El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (3)
Alberto Treiyer
Doctor en Teología
Una advertencia profética menospreciada.
La Biblia advertía que el fin del mundo caería sobre los hombres
en forma repentina, "como ladrón" (2 Ped 3:10). En lugar
de evolución moral, la degradación espiritual llegaría
para entonces a su punto más bajo de la historia (2 Tim 3:1-7). El
mundo se vería envuelto en una situación de violencia y corrupción
tal como la que tuvo lugar en los días de Noé, cuando la tierra
debió ser destruida por las aguas del diluvio. Los hombres en la época
diluvial "no conocieron", dijo Jesús, que había llegado
su hora, "hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos. Así
también será", concluyó el Señor, "la
venida del Hijo del Hombre" (Mat 24:37-39). Esta vez, en cambio, la tierra
será destruida por el fuego en la venida del Señor (2 Ped 3:6-7,1-12).
a) Un mensaje impopular. Los que esperaban el retorno de Cristo y eran guardadores
del séptimo día heredaron de los protestantes y evangélicos
de los siglos XVIII y primera parte del XIX, la convicción de haber
llegado a esa época final descrita por la Biblia. Para comienzos del
S. XX, ya estaban por todo el mundo anunciando la cercanía del fin,
y exhortando a toda "nación, tribu, lengua y pueblo", a prepararse
para el día del Señor (véase Apoc 14:6-7). Eso iba, sin
embargo, contra la corriente general, por lo que fueron acusados de alarmistas
y sensacionalistas. Aunque tenían libertad para predicar, no era fácil
convencer a la gente con un cuadro tan negativo que presagiaban para el nuevo
siglo, como el que ofrece la Biblia para el fin del mundo.
El cuadro que proyectaba la pluma inspirada para el futuro tampoco era promisorio.
Advirtió que "no deben verse señales halagueñas
de gloria milenial..." (RH, 27-12-1898). "No disponemos de un milenio
temporal para cumplir con la obra de amonestar al mundo..." (FE, 357).
En visión vio grandes barcos hundirse en el mar, bolas de fuego que
caían sobre casas destruyéndolas en un momento, ciudades enteras
arrasadas por llamas, tempestades, pestilencias, y huracanes. Veamos algunas
de sus anticipaciones sobre lo que iba a ocurrir durante el S. XX, dadas bien
antes de las primera y segunda guerras mundiales.
"La tempestad se avecina y debemos prepararnos para afrontar su furia
mediante el arrepentimiento para con Dios y la fe en nuestro Señor
Jesucristo. Veremos desgracias por todas partes. Miles de barcos serán
arrojados a las profundidades del mar. Armadas enteras se hundirán,
y las vidas humanas serán sacrificadas por millones. Estallarán
incendios inesperadamente y no habrá esfuerzo humano capaz de extinguirlos.
Los palacios de la tierra serán arrasados por la furia de las llamas.,"
MJ 87 (1980), cf. EUD, 24. "En las escenas finales de la historia de
esta tierra, la guerra prevalecerá. Habrá epidemias, mortandad
y hambre.", Mar 172 (1897), cf. Eventos de los Ultimos Días, pág.
24.
Pensemos por unos momentos, en cómo podían caer tales declaraciones
ante tantas esperanzas y señales halagadoras para el futuro. Demasiado
osadas parecían las declaraciones de "miles de barcos" que
serían hundidos, y "millones" de seres humanos que serían
sacrificados.
En efecto, la nueva doctrina acerca de los orígenes, conocida como
evolución, había despertado también, hacia fines del
S. XIX, una creencia milenarista de paz y progreso en donde mediante la educación
y la ciencia, el mundo iba a lograr ponerse de acuerdo y hasta convertirse.
La paz parecía una realidad no difícil de alcanzarse. La amenaza
musulmana que había aterrorizado a Europa por tantos siglos durante
toda la Edad Media, eran ya cosa del pasado. El espíritu de la libertad
y modernidad se respiraba por doquiera. ¿De qué lugar de la
tierra podría provenir, por consiguiente, tal cuadro negativo que la
Biblia ofrecía del fin del mundo?
Las iglesias hablaban de unirse. Grandes proyectos políticos y religiosos
de concordia y paz llamaban la atención de todos. ¿Cómo,
pues, podía hablarse de las claras advertencias del fin del mundo acerca
de su destrucción? Por el contrario, los "nuevos cielos"
y la "nueva tierra" prometidos en la Palabra de Dios, parecían
poderse lograr por las buenas, no por un dramático desenlace entre
las milenarias fuerzas antagónicas del bien y del mal.
Pero el balde de agua fría cayó para tales sueños de
prosperidad terrenal. Con el advenir de las dos guerras mundiales, el mundo
tuvo que reconocer que, si los hombres no cambian su corazón, la educación
y la ciencia los vuelven más peligrosos y despiadados. Con el surgimiento
del bloque comunista ateo, el mundo fue partido en dos, y los sueños
de globalización política, económica y religiosa, quedaron
trabados. Durante prácticamente todo el S. XX, pendió sobre
la civilización occidental una permanente amenaza de destrucción.
Así permanecieron en jaque tantos sueños de grandeza y prosperidad
con los que se había iniciado ese siglo.
b) Una proyección apocalíptica inverosímil. Otro cuadro
profético que los adventistas hacían revivir en vísperas
del S. XX, como herederos del protestantismo, tuvo que ver con los sueños
de supremacía del pontificado católico romano. No era difícil
hacer ver cómo las profecías indicaban que, al caer el imperio
romano, el papado aparecería con un carácter cruel y despótico
inigualables. Eso se cumplió admirablemente en la historia. Tampoco
resultaba difícil probar cómo su poder político recibió
una herida mortal al concluir el S. XVIII, como resultado de la Revolución
Francesa. Desde entonces y, durante prácticamente todo el S. XIX, la
voz política del papado había sido reducida al silencio.
Pero, ¿qué podía decirse con respecto al resurgimiento
del poder papal anunciado también en el Apocalipsis? Eso parecía
inverosímil, razón por la cual aún los protestantes y
evangélicos fueron abandonando esa interpretación historicista
del Apocalipsis. ¿Quién podía creer, en plena época
moderna, que la herida de muerte que recibió el papado sería
sanada, recuperando su poder político, esta vez en una dimensión
realmente universal? (Apoc 13:3,15-18).
Los principios monárquicos invocados por el obispado de Roma para mantenerse
conjuntamente en el poder, habían caducado. Los pocos y raros reyes
que quedaban en Europa cumplían sólo un papel nominal. ¿Mediante
quiénes, pues, iba el papado romano a lograr imponer sus dogmas, como
lo había hecho en el pasado? ¿Cómo podría volverse
a los tiempos de opresión y despotismo medievales, con gobiernos que
en su mayoría, se volvían cada vez mas democráticos y
republicanos?