El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (36)
Alberto Treiyer
Doctor en Teología
Papel de la Santa Sede. El nombre de Pinochet es todo un símbolo
en Europa, EE.UU. y la mayoría de los países del mundo, ya que
encarnó un neofascismo largamente condenado por el mundo para enfrentar
el comunismo. Mientras que la Junta Militar argentina de la época contó
con varios generales y, por consiguiente, careció de un nombre representativo
que involucrase esa renovada tendencia catolizante del continente latinoamericano,
en Chile hubo un solo dictador, y ese fue Pinochet. De allí que su nombre
tuviese más relevancia para representar toda esa época represiva
y dictatorial sudamericana.
Pinochet contó a su favor con un cardenal que fue nuncio apostólico
en Santiago durante la mayor parte de su dictadura, llamado Angel Sodano. Para
colmo de bendiciones, ese cardenal era tan influyente ante la Santa Sede que
fue luego nombrado nada menos que Secretario de Estado del Vaticano. También
contó Pinochet con el respaldo del cardenal Jorge Medina Estévez,
quien luego de ejercer como obispo en Valparaíso, pasó en 1996
a ocupar el cargo en el Vaticano de prefecto de la Congregación para
el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Su abierto respaldo al general
no terminó significando para estos cardenales ningún obstáculo
para su ascenso dentro de la jerarquía romana. Por el contrario, ambos
cardenales merecerían ser reconocidos en las más altas esferas
de la Iglesia Católica en el mismo Vaticano, por la labor que habían
cumplido en Chile.
Tanto Medina como Sodano participaron activamente en el viaje del papa Juan
Pablo II a Chile en octubre de 1988. ¡Sí, Juan Pablo II, acompañado
por esos dos cardenales, y toda la jerarquía católica chilena
a sus espaldas, salió a los balcones con Pinochet! Esto tuvo lugar quince
años después que el dictador ordenara el bombardeo de la Moneda
y diera instrucciones para acabar con el presidente comunista anterior, Salvador
Allende, en el caso que saliera con vida. El papa dio entonces la comunión
al presidente y comandante en jefe del Ejército, Augusto Pinochet, y
lo visitó en su despacho del Palacio de la Moneda.
Veinte años después del genocidio dictatorial de Pinochet, el
mismo papa que lo había visitado cinco años antes le enviaba un
telegrama de felicitación con motivo de sus bodas de oro matrimoniales.
El papa le escribía que, “como prenda de abundantes gracias divinas,
con gran placer imparto, así como a sus hijos y nietos, una bendición
apostólica especial”. El cardenal Sodano, como Secretario de Estado
del Vaticano, acompañaba tal bendición papal con una carta personal
el mismo 18 de febrero, asegurándole que tenía “la tarea
de hacer llegar a Su Excelencia y a su distinguida esposa el autógrafo
pontificio adjunto, como expresión de particular benevolencia”.
También le hacía saber que “Su Santidad conserva el conmovido
recuerdo de su encuentro con los miembros de su familia con ocasión de
su extraordinaria visita pastoral a Chile”, y terminaba reafirmando, “señor
General, la expresión de mi más alta y distinguida consideración”.
Cuando tiempo después Pinochet fue apresado en Londres y reclamado por
sus genocidios en España, el Vaticano intercedió de diferentes
maneras para evitar que fuese entregado a la justicia internacional y, por el
contrario, para que fuese devuelto a Chile por presuntas “razones humanitarias”.
De nuevo vemos a la Santa Sede participando de una actitud diplomática
digna de inculpación por obstrucción de la justicia internacional—como
se dio en el caso de los exnazis y ustashis que encontraron refugio en el Vaticano
después de la Segunda Guerra Mundial—y buscando como entonces,
una vía de escape para sudamérica. ¿Por qué no tuvieron
los mismos cardenales que abogaban ahora por Pinochet ante Inglaterra, esos
mismos escrúpulos humanitarios para con las familias de los desaparecidos
y asesinados por un gobierno que abusó de sus derechos en forma tan brutal
como lo fue la dictadura de Pinochet? Como en todos lados, una vez que logra
sus objetivos militares y genocidas, la Iglesia solicita perdón no por
lo que ella hace, ya que es perfecta y no puede errar, sino por lo que hacen
sus hijos, y busca la reconciliación. Así deja Roma impunes a
los asesinos más jerarquizados, y ayuda a tales hijos excedidos en su
amor a su Santa Madre Iglesia Católica Romana, a evadir la justicia internacional.
d) Católicos chilenos se dirigen al papa. Al enterarse de los movimientos
de la curia romana tanto en Chile como en el Vaticano, cierto grupo de católicos
chilenos decidió escribir una carta abierta al papa Juan Pablo II. Por
su importancia, convendrá extraer aquí algunos párrafos.
