El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (5)
Alberto Treiyer
Doctor en Teología
Los grandes genocidios del S. XX.
Amargo fue el despertar del Vaticano en el S. XX, al descubrir que las prédicas
papales sobre un nuevo sistema de gobierno con su visión moral fueron
escuchadas, pero negándole toda autoridad moral para controlar la distribución
de los bienes de la tierra. El tiro iba a salirle, en efecto, por otro lado.
Repentina e inesperadamente apareció un nuevo brote ateo y despiadado
de intolerancia antirreligiosa en la revolución bolchevique rusa, que
se hizo eco de tales prédicas sociales papales, a menudo citándolas,
pero sin reconocer en nada al pontificado romano (Megalomanía, 63).
1. El genocidio comunista ateo.
Quedaban monarquías autoritarias por destruir todavía en el
lado oriental, pero que estaban ligadas a la Iglesia Ortodoxa. La revolución
marxista-leninista encontró su camino con este fin, primeramente en
la Europa oriental. Cayó en un momento propicio cuyo terreno habían
abonado admirablemente las encíclicas papales que reclamaban justicia
social en favor de las masas trabajadoras, con denuncias contra el capitalismo
que confirmaban la posición de Marx. Pero por tratarse de una revolución
atea, la visión moral que reclamaba tener el papado para redistribuir
los bienes de este mundo no era tenida en cuenta. En ese nuevo ordenamiento
mundial, el papado quedaba otra vez fuera del juego, y corría el riesgo
de ser totalmente destruido.
La religión era considerada ahora como el “opio” del mundo,
y los genocidios humanos comenzaron a multiplicarse con cifras jamás
alcanzadas antes. Sólo en Ucrania, seis millones de campesinos fueron
brutalmente aniquilados en las purgas soviéticas (una réplica
de las purgas inquisidoras que en el medioevo habían estado en manos
de los sacerdotes católicos). ¿Qué no decir de los demás
millones que fueron sacrificados en el resto de la Europa oriental, y posteriormente
en el Asia, en un intento de limpiar el mundo de los religiosos y burgueses
que se habían apoderado de los bienes de las clases trabajadoras?
El mismo freno que le impusieron los poderes seculares a la Iglesia de Roma
desde la Revolución Francesa comenzó a serle impuesto, desde
esta nueva revolución en el S. XX, a la Iglesia Ortodoxa en los países
orientales, así como a las demás religiones asiáticas
y paganas en donde fueron repitiéndose los horrores de Francia. Se
trataba, ahora, de una guerra contra todos los credos, en manos de gobiernos
comunistas ateos que amenazaban con destruir no sólo el cristianismo
oriental, sino también la civilización occidental, y aún
toda otra religión y cultura. El mundo cristiano entero—en cumplimiento
de lo que había escrito la pluma inspirada en vísperas del S.
XX—parecía como una mole a punto de desmoronarse en ruinas, como
resultado de la predicación de los principios ateos que habían
convulsionado a Francia poco más de un siglo atrás (Conflicto
de los Siglos, cap 37 en castellano).
2. Dilema papal causado por el comunismo.
Bajo un contexto tal, ¿cambiaría el pontificado romano su prédica?
¿Se volcaría en favor de los regímenes capitalistas occidentales
para librarse del avance intempestivo del mundo comunista? ¡No, por
supuesto que no! ¡El magisterio romano es infalible!
En su encíclica Immortale Dei, La Constitución Cristiana de
los Estados (1885), el papa León XIII había insistido en su
condenación al protestantismo con su principio de “libertad de
conciencia”, que interpretaba cómo dejar hacer a quien quisiese
lo que se le diese la gana. Ese principio interrumpía la conexión
ordenada de alma y cuerpo, volvió a enfatizar León XIII, en
el ejercicio de la autoridad. Por consiguiente, un capitalismo que permite
comprar y vender libremente, sin controles, no puede traer paz sino violencia
por la injusticia que genera.
