El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (21)
Alberto Treiyer
Doctor en Teología
El genocidio ustashi en Croacia.
La campaña de Musolini en Albania que comenzó en octubre de
1940, alegró a los nazis y a un buen número de la curia romana.
Era visto como un preludio a la invasión nazi-fascista de Rusia, que
todos esperaban, inclusive el mismo papa, para acabar con el comunismo. Sin
embargo, no le fue bien a Musolini cuando quiso invadir Grecia, lo que obligaba
a Hitler a ir en su ayuda. Para ello necesitaba pasar por Yugoeslavia.
El 6 de abril de 1941, Hitler invadía Yugoeslavia. El 10 de ese mes,
los fascistas croatas contaban con su apoyo para establecer un gobierno independiente
en Croacia. Las católicas y para entonces igualmente fascistas Italia
y Hungría, participaban del reparto de Yugoeslavia que caía
el 11 de abril. Para el 12, Ante Pavelic podía establecerse como cabeza
del movimiento clero-fascista ustashi (“levantamiento”) en Croacia,
como líder o poglavnik del nuevo estado.
Pavelic había estado en Italia bajo la protección de Musolini,
mientras era buscado en Francia y en Yugoeslavia por haber asesinado al rey
Alejandro de Yugoeslavia y al ministro de relaciones exteriores francés,
Luis Barthou. Su nuevo estado de Croacia iba a incluir Eslovenia, Bosnia,
Herzegovina y gran parte de Dalmacia. La población de Croacia, principalmente
católica, era mayoritaria en comparación con las otras regiones
(3.300.000). Los serbios ortodoxos sumaban, sin embargo, 2.200.000; los musulmanes
750.000, los protestantes 70.000, y los judíos 45.000.
El papa Pío XII, estando al tanto de lo que se venía, anticipó
el triunfo nacionalista croata ya en noviembre de 1939. En esa oportunidad,
el primado de Croacia, Alojzije Stepinac, había venido con peregrinos
nacionalistas croatas a Roma para promover la canonización de un mártir
franciscano croata. En un rechazo implícito de los serbios ortodoxos,
Pío XII les dijo, citando las palabras de León X, que ellos
estaban en “un puesto de avanzada del cristianismo”. Con eso ambos
papas implicaban que los ortodoxos no eran cristianos. “La esperanza
de un futuro mejor”, continuó el papa, “parece estarles
sonriendo, un futuro en el que las relaciones entre la Iglesia y el Estado
en vuestro país será regulado por una acción armoniosa
que será de beneficio para ambos” (HP, 250).
Era evidente que el papa estaba enterado de los planes expansionistas nazis
y fascistas que iban a iniciarse el año siguiente. Esa invasión
traería, según el papa, “un futuro mejor”, porque
permitiría que la Iglesia y el Estado se uniesen, presuntamente, para
bendición de los croatas. Dos semanas antes que se formase el nuevo
estado croata, el arzobispo Stepinac reveló la xenofobia nacionalista
en la que participaba él mismo, al escribir en su diario del 28 de
Marzo de 1941, que “el cisma [de la Iglesia Ortodoxa oriental] constituye
la más grande maldición de Europa, casi más grande que
la del protestantismo. Aquí no hay moral, ni principios, ni verdad,
ni justicia, ni honestidad”.
a) Primeras medidas de limpieza étnica. Apenas subió al poder,
Ante Pavelic se propuso hacer una limpieza étnica y religiosa no sólo
de judíos, sino también de todo serbio ortodoxo y de todo grupo
étnico especial como los gitanos, que no se convirtiesen al catolicismo.
La identificación con el nuevo estado debía darse sobre la base
de la religión católica, no sobre las diferencias étnicas.
El 25 de abril de 1941 comenzó decretando que toda publicación
serbia fuese proscrita. A esto siguió la legislación antisemítica
de mayo, equivalente a la que Hitler había impuesto en Alemania. En
ese mismo mes eran deportados los primeros judíos hacia el campo de
concentración de Danica. En junio mandó cerrar todas las escuelas
primarias y preescolares serbias. Este era el contexto ideal para la labor
misionera católica. Ante el peligro inminente, el clero romano comenzó
a llamar a los serbios ortodoxos a unirse a la iglesia Católica.
Las masacres comenzaron a darse al mismo tiempo que se promulgaban todos estos
decretos. El 28 de abril, una banda ustashi se adelantó a los planes
de deportación y exterminio que iban a venir luego contra los serbios
y judíos, asaltando seis aldeas en el distrito de Bjelovar. 250 hombres,
incluyendo un maestro de escuela y un sacerdote ortodoxo, fueron obligados
a cavar una fosa para luego ser enterrados vivos. Ese mismo día, el
arzobispo Alojzije Stepinac enviaba una carta pastoral que debía ser
leída en todos los púlpitos, llamando al clero y a los fieles
a colaborar en la obra de Pavelic.
