El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (4)
Alberto Treiyer
Doctor en Teología
Sueños papales en vísperas del S. XX.
Desde que se inició la época moderna y fue suprimida la autoridad
política del papado, el pontificado romano nunca dejó de soñar
con recuperar, algún día, esa autoridad que había ejercido
durante 1260 años. En este respecto, sus sueños para el S. XX
estuvieron tan en contradicción con la época como las predicciones
de los observadores del sábado acerca de esa recuperación política
del papado que se daría al final, y que se basaban simple y puramente
en la Palabra de Dios.
En la mayoría de los pronunciamientos y encíclicas papales que
se dieron a partir de la segunda mitad del S. XIX, la iglesia de Roma no ocultó
su aversión hacia los regímenes democráticos y republicanos
que requieren la separación de la iglesia y el estado. Una autoridad
que emana del pueblo, es decir, de la base, era vista por los obispos romanos
como demasiado nefasta para un sistema monárquico-papal cuya autoridad
se encuentra en la cúpula. Si el poder descansa en las masas, ¿quién
o qué podrá controlarlas?
1. Fundamento papal para el ejercicio del poder. Siendo que todo gobierno
debe buscar la paz de sus súbditos, y siendo que no puede haber paz
sin unidad, el “mejor” sistema de gobierno—según
argumentó Tomás de Aquino en el S. XIII—“es el gobierno
de una persona”. ¿Por qué? Porque la unidad se obtiene
en forma más eficaz por uno que por varios o muchos (cf. John W. Robbins,
Ecclesiastical Megalomania. The Economic and Political Thought of the Roman
Catholic Church, 129). Lo que Tomás—quien puso el fundamento
del sistema de gobierno absolutista papal—parecía ignorar es
que, al razonar así, estaba promoviendo un sistema de gobierno pagano,
con sus características tendencias a la centralización del poder
en una sola persona.
Llámese monarquía, fascismo, nazismo, lo que sea, tal filosofía
que busca centralizar el ejercicio del poder en forma absoluta en una persona,
forma la base para todo poder autoritario que logre apoderarse de cualquier
sociedad. Esa filosofía pagana fundamenta no solamente el absolutismo
papal, sino también toda monarquía o dictadura que pretenda
acapararse de la autoridad civil.
Contrastes con la Biblia. La Biblia menciona a “Nimrod”, el fundador
de Babilonia, Nínive, y otros grandes imperios antiguos, como siendo
“el primer hombre poderoso de la tierra” (Gén 10:8-11).
Sus descendientes intentaron, poco después, centralizar la acción
gubernamental de todos esos reinos del mundo en Babel. Dios, en cambio, los
dispersó al confundir el lenguaje común que se habían
fabricado (Gén 11). En su lugar, llamó a Abraham, y a través
de él dio a luz un pueblo al que le ofreció un sistema de gobierno
diferente, una especie de república constitucional orientada por Dios,
y basada en las leyes que le transmitió mediante Moisés (Ex
19:6-8; 24:1; Núm 11:16,25,29). El pueblo de Israel, en cambio, prefirió
para su propia desgracia, el sistema pagano de gobierno que poseían
todos los demás pueblos de la tierra, con la plenitud del poder centralizada
en una persona (1 Sam 8:5ss).
Cuando vamos al Nuevo Testamento, vemos de nuevo el intento divino de fundar
la iglesia sobre un sistema de gobierno diferente al sistema centralizado
en una persona de los gobiernos de la tierra, y en donde la Iglesia y el Estado
estarían separados (Mat 22:21). “Los gobernantes de las naciones”,
declaró Jesús, “se enseñorean de ellas, y los que
son grandes ejercen autoridad sobre ellas. Pero entre vosotros, no será
así” (Mat 20:25-26). La autoridad que Dios designó para
su iglesia en la tierra descansaría en Dios, y en el sacerdocio de
todos los creyentes (1 Ped 2:5,9; cf. Hech 15:22,28), no en el de un presunto
vicario impostor que ostentase una preeminencia que el Señor nunca
legó a nadie sobre la tierra.