A pesar de percibir el contraste entre el genocidio salvaje comunista y la
libertad económica y política de Occidente, el Vaticano siguió
condenando los regímenes democráticos capitalistas occidentales
durante todo el S. XX. Pero sumó en su prédica otra condena
a los regímenes comunistas y colectivistas ateos por su carácter
antirreligioso, y por su apropiación de toda propiedad. Roma no podía
aceptar una “colectivización completa” como se daba en
el comunismo, con un Estado no sólo controlador sino también
dueño de los bienes de la sociedad (Megalomanía, 57). Los bienes
intocables de la Iglesia corrían riesgo con una centralización
estatal semejante (manejada por un partido ateo), tan excluyente como para
no aceptar ninguna religión en su medio, ni menos una visión
espiritual presuntamente superior.
Pero, ¿a quién recurrir para frenar la democracia y lograr otra
vez el reconocimiento de los pueblos de la tierra? Asombra ver que ni en la
primera mitad del S. XX pierde el papado toda esperanza en el resurgimiento
y fortalecimiento del sistema monárquico, especialmente en Austria,
un país tradicionalmente católico. Aún así, se
da cuenta que algo debe hacer también para congraciarse con las masas
presuntamente explotadas de la época moderna. Todo esto, sin perder
su convicción de que la autoridad debe descansar en el tope, no en
el fondo; en una persona, no en muchas; para poder hacer prevalecer la unidad
que garantiza la paz. Su presunta devoción por las masas le sirve,
en efecto, de pretexto moral para justificar su visión piramidal del
poder.
En 1931, Pío XI volvió a insistir en su encíclica Quadragesimo
Anno (Sobre la Reconstrucción Social), que “el estado debe encargarse
de armonizar la propiedad privada con las necesidades del bien común...”.
“El correcto ordenamiento de la vida económica”, insistió,
“no puede dejárselo librado a una libre competencia de fuerzas...”
Según él, debe mantenerse la competencia libre “dentro
de ciertos límites..., sujetados y gobernados por un principio directivo
efectivo y verdadero” (Megalomania, 65).
El criterio sobre el que se basó Pío XI, y continúan
basándose las encíclicas papales hasta hoy, es el que tomó
Tomás de Aquino de Aristóteles. ¿En qué consiste?
En admitir el derecho a la propiedad privada, pero negar su uso privado. Se
acepta que la riqueza se herede, pero se condena como inmoral su obtención
mediante el comercio. La “ganancia” era considerada como egoísta
y dañina. Así, la Iglesia Católica rechazó el
comunismo político, afirmando que el Estado debe respetar la propiedad
privada. Pero en oposición al capitalismo occidental, declaró
que su uso es social, no particular (Megalomania, 53).
Un problema adicional y fundamental que no debemos olvidar en todas estas
bonitas prédicas papales, tiene que ver con el ejercicio de la autoridad.
El control económico y político debe venir de arriba—según
el papado—de un poder centralizado, de una persona que encarna la autoridad
divina y la impone sobre los que están debajo. ¿Trajo un sistema
tal un mejor estilo de vida en el medioevo? Aún en la época
moderna, sus mecanismos de control exigidos por la iglesia a los gobiernos
civiles comprometidos con el catolicismo, no han hecho otra cosa que trabar
el desarrollo económico y fomentar la pobreza y la corrupción
en todas sus formas. Los más grandes dictadores y sistemas de poder
abusivos y explotadores del S. XX, se dieron mayormente donde el “vivo”,
el “afortunado”, logró trepar a la cúspide y para
robar. No debía extrañarnos que eso sucediera bajo una orientación
en donde se debilitaba el esfuerzo individual y responsable para lograr metas
individuales, prometiendo en cambio una compensación monetaria a la
ociosidad y negligencia.
Hagamos un paréntesis para adelantar aquí que, cuanto más
grande es el control estatal, más dependiente hará a la gente
de ese poder central. El éxito de todo gobierno consiste, sin embargo,
en educar al hombre, al ciudadano, para que se gobierne solo. De allí
que a la iglesia le compita trabajar únicamente sobre las conciencias
individuales sin forzar la voluntad, para que sean regidas por la Palabra
de Dios y la labor conjunta del Espíritu Santo, no por el temor de
enfrentar autoridades externas y “superiores”. Si no se logra
elevar al hombre a un plano de responsabilidad individual, de nada servirán
todas las prédicas sociales de control que se establezcan sobre él.
