El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (29)
Alberto Treiyer
Doctor en Teología
- No exclusión, sino inclusión de las demás religiones.
Los intentos papales que contaron con el aval de los presidentes católicos
europeos para organizar una confederación de pueblos católicos
mayoritarios mediante los cuales pudiese restablecer su poder y gobernar sobre
el mundo, iban a fracasar porque pretendían excluir a los protestantes
y a los ortodoxos y a las demás religiones del mundo con las cuales
debía constituir, según la profecía, la Babilonia (“confusión”)
final de los últimos días. La anticipación profética
de la Biblia decía que todos los poderes políticos y religiosos,
en el fin, lograrían confederarse para hacerle guerra al Dios del cielo
mediante la anulación de su ley (Apoc 16:13-16; 17:13-14). Esa anulación
no tendría que ver, por supuesto, con la anulación de todos
los mandamientos divinos. Pero por pasar por encima de uno o dos de esos mandamientos,
presumiendo que con el resto iba a ser suficiente para recibir la bendición
divina, se harían reos ante el universo entero de violarlos a todos.
“Porque el que guarda toda la Ley, y ofende en un solo punto, es culpable
de todos” (Sant 2:10-11).
Antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial, vemos al papado
tratando de lograr la supremacía del mundo en materia política
y religiosa, pasando por encima del protestantismo norteamericano y, en gran
medida también, inglés y alemán. No sabía que,
proféticamente, sin el apoyo protestante aún del gobierno norteamericano,
no podría lograr jamás la primacía que tanto anhelaba
recuperar sobre el mundo. Por consiguiente, no debía esperarse el fin
con la exclusión de los EE.UU., sino más bien con su inclusión
y apoyo (Apoc 13:11-18). Aunque le iba a llevar tiempo en tener que aceptar
esa realidad, su política debía volverse inclusiva, no del todo
exclusiva. También vemos el intento del papado en la primera mitad
del S. XX de suplantar la religión Ortodoxa por la Católica.
Pero, así como los Protestantes debían ser integrados, no repelidos;
también los ortodoxos debían ser asociados, no suprimidos ni
aniquilados. De allí la política actual del papa Juan Pablo
II de considerar al mundo ortodoxo como el otro pulmón de Europa.
E. de White escribió antes de la primera y segunda guerra mundiales
lo siguiente. “Aunque ya se levanta nación contra nación
y reino contra reino, no hay todavía conflagración general.
Todavía los cuatro vientos son retenidos hasta que los siervos de Dios
sean sellados en sus frentes. Entonces las potencias ordenarán sus
fuerzas para la última gran batalla” (CS, 650). La historia del
S. XX nos muestra que los intentos por lograr esa “coflagración
general” de las naciones mediante el papado romano se dieron durante
ese siglo, pero con resultados infructuosos. Esto parece haberlo entendido
el papado en la actualidad, ya que esta vez está llevando a cabo y
con éxito, una política de integración política,
económica y religiosa sin precedentes. Nosotros, los adventistas, sabíamos
también que al final habría “un lazo universal de unión,
una confederación” de “todos los poderes corrompidos que
se han apartado de la lealtad a la ley de Jehová” (CS, 681-2).
- Nido de criminales de guerra. Cuando termina una guerra, muchos esperan
que pueda levantarse un espíritu perdonador y que todo comience de
nuevo olvidando el pasado. Esto podrá ser adecuado y correcto en un
número de casos considerable, con gente que fue engañada por
falsas ideologías y diferentes circunstancias. Pero cuando consideramos
los criminales de guerra nazis y fascistas, debemos tener en cuenta que se
trató de gente genocida culpable de crímenes contra la humanidad,
cometidos contra civiles indefensos e inocentes y en una escala jamás
conocida antes. Y por si esto fuera poco, quedamos pasmados al descubrir que
en su mayoría, tales genocidas no reconocieron culpa alguna ni pidieron
perdón hasta el día de su muerte. Antes bien, reivindicaron
hasta el final su comportamiento genocida que tenía como propósito,
según aducían, salvar el país, la cristiandad, la humanidad.
