El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (31)
Alberto Treiyer
Doctor en Teología
El Vaticano y el genocidio hispano-americano.
A diferencia de las monarquías que establecieron durante toda la Edad
Media dinastías durables y confirmadas por el papado romano, las dictaduras
fascistas fueron igualmente reconocidas e inspiradas por el Vaticano, pero
no fueron hereditarias. Su tiempo de duración fue relativamente corto,
no más del que vivieron los dictadores. Tal vez lo único que
hizo las dictaduras fascistas más memorables y durables fue su enlace
y compromiso con la Iglesia Católica Romana. En España especialmente,
y en gran medida en Latinoamérica, hicieron los dictadores preponderar
la idea de hispanidad y catolicismo como algo intrínseco, indisoluble.
De allí que no podía cuajar ninguna idea de separación
de Iglesia y Estado sin levantar las sospechas de bolchevismo, socialismo,
comunismo, y aún judaísmo.
En lugar de la democracia liberal, los gobiernos fascistas decidieron rechazar
las libertades civiles y el gobierno de la ley por sistemas basados en la
fuerza y la jerarquía de sus gobernantes militares y religiosos coaligados.
Siendo que la Iglesia se identificaba más con las aristocracias de
iberoamérica, las masas explotadas terminaban volcándose más
fácilmente a los socialismos seculares que les prometían justicia
social. Por tal razón, la Iglesia y los dictadores de todos esos países
sentían que el recurso al fascismo era el ideal, y el militarismo que
los acompañaba era el adalid de la cruzada del cristianismo (entiéndase
catolicismo), contra el ateísmo comunista.
Si esas dictaduras fascistas (Franco), semi-fascista (Perón) y neofascistas
(Pinochet, Videla y su junta militar, Stroessner y otros más), pudieron
subsistir después que todos los otros gobiernos fascistas de Europa
sucumbieron al terminar la Segunda Guerra Mundial, se debió al poco
interés que les manifestaron tanto los EE.UU. como Inglaterra (los
Aliados). Por encontrarse esos gobiernos fascistas post-guerra en un territorio
no tan sensible para la estabilidad mundial, les bastaron a los norteamericanos
y a los ingleses su militancia anticomunista como para dejarlos tranquilos
en la resolución de sus problemas sociales ligados a la Iglesia Católica.
Esto nos permite ver la razón por la cual el papado procuraba por todos
los medios impedir la influencia protestante norteamericana e inglesa en el
centro de Europa. Le impedía lograr un dominio absoluto sobre esos
pueblos como el que podía ejercer en iberoamérica.
¿Qué valor tiene para nuestro estudio repasar la historia de
tales dictaduras iberoamericanas? Mucho. El gobierno de Francisco Franco fue
presentado por la Iglesia Católica por muchos años como modelo
de paz y armonía en un mundo post-guerra todavía convulsionado
por la amenaza del comunismo. Para ello debió el papado hacer abstracción
de los genocidios del régimen falangista de Franco, y del reinado del
terror del que se hizo responsable durante todo su mandato, inclusive mucho
después de haber terminado la guerra civil española y la Segunda
Guerra Mundial. Ese régimen fue presentado como modelo por el catolicismo
no sólo antes y durante la Segunda Guerra Mundial, sino también
después de la guerra, durante todo el mandato del generalísimo
Francisco Franco, inclusive por los papas que terminaron considerándose
más liberales.
Siendo que las reivindicaciones político-religiosas del papado son
las mismas que tuvo al promover y pactar con los gobiernos fascistas de la
guerra, convendrá considerar ese modelo de paz y unidad que presentó
la Iglesia ante el mundo, aún después de la guerra en el caso
del dictador de España. Tengamos en cuenta que el papado está
consiguiendo hoy los mismos reconocimientos políticos por los que abogó
durante todo el S. XX, especialmente en la mayoría de los países
católicos que el comunismo había invadido en el centro oriental
de Europa. Al mismo tiempo, la unión tan anhelada de Europa y de la
Iglesia con Europa, se ve como algo inminente con la entrada de esos países
católicos al Parlamento Europeo. ¿Por qué negarse a leer
el mensaje que esas dictaduras fascistas y neofascistas post-guerra continuaron
emitiendo en los países católicos, y en donde esa unidad político-religiosa
buscada por la Iglesia de Roma, se dio de una manera tan excelente y providencial,
en el entender del obispado romano?