“Como es de su conocimiento, el general (R) Augusto Pinochet Ugarte está
detenido en Londres por acusación de la justicia española que
demanda su extradición para juzgarlo por crímenes de genocidio,
terrorismo de Estado y tortura, efectuados en Chile bajo su gobierno en el período
de 1973 a 1990. Tiene que ver con el más grande y cruel genocidio político
en la historia de Chile, condenado durante 15 años consecutivos (1974-1988)
por la Organización de las Naciones Unidas. En estas circunstancias,
nos parece gravísimo que, de acuerdo a sus propias declaraciones, el
Cardenal chileno Jorge Medina, Prefecto de la Sagrada Congregación para
el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, haya realizado “discretas
gestiones a todo nivel” para pedir la intervención de la Santa
Sede en pro de la libertad del general Pinochet y su inmediato retorno a Chile,
sin condiciones.
“Tales gestiones, de acuerdo a versión de prensa chilena, fueron
incluso apoyadas por los cardenales Sodano, Ratzinger, López Trujillo,
Martínez Somalo y por el propio nuncio en Chile Monsenor Piero Biggio,
sin haber sido desmentidas por el Vaticano. Tal conducta de personeros de la
Curia Romana nos parece en grave contradicción con los principios más
fundamentales de la Sagrada Escritura que protegen la vida humana y su dignidad
y con la orientación básica del Concilio Vaticano II sobre derechos
humanos. E incluso esta actitud se opone diametralmente a su reciente enseñanza
como Pastor Universal de la Iglesia en materia de Derechos Humanos: «El
secreto de la paz verdadera esta en el respeto de los derechos humanos».
“Nos parece muy necesario, Su Santidad, que usted reafirrne que no es
posible confundir el perdón cristiano a ofensas personales con la severa
sanción de la sociedad civil a los crímenes para evitar su repetición.
En efecto, Usted, en el propio caso de su agresor Alí Agca, lo perdonó
personalmente, pero a pesar de que éste lleva ya 17 años preso,
nunca ha interferido en la aplicación de la sanción de la Justicia
italiana. Ello se explica por el interés del Vaticano por desalentar
cualquier futuro atentado contra el mismo Papa o sus sucesores. Siguiendo ese
criterio, en Chile la Iglesia Católica no puede enseñar a las
futuras generaciones–nuestros hijos y nietos–que el asesinar, hacer
desaparecer y torturar a miles de opositores políticos puede o debe quedar
impune so pretexto de una falsa reconciliación o perdón. Ello
la haría cómplice de los mismos crímenes contra la humanidad
y responsable de su futura repetición, cayendo en el gravísimo
reproche de San Agustín: «Si eres negligente en corregir al pecador,
te haces peor que el que pecó».
“En el caso del general Pinochet, la humanidad entera, el gobierno chileno
(Informe Rettig) y la acusación de la justicia española (280 fs.
proceso Juez Garzón), como asimismo la propia defensa del general Pinochet
en Inglaterra, dejan en claro su absoluta responsabilidad política y
su presunta responsabilidad penal en los horrorosos crímenes cometidos
por la D1NA—servicio secreto de seguridad de Pinochet—bajo su directa
responsabilidad y mando, al punto que él llegó a decir: «Yo
soy la Dina». En Europa, tal presunción de responsabilidad política
y penal de Pinochet quedó de manifiesto con la amplia votación
del Parlarnento Europeo apoyando el juicio de extradición de Pinochet
a España”.