“Al contrario”—advirtió el Señor—“el
que desee ser grande entre vosotros, debe ser vuestro servidor. Y el que quiera
ser el primero entre vosotros, deberá ser vuestro siervo” (Mat
20:26-27), como lo fue Jesús cuando estuvo sobre la tierra, antes de
su exaltación final a la diestra de Dios (v. 28). Por esta misma razón,
el único sucesor que dejó el Señor en la tierra fue el
Espíritu Santo (Juan 14:26; 15:26; 16:7-15), quien obraría a
través de una constitución establecida por Dios mismo mediante
el testamento dejado por los profetas y apóstoles del Señor,
esto es, mediante la Palabra de Dios (Ef 2:19-22; 1 Ped 2:4,7-8).
2. Fundamento democrático de los gobiernos protestantes.
Lutero probablemente jamás percibió toda la dimensión
de sus descubrimientos bíblicos. Los principios de libertad que extrajo
de la Biblia e introdujo en medio de un mundo monárquico y absolutista
como lo fue el de la Edad Media, estaban destinados a ir produciendo mutaciones
asombrosas en el ejercicio de la autoridad aún en la esfera civil.
La “libertad de conciencia” por la que abogó sentó
las bases para regímenes que respetasen las minorías, trajesen
dignidad a la persona humana al hacerla honorable y responsable por sí
misma ante Dios y el mundo, y se fundasen en la autoridad que emanase libremente
del pueblo. La democracia misma tiene sus raíces en la creencia en
el sacerdocio de todos los creyentes, no controlada por un poder autoritario,
sino por una constitución.
3. La primacía papal mediante gobiernos absolutistas.
Volvamos al criterio tomista-católico de centralizar el poder en una
persona para poder afianzar la paz y la unidad en la sociedad. El modelo medieval
sobre el que se construyó esta teoría no fue el de una sola
persona gobernando el mundo. Era obvio que dos poderes gobernaban el mundo,
el rey (o emperador) y el papa. ¿Cómo explicar tal dualismo,
dentro del criterio de unidad mediante el gobierno de una sola persona? Para
ello, el astuto teólogo de la Iglesia romana encontró un soporte
en otra doctrina errónea, no fundada en la Palabra de Dios, sino en
la filosofía dualista pagana griega.
Así como el alma es superior al cuerpo—concluyó Tomás,
y junto con él tantos papas en el futuro, hasta en los tiempos modernos—así
también la autoridad espiritual debe estarlo sobre la temporal. Si
sumamos este enfoque al anterior de la unidad en una persona, vemos que por
encima de todos los gobiernos absolutistas y autoritarios de la tierra, debe
estar el Sumo Pontífice romano, garantizando la unidad, sin la cual
no podrá haber paz.
Siendo que el poder espiritual está por encima del temporal, según
el pensamiento papal, se requiere unidad eclesiástica para poder lograr
la unidad política. De allí que se vio al papado procurar la
unidad eclesiástica en el S. XX aún por la fuerza de las armas
y aperturas ecuménicas sin precedentes. Mediante acuerdos ecuménicos
y concordatos políticos, en donde se reconoce una cabeza suprema, la
del pontífice romano, busca el papado incansablemente lograr la unidad
y la paz mundial.
Roma siempre creyó que sólo en la persona del papa se junta
tanto el poder secular como el espiritual. De allí que se lo representó
durante la Edad Media tan a menudo con una llave (símbolo de la autoridad
espiritual), y una espada (símbolo de la autoridad civil). El es sacerdote
y rey, rey de reyes y Dominus Dominantium. Como único Vicario de Cristo,
todos los gobernantes seculares pasan a ser vasallos del papa, quien a su
vez, posee toda autoridad para interferir en los gobiernos temporales (cf.
Megalomanía, 130-131). Su triple corona lo designa como rey del cielo,
de la tierra, y de los mundos inferiores. Cuando asume el poder, se le entrega
esa corona con las siguientes palabras: “Toma la tiara adornada con
la triple corona, y conoce que eres el Padre de los príncipes y reyes,
y el Gobernador del mundo” (ibid, 132).
