El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (22)
Alberto Treiyer
Doctor en Teología
Dirección y participación sacerdotal en las masacres. Fueron
los sacerdotes franciscanos los que tomaron en sus manos el liderazgo de las
masacres en Croacia, como lo habían hecho junto con los Dominicos contra
los cátaros y judíos desde comienzos del segundo milenio. Esas
dos órdenes religiosas fueron levantadas por el papado para cumplir
la tarea conjunta de exterminar a los herejes. Ambas órdenes religiosas
cumplieron fielmente ese mandato papal durante siglos, hasta que el pueblo
no pudo más y dijo ¡basta! Esto último ocurrió
en la Revolución Francesa secular de fines del S. XVIII. Ahora, en
pleno S. XX, otra vez los sacerdotes católicos acompañaban las
procesiones de muerte en Croacia, que iban de aldea en aldea, obligando a
todos los ortodoxos a confesarse o a morir de la manera más cruenta.
Así como destruyeron toda la población de Albi en la Edad Media
mediante una cruzada papal, ciudades enteras eran ahora también arrazadas
en las cruzadas católicas ustashis. El historiador Marconi lo admitió.
“Es casi imposible”, declaró, “imaginar una expedición
punitiva ustashi sin un sacerdote a la cabeza alentándola, usualmente
un franciscano”.
El arzobispo Stepinac, primado de Croacia, beatificado por Juan Pablo II recientemente
(el paso que precede a la canonización), escribió una larga
carta a Pavelic sobre las masacres y conversiones forzadas que efectuaban
sobre los serbios, citando los puntos de vista de sus hermanos obispos que
las apoyaban, incluyendo una carta del obispo Mostar al Dr. Miscic. En esa
carta le expresa la satisfacción tan grande del episcopado croata por
las conversiones en masa de los ortodoxos al catolicismo romano. “Nunca
se nos dio una oportunidad tan buena como ahora para ayudar a Croacia a salvar
innumerables almas”, y comenta con entusiasmo las conversiones masivas.
Stepinac lamenta en esa carta, sin embargo, la “visión estrecha”
de las autoridades que se apoderan aún de los conversos y los “cazan
como esclavos”. Hace una lista de las masacres conocidas de madres,
niñas y niños menores de ocho años que fueron arrojados
vivos desde lo alto de los cerros, para morir despedazados en las profundidades
de los barrancos. También comenta asombrosamente que “en la parroquia
de Klepca setescientos cismáticos [ortodoxos] de las aldeas vecinas
fueron degollados. El subprefecto de Mostar... declaró públicamente”,
continuó comentando Stepinac a Pavelic, que “setescientos cismáticos
habían sido arrojados en un pozo”. A pesar de semejante doblez
moral, se atribuyó a Stepinac el haber salvado cierto número
de judíos y serbios hacia el final del gobierno ustashi. Aún
así, se complotó con los ustashis al concluir la guerra, para
contrabandear al Vaticano el oro que había juntado el gobierno ustashi
de las víctimas del genocidio croata.
Los obispos respaldaban las conversiones masivas con entusiasmo fanático,
aunque algunos admitían que no tenía sentido arrojar vagones
cargados de cismáticos en los barrancos. El arzobispo Saric de Sarajevo
llegó a publicar una poesía ensalzando al líder ustashi,
titulada “Oda a Pavelic”.
“Contra los judíos angurrientos con todo su dinero,
que querían vender nuestras almas,
traicionar nuestros nombres,
¡esos miserables!
“Tú eres una roca sobre la cual descansa
la patria y la libertad en uno.
Proteje nuestras vidas del infierno,
Del marxismo y del bolchevismo”.
Esa oración no fue escuchada por el Dios del cielo, porque después
de la guerra cayeron bajo el régimen comunista. Pavelic demostró
no ser la roca que podría protegerlos del infierno y del bolchevismo,
y garantizarles la libertad. ¡Cuán lejos estaba la católica
Croacia de la verdadera Roca que es Cristo Jesús!
El padre Bozidar Bralow, conocido por el revólver automático
que lo acompañaba siempre, fue acusado posteriormente de efectuar una
danza alrededor de los cuerpos de 180 serbios masacrados en Alipasin-Most.
Los franciscanos mataban, incendiaban hogares, saqueaban las aldeas, y desbastaban
el país Bosnio a la cabeza de las bandas ustashis. Un periodista testificó
haber visto en Septiembre de 1941, a un franciscano arengando al sur de Banja
Luka una banda de ustashis con su crucifijo (HP, 254).
