El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (25)
Alberto Treiyer
Doctor en Teología
Métodos evangelísticos católicos para evangelizar latinoamérica.
Libros enteros no alcanzarían para contar la manera cruenta y salvaje
en que fue cristianizada Europa. Lo mismo podría decirse de la crueldad
manifestada en la evangelización de los indígenas de latinoamérica.
Siendo que los tribunales de la Inquisición debían velar por
la “pureza” de la sociedad en materia moral y espiritual, no podían
servir para evangelizar a los indígenas que ni conocían el dogma
católico. Para ello levantaron otro tribunal que se conoció
como “Tribunal de Extirpación de Idolatrías”.
¿Cuál era el método del que se valieron los conquistadores
españoles en conjunción con los curas que los acompañaban
con un crucifijo en las guerras de conquista? El apalamiento que consistía
en sentar al indígena sobre un poste puntiagudo, atravezándolo
desde el ano hasta el estómago, la garganta o la boca. Ataban las cuatro
extremidades de los rebeldes a cuatro caballos para descuartizarlos. Los desnudaban
y les soltaban perros cebados que los despedazaban. Los ataban a un poste
para quemarlos vivos para que sirvieran de escarmiento. Todo esto, sin poner
a un lado los demás métodos tradicionales de opresión
y exterminio que habían estado utilizando las monarquías católicas
en toda Europa.
En marcado contraste, como lo reconocen con admiración hoy los historiadores,
los Adventistas del Séptimo Día fueron a latinoamérica,
y más notablemente al Perú, con las manos limpias fundando escuelas,
y no respondiendo jamás a la violencia con la violencia. Volvieron
a recurrir, como los humildes apóstoles del Señor al comienzo
del cristianismo, al único poder que Cristo garantizó a su iglesia,
el del Espíritu Santo para convertir y transformar a los paganos. Las
Providencias divinas fueron notables en la protección de los fieles
evangelistas. Esto lo hicieron los adventistas no solamente entre los indios
del Perú, de Argentina, de Venezuela, de Méjico y de tantos
otros países de latinoamérica, sino también en todo el
mundo, y con los mismos resultados maravillosos.
3. Métodos evangelísticos católicos en el Asia.
Con el descubrimiento de América se despertó también
el celo misionero universal de la Iglesia Católica. No pudo contar
con el apoyo de dos pueblos marítimos europeos como lo fueron Inglaterra
y Holanda, por haberse transformado en países protestantes. Pero se
sirvió de los franceses, portugueses y españoles que buscaban
nuevos horizontes de comercio. Mientras que los españoles concentraron
sus esfuerzos en Latinoamérica, favorecidos por la bula papal de Intercaetera,
los mamelucos portugueses se extendieron más hacia el Asia oriental.
Ambos se disputaron de todas maneras, los territorios que conquistaban en
los dos continentes tan lejanos, pero compartieron un molde común.
Ambos llevaban sacerdotes que procuraban evangelizar a los nativos con la
cruz y la espada, como punta de lanza para la explotación material
posterior.
a) En Vietnam. Los establecimientos católicos hispano-lusos en Indochina
comenzaron en el S. XVII con la introducción de los jesuitas. Los franciscanos
y dominicos también acompañaron a los aventureros, pero no tuvieron
la influencia política que lograron los jesuitas. Sus asentamientos
religiosos fueron acompañados por establecimientos comerciales que
atrajeron, poco después, la competencia inglesa, holandesa y francesa.
El continente asiático, así como el latinoamericano, se transformaría
en tierra de conquistadores, piratas y corsarios.
Los jesuitas intentaron influenciar con variado éxito los escalones
culturales y políticos más altos de la sociedad. A diferencia
de lo que hicieron en Latinoamérica, en donde negaron la Biblia a los
nativos, los jesuitas imprimieron allí la Biblia en 1651 y lograron
atraer en su favor a gente respetable entre los círculos de poder.
Pero eso trajo, en su momento, intrigas políticas y rivalidades comerciales,
de tal manera que la influencia europea declinó. En el siglo siguiente
la Iglesia Católica logró dominar la élite gobernante,
gracias al emperador GiaLong y otros potentados nativos que lo siguieron.