Unos pocos días después, 331 serbios fueron rodeados en Otocac.
De nuevo se los obligó a cavar sus propias fosas para luego matarlos
a hachazos. Se reservaron al sacerdote serbio con su hijo para el final, para
que el sacerdote recitase las oraciones por los que morían, mientras
a su hijo lo cortaban en pedazos. Una vez terminada la matanza torturaron
al sacerdote, le arrancaron el cabello y la barba, le extirparon los ojos,
y finalmente los despellejaron vivo.
El 14 de mayo, se obligó a cientos de serbios a asistir a una iglesia
en Glina para un servicio de agradecimiento por la constitución del
nuevo gobierno (NDH). Una vez dentro, entró una banda ustashi con hachas
y cuchillos, pidiendo que mostrasen los que tuviesen, sus certificados de
conversión al catolicismo. Sólo dos los tenían, y fueron
soltados. Cerraron entonces las puertas y, sin tener consideración
de que ese era un lugar de culto a Dios, masacraron a todos los demás.
Cuatro días después, Pavelic tenía una audiencia “devocional”
con Pío XII en el Vaticano, y obtenía el reconocimiento papal
para su Estado Independiente de Croacia.
Todos sabían para entonces, que el Estado de Croacia había sido
engendrado por una invasión violenta e ilegítima de Yugoeslavia
por parte de Hitler y de Musolini, y que Ante Pavelic era un dictador. El
papa reconoció su dictadura clero-fascista croata conociendo las leyes
antisemíticas y racistas que Pavelic estaba emitiendo. Indudablemente,
lo que más le importaba al Vaticano era el puesto de avanzada que ese
gobierno croata significaba contra el comunismo, y la expansión de
la fe católica.
Los burócratas de la Oficina Británica de Relaciones Exteriores
reaccionaron ultrajados por “la recepción papal de un terrorista
y asesino notable”, y trataron a Pío XII como “al cobarde
moral más grande de nuestra época”. El Vaticano explicó
que había recibido a Pavelic en privado, no como cabeza del estado
croata. No podían ignorar a un “hombre de estado” católico
como Pavelic, “un hombre muy calumniado”. Pero los ingleses dijeron
que la recepción que el papa le dio “había dañado
su reputación... más que ningún otro acto desde que la
guerra comenzó” (UT, 71-72).
El 25 de mayo, en la Acción Católica, el sacerdote Franjo Kralik
publicó un artículo justificando la persecución bajo
el título “Por qué están siendo perseguidos los
judíos”. “Los descendientes de los que odiaron a Jesús,
lo condenaron a muerte, lo crucificaron y persiguieron seguidamente a sus
discípulos, son culpables de más grandes excesos que sus antepasados...
Satanás los ayudó a inventar el socialismo y el comunismo...
El movimiento para liberar al mundo de los judíos es un movimiento
por el renacimiento de la dignidad humana. El Todopoderoso y el Omnisapiente
Dios está detrás de este movimiento”. El primado de Croacia,
Stepinac, arzobispo de Zagreb y vicario de las fuerzas armadas y de los ustashis,
respaldaba esas declaraciones diciendo que “uno no puede menos que ver
la obra de la mano divina” en la formación del nuevo régimen.
Al comenzar el mes de junio, el general plenipotenciario alemán destinado
a Croacia, Edmund Glaise von Horstenau, se alarmó diciendo que los
“ustashi se habían vuelto furiosamente locos”. El mes siguiente
informó sobre la situación embarazosa de los alemanes que miraban
espantados “la furia sanguinaria y ciega de los ustashis”. Los
alemanes cometían atrocidades también, pero comparado con los
croatas, ellos cometían sus crímenes en forma más fría
y hasta científica. Por eso les impresionaba la manera apasionada y
salvaje en que los croatas arremetían contra los serbios y judíos.
Pavelic mismo criticó posteriormente a Hitler de ser “indulgente”
en su trato para con los judíos alemanes. Se mofaba de haber resuelto
en forma completa el problema judío en Croacia, mientras que algunos
judíos todavía quedaban vivos en el Tercer Reich (UT, 74).
También los italianos que ocupaban parte del nuevo estado croata se
horrorizaban, y trataban de salvar a todos los serbios y judíos que
podían de la masacre. Eso enfureció al arzobispo Stepinac, quien
compartió sus sentimientos antiserbios con el obispo de Mostar y se
quejó ante el ministro para asuntos italianos en Zagreb por la protección
del ejército italiano de serbios y judíos. Un periodista fascista
italiano a quien se le permitió entrevistar al poglavnik, se sorprendió
ver en su oficina lo que parecía ser un gran recipiente de ostras.
Le preguntó entonces a Pavelic si provenían de la costa de Dalmacia.
Quedó estupefacto cuando el dictador le respondió que eran cuarenta
libras de ojos serbios que le habían enviado sus leales ustashis (UT,
74).
