El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (30)
Alberto Treiyer
Doctor en Teología
La Virgen de Fátima en la guerra contra el comunismo. Muchos pasan
por alto una de las armas más poderosas que usó el papado romano
para evitar que los países católicos terminasen simpatizando
con el bloque comunista. Italia y Alemania habían pactado con el papado.
Franco comenzó su guerra civil en España con el aval papal y
de esos otros dos poderes fascistas. En 1938 dos tercios de Europa ya se habían
vuelto fascistas. En ese mismo año, el nuncio papal fue enviado a Fátima,
y declaró ante casi medio millón de peregrinos que la virgen
había confiado tres grandes secretos a los tres chicos a quienes se
les había supuestamente revelado dos décadas atrás. En
junio el único niño sobreviviente, aconsejado por su confesor
y en permanente contacto con la jerarquía y el Vaticano, habría
revelado los contenidos de dos de los tres grandes secretos. Uno se habría
basado en el infierno, y otro tenía que ver, según se interpretó,
con la conversión de Rusia a la Iglesia Católica. El tercer
mensaje se lo selló en un sobre bajo custodia eclesiástica para
ser revelado en 1960.
En 1939 se inicia la Segunda Guerra Mundial. Francia cae en 1940. Europa entera
se volvía fascista. En 1941 Hitler invade Rusia. La profecía
de Fátima parecía estarse cumpliendo. Es bajo este contexto
que el Vaticano anima a participar a los católicos en la cruzada contra
el comunismo. Muchos católicos se unieron a los ejércitos nazis
desde Italia, Francia, Irlanda, Bélgica, Holanda, Latinoamérica,
EE.UU. y Portugal. Hitler estaba asombrado con semejante apoyo inesperado
que recibía. La España franquista envió una División
Azul Católica que pelió junto a las tropas nazis. ¿Qué
hizo, además, Pío XII? Pidió a los católicos en
Octubre de 1941, que rezasen para que se cumpliese la promesa de la Señora
de Fátima. Cuando en 1942 Hitler declaró que la Rusia comunista
había sido “definitivamente” derrotada [los rusos se habían
retirado tácticamente más al norte con miras a regresar], el
papa Pío XII dio un Mensaje de Jubileo, considerando que el hecho cumplió
con las presuntas indicaciones de la Virgen de Fátima, y “consagró
el mundo entero a su Inmaculado Corazón”.
“Las apariciones de Fátima abren una nueva era”, declaró
ese mismo año el cardenal Cerejeira. “Es una prefiguración
de lo que el Inmaculado Corazón de María está preparando
para el mundo entero”. En 1942 esa nueva era tenía que ver con
la nazificación total del continente europeo, con Rusia aparentemente
barrida del mapa, la amiga Japón conquistando la mitad de Asia, y el
mundo clero-fascista en su pináculo por doquiera. Pero el mundo fascista
y clero-fascista se evaporó tres años después con la
caída de Hitler y la conclusión de la Segunda Guerra Mundial.
Para lamento y angustia del papa Pío XII, la Unión Soviética
emergía como el segundo poder más grande de la tierra.
Luego de un corto receso por la derrota del nazismo, el culto de Fátima
revivió repentinamente mediante un llamado papal a peregrinaciones
impresionantes en octubre de 1945. Nuestra Señora de Fátima
fue coronada solemnemente el año siguiente delante de más de
medio millón de peregrinos. La corona pesaba 1.200 gramos de oro, tenía
313 perlas, 1250 piedras preciosas y 1400 diamantes. Desde el Vaticano, el
papa Pío XII se dirigió a los peregrinos por radio afirmando
que las promesas de nuestra Señora iban a cumplirse. “Estén
listos”, amonestó. “No habrá neutrales. Nunca den
un paso atrás. Alístense como cruzados”.
En 1947 comenzó la Guerra Fría. El papa promovió un odio
internacional católico contra Rusia encabezado por una estatua de nuestra
Señora de Fátima que envió por todo el mundo. Gobiernos
enteros la recibieron. Esa estatua viajó a Europa, Asia, Africa, las
Américas y Australia, sumando en total 53 naciones, logrando abrir
una brecha mayor entre el Este y el Oeste.
En 1948 comenzó la carrera atómica entre los EE.UU. y Rusia.