En otras palabras, para los criminales nazis y fascistas católicos,
el fin justificaba todo medio, aún el más bajo y brutal, un
principio que la Iglesia Católica Romana siempre consideró válido
al enfrentarse con elementos opositores. Es el principio que el papado empleó
durante todo su período de dominio medieval en sus cruzadas de exterminio
de herejes. Los criminales de guerra habían contado con todo el apoyo
y respaldo de la Iglesia Católica, una Iglesia que pretende ser infalible.
¿Por qué había de culpárselos a ellos, si al matar
en las cámaras de gas o en concentraciones masivas genocidas, habían
estado peleando para avanzar el dominio romano sobre todo el mundo?
Otro aspecto que llama la atención es que se terminase inventando,
para explicar la fuga de tantos miles de criminales de guerra, una supuesta
organización llamada Odesa, en relación con la ciudad portuaria
de Ucrania que tiene ese nombre. Los fugitivos nazis y fascistas habrían
huído a esa ciudad, según la teoría, donde habrían
conseguido toda la documentación falsa que necesitaban para poder escapar
a Sudamérica y otros países, aprovechando las flotas de barcos
internacionales que llegaban hasta ese lugar. Aunque aparece esa teoría
en un film supuestamente histórico que se hizo hace unos años
atrás, los historiadores concuerdan hoy en que no hay fundamento alguno
para creer que tal organización llamada Odesa haya existido alguna
vez. El nido no fue Odesa en Ucrania, sino Roma y, más precisamente,
el Vaticano y sus conventos. Odesa no sirvió para otra cosa que desviar
la atención del verdadero centro de contrabando del oro nazista y ustashi,
y de todo fugitivo buscado por la justicia por sus crímenes contra
la humanidad.
La Santa Sede no quería desperdiciar tanta gente útil para sus
sueños expansionistas y anticomunistas. Siendo que la confrontación
del mundo religioso con el ateo se estaba dando en todo el mundo, en cualquier
lugar en que tales criminales fieles a la Iglesia se encontrasen, iban a ser
útiles para ella. Para captar la naturaleza de la operación,
convendrá considerar, a continuación, algunos de los más
notables genocidas a quienes el Vaticano dio protección, albergue,
falsa identificación, y una ruta de escape para Sudamérica en
especial, y algunos otros países como Australia, EE.UU., Canadá,
Inglaterra y aún Siria (confrontada esta última tradicionalmente
con los judíos).
1) Franz Stangl. Fue comandante del campo de exterminio de Treblinka, donde
murieron 900.000 judíos. Cuando los vagones atestados de gente deportada
(mayormente judíos), llegaban a esa estación, Stangl ordenaba
desembarcar a los prisioneros para un descanso de rutina y tomar un baño.
A diferencia de Auschwitz, ese campo de concentración no existió
para trabajar, sino pura y simplemente para matar gente, ya que las duchas
eran de gas. Capturado por el ejército norteamericano, Stangl fue transferido
en julio de 1945 a un alto campamento de prisioneros de guerra en Glasenbach,
donde permaneció como una figura anónima por dos años.
En la navidad de 1947 los norteamericanos lo transfirieron a la prisión
austríaca de Linz. En mayo de 1948 logró escapar y emprendió
la ruta del sur conocida por todos los genocidas católicos, esto es,
hacia Roma.
