El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (28)
Alberto Treiyer
Doctor en Teología
Intentos de confederar los países católicos anticomunistas.
Después que terminó la Primera Guerra Mundial, el Vaticano intentó
restaurar la monarquía austríaca y fortalecer su presencia en
el centro de Europa. Favoreció también un movimiento que se
gestó para entonces (en los años 20 y 30), conocido primeramente
como los Blancos, para contrastarlo con los Rojos comunistas, y luego como
Intermarium. Ese movimiento se proponía constituir un “cordón
sanitario” contra el comunismo, equivalente al “cordón
sanitario” de los S. XVI al XVII que España había levantado
mediante la Inquisición contra la inmigración protestante y
judía en latinoamérica. El propósito era ahora conformar
una Confederación Pan-Danubia católica y anticomunista que abarcase
16 naciones en el centro de Europa, “inter”, es decir, entre el
Báltico, los mares Negro, Egeo, Jónico y Adriático. Esa
organización recibió el apoyo del Vaticano, y pretendía
una Europa libre de los alemanes protestantes y rusos comunistas.
La restitución de la monarquía de los Habsburg no fue posible
y, en su lugar, el papado fue dando su bendición a todos los gobiernos
fascistas que se fueron levantando en todos los países católicos,
que él mismo inspirara a través de sus encíclicas. Aunque
la organización Intermarium se volvió impráctica por
las rivalidades étnicas de quienes la conformaban al principio, para
cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial en 1939, sus líderes
terminaron apoyando el nazismo de Hitler y, en general, como lo hizo el papado,
a todos los gobiernos fascistas (UT, 63). Esos líderes de Intermarium
fueron la fuente informante de Hitler, su mayor instrumento de inteligencia.
Toda Europa, exceptuando Inglaterra, terminó transformándose
en un conjunto de estados fascistas o dominados por ellos una vez que Hitler
se apoderó de toda la región central del continente. Las posibilidades
para que el papado pudiese recuperar el reconocimiento y hegemonía
política en Europa, nunca se habían visto tan grandiosas desde
que esos dominios le habían sido quitados siglo y medio atrás
por los revolucionarios franceses. Pero todo ese sistema fascista pasó
a depender demasiado del nazismo alemán, de tal manera que la mayor
parte de los países europeos que lo adoptaron como forma de gobierno
sucumbieron una vez que terminó la Segunda Guerra Mundial.
¿Qué debía hacer ahora el Vaticano? ¿Debía
comenzar de nuevo para reconquistar Europa? ¿Qué sistemas de
gobiernos podría ahora inspirar para recuperar otra vez su hegemonía
en tantos países católicos que de golpe quedaban a la deriva?
¿No podía tambalear también su autoridad política,
por haberse vinculado tan estrechamente a los gobiernos dictatoriales fascistas
de la guerra? ¿Cómo podría hacer frente a la amenaza
comunista con países y gobiernos divididos y debilitados después
de tantos genocidios sangrientos? ¿Qué podría hacer para
evitar que los EE.UU., el país de la libertad religiosa y fortaleza
de la democracia protestante, terminase dominando sobre todos los países
católicos del centro de Europa?
Así como el papado había inspirado los gobiernos fascistas antes
y durante la Segunda Guerra Mundial, para evitar el triunfo de la democracia
occidental y del comunismo oriental; así también iba a verse
al papado, ya antes de terminar la Segunda Guerra Mundial—una vez que
captó que Hitler iba a fracasar—intentando formar otra vez una
confederación de estados católicos en Europa Central. Su propósito
era el mismo. Quería contrabalancear el dominio comunista soviético
oriental y el protestantismo norteamericano occidental. Así como había
reemplazado el sistema monárquico que había favorecido durante
toda la Edad Media, por el fascismo de la primera mitad del S. XX; ahora recurría
otra vez al sistema monárquico tratando de resucitar la dinastía
austríaca de los Habsburg para que se impusiese sobre todo el centro
de Europa, esto es, sobre todos los países con población mayoritariamente
católica (UT, 17). Lo mismo esperaba poder hacer con los poderes orientales
de Europa y, para ello, intentó juntar los deshechos del nazismo que
recurrían hacia Roma en busca de refugio en el mismo Vaticano.
