenimiento
de una oficina apostólica para Ucrania en Berlín. Esa perspectiva
explosiva alarmó a los EE.UU. y Gran Bretaña. Los rusos también
se alarmaron y fueron logrando dividir, a través de sus espías,
a los ortodoxos y a los mismos Uniates para evitar ese arreglo.
A pesar de los obstáculos, los Uniates lograron formar un ejército
católico con capellanes, que organizaron una cruzada contra los “impíos
bolcheviques” para conquistarlos al mismo tiempo al catolicismo. El
Vaticano, por su parte, quedó más comprometido a no hablar contra
el régimen nazista ni mencionar siquiera el nombre “judío”
por el resto de la guerra. En su lugar, tres meses después de completar
su misión el cardenal Lavitrano, el Vaticano comenzó a hablar
de una confederación anticomunista de estados católicos de Europa
que se extendería desde el báltico hasta el Mar Negro (lo que
incluía Ucrania). Pero la Providencia, la verdadera Providencia divina,
no le iba a permitir lograr sus sueños.
Conclusión.
El director del museo de la Inquisición de Lima y autor de un libro
apologético sobre la Inquisición, me dijo en la capital peruana
al concluir el milenio , que desde hace cincuenta años—después
de la Segunda Guerra Mundial—se está quitando de la historia
de la Inquisición todo aspecto religioso, en búsqueda de objetividad.
Esa es la tendencia también de la mayoría de los estudios hechos
sobre la Segunda Guerra Mundial. El único interés para muchos
es considerar los factores económicos, sociales y políticos
que estuvieron involucrados en ambos eventos, el de la Inquisición
durante la Edad Media, y el de las dictaduras nazistas y fascistas durante
el S. XX. Pero, como le dije al director del museo de la Inquisición
entonces, ¿cómo puede pretenderse objetividad histórica
quitándole a la historia un ingrediente esencial como lo es el religioso?
O se ponen todas las cartas sobre la mesa, o la objetividad pretendida se
vuelve una farsa. Hoy las Naciones Unidas piden el concurso de las religiones
para establecer la paz, reconociendo que la mayoría de las confrontaciones
humanas continúa basándose en conflictos religiosos. ¿Por
qué eliminar su papel tan dramático y fundamental de la historia?
¿Cuál es el problema de fondo? Fundamentalmente uno. Tiene que
ver con la lucha denodada y tenaz de la Iglesia Católica por defender
una presunta infalibilidad papal que está tan en contradicción
con tantos hechos históricos medievales y modernos. La Iglesia vive
procurando por todos los medios reivindicarse del veredicto histórico
que la culpó y sigue culpando de falsedad, hipocresía y genocidio
tanto medieval como moderno. ¿Qué es lo que busca ocultar el
Vaticano, cuando es el único gobierno que permanece sobre la tierra
opuesto categóricamente a revelar los archivos secretos que lo comprometieron
en los genocidios del S. XX?
¿Cuántos siglos tuvieron que demorar—se preguntan muchos
autores—para que el Vaticano terminase liberando los archivos secretos
de la Inquisición? Puede hacerlo hoy porque ha logrado convencer a
mucha gente de que la culpable de los crímenes de entonces no fue la
Iglesia, sino la época (¡como si ésta se gestase sola!).
¿Cuánto tiempo más deberá pasar—se preguntan
nuevamente los críticos—hasta que la Santa Sede libere los documentos
que posee de la Segunda Guerra Mundial? ¿A qué se debe tanto
afán por esconder tantos hechos de la historia en los que estuvieron
involucrados los sumo-pontífices? Se ha podido probar ya que los pocos
documentos que el Vaticano liberó sobre la Segunda Guerra Mundial,
han sido seleccionados o colados en un intento de ocultar su papel comprometedor
en los eventos cuestionados (HP, 259,377).