Cuando la organización judía dirigida por Simon Wiesenthal lo
recapturó en Brasil, en 1967, confesó que todos los nazis sabían
que debían escapar a Roma y que una vez allí, debían
dar con el obispo Alois Hudal. Ese obispo les daría albergue, documentos
falsos de la Cruz Roja Internacional, y visas así como trabajo a distintos
países fuera de Europa. Debían, pues, llegar a Roma para escapar
de la red aliada que buscaba a los criminales de guerra. “Ud. debe ser
Franz Stangle”, le dijo Hudal cuando lo vio. “Lo estaba esperando”,
agregó. Aunque el obispo Hudal le dio dinero, papeles y trabajo en
Siria, Stangl terminó yendo a Brasil.
2) Gustav Wagner. Fue comandante en Sobibor, el otro campo mayor de exterminio
en Polonia. Luego de escaparse de la custodia aliada, se topó con su
amigo Stangl en Graz, Austria, y ambos se dirigieron a pie hasta Roma. Ambos
se fugaron también a Brasil, y ambos alabaron al obispo Hudal por su
ayuda. Muchos otros criminales de guerra iban a agradecer también a
ese obispo de gran trayectoria nazi, por ayudarlos a escapar de la justicia
internacional. Ya hemos considerado la íntima amistad y relación
del obispo Hudal con el papa Pío XII, por lo que no volveremos a hacerlo
aquí.
3) Alois Brunner. Fue uno de los oficiales principales más brutales
en la deportación de los judíos. A través de Roma y del
obispo Hudal, escapó a Damasco, Siria, donde todavía vive con
el nombre de Dr. Georg Fischer. Continúa sin arrepentirse por los cientos
de miles de víctimas que envió a los campamentos de muerte de
Stangl y Wagner en Treblinka y Sobibor respectivamente.
4) Adolf Eichmann. El más infame criminal de guerra, ya que fue el
jefe arquitecto del Holocausto. Como cabeza del departamento SS para “Asuntos
Judíos”, debía velar para que la maquinaria de muerte
dirigida por Stangl y Wagner trabajase al máximo de su capacidad. A
través del obispo Hudal, Eichmann recibió otra identidad como
refugiado croata bajo el nombre de Ricardo Klement, y fue enviado a Génova
donde permaneció escondido en un monasterio bajo el control caritable
del obispo Siri. Cáritas, la organización de ayuda social católica,
le pagó todos los gastos de viaje a Argentina. La inteligencia israelí
siguió sus trazos hasta Buenos Aires donde logró raptarlo, juzgarlo
y ejecutarlo en Jerusalén, en 1962. Tampoco Eichmann se arrepintió,
ni pidió perdón por lo que había hecho, ni siquiera antes
de morir ahorcado. Su cuerpo fue quemado y transformado en cenizas en una
réplica de lo que había mandado hacer con los judíos
durante la guerra.
5) Walter Rauff. Tuvo la tarea de supervisar el desarrollo del programa de
vanes móbiles conectadas al gas de los motores diesels, para que 100.000
judíos muriesen finalmente asfixiados durante el camino. Una vez que
cayó Musolini fue enviado al norte de Italia, en la región de
Génova, Turín y Milán. Allí se le asignó,
de nuevo, el exterminio de los judíos. Fue en esa época que
el obispo Alois Hudal pudo hacer contacto con este notable asesino de masas.
Rauff le ayudó a Hudal a hacer lavado de dinero nazi a través
de su amigo Frederico Schwendt, considerado uno de los más grandes
estafadores de la historia, por haber falsificado millones de notas de banco
durante la guerra.
En años posteriores, el Vaticano trataría de negar que su ayuda
humanitaria en los campos de prisión hubiera tenido que ver con el
deseo de lograr una ruta de escape nazista, ya que pretendería no haber
conocido quiénes lo eran y quiénes no. También declararía
no estar informado de lo que ciertos obispos hacían en Roma en esa
dirección. Pero las pruebas que hoy se poseen son imposibles de negar.