1. El genocidio fascista (falangista) español.
Durante la década de los 30, el papado manifestó en varias oportunidades
su gran preocupación por el triunfo del socialismo en México
y en España, que le quitaban a la Iglesia Católica su hegemonía
y proclamaban la separación Iglesia-Estado. Mientras que en México,
el partido liberal terminó predominando en la vida política
de ese país de mayoría católica hasta tiempos recientes
(por unos 70 años), logrando la separación de la Iglesia y del
Estado; en España se interpuso el falangismo catolizante y frenó
los avances seculares democratizadores y libertadores. La Iglesia reinó
suprema otra vez en la madre patria, imponiéndose a través de
la espada más que de la cruz, del poder militar más que de la
persuasión religiosa.
Una comparación entre la situación mexicana y la española
es importante y adecuada para demostrar que, así como en México
la continuación de ese partido liberal y secular no arrastró
al país al comunismo, tampoco en España el partido liberal y
secular estaba destinado a arrastrar a la Península Ibérica
al comunismo, como se aduciría para justificar la represión
católico-falangista. ¡Cuán saludable hubiera sido para
España y Portugal contar con gobiernos civiles que supieron marcar
claramente los límites de la Iglesia en su relación con el Estado!
Pero esa visión no cuajaba con la papal, razón por la cual el
Vaticano la vinculó a lo peor de las corrientes liberales para justificar
su represión y supresión mediante el recurso de las armas.
a) La ascensión del falangismo. Cansados de tantos abusos sociales
de la aristocracia española a la que la Iglesia estuvo siempre ligada,
amén de tantas aberraciones morales del clero que salían a la
luz, el pueblo español se decidió en las urnas por un gobierno
secular de coalición llamado Frente Popular. Esto sucedió en
Febrero de 1936. El partido fascista de Primo de Rivera obtuvo apenas 5.000
votos, de manera que no fue reelecto. La Falange formada dos años antes
obtuvo menos del 1%, de manera que nadie la miraba como gravitante para el
futuro de España. Era evidente que la gente no quería más
el gobierno ni de las botas ni de los curas. La península Ibérica
buscaba una liberación.
El nuevo gobierno electo dio dos pasos correctos pero que en España
fueron políticamente incorrectos. El primero consistió en quitar
las subvenciones estatales a la Iglesia Católica y a sus instituciones,
poniéndola en un plano de igualdad con las demás iglesias. El
segundo tuvo que ver con medidas que erradicaban el falangismo minoritario
que se aferraba a la Iglesia, incrementando involuntariamente su popularidad
y su vínculo con la Iglesia Romana [W. H. Bowen, Spaniards and Nazi
Germany. Collaboration in the New Order (Doctoral Dissertation, Univ. of Missouri
Press, 2000), 20-21].
¿Cómo estaba dividido el mapa político de España
antes de la guerra civil? La lista de los enemigos del falangismo consistía
de comunistas, anarquistas, republicanos izquierdistas, socialistas, separatistas
vascos y catalanes. En esa lista, los comunistas eran una minoría insignificante,
y todos sabían que no iban a lograr nunca gobernar el país.
En contraste con el Frente Popular pequeña era la lista de los aliados
del falangismo. En ella se encontraba gran parte del ejército español
y de la Iglesia Católica. Por consiguiente, la Iglesia no tenía
otra alternativa que recurrir al ejército si quería revertir
el cuadro político de España, y buscarse el hombre fascista
providencial y salvador de la hora, como en los demás países
católicos de Europa. A su vez, debía acusar a todo ese Frente
Popular de comunismo y bolchevismo para justificar un golpe de estado.
El golpe de estado comenzó con el ala del ejército apostado
en Marruecos, el 17 de julio de 1936, y se esperaba que la lucha sería
de corta duración. Se extendió fácilmente a las Islas
Canarias, al Sahara español y a otros fragmentos del imperio español.