Los archivos secretos del Vaticano son, al mismo tiempo, un arma que le sirve
al papado no sólo para esconderse cuando le conviene, sino también
para infundir temor (Mega..., 10-11). Muchos, en efecto, prefieren no meterse
con el papado por temor a faltarle, tal vez, un último elemento de
la historia que pueda estar escondido en esos archivos herméticos y
que contradiga algún punto que afirmen en sus investigaciones científicas.
Al mismo tiempo, prefieren no verse confrontados con ese esfuerzo de reivindicación
católica. Otros, en cambio, captan las ambiciones de supremacía
de Roma y el engaño que encierran, y se esfuerzan por demostrar con
todos los elementos disponibles por el hombre en la actualidad, esa falsedad
y distorsión de la historia que provienen del Vaticano.
La liberación reciente de los archivos secretos de todos los países
involucrados en la Segunda Guerra Mundial han venido a respaldar la labor
tan esmerada y científica que varios autores de diversas corrientes
de pensamiento, inclusive católicas, han reemprendido al concluir el
S. XX. Gracias a esa liberación de los archivos secretos se ha suscitado
un renovado interés en sus estudios históricos. Para sorpresa
de muchos, la implicación del Vaticano con los gobiernos dictatoriales
de entonces, y su complicidad con el genocidio nazi y clero-fascista, es contundente
y va más allá de lo que se había supuesto. Aunque el
Vaticano quiera continuar negándose a liberar sus archivos secretos
de la historia, no podrá negar nunca los testimonios abrumadores que
lo comprometen en los grandes hechos políticos y criminales del S.
XX. Ni Hitler, ni tantos gobiernos fascistas, hubieran logrado levantarse
ni prevalecer en Alemania sin el apoyo velado y abierto papal.
Es lamentable que todas las cortinas de humo que lanza el Vaticano para cubrirse
de su complicidad con el fascismo y el nazismo, encuentren a los protestantes
sin capacidad de reacción debido a que se vieron arrastrados por la
diplomacia católica a pactar también con el nazismo. Al encontrarse
luego de la guerra igualmente manchados, los protestantes no sólo han
pedido perdón y han damnificado muchas víctimas, sino que también
han perdido el valor moral para denunciar el papel protagónico que
le cupo al papado en ese genocidio. Lamentablemente, el protestantismo de
hoy no ha aprendido la lección, y está apoyando al Vaticano
nuevamente en sus esfuerzos por lograr tantos concordatos como sean posibles
en el mundo entero. Al mismo tiempo se unen al papado en exigir que se reconozcan
las tradiciones cristianas medievales en la constitución europea, y
eventualmente en el resto del mundo.
El problema de los protestantes modernos es que juzgan al papado como se juzgan
a sí mismos, esto es, dispuestos a reconocer sus faltas y a enmendarlas
para que no vuelvan a repetirse. Pero no perciben que los sentimientos en
la cúpula de la Iglesia Católica son muy diferentes. No prestan
atención al verdadero problema de fondo, que tiene que ver con la pretensión
de infalibilidad de parte del Magisterio de la Iglesia romana, y su típica
“doble moral” en relación con sus políticas religiosas
y económicas internacionales. La culpa del protestantismo moderno es
doble. No sólo han perdido la visión profética de la
Biblia que nos advierte sobre el papel final del anticristo romano, sino que
se han negado también a aprender de la historia misma. Como resultado,
volverán a caer en la trampa. Nadie puede despreciar la historia sin
terminar siendo condenado, tarde o temprano, por ella misma.
Otra acusación seria que se ha hecho al Vaticano ha tenido que ver
con su “involucramiento moral selectivo” o parcialidad política
comprometida, con una doble moral que sigue conformando el sistema operacional
de la Santa Sede. El papa Pío XII guardó silencio con respecto
al genocidio nazi, lo que para muchos fue un acto de cobardía. Los
hechos, sin embargo, prueban que hubo mucho más que cobardía.
