El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (27)
Alberto Treiyer
Doctor en Teología
Método católico para reconvertir Europa y el resto del mundo.
Siendo que Europa se había secularizado y la Iglesia romana había
perdido su supremacía, el papado debía reemprender ahora con
paciencia su reconquista de Europa y del mundo durante el S. XX. Esto lo haría
poco a poco, a medida que la “providencia” le permitiese imponerse
mediante el ejercicio pleno de la autoridad política de sus gobernantes
clero-fascistas. Aunque lograría de esa manera detener el avance del
comunismo en Europa, sus sueños “providenciales” no se
iban a cumplir como quería. Perdería su hegemonía sobre
todos los países católicos del Este que caerían bajo
los gobiernos totalitarios comunistas, y no podría ejercer un control
absoluto sobre el resto de Europa.
a) En Ucrania. Ya vimos cómo los católicos intentaron imponerse
en forma absoluta en Croacia, bajo un típico liderasgo fascista bajos
los ustashis. Por su vínculo con la raza eslava que es mayoritaria
en casi todos los países europeos orientales, el papado esperaba conseguir
misioneros para poder evangelizar a Rusia, aprovechando las oportunidades
que se le abrían con la campaña militar nazi a Rusia. Ya había
intentado hacerlo a través de la católica Polonia en 1926, logrando
que un dictador católico fascista, Pilsudski, hiciese expediciones
militares a Ucrania para castigar a los así llamados “ucranianos
rebeldes”, especialmente en los lugares que Pilsudski anexaba a Polonia.
Entre el polaco y el ucraniano hay una distancia idiomática equivalente
a la que existe entre el castellano y el portugués. Por quince años,
los sacerdotes católicos acompañaban a los soldados polacos
que incursionaban en Ucrania. Las iglesias ortodoxas eran quemadas y “miles
y miles” eran ejecutados.
Si hay un país que vivió en casi toda su historia sometido,
fue Ucrania. Por siglos estuvieron bajo los polacos, los mongoles y los rusos.
El régimen comunista ruso los afectó enormemente a comienzos
del S. XX, tanto que murieron unos seis millones de campesinos en las famosas
purgas soviéticas. Por tal razón, los ucranianos sintieron que
con la invasión nazi podía comenzar una nueva era de libertad.
Pero a poco de llegar los alemanes captaron que con los nuevos invasores no
iban a lograr la libertad que anhelaban y que, por el contrario, los nazis
eran tanto o más crueles que los comunistas.
Stalin captó el desengaño de la población ucraniana bajo
la ocupación alemana, y decidió cambiar de táctica acercándose
a los ortodoxos con promesas de apoyo. Los ortodoxos, por otro lado, captaban
también que todo era cuestión de política, pero la perspectiva
de un reavivamiento de la fe ortodoxa con el apoyo de Moscú no era
para desaprovechar. En ese contexto, Hitler se dio cuenta que iba a remar
contra corriente innecesariamente, y decidió cambiar de estrategia.
Hasta ese momento el fuhrer se había estado oponiendo a la intromisión
papal de su campaña, y negándole el pedido de enviar monjes
y sacerdotes con sus tropas para evangelizar los países del Este. Si
sumaba a los sentimientos nacionalistas ucranianos el apoyo de la población
católica y, en especial, el de los católicos de rito oriental
pero ligados a Roma, iba a poder atraer con ese apoyo religioso a los mismos
ortodoxos y lograr la unión de ambas religiones, la ortodoxa y la católica.
La iglesia católica de los Uniates fue concebida por los jesuitas en
el S. XVI, y apoyada por la dinastía católica de los Habsburg
en Austria, para contrabalancear la influencia rusa ortodoxa. El papado había
aceptado entonces que los sacerdotes que practicaban el rito al estilo oriental
pero que querían mantenerse ligados a Roma, pudieran incluso casarse.
Hasta hoy esa práctica continúa allí, mientras que en
occidente el celibato les es impuesto a los sacerdotes católicos. Los
Uniates, considerados por algunos católicos como “híbridos”,
operaron como una entidad eclesiástica algo más libre que la
de los ortodoxos que dependían del patriarcado de Moscú, y que
de los católicos que dependían del papado Romano. Estaban en
un punto intermedio y eran más propensos al nacionalismo, ya que habían
sufrido en forma especial bajo las dominaciones extranjeras más recientes.
Aunque no eran mayoría, constituían un grupo no desconsiderable
de cinco millones de adherentes.