Las relaciones que tenían esos obispos con el papado mismo, mas los
documentos que se abrieron por ejemplo, del gobierno de Juan Domingo Perón
en Argentina, en donde aparecen los nombres de los obispos encargados de ese
contrabando de criminales nazis, no pueden ser negados más. Está,
además, el testimonio mismo de los fugados que fueron apresados dos
o tres décadas después. Y por si fuera poco, se suma el testimonio
del obispo Hudal antes de morir, quien nunca se arrepintió por su nazismo
declarado.
Fue el Vaticano mismo quien asignó al obispo Hudal una obra de “caridad”
en los campos de prisioneros nazis en manos de los Aliados. Todos conocían
sus antecedentes nazis y su antisemitismo que mantuvo hasta su muerte. ¿Por
qué lo eligieron a él para esa “noble” tarea? El
Vaticano seleccionó a sacerdotes fascistas de Europa central y oriental
que se refugiaron en Roma para lograr el escape de todos los genocidas de
la guerra que probasen haber sido católicos.
6) Ante Pavelic y su élite ustashi después de la guerra. No
necesitamos volver aquí sobre la historia genocida del poglavnik de
Croacia, conocido también como “el carnicero de los Balcanes”.
Tal vez convenga recordar que fue el más salvaje y cruel de todos los
genocidas de entonces, ya que recibía cantidades de pedazos de cuerpos
de serbios ortodoxos en prueba de lealtad de sus fieles ustashis. Lo que Hitler
fue para Alemania, Musolini para Italia, Franco para España, lo fue
Pavelic para Croacia. No podía el máximo líder aducir
después, que todo lo que hizo fue en obediencia debida, salvo su devoción
al papado y al fomento de su causa. Pudo escapar junto con prácticamente
todo su cuerpo dirigente vía Austria a Roma.
Pavelic vivió en Austria en el monasterio de Klagenfurt disfrazado
de monje. Cuando se descubrió su paradero huyó a Roma en abril
de 1946, acompañado de un teniente ustashi, Dragutin Dosen, ambos disfrazados
de sacerdotes. Dosen había pertenecido a la guardia corporal personal
de Pavelic, y era un líder del colegio de San Girolamo en Roma, donde
se refugiaban gran parte de los criminales de guerra. Pronto, la inteligencia
norteamericana descubrió algo que fue confirmado después. Pavelic
se refugiaba en Castelgandolfo mismo, la residencia de verano de los papas,
y tenía reuniones secretas con monseñor Montini, el Secretario
de Estado del Vaticano y futuro papa Pablo VI. Allí se hospedaba junto
con el exprimer ministro del gobierno nazi de Rumania.
Pavelic recibió en Roma un pasaporte español con el nombre de
Don Pedro Gonner, en la perspectiva de escapar a España o a Sudamérica.
Pero al captar de cuán cerca se lo seguía, decidió volver
a la católica Austria a mediados de 1946. En Enero de 1947, la inteligencia
norteamericana detectó que había estado el mes anterior en el
Colegio de San Girolamo, y que se desplazaba bajo varios seudónimos.
Pudieron detectar también varios de los seudónimos que utilizaba.
Los jesuitas eran los que más lo ayudaban para entonces. Bajo el nombre
de Padre Gómez, supuestamente “un ministro español de
religión”, Pavelic esperaba poder partir para Sudamérica.
Para mediados de julio, los norteamericanos descubrieron que Pavelic estaba
viviendo “dentro de la ciudad del Vaticano. En Agosto supieron que se
camuflaba bajo el nombre de Giuseppe, un exgeneral húngaro, con barba
y pelo corto. Vivía en una propiedad de la Iglesia bajo protección
del Vaticano. Pero podía salir con un auto que llevaba una placa o
patente del cuerpo diplomático del Vaticano, para evitar ser arrestado.
Finalmente, la noticia se filtró a los medios de prensa italianos,
y no se supo más de su paradero.