4. Contra el capitalismo protestante.
De la misma manera en que el papado romano se opuso a las democracias durante
el S. XIX y la mayor parte del XX porque, en su criterio, se vuelven ingobernables
y no pueden por naturaleza lograr la unidad que conduce a la paz, también
se opusieron los papas al capitalismo democrático, tomando como fuente
de inspiración a Marx. Esto podían hacerlo entonces porque el
marxismo estaba en sus comienzos, y sus principios de solidaridad proletarial
no se habían probado todavía. Todo lo que necesitaba el papado
por el momento era una argumentación adecuada para oponerse al capitalismo
protestante con sus proclamas de libertad, aún para comerciar.
Diez años después que Marx escribiera su libro Das Kapital (1881),
el papa León XIII publicaba su encíclica Rerum Novarum [“De
Cosas Nuevas”]. Sobre la Condición de las Clases Trabajadoras
(1991), que en muchos respectos parece una copia de Marx. Hasta el día
de hoy esa encíclica es citada y a menudo, por el papa de turno. Aunque
se otorga cierto grado de libertad a individuos y familias para comerciar,
debe haber controles, aseguró el papa entonces, para que las riquezas
persigan un fin común, la necesidad y el bien de todos. Es así
como nace la doctrina político-social de la Iglesia Católica.
Según Rerum Novarum, y tantas otras encíclicas después
de ella, ¿quién está a cargo de controlar el comercio?
El Estado. ¿Bajo qué principios? Bajo los que dictaminan la
necesidad y el “bien común” de todos. Así, el Estado
no sólo tiene el derecho, sino también el deber de intervenir
en la sociedad, para asegurar una justa distribución de los bienes
de este mundo. Pero, ¿quién determina lo que es “necesidad”
y “bien común”? ¿Quiere decir que, si tengo necesidad,
tengo derecho de quitarle la propiedad a otro que tiene más que yo?
¿Es eso moral superior?
Por otro lado, ¿quién controla al Estado? ¡Por supuesto,
el poder espiritual, así como el alma lo hace al cuerpo! No es el cuerpo
quien juzga al alma, sino el alma al cuerpo. De allí que la curia romana
está constantemente interfiriendo en los asuntos de Estado, y de las
naciones en una dimensión internacional, denunciando, advirtiendo,
fiscalizando la labor comercial, jurídica y estatal en general.
Estas demandas de interferencia estatal por parte de la Iglesia, sin embargo,
no tocan a la Iglesia Católica en sí, ya que sus propiedades
pertenecen constitucionalmente al papa, símbolo de la unidad de la
Iglesia y de los gobiernos de la tierra. Mientras que el Estado tiene derecho
para interferir en la acción empresarial y privada, no puede hacerlo
en lo que se refiere a las propiedades de la Iglesia, porque esos bienes les
fueron concedidos por Dios. Y, así como “el espiritual juzga
todas las cosas y no es juzgado de nadie” (1 Cor 2:15), tampoco nadie
tiene derecho de juzgar a la Iglesia ni intervenir en sus bienes. Según
este criterio, nadie puede, como ella, tener la justa dimensión de
las necesidades y bienes de todos.
En su encíclica Quadragesimo Anno, Pío XI confirmó los
principios de León XIII diciendo que “es Nuestro derecho y Nuestro
deber tratar con toda autoridad los problemas sociales y económicos”,
algo que fue ratificado a su vez en la revisión de la Ley Canónica
de 1983 en los siguientes términos: “Le pertenece a la Iglesia
el derecho de anunciar siempre y dondequiera sea, los principios morales,
incluyendo los que tienen que ver con el orden social, y hacer juicios sobre
todos los asuntos humanos...” (Canon 747).
Hasta hoy, el papa Juan Pablo II ha insistido en que la Iglesia tiene la visión
moral necesaria para determinar los límites que los gobiernos no pueden
sobrepasar en relación con la distribución de los bienes y del
comercio. De allí tanto interés que ostenta en la causa de los
pobres, y de los países menos desarrollados. Todo entra dentro de la
escala piramidal que caracterizó al papado siempre durante la Edad
Media, cuando la Iglesia se fue apropiando de todas las tierras de Europa
para distribuir los bienes de acuerdo a su criterio “espiritual”
superior. Con criterios semejantes pretendió recibir de Constantino
el continente entero que había pertenecido antiguamente a los césares
durante el imperio romano. Ahora busca lograr el control de los asuntos humanos
mediante la constitución de un gobierno mundial por el que tanto están
abogando desde la última parte del S. XX los pontífices romanos.