Los ustashis se dieron cuenta pronto de la magnitud del trabajo que tenían
para exterminar más de dos millones de serbios y judíos, y de
lo pesado de la empresa. Debían emprender, por consiguiente, un plan
de extermino masivo equivalente al que estaban llevando a cabo los nazis en
los demás países ocupados. En una clara alusión a esos
planes de genocidio de no católicos, el ministro de justicia croata
informó el 14 de julio a los obispos católicos, que “el
gobierno croata no va a aceptar dentro de la iglesia católica ningún
sacerdote o maestro o intelectual serbio, ni hombres de negocios o artesanos
serbios, para no afectar el prestigio del catolicismo en las ordenanzas que
serán promulgadas más tarde con respecto a ellos”. Lo
que quería dar a entender era que el bautismo católico no iba
a servir de inmunización contra la deportación y exterminio
general de serbios y judíos.
El 22 de julio de 1941, Mile Budak, ministro de educación y cultura
ustashi, dio un discurso advirtiendo que “para las minorías como
los serbios, los judíos y los gitanos, tenemos tres millones de balas.
Mataremos una parte de los serbios, deportaremos a otros, y al resto lo forzaremos
a aceptar la religión católico-romana. La nueva Croacia espera
así desembarazarse de todos los serbios que habitan en su medio para
que el 100% sea católico dentro de diez años”. Dos días
después, un sacerdote católico de Udbina llamado Mate Mognus—quien
más tarde participaría activamente en el genocidio serbio—insistió
en que “hasta ahora hemos trabajado para la fe católica con el
libro de la oración y la cruz. El tiempo ha llegado de trabajar con
el rifle y el revólver” (Bill Stouffer, The Patron Saint of Genocide.
Archbishop Stepinac and the Independent State of Croatia (www.pavelicpapers.com).
[El método parece haber funcionado, porque el Vaticano emitió
recientemente un mensaje en el que se ufana en contar ya comenzado el S. XXI,
con el 88% católico de la población en la nueva Croacia].
b) Naturaleza del genocidio. Para matar a los no-católicos, los croatas
recurrieron a los métodos medievales más inhumanos como el arrancarles
los ojos a las víctimas, cortarles sus narices y orejas y otros miembros,
extraerles en vivo los intestinos y otros órganos internos del cuerpo.
A otros los mataron como bestias, les cortaron sus gargantas de oreja a oreja
con cuchillos especiales, les rompieron sus cabezas a martillazos. Colgaban
sus cadáveres en las carnicerías con la inscripción “carne
humana”.
Muchos más fueron simplemente quemados vivos. Otras veces quemaban
iglesias enteras repletas de gente. También les gustaba a los ustashi
combinar las torturas con orgías nocturnas. Incrustaban clavos ardientes
bajo las uñas, arrojaban sal sobre las heridas abiertas, cortaban todos
los pedazos posibles del cuerpo y competían para ver quién era
el que mejor cortaba las gargantas. También atravezaban a los niños
con diferentes instrumentos punteagudos.
Ljubo Milos, un oficial jefe de Jasenovac, llevaba a cabo el “ritual
de muerte” de los judíos. Cuando el transporte llegaba al campamento,
se ponía una bata de médico y ordenaba a los guardias traer
a todos los que habían pedido atención hospitalaria. Entonces
los cargaba en la “ambulancia”, los ponía frente a la pared,
y con un golpe de cuchillo les cortaba la garganta, las costillas y les abría
el vientre. También supervisaba otros métodos brutales de exterminio.
Desnudaban a los prisioneros y los arrojaban vivos al horno ardiente de una
fábrica de ladrillos contigua al campamento, mientras otros eran aporreados
a muerte con hierros y martillos (UT, 111).
Los italianos fotografiaron a un ustashi con lenguas y ojos humanos atados
a dos cadenas que colgaban de su cuello. En los archivos del Ministerio de
Relaciones Exteriores de Roma se ve una fotografía de una mujer con
sus senos cortados, sus ojos quitados, sus genitales mutilados, junto con
los instrumentos de la carnicería: cuchillos, hachas y ganchos para
colgar carne. Varias de las fotos tomadas entonces de esos crímenes
por los italianos y aún por los mismos ustashis, así como de
los pueblos que eran obligados a arrodillarse ante un sacerdote que les advertía
de las consecuencias de no convertirse al catolicismo, se pueden ver por Google-Images
en internet, invocando el término ustashi.
El 14 de agosto de 1942, el presidente de la comunión israelita de
Alatri escribió al Secretario de Estado vaticano pidiendo que interviniese
en favor de miles de croatas judíos “que eran arrestados sin
razón, privados de sus posesiones y deportados”. Le hizo ver
también que 6.000 judíos habían sido abandonados en una
isla estéril y montañosa junto a las costas de Dalmacia, sin
medios de protección para el invierno ni alimento ni agua para poder
sobrevivir, con la prohibición de todo intento de ayuda. No hay registro
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