Pavelic escapó a Argentina el 13 de septiembre de 1947, con un documento
falso que le otorgó Draganovic, un sacerdote croata, con el nombre
de Pablo Aranyos. Viajó a Argentina con otro sacerdote, padre Josip
Bujanovic, otro criminal de guerra buscado por haber participado en la masacre
de los campesinos ortodoxos de Gospic, y que vive aún pacíficamente
en Australia. Casi todo su gobierno encontró refugio en Argentina,
en donde formaron una élite ustashi que recomenzó una nueva
campaña de terror y que alcanzó finalmente a los EE.UU. en los
años 70 y 80 con secuestros, bombas y asesinatos. No se conocen casos
de arrepentimiento entre los ustashis. El hecho de recibir amparo, protección
y asistencia espiritual de la jerarquía católica, les hizo sentir
siempre que habían luchado y continuaban luchando por una causa justa
a favor de la Iglesia de Roma.
En Buenos Aires los ustashis formaron en 1956 el Movimiento de Liberación
Croata (HOP), con un gobierno efectivo en el exilio que fue reconocido como
legítimo por varios gobiernos, incluyendo el de Taiwan y Paraguay.
Ese tal gobierno ustashi contó con un ejército terrorista (HVO)
que asesinó al cónsul uruguayo en Paraguay. Esa organización
logró establecerse también en Chicago, desde donde subvencionaron
el terrorismo por el mundo entero. Aún contra Lumumba en el Congo pelearon
mercenarios croatas. Igualmente fueron recrutados en 1966 por el padre Draganovic
para una intervención en República Dominicana.
El dictador Juan Domingo Perón empleó a Pavelic como su “consejero
de seguridad”. Su gobierno recrutó tropas ustashis con una función
intimidatoria antes de ser derrocado por los militares. Lo mismo hizo el general
Stroessner, dictador fascista del Paraguay, cuyo apoyo a los ustashis se extendió
hasta bien avanzada la década de los 80. Desde Argentina esperaban
reavivar el aparato terrotista ustashi en la esperanza de que el comunismo
terminaría cayendo en Yugoeslavia. Para lograr la fuga de todo el cuerpo
gubernamental de Pavelic, la inteligencia norteamericana pudo saber que un
tal Daniel Crljen fue enviado a Argentina con la asistencia diplomática
del Vaticano, para ultimar los arreglos con el general Perón. Crljen
fue uno de los principales ideólogos y propagandistas que ejercieron
un papel clave en la masacre genocida sobre los serbios durante la guerra.
Hasta hoy, la Iglesia Católica considera a Ante Pavelic como un hijo
que peleó a favor de la Iglesia Católica y contra los ortodoxos.
Aunque haya errado, revelaba su digno cometido militante peleando aún
contra los comunistas. Su extradición a la comunista Yugoeslavia hubiera
debilitado, según el argumento del Vaticano, las fuerzas que peleaban
contra el ateísmo. Muy por el contrario, hubiera apoyado al comunismo
en su campaña contra la Iglesia. En este contexto vemos otra vez al
papado más interesado en proteger su prestigo que la verdad, en salvar
las apariencias antes que la justicia. Aún así, ese argumento
no lo emplea para explicar la razón por la que protegió a los
criminales nazis, ya que en Alemania subió Adenahuer, un fiel devoto
católico que reemplazó a Hitler, y que le rezaba regularmente
a la virgen de Fátima. La extradición de esos criminales nazis
para ser juzgados y condenados en Alemania no hubiera podido ser usado por
los comunistas como propaganda para su política, como presuntamente
pretendía el Vaticano de una extradición ustashi a Yugoeslavia.
