El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (19)
Alberto Treiyer
Doctor en Teología
Después de la guerra. Cuando se anunció la muerte de Adolf
Hitler, Adolf Bertram, cardenal arzobispo de Berlín, ordenó
que todos los curas párrocos “participasen de un solemne requiem
en memoria del führer y de todos los miembros del Wehrmacht que habían
caido en la lucha por nuestra patria alemana, junto con las más sinceras
oraciones por el pueblo y la Patria y el futuro de la Iglesia Católica
en Alemania”.
No fue sino hasta el 3 de Agosto de 1946, bastante después que había
terminado la guerra, que Pío XII se expresó en forma definida,
diciendo que condenaba el recurso a la fuerza y a la violencia, “como
condenamos en varias ocasiones las persecuciones que un antisemitismo fanático
infligió al pueblo Hebreo”. A la luz de todo lo visto, este testimonio
posterior lo revela como falso e hipócrita.
Por su parte, la única mujer sobreviviente de ese primer tren fatídico
de Roma declaró a la BBC de Londres en 1995: “Volví [a
Roma] de Auschwitz por mi cuenta. Perdí a mi madre, mis dos hermanas,
una sobrina y un hermano. Pío XII podía habernos advertido acerca
de lo que estaba pasando. Hubiéramos podido escapar de Roma... El jugaba
bien en las manos de los alemanes. Todo ocurrió bajo sus narices. Pero
era un papa antisemítico, un papa progermano. No arriesgó nada.
Y cuando dicen que el papa es como Jesucristo, no es verdad. No salvó
a ningún niño. Nada”.
Cuando Pacelli visitó Argentina, en calidad de Secretario de Estado
del Vaticano, el presidente y general Agustín Pedro Justo Roca, salió
a su encuentro en el barco militar 25 de Mayo para saludar a Pacelli con las
siguientes palabras: “Vuestra Eminencia, lo saludo en la persona de
un legado papal como al más grande soberano del mundo, ante cuya autoridad
espiritual todos los otros soberanos se postran en veneración”.
Al regresar, Pacelli visitó Río de Janeiro, y desde entonces
comenzó a pararse ante las multitudes con los brazos extendidos en
una imitación exacta de la posición que vio en la estatua del
Cristo Redentor. Esa postura continuó usándola ante las masas
durante todo su pontificado. Al ser poco después elegido papa, y en
armonía con sus convicciones de pasar a ser el Vicario del Hijo de
Dios, se atribuyó el título de “Pastor angelicus”.
Pero, ¿qué es lo que dijo Jesús del verdadero pastor?
Arriesga todo por salvar hasta la oveja más descarriada (Luc 15:4-5).
Incluso, “da su vida por sus ovejas” (Juan 10:11).
En el año santo de jubileo católico de 1950, el 24 de Junio,
Pío XII canonizó a María Goretti, una mujer que estuvo
dispuesta a dar su vida antes que condescender a ser víctima del sexo.
El papa preguntó a la multitud que se juntó para la ceremonia:
“Quieren tomarla como ejemplo?” Era ya tiempo de paz, y se sentía
libre de aconsejar el martirio para los que eran provocados sexualmente, antes
de ceder en su moralidad. ¿Por qué no hizo lo mismo durante
la guerra, donde aconsejó “neutralidad” y “silencio”
ante el genocidio nazi de millones de inocentes, con el presunto propósito
de evitar represalias para los católicos?
Mientras que el Vaticano siguió apoyando a gobiernos fascistas católicos
en el Asia y en América Latina después de la guerra, siguió
soñando con el derrocamiento del comunismo en los países del
Este. Para ello trató de organizar a los criminales nazis y fascistas
que habían sobrevivido, de los países católicos en donde
habían actuado, para infiltrarlos en forma organizada en los gobiernos
comunistas que habían ocupado su lugar, con el propósito de
derrocarlos. Con tal propósito, puso todo su peso político en
rescatar y esconder a los principales genocidas de la guerra que habían
sido leales a la Iglesia Católica, para que pudiesen escapar al juicio
que les esperaba. Al mismo tiempo, logró camuflar con nombres y documentación
falsa a 30.000 criminales de guerra para que se fugasen, en su mayor parte
a Argentina, aunque también lograron ir a Australia, Canadá,
EE.UU., Inglaterra y otros países de latinoamérica.
