El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (2)
Alberto Treiyer
Doctor en Teología
Los grandes genocidios medievales.
Bastante conocidos son los grandes genocidios de la Edad Media perpetrados
por el papado romano mediante guerras expansionistas de exterminio en la segunda
mitad del primer milenio cristiano, y mediante los tribunales de la Inquisición
durante la mayor parte del segundo milenio. Esos genocidios “cristianos”
comenzaron en el S. VI con la exterminación de los paganos y arrianos
que se negaban a aceptar el cristianismo católico romano, igualándolos
y hasta sobrepasándolos en crueldad y brutalidad. Mediante reyes paganos
que se “convertían” al cristianismo católico, y
exigían luego a todos sus súbditos elegir entre la nueva religión
o la decapitación, el papado fue despejando su camino y expandiendo
su “autoridad” por todo el continente europeo y el norte de Africa.
Apenas comenzado el segundo milenio cristiano (mayormente en el S. XIII),
el pontificado romano lanzó cruzadas de exterminio contra los cátaros,
albigenses y waldenses. Los cátaros habían llegado a contar
en Europa con más de un millón de adherentes que fueron borrados
del mapa mediante la decapitación y la hoguera. A menudo los destruían
en masa, con sus mujeres y sus niños. Aunque muy diezmados, los waldenses
fueron los únicos que lograron sobrevivir en las más altas montañas
del Piamonte (entre Italia y Francia).
Una vez exterminados los cátaros les tocó el turno a los (presuntos)
brujos y hechiceros del S. XIV, con más de un millón de gente
decapitada y quemada en la hoguera durante los siglos que siguieron. También
les tocaría a los judíos y musulmanes de ese siglo y los siguientes,
ser deshalojados, expulsados de los territorios presuntamente cristianos (católico-romanos,
para ser más exactos), y quemados en la hoguera. Con la aparición
de los Protestantes en el S. XVI, las hogueras y decapitaciones se multiplicaron
por toda Europa y los países católicos del Nuevo Mundo. Todo
esto continuó así hasta que en el S. XVIII, llegaron los tiempos
modernos con la abolición de tales métodos de exterminio y genocidio
medieval.
Las dos grandes corrientes libertadoras que forjaron la civilización
moderna fueron la protestante y la secular. Ambas tuvieron que librar grandes
batallas de liberación ante monarcas y papas que no querían
ceder su autoridad suprema. Ambas tuvieron sus puntos débiles que fueron
perfeccionando a medida que aprendían a vivir en libertad, y generaban
gobiernos cada vez más libres y democráticos. Mientras que los
gobiernos protestantes lograron establecer en forma notable la libertad de
conciencia y de religión (su expresión máxima se dio
hasta hoy en la Constitución de los EE.UU), los gobiernos seculares
puramente seculares no se preocuparon tanto de la libertad religiosa, sino
mayormente de la civil.
En síntesis, ¿qué podemos decir del S. XIX? Que aunque
quedaban para entonces sus buenas batallas por librarse en los dos terrenos
de liberación mencionados—protestante y secular—en especial
en los países católicos de Europa y América Latina, ese
fue uno de los siglos más benignos de la historia. A la luz de los
grandes genocidios medievales y modernos, el S. XIX marcó un paréntesis.
En él millones encontraron un oasis de libertad inigualables en la
historia de la humanidad.
¿Qué podía augurarse, entonces, para el S. XX? ¿No
podía esperarse que el último siglo del segundo milenio cristiano
continuara así, con tan buenos antecedentes del siglo anterior? Los
triunfos tan notables logrados en pro de la libertad y de los derechos humanos
en la mayoría de los países civilizados parecían, en
efecto, señalar una era extraordinaria de libertad y progreso para
el S. XX. Y, aunque mucho de todo eso iba a darse, en especial en todo el
continente americano, ¿quién podría predecir para entonces,
brotes tan espantosos de regresión medieval en el viejo continente,
con sus típicos exterminios en masa de gente indeseable, y con genocidios
millonarios que se irían extendiendo hasta el dormido continente asiático?