Pavelic volvió posteriormente de Argentina a Europa, viviendo hasta
el día de su muerte bajo la protección del general español
Francisco Franco, el único gobierno fascista de la guerra que sobrevivió
en Europa. En la actualidad, el Estado Independiente de Croacia logró
restablecerse produciendo derramamiento de sangre y agitación política
en Yugoeslavia. El presidente de ese estado croata actual está tratando
de llevar los restos de Pavelic a Croacia, en donde todos los católicos
lo veneran. Del lado serbio-ortodoxo hay una indignación muy grande
porque se está juzgando en la corte de La Haya, Holanda, a Milosevic
por las masacres que hizo con los croatas, y que no fueron nada en comparación
con el genocidio perpetrado por Pavelic. Mientras que a uno lo condenan, al
otro lo quieren honrar levantándole estatuas por toda Croacia como
héroe nacional.
7) Sacerdotes criminales fascistas. Todo ese nido de contrabando de criminales
de guerra ustashis así como del oro robado primeramente a las víctimas,
se dio en Roma bajo la administración de sacerdotes también
buscados como criminales de guerra. Esos sacerdotes se sintieron orgullosos
de su papel hasta el final. Ellos fueron los padres Cecelja y Draganovic,
ambos fascistas declarados [Draganovic volvió repentinamente a Yugoeslavia
después de la muerte de Pío XII, lo que ha llevado a algunos
a especular que fue un espía doble]. El tercer sacerdote implicado
fue el padre Dragutin Kamber, un asesino sangriento de masas y que había
levantado un campo de concentración que dirigió como comandante.
En su época, Kamber dispuso leyes raciales para su distrito, obligando
a los judíos a vestir bandas amarillas como brazaletes (como lo habían
determinado los papas en la Edad Media), y bandas blancas a los serbios. Más
tarde “proclamó que los serbios y los judíos tenían
que ser exterminados como perjudiciales para el estado Ustasha. Llevó
a cabo muchos interrogatorios en su propia casa, en cuyos sótanos fueron
muertas sus víctimas. Los primeros en ser muertos de esta manera fueron
los profesores y sacerdotes serbios. Instigó y dirigió también
masacres masivas en Doboj.
Un cuarto sacerdote implicado en el contrabando de criminales ustashis fue
el padre Dominik Mandic, el representante oficial del Vaticano en San Girolamo.
Esa institución, según los agentes italianos, era “una
guarida de nacionalistas croatas y ustashis. Se dice que las paredes del colegio
están cubiertas con cuadros de Pavelic”. El quinto sacerdote
fue monseñor Karlo Petranovic, quien pudo escapar más tarde
a Canadá, viviendo en Niagara Falls por las siguientes tres décadas
y probablemente más. Durante el régimen de Pavelic, Petranovic
instigó y dirigió varias masacres contra serbios ortodoxos.
Fue segundo en el comando del campo de muerte de Ogulin.
El principal sacerdote, conocido como el sacerdote de oro, fue el padre Draganovic.
Pudo contrabandear cuatroscientos quilos de oro, valorados en millones de
dólares, y una cantidad considerable de dinero extranjero. Ese dinero
lo necesitaban para lanzar una cruzada a Croacia, considerada “un bastión
en la pelea contra el más grande estado serbio (Yugoeslavia). Cuando
Pavelic estaba aún liderando Croacia, pudo a través de la ayuda
de los sacerdotes católicos, comenzar a transferir grandes cantidades
de oro a los bancos suizos (desde principios de 1944), con el propósito
de armar y sostener a los cruzados. Unos 2.400 kgs. de oro permanecen todavía
en un banco de Berna, como uno de los depósitos del Vaticano. Esos
Krizari (cruzados) se dirigieron al papa por ayuda y éste les respondió
positivamente. Les consiguió a través de sus gestiones armas
y municiones para recuperar Croacia.
c) El oro lavado en los bancos del Vaticano y de Suiza. El padre Draganovic
no sólo fue la cabeza del “partido Clerical Croata” que
se formó con ese fin, sino que también fue un líder principal
de los Krizari. Contaba con el respaldo de la iglesia Católica, ya
que su así llamado “Partido Clerical” estaba “bajo
el liderazgo directo del papa”, quien quería crear la Confederación
Católica Pan-Danubia. Conociendo esas intenciones, los norteamericanos
y los ingleses hicieron a menudo la vista gorda, haciéndose así
cómplices de ese contrabando, y estando enterados de quiénes
escapaban especialmente para Argentina. Los ingleses ayudaron a los utashis
a contrabandear enormes cantidades de oro de su país, acompañados
de un número de sacerdotes, con el propósito de ayudar a los
Krizari a conformar una fuerza política y militar que desestabilizase
los gobiernos comunistas.