Gracias a GiaLong, la iglesia Católica obtuvo privilegios de todo tipo
que usó grandemente para extender su influencia.
Como tan a menudo en este tipo de expansión misionera, los privilegios
dieron lugar a excesos y abusos, lo que indispuso a los nativos contra el
cristianismo y contra todo lo europeo. Las comunidades católicas reaccionaron,
en consecuencia, y se volvieron beligerantes, organizando revoluciones en
prácticamente toda la Cochinchina. Los misioneros católicos
comenzaban los desórdenes, a menudo dirigiéndolos, y contaban
para ese entonces con el apoyo de los intereses comerciales y nacionales franceses.
Esas incursiones políticas católicas trajeron como resultado
la hostilidad del emperador Theiu Tri, quien gobernó desde 1841 a 1847.
Para ese entonces las intrigas francesas con los misioneros católicos
se intermezclaron de tal manera que no se podían diferenciar. Los nativos
boicotearon las misiones católicas, comenzaron a pasar leyes restrictivas,
y a erradicar las actividades católicas por doquiera. Los católicos
recurrieron a Europa haciendose los mártires, y solicitando la intervención
de los gobiernos europeos. Los barcos franceses que viajaron a los puertos
vietnameses se multimplicaron con el pretexto de requerir la liberación
de los misioneros. Los gobernantes vietnameses objetaron las intervenciones
eclesiásticas y comerciales europeas en su país, dando más
pretextos a Francia y a España para intervenir.
Una fuerza franco-hispana invadió Darnang en 1858, que ocupó
Saigón al comenzar el siguiente año. Mediante un tratado Francia,
en 1862, se apoderó de las provincias de Vietnam, y garantizó
en una de sus cláusulas total libertad religiosa para la Iglesia Católica.
Para Agosto de 1873, cuando Francia conquistó Hanoi, se firmó
el “tratado” final que terminó con la independencia vietnamesa.
Toda Indochina (Vietnam, Laos, Camboya), eran ya colonias francesas que habían
comenzado con las actividades misioneras católico-romanas. Los misioneros
católicos recibieron privilegios especiales que comprendían
poder supremo en asuntos religiosos, culturales, sociales, económicos
y políticos. Nunca vacilaron en recurrir a las ballonetas francesas
para imponer la cruz sobre los renuentes nativos.
Gracias a esa ayuda y respaldo militar, comenzaron las conversiones masivas
en manos de frailes, jesuitas, sacerdotes, monjas y obispos. Invitaban a aldeas
enteras a “ver la luz” prometiéndoles alimento y asistencia
de los misioneros a cambio de la conversión. La posición o los
privilegios en los distintos niveles educacionales o coloniales, quedaban
fuera del alcance de los que rehusaban convertirse. Lo mismo sucedía
en referencia a las posesiones de tierra y a las posiciones oficiales en las
administraciones locales y provinciales. Esos eran privilegios exclusivos
para los que se convertían a la fe católica. Miles se bautizaban
durante las épocas de escasez y hambruna, antes de ser socorridos por
las misiones católicas.
¿Cómo podía la Iglesia Católica lograr tan buen
respaldo francés en la Conchinchina, mientras que en Francia había
un espíritu tan secularizante? Ante las perspectivas colonialistas
y económicas se podía ser más conservador allá
lejos. La legislación colonial francesa se reforzó con la participación
entre bastidores de los misioneros mismos. Las protestas de los sectores políticos
y religiosos liberales de Francia no tuvieron efecto. Luego de un siglo y
medio de colonización masiva eclesiástica y cultural, los franceses
y nativos católicos monopolizaron prácticamente la administración
civil y militar. Esa élite gobernante pasó la antorcha de la
Iglesia de generación en generación hasta llegar al presidente
Diem y sus hermanos, quienes intentaron extirpar el budismo mayoritario por
la fuerza en la segunda mitad del S. XX.