En 1949, Pío XII fortaleció el frente antiruso, excomulgando
a todo votante que apoyase a los comunistas. Poco después los teólogos
de los EE.UU. declaraban que era el deber de los EE.UU. usar bombas atómicas.
En 1950 la estatua de Nuestra Señora de Fátima fue enviada por
avión a Moscú, acompañada por el padre Arturo Brassard,
con instrucciones precisas del papa Pío XII. Con la calurosa aprobación
del almirante Kirt, el embajador norteamericano, fue ubicada solemnemente
en la iglesia de los diplomáticos extranjeros, en espera de la inminente
liberación de la Rusia Soviética.
La virgen volvió a aparecer unas quince veces a una monja en las Filipinas
repitiendo su amonestación contra el comunismo, luego de lo cual una
lluvia de pétalos rosados calló sobre los pies de la monja.
Un jesuita norteamericano llevó los pétalos milagrosos a los
EE.UU. para incrementar el celo fanático de los católicos. El
6 de agosto de 1949, el abogado general católico MacGrath se dirigió
a las “tropas de tormenta” católicas de los EE.UU.—los
Caballeros de Colón—en su convención de Portland, Oregon.
Urgió a los católicos “a levantarse y a vestirse el escudo
de la iglesia militante en la batalla para salvar al cristianismo”,
en “una fuerte ofensiva” contra el comunismo.
e) Intento Vaticano de empujar a los EE.UU. a una tercera guerra mundial.
Siempre en 1949, el Secretario de Defensa de los EE.UU., el católico
James Forrestal, enviaba dinero norteamericano y de su propio bolsillo a Italia
para ayudarle a Pío XII a ganar las elecciones de Italia que debían
derrotar a los comunistas. Cuando cierto día escuchó volar un
helicóptero civil, se lanzó por las calles de Washington gritando,
“los rusos nos han invadido”. Más tarde, con la afirmación
de Pío XII de que los rusos serían derrotados gracias a Nuestra
Señora, Forrestal moría al saltar de una ventana del décimo
sexto piso del Hospital Naval de Bethseda, en Washington DC, gritando que
era mejor destruir los rusos antes que fuese demasiado tarde (6 de mayo de
1949).
La prensa católica, más varios líderes de la misma iglesia,
continuaron la campaña inflamatoria contra el comunismo en los EE.UU.,
procurando empujar a los EE.UU. a iniciar la Tercera Guerra Mundial. El 25
de agosto de 1950, Francis Mattews, otro fanático católico que
había tomado juramento en junio del año anterior como Secretario
Naval de Norteamérica, dio un discurso en Boston llamando a los EE.UU.
a lanzar un ataque a la Unión Soviética para transformar a los
norteamericanos en “los primeros agresores de paz”. Esto lo hacía
con el respaldo de ciertas fuerzas en los Estados Unidos y del Vaticano. “Como
iniciadores de una guerra de agresión”, agregaba, “ganaremos
un título popular que nos hará orgullosos, como los primeros
agresores pro-paz”.
Mattews no dio su discurso sin antes compartir el borrador con el cardenal
Spellman, quien mantenía permanente contacto con el papa Pío
XII, y era el consejero de los principales líderes militares del país.
Su residencia en Nueva York era conocida como “Pequeño Vaticano”.
El papa mismo recibía constantes visitas de los líderes militares
de Norteamérica en la época del discurso (cinco en un día),
y tenía frecuentes audiencias secretas con Spellman. Pocos años
más tarde, Pío XII daba un discurso que se transmitía
simultáneamente en los 27 idiomas principales por las estaciones de
radio del mundo. Reiteró en ese entonces “la moralidad... de
una guerra defensiva” (entendida para entonces como el empleo de la
bomba atómica y de hidrógeno), considerándola en las
palabras del London Times, como “una cruzada del cristianismo”,
y del Manchester Guardian como “la bendición papal para una guerra
preventiva”.
El discurso de Mattews en 1950 produjo una reacción muy grande tanto
en los EE.UU. como en Europa. Los franceses dijeron que no se unirían
en ninguna guerra agresiva debido a que “una guerra preventiva no iba
a librar nada, a no ser las ruinas y los sepulcros de nuestra civilización”.