Indudablemente, un cuerpo tan leal a la Iglesia, aunque criminal, debía
ser mantenido para frenar el comunismo en otros lugares, y conformar centros
de apoyo a su política expansionista en Europa y el resto del mundo.
Lo que no hizo en favor de los judíos apresados y deportados para su
exterminio durante la guerra, trató de hacerlo en favor de los fascistas
y militantes nazis y ustashis una vez que cayeron bajo la condenación
mundial. Hay más, sin embargo, para decir con respecto al papel cómplice
e inmoral del Vaticano y la Iglesia Católica en materia de genocidios
en otros países de Europa durante la guerra, antes de ocuparnos del
papel post-guerra del papado y de sus políticas de gobierno actuales.
i. Estadísticas del genocidio ejecutado por los nazis. En casi igual
proporción al genocidio nazi de los judíos, murieron como “enemigos
del estado” alemán los gitanos, los discapacitados, los crimninales
y renegados sociales, los enfermos mentales, homosexuales, Testigos de Jehová,
y criminales políticos como los comunistas y socialistas. Los gitanos
terminaron siendo considerados como no asimilables socialmente, y entraron
dentro de la solución final de exterminio de los judíos. Entre
200.000 y 500.000 gitanos murieron, según las estimaciones propuestas.
Algunos creen que decidieron exterminarlos, además, por razones equivalentes
a las que llevaron a los nazis a querer destruir finalmente a todos los polacos,
esto es, por no pertenecer a una raza pura.
Mientras que los judíos llevaron la peor parte, con un saldo de alrededor
de seis millones y medio de víctimas, todos los otros grupos juntos
que fueron muertos llegaron a ser unos cinco millones y medio, totalizando
doce millones de personas masacradas en los actos de barbarie más grande
conocidos en la historia de la humanidad. A esto se suman los millones que
murieron de europeos, civiles y soldados, durante la guerra y por efecto mismo
de la guerra.
j. Posición actual del Vaticano. El Concilio Vaticano II (1962-1965),
reconsideró la acusación histórica hecha en contra de
los judíos como asesinos de Cristo, declarando que esa acusación
no puede caer indiscriminadamente sobre todos los judíos, ni sobre
los judíos de hoy. Así terminaron rechazando en ese concilio,
el antisemitismo y toda otra acción genocida de la humanidad. Pero
los católicos tradicionalistas no están de acuerdo con esa decisión
liberal de ese concilio, convocada por el papa Juan XXIII, quien cambió
aún la política intransigente del Vaticano para con los países
comunistas y entabló relaciones diplomáticas con ellos.
Al terminar el S. XX, Juan Pablo II pretendió “purificar la historia”
criminal de la Iglesia Católica en relación no sólo con
el Holocausto del S. XX, sino también y mayormente con la obra de la
Inquisición durante toda la Edad Media. Quería cerrar la historia
del milenio y del siglo para festejar su año santo de jubileo. Juan
Pablo II lamentó lo sucedido y rechazó nuevamente la mala interpretación
que muchos hicieron durante la historia del cristianismo sobre lo que el Nuevo
Testamento dijo de los judíos. Pero negó categóricamente
que la Iglesia Católica hubiese estado involucrada en esa mala interpretación,
en la típica actitud apologista que busca, contra toda evidencia, mantener
la infalibilidad del Magisterio de la Iglesia. Los que erraron fueron, en
sus palabras, los hijos de la Iglesia a quienes la Santa Madre Iglesia Católica
Romana perdona también, por haber obrado con los mejores intereses
para expandir su reino. Claro está, lamenta sus excesos aunque, termina
arguyendo el papa, no se los puede condenar tampoco porque el juicio le corresponde
a Dios (cf. A. R. Treiyer, Jubilee and Globalization, 127-129).