Tanto las potencias occidentales como el papado mismo tenían mucho
dinero invertido en Alemania. Ese dinero era lavado en el Banco del Vaticano,
transferido luego a los bancos suizos, y de allí enviado a Argentina.
El católico Allen Dulles, quien fue Secretario de la CIA en los EE.UU.,
era el abogado que invertía los fondos robados en un número
de negocios argentinos, y lograba frenar la otra rama de la CIA que quería
apresar a los criminales nazis y ustashis que huían con el oro de sus
países a Sudamérica y aún a los EE.UU. De allí
la contradicción que se da a veces entre una rama de la CIA que quería
apresar a los criminales de guerra en el Vaticano, y otra rama de la CIA que
procuraba no interferir en su escape vía Vaticano hacia el sur.
Los documentos recién liberados del Banco Central de Argentina mostraron
que durante la guerra, el Banco central suizo y una docena de bancos suizos
privados mantenían sospechozas cuentas de oro en Argentina. Hubo un
momento en que había tantos lingotes de oro en el Banco Central, que
no había depósito que pudiera contenerlos a todos, de tal manera
que tuvieron que poner grandes cantidades de oro en los mismos pasillos del
banco. En los años 50 esos fondos volvieron a ser lavados por los mismos
bancos para regresar a Alemania, permitiendo el gran reavivamiento económico
de la Alemania occidental. Con la recuperación alemana, gran parte
de ese dinero volvería a los inversores originales, inclusive al Vaticano.
No obstante, el oro que pasó por Argentina habría sido suficiente
como para que el general Juan Domingo Perón fundase una industria de
aviones militares con técnicos nazis exiliados que pusiesen el fundamento
para la intervención militar porterior de las Malvinas.
El papado tenía prácticamente todos sus activos en Alemania
antes de la guerra. Los millones que Musolini le había pagado en compensación
por gran parte de Italia que perdía, los depositó en Alemania.
Esa es otra razón indiscutible por la que el papa mismo parecía
querer que el nazismo no fracazase, y también por la que se esforzó
tanto en lograr el contrabando de los criminales de guerra. Los autores judíos
de Unholy Trinity concluyen diciendo que el Vaticano hizo más que recibir
bienes robados. Fue cómplice en el robo.
- ¿Santa Sede? Podrán los criminales y estafadores más
grandes de este mundo encontrar refugio en una ciudad terrenal cuyo gobernante
máximo se hace llamar Santo Padre, y su asiento de gobierno Santa Sede.
Pero no podrán entrar en la única y verdadera “Santa Ciudad”
de Dios, “la Nueva Jerusalén” (Apoc 21:2), o “Jerusalén
celestial” (Heb 12:22), porque allí ninguna suciedad encuentra
refugio. En la ciudad del cielo, el único rey y esposo de ella es el
Cordero, Cristo Jesús (Apoc 19:7,9,16; 21:9-10). “No entrará
en ella ninguna cosa impura, ni quien cometa abominación o mentira,
sino sólo los que están escritos en el Libro de la Vida del
Cordero” (Apoc 21:8,27). “Quedarán fuera los perros y los
hechiceros, los disolutos y los HOMICIDAS, los idólatras y todo el
que ama y practica la mentira” (Apoc 22:15; véase 1 Cor 5:9-13).