[Argumentos equivalentes contra una guerra preventiva esgrimieron también
medio siglo más tarde contra la guerra de Bush en Irak]. Los ingleses
protestaron más enfáticamente. Pero no dejó de llamar
la atención de que una “guerra atómica preventiva”
tal fuese promovida por primera vez por un católico con un cargo tan
importante en el ejército norteamericano, y que se caracterizaba por
ser uno de los promotores más grande del catolicismo en los EE.UU.
Era, en efecto, el jefe del Servicio a la Comunidad Católica Nacional
y el Caballero Supremo de los Caballeros de Colón, así como
chambelán privado secreto del papa Pío XII. La jerarquía
de la Iglesia Católica, la prensa católica, los Caballeros de
Colón, todos ellos apoyaban a Matthews en su esfuerzo por lanzar a
los EE.UU. a una guerra atómica preventiva.
El padre jesuita Walsh, la máxima autoridad católica en los
EE.UU. y anterior agente vaticano en Rusia (1925), declaró al pueblo
norteamericano que “el presidente Truman estaría moralmente justificado
en tomar medidas defensivas proporcionales al peligro”, lo que significaba
el uso de la bomba atómica y la masacre de cincuenta millones de personas.
En términos equivalentes se expresaron numerosos eminentes sacerdotes
católicos.
f) Visión papal de la virgen. Exactamente tres meses después
del discurso de su chamberlán privado (Matthews), la virgen habría
visitado al papa mismo (octubre de 1950). Esa visión tenía el
propósito de respaldar la visión militar de los líderes
militares especiales de los EE.UU. que había sido encendida con el
discurso de Matthews. El papa convocó seguidamente una peregrinación
a Fátima monstruosa de más de un millón de personas para
octubre de 1951. Envió entonces al cardenal Tedeschini para impresionar
a la gente con el solemne anuncio de que el papa había visto “este
mismo milagro” (del sol que había supuestamente zigzagueado en
1917 ante los tres niños). Ese anuncio cayó como una sorpresa
impresionante. Si la virgen María se había aparecido al papa,
entonces sus promesas de convertir la Rusia bolchevique a la Iglesia Católica
se iban a cumplir. Y, ¿cómo podían cumplirse si no era
mediante la “guerra preventiba” predicada por los líderes
católicos de los EE.UU.?
El reavivamiento resultante de la pronta liberación de Rusia se hizo
sentir por todas las iglesias católicas del mundo, con oraciones y
conversaciones sobre las perspectivas de ese evento. Apenas una semana después,
mediante la diplomacia católica, los EE.UU. sorprendían a todo
el mundo con el anuncio del nombramiento del primer embajador norteamericano
en el Vaticano, lo que para muchos contradecía el principio de separación
Iglesia-Estado que profesaba esa nación. ¿Quién era ese
embajador? El general Mark Clark, amigo personal de Matthews y del cardenal
Spellman, así como del papa Pío XII, y Jefe de las Fuerzas de
Campo del Ejército Norteamericano. Diez días más tarde
estaba Clark ocupado en la dirección de las maniobras atómicas
en el desierto de Nevada, las primeras conocidas en la historia. En 1951,
en el mismo mes en que el papa recibió presuntamente la visión
de la virgen, por toda Europa y Norteamérica se repartía un
folleto de 130 páginas prediciendo la inminente guerra atómica
contra Rusia que comenzaría en 1952.
Para probar la veracidad de la visión del papa de la virgen, L’Osservatore
Romano publicó en su página principal dos fotos “rigurosamente
auténticas” que mostraban el prodigio de Fátima en donde,
presuntamente, el sol habría zigzagueado. Esas fotos mostraban un espacio
negro casi al nivel del horizonte, algo imposible para cuando se habrían
tomado las fotos a las 12:30 del mediodía. El milagro mayor, sin embargo,
que el diario oficial del Vaticano no mencionó, fue que, aparte del
fotógrafo, el resto de la humanidad nunca presenció la caída
del sol a la altura del horizonte en el mediodía del 13 de Octubre
de 1917. [Por el uso fraudulento de la Virgen María en Vietnam para
mover los católicos a la acción contra el comunismo, véase
Avro Manhattan, The Shocking Story of the Catholic ‘Church’s’
Role in Starting the Vietnam War, cap. 8).