El principal campo de concentración responsable de la muerte de cientos
de miles de personas, fue dirigido en Croacia por un exfraile franciscano
en Jasenovac, Miroslav Filipovic. Este exfraile no sólo dirigió,
sino que tomó parte también en los actos de tortura y asesinato
masivos de 40.000 hombres, mujeres y niños en ese campamnto. En 1943
Filipovic fue reemplazado en la dirección del campo de concentración
en Jasenovac, por otro exsacerdote, Ivica Brkljacic. Las masacres que allí
se dieron son indescriptibles. Puede darnos una idea el siguiente testimonio
de un criminal genocida ustashi, Mile Friganovic, acerca de cómo el
franciscano Pero Bnica, del monasterio de Siroki Brijeg, mató 1.350
prisioneros del campo de concentración en una sola noche. Fue en una
noble competencia para saber quién era mejor en degollar las víctimas
de Jasenovac.
“El franciscano Pero Bnica, Ante Zrinusic, Sipka y yo apostábamos
para saber quién mataría más prisioneros esa noche. La
matanza comenzó y poco después de una hora yo había matado
mucha más gente que ellos. Me parecía estar en el séptimo
cielo. Nunca había sentido tanta felicidad en toda mi vida. Ya después
de unas pocas horas había matado 1.100 personas, mientras que los otros
habían podido matar sólo 300 o 400 cada uno. Y entonces, cuando
estaba experimentando el éxtasis más grande, me dí cuenta
que un campesino anciano me estaba mirando de pie, pacíficamente y
con calma, cómo yo mataba a mis víctimas que morían con
el más grande dolor. Su mirada me sacudió. En medio del más
grande éxtasis quedé repentinamente paralizado y por algún
momento no pude moverme para nada. Entonces caminé hacia él
y descubrí que era algún vukasin (campesino) de la aldea de
Klepci, cerca de Capljina, en donde su familia entera había sido muerta.
Había sido enviado a Jasenovac después de haber trabajado en
los bosques. Me contó esto con una paz incomprensible que me afectó
más que los gritos terribles que nos rodeaban. De golpe sentí
el deseo de romper su paz torturándolo de la manera más brutal
y, mediante su sufrimiento, recuperar mi éxtasis y continuar recogijándome
en la inflicción del dolor.
“Lo separé de los demás y lo senté sobre un tronco.
Le ordené gritar: ‘¡Larga vida para el poglavnik Pavelic!’
o de lo contrario le cortaría su oreja. El vukasin guardaba silencio.
Le arranqué su oreja. No dijo ni una palabra. Le dije una vez más
que gritara ‘¡Larga vida para Pavelic!’, o le desgarraría
la otra oreja también. Le arranqué la otra oreja. Grité:
‘¡Larga vida para Pavelic!’, o te voy a romper la nariz.
Y cuando le ordené por cuarta vez gritar ‘¡Larga vida para
Pavelic!’, y lo amenacé con quitarle su corazón con un
cuchillo, me miró, esto es, algo a través mío y sobre
mí en forma incierta, y lentamente me dijo: ‘¡Haz tu trabajo,
hijo!’ Después de eso, sus palabras me dejaron perplejo, quedé
paralizado, le arranqué los ojos, su corazón, le corté
su garganta de oreja a oreja y lo arrojé a un pozo. Pero algo me quebrantó
dentro de mí y no pude matar más gente en esa noche. El sacerdote
franciscano ganó la apuesta porque mató 1350 prisioneros y le
pagué la apuesta sin discutir”.
d) La aprobación del Vaticano al régimen genocida de Croacia.
Ya vimos que el papa Pío XII recibió a Ante Pavelic y bendijo
su régimen cuando las matanzas croatas estaban en pleno furor, para
asombro y desmayo de los ingleses y del resto del mundo. Estaba plenamente
enterado de todo lo que ocurría en Croacia. Su delegado apostólico
Marconi iba y venía entre Zagreb y Roma. Los ustashis y el clero ponían
a disposición de él los planes militares para que pudiese viajar
libremente por la nueva Croacia. Los obispos se comunicaban sin trabas con
él, muchos de los cuales formaban parte del parlamento de la nueva
nación, y visitaban a menudo al papa en Roma. Todos estaban ávidos
por enterarse, cuando venían a Roma, de cómo iban las cosas
en Croacia.
La Santa Sede envió un buen número de directivas a los obispos
de Croacia para julio de 1941. El Vaticano insistía en que no se debían
aceptar conversos potenciales al catolicismo cuando era patente que buscaban
el bautismo por razones equivocadas. Lo pavoroso es que esas “razones
equivocadas” tenían que ver con el terror y el intento de evitar
la muerte. Era obvio que el Vaticano estaba al tanto de lo que estaba teniendo
lugar allí.
Ya vimos cómo en Agosto de 1941, los israelitas habían pedido
una intervención del gobierno italiano y del papado para rescatar a
6.000 judíos abandonados en una isla estéril sin protección
ni alimento ni agua. En septiembre, Branko Bokun, un joven yugoeslavo, fue
enviado a Roma por uno de los jefes de inteligencia de su país, creyendo
que el papa sería diferente de los otros prelados asesinos de Croacia.