“La postura del Cardenal Medina y algunos eclesiásticos de insistir
en un perdón a Pinochet y olvido de sus crímenes bajo el pretexto
de la reconciliación cristiana, constituye un chantaje moral al pueblo
chileno, presionándolo para que abandone su legítimo clamor de
justicia. Sostenemos que la Iglesia Católica chilena en esta coyuntura
ética debe plantearse de acuerdo a la inspiración bíblica
como defensora de los huérfanos, las viudas y los pobres, que son, sin
duda, los familiares de los detenidos desaparecidos, asesinados y torturados;
y no como defensora de los dueños del poder, de la fuerza y del dinero.
Está llamada a ser defensora de las víctimas y no de los victimarios;
del derecho de los ciudadanos chilenos a tener una democracia y libertad reales
en Chile y no seguir más como esclavos de una institucionalidad violentamente
impuesta y mantenida por Pinochet y sus cómplices.
”Pinochet, en su detención y libertad vigilada en Londres, ha tenido
un tratamiento humanitario y privilegiado por parte de las autoridades inglesas.
Clínicas y mansiones de lujo donde se hospeda junto a su familia. Tiene
los mejores abogados para defenderse e incluso empresas de relaciones públicas
para mejorar su pésima imagen internacional. Por estos y otros motivos
creemos que no proceden las razones de compasión para liberarlo y afrontar
el proceso de extradición a España. Pinochet no ha tenido un mínimo
de compasión con más de 1.000 familias que por 25 años
no saben ni siquiera dónde están los cuerpos de sus familiares
detenidos y desaparecidos, lo que constituye una tortura permanente para esas
familias. Ante estos crimenes, ¿cómo no recordar a Hitler y su
siniestra operación “noche y niebla”?
“Hoy los ojos del mundo están fijos en el fallo de los Lores en
Londres sobre el caso Pinochet. Es la gran oportunidad de reafirmar la justicia
universal frente a los crímenes contra la humanidad. Sería un
escándalo mundial que el gran esfuerzo realizado por más de 50
años por jueces, juristas, movimientos de derechos humanos y la propia
Organización de Naciones Unidas (ONU), fuera burlado por la impunidad
lograda para Pinochet por una criminal “compasión” solicitada
por la Iglesia Católica y/o la Iglesia Anglicana.
“La Iglesia Católica hoy está pidiendo perdón por
sus gravísimos errores y crímenes del pasado con motivo de la
Inquisición o del Holocausto y el ascenso de Hitler. Es la hora de censurar
el apoyo de los cardenales de la Curia ya citados y, también, de los
20 parlamentarios polacos de la Unión Nacional Cristiana que viajaron
el 9 de enero a Londres para expresar su solidaridad para con el Hitler chileno.
Tales acciones contrarían las expresas y recientes orientaciones de Su
Santidad Juan Pablo II: «Hay que detener la mano ensangrentada de los
responsables de genocidio y crímenes de guerra» (Navidad 1998).
“Todo esto es necesario para que el futuro Papa no tenga que pedir perdón
[de nuevo] a toda una generación en nombre de la Iglesia por haber apoyado
la impunidad del genocidio, terrorismo de Estado y torturas de la dictadura
asesina de Augusto Pinochet en Chile”. La carta agrega algunos textos
bíblicos, el primero de los cuales tomado de Salomón que dice:
«Al que dice al malo: “Eres justo” le maldicen los pueblos
y le detestan las naciones; los que los castigan viven felices y viene sobre
ellos la bendición del bien» (Prov 24:24).
Esa carta, bien documentada, fue ignorada por el Vaticano. Pinochet fue liberado
porque, además, abogó por él Margaret Tatcher aduciendo
que era una traición la que se estaba haciendo en Londres contra un hombre
que había sido clave en el apoyo que brindó a Inglaterra en la
guerra con Argentina por las Islas Malvinas. Por razones políticas y
religiosas, pues, debía seguir brindándose impunidad a un hombre
tan consecuente con sus creencias católicas. Además, ¿no
le había reportado honra internacional Pinochet al papa, recurriendo
a él para que mediara en el litigio limítrofe argentino-chileno
sobre tres pequeñas islas del sur, y permitiéndole aparecer así,
como hombre de paz para los pueblos? Nuevamente, el papado honra a los que lo
honran, no importa cuán criminales sean o hayan sido, como lo hacen todos
los gobernantes de este mundo que prefieren ese reconocimiento a expensas de
la alabanza que proviene de Dios (Juan 5:44).