La veneración de cualquier virgen es idolatría, y está
condenada por la ley de Dios. “No te harás imagen”, escribió
y proclamó el Señor desde la montaña del Sinaí,
“ni ninguna semejanza de lo que hay arriba en el cielo, ni abajo en
la tierra, ni debajo del agua. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás...”
(Ex 20:4-5). De allí que la lista de gente que no podrá entrar
en la ciudad celestial, está la de los idólatras. Podrán
ellos recurrir por una bendición terrenal en la ciudad del Vaticano,
pero no podrán recibir la bendición de Dios ni en esta vida,
ni en la venidera (1 Cor 6:9-10; Apoc 21:8; 22:15).
g) La conformación de un ejército supranacional. El canciller
alemán católico Adenauer, quien recitaba diariamente el rosario
de Nuestra Señora de Fátima, se reunió en París
en Noviembre de 1951 con otro líder católico e igualmente devoto
de Nuestra Señora, el ministro francés de relaciones extranjeras
y exprimer ministro Schuman. Esa reunión tenía como propósito
organizar un ejército supranacional “para pelear y salvar la
civilización cristiana”. Simultáneamente, el General Eisenhower,
comandante de todas las fuerzas armadas de Norteamérica y de Europa,
llegaba a Roma para organizar el frente militar anti-Rusia junto con los ministros
de relaciones extranjeras, económicas y de guerra. Eisenhower anunció
que se habían reunido para rearmar Occidente tan pronto como fuese
posible, para enfrentar la inminencia de una nueva Edad Oscura y “nueva
invasión barbárica” (palabras que había usado el
papa).
La Santa Sede se había transformado, de esta manera y apenas comenzado
el segundo medio siglo, en un centro diplomático militar de grande
envergadura. Las botas de los principales países de Europa y las de
los Estados Unidos sonaban por doquiera en la “ciudad santa”.
El papa no cesaba de tener entrevistas con esos grandes señores. El
presidente protestante norteamericano Harry S. Truman, declaraba en cambio,
el 9 de Diciembre (1951), una dramática realidad. “He trabajado
por la paz durante cinco años y seis meses, y todo pareciera como si
la tercera guerra mundial estuviese por comenzar... Hay unos pocos descarriados
que quieren la guerra para resolver la situación mundial actual”.
Nuevamente, el gobierno protestante de los EE.UU., casi arrastrado de nuevo
a una guerra mundial pero de consecuencias terriblemente más catastróficas
por las corrientes católicas que tenía en su medio, fue en la
persona del presidente Truman quien impidió que esa guerra se llevase
a cabo. Era evidente que todavía no había llegado la hora para
que la América Protestante le permitiese al papado ejercer su dominio
cruel y despótico medieval sobre todo el mundo, que la profecía
tiene anunciado para el fin del mundo.
Cuando muchos historiadores deben abocarse a considerar la actitud del papado
antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial, se encuentran
con hechos tan terribles que les cuesta inculpar al papado por esos hechos.
Al estar imbuídos de los principios de libertad y de derechos humanos
que se desarrollaron a partir de la Reforma Protestante y de la Revolución
Francesa, no saben cómo explicar que un monarca que vuele tan alto,
al punto de autoproclamarse como infalible y Vicario del Hijo de Dios, pueda
haber fomentado y respaldado gobiernos nazistas, fascistas, o falangistas
tan criminales y sanguinarios en prácticamente todos los países
católicos de Europa. ¿Cuál será el resultado de
esta actitud renuente a condenar el papado por su verdadero carácter
cruel y despótico? Lo anticipó E. de White con más de
un siglo de antelación. “Una falsa caridad ha cegado los ojos”
de muchos. “No ven que a fuerza de considerar como correcto el creer
bueno todo lo malo, terminarán como resultado inevitable creyendo como
malo todo lo bueno (GC, 571).
Refiriéndose al fin del mundo, Dios a través del profeta Isaías
declaró: “¡Ay de los que a lo malo llaman bueno, y a lo
bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen
lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!... Como la lengua del fuego consume
el rastrojo, y la llama devora la paja, así será su raíz
como podredumbre, y su flor se desvanecerá como polvo; porque desecharon
la Ley del Señor Todopoderoso, y despreciaron la Palabra del Santo
de Israel” (Isa 5:20-24).