El 12 de marzo de 1998, Juan Pablo II escribió una carta pública
al Cardenal Edward Idris Cassidy, presidente de la Comisión para las
Relaciones Religiosas con los Judíos, con un documento que tituló:
“Recordamos: Una reflexión sobre la Shoah”. Así
como culpó a la mentalidad de la época medieval por los crímenes
de la Inquisición (impersonalizando las masacres católicas medievales),
así también culpó la mentalidad de las fuerzas destructoras
de la época que produjeron el Holocausto en el S. XX. Sus condolencias
se dieron por “la mentalidad prevaleciente a lo largo de los siglos”
por los “sentimientos anti-judaicos en algunos rincones cristianos”,
pero rechazando nuevamente que la Iglesia Católica hubiese justificado
esa actitud malinterpretando el Nuevo Testamento. Siendo que el énfasis
de la carta fue puesto sobre el genocidio judío de la Segunda Guerra
Mundial, la reacción negativa judía no se dejó esperar,
ya que no pidió perdón, ni reconoció la implicación
de la Iglesia Católica en el genocidio. Su carta fue “recordamos”,
no “pedimos perdón”.
Durante el mes de septiembre y octubre, el órgano informativo del Vaticano
por internet, Zenit, así como L’Osservatore Romano, estuvieron
tratando de defenderse del libro de John Cornwell, Hitler’s Pope. The
Secret History of Pius XII (1999). Para ello trataron por todos los medios
desprestigiar esa obra, pero sin ofrecer argumentos sustanciales en su contra.
Malinterpretando el propósito del periodista católico (Cornwell),
la Santa Sede declaró que esa obra buscaba difamar la institución
papal. ¿Por qué? Porque demostraba cuán lejos estaba
el papa Pío XII de la infalibilidad que reclama el papado hasta el
día de hoy. Buscando salvar sus apariencias, la Iglesia sacrifica la
honestidad de uno de sus hijos. Es más, el mismo papa Juan Pablo II,
con el apoyo cardinalicio del Vaticano, terminó canonizando a Pío
XII. [Mientras discutían los cardenales sobre su canonización,
uno de ellos intervino argumentando que era ridículo discutir en la
tierra si canonizarlo o no, cuando Pacelli debía estar ya en la misma
gloria disfrutando de la compañía de los benditos. Ese argumento
fue decisivo en el voto que lo hizo santo].
En la actualidad, la Santa Sede busca ignorar los crímenes que la comprometen
y resaltar todo acto positivo que puedan encontrar del catolicismo durante
la Segunda Guerra Mundial, en su típico esquema compensatorio que piensa
que con buenas obras se pueden purgar las malas obras, y sin reconocer su
propia falta como institución papal en esas malas obras. Es tal vez
para evitar confrontaciones con esa clase de vindicación del Vaticano
que el museo del Holocausto en Washington DC no vincule al papado con los
crímenes nazis y clero-fascistas, sino errónea e injustamente
con las víctimas.
Esta actitud papal de intentar limpiarse del veredicto de la historia pidiendo
perdón por los hijos de la Iglesia y lamentando la mentalidad de la
época, es otro testimonio claro de falacia y doble moral del Vaticano,
que mantiene a las puertas mismas del S. XXI. Durante la Edad Media eran los
papas quienes determinaban lo que los sacerdotes inquisidores debían
hacer. Estos, a su vez, luego de torturar sus víctimas horriblemente,
los entregaban al brazo secular para que los ejecutasen, procurando de esa
manera lavarse las manos y terminar negando participación en el genocidio.
Hoy, ya entrando en el tercer milenio cristiano, vuelve el papado a hacer
lo mismo, negando todo cargo y echando la culpa a las ideologías seculares
y cristianas descarriadas, a la mentalidad de la época, o a cualquier
cosa que pueda levantar como cortina de humo para esconder su complicidad
y responsabilidad en el crimen.