En la península misma, los rebeldes se apoderaron rápidamente
de Sevilla, Navarra, Galicia, el norte de Castilla, y la mayor parte de Aragón.
Pero el golpe fracasó en los dos lugares más significativos:
Madrid y Barcelona.
La situación de la falange militar se volvió, por consiguiente,
desesperante. La República contaba con la legitimidad internacional,
las fuerzas armadas principales la respaldaban, y tenía bajo control
las reservas de oro nacional con lo mejor de la industria. ¿Qué
podían hacer los falangistas en tales circunstancias? Recurrir a Hitler
y a Musolini en materia de armamentos y respaldo militar, y afirmar más
aún su vínculo con la Iglesia Católica para obtener el
respaldo político-moral y espiritual del Vaticano.
¿Qué podía hacer, por otro lado, la República
ante el temor de enfrentarse a esos dos colososales gobiernos fascistas? ¿Podían
recurrir a Inglaterra y a los EE.UU. por ayuda? Lamentablemente no, porque
por influencia inglesa tanto los EE.UU. como otros países de Europa
adoptaron una política no intervencionista. Por consiguiente, a la
República no le quedaba más remedio que recurrir a Rusia por
ayuda militar, y esa ayuda vino a través de la mediación del
minúsculo partido comunista español. ¿Cuál fue
el resultado? Una guerra civil espantosa, con armas de todo calibre de ambas
potencias mundiales, para que los españoles se aniquilasen entre ellos
mismos. Ese cuadro dramático terminó con la victoria del Generalísimo
Francisco Franco y la restauración de todos los privilegios y exclusividades
católicas anteriores a la instauración de la República.
b) La “recristianización” de España. La dictadura
de Franco fue, durante todo el S. XX, la única que emergió de
una guerra civil. Hubo otras dictaduras, pero ninguna salió de una
guerra civil. Hubo otras guerras civiles, pero ninguna resultó de un
golpe de Estado y ninguna provocó una salida reaccionaria tan violenta
y duradera. Allí se vio a la Iglesia Católica obrando en contra
del “bien común” por el cual tanto presume abogar, ya que
la voluntad popular había sido definida en rechazar el falangismo que
ella tan abiertamente apoyó. Los intereses de la “religión
[presuntamente] verdadera” son, para ella, de “bien común”,
ya sea que los pueblos lo entiendan o no. Por el presumido bien de un pueblo
de mayoría católica pero que no quería un gobierno fascista
católico sino otro pluralista y democrático, era necesario imponer
ese “bien” hasta que se transformase en “común”
otra vez, a fuerza de las armas y a costa de la libertad de toda una nación.
El Alzamiento Nacional pretendía poner fin—según las palabras
del papa Pío XI en el mismo año en que comenzó la guerra
civil—al “odio verdaderamente satánico contra Dios y contra
la humanidad”. Lo que no decía Pío XI es que pretendía
reemplazar ese presunto odio secular con otro odio católico tradicional
contra todo lo que le negase la supremacía. En ese contexto, Pío
XI envió su bendición especial “a los que se habían
impuesto la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos
y el honor de Dios y de la Religión”. El 3 de agosto de 1937,
veinte meses antes que terminase la guerra civil, el mismo papa reconoció
el gobierno falangista de Franco, lo que muestra su posición definidamente
interesada contra el régimen democrático legalmente establecido.
El Obispo de Solana y posterior Presidente de la Conferencia Episcopal, Monseñor
Vicente Enrique y Tarancón, declaró que “es motivo también
de optimismo el sabernos regidos y gobernados por un hombre providencial,
que con criterio netamente católico ha dado una orientación
magnífica a las leyes del Estado”. En 1937 declaró el
mismo obispo que “la Acción Católica debe mirar con simpatía
esta milicia y aún debe orientar hacia ella los miembros para que cumplan
en sus filas con los deberes que en esta hora presente impone el patriotismo”.
Los poderes políticos y religiosos unidos “pueden forjar”,
según el obispo, “la España tradicionalista y católica
que todos deseamos”.