Tuvo que ver con convicciones políticas sobre el sistema de gobierno
que apoyaba (dictatoriales fascistas que reconocían la autoridad del
papado), o rechazaba (democracias occidentales que no le reconocían
la supremacía reclamada). También tuvo que ver con su preocupación
de no perder todo el enorme capital que había invertido en el gobierno
nazista alemán. Su deseo de imponerse sobre el bloque oriental y lograr
el reconocimiento general de toda Europa es otro aspecto indiscutible que
pesó en las decisiones del papado.
Aún Juan Pablo II ha estado valiéndose de una doble moral. Reclamó
protección inmediata sobre los croatas católicos de la venganza
ortodoxa serbia en la guerra de los Balcanes al finalizar el S. XX, mientras
que Pío XII había dado durante la guerra oídos sordos,
como veremos luego, a un mismo reclamo yugoeslavo por las masacres croatas
de los serbios. Juan Pablo II apoyó igualmente a los anticomunistas
polacos pero guardó silencio sobre la ocupación indonesa de
Timor Oriental que tenía que ver con otro Holocausto (UT, 281). Esa
moral doble, sumada a su presunción de infalibilidad, llevan a muchos
a negar que el papado, a pesar de su elasticidad mayor actual, haya realmente
cambiado.
Si su apoyo velado o silencioso a Hitler tenía como propósito
evitar males peores, como se adujo después, ¿por qué
atacó en forma tan resoluta y riesgosa al comunismo, en forma frontal,
antes, durante y después de la guerra, sin importarle las consecuencias
tan dramáticas que podía eso producir en pérdidas humanas
para los mismos católicos? De los estudios históricos resulta
claro que participaba de las creencias discriminatorias nazistas y fascistas,
y soñaba con poder lograr imponerse en el mundo a través de
los triunfos de tales gobiernos, conquistando incluso a Rusia y al mundo oriental
con el evangelio católico romano.
Hay más acusaciones contra el Vaticano, por supuesto, que refuerzan
las ya expuestas de complicidad con el nazismo y el fascismo del S. XX. Esto
lo veremos seguidamente en nuestro estudio del genocidio judío y ortodoxo,
así como en la protección fraudulenta de los genocidas mismos
después de la guerra. Anticipemos algunas de esas acusaciones. Se inculpa
al papado de “crímenes contra la humanidad”, “obstrucción
de la justicia”, complot homicida para derrocar gobiernos, “complicidad
de robo” (referente al oro quitado a las víctimas) y lavado de
dinero en el único banco del mundo que es inmune a toda auditoría
exterior (el del Vaticano). Su apoyo velado a Hitler hasta el último
momento tenía que ver también con el deseo de no perder tanto
dinero que había invertido el Vaticano en los bancos alemanes. Nido
de corrupción, “línea de ratas”, en relación
con su contrabando de criminales nazis y ustashis, son otros de los tantos
epítetos empleados para describir esa “obra gigantesca de engaño”.
Todas estas acusaciones, que con justicia el veredicto de la historia había
terminado haciendo caer sobre el papado medieval, son las que el veredicto
de la historia moderna ha retomado al concluir el S. XX para volver a inculpar
la Santa Sede por sus implicaciones en los genocidios perpetrados por los
gobiernos nazis y fascistas. El sistema papal vuelve a revelar lo que los
antiguos videntes de la Biblia profetizaron de él: “un rey altivo
de rostro, maestro en intrigas...” Los profetas y apóstoles del
Señor destacan, además, “su sagacidad” para hacer
“prosperar el engaño en su mano” (Dan 8:23,25), “con
todo engaño de iniquidad” (2 Tes 2:10). “Colma de honores
a quienes lo reconocen, y les da dominio sobre muchos, repartiéndoles
la tierra como recompensa” (Dan 11:39). ¿Cómo es posible
que, a pesar de tantas pruebas incontrovertibles de la profecía bíblica
y confirmadas tan abundantemente por la historia, siga el mundo y cada vez
más, honrando una institución tan llena de infamia? La única
explicación que encontramos es la que da la Biblia por anticipado.
Se trata del “misterio de la iniquidad” (2 Tes 2:7).