- La guerra de Vietnam. Todos los esfuerzos misioneros católicos en
Vietnam, inclusive los de Diem y sus hermanos en pleno S. XX, siguieron un
mismo esquema para imponer la religión católica a todo el mundo,
aunque eran una minoría superada ampliamente por el budismo asiático
(85 % budistas). Primero Roma enviaba misioneros para explorar las posibilidades
religiosas y económicas que beneficiasen tanto a Francia, España
y Portugal como a la Iglesia misma. Luego venían los invasores colonialistas
que terminaban imponiendo la religión católica y explotando
a los nativos. Diem en Vietnam estableció una junta católica
que fue tomando control de los principales puestos de gobierno, inclusive
la fuerza militar que confió a uno de sus hermanos. Una vez bien establecidos
comenzaron a establecer leyes discriminatorias contra la mayoría budista,
cerrándoles y quemándoles sus pagodas, e impidiéndoles
educarse en las universidades. Finalmente recurrieron al terror una vez que
la reacción budista se hizo notar.
Diem contaba en Vietnam, además, con el apoyo de su otro hermano, el
arzobispo de Hue. En su imposición de la fe católica a la mayoría
de la población budista, recurrieron a los mismos métodos de
Hitler contra los judíos y los gitanos, y Pavelic contra los ortodoxos
también. No sólo impidieron a los budistas desarrollarse en
la sociedad y en la educación, sino que los enviaron a los campos de
concentración o detención. Medidas equivalentes tomaron para
con otros grupos religiosos que fueron proscritos. Si no hubiera sido porque
los EE.UU. estaban allí, se hubieran repetido los mismos horrores nazis
de la solución final. Aún así, algunos de esos campos
de concentración se transformaron en campos de muerte. Más de
600 murieron en el de Phu Loi (en la provincia de Thu Dai Mot), por un envenenamiento
masivo, sumando finalmente un total de 1000 muertos en ese lugar. Entre 1955
y 1960, 80.000 personas fueron ejecutadas o muertas por el régimen
católico de Diem.
Para la época en que Diem llegó al poder en Vietnam, el Secretario
de Estado de los EE.UU. y el jefe de la CIA eran católicos (los hermanos
John Foster Dulles y Alan Dulles respectivamente, que tan implicados habían
estado y continuaban estando con el tráfico del oro nazi). Ellos estaban
en permanente contacto con el cardenal Francis Spellman, quien tenía
gran ascendencia ante Eisenhower, el presidente del gobierno norteamericano,
y había sido nombrado por el papa Pío XII como su vocero personal
ante el gobierno de los EE.UU. Spellman era el representante religioso-militar
tanto de los poderes católicos como de los militares ya que, además
de representar a la Santa Sede en los EE.UU., era el Vicario de las Fuerzas
Armadas norteamericanas. Su implicación en la guerra de Vietnam fue
tal que esa guerra fue llamada por muchos, “la guerra de Spellman”.
Cuando visitaba las tropas militares norteamericanas en Vietnam repetía
constantemente las palabras que los cardenales de Roma habían usado
para la campaña de Musolini en Etiopía. Les decía a los
que combatían en Vietnam que eran “los soldados de Cristo”,
por supuesto, en la promoción de la fe e intereses de la Iglesia Católica.
Todos ellos, con el aval y orientación especiales del papa Pío
XII, llevaron a Diem a aplicar la Ley Canónica de 1917, interpretada
ésta en su forma más literal para todo Vietnam, y ante una mayoría
budista abrumadora. La Virgen de Fátima fue invocada y manipulada desde
el Vaticano mismo como un arma poderosa para arengar a los católicos
de Vietnam contra el comunismo y, también incluido, el paganismo budista
de la región. Todo ese país asiático fue consagrado a
María. Era un arma emotiva impresionante que pretendía anticipar
la inminente caída del comunismo, como veremos más adelante.
El lema era, además: “Asia para el papa”.
Mientras que Eisenhower mantuvo una política de “riesgo limitado”
en la guerra contra Vietnam, John Kennedy, el primer presidente católico
en los EE.UU. que lo reemplazó, la transformó en un “cometido
ilimitado” para proteger los intereses católicos de la región.
El manejo católico entre Vietnam y los EE.UU. con esos puestos claves
en el gobierno de ambos países, filtraba la información de tal
manera que los protestantes de los EE.UU. no pudiesen enterarse de lo que
realmente pasaba allí. Cuando los budistas recurrieron a la inmolación
pública, Diem y sus medios de prensa se burlaban del autoazado que
efectuaban esos paganos. La opresión real, arguían los católicos,
era del budismo contra la fe cristiana y, por supuesto, del comunismo que
intentaba destruir la civilización cristiana. Había que proteger,
pues, la dictadura de Diem para impedir que los “reales” enemigos
se saliesen con la suya.