¿Qué “todos deseamos”? Pero, ¿acaso no había
dado su voto mayoritario el pueblo a favor del régimen que una minoría
con apoyo exterior procuraba ahora derrocar? Cuando Franco recibió
a la Junta Técnica de la Acción Católica, le dijo: “Es
nuestra tarea, ahora, recristianizar nuestra nación”. Con esto
daba a entender que el pueblo español, en su mayoría, se había
descarriado, y había que ponerlo en vereda en materia religiosa. La
guerra civil que iniciaría iba a ser—según lo explicó
más tarde el 18 de marzo de 1940 en Jaén—el sufrimiento
de una nación en un punto de su historia” impuesto por Dios como
“castigo espiritual, castigo que Dios impone a una vida torcida, a una
historia no limpia”.
¿De qué manera iba Franco a recristianizar España? El
29 de septiembre de 1936, decretó que la religión católica
sería la única religión permitida. Según su dircurso,
el estado español sería, de allí en adelante, “regido
por los principios del catolicismo que constituyen los auténticos fundamentos
de nuestra patria”. Toda otra religión, protestante, judía
o musulmana, sería perseguida para beneplácito del clero romano.
Y por si esto fuese poco, había que exterminar a todos los opositores.
Esa era la mejor manera de recristianizar España, y purificar la sangre
hispana de la peste que le había caído.
Gonzalo de Aguilera, terrateniente y capitán del ejército y
uno de los oficiales de prensa de Franco, declaró ufano al periodista
norteamericano John Whitaker: “Son como animales, ¿sabe? Y no
cabe esperar que se libren del virus del bolchevismo. Al fin y al cabo, ratas
y piojos son los portadores de la peste”. ¿Cómo iban a
lograr la “regeneración de España”? Aguilera respondió:
“Nuestro programa consiste... en exterminar un tercio de la población
masculina de España. Con eso se limpiaría el país y nos
desharíamos del proletariado. Además también es conveniente
desde el punto de vista económico. No volverá a haber desempleo
en España, ¿se da cuenta?”
Franco era así, el hombre “providencial”, el enviado de
Dios, y terminó siendo para la Iglesia Católica el “centinela
de Occidente”. No importaba cuántos cientos de miles muriesen
en la contienda, había que salvar el catolicismo español de
las fuerzas presumiblemente anticristianas que lo acosaban. Para el papado,
las vidas de millones de personas valían menos que el triunfo absoluto
de su imperio político-religioso. Semejante carácter genocida
se basaba en su utópica creencia de que sólo mediante el imperio
del bien (el catolicismo romano) sobre el del mal (el arrianismo, catarismo,
protestantismo, judaísmo, socialismo, y en el momento presente el comunismo),
podrá lograrse la paz y felicidad universal. Siendo que para la Iglesia
Romana, el fin justifica los medios, bien valía la pena tanto sacrificio
ante perspectivas presuntamente tan buenas como las que tenía. Pero
en el fondo, no se trataba en el papado de otra cosa que del deseo de reinar
supremamente sobre el mundo entero, un sueño que comparte indiscutiblemente
con Lucifer, quien todavía aspira a ser reconocido en forma absoluta
como “príncipe de este mundo” (Apoc 13:4; cf. Jn 12:31;
14:30; 11:11).
No habiendo llegado ni aún a la mitad de la guerra civil, el Episcopado
español legitimó oficialmente la guerra como “cruzada
por la religión cristiana [católica] y la civilización”
(1937). El cardenal Gomá afirmó: “Estamos en perfecta
armonía con el gobierno nacional [de Franco], que nunca emprende nada
sin prestar previamente oído a mis consejos”. La Iglesia recuperó
todos sus privilegios institucionales como la financiación estatal
del culto y del clero, la reconstrucción de las iglesias parroquiales
por cuenta del Estado, el mantenimiento de los seminarios y de las universidades
privadas de la Iglesia en acuerdos que el Vaticano estableció con el
gobierno de Franco. En este contexto, no debía extrañarnos que
el Vaticano no participase en el acuerdo multilateral europeo promovido por
Inglaterra de no intervención en la guerra civil española. Por
el contrario, la Santa Sede no sólo era parte interesada en esa guerra,
sino que al mismo tiempo la promovía.