El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (7)
Alberto Treiyer
Doctor en Teología
El concordato del Vaticano con el régimen fascista de Mussolini.
Para entender la desesperación que tenía el Vaticano por firmar
acuerdos con los poderes políticos del S. XX, tenemos que ubicarnos
en el contexto del S. XIX y la dramática lucha por la supervivencia
del pontificado romano. No sólo había perdido el papado toda
autoridad política, sino que también corría el riesgo
de ser aniquilado o, en los términos comunistas, “ahogado”.
Las democracias, con el traspaso de la autoridad al pueblo, no le reconocían
ninguna autoridad para intervenir en la sociedad. El grito
de liberté, fraternité y egalité, que hacían sonar
las masas, era un grito de guerra contra todo gobierno autoritario, inclusive
el del papado. Todo era del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.
1. El siglo de muerte política papal.
El golpe de muerte que recibió el papado en 1798 en manos de las autoridades
seculares francesas que apresaron al papa y declararon que nunca más
se levantaría un reino tal, marcó todo el espíritu del
S. XIX.
El papado fue repetidamente humillado con Napoleón, quien tomó
como prisioneros a Pío VII y a Pío VIII. Pío IX debió
escapar el 16 de Noviembre de 1849, vestido con una sotana de sacerdote común
y un par de grandes gafas o anteojos, cuando fue saqueado su palacio de verano
Quirinal que estaba sobre la ciudad de Roma. Huyó a la fortaleza de
Gaeta en el reino de Nápoles, para no volver al Vaticano sino un año
más tarde gracias a la ayuda de las bayonetas francesas. Algo semejante
ocurría con el predominio papal que, en mayor o menor intensidad, continuaba
quitándosele a la Iglesia Católica en los demás países
de Europa.
Inclusive en la misma Italia, le fueron quitando al papa su dominio territorial
en su confrontación con las fuerzas que luchaban por la unidad y modernización
de la nación. Esto desembocó en su pérdida definitiva
sobre la ciudad de Roma y el centro de la península, bajo un gobierno
independiente conducido por Vittorio Emanuele que confiscó el patrimonio
papal.[1] Pío Nono rehusó llegar a un acuerdo con el nuevo
estado italiano, y se encerró en su palacio apostólico. Ya había
prohibido con la amenaza de la excomunión en 1868, la intervención
de los católicos en las políticas democráticas. Es en
ese contexto que logra la proclamación de la infalibilidad papal en
el Concilio Vaticano I que tuvo lugar en 1870.
La Iglesia corría el riesgo de ser desalojada completamente de Roma,
y debía permitírsele al papa emitir decretos para los católicos
desde cualquier lugar de la tierra al que fuese eventualmente arrojado. Esos
decretos o encíclicas papales debían tener la misma autoridad
conciliar de los siglos precedentes que ostentó siempre en forma infalible
el Magisterio de la Iglesia. Todo este régimen jerárquico centrado
en el papa se completó con la publicación del Código
de Ley Canónica que se puso en vigencia para toda la Iglesia Católica
desde 1917. Pero tales leyes eclesiásticas se verían muy recortadas
o limitadas mientras no hubiese gobiernos seculares que estuviesen dispuestos
a reconocerlas y respaldarlas.
En la última parte del S. XIX, las típicas procesiones católicas,
así como sus servicios externos, fueron proscritos de Italia como consecuencia
en parte, de la proclamación de la infalibilidad papal. A consecuencia
de la misma infalibilidad proclamada, los católicos comenzaron a ser
perseguidos también en Alemania en lo que se conoció como Kulturkampf
(“cultura de lucha”). Sus comunidades religiosas fueron siendo
dispersadas en Italia y en toda Europa, inclusive en la tradicional católica
Austria, y confiscadas las propiedades de la iglesia. Se requirió que
los sacerdotes se enrolasen en el ejército.
Leyes sobre divorcio fueron aprobadas, se secularizaron las escuelas, y se
disolvieron numerosos días santos.
Un monumento a Emanuele comenzó a levantarse en 1885 “para glorificar
la unificación del país bajo su primer rey”. También
se levantó otra estatua de Garibaldi montado sobre su caballo en el
lugar más alto de la colina de Janiculum. Esa imagen podía verse
no sólo desde la nueva capital, sino también desde el Vaticano.
Sólo un contingente de la milicia italiana logró que el cadáver
de Pío Nono se salvase de un último insulto cuando una turba
anticlerical intentó arrojarlo al río Tíber, mientras
el cortejo fúnebre se dirigía hacia la tumba de San Lorenzo.[2]
Apenas comenzado el S. XX, el gobierno francés de Waldeck-Rousseau
prohibió enseñar a las órdenes religiosas (1901). Los
jesuitas cerraron sus escuelas y se dedicaron a otras actividades. Comunidades
enteras de religiosos emigraron a Inglaterra, Bélgica, Holanda y los
EE.UU. Emile Combes, sucesor de Waldeck-Rousseau, ostentaba en septiembre
de 1904, haber cerrado 13.904 escuelas católicas. Actitudes semejantes
tenían otros gobiernos europeos. El golpe de muerte sobre la autoridad
política
del papado profetizada en Apoc 13:3 estaba durando ya más de un siglo,
y ningún gobierno ni país salía en defensa de la Iglesia
Católica.[3]
[1] A través de un documento falsificado, como la Donación de
Constantino, había pretendido el papado apoderarse de toda Europa a
partir del S. XVIII. Pero la falsedad de ese documento fue demostrado ya en
el S. XV. Poco a poco fue perdiendo su dominio de los países protestantes
que comenzaron a levantarse a partir del S. XVI. Finalmente, su autoridad
política sobre toda Italia le fue quitada al formarse un nuevo Estado
italiano que le quitó aún la ciudad de Roma en 1870. Lo único
que le quedó fueron los pocos edificios que forman parte de lo que
hoy se conoce como Ciudad del Vaticano, de apenas 108.7 acres. Pero el papa
Pío Nono se negó a dialogar con la nueva autoridad civil establecida,
así como había prohibido a los católicos tomar parte
en las
políticas democráticas, Hitler’s Pope, 13. De manera que
ni siquiera logró un reconocimiento público, del nuevo estado
laico, de sus edificios en el Vaticano mismo.
[2] Hitler’s Pope, 14,16.
[3] Ibid, 45-47. Manning, el arzobispo de Westminster, se refirió en
1876
a la “oscuridad, confusión, depresión..., inactividad
y enfermedad” de la Santa Sede. John Cornwell mismo se pregunta si “el
oscurantismo del avejentado Pío Nono, en conflicto con la imparable
corriente de modernidad, volvía al papado—la más longeva
institución humana que sobrevivía sobre la tierra—moribundo?”,
ibid, 15.