Así empujaron los católicos a la protestante EE.UU. no sólo
a poner a Diem en el poder, sino finalmente a intervenir y cometer el papel
más miserable y vergonzoso de toda su historia. Para cuando el nuevo
papa Juan XXIII captó el fracaso de la política católico-norteamericana
en Vietnam, hizo un pacto secreto para salvaguardar los intereses católicos
en la región con la sección comunista de Vietnam (Hanoi), y
dejó a los EE.UU. sólos en su derrota final. Lo que Pío
XI y Pío XII hicieron con los protestantes alemanes a quienes arrastraron
a aliarse con Hitler, volvió a hacerlo Pío XII en Vietnam con
la gran república protestante de Norteamérica. Si el comunismo
triunfó allí fue porque los budistas terminaron considerando
que con ellos iban a pasarlo mejor que con los “cristianos”.
¿Cuál fue el resultado de una política tal? En Europa,
en Asia y en todos los lugares donde el papado logra imponer ese mismo modelo
de gobierno para dominar una población renuente a aceptar el catolicismo,
tienen que retirarse finalmente dejando sumido al país en la más
espantosa ruina. Los EE.UU. que se dejaron arrastrar por los católicos
a la guerra de Vietnam, sufrieron la derrota más vergonzosa de toda
su historia. Veinte días después de ser asesinado Diem y su
hermano Ngo (2 de Nov. de 1963), el primer presidente católico de Vietnam,
era asesinado en los EE.UU. John Kennedy (22 de Nov.), el primer presidente
norteamericano católico. Billones y billones de dólares le costaron
a los EE.UU. esa guerra, así como la pérdida de 58.000 vidas
jóvenes norteamericanas (y la participación de cinco millones
y medio de norteamericanos en la guerra misma).
E. de White escribió lo siguiente en el S. XIX, anticipándose
a la historia de lo que el papado iba a volver a hacer en el S. XX y volverá
a hacer, ya en el mismo fin, en el S. XXI. “La historia ha probado cuán
astuto y persistente es el papado en inmiscuirse en los asuntos de las naciones,
una vez que logra poner el pie para promover sus propios intereses, aún
a costa de la ruina de príncipes y pueblos” (GC, 580). “La
iglesia papal nunca renunciará a sus pretensiones de infalibilidad...
Permítase que las limitaciones impuestas actualmente por los gobiernos
seculares sean quitadas y Roma sea reinstaurada en su poder anterior, y se
verá en el acto un reavivamiento de su tiranía y persecución”
(GC, 564). Esta es la historia que se vio repetir en el S. XX, tan claramente
advertida por E. de White el siglo anterior. ¿Se prestará atención
a estas y otras declaraciones para lo que aún falta ocurrir?
E. de White anticipó también que “la apostasía
nacional” de los EE.UU.—considerados a sí mismos como “una
nación bajo Dios” en el mismo peso norteamericano—“será
seguida por la ruina nacional” (7BC 977, 1888). “Es en la época
de la apostasía nacional cuando... los gobernantes de la tierra se
alistarán del lado del hombre de pecado [el papado]. Será entonces
cuando la medida de su culpa se habrá llenado. La apostasía
nacional será la señal de la ruina nacional” (2SM 373,
1891). “Los principios católico-romanos serán asumidos
bajo el cuidado y protección del estado. Esta apostasía nacional
será seguida rápidamente por la ruina nacional” (RH Junio
15, 1897). “Cuando el estado use su poder para imponer los decretos
de la iglesia y sostener sus instituciones—entonces la América
Protestante habrá formado una imagen del papado, y habrá una
apostasía nacional que terminará únicamente en la ruina
nacional” (7BC 976, 1910). El fracaso y humillación sufridos
por los EE.UU. en Vietnam causados por dejarse arrastrar a esa guerra por
una política católica mentirosa y despiadada, sirve de ilustración
adicional a todas estas advertencias que tendrán su cumplimiento más
vasto al consumarse la unión de las iglesias y los estados en el fin
del mundo.