¿Cómo podía el Vaticano lograr la unión de Europa
después de la guerra, bajo la bandera de la Iglesia? Un recurso era
la resurrección de la organización Intermarium, con todos sus
sobrevivientes nazis, ustashis y fascistas. Contaba ahora, además,
con el General De Gaulle en Francia, y Adenauer en Alemania, ambos católicos
devotos y, por lo tanto, dispuestos a colaborar con el Vaticano en la reconstrucción
de Europa. Pero los franceses no tenían dinero para poder reavivar
Intermarium. Se enteraron, sin embargo, que Ferenc Vajta, exconsul general
de Hungría en Viena, había logrado evacuar la industria húngara
junto con la mayoría de la clase dirigente, antes que llegasen los
rusos. Recurrieron, pues, a él para obtener su apoyo al plan de reavivar
Intermarium. Vajta compartió con ellos ese dinero robado a los húngaros,
para fortalecer el proyecto de integración de los pueblos católicos
contra el comunismo (UT, 52).
Ya apenas había terminado la guerra, De Gaulle había iniciado
una campaña decidida para “ganar la simpatía de los pueblos
de Europa Oriental. Quería contrabalancear los planes británicos
que también estaban interesados en liderar la reconstrucción
de Europa. El general francés creía que debían prepararse
para una nueva guerra contra Stalin si Francia iba a recuperar su papel legítimo
en esa región. Necesitaba, para ello, el concurso del Vaticano, ya
que los franceses habían quedado muy debilitados. La Confederación
Europea que se proponía crear con la ayuda del papa, debía juntar
a los católicos de España, Francia, Italia, Austria, Alemania,
Polonia, Hungría, Eslovaquia, Croacia, Eslovenia y los estados Bálticos,
entre otros.
¿En qué podía contribuir el papado al sueño del
general francés? En bendecir un tratado secreto que firmaría
Francia con España e Italia, estableciendo así un poderoso “triángulo”
al que se sumarían los estados católicos de Sudamérica.
Necesitaba también el apoyo del Vaticano para separar la Bavaria, Würtemberg
y Baden-Baden de la mayoría protestante en Alemania, y crear así
un estado federal católico alemán. Por último, una Confederación
Pan-Danubia Católica permitiría la unión de Polonia y
los estados Bálticos, así como la separación de los católicos
eslavos de sus compatriotas ortodoxos y protestantes. Con semejante unión
caerían más fácilmente Yugoeslavia, Checoeslovaquia y
grandes regiones de la Unión Soviética. Así podría
eliminarse más fácilmente la amenaza del bolchevismo comunista.
Los planes de De Gaulle pronto se vieron confrontados con los planes de Inglaterra,
que en varios respectos eran similares. Por ejemplo, tanto los ingleses como
los franceses querían tener a los EE.UU. fuera de estos planes clandestinos.
Por eso adoptaron un slogan: “Europa para los europeos, sin los rusos
y los norteamericanos. Hagamos pelear a los norteamericanos con los rusos,
y explotemos la victoria”. La diferencia principal entre Francia e Inglaterra
era, sin embargo, que Londres quería un dominio completo de las operaciones.
Pero, ¿había necesidad de excluir totalmente a los EE.UU. del
plan? ¡No, por supuesto que no! Los EE.UU. podían contribuir
con la bomba atómica y la bomba de hidrógeno. La coordinación
para el ataque a Rusia junto con las fuerzas militares del resto de Europa,
según veremos luego, se daría en el Vaticano mismo. La Santa
Sede era el mejor centro para camuflar toda acción clandestina de esa
naturaleza.
¿Cuál sería el método para recuperar los países
de mayoría católica que habían caído bajo el régimen
comunista después de la guerra? ¿De dónde obtendrían
los recursos y con qué gente podrían contar para esa guerra
que no debía detenerse contra el comunismo bolchevique? Había
que tratar de recuperar todos los criminales de guerra posibles, sin importar
cuán homicidas los revelaban sus legajos y, en consecuencia, cuán
requeridos eran por la justicia internacional. Después de todo, ¿quiénes
otros podrían revelar un cometido tan leal e indiscutible para destruir
el comunismo? Mediante ellos esperaban “construir centros militares
y terroristas” para desestabilizar los gobiernos comunistas del Este.
El costo de la empresa podría ser pagado, en parte, por el oro que
los fugitivos nazis y ustashis habrían logrado llevarse consigo al
escapar del ejército comunista.
¿Qué papel jugaría el Vaticano en todo esto, además
de ejercer su influencia en unir los países católicos para hacer
frente al comunismo? El Vaticano, en realidad, no era una agencia pasiva en
todos estos planes, sino que formaba parte de todas las iniciativas y llevaba
la delantera en todas ellas. El Vaticano, por su condición geográfica
extraterritorial, era el lugar ideal para convertirse en nido de todo ese
movimiento clandestino (véase Apoc 18:2-3). Allí se establecería
el centro de operaciones de Intermarium, con todos los deshechos del nazismo
y del fascismo que quedasen vivos. También se transformaría
el Vaticano en el centro de toda operación diplomática, ya que
por su influencia ante tantos países católicos, podía
aglutinar todos los esfuerzos más fácilmente.