Pronto los Uniates se enteraron que los alemanes los iban a apoyar en su nacionalismo
ucraniano, y recibían al mismo tiempo el respaldo del Vaticano para
entrar en conversaciones con los ortodoxos y explorar la posibilidad de unir
ambas iglesias, la católica y la ortodoxa, dentro de la línea
intermedia Uniate. La perspectiva era alentadora también para los ortodoxos
ucranianos y podía terminar también facilitando un arreglo semejante
para que los ortodoxos de toda Rusia, perseguidos implacablemente hasta entonces
por el gobierno comunista, terminasen acoplándose al sistema, bajo
la orientación y sumisión papales.
Cuando los comunistas rusos vieron cómo se movían las fichas
del lado alemán y papal, se dieron cuenta que la única alternativa
que les quedaba era dividir a los ortodoxos para que no se unieran al movimiento
nacionalista Uniate. Para ello, lograron infiltrar espías rusos dentro
de las iglesias ortodoxas y evitaron tal unión. Muchos ortodoxos no
querían saber nada, por otro lado, de someterse al papa de Roma. La
herencia ortodoxa rusa no proviene de Pedro, según pretende el Vaticano
para el papado, sino de Andrés. Esa división ortodoxa ucraniana
promovida por los rusos hace más de medio siglo atrás, continúa
hasta el día de hoy.
A pesar de los intentos rusos por dividir también a los Uniates, un
ejército nacionalista logró finalmente formarse con el apoyo
nazi, que tendría por misión no sólo lograr la independencia
ucraniana, sino también llevar capellanes en sus filas para catolizar
todo el mundo ortodoxo, incluyendo Rusia. Para 1942, el Vaticano estaba trabajando
con los Uniates con este fin, y se enviaron jesuitas disfrazados a la Unión
Soviética con el propósito de recoger informes de inteligencia
favorables a la unión de las dos iglesias más tradicionales
de Europa. Unos 300 “apóstoles” voluntarios se enrolaron
con esa misión, de los cuales sólo un puñado logró
volver con vida. Rusia había logrado introducir espías dobles
dentro de los Uniates que los orientaban en esa campaña, pero que pasaban
la información al Kremlin.
Aunque esa campaña nacionalista pro-católica fue brutal en su
accionar, contó con el apoyo del Vaticano. Los sueños evangelizadores
de corte militar, sin embargo, terminarían para el papa en 1944, cuando
el ejército católico fue destruido por los rusos en la Batalla
de Brody. Los intentos posteriores de reunirse para conformar un comité
de Liberación de los pueblos de Rusia fracasarían igualmente.
Medio siglo debía transcurrir hasta que los sueños papales,
con Juan Pablo II especialmente, comenzaran a florecer otra vez. Los dos pulmones
de Europa, según el papa polaco Wojtila, son la Iglesia Ortodoxa rusa
y la Iglesia Católica romana. Pero todo el antecedente dejado por el
Vaticano durante la Segunda Guerra Mundial, más los claros intentos
papales de lograr por vías diplomáticas lo que no pudo hacer
Pío XII mediante los ejércitos nazis y nacionalistas, han endurecido
el corazón del patriarcado de Moscú que no confía en
las intenciones papales. Los esfuerzos diplomáticos religioso-políticos
de la Santa Sede, sin embargo, no han muerto.
En la actualidad (2004), se están llevando a cabo conversaciones positivas
entre los ortodoxos rusos y los representantes papales para unir a Ucrania
usando como modelo el estilo intermedio de adoración tradicional de
los Uniates. El Vaticano está logrando convencer no solamente a los
evangélicos y protestantes, sino también a los mismos ortodoxos
rusos, que deben unirse para que los gobiernos secularizados de Europa no
se salgan con la suya en la redacción de la Constitución Europea.
Ha logrado convencer a los cristianos europeos de las iglesias más
tradicionales que Europa no tiene derecho a ignorarlas, y que es un atrevimiento
por parte de las autoridades seculares pasar por alto el rico patrimonio histórico
que legó el cristianismo al continente.
El papado está convenciendo al otro pulmón que es la ortodoxia
rusa, que si no se logra frenar el secularismo en este momento fundacional
de la nueva Europa, no se lo logrará jamás. De allí es
que en mayo del 2004 esperan reunirse todas estas iglesias para insistir en
la imperiosa necesidad de que Europa no renuncie a su alma. Esta es una clara
iniciativa por recobrar otra vez el poder, ya que en la teología católica,
la autoridad religiosa es el alma que está por encima de la autoridad
civil que es el cuerpo. Y esto es más significativo si tenemos en cuenta
que es en torno a esa época que todos los países católicos
del Este ya liberados del comunismo ateo van a ingresar oficialmente a la
Comunidad Europea. Todo esto es crucial para el voto definitivo que, en principio,
deberá tomarse para la misma ocasión sobre esa Constitución
Europea, y en la que el Vaticano tiene tantos intereses puestos.