Siempre dentro del mismo contexto de descaro y falsedad, está el reclamo
que el papado hace hoy a los poderes seculares de reconocimiento, como forjadora
de los derechos humanos de los que gozan hoy los países democráticos
occidentales. Esos derechos humanos fueron logrados por el protestantismo
y el secularismo, anteponiéndolos a los abusos tan despiadados que
caracterizaron a las monarquías europeas en comunión con el
papado romano, durante toda la Edad Media. En otras palabras, lo que la Santa
Sede está haciendo ahora es pretender y sin vergüenza alguna,
que las libertades que hoy se gozan provinieron del cristianismo medieval
y papal. Esto es lo que hace al requerir a la comunidad europea no olvidar
las tradiciones cristianas que la forjaron, a la hora de establecer los principios
fundamentales de la Constitución Europea. Esa tradición tiene
que ver con la Iglesia de Roma involucrada en los gobiernos europeos en una
relación de alma y cuerpo. ¿Cuántos papas medievales,
aún los del S. XIX y la primera mitad del XX que ya vimos, negaron
y condenaron esos derechos humanos que garantizan la libertad en las constituciones
modernas?
Asimismo pretende el papado, y sin inhibición alguna, negar su participación
velada y abierta—con su típica doble moral—en los genocidios
del S. XX de judíos, ortodoxos, y socialistas de izquierda. De esta
manera, la Santa Sede pretende ser reconocida también como gestora
y partícipe de la liberación que los Aliados mayormente protestantes
trajeron a Europa en la Segunda Guerra Mundial. Mientras que el papado mismo
inspiró los gobiernos fascistas mediante sus encíclicas de comienzos
del S. XX, los apoyó e hizo concordatos con ellos, pretende hoy desprenderse
de sus crímenes en los que participaron los prelados papales en forma
abierta y violenta. ¿Cómo? De la misma manera en que lo hizo
luego de la Edad Media, al echarle la culpa a los poderes civiles a quienes
no les daba otra chance que obedecer sus mandatos presuntamente divinos.
Los sueños papales de expandir su poder e influencia, así como
su predominio político-religioso final sobre toda la tierra, permanecen
intactos, junto con la presunción de poseer la infalibilidad. ¡Bendita
farsa y santa mentira del Vaticano! ¡Maldita ingenuidad y profana ceguera
de quienes están dispuestos a creerla!
Conclusión.
En todo esto debemos aclarar lo que dijimos al principio. Muchos católicos
hicieron lo que pudieron, a título personal, por salvar a tantos judíos
como les fuese posible, y arriesgaron su vida en la empresa. Todos esos ejemplos
nobles individuales, inspirados sin duda por Dios, más algunos testimonios
aislados del papado de apoyo a esos actos humanitarios, los usa hoy el Vaticano
como cortina de humo para cubrir su complicidad con el nazismo y la exterminación
de los judíos, comunistas y ortodoxos que se llevaron a cabo en los
países católicos fascistas. El Vaticano da publicidad, por ejemplo,
al hecho de que la mayoría de los que rescataron a los judíos
fueron católicos, pero no aclara que ese genocidio se efectuó
en países mayormente católicos o dominados por católicos.
¿Había de extrañarnos, en ese contexto, que Dios hubiese
tocado a cierto número de personas sinceras dentro de la gente que
había allí, para hacer una obra humanitaria que debiera haber
sido la tarea de la mayoría y todos los católicos?
Lo que el Vaticano no dice en toda esa cobertura política, es que inmensamente
mayor fue también la proporción de religiosos católicos
que participaron en la difusión de las ideas nazis y en el exterminio
de pueblos enteros que no querían convertirse a la fe católica.
También buscan ocultar el hecho de que todos esos criminales no recibieron
durante la guerra la condenación de la Iglesia, sino por el contrario,
su aprobación y estímulo en la catolización de los países
a los que representaban y ocupaban. Y lo que es peor, según veremos
más en detalle luego, recurrieron al fraude y al lavado de dinero para
lograr sus objetivos, usufructuaron el oro quitado a las víctimas judías
por los nazis, fraguaron documentos y dieron protección diplomática
vaticana para lograr la fuga de todos esos criminales buscados por la justicia.