“¿No sabéis que los injustos no herederán el reino
de Dios? No erréis, que ni los fornicarios, ni los idólatras,
ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones,
ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores,
heredarán el reino de Dios” (1 Cor 6:9-10; véase 1 Tim
1:9-10: “parricidas, matricidas, homicidas..., mentirosos”).
Llama la atención que dos libros anónimos disidentes se hayan
publicado reciéntemente en Roma, escritos por sacerdotes y obispos
del Vaticano, titulados respectivamente “El Vaticano contra Dios”
(1999), y “El Humo de Satanás” (2003), ambos en referencia
a la Ciudad del Vaticano, la única ciudad-iglesia del mundo. ¿Quién
no puede dejar de ver la contradicción tan grande entre esa arrogante
y blasfema ciudad terrenal y la que la Biblia describe del cielo? Es la misma
contradicción que describe el Apocalipsis entre la ciudad terrenal
simbólica de Babilonia y la Nueva Jerusalén celestial. “Y
la mujer [prostituta: v. 3-6] que viste es aquella gran ciudad que impera
sobre los reyes [o gobernantes] de la tierra” (Apoc 17:18). Antes, durante
y después de la guerra, hasta el día de hoy, se vió y
se sigue viendo en esa presunta Santa Sede blasfema, un cuerpo impresionante
de gente criminal, homosexual, abusadora de menores, espiritistas que celebran
misas negras y pretenden comunicarse con las presuntas almas desencarnadas
de muertos, representantes de las diferentes religiones del mundo, algunas
de ellas igualmente relacionadas con comunicaciones extraterrestres.
¡Qué contraste entre los que buscan refugio en esa presunta Santa
Sede terrenal, bajo el salvoconducto de su presunto Santo Padre que la gobierna
como su rey con una triple corona! En todo se ve el mismo intento de Satanás
de procurar ocupar el lugar de Dios. Pero al no estar poseída esa ciudad
por el mismo espíritu y carácter divinos, su intento de imitación
no es otra cosa que una farsa. ¡Tanto alarde de santidad sólo
sirve para buscar a toda costa ocultar, tapar su inmundicia. El Apocalipsis
no tiene un lenguaje doble para describirla. Llama sin ambagues a esa ciudad
por un término simbólico, Babilonia, cuyo significado revela
esos dos contrastes entre lo que pretende ser la ciudad terrenal, y lo que
es en realidad. Mientras que Babel significaba “Puerta de los dioses”
en el lenguaje caldeo, en el lenguaje hebreo significaba “confusión”.
El mensaje final que un “resto” fiel del cristianismo debe dar
al mundo, según la descripción apocalíptica (Apoc 12:17),
es un dramático llamado de denuncia y escape: “¡Ha caído,
ha caído la gran Babilonia! Y se ha vuelto habitación de demonios,
guarida de todo espíritu impuro, y albergue [nido] de toda ave sucia
y aborrecible. Porque todas las naciones han bebido del vino del furor de
su fornicación. Los reyes de la tierra han fornicado con ella, y los
mercaderes de la tierra se han enriquecido con su excesiva lujuria!”.
“Y en ella fue hallada la sangre de los profetas, de los santos, y de
todos los que han sido sacrificados en la tierra” (Apoc 18:24). “¡Salid
de ella, pueblo mío”, dice el Señor, “para que no
participéis de sus pecados, y no recibáis de sus plagas! Porque
sus pecados se han amontonado hasta el cielo, y Dios se acordó [para
juicio] de sus maldades!” (Apoc 18:4-5).
No nos preocupemos, pues, ya que llámense criminales nazis, ustashis,
fascistas, inquisidores, o inmorales pederastras, homosexuales y fornicarios,
todos los que encuentran refugio en esa ciudad maldita de Roma no entrarán
en la ciudad de Dios. Por el contrario, “los... abominables y homicidas,
los fornicarios y hechicheros, los idólatras y todos los mentirosos,
tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la
muerte segunda” (Apoc 21:8).