Vino con un gran archivo de documentos, testimonios oculares y fotografías
de las masacres. Lo remitieron al Secretario de Estado Vaticano, Montini (futuro
papa Pablo VI), quien no le dio audiencia. Antes bien, le pidió que
dejase su documentación y volviese una semana más tarde, para
darle al tema una cuidadosa atención.
Cuando volvió, lo atendió el secretario de Montini, diciéndole
que “las atrocidades descritas en su documento son perpetradas por los
comunistas, pero maliciosamente atribuídas a los católicos”.
En la típica hipocresía del Vaticano, Montini recibía
a los representantes de Croacia a quienes comenzaba reprendiéndolos
con duras palabras, pero terminaba asegurándoles que el Santo Padre
apoyaría a la católica Croacia (UT, 73). Todos los embajadores
que venían a la Santa Sede requiriendo la intervención papal
para detener las masacres en las católicas Croacia y Eslovenia, eran
recibidos de la misma manera. Primero un “ataque simulado, luego una
atención paciente [al testimonio y documentación ofrecidos],
y finalmente una generosa rendición” frente a los hechos.
Los mensajes de la BBC de Londres eran frecuentes sobre la situación
en ese país. Uno de ellos, el 16 de febrero de 1942 puede considerárselo
como típico: “Se están cometiendo las peores atrocidades
en los alrededores del arzobispo de Zagreb [Stepinac]. Corre a torrentes la
sangre hermana. Los ortodoxos son obligados a convertirse al catolicismo,
y no escuchamos ninguna voz del arzobispo predicando una revolución.
En su lugar, se informa que toma parte en los desfiles nazis y fascistas”.
Los prelados católicos y representantes del gobierno ustashi que visitaban
el Vaticano decían que eran “calumniados” y se quejaban
por considerárselos como “bárbaros y caníbales”.
Esto prueba también que la Santa Sede estaba al tanto de lo que pasaba.
A pesar de todas las informaciones sobre los homicidios masivos, en marzo
de 1942 la Santa Sede entablaba relaciones oficiales con los representantes
de Croacia. Cuando en Mayo de 1943, Pavelic pidió otra audiencia con
el papa, el Secretario de Estado del Vaticano para entonces, Maglioni, le
respondió que “no había dificultades relacionadas con
la visita del poglavnik al Santo Padre, excepto que no podría recibirlo
como a un soberano”. Pío XII mismo le prometió su bendición
personal de nuevo, a pesar de tener para esa época la información
de las peores atrocidades que se habían estado cometiendo durante los
dos años del gobierno de Pavelic (UT, 73).
En marzo de 1942, mientras Pavelic tenía conversaciones formales con
los diplomáticos croatas, el Congreso Judío Mundial y la comunidad
israelita suiza pidió la intervención de la Santa Sede para
socorrer a los judíos perseguidos en Croacia. Casi dos meses antes
Alemania había bosquejado sus planes para la Solución Final,
y esas agencias judías documentaron en su petición, las persecuciones
que se llevaban a cabo contra los judíos de Alemania, Francia, Rumania,
Eslovaquia, Hungría, y Croacia. Aunque todos eran países católicos
(con excepción de Alemania con el 50% católico), los últimos
tres países mencionados tenían fuertes relaciones diplomáticas
y eclesiásticas con la Santa Sede, por lo que esperaban que el papa
hiciese algo por los judíos perseguidos en esos lugares. El manuscrito
de esa petición reside en los archivos zionistas de Jerusalén.
Pero el Vaticano los excluyó de los once volúmenes que liberó
de la época de la guerra, en un intento de ocultar lo que sabía
el papado sobre los crímenes de Croacia. Los historiadores dan prueba
de otros documentos históricos omitidos por el Vaticano (HP, 259,377).
Una vez que terminó la guerra y los comunistas se apoderaron de Yugoeslavia,
incluyendo Croacia, prácticamente el cuerpo entero del gobierno ustashi,
con muchos sacerdotes, encontró refugio en el Vaticano. La misma actitud
benevolente del papado continuó después de la guerra para ayudarlos
a evadir la justicia. Los ustashis confiaron al arzobispo Stepinac el oro
que habían juntado de las víctimas judías y ortodoxas.
Este logró traerlo, con la ayuda de otros clérigos, de contrabando
al Vaticano. Debido a eso, hay una demanda actual al Vaticano en favor de
las víctimas del genocidio ustashi, que tiene como propósito
forzar a la Santa Sede a liberar sus archivos con respecto al destino de ese
dinero (Patron Saint of Genocide, n. 28).