Tampoco dicen los que defienden al papado durante la guerra, que tanto en
la época de la Reforma en los S. XVI y XVII, como en las décadas
de los 30 y 40 del S. XX, los judíos buscaban refugio del genocidio
nazi en los países protestantes, especialmente en los EE.UU. Los libertadores
no fueron católicos, sino mayormente protestantes. Aunque esos países
protestantes libertadores se opusieron en su momento, a la perspectiva de
una inmigración repentina y masiva de millones de judíos a sus
países, no debe pasarse por alto que los perseguidos por el nazismo
no recurrían a los países católicos en busca de protección.
En cambio los criminalis nazis y fascistas, aún los peores y que habían
llevado la mayor parte de la responsabilidad en el genocidio nazi, sabían
después de la guerra que el único camino de la liberación
pasaba por Roma, lugar ineludible para poder evadir la justicia. ¿Dónde
está la “Línea de Ratas”, término empleado
para describir la fuga vía Vaticano de los criminales de guerra católicos,
organizada por el papado para lograr el escape de los judíos a otros
países? El caso aislado de unos pocos judíos de Roma que lograron
refugiarse en el Vaticano con la ayuda de los italianos y el apoyo de algunos
clérigos, no tiene parangón alguno con esa Ratline creada después
para salvar sus verdugos.
El Vaticano se expresó claramente contra el exterminio nazista de los
discapacitados, a pesar de oponerse con ello a las políticas nazistas
de Alemania. Y en ese respecto tuvo ciertos logros. ¿Por qué
no hizo lo mismo para oponerse al exterminio de los judíos? Si pretendía
evitar males peores (represalias contra los católicos), como adujo
después, ¿por qué condenó el comunismo y exigió
la oposición determinada de los católicos en los países
que ocupaban los rusos, a costo de tantas vidas católicas? ¿No
convenía también, en esos casos, guardar silencio con respecto
a los gobiernos comunistas, y mantenerse por encima de toda entidad política,
esto es, sin intervenir? Esa moral selectiva e interesada del papado es la
que condenan los historiadores modernos, tan ajena a la moral de los evangelios
que presume representar.
Mientras que las iglesias protestantes pidieron perdón después
de la guerra, y trataron de indemnizar a los judíos que sobrevivieron,
un problema mayor se levanta cuando se trata de la Iglesia Católica.
Los protestantes no se creen ni nunca se creyeron infalibles. Por consiguiente
no hacen ningún esfuerzo por justificarse. El Vaticano, en cambio,
mantiene su pretensión de infalibilidad y terminó llevando al
podio de la santidad al papa de Hitler. Eso significa que los católicos
y el mundo en general, deben mirar a ese papa y a lo que hizo, según
la Iglesia Católica, como ejemplo de cristianismo y de santidad.
La doble moral tantas veces representada en el papado—según la
conveniencia del momento—más su presunción de infalibilidad,
hacen de sus proclamas de buena voluntad y libertad una farsa. ¿Quién
puede asegurar que no volverá a hacer lo mismo, si las condiciones
vuelven a presentársele para cumplir con su papel añorado por
siglos, de ser el primado de toda la tierra? Si la Iglesia Católica
nunca erró ni puede errar, esto es, el Magistrado de la Iglesia Romana,
¿quién puede garantizar que no volverá a recurrir otra
vez al uso del poder civil o militar para que se ejecuten sus dogmas y juicios
políticos, pretendiendo que como ella no los ejecuta, no es la agencia
criminal misma? ¿Podemos realmente creer que va a mantener todas sus
proclamas actuales en favor de los derechos humanos, cuando esas dos caras
se ven en las encíclicas y discursos que el papa de turno continua
emitiendo? Nadie puede creer honestamente en las “buenas intenciones”
y “perdones” papales pedidos por lo que hicieron otros, mientras
continúe pretendiendo infalibilidad, un título que sólo
le corresponde a Dios.
Corresponde ahora considerar el papel más directo que ejerció
el papado romano en los genocidios efectuados por los gobiernos clero-fascistas,
y en donde el clero que los llevó a cabo tuvo el pleno respaldo del
papa Pío XII.