La protección clandestina de todos los criminales de guerra en el Vaticano
debía darse, según las directivas del Vaticano, bajo la condición
de que todos los criminales “refugiados” fuesen probadamente católicos
y anticomunistas. Los jesuitas serían, además—como en
las conquistas comerciales, políticas y militares de los españoles,
portugueses y franceses durante la Edad Media en el Asia y Latinoamérica—los
agentes del Vaticano claves en el “programa de penetración”
dentro de las áreas ocupadas por el comunismo. Mientras que los criminales
fascistas procurarían destruir los gobiernos comunistas, los jesuitas
tendrían la misión de reconstruir esos estados en una unión
indivisa con la Iglesia de Roma. ¿De dónde obtendrían
los recursos económicos? Del contrabando del oro robado primeramente
a las víctimas mayormente judías del nazismo, y del lavado de
dinero a través del banco del Vaticano y su transferencia a los bancos
secretos suizos.
La magnitud de todo lo que implicó el plan de Intermarium, así
como su implementación por el Vaticano, merecería una consideración
más abarcante que escaparía del propósito de este trabajo.
Concluyamos aquí, sin embargo, con la mención del fracaso de
semejante complot post-guerra debido al éxito soviético en introducir
espías dobles que lograron infiltrarse aún en el mismo Vaticano.
Hasta algunos sacerdotes, endurecidos por la guerra, perdieron la fe y se
volcaron a favor del comunismo, pasando a ser agentes secretos de Rusia. Por
su parte, otros líderes que enfervorizaban y organizaban a los criminales
de guerra, con el concenso hipócrita de Francia, Inglaterra y el Vaticano,
eran igualmente espías de los rusos y les pasaban toda la planificación.
De esta manera, tanto Tito en Yugoeslavia, como otros gobernantes comunistas
en los otros países católicos del Este, podían arrestarlos
apenas entraban en sus territorios, a menudo en cuestión de horas,
y acabar fácilmente con ellos. [La misma táctica la ha seguido
Fidel Castro quien tiene espías metidos en el mismo corazón
del anticastrismo cubano en los EE.UU].
Toda esta historia, por supuesto, es triste desde antes, luego y después
de la guerra. Acostumbrados a ver el mundo comunista como el malo de la película,
pasamos por alto a menudo que igualmente malos fueron los gestores de la contraofensiva
nazi y fascista aún después de la guerra. ¿Qué
hubiera pasado, si los intentos papales de unificar Europa bajo el primado
de Pedro hubiesen triunfado bajo los regímenes clero-fascistas que
se multiplicaban por doquiera? Indudablemente habría llegado pronto
el fin, con el regreso de la intolerancia religiosa medieval que no pudo,
gracias a Dios, ser impuesta entonces en forma universal.
Pero ese día final ya se acerca, porque la mayoría de esos estados
católicos que el papado intentó unir entonces para reconstruir
una nueva Europa, están pasando al comenzar el S. XXI, a formar parte
de la Unión Europea gracias a la caída del comunismo. Ahora
puede el papado volver a soñar y con ojos más abiertos, en la
recuperación de la primacía de Pedro en el viejo continente
europeo. Se deleita en informar, a través de Zenit, el órgano
informativo por internet del Vaticano, que el porcentaje de católicos
es inmensamente mayoritario en la mayoría de todos esos países
del centro de Europa. En marzo del 2004 informó, incluso, que el catolicismo
en Europa constituye el 80 % de la población. No aclara cómo
obtuvo esa estadística, ya que sólo el 10% en el Oeste asiste
a la Iglesia, debido al secularismo tan generalizado de la población.
Es probable que haya hecho un balance general de países denominados
protestantes y países denominados católicos.
Lo que cuenta para Roma es el número, ya que en regímenes democráticos,
la representatividad numérica es sinónimo de poder. Algo equivalente
se da con el Concilio Mundial de Iglesias que agrupa a más de 342 iglesias.
Se trata de regímenes religiosos que buscan un poderío humano
como lo busca siempre todo aquel que procura justificarse por sus obras. A
diferencia del papado, el verdadero pueblo de Dios procura reunir un “remanente”
de toda la cristiandad y de todos los pueblos de la tierra. Su poder se basa
en las promesas divinas, no en la fuerza humana. Esto es lo que buscan todos
los que ponen su confianza en Dios (Juec 7:2; 1 Crón 21:1-8; Zac 4:6;
Rom 9:27; 1 Cor 1:25-29; 2 Cor 12:9; Apoc 12:17). A esa fe, que se basa en
la voluntad divina y cree en lo que Dios puede hacer a través de la
debilidad humana, Dios la imputa como justicia (Rom 4:18-25; véase
3:24-28).