Aún así, las leyes sociales que se establezcan para evitar los
abusos, deben responder a criterios establecidos sobre bases democráticas,
no monárquicas ni dictatoriales. Los gobernantes no están ni
deben estar fuera de las diferentes facciones de la sociedad. Los hombres
no cambian su naturaleza cuando asumen un cargo público. Por consiguiente,
un sistema de auditoría, revisiones y equilibrios para confrontar las
diferentes facciones dentro del gobierno, es necesario para controlar al gobierno
mismo. Pero una monarquía o sistema dictatorial no admite ninguna limitación
del poder de los gobernantes, ni tampoco la libertad (Megalomania, 159).
De nuevo se despacha Pío XI y en términos categóricos
en la misma encíclica de 1931, contra el manejo del dinero y la usura.
Mientras que durante la Edad Media, la Iglesia impedía a los católico-romanos
cobrar intereses de los préstamos, los judíos en la protestante
Holanda se transformaban en los primeros banqueros de Europa y del mundo.
De manera que la denuncia católica contra los banqueros, era una denuncia
tradicional contra los judíos. Podemos imaginarnos, en este contexto,
hasta qué punto las encíclicas papales estaban preparando el
terreno para los tremendos baños de sangre contra los judíos
que comenzarían en esa misma década (Pope’s Hitler, 24-28).
3. Presunta solución.
Si el capitalismo occidental con su respeto no sólo a la propiedad
privada sino también a la libertad empresarial debía ser condenado,
y el comunismo estatal que controlaba el intercambio comercial pero que eliminaba
la propiedad privada tampoco satisfacía al pontífice romano,
¿qué sistema de gobierno podía cuadrar con su visión
político-económica? ¡Por supuesto, uno en donde la autoridad
se estableciese en la cabeza, no en los pies; en la cúpula, no en la
base! Y esa autoridad debía centrarse en una persona para lograr más
fácilmente la unidad, y en correspondencia y sumisión a la autoridad
superior pontifical romana.
Es en este contexto que aparece la otra rama del genocidio del S. XX, en manos
de regímenes fascistas dictatoriales. Esos nuevos sistemas de gobierno
se ajustan de una manera admirable a todas las encíclicas papales que
versaban sobre economía y justicia social. Por tratarse de un punto
intermedio entre el capitalismo democrático-republicano y el comunismo
ateo, fue visto por la Santa Sede como “providencial”. Por identificarse
con la iglesia católico-romana y apreciar en cierta medida, esa visión
moral político-económica-religiosa superior de Roma, se esperaba
que el mundo podría volver otra vez a recuperar su ordenamiento social
medieval presuntamente querido por Dios. Pero, ¿qué es lo que
realmente pasó? Que el mundo debió enfrentarse en el acto a
una tiranía teocrática y excluyente que revivió en pleno
siglo XX, y en una magnitud insospechada, todos los genocidios conocidos de
la edad anterior.
El papado confiaba en que tales regímenes dictatoriales y totalitarios
iban a liberar al mundo de los dos supuestos extremos existentes para entonces,
esto es, el capitalismo democrático protestante presuntamente desenfrenado
occidental, y el comunismo socialista ateo y anticlerical oriental. El lugar
que habían perdido los reyes según el modelo monárquico
medieval, debían ocuparlo ahora los dictadores según el nuevo
modelo fascista y nazista moderno. Esta era una opción notablemente
“providencial” que se le presentaba para entonces al Vaticano,
mediante la cual esperaba otra vez gozar del poder absolutista que había
ejercido por más de 1200 años. Y el carácter cruel y
despótico que caracterizó al papado por tantos siglos, iba a
reaparecer en forma espontánea y dramática durante el S. XX,
en el proceso de recuperar y